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El Diario de una Máscara

23.- Corre, Granger, Corre.

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Libros. Su habitación estaba repleta de libros desperdigados por el piso, abiertos todos, mirando hacia arriba o abajo, dibujando un verdadero caos. En el fondo de aquel espacio, dos siluetas enfundadas de rígido negro se encontraban sentadas en el suelo, cabeza gacha, pasando las hojas en una lectura rápida y algo impaciente, pues cada cierto tiempo sus bocas emitían sonidos de exasperación. Estaban cansados, exhaustos, muy apaleados.

Luego que Draco le contara casi enloquecido el hecho que su madre había sido asesinada hace dos años atrás, Pansy se vio en la difícil tarea de tranquilizar sus ansias de irse contra el mundo lanzando avada kedavras a diestra y siniestra, obligándolo a pensar en frío. Ella de primera fuente sabía que era muy difícil lo que le estaba pidiendo, pero en ese ambiente, un movimiento en falso podía terminar con ambos enterrados varios metros bajo tierra, y ninguno de los dos quería irse de este mundo sin antes probar el dulce gusto de la venganza.

Una vez calmado, comenzaron a investigar cómo era posible que Theodore Nott tuviera en su poder a Hermione Granger y ésta no se encontrara en su habitación, o al menos, no fuera visible para el rubio.

–Maldita sea –gruñó él de súbito, rascándose la cabeza con violencia–. Dame el otro, el con tapa azul. ¡No ese! El otro con tapa azul.

Ella cerró su único ojo y se arregló el parche del otro, respirando hondo para darse paciencia. No se sentía capaz de continuar a ese ritmo, especialmente después de haber llegado recién de una misión y sin una gota de sueño en el cuerpo.

–Siempre podemos seguir más tarde –sugirió en tono cansino–. Llevamos horas en esto y en nuestra calidad de estropajos, probablemente no podremos encontrar la solución aunque nos aparezca al frente con un cartel y fuegos artificiales. Además, por lo visto, Granger no irá a ningún lado.

Él levantó rápidamente su cabeza y la fulminó con la mirada.

–Olvídalo. No aguanto más, quiero irme de este puto lugar lo antes posible o enloqueceré. Si quieres, anda a dormir. Yo me quedo acá buscando una solución.

Ella estiró las piernas en el suelo y sacudió algo de polvo de sus rodillas. Suspiró derrotada.

–Si estás a ese nivel de desesperación, ¿por qué no te marchas y ya?

–No lo entiendes. La necesito –masculló él, cerrando el libro que tenía entre sus manos y lanzándolo en la pila de "revisados"–. No puedo irme al bando contrario sin llevar una ofrenda, ¿comprendes? ¿qué crees? ¿que me recibirán con abrazos y una fiesta llena de alcohol y mujerzuelas? ¿que brindaran mi llegada y sacrificarán a una joven virgen en mi honor? –ironizó, enarcando una ceja–. Pansy, soy yo, mírame. Si no me encierran de por vida o me ejecutan, será un milagro.

Parkinson soltó una risotada y de paso, él también dejó escapar una sonrisa, para luego agregar serio.

–Ella es mi única y última oportunidad para retomar relaciones con el viejo de mierda de Dumbledore. Si la llevo, en una de esas consideran otorgarme un indulto o algo similar y me permiten participar de la Resistencia. Aunque es muy probable que Potter y la comadreja se opongan con uñas y dientes y me acusen de haber secuestrado a la sabelotodo y lavarle el cerebro para hacerle creer que fue otro.

Ahora su tono de voz era una mezcla de rabia y desesperación. Pansy sabía que era un gran riesgo el que estaba tomando su amigo, es más, de no ser porque todavía no encontraba al asesino de Alexander, probablemente hubiera huido con él, aprovechando que no tenían la marca tenebrosa ya que la séptima prueba para ganarse ese "honor" aún estaba pendiente. Pero no, no podía irse. Tenía asuntos inconclusos y prefería morir antes de perder todos esos años en vano.

–Draco –comenzó, echándose hacia atrás para quedar acostada en el piso, mirando fijamente el techo–. ¿Estás seguro que solo eso significa Granger para ti? ¿que solo es una moneda de cambio?

Draco cerró los ojos con una mueca de exasperación.

–¿Qué insinúas?. Sabes que me molestan las indirectas.

–Tú sabes lo que insinúo.

