Disclaimer: Ningún personaje de Full Metal Alchemist me pertenece.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, como prometido, he aquí el capítulo de hoy, que ojalá sea de su agrado. Y, como siempre, quisiera agradecerles sinceramente a todos los lectores por seguir mi fic. Gracias. Por el tiempo y la paciencia. Y más aún a esas personas que hacen ese esfuercito extra para escribirme y saberme hacer lo que piensas. Muchísimas gracias. A: HoneyHawkeye, Sangito, Maii. Hawkeye, Mrs. Darcy95, fandita-eromena, Lucia991, Alexandra-Ayanami, kaoru-sakura, inowe, HaruD'Elric, Sunako Jigoku, mariana garcia, lizzie kinomoto, Noriko X, okashira janet, JaqueDickinson, yoake. laberinto, daphne-gabycoco, Evelyn Fiedler, KB 16, Arrimitiluki, loag (si, otro Royai. La idea es poder subirla a penas termine esta pero quizá me tome algo de tiempo más en hacerlo. De todas formas, subiré una historia más e intentaré tenerla lista lo antes posible), MCullenMustang, Coseth, andy, SweetAngel91, laura-eli89 y peqelulu. ¡Nos vemos y besitos!
Momentos prestados, segundos robados
XXVI
"Un movimiento arriesgado"
Cerró los ojos con calma, sintiéndolo jugar con sus dedos suavemente. Lentamente. Deslizando la yema de su pulgar a lo largo de su dedo índice, mientras lo sostenía contra sus dos dedos siguientes. Una y otra vez, afectuosamente, dedicadamente, pasando al siguiente. Y al siguiente, el anular, al cual prestó algo más de atención, antes de pasar al meñique y finalmente deslizar los suyos entre los espacios de los de ella. Palma contra palma. Su cabello dorado suelto de su agarre y esparcido desprolijamente sobre su blanca almohada. Sus ojos caoba fijos en los negros de él, los cuales permanecían observando abstractamente su mano áspera de años de cargar armas y sus largos y delgados dedos pálidos. Sus propios cabellos azabache despeinados y esparcidos sobre la otra almohada. Si pudiera, permanecería de esa forma por el mayor tiempo posible, pero pronto ambos tendrían que ponerse en movimiento. Aún así, estaba retrasando ese momento. Repasando en su cabeza cada escena de la noche previa. Imaginando que aquello era rutina. Y no sus rangos. Positivo de que besaría sus huesos desnudos, si el límite de la piel entre ambos desapareciera. Pero los límites siempre estarían allí, a menos que hiciera algo al respecto, y estaba decidido finalmente a hacerlo. Sin embargo, estaba seguro de que ella no aprobaría su decisión.
—¿Está todo bien? —la oyó preguntar cautamente. Una pequeña línea apareciendo en su frente. Seguramente se había percatado de que había algo en su cabeza. Lo había, indudablemente. Pero Roy siempre se había sentido satisfecho con su habilidad para ocultar perfectamente sus pensamientos y emociones. Era un requerimiento, para sus obligaciones en la milicia y operación, e inclusive había sido capaz de engañar a Acero en más de una ocasión. Riza, sin embargo, era la persona a la que nunca había podido ocultar nada en absoluto. Quien podía leerlo como podía hacerlo con la misma palma de su mano. Y deseaba vanamente tener ese mismo poder sobre ella, pero a veces no estaba seguro. Riza podía ser considerablemente hermética con sus propias emociones cuando lo deseaba. Incluso con él.
—Tu mano es áspera —se desvió, aún no quería discutir la realidad y arruinar el momento.
Riza asintió con calma, mejilla presionada contra la blanca superficie. La curva de su hombro desnudo asomando por encima de la sábana de igual coloración —Es el precio de portar armas de fuego —de jalar el gatillo. Las mismas manos que sostendrían a su hijo.
—Podrías tener un anillo, de no haberte unido a la milicia —de no haber decidido seguirme. En ocasiones se preguntaba qué le hacía confiar tan ciegamente en él al punto de resignar su propia vida por su ingenuo sueño y objetivo. Por qué había manchado sus manos también, por él.
