Disclaimer: Digimon no me pertenece, yo solo escribo por afición y sin ánimo de lucro.
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.~· Si la esperanza desaparece ·~.
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"[...] Ignora que el futuro se convierte en el presente, el presente en el pasado y el pasado en un remordimiento eterno".
(Tennessee Williams)
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Capítulo 26
Luz entre las tinieblas
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Un pequeño Divermon estaba limpiando con esmero las ventanas de una habitación. Odiaba limpiar cristales, parecía que nunca quedaban del todo impolutos. Echó vaho sobre el vidrio y frotó con fuerza, frustándose al no conseguir quitar del todo una marca que no sabía ni de qué era. Seguramente algo que el paso del tiempo había dejado allí de forma permanente.
Se bajó de la silla sobre la que estaba subido de un salto. La arrastró hasta la siguiente ventana y volvió a empezar mientras maldecía internamente su mala suerte. Era un Divermon joven y extrañamente pequeño, además de tener un color algo más claro que los demás. Eso hacía que sus congéneres se aprovechasen de él y le mandasen las tareas más arduas, amenazándole si no cumplía lo que le ordenaban. Aunque sabía que había cosas peores que limpiar ventanas. Lo sabía.
Había escuchado gritos en las mazmorras, cuando pasaba por allí barriendo. Hacía poco escuchó fuertes golpes, como si alguien estuviera recibiendo una paliza, y la voz de la extraña sombra que atormentaba a todos los Divermons.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo al acordarse de ese extraño ser. La última vez que lo vio estaba rondando a su señor Dragomon, como siempre.
Entonces, mientras trataba de quitar una grisácea mancha del cristal, miró a través de él al Mar Oscuro. Y se asombró al ver a un Divermon medio escondido pegado al muro del castillo y hablando con la sombra. Observó la escena con asombro. No entendía qué llevaría a uno de sus congéneres a acercarse a ese extraño ser, pero seguro que nada bueno. Tal vez estaban tramando algo. Y tuvo la certeza que el amo de ese mundo no estaba enterado de nada.
Se quedó paralizado cuando le pareció que la sombra levantaba la cabeza. No tenía rostro para tener la certeza de que lo había mirado, pero algo le decía que sí.
Bajó de la silla tan apresuradamente que se cayó de bruces contra el suelo. Temblaba ligeramente mientras se erguía y recogía el paño que se le había caído. Decidió terminar más tarde su tarea y salió corriendo de allí, con el miedo aprisionándole el pecho aunque sin comprender del todo la razón. Algunos Divermons lo miraron extrañados por su actitud, porque llegó a trompicones a la cocina y soltó los utensilios mientras alegaba que se encontraba mal y se iba a dormir. Nadie le dijo nada y eso le dio la certeza de que tenía mal aspecto.
Llegó a la habitación que compartía con otros quince digimons, pero que estaba vacía a esa hora, y se tumbó en el pequeño y fino colchón que usaba para descansar. Cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño para que la terrible sensación de pánico se le pasase, aunque no lo consiguió. En especial porque escuchó unos ligeros pasos detenerse junto a él.
Abrió los ojos y miró al recién llegado. Era él. El Divermon que había visto hablando con la sombra. Tragó saliva.
-Tengo que hablar contigo, pequeño -dijo el digimon con gesto de pesadumbre-. Hay algo que tienes que hacer.
-¿Yo? ¿Por qué yo?
-Porque la sombra así lo ha ordenado, porque te ha descubierto observándonos. Aunque sospecho que me ha detenido para hablar en ese lugar precisamente porque sabía que acabarías viéndonos.
-Pero yo no quiero... No diré nada -medio suplicó al tiempo que se incorporaba.
-Lo siento. Yo tampoco estoy metido en esto por gusto.
El más joven miró al otro de forma crítica, tenía aspecto de estar cansado y asustado. Seguramente algo lo había arrastrado a tener que trabajar para esa sombra y no parecía estar disfrutando con ello. Pero no eran más que digimons débiles, para tratar de sobrevivir tenían que cumplir lo que les ordenaban. Y aquella vez más que en las demás ocasiones.
-¿Qué tengo que hacer? -preguntó con resignación.
