Notas de autor: Muchas gracias por continuar leyendo esto conmigo y por vuestro apoyo. Para todas esas mentes sensibles, tened cuidado con este capitulo, quiza pueda causaros algún sobresalto. En lo que va de mañana corrijo cualquier error de redacción u ortografía que se me haya pasado a mi y a mi editor de texto. Cariños a todos

Disclaimer: No gano ni un centimo de esto, digamos que lo hago por amor al arte, ¿os gusta? Las obras originales pertenecen a Kota Hirano y al maestro Bram Stoker.


Lo único que la detuvo de caer fueron sus firmes brazos; sentía que no había suelo debajo de sus pies. No quiso abrir los ojos, pensaba que si los abría perdería ese momento para siempre. Se refugió en su pecho y él la recibió amoroso. Sabía que todo eso era un sueño, que lo que estaba diciendo quizá no tuviera coherencia para él, que debía darse la oportunidad de ser feliz en su mundo de fantasías a lado del príncipe perfecto, pero, tenía miedo. Podía vivir una historia de amor en sus sueños, pero siempre, inevitablemente llegaba la noche y las pesadillas que la realidad representaba: En ella Alucard jamás le abrazaría de esa manera, ni le diría eso; en ella, había hecho un pacto con Integra de hacerse a un lado, y lo más importante, tendría que sufrir en silencio su desamor.

Quizá Vlad no lo comprendiera, porque para él su historia solo permanecería en su sueño. Pero las cosas no eran así de sencillas, al menos no para ella. Quiso aferrarse a lo que tenía en ese momento: a él; Cerrar los ojos y disfrutar su sueño, pero ahora que había empezado a hablar necesitaba desahogarse y contar todo aquello que la había estado carcomiendo.

- No seas cruel conmigo, yo no te he lastimado – rogó con sinceridad – y si alguna vez lo he hecho no ha sido a sabiendas…

- De todos los seres, tú eres quizá el único que no merezca mi crueldad. – explicó Vlad amorosamente, consolándole – Eres la persona más fiel y buena conmigo, la más inocente, la constante para mí…

- No juegues conmigo, querido mío, que tú no sabes la magnitud de mis sentimientos por ti. – le miró a los ojos y notó que estaba asustado y confundido. En el semblante del príncipe una mueca de preocupación se hacía presente. – No juegues conmigo maestro. Ya no hay más que pueda darte que no tengas. Estoy segura que no hay alguien en toda la existencia que te haya amado, que te ame más de lo que yo te amo. No es necesario que te muestres complaciente y que me enamores para que realice todos y cada uno de tus caprichos; lo hago por mi voluntad y mi adoración incondicionales. Sé que no tengo por qué decirte a ti esto, príncipe de mis sueños, pero necesito preguntártelo: Si es que con este beso pretendes decirme que aquel que recibió mi amo de Integra no significó nada, que no fue tan intenso y tan maravilloso ¿Es acaso que no sabes que para mí, la vida se me escapa, tan solo con el más ligero rose de la tela que se honra en cubrir tu piel? ¿No sabes que con tan solo una mirada tuya yo me siento capaz de elevarme al cielo aunque no me sea permitido? Señor mío, si yo hubiera recibido ese beso, por más ínfimo que este fuera habría podido morir en ese momento feliz aun sabiendo que estoy condenada. Lo que hace que un beso sea sublime no es la intensidad o la pasión que se haya impreso en él, sino el amor que sientas por aquella persona de quien lo recibes.

Él se quedo inmóvil, en profundo estado de shock. No parecía enojado ni molesto a razón de su pregunta sino que parecía que estuviera sorprendido por la intensidad de su comentario. Era verdad, se había declarado ante él. Por primera vez en su vida había aceptado que le amaba de viva voz, aunque fuera solo un sueño. Atónito, más pálido que un papel Vlad se quedó silente durante unos minutos y fue entonces cuando comprendió que quizá ni en su propio sueño su príncipe perfecto le tuviera una esperanza o unas palabras de apoyo. Lo vio con tristeza y luego suspiró con resignación; cerrando los ojos dio la media vuelta y caminó un poco hacia adelante.