Pero ella negó con calma, exhalando con suavidad sobre los labios de él, firmemente presionados en una línea —Sabes que no necesito un anillo. Nunca estuvo en mis prioridades realmente.
Roy sonrió arrogantemente —Pensé que un anillo era todo lo que las mujeres querían.
Dedicándole una mirada a modo de amonestación, dijo —Espero que no estés insinuando que no lo soy.
—Oh, no —sonrió altanera y sugestivamente—. Estoy convencido de que lo eres. Simplemente repetía algo que Hughes había dicho en una ocasión. Algo sobre las mujeres y el matrimonio.
Riza torció el gesto —No pensé que el teniente coronel fuera sexista.
Roy soltó la mano de ella por un segundo para apartar el flequillo dorado de sus ojos castaños. Una vez cumplida la tarea, volvió a retomar el jugueteo con sus dedos, especialmente el anular —¿No querrías alguien cuidándote?
Su semblante neutral —No necesito que nadie se haga cargo de mi, general. Puedo hacerme cargo de mi misma por mi cuenta.
—Estoy perfectamente al tanto —aseguró—. Aún así... Simplemente pensaba en quien cuidará tu espalda... —si algo llega a ocurrirme. Posibilidad alta, por otra parte, considerando el camino empinado y lleno de baches que pretendía recorrer hacia la cima. Considerando los enemigos que tenía y tendría entre los altos cargos, y considerando que como miembro de la milicia podía morir en cualquier instante.
Riza simplemente exhaló —Apreciaría que dejes de pensar en esos términos. Prometí vigilar tu espalda, y veré ese objetivo de empujarte a la cima cumplido. De lo contrario, y como afirmé, no viviré una vida tranquilamente por mi cuenta —al verlo torcer el gesto, añadió—. Y estoy segura de haber confiado mi espalda a ti, todos esos años frente a la tumba de mi padre, así que no veo necesidad de confiarla a nadie más.
Roy sonrió de lado —Y yo confié mi espalda a ti, ¿acaso eso no significa que estamos casados, teniente?
Su semblante se suavizó y las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba. Aún así, negó con la cabeza —Estoy segura de que no funciona de esa forma, general.
—Pero duermes conmigo —aportó, aún con expresión de suficiencia en el rostro.
Riza suspiró con paciencia, sonriendo suavemente —Inequívocamente la situación habla por sí sola —después de todo, ambos permanecían –y desde la noche anterior- semidesnudos y en la misma cama. Con las piernas entrelazadas bajo las sábanas y los dedos de él entre los suyos.
—Y estás esperando un hijo mío —añadió a la lista.
Cerró los ojos y asintió —Aún así, dudo que esto sea eso, general.
—Podría serlo —soltó, casi a la ligera. Al fin y al cabo, de todo lo que carecían era de los anillos y los papeles. No obstante, la posibilidad de ambos de conseguirlo era estrecha. Terriblemente estrecha. Y no vendría sin consecuencias para ambos y especialmente él. Algo que Riza no permitiría. Pero de todas formas debía intentarlo. Intentar persuadirla de que lo apoyara y acompañara en esta decisión también.
—Sabes que no —replicó, resignada y con cierta pesadumbre en la voz. En otra vida, en otro tiempo, probablemente habría sido posible para ambos. Incluso un hecho. En esta, sin embargo, no lo era ni podía serlo. Sus posiciones en la milicia no lo permitirían. Su objetivo podría no resistirlo tampoco, no si ella era removida del comando de él y trasladada a otra cadena de mando. Roy podría morir, y eso era algo con lo que Riza no estaba dispuesta a vivir. Y ese era uno de los principales riesgos que estaban corriendo con aquello que fuera lo que tuvieran en aquel preciso instante. Sin mencionar que podrían estar comprometiendo la posición de él y su rango.
Aún así, la expresión de él se tornó seria —Pretendo perseguir dicho objetivo, teniente. Y espero que me apoye y acompañe.