El otro miró por encima del hombro, asegurándose que no había nadie, y se agachó junto al Divermon.
-¿Sabes la historia de la chica de la Luz y el chico de la Esperanza?
-Sí, yo era muy pequeño pero me la han contado.
-Pues bien, ahora es él quien ha sido capturado, supongo que ya lo sabrás, y está consumido por la oscuridad -explicó el más mayor-. Y la chica, Hikari, ha venido a buscarle. La sombra me ha ordenado que te diga que debes ir hasta donde se encuentra ella y conducirla hasta aquí atravesando el mar.
Era una petición extraña. ¿Tenía que ayudar a esa joven? Pero eso le podía traer problemas con su señor Dragomon, sabía que no le haría gracia algo así si anhelaba el poder de la chica de la Luz. Además, ¿qué ganaba el extraño ser con aquello? No entendía nada.
-¿Por qué? -tuvo que preguntar.
-Es mejor que te cuestiones lo menos posible. Simplemente hazlo. Suerte.
Vio al otro marcharse, después de que le hubiera explicado cómo encontrar a Hikari, mientras sostenía una pequeña botella con mucho cuidado, como si en el interior hubiera algo muy importante. Se levantó finalmente y salió del castillo para cumplir las órdenes, todavía sin entender lo que sucedía.
Sin embargo, lo comprendió cuando comenzó a nadar y vislumbró la silueta de Dragomon a unos metros. Iba a conducir a la joven hasta su amo. Iba a tenderle una trampa.
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Yuuko estaba ya harta de esa situación. Su hijo había vuelto a marcharse apresuradamente sin dar explicación ninguna. Lo único que sabía es que había hablado de algo con Matt y ambos parecieron alterados después de aquello. Y que había quedado con los demás en casa de Izzy. Pero no se había dignado a explicarle la razón de esa incertidumbre que se reflejaba en sus ojos marrones. Como siempre, la mantenían al margen. Y estaba harta.
Así que cogió a Susumu de la mano y lo llevó casi a rastras a la salida del hotel. El hombre entendió lo que su esposa pretendía cuando se vio ante la casa de los Izumi y le lanzó una mirada de reproche, no podían empezar a perseguir a Tai y los demás. Aunque en el fondo él también quería que le explicasen bien lo que sucedía.
Yoshie, la madre de Izzy, abrió la puerta y los miró con sorpresa, justo antes de sonreírles.
-Me alegro mucho de veros, pasad al salón, en seguida os traigo algo para beber.
El matrimonio Yagami sonrió a la mujer y se sentaron en el sofá. Poco después regresó con un refrigerio y algo para picar.
-Mi marido Masami está trabajando, aunque no tardará en volver -explicó mientras servía las bebidas-. Y los chicos se han ido al mundo de los digimons. Tengo que deciros que Tai parecía bastante agobiado cuando ha llegado y he escuchado algún grito de enfado. Creo que ha pasado algo.
-Precisamente por eso hemos venido -dijo Yuuko mientras daba un sorbo a su té-. Siempre nos mantienen al margen de todo lo que pasa, quería alcanzarles antes de que se fueran. Y también hablar contigo, porque creo que eres de las que más saben. Izzy suele contarte las cosas.
-Oh, no creas que me cuenta demasiado. No se lo reproches a tu hijo, solo quiere protegeros de la preocupación.
-Pero que cargue todo el peso él no va a ayudarle -susurró Susumu con pesadumbre-. Hace tiempo que no es el de siempre. Incluso desde antes de que Kari desapareciera...
Su voz se quebró en ese momento y se disculpó para ir al baño. Las dos mujeres lo miraron con pena y la madre de los Yagami sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas, pero intentó no derramarlas. De pronto, sintió a Yoshie sentada junto a ella y cogiéndole las manos. La sonrisa amable de la mujer hizo que se sintiera un poco mejor.
-Sé lo que es perder un hijo -dijo la señora Izumi-. Hace tiempo tuve un bebé que apenas llegó a conocer el mundo. El sufrimiento fue atroz, pensé que no lo superaría, pero la vida me regaló la esperanza de poder volver a ser feliz cuando Izzy llegó a nuestras vidas. Tú debes creer.