- No hay palabras en ningún idioma que pudieran ayudarme a expresarte lo que deseo – la voz profunda de Vlad sonó súbita y desasosegada – Busque en mi memoria experiencias de años pasados, conocimientos adquiridos en la literatura que solía leer; para con ellos encontrar una luz que pudiera prepararme para darte una respuesta. Pero fallé; No la hay.

La mano de su amor se posó sobre su hombro deteniéndola completamente, parecía nervioso y asustado. Tomó su mano, también en silencio y observó la luz del sol que bañaba los arboles y las casas dándole un toque aun más irreal al momento.

- Y aunque la hubiera, no hay forma alguna en la que yo pueda contradecir aquello que han visto tus ojos. – continuó haciéndola mirarle a la cara - sin embargo, querida mía, así como a mí no se me concede la gracia de desmentirte tampoco a ti no hay nada que te asegure que lo que viste es cierto, y es que los sentimientos no tienen color o forma, no pueden notarse a simple vista; no pudiste saber si aquello que tanto te preocupa es realmente lo que dices que fue. Lo único que haces en tu mente son conjeturas, conjeturas basadas en el miedo y la melancolía, pero, no olvides que incluso la vista nos puede engañar y que lo que vemos a veces no es tan real como aparenta. Sin embargo hay algo que puedo asegurarte sin temor alguno a equivocarme: aquello que me has dicho sobre los besos, los roces y las sonrisas que son capaces de llevarte a un cielo que no nos está permitido, de darte una felicidad que no pensaste estaría a tu alcance jamás y sentido a una existencia que pensabas estaba rota. Eso es algo que aprendí de ti. – aquellas palabras le habían hecho sentir un escalofrío placentero y calor en su rostro, estaba muriendo de emoción – Mis labios han probado otros aparte de los tuyos, y de tantos besos que he saboreado ninguno me ha llenado tan profundamente como los que vienen de ti… - su interlocutor hizo una pequeña pausa, inquieto y ruborizado – Y él, que es el afortunado que tiene aquello que yo deseo sería un ciego o un tonto si no correspondiera a lo que sientes o pides; cualquier persona estaría honrada de saberse el dueño de tu querer. Me siento celoso de Alucard, porque él tiene tu amor y te tiene por siempre; pero yo sé - Vlad sonrió con un dejo de ironía en su rostro - que él esta celoso de mí de esa misma manera intensa y corrosiva, ya que yo puedo darte aquello que él por cobardía no se atreve y recibo de ti lo que él más añora. Más, yo no puedo darte esa respuesta que tanto buscas. Anda, ve, pregúntale. Dile aquello que te molesta, cuéntale lo que te aflige y él contestará con la verdad.

- Él no es así de accesible…

- Lo será contigo, no importa lo que sea. – nunca lo había escuchado tan seguro de sí mismo – no puede negarse a contestar, no se lo permitiría. Nadie tiene más derecho que tú a saberlo.

- ¿En serio? – rio dulcemente sin poderlo evitar - ¿Y qué vas a hacerle?

- No sabes lo molesto que puedo ser conmigo mismo, chica policía – la voz de Vlad adquirió de pronto la fantasmal resonancia que solía tener la de Alucard en la vida real.

Se asustó y dio un paso hacia atrás por reflejo ¿Alucard? No su maestro no podía estar ahí, no podía haberla escuchado. Entro en paranoia y deseó despertar.