Él dejó caer su espalda en el piso y se llevó ambas manos a la cabeza.

–Solo es una maldita moneda de cambio, Pansy, nada más. Deja de inventarte cosas en tu cabecita ilusa y romanticona. A diferencia de ti, yo nunca he tenido algo remotamente parecido a lo que tú tuviste con Alexander. Y nunca lo tendré.

Draco giró su cabeza hasta la pelinegra y fijamente la miró con sus ojos grises, sin parpadear. Pansy sintió que el tiempo se detuvo en ese instante. Sus orbes se veían tan claros que, en ese momento, sentía que podía ver a través de él.

–Dicho esto –continuó–, te reconozco que en algún momento se me pasó por la cabeza que Granger podía ser algo más que la sabelotodo amiga de Potter. Y ese minuto fue extraño, pues tenía consciencia de que aquello no era más que una estupidez, la ansiedad de una vida distinta a la mía, un anhelo que podía verter en cualquier continente.

Draco movió su cabeza para fijar su mirada en el techo y esbozó una sonrisa ladeada.

–Afortunadamente, Granger se encargó de matar cualquier falsa expectativa de sentir aunque fuera un ápice de algo distinto a lo que estoy acostumbrado. Verás, Pansy, con el tiempo me di cuenta que hay gente que está hecha para querer y ser querido. Otros solo existen para propósitos menos placenteros. Por de pronto, a mí solo me interesa vengarme. Ni siquiera sobrevivir después de eso está en mis metas.

Antes de que ella pudiera esbozar palabra en respuesta, el rubio se incorporó a toda velocidad y sacudió su ropa, aún con la sonrisa irónica marcada en el rostro pero dándole la espalda.

–En fin. Creo, mi querida amiga, que ha llegado el momento.

–¿Qué momento? –preguntó descolocada, también incorporándose.

Draco se pasó los dedos por el cabello y arregló el cuello de su camisa. Cuando la volvió a mirar, sus ojos habían cambiado, volviendo a ser duros e impenetrables, como un gran bloque de acero.

–El momento de improvisar y hacer algo estúpido –declaró.

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Cuando volvió, tenía el estómago estrangulado. No sabía identificar el sentimiento que lo tenía así, pero estaba claro quien lo provocaba.

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Granger.

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Una vez más, fácilmente se había metido en su cabeza y ahora, después de haber recorrido su cuerpo, era imposible remover el tumor enquistado en su pecho. Se odiaba a si mismo por ser tan débil, por haber caído nuevamente cuando juró que nunca más volvería a hacerlo, pero ya había cometido el error y debía repararlo antes de que fuera demasiado tarde, aunque pareciera difícil.

Se encontraba frente a la puerta de su propia habitación y no se atrevía a cruzarla hasta no decidir qué haría con ella. El gran aspirante a mortifago Theodore Nott, estaba confundido y no poco. Era como si dentro de su ser existieran dos personas radicalmente opuestas luchando entre sí, y odiaba esa dualidad. Odiaba no estar en control, ya que nunca pasaba nada bueno cuando él bajaba la guardia.

–Mierda –susurró, apretando la bolsa que tenía entre los dedos. Su garganta parecía estar llena de arena, pues le costaba tragar–. A la mierda.

Con rapidez y violencia abrió la puerta y puso un pie adentro. Luego el otro. Y así siguió. Con la mandíbula tensa comenzó a inspeccionar la habitación con el cuello bien estirado, buscándola con una falsa expresión de desdén. Pronto la encontró. Estaba sentada en una de las sillas que se encontraba abajo del ventanal, donde mismo se había sentado a tomar desayuno antes de que las cosas se le fueran de las manos. Su cuerpo estaba abrigado por una camisa suya, blanca con finas franjas verticales grises, tapándola justo hasta un poco más arriba de la mitad de los muslos. Sus codos estaban sobre la mesa y tenía los dedos entrelazados, mientras su frente se apoyaba contra los nudillos dejando caer sus cabellos ondulados suavemente por los costados.

Con la imagen, Theodore sintió un calorcillo molesto en el pecho, el que pronto se vio desplazado por un mal presentimiento. Ella parecía llevar horas en esa posición. Se notaba meditabunda y extrañamente peligrosa.

–Acá te traje algo de ropa –soltó.

Lanzó la bolsa que traía esperando que ella la atrapara en el aire, pero solo vio como se estrellaba contra el piso sin que ella se inmutase.

–Ajá –la escuchó musitar.