-Es tan difícil, nunca he entendido bien eso de otros mundos y siguen dándome mucho miedo. Que Kari esté perdida en uno de ellos me aterra y no consigo dormir desde entonces...
-Tu hija ha ido a buscar a T.K.
-¿Cómo? -preguntó Susumu, que acababa de volver al salón.
Yoshie lo miró con esa sonrisa suya tan cálida y asintió con la cabeza para ambos.
-Izzy me ha contado que Kari tiene un don especial, más allá de los que tienen los demás, y que tiene relación con T.K -explicó la mujer-. Él ha sido capturado por algo, no sé el qué y creo que nuestros hijos tampoco, y ella era la única que podía llegar hasta él. Debéis creer en ella. Mandarle vuestros ánimos silenciosos donde quiera que esté. Tenéis que tener la confianza de que volverá sana y salva. Y con él.
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Nefertimon esquivó un nuevo golpe de Dragomon a duras penas y después miró por encima de su hombro para intentar localizar a su compañera y Patamon. Los dos estaban juntos cerca de la orilla, y el digimon parecía dispuesto a proteger a Kari de ser necesario. Aunque sabía que poco podría hacer si no podía digievolucionar.
La esfinge lanzó un fuerte ataque contra su enemigo, pero no consiguió hacerle nada. Él ni siquiera lo esquivó, se limitó a mirarla riendo socarronamente por sus pobres intentos de dañarle. Iba a ser demasiado fácil, más de lo que creía que sería, y después conseguiría el poder de la chica de la Luz, que lo haría aún más fuerte de lo que ya era. Y el Mar Oscuro se transformaría en un mundo completamente negro, sin un ápice de esperanza en ningún rincón, sin que algún resplandor pudiera despertar algo bueno en ese lugar.
El gran digimon golpeó con fuerza a Nefertimon en la cabeza y ella se mantuvo a duras penas en el aire. Después trató de atraparla entre sus fauces pero consiguió esquivarlo. Lanzó un grito exasperado y se dio la vuelta cuando ella comenzó a volar en círculos a su alrededor, en un intento de que no la alcanzase.
-Deja de resistirte, cuanto antes acabe esto, menos dolorosa haré que sea tu muerte -ordenó Dragomon con su imponente voz.
Pero ella ignoró lo que había dicho y siguió rodeándole, mientras lanzaba sus "joyas del Nilo" cada vez que tenía oportunidad. Pero parecía que no hacían ni cosquillas a su enemigo. No por nada era de cuerpo perfecto.
-Ojalá pudiera ayudar, me siento un inútil, ella me necesita -dijo Patamon apretando los puños y sin apartar los ojos de su amiga.
-Tenemos que creer, podrá hacerlo -susurró Kari con determinación.
Y el digimon anaranjado asintió con la cabeza. No debían perder la esperanza, debían mantenerla viva en sus corazones. Porque para que algo se cumpla debemos creer en ello.
Sin embargo, ese pensamiento quedó olvidado en su cabeza cuando una gran preocupación invadió toda su mente. Y es que Nefertimon fue alcanzada por uno de los tentáculos de Dragomon y se estrelló contra la playa en una dolorosa caída.
-¡No! -gritaron los dos al unísono.
Corrieron hacia ella mientras la veían brillar y volver a ser Gatomon. Kari la cogió en brazos y la abrazó con fuerza, al tiempo que algunas lágrimas acudían a sus ojos. Pero se las secó casi con furia, no pensaba venirse abajo, no podía rendirse. Su compañera abrió lentamente los ojos para mirarla con pena.
-Lo siento, no he podido llevarte hasta T.K...
-No -replicó la joven incorporándose-. No todo está perdido. Tenemos que creer en ello.
Y una gran calidez invadió a los tres cuando fueron dichas esas palabras. Entonces, un haz de luz surgió del cielo y cayó sobre ellos. Gatomon comenzó a brillar de forma cegadora durante unos instantes, y después su figura fue sustituida por la de un ángel femenino. Porque había digievolucionado a Angewomon.
-Ahora es cuando empieza la batalla de verdad -dijo Patamon con entusiasmo mientras su amiga volvía volando al encuentro de Dragomon.