Despertó súbitamente, tan solo para encontrase con el rostro apaciblemente dormido de su maestro frente al suyo. Estaba volviéndose loca, definitivamente, todo había sido un sueño y… Alucard no podía, no, no era posible. Suspiró profundamente y tocó su rostro para saber si aun era tangible o si estaba soñando. Ya estaba a punto de tranquilizarse cuando una luz se coló en esa espesa y deliciosa oscuridad que los cubría. Alguien había destapado el ataúd…

Sebastian Windsor nunca espero encontrar a la pequeña Seras Victoria ahí, dentro del sarcófago del vampiro. De hecho si se lo hubiesen preguntado habría dicho que era el último lugar de la tierra en el que la buscaría y así fue. La había buscado en toda la mansión, patios y piezas y no le había hallado; habían pasado varias horas y preocupado y enfadado se había dirigido a la mazmorra del vampiro. Muchas ideas habían pasado por su cabeza, cada una más pirada que la otra, sobre como la señorita había sido desde torturada hasta eliminada por el antiguo conde. Tomó uno de los rifles de los soldados y armado de valor había ido a pedirle cuentas al príncipe de la oscuridad.

Pero ella estaba ahí, tumbada a lado del vampiro, quien la abrazaba protectoramente. La joven se había levantado un poco y le dedicaba una mirada de profunda estupefacción: Aquellos ojos rojos brillantes bien abiertos mirando intensamente al rifle, sacudiendo en negación la cabeza, completamente callada. No necesitaba que se lo dijera, podía leerlo fácilmente en su expresión angustiada: Aquella había sido una muy mala idea. De pronto ella tembló y para él eso fue todo menos una buena señal.

Alucard estaba despierto, sentado detrás de ella, mirándole iracundo pero con una pedante sonrisa en los labios. Escuchó claramente el 'clac' ligero y apagado que había producido la pistola negra que el conde levantó hacia él. Entonces supo que ese era su último momento, la última cosa que vería en la vida. Seras Victoria lo miraba consternada, estaba tan en shock como él y seguía callada. Los segundos le sabían tan largos y tan cortos en ese momento; pensó en todos los errores que había cometido y en las cosas que aun quería hacer…

- Tengo sueño maestro – escuchó a la jovencita decir, rompiendo el silencio sepulcral que invadía el momento – acúname y ayúdame a descansar… por favor.

La señorita Victoria volteó a ver de frente al príncipe y acercándose suavemente, lo besó en silencio. Alucard había cerrado los ojos y bajado la pistola, para luego tomarla entre sus brazos y corresponderle apasionadamente. La jovencita acarició su rostro con su mano descubierta y con la otra tomó la pistola negra y la deslizó sobre el piso lejos del alcance del vampiro. Al conde no pareció importarle eso, ni siquiera su presencia y sin pudor alguno la recostó suavemente sobre el terciopelo del ataúd.

- Largo de aquí – Drácula exigió con voz potente – déjanos solos. Y… asegúrate de cerrar la puerta cuando salgas, no queremos más molestias.

Retrocedió, apabullado, con pasos torpes, quedándose con la visión del conde quitando el guante restante de la mano de Seras, mientras ella se sonrojaba. Se alejó a toda prisa del lugar.

Alucard se hincó delante de ella, y pasó suavemente su mano sobre las torneadas piernas de Seras Victoria, mirándola fijamente a los ojos levantó una y la apoyo contra su cuello: fue deslizando lentamente la media roja de su draculina hasta la altura de su tobillo para después quitarla completamente; repitió el procedimiento con la otra, sensual y seductoramente. No podía sentirlo pero sabía que su tacto era suave y sublime, así que con besos cortos y ligeros acarició con sus labios la blanca y tersa piel de las pantorrillas de su amada. Ante esa visión tan magnífica de la perfección de su dama no podía dejar de sorprenderse a sí mismo por soportar tanto. Ella tan desvalida y tan perfecta, tan sensual y tan inocente que no podía ocultarle su deseo una vez más, pero tampoco su terror infinito: temblaba de miedo como una gatita asustada, su respiración se había vuelto cada vez más rápida y su piel pálida.

- ¿Así que con un beso compras la vida de un mortal común y corriente, draculina? – dijo cortando el silencio incomodo y odiándose a sí mismo por no aprovechar esa oportunidad para hacerla suya – Comienzo a sentirme utilizado.