Desgarrando el momento, en un cuidadoso movimiento, Riza se sentó soltando su mano de la de él y sosteniendo las sábanas contra su pecho. La tela adquiriendo la forma de la curva de su abdomen. Su expresión desaprobatoria —Sabe que no puedo hacerlo, general. Considero la decisión insensata y riesgosa. Así como no veo ventajoso el poner en riesgo todo por lo que ha trabajado en pos de un mero beneficio personal que difícilmente valga la pena.
Roy se sentó también, dado que permanecer acostado no tenía sentido ya. No si ella no permanecía a su lado, en igual posición horizontal —Siento diferir, teniente. O de lo contrario no estaría dispuesto a arriesgarlo todo en una movida de esta naturaleza.
—Es un movimiento arriesgado, general. Podrían degradarte.
—En el peor de los casos —concedió—. Estoy perfectamente al tanto, teniente. Aún así, preferiría llevarlo a cabo y preferiría tener tu apoyo en esto también. Además, se trata solo de aclarar el asunto.
—Está siendo irrazonable, general. Y es innecesario —insistió, severamente. La idea de ser removida de la cadena de comando de él no se apartaba de su cabeza.
—Con todo respeto, preferiría apellidar al bebé Mustang. Y me temo que sólo podré hacer eso si hago esto —lo había pensado todo. Recordando a Hughes. Y sabía que Hawkeye no lo seguiría si él moría, no teniendo una criatura a cargo. Aún cuando lo deseara intensamente. Por esa razón, quería asegurarse que en caso de morir él, la pensión y todo fuera a ella y su bebé. Quería cerciorarse de poder continuar cuidando su espalda aún en su muerte, como Hughes había hecho con su familia. Quería poder ser de algún tipo de utilidad para ella. Ser capaz de poder devolver al menos un poco de todo lo que Hawkeye había hecho por él a lo largo de toda su vida y carrera militar—. Considérelo una devolución por todos estos años, teniente.
Ante esto, frunció el entrecejo —Sabe que no espero ningún tipo de retribución, general —no, por supuesto. Hawkeye era demasiado desinteresada como para siquiera considerarlo. Pero él había jurado en Ishbal proteger a todas esas personas que fueran importantes para él. Y desgraciadamente, ya le había fallado a Hughes. No quería fallarle a su teniente primera y al hijo o hija que tendrían tampoco. No quería fallarle a la única persona con vida que aún confiaba tan ciegamente en él como para seguirlo hasta el infierno. Aún cuando estaba seguro de que Havoc, Breda y Fuery también sacrificarían mucho por él. Pero Riza simplemente estaba en un nivel completamente aparte.
Espiró —Lo sé. Aún así... Me sentiría más confiado sabiendo que en caso de ocurrirme algo aún podría protegerte. A ambos —aclaró, sentándose al borde de la cama. Ligeramente encorvado y con los codos apoyados sobre sus muslos. Manos palma con palma, tensamente.
Riza miró por un instante al hombre y negó para sí, soltando una bocanada de aire —¿Quién es la persona que me dijo que no debía rendirme sea cual sea la situación? —después de todo, él era quien le había dicho que jamás desperdiciara su vida, y allí estaba hablando de la posibilidad de perderla él.
Roy parpadeó y sonrió ligeramente —Simplemente estoy contemplando todos los escenarios posibles, teniente.
Hawkeye se irguió. Aún con los cambios en su cuerpo, aún con su gran abdomen, su postura resultaba perfecta y propia de la disciplina de la milicia, notó Roy. Pero la conocía bien, y sabía que su cambio de estado tampoco consentía negligencia de su parte, o que dejara de ser y actuar como siempre lo había hecho. Ante todo, era y siempre había sido un soldado –desde que tenía memoria al menos- y la guardaespaldas y asistente de él. Y ahora sería la madre de su hijo o hija, y aunque el cambio no le resultaba fácil de transitar –y podía verlo-, estaba seguro de que Hawkeye se adaptaría. Siempre lo hacía. Moldeándose en eso exacto que él necesitaba de ella. Y su historia lo probaba. En cada momento, cada etapa, cada tiempo, cada paso, Riza Hawkeye había venido a ocupar ese lugar de eso que Roy Mustang carecía. La alquimia de la flama, la camarada de guerra, el ojo de halcón sobre él, la subordinada fiel, la asistente estricta, la guardaespaldas dedicada, su sentido común, su muleta, la amante comprensiva y otras tantas cosas que había sido a lo largo de toda su vida. Y que probablemente sería. Por lo que Mustang no dudaba de que Hawkeye fuera a resultar una buena madre para su hijo o hija, en lo más mínimo. Así como no dudaba que podría lidiar con todo por su cuenta. No obstante, no quería ni pretendía adosarle la carga de hacerlo.