El gesto de sorpresa del digimon fue sustituido por uno de furia. ¿Cómo había conseguido esa chica que su compañera pasase al cuerpo perfecto sin su emblema? Y, más importante aún, si a ese mundo no podía llegar la luz de Azulongmon que los ayudaba en la digievolución aquello debería ser imposible. Pero le daba igual. Vencería las veces que hiciera falta. Y conseguiría el poder que tanto ansiaba.
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El pequeño Divermon nadó con todas sus fuerzas para llegar hasta la zona donde le había dicho el otro que se encontraba la chica de la Luz. Le costaba más que a sus congéneres por su reducido tamaño, así que tardó bastante, pero consiguió su cometido.
Entre profundas inspiraciones para tratar de recuperar el aliento, caminó por el bosque buscando el rastro de la humana. No tardó en hallarlo, era un olor demasiado extraño en ese mundo como para no destacar de forma exagerada. Lo siguió hasta la entrada de una cueva y en ella encontró restos de una hoguera además de alguna lata vacía. Parecía que ya se habían ido así que empezó a correr para alcanzarles, aunque aún no hubiera recuperado el resuello.
No tardó en encontrarlos, a apenas unos metros de distancia. La digimon gata de la que le habían hablado ya no estaba, en su lugar apareció una gran esfinge en la que se subió la humana, seguida de cerca de un digimon alado. Divermon era malo para los nombres de otras criaturas, la verdad era que como no había en su mundo no creía que tuviera importancia aprendérselos. En realidad, tampoco sabía de dónde venía ese conocimiento. ¿Sería que los Divermons en un principio no pertenecían al Mar Oscuro? ¿Vendrían de ese digimundo del que todos hablaban?
Apartó esos confusos pensamientos de su mente, en realidad le daba igual, tenía que acostumbrarse a su vida y no serviría de nada elucubrar sobre cosas que no le incumbían.
Los miró con pena, sabía que los conducía hasta una trampa de la que tal vez, o más bien probablemente, no saldrían con vida. Se sintió extrañamente rastrero. Y eso que había aprendido a lo largo de su corta vida a que debía preocuparse solo de sí mismo. ¿Qué eran esos buenos sentimientos que parecían haber llegado hasta ese mundo oscuro desde que el chico de la Esperanza y la de la Luz habían llegado?
Sonrió, tratando de transmitirles confianza, mientras terminaba de recuperar el aliento. Supo que unas palabras habían salido de su boca, aunque las olvidó en cuanto las dijo. Porque la joven, recordó que el otro Divermon la había llamado Hikari, se acercó a él y se puso a su altura.
Sus ojos eran algo que jamás había visto. Transmitían cosas que no existían en el mar oscuro. Calidez, luz entre las tinieblas, la promesa de que la vida puede ser mejor.
Y dolor, tristeza, preocupación. El digimon supo que se debía al chico moribundo que yacía en una celda del castillo desde hacía bastante tiempo y se sintió extrañamente culpable, aunque no había tenido nada que ver. Pero tampoco había ayudado para que no fuera así. ¿Por qué estaba teniendo esos raros pensamientos? ¿Cuándo él había querido ayudar en algo a alguien? Suficiente tenía con buscar alimento para comer cada día y cumplir las duras tareas que le encomendaban.
-Eres un Divermon de verdad, creo -dijo Hikari sacándole de sus reflexiones-. Y necesitamos encontrar un guía así que no perdemos nada con seguirte. Si nos llevas a una trampa, al menos dejaremos de sortear el peligro y nos enfrentaremos a él de cara.
La miró sorprendido por la determinación que emanaba. ¿Cómo alguien podía preocuparse tan poco por sí mismo? ¿Cómo podía tener una motivación para enfrentarse a la amenaza de muerte totalmente de frente? Desde luego, los humanos estaban llenos de sorpresas.
Atinó a asentir con la cabeza y los condujo hasta la playa. Captó las miradas desconfiadas de los dos digimons y se dijo con amargura que tenían razón en no fiarse de él. No obstante, no tenía otra opción. Tenía que conducirlos hasta la trampa. Su vida estaba en juego.