Se recostó a su lado y apoyo los brazos detrás de la cabeza, en gesto despreocupado. Sonriendo aun, continuando la escena en su cabeza ya que no podía llevarla a cabo en la realidad:

- Sin embargo – añadió lascivo e impertinente – te aseguro que no me molestaría si ahora mismo te propusieras salvar a la humanidad….

Seras Victoria no podía evitar observarlo mientras él estaba perdido en sus pensamientos, mirando hacia el techo de la mazmorra. Aquellos movimientos rápidos habían terminado por abrir su camisa por completo, dejando al descubierto su pecho y marcado abdomen. Estaba recostado con una pierna doblada sobre su rodilla, descansando tranquilamente, pero para ella que lo deseaba más allá de lo que alguna vez imaginó desear a alguien era la encarnación del erotismo y lo prohibido. Sacudió la cabeza, esos pensamientos no eran propios, además, ¿Qué podía pasar si él leía su mente? Por otra parte, Vlad había dicho que debía preguntarle a él que había sido lo que pasó con Integra, y de alguna forma pensaba hacerlo.

- ¿Maestro? – preguntó tímidamente

- ¿Si, Seras? – su amo contestó sin mirarle directamente, estaba observando al techo de la mazmorra relamiendo sus colmillos maliciosamente.

Se levantó apoyándose en una mano y se puso enfrente de él impidiéndole ver hacia arriba, casi como si fuera a recostarse encima suyo; quería que la viera a la cara. Estaba muy nerviosa y se lo estaba pensando mucho. Él bajo las piernas y tomándola de la cintura la había situado sobre de si, con cada una de sus pantorrillas a lado de sus propias piernas, como un lobo sobre su presa. Sin embargo esta vez Alucard parecía ser la presa, una muy dispuesta.

- ¿Te has quedado con las ganas de continuar salvando vidas? – el príncipe la veía intensamente, con deseo, sonriendo y aun relamiéndose los labios.

- ¿Amo? - volvió a preguntar sería y sintiéndose culpable.

- ¿Seras? - Alucard sonrió y levantando elegantemente su mano acarició su rostro - ¿Qué te preocupa?

Alucard no le dio ideas, sabía para donde iba. Estaba bien que sería extraño contestar aquello que le incomodaba a ella y más allá, dar cuenta de sus actos voluntariamente, pero, valdría la pena. Ella estaba pálida y temblorosa, pero sobretodo muy tensa ¿De verdad era tan poco accesible? Intentó permanecer serio y circunspecto un momento, midiendo los actos de su draculina: seguía viéndose tan linda incluso cuando estaba asustada, quizá asustada fuera aun más deliciosa. Puso su mano en su cintura pero ella no pareció notarlo y la deslizó hacia atrás delicada y sigilosamente. El rostro de Seras Victoria pasó de la escala de blancos a la de rojos frente a sus ojos, con transiciones suaves y notorias, cuando, sus dedos tocaron sus redondas posaderas.

- Ma-ma- ma-es-tro - dijo ella en una voz muy queda, como si no pudiera hablar – In-in-tegra se molestará p-p-por est-o

- No si no gritas – contestó volviendo a sonreír, mordiéndose los labios.

Pero ella volvió a ponerse seria y meditabunda, cabizbaja. Lo cual lo alarmó bastante. Esperaba que le abofeteara a lo más o que gritara a lo menos, o podría ser que se levantara y se fuera de con él a su mazmorra pero ninguna de esas sucedió. Suspiró y la abrazó contra su pecho dulcemente, no necesitaba que la acosara en esos momentos, y francamente no era tan divertido cuando ella estaba tan ensimismada y taciturna.

- Esto no está bien – dijo finalmente ella refugiándose en él - Integra….

- ¿Por qué te preocupa tanto Integra? – preguntó sabiendo la respuesta, quizá, antes hubiera estado confundido pero ella lo había confesado todo - ¿Piensas acaso que nos va a regañar por haberte traído a dormir conmigo? – se rió mientras Seras se acurrucaba aun más sobre él - No hay motivo por el cual Integra no se enoje, de cualquier manera ¿No lo crees? – hizo una pausa y recargando su cabeza hacia atrás continuó - ¿Es acaso que no quieres dormir conmigo porque piensas que te mancillaré mientras duermes? No te haré daño, pequeña virgen. A pesar de ser un demonio siempre he sido un caballero y no está en mi código desflorar a una dama sin su consentimiento.