—No lo haga, general. Prometí protegerte y planeo cumplir esa promesa.
Roy sonrió arrogantemente y la besó. Simplemente porque no podía evitarlo cuando decía cosas de esa naturaleza, pero la sonrisa rápidamente fue reemplazada por la misma expresión seria, solemne y contrariada —¿Y si algo te sucede quien se hará cargo del bebé? —no podía concebir la idea en su cabeza, no quería siquiera pensar en la posibilidad, pero sabía que en lo referente a su seguridad y ambición, Hawkeye estaba y siempre había estado dispuesta a sacrificar la de ella por el bien mayor. Y dudaba que pudiera convencerla de apartarse del campo de batalla estando él allí.
Riza cerró los ojos por un instante. No tenía familiares, tal y como había afirmado aquella vez frente a la tumba de su padre, y dado que tanto su madre como Berthold se habían extrañado y alejado de sus respectivas familias no podía saber si aún tenía pariente alguno con vida. Por lo que la opción de dejarlo con un pariente estaba descartada —Si es necesario, estoy segura de que Rebecca podría hacerse cargo, general. Aún cuando no sea la mejor opción —finalmente concedió.
Roy frunció el entrecejo —Yo podría hacerme cargo, teniente.
Su expresión se suavizó alrededor de los ojos, así como una pequeña sonrisa sutil y evanescente apareció en sus labios. Y Roy simplemente se vio compelido a torcer el gesto un poco más —¿Qué es tan gracioso?
Pero ella meramente negó con la cabeza —No. No es nada, general. Simplemente me preguntaba cómo se vería con un bebé en brazos y un bolso de maternidad. No parece propio de usted, ¿no cree?
—Estoy seguro que si Hughes pudo hacerlo, teniente, yo también podría. Incluso Acero parece capaz de lidiar con su hijo, ¿acaso crees que no podría? —inquirió.
La suave sonrisa no desapareció. Aún así, fijó sus ojos adelante —No. Estoy segura de que podría, general —él, por su parte, no estaba seguro. Pero había debido hablar con confianza frente a ella, asegurarle que sería capaz, tal y como le había asegurado con confianza que volvería tras hablar con Raven, aquella vez, para luego ser acorralado y despojado de todos sus subordinados por el mismo King Bradley. Frente a ella, había sonreído arrogantemente y afirmado que regresaría, que lo esperara. Sin embargo, en el instante en que había estado fuera de la vista de su teniente primera, había debido apoyar su frente contra la pared y admitir que no se sentía tan confiado como había mostrado ser. Este caso no era en demasía diferente.
—Además, no permitiré que muera, teniente. De todas formas —sus ojos negros fijos en sus propias manos, su voz más calma—. No puedo perderte.
Una pausa —Así como tampoco aceptaré que te aparten de mi lado otra vez. Ni de mi mando —sus ojos ardiendo de determinación. Ya la había perdido una vez, y no aceptaría que una situación similar volviera a repetirse. Ni siquiera por su error de traspasar las regulaciones anti-fraternización de la milicia, o por el imprevisto hecho de haberla embarazado.
Riza, ante esto, frunció el entrecejo —¿Acaso tiene un plan, general?