Él puso las manos en los bolsillos aparentando tranquilidad y cambió el peso de una pierna a otra.

–Te preguntaría si te pasa algo, pero la verdad no me importa –mintió, y le molestaba profundamente saber que no lo decía en serio–. En fin, Granger, espero que tengas claro que lo que pasó no significa nada y no cambia tu situación conmigo. Digamos que fue una agradable tregua pasajera que ya terminó –ella seguía sin mirarlo, y eso lo estaba poniendo ansioso–. Aunque debo admitir que me sorprendieron gratamente tus talentos amatorios...

Dejó la frase a medio terminar, en un intento de provocarla, de molestarla, de generar una reacción. Pero ella seguía igual, imperturbable, sin siquiera dirigirle la mirada ni mover un puto músculo.

–Ajá –esbozó finalmente, esta vez, con un tono repleto de desagrado.

Theodore, cuya virtud no era precisamente la paciencia, consideró aquel tono como una falta de respeto que le hizo hervir la sangre. Una cosa es que él "no le diera importancia" a lo sucedido y otra era que ella se comportara como una soberana idiota y lo despreciara de aquel modo. En tres largos pasos, cada uno con más fuerza que el otro, se acercó a la castaña y apresó su muñeca izquierda, levantándola de un sopetón.

–¿Qué diablos te pasa? –espetó ceñudo, sentía como se acumulaba veneno en su lengua y como los genes de su padre se estaban apoderando de su racionalidad.

Ella levantó la mirada entre sus cabellos aleonados sin mostrarse amedrentada, dibujando una sonrisa irónica en su rostro antes de responder.

–Creí que no te importaba, Nott.

Theodore percibió como algo rugía en su interior. Sintió odio, pero también deseo y posesión. Sintió la urgencia de dominarla, de tenerla entre sus brazos nuevamente y hacerla gritar su apellido hasta que se diera cuenta que nunca debió separarse de su lado. Que su lugar era con él. Theodore, en un instante fugaz, deseó eliminar todo el rencor que su corazón le guardaba y perdonarla. Deseó mandar todo al infierno y largarse con ella. Mostrarse vulnerable y esconder la nariz en su cuello, inhalando su suave aroma mientras ella acaricia suavemente su pelo.

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Tantos anhelos.

Tan improbables.

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Con la mano opuesta afirmó la barbilla de su prisionera para mantener fijo el contacto visual. No habló inmediatamente, dejó que un silencio mortal y duro los envolviera mientras escudriñaba su rostro. Miró el comienzo de su frente, sus ojos brillantes, la punta de su nariz y la forma de su boca. La sintió estremecerse por breves segundos, sin embargo, ella recuperó la compostura rápidamente, lo que le molestó en demasía. Lo estaba rechazando y eso era peor que lanzarle una maldición imperdonable. Sentirse rechazado era la gran historia de su vida, y ya no permitiría que alguien lo hiciera sentir así.

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Nunca más.

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–¿Desde cuándo esta leona sacó sus garras? –masculló peligrosa y seductoramente, dejando que su aliento chocara contra el rostro de la mujer.

Ella frunció el ceño.

–Que haya estado todo este tiempo encerrada no quiere decir que me di por vencida –respondió, con ojos repletos de valentía–. Así como yo no me olvido de quien eres, tú no te olvides de quien soy yo. Y yo no soy una imbécil. Claramente lo que pasó fue un momento de debilidad que no se repetirá. No te voy a mentir diciéndote que no lo disfruté porque sí, lo hice –confesó y sus mejillas se colorearon levemente–, pero eso sería todo, fue un arrebato ocasionado por la situación y nada más. Ahora, tú di todo lo que quieras, pero no te creeré nada. Ya me has mentido antes.

De un manotazo se liberó del agarre y tomó todo el aire que pudo para ser enfática.

–Escaparé de tu poder. Tarde o temprano escaparé, viva o muerta lo haré –profetizó–. No me tendrás acá para siempre. Eso te lo aseguro.

Theodore Nott quedó de una pieza, no solo por la actitud de la castaña sino también por una parte en particular de su discurso. "Ya me has mentido antes". La única mentira que recordaba haberle dicho era sobre la muerte del maldito Malfoy y nada más. ¿Eso significaba que lo había descubierto? Y de ser así ¿cómo?