- ¡No es eso amo! - exclamó ofendida, como si hubiera sido una afrenta muy grande insinuar que no confiaba en él

- ¿Así que si me das tu consentimiento, eh?

- Maestro… - se quejó – estoy intentando decirte algo…

- Seras Victoria – contestó él alborotando levemente su melena rubia – la más pequeña de mis draculinas. Es probable que nuestro amo se moleste conmigo por corromper tu inocencia al traerte aquí, a compartir contigo mi lecho. Pero también es cierto que no debería de hacerlo, tú eres mi mujer, por lo tanto es natural que de cuando en cuando satisfaga mi necesidad de refugiarme entre tus brazos y así tener un sueño placentero. Sin embargo, yo considero que no te estoy dañando en lo absoluto puesto que no he reclamado mi legitimo derecho a darte tu primera noche ¿Es acaso que tienes alguna queja al respecto de mi? ¿Crees que debas denunciarme con nuestro amo por lastimarte u ofenderte?

- No… - contestó simplemente

- Entonces vuelve a dormir y deja esas estúpidas preocupaciones de lado, si nuestro amo me castiga no será la primera ni la última vez que lo hace; ahora si me disculpas descansaré que el día es joven aun y estamos exhaustos, y si me lo preguntas, te recomiendo hacer lo mismo.

Se hizo el dormido. Otra vez, cerró la tapa del ataúd usando su telequinesis, poniendo su mano sobre la cabeza de su vampiresa por si pudiera golpearla accidentalmente. Sabía que ella estaba despierta, yaciendo completamente sobre su cuerpo con los ojos cerrados fuertemente, la calidez de su respiración acariciaba su pecho desnudo. Quizá no estaba completamente conforme con lo que había dicho pero era que, mientras ella no se animara a preguntarle no podría decirle las cosas como eran. No era bueno descubrirle la verdad, incluso él era una miserable pequeña pila de secretos*, secretos que no se atrevía a revelarle.

- Seras, Seras Victoria – dijo en un suspiro llamándola por última vez.

- En que puedo servirte, maestro – contestó ella muy reflexiva.

- ¿Hay algo en especial que desees decirme? – volvió a darle la oportunidad de que le dijera con la esperanza secreta de que no la tomara.

La draculina levantó un poco la cabeza para estar a la altura de su rostro y le miró a los ojos. Estaban igual de nerviosos, solo que él lo disimulaba mejor. Parecía que Seras quería que le leyera el pensamiento, que se escabullera en sus recuerdos y en sus fantasías a través de ese vínculo que unía sus almas porque probablemente así fuera menos vergonzoso.

- No... - contestó con un toque de dudas en su entonación.

Levantó su barbilla, y ligeramente besó sus labios: "¿Es acaso que no sabes que para mí, la vida se me escapa, tan solo con el más ligero rose de la tela que se honra en cubrir tu piel? ¿No sabes que con tan solo una mirada tuya yo me siento capaz de elevarme al cielo aunque no me sea permitido?" Eso había dicho Seras y así era como se sentía con ella. Morbo, pecado, inmoralidad y perversidad, eran el compendio de escoria de lo que estaba creado, sin embargo, ella lo hacía sentir que podía aspirar a más. Ese beso: tan corto y tan profundo, el primero que le regalaba sin que fuera un sueño tomando completa responsabilidad de lo que significaba; en la oscuridad, en la intimidad de aquella caja de madera que les permitía estar tan juntos como quizá nunca lo volverían a estar, y de aquel lazo que volvía sus espíritus uno solo.

- Duerme entonces – contestó en cuanto terminó aquel momento sublime – aquí estaré para cuando decidas decirme aquello que tu alma grita y tu boca calla.