Roy asintió, mirando hacia el frente, mientras ella permanecía sentada a su lado. Sonrisa de suficiencia en el rostro —Algo así, teniente. Además, decidí finalmente cobrar un favor de alguien de confianza —después de todo, él había posibilitado el acceso de Grumman a la cima, prácticamente lo había colocado allí mientras Roy mismo y sus subordinados se arriesgaban a ser tratado como traidores de Amestris. Ellos eran los que habían corrido todos los riesgos y puesto en movimiento el plan que había llevado al viejo anciano a convertirse en Fuhrer, así que era únicamente obvio que el hombre pudiera usar sus influencias para controlar la situación. Además, el hombre mismo tenía intereses propios y personales en que él tomara a su nieta como esposa, y eso era finalmente lo que tenía decidido a hacer, si todo resultaba positivamente. Así que no dudaba que el viejo zorro Grumman fuera a asistirlo.
—¿Alguien de confianza? —repitió, con curiosidad. Pero Roy simplemente continuó sonriendo arrogantemente, poniéndose de pie y comenzando a abotonarse la camisa blanca de espaldas a ella.
—Así es, teniente. ¿Está conmigo?
Exhaló, haciendo lo mismo y empezando a alistarse para dirigirse al cuartel general —¿Todavía tienes que preguntar? —aún cuando no estaba del todo convencida. Aún así, lo seguiría, como siempre lo había hecho.
Cuando arribaron, sin embargo, la idea parecía aún menos sensata y los resultados positivos de los que él había hablado parecían aún más distantes que asequibles. Lo observó de reojo, mientras conducía su auto, intentando descifrar qué tenía pensado y cómo planeaba proceder, pero no parecía poder obtener nada de información de su expresión solemne. De hecho, parecía relativamente calmo, considerando que estaría –en poco tiempo- poniendo en riesgo su posición en la milicia, la de ella, su ambición y todo por lo que habían trabajado. Podrían degradarlo de rango, retirarla a ella de su cadena de mando, pedirles un forzado retiro temprano a uno, al otro ó a ambos, o juzgarlos en la corte marcial, en el peor de los casos. Y en el mejor, podrían suspenderlos temporalmente de sus deberes de soldado –sin salario-, estar bajo observación con posibilidad de sanción por un período de tiempo de prueba, o dejar asentado el incidente en el registro de ambos. Algo que la tenía sin cuidado a ella, pero no en lo referente a la reputación de él. Una mancha así en su historial podría resultar considerablemente perniciosa para su objetivo de convertirse en Fuhrer y ella debería cargar con la culpa de haber sido quien había depositado esa mancha allí, en primer lugar.
—¿Acaso ocurre algo? —musitó, viéndola de reojo, mientras mantenía el volante firme.
Negando con la cabeza —No. Simplemente estaba pensando en todos los escenarios posibles. Algunos pueden ser bastante infortunados.
Roy asintió, finalmente aparcando —Esperemos que no llegue a eso, teniente —abriendo la puerta y poniendo un pie afuera. Con cuidado y cierta dificultad, Riza hizo lo mismo, enderezándose una vez que pudo mantenerse firmemente sobre sus dos pies –a pesar del dolor que sentía en éstos-, su mano inconscientemente yendo a su abdomen. Roy observó el gesto, de reojo, y aguardó a que lo alcanzara. En silencio, ambos ingresaron al cuartel.
—¿Te duele algo? —inquirió, serio.
Pero Riza simplemente negó con calma y sonrió sutilmente —Me encuentro perfectamente bien, general. Preocúpese por usted, por favor —considerando que tenía por delante un complejo y largo día. Uno que podía afectar indefinidamente sus carreras militares. Pero sabía, desgraciadamente, que no podía disuadirlo de hacer aquello. Cuando su superior se fijaba una meta u objetivo en mente, difícilmente podía disuadírselo de no llegar hasta el final y verlo realizado.
—Si mal no recuerda, teniente. No soy el que tiene un ser humano creciendo y pataleando en su interior.