Sentía como su cabeza iba a explotar de rabia, porque eso significaba que estaba siendo rechazado otra vez por el hijo de puta de Malfoy. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar y liberar el demonio que se había instalado dentro de su caja torácica, sucesivos golpes dieron contra la puerta de su habitación, perturbando su concentración.

–¡Ahora no! –gritó rojo de furia.

Pero los golpes sólo se intensificaron, robándole un bramido de exasperación. Quitó bruscamente la mano de la barbilla de su prisionera y caminó furibundo para atender el llamado, sintiendo como mil y un pensamientos bombardeaban su cabeza.

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Más nunca nada lo preparó para encontrar lo que había al otro lado de aquella puerta.

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La salvación.

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Estaba segura que esos golpes habían evitado que se desatara el Apocalipsis.

No lo iba a negar, se encontraba furiosa y mucho. Todo ese tiempo a solas le concedió espacio para pensar. Pensar en todos los días que había permanecido allí, presa, invisible, sin otro contacto humano. Pensar en que afuera quizás cuántos seres queridos habían perecido sin que ella pudiera hacer algo al respecto. Pensar en cómo Theodore la manipuló para hacerla sentir débil, indefensa, logrando que cayera en sus redes y se entregara por completo.

No. Sabía que no era una santa, que ella había provocado que las cosas se salieran aún más de control y que, a mayor abundamiento, su cuerpo lo había disfrutado. No iba liberarse de la culpa. Pero era tiempo de vivir en la realidad y aceptar que el Nott que conoció en el colegio, aquél que por un tiempo le hizo sentir mil mariposas en el estómago, ya no era el mismo de ahora. Debía verlo por quien era.

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El enemigo. Y uno muy poderoso.

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No obstante ello, reconocía que en esta oportunidad se había pasado de la raya. Los ojos de Theodore parecían una tormenta de fuego en pleno infierno, una bomba a punto de estallar gracias a su actitud y palabras. No fue una jugada muy inteligente, pero Hermione Granger no tenía ganas de serlo en ese momento. Tenía rabia y no pudo evitar tirársela en la cara, lanzando por la borda todo el provecho que pudo haber sacado de la situación si hubiera actuado con astucia.

Él la soltó del mentón y giró furibundo hacia la puerta, dándole sin querer la oportunidad de recomponerse. Pero no alcanzó a volver en sí. Su cuerpo se paralizó al ver quien se encontraba del otro lado y se enfrentaba en ese instante a su captor.

–Malfoy –musitó impactada, y su voz rebotó contra las paredes generando un eco que solo Nott pudo escuchar.

Theodore se giró súbitamente al oírla, como si quisiera ver su reacción, escudriñar su rostro, juzgarla con la mirada.

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Y ese fue su gran descuido...

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Antes de que pudiera evitarlo, el rubio lo tomó por la camisa y entró a la habitación empujándolo hasta dejarlo pegado contra la pared opuesta. Una vez que logró chocar su nuca contra la misma, se separó de él y le propinó un golpe a puño cerrado que le volteó la cara, logrando que Theodore escupiera un poco de sangre.

Hermione reprimió un grito de asombro. No solo era sorpresivo ver nuevamente a Draco Malfoy, sino que también lo era verlo trenzarse a golpes como un verdadero muggle. Estaba de una pieza.

Nott, cuyo cuerpo era evidentemente más corpulento, regresó rápidamente su rostro para enfrentarlo, escupiéndole sangre en los zapatos. Se agachó y sin pensarlo dos veces lo atacó con el hombro en plena boca del estómago, botándolo al piso. Hermione vio en cámara lenta como su cabeza rubia chocaba contra el piso, y como luego rebotaba otra vez a causa de un golpe certero, propinado en plena nariz. Abundante sangre comenzó a emerger de sus fosas nasales, manchando su blanca piel en un llamativo e hipnotizante contraste.

–¡No! –gritó ella, lo que desvío la atención de Theodore lo suficiente como para que su rival pudiera regresar al ataque.

Draco, en una movida algo salvaje, le devolvió la mano y estrelló su frente contra la nariz de su adversario, haciéndolo retroceder y quitarse de encima. Se incorporó con rapidez inusitada y le encajó además una patada en la mandíbula que lo hizo trastabillar.

–¡Basta! –gritó Hermione horrorizada. Si seguían a ese ritmo, uno de los dos terminaría muerto o gravemente lesionado.

Pero Draco Malfoy no podía escucharla, tampoco verla, y mucho menos podía ser detenido físicamente por ella, ya que por ese estúpido maleficio, la muchacha era inmaterial para el resto.