Nadó con vigor por las aguas agitadas del océano, mientras los otros tres lo seguían volando. Se sentía muy cansado, aunque más que físico era algo mental. Demasiadas emociones nuevas y confusas lo habían alcanzado de golpe. No estaba preparado para una carga tan pesada. Para saber que sería el causante de tres muertes. Para tener la constancia de que esos ojos tan luminosos iban a apagarse para siempre. Y todo por su culpa.
Tragó saliva, intentando no tragar también agua de mar, mientras trataba de archivar toda esa confusión en algún lugar recóndito de su mente y su corazón. Estaba haciendo lo que debía. No tenía otro remedio... ¿Verdad?
Verdad. Porque no iba a arriesgar su vida por seres que ni siquiera conocía. No podía. No debía.
Y todavía pensaba en si estaba haciendo lo correcto, cuando divisó el punto exacto donde sabía que Dragomon se percataría de la presencia de la chica de la Luz y sus amigos. Miró hacia arriba y la vio sonreír al observar la silueta lejana del castillo, como si pudiera de alguna manera saber que Takeru estaba allí, como si el lugar estuviera aguardando a su llegada.
La joven bajó la cabeza y el Divermon la miró con pena. Sabía que ella lo odiaría, él mismo se odiaba en ese momento, pero no había podido hacer otra cosa.
-Lo siento, no tuve otro remedio -se disculpó-. Huid de este mundo mientras todavía tenéis la oportunidad.
-¡Espera! -escuchó en la lejanía que trataba de detenerlo el digimon anaranjado cuando ya se había sumergido.
Pero él se limitó a bucear lo más lejos de allí que pudo, en dirección hasta su hogar, hacia aquel viejo castillo que se caía a pedazos donde otros Divermons hacían sus tareas sin ser conscientes de nada. Porque el pequeño tuvo la certeza de que ese día había aprendido lo cruel que podía ser la vida. Hay cosas mucho peores que tener que trabajar duramente, que comer poco o que recibir algún golpe cuando hacía algo malo.
El dolor del corazón es horrible. Lo más desolador que había sentido jamás. Eso se dijo mientras entraba en el edificio tras echar una última mirada sobre su hombro y ver a la digimon esfinge estrellarse contra la playa.
Y las lágrimas escocieron en sus ojos hasta que se permitió derramarlas. Aunque no entendía por qué se sentía tan mal.
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Antes de continuar con la conversación, Yuuko decidió llamar a los padres de Matt y T.K, porque estaba convencida de que su hijo mayor no había sido del todo sincero con ellos y merecían saber toda la verdad. Una verdad que Yoshie conocía y estaba dispuesta a darles. Porque era hora ya de que la conocieran. Porque debían tener todavía alguna esperanza. Y ella haría lo posible por dársela.
Hiroaki y Natsuko llegaron con aspecto de haberse puesto lo primero que habían encontrado y sin mirarse al espejo siquiera. Quedó entonces claro que Matt no había dado demasiada información a sus padres acerca de su hermano.
Masami, el señor Izumi, que acaba de volver a su casa, fue quien les abrió la puerta. Los recibió con una sonrisa mientras se colocaba bien las gafas y se hacía a un lado para hacerles pasar. Los condujo hasta el salón y les invitó a tomar asiento. El matrimonio Yagami los miró con pena, con la misma que ellos tenían, con la que solamente los cuatro compartían. Las tres mujeres se sentaron juntas en el sofá mientras daban un sorbo a su té.
-Yoshie nos ha contado algo que nuestros hijos han omitido, seguramente para no preocuparnos más -explicó Susumu mientras se paseaba por el salón, estaba demasiado nervioso como para estarse quieto.
-¿El qué? -pregunto Hiroaki con ansiedad, algo poco propio de él.
-Veréis, según Izzy tanto Kari como T.K tienen algún tipo de don -tomó la palabra Masami-. La Oscuridad siempre ha querido el de ella, que al parecer está relacionado con la luz. Y el de él tiene que ver con protegerla.
El Ishida miró a Natsuko, que había bajado la cabeza apesadumbrada y escondía su rostro tras una cortina de su corto pelo rubio. La vio llevarse la mano a la cara y supo que estaba llorando.
-Esta vez, parece que algún ser, aunque no saben todavía quién es, ha decidido interesarse por T.K -continuó relatando Yoshie-. Y Kari se ha ido para buscarle.