Exhaló —Como dije, me encuentro bien, señor. Aunque aprecio su preocupación —acariciando distraídamente su vientre. El bebé se agitaba inquieto en su interior, como espejando la tensión del propio cuerpo que lo contenía. Aún así, lo ignoró. Últimamente se movía considerablemente también, pero pronto la movilidad iría reduciéndose de la misma manera, a medida fuera acercándose la fecha del parto. La cual tenía en diez semanas, dos meses y medio, donde finalmente se materializaría la situación que había estado sosteniendo los últimos meses. No negaría que la idea le causaba cierta tensión, porque lo hacía, pero estar algo más preparada para cuando la situación lo ameritara le proveía cierta calma al respecto. La habitación finalmente había sido concluida, para sorpresa de ella que había creído que su superior postergaría la tarea como todo lo demás, así como la cuna ensamblada y ubicada adecuadamente en el centro del cuarto. En cuanto al resto, no negaría tampoco que la idea de poder al fin sostener a su bebé en brazos no le atraía, porque lo hacía. Aún cuando nunca había creído posible algo así para ella, y lo había descartado tajantemente. Aún cuando había descartado ese tipo de vida para sí misma, en pos del bien mayor. En pos de su objetivo de ayudar a Roy Mustang a llegar a la cima.
De reojo, lo observó tomar con calma el pomo de la puerta de la oficina e ingresar con paso igual de constante. Su expresión solemne, seria, y sus hombros demasiado rígidos para convencerse de que el general de brigada estaba tan tranquilo como aparentaba. De hecho, podía ver una pequeña y traslúcida gota de sudor rodando por el lado de su rostro. Pero no dijo nada. En vez de ello, ingresó como siempre, tres pasos más atrás que él, sobre su flanco derecho.
—Los tenientes segundos Havoc y Breda no han llegado aún, general. El sargento mayor Fuery tampoco se encuentra en el cuartel.
Roy asintió, apoyando ambos codos en su escritorio y entrelazando sus dedos bajo su mentón —Entonces esperaremos un poco más, teniente. Dado que necesito dejar a alguien a cargo de la oficina mientras mantengo la reunión con los altos cargos.
Riza observó la puerta aún de pie, brazos cruzados —Si lo desea puedo hacerme cargo yo, general.
Negando con la cabeza —Aún cuando sea la más apropiada, teniente, preferiría que me acompañaras, incluso si no puedes seguirme al interior.
Haciendo un asentimiento seco con la cabeza, replicó —Entiendo. Si eso es lo que desea, lo acompañaré.
Roy sonrió débilmente, en un intento fallido de seguridad y arrogancia —Preferiría también que mis antecedentes en reuniones fueran más positivos, ¿no cree, teniente? —al fin y al cabo, la última vez que había sido forzado a enfrentar a los altos cargos de la milicia –en Central- había resultado con él entre la espada y la pared y el resto de sus subordinados esparcidos por todos los puntos cardinales del país e incluso tomados de rehenes por los mismos homúnculos. Y un mal paso de su parte podía resultar en lo mismo, en ella siendo removida de su comando y asignada a cualquier otro oficial. Sin mencionar que su mano derecha y reina le sería arrebatada. Por lo que no debía subestimar en lo más mínimo la situación. Riza no lo hacía, eso era algo que podía ver perfectamente.
—Por favor, no bromee de esa forma, general.
—Ah... Si... Lo siento —se disculpó, sonriendo débilmente y dedicando una mirada a la puerta y luego una breve al teléfono. Aún necesitaba la confirmación de que tenía el apoyo del Fuhrer Grumman o de lo contrario tendría que simplemente abortar sus intenciones de confrontar la situación aquel mismo día. Pero la llamada de confirmación no llegaba –observó su reloj- y el antes teniente general y ahora líder de la milicia debería encontrarse viajando ya, con cualquiera fuera la excusa que hubiera puesto para tener que viajar al Este. Conociendo al hombre, y su inteligencia, no dudaba que pudiera excusarse con algo lo suficientemente convincente. Y él aprovecharía la presencia del Fuhrer para que interviniera en su causa. Aún así, necesitaba del hombre en cuestión para poner en marcha su plan, dado que era su mayor ventaja y quizá única posibilidad de salir lo suficientemente bien parado de aquella situación. Aún cuando hubiera leído completamente la ley de fraternización y señalado una serie de puntos que podrían resultar en su favor también. Sin Grumman secundándolo, dudaba poder lograrlo.