No obstante ello, su suplica sirvió como combustible para Theodore, quien no tardó en reponerse para contraatacar. Sin embargo, su cara se desfiguró al ver que Draco ya había desenfundado su varita y él se encontraba desarmado.

¡Crucio! –gritó el rubio, impactando de lleno a su rival.

Theodore cayó de rodillas al piso, tiritando, apretando al máximo su mandíbula, mientras el rayo rojo se anidaba en su pecho. Abrió los ojos con dificultad y observó al que alguna vez fue su amigo, odiándolo con todo su ser e imaginando su asesinato de mil novedosas maneras.

–La potencia de tu cruciatus es patética –masculló entre espasmos, resistiendo una mueca de dolor–. Careces del sadismo necesario para que sea potente, debilucho imbécil. Mi padre me torturaba con mayor entusiasmo que tú.

Pero Draco no se sorprendió, es más, sonrió torcidamente con una expresión vencedora.

–Lo sé, desquiciado de mierda. No soy lo suficientemente sociópata como tú o tu padre para ejecutarlo a la perfección y dejarte babeando de por vida. Sin embargo, igual te afecta y te debilita para lo que realmente tengo preparado para ti.

Del cuello de Nott sobresalían venas de dolor, pero aun así, con ambas manos empuñadas, el candidato a mortifago logró levantarse y desafiarlo entre espasmos, aunque sin poder arrancar del rayo que lo tenía atrapado.

–Maldita escoria –escupió–. No importa lo que hagas, no eres lo suficientemente bueno como para vencerme.

–Ahí está tu error –replicó el rubio–. Hoy no quiero vencerte. Solo busco una ventaja... ¡Imperio!

El maleficio imperdonable impactó a un debilitado Nott que trató de oponer resistencia, pero sus receptores de dolor lo tenían tan aturdido que se encontraba con menos capacidad mental para lograrlo con éxito.

Satisfecho –y ensangrentado– Malfoy observaba como poco a poco la voluntad de su enemigo quedaba a su merced, aunque sabía que no duraría mucho. Nott era capaz de resistirse a dicha maldición como a tantas otras debido a la dura e implacable infancia que vivió por culpa de su padre. Así las cosas, debía actuar rápido.

–Entrégame a Granger –ordenó sin preámbulos.

Hermione sintió la sangre helada, pues jamás se imaginó que aquella pelea la tenía como causa. ¿Por qué la demandaba? Hermione no era tan ilusa como para pensar que la estaba salvando porque le importaba, porque en el fondo de su corazón algo de aprecio le tenía. Sin embargo, a pesar de que quería desconfiar de sus intenciones -porque era lo más lógico y probable-, estaba deseosa de irse con él. Y lo estaba pues sabía, sin tener ningún fundamento para ello, que con él estaría bien. Su corazón le susurraba que el Draco que conoció a través de su escritura, a través de su diario, seguía allí más vivo que nunca, por lo que jamás le haría daño, al menos no a propósito, a pesar de esconderse tras la máscara, tras el personaje que lo protegía.

–Entrégame a Granger –repitió impaciente, rechinando los dientes.

Pero Nott no se movió, tampoco replicó. Al parecer, a pesar de haber recibido hace poco segundos el maleficio cruciatus, aún tenía fuerzas, aún podía resistirse a la manipulación del imperius.

–Maldición –gruñó exasperado–. Tú lo quisiste así.

En dos pasos largos quedó frente a él y le encajó un rodillazo en el estómago, y luego otro, y así sucesivamente, hasta dejarlo tambaleante y nuevamente escupiendo sangre.

–Entrégame. A. Granger. Hijo. De la gran. Puta –le volvió a ordenar, intercalando cada palabra con otro rodillazo.

Agotado, Draco retrocedió con la respiración agitada y se pasó las manos por los cabellos para echarlos hacia atrás, observado a Theodore ceñudo, a la espera de algún movimiento.

¡Imperio! –volvió a maldecir, para luego agregar casi en un susurro frío y duro–. Entrégame a Granger, ahora.

Theodore Nott, como si fuese un zombie, se estiró a pesar de las heridas y caminó hasta su chaqueta, extrayendo de ella su varita. Draco, sorprendido, se colocó en posición de ataque cuando en ese momento los labios de Theodore Nott se movieron y pronunciaron una frase en latín que el rubio no alcanzó a identificar. De su varita emergió un rayo blanquecino que se posicionó arriba de la cabeza de su prisionera, y desde ahí, se desintegró en un rocío.