-Tai nos ha dicho que no pueden llegar hasta ese mundo en el que están encerrados -dijo Yuuko.
-Es verdad, no sé qué clase de lugar es, pero no es al que siempre han ido nuestros niños. Kari era la única que podía llegar, en parte por su don especial, y en parte por su vínculo con T.K.
Algunos de los adultos se miraron entre ellos, sin comprender del todo esa última afirmación. Si de vínculos se trataba, entonces sus hermanos y el resto de sus amigos también tendrían que poder llegar hasta allí. Aunque bueno, no podían olvidar que también se había debido a esa extraña facultad que tenía la chica con la luz.
-¿Vínculo? -preguntó en un susurro Natsuko.
-Bueno, supongo que todos entendemos de qué clase de vínculo hablamos, dejando a un lado todo eso de su conexión por dones y todo eso -respondió Hiroaki-. Solo había que verlos juntos para saberlo. Incluso yo con lo despistado que soy me di cuenta hace tiempo.
El tema no parecía hacerle mucha gracia a Susumu, que apretó los puños, pero no llegó a decir nada sobre eso. Simplemente quiso cambiar de tema porque tenía demasiadas preguntas rondando su cabeza como para pararse a pensar en tonterías.
-¿Y no podemos hacer nada? ¿No pueden conseguir nada nuestros hijos?
-Según Izzy ya están agotando todas las ideas que se les ocurren, aunque ahora mismo han ido al mundo de los digimons -contestó Masami-. Tal vez hayan descubierto algo.
-No soporto quedarme quieta sin hacer nada -sollozó la señora Yagami mientras escondía la cara entre sus manos.
Al instante, su marido estaba a su lado para abrazarla, tratando de mitigar un poco su dolor. Hiroaki también se acercó a Natsuko que, aunque nunca solía mostrar sus emociones, tampoco podía contener el llanto. Los Izumi intercambiaron una mirada de pena. Comprendían en parte su dolor porque perder a un hijo sin poder hacer nada era lo peor que podía sucederle a alguien. Pero ese caso no era el mismo. Sus hijos ya eran más mayores y estaban tomando sus decisiones. Así que Yoshie cogió las manos de las mujeres que estaban sentadas junto a ella en el sofá y les sonrió, con esa sonrisa tan cálida suya, tratando de darles las fuerzas que necesitaban.
-T.K y Kari son fuertes. Están viviendo sus vidas, son más complicadas que las de muchos pero es lo que les ha tocado por ser tan especiales. Pero de igual manera, ellos están actuando, y que se dejen mover por sentimientos tan nobles dice mucho de ellos. No se van a rendir. Se protegerán el uno al otro todo lo que puedan. Y vosotros tenéis que creer en ellos.
Todos en la estancia asintieron con la cabeza. Porque ella tenía razón, tenían que creer, tenían que tener esperanza. Sus hijos podrían hacerlo. Tenían que hacerlo. Y ellos estarían esperándoles con los brazos abiertos. Debían confiar en que volverían.
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-Angewomon, acaba con él -dijo Kari mirando con decisión hacia delante.
Y su compañera sonrió, porque la chica había recuperado su fuerza interior. Además de por los gritos de ánimo de Patamon, ese pequeño jamás se rendía y ella se sentía contagiada por su entusiasmo. Iba a hacerlo, vencería a Dragomon.
Una primera flecha impactó en el rostro de su enemigo, que se tambaleó violentamente y produjo una gran agitación en el mar, que ya estaba embravecido de por sí. Un fuerte viento se levantó, pero ninguno de los cuatro que se encontraban en la situación pareció apreciarlo. Tenían cosas más importantes en las que pensar.
El haz de luz había desaparecido en cuanto Gatomon había cambiado de forma, igual que la anterior vez que estuvieron en el Mar Oscuro. Pero sí que se apreciaba una diferencia en el ambiente. El frío no era tan acusado y el encapotado cielo no estaba tan oscurecido como antes. Porque la luz se había abierto paso hasta ese mundo de oscuridad y había conseguido disipar un poco la maldad que lo cubría por entero. No podían más que pensar que aquello era una gran señal. Que no todo estaba perdido.