Aguardó, presionando su mejilla sobre su puño forrado de blanco. Sus subordinados aún no habían llegado, y la confirmación no llegaba tampoco y el margen de tiempo que tenía para converger todas las posibilidades en su favor en la misma situación era estrecho. Mínimo quizá. Y la aguja continuaba moviéndose sin vacilar, avanzando.
Cerrando el reloj de plata, lo apoyó en medio del escritorio, observándolo por un instante. El símbolo de Amestris grabado perfectamente en su superficie, la larga cadena de plata, el arañazo allí donde una vez había recibido una bala por él (y que él había reparado con alquimia), de un antes considerado camarada Ishbalita que había sido forzado a desertar la milicia con el comienzo de la guerra. Heiss Cliff Arber. Era su nombre. Si, lo recordaba perfectamente. El hombre con el que había cavado una fosa junto a Hughes, los tres, por haber enfrentado a sus superiores respecto al trato con el Ishbalita. El hombre al que Hughes le había arrebatado la vida para proteger la de él, cuando se habían vuelto a encontrar en Ishbal. No como aliados, sino como enemigos. Suspiró, ¿por qué estaba recordando todo aquello en aquel preciso instante?
En cierta forma, suponía que lo sabía. Desde aquella vez. No, desde Ishbal. Había hecho su objetivo el reconstruir la tierra que habían destruido con sus propias manos, volver a alzarla, y darle el estatuto de tierra santa para que los Ishbalitas pudieran retornar a su hogar. Así como también había hecho su tarea el garantizarles igualdad de derechos –como una vez habían tenido, antes de la guerra- y devolverles el estatuto de ciudadanos de Amestris. Y por cuatro años, y desde la finalización del día prometido, se había abocado completamente a esa tarea. Habiendo reconstruido ya casi el 80% de la ciudad. Y habiendo logrado mejoras en la región como el acueducto que pasaba por el desierto y que proveía de agua a la región para mantener las cosechas semestrales de algodón y trigo, entre otras. Y sabía –Dios, si sabía...- que de resultar las cosas mal aquel día, todo ese esfuerzo podría verse revertido. Y todo resultaría en vano. Las muertes. Las vidas que habían tomado. Todo sería desechado.
Y al mismo tiempo, no podía abandonar a su subordinada. Si no era capaz de proteger a las personas que eran importantes para él, si no era capaz de hacerse cargo de las consecuencias de sus propias acciones, ¿entonces qué clase de país podría crear un hombre como él, de convertirse en Fuhrer? ¿Qué clase de persona lo haría? Abandonando a su suerte a la única persona que lo había seguido y apoyado ciegamente desde el inicio. No podía, simplemente no estaba en su naturaleza abandonar a nadie. Menos aún, a ella.
—General, el teléfono está sonando.
Parpadeó, tan sumido en sus propios pensamientos había estado que no se había percatado de que Havoc y Fuery ya se encontraban allí, y Breda se encontraba entrando por la puerta en ese mismo instante, así como no se había percatado de que el teléfono llevaba sonando unos segundos tampoco. Tomando el auricular y llevándolo a su oreja, dijo —Aquí general de brigada Mustang al habla.
Una voz femenina sonó al otro lado de la línea —General de brigada, tiene una llamada de una línea externa a la milicia.
Asintió —La aceptaré —un sonido y la comunicación se estableció. Una voz familiar sonando al otro lado de la línea.
Áspera y adusta —Buenos días, pequeño Roy.
Sonrió, arrogantemente. Finalmente las piezas estaban encajando en su lugar —Buenos días, Madame —finalmente podría poner su plan en movimiento. Si, todo estaba resultando acorde hasta el momento.
Hughes... Sonrió, recordando las palabras del en aquel entonces idiota teniente coronel. Aún si solo consigues a una, intenta hacerte de tantas personas como puedas que te entiendan y apoyen. Así que cásate lo antes posible. Si, un idiota. Aunque sea tarde... finalmente decidí seguir tu consejo.
Finalmente, estaba en movimiento.