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Fue entonces que poco a poco la silueta de la castaña comenzó a ser visible para los grises ojos del otrora slytherin.

Y fue entonces que él se estiró para tomarla del brazo y tirar de ella.

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–¡Corre! –le ordenó–. ¡No te detengas! ¡Es ahora o nunca! –agregó, iniciando una carrera que sabía peligrosa.

Sin pensarlo dos veces, ella lo siguió lo más rápido que sus piernas le permitieron. Corrió como si escapara de un hoyo negro, con todas sus ganas, sin reparar que solo llevaba una camisa de hombre por ropa y que se encontraba descalza. Recorrieron a toda velocidad el segundo piso y bajaron las escaleras en un abrir y cerrar de ojos.

–¡Malfoy! –chilló Hermione al ver que alrededor de la entrada se encontraba un grupo de mortifagos que los miraban estupefactos, a segundos de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo y atacarlos sin piedad.

¡Partis Temporus! –gritó él, creando un camino de fuego, una barrera de protección contra los enmascarados que terminaba justo en la puerta de salida.

Desfilaron por el pasillo de fuego y, con un movimiento de varita, Malfoy hizo explotar la puerta para abrirse paso. De fondo, rugía el fuego y las voces de sus ex compañeros vociferar frases como "traicionero", "hijo de puta" y "estás muerto". Una vez afuera, siguieron corriendo hasta que se internaron en un bosque oscuro y que auguraba miseria. Ella no tenía idea la dirección en la que iban y él miraba en todas, como si no estuviera seguro de dónde se encontraba.

De pronto, Hermione sintió el piso húmedo y un dolor agudo en la planta de los pies. Bajó poco a poco la velocidad, notando como sangre emanaba de ese lugar, lo cual era de esperar. Descalza, en un bosque repleto de piedrecillas y ramas, era lógico que se le destruyeran los pies. Súbitamente, mientras la muchacha trataba de seguir avanzando a pesar del dolor, él retrocedió hasta donde se encontraba y en un hábil movimiento, la puso arriba de su espalda. Hermione perdió un poco el equilibrio y por inercia se afirmó fuertemente del cuello de él, recibiendo de inmediato un aroma agradable que la dejó un poco aturdida.

–Afirmate y no te sueltes. Te prohíbo que te caigas o me estorbes.

Hermione asintió sin saber que decir, mientras él reanudaba la marcha. Continuaron así por otros cinco minutos cuando, finalmente, él exclamó para si mismo con un dejo de rabia.

–¡Por fin! ¿No lo podías alejar más, Parkinson?

Sin embargo, en ese preciso instante un rayo verde pasó a un centímetro de ellos. A sus espaldas, un grupo numeroso de mortifagos gritaban maldiciones y reían a carcajadas como enajenados. Prácticamente les estaban pisando los talones.

Con una inhalación profunda, y dando un salto para acomodar a la muchacha en sus caderas, Draco marchó a la mayor velocidad que pudo, en dirección a un espejo que colgaba de la rama de un sauce llorón. Corría zigzagueando para no ser un blanco fácil, sintiendo como los rayos pasaban a veces lejos y otras veces peligrosamente cerca.

–¡Afirmate y no te sueltes! –repitió el rubio, dando los últimos pasos para alcanzar el espejo traslador.

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La silueta de ambos desapareció del lugar en un abrir y cerrar de ojos.

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Milésimas más tarde, el primer mortifago que llegó hasta el objeto lo tocó sutilmente con su varita, haciéndolo estallar en mil pedazos, quedando inutilizado e imposible de rastrear.

–¡Qué hiciste Parkinson! –gritó el segundo mortifago que llegó, al ver los trozos de vidrio en el suelo, mientras el resto de sus compañeros se aproximaba.

–¡Nada! –exclamó ella–. ¡De alguna forma debió hechizarlo para que se autodestruyera! –agregó lo más convincentemente que pudo, ante los ojos incrédulos de los enmascarados.

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Mientras tanto, una pareja de jóvenes caían de bruces en un lugar frío y oscuro, al borde de un lago.

Ambos cayeron abrazados, inconscientes, sin saber que, desde ese instante, sus almas serían expuestas de una manera brutal...

...y peligrosamente honesta.

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