Una nueva flecha fue lanzada por el ángel, pero el gigantesco digimon la desvió y comenzó a mover sus tentáculos a toda velocidad. Angewomon recibió un golpe que hizo que retrocediera un poco, pero no dejó que eso la amedrentara. Juntó sus manos y atacó con una gran cruz rosada a Dragomon, por lo que él volvió a tambalearse.
Mientras observaban la batalla, Kari y Patamon habían dejado de prestar atención a nada más, hasta que algo los sobresaltó. Escucharon una salpicadura muy cercana a ellos y bajaron la cabeza para ver de qué se trataba. Entonces vieron varios seres oscuros, de esos que parecían hechos de neblina, emergiendo de las grisáceas aguas para darles alcance.
Retrocedieron varios pasos, asustados por la cruel mirada de esos pares de ojos amarillos. Patamon se apresuró a colocarse en frente de la joven y lanzar su "disparo de aire" una y otra vez, aunque sin demasiados resultados más que hacer que se alejaran un poco.
-Nos quedaremos con tu poder, chica de la Luz -dijo uno de esos entes con una voz que erizaba el vello.
Consiguió esquivar los ataques del digimon y llegó hasta Kari. La agarró con fuerza del brazo y ella se debatió un poco, odiando encontrarse por tercera vez entre las fauces de una de esas criaturas. Se dejó caer al suelo para coger un puñado de arena y tirárselo a los ojos a su captor. Un grito de dolor se escapó de ese ser, que retrocedió tambaleándose hasta caerse. Al instante otro ente oscuro se aproximó hacia la chica, pero ella le lanzó una piedra que encontró y corrió hasta un palo bastante grande que había a unos metros.
Patamon mientras tanto seguía intentando controlar a la mayor cantidad posible de esas criaturas y cubrió a la joven mientras corría para hacerse con ese arma improvisada. Ella levantó el palo por encima de su cabeza y golpeó a uno de esos seres cuando le dio alcance. El monstruo se lamentó por el golpe, pero no se detuvo en su intento de agarrarla, al que se sumaron más criaturas que escapaban del digimon anaranjado.
Angewomon escuchó gritos en la playa y miró con consternación cómo su compañera y su amigo eran rodeados por los entes oscuros que habitaban ese mundo. Tiró una flecha hacia Dragomon para poder volar a toda velocidad hacia la orilla al mismo tiempo que veía cómo Patamon caía al suelo por el golpe de uno de esos seres misteriosos. Kari trataba de defenderse de dos de ellos con un palo, pero la estaban acorralando y no aguantaría.
Un estallido rosado surgió de pronto cerca del pie de la joven. Ella levantó la cabeza y sonrió a su compañera al verla llegar. Después corrió a reunirse con el compañero de T.K, que se había levantado y seguía peleando como podía. La mujer alada ahuyentó a las siniestras criaturas con varios ataques y se detuvo al ver que los seres volvían a sumergirse en el agua. No sabía qué habían pretendido pero si conseguía alcanzarlos acabaría con ellos.
Sin embargo, había olvidado algo muy importante. A su verdadero enemigo.
Y él hizo acto de presencia cuando la agarró entre sus tentáculos y la estranguló con fuerza. Por mucho que el ángel se debatió, no pudo escapar del terrible agarre y sintió que poco a poco perdía la consciencia por la falta de aire.
Kari y Patamon presenciaron por segunda vez cómo la digimon protectora de la luz caía con fuerza sobre la playa. Completamente inerte y con el cuerpo cubierto de heridas.
Estaban perdidos.
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Amber y Guest, gracias por vuestros fantásticos reviews, y un agradecimiento especial a Maimai por sus palabras, que siempre me hacen mucha ilusión.
La intervención de los padres de este capítulo se la debo a la inspiración que me vino por el fic "Testigos" de Angelique Kaulitz-Cullen-Black, os lo recomiendo a todos porque sus fics son increíbles. Este capítulo no iba a ser en un principio independiente, pero surgió la idea de los padres y el Divermon que condujo a Kari a la trampa así que quise hacerlo de esta forma.
¡Muchas gracias a todos los que leéis, dais a favoritos, seguís y comentáis esta historia! :D