La abrazó disfrutando de su presencia y su suavidad, ella era tan cómoda que podría pasarse la eternidad durmiendo a su lado sin molestar a ningún ser vivo. Incluso se llego a preguntar qué pasaría si le condenaran a quedarse en ese ataúd para siempre a su lado pensando que quizá esa condena no sería nada; ahora mismo no deseaba que llegara la noche o que Integra llamará y que le interrumpieran: Ella y su aroma a miel, ella y su piel de seda eran su delirio, su pecado y al mismo tiempo su recompensa. Cuando se sintió lo suficientemente relajado y notó que ella estaba menos tensa la llevó con él de regreso a la ensoñación que compartieron usando un poco de magia y un tanto de libertad.

- ¿Y bien? ¿Le externaste tu inquietud? – preguntó amablemente una vez que Seras se dio cuenta que ya no estaban en Londres.

- No – contestó enrojeciendo sus mejillas encantadoramente – No me atreví.

- ¿No se comportó bien contigo? ¿Te ha tratado mal?

- No, de hecho fue amable…

- ¿Entonces? ¿Qué fue lo que te lo impidió?

- Es que… ¿Quién soy yo para pedirle explicaciones a mi amo? – dijo cabizbaja. – él puede hacer lo que desee, después de todo es su vida, ¿no es así?

Era verdad, ¿Quién era ella para pedirle una explicación? Volvía al principio de sus interrogantes: ¿Qué era ella suya? No podía dar esa respuesta, no aun, quizá porque aun no eran realmente nada. No quería que no fueran nada…

- Bueno, y ¿Qué has pensado, Seras Victoria? – preguntó nervioso y un nudo se formó en su garganta involuntariamente.

- ¿Al respecto de qué? – contestó saliendo de su ensimismamiento.

- Pues bien – titubeó intranquilo – señorita…

Tomo y beso su mano con una timidez que desconocía de sí mismo, e inclinándose ante ella, desasosegado, continúo:

- ¿Es acaso que aun tengo una oportunidad con usted para intentar enamorarle o ya he perdido toda esperanza de unir su destino al mío?

Una sonrisa automática se dibujo en el rostro de su draculina; fue tan espontanea y tan alegre que contestó por ella.

- He dicho que cualquier hombre estaría honrado de saberse el dueño de su querer, pues bien, no mentiré, yo quiero ser ese hombre. – dijo sin rodeos, si ya había empezado habría que terminar – Yo quiero ser el único dueño de su adoración y de sus minutos. Quiero ser aquel motivo por el cual usted sonría, la causa de sus desvelos y la fuente inagotable de sus suspiros. Quiero ser el único hombre para usted, ¿Sabe por qué?, porque usted para mi es la única mujer; un día desperté y de pronto descubrí que no había nada más para mi, nada que pudiera buscar que no encontrará en su mirada. Señorita mía, si cree que mis aspiraciones son grandes y desmesuradas, que aquello que pido es más de lo que en la existencia pudiera contenerse, quiero decirle que aspiro a ser por lo menos un poco de lo que usted es para este humilde caballero que clama por su cariño, porque lo que ha provocado en mi y que ahora llevo dentro es tan inmenso, tan maravilloso y tan intrigante que me hiela el cuerpo, me llena de dudas y me niega la paz… sin embargo, me la otorga solamente cuando tengo la dicha de encontrarme en su presencia.

Ella se había tapado la boca con la mano que le quedaba libre, debajo de sus blanquísimos dedos se escapaba la visión del rosa de sus mejillas. Los ojos de aquella princesa brillaban del mismo modo que su sonrisa, como si ellos tuvieran la habilidad de sonreír también. Parecía que estaba a punto de colapsar de la emoción y si lo hacía sin duda estaría dispuesto a atraparla en cuanto sucediera. Esa reacción fortificó la esperanza que tenía que ella no le rechazase, en el fondo él también estaba a punto del sincope pero en alguien debía caber la cordura. Continuó entonces al ver que ella no podía articular palabra alguna:

- Pienso entonces, que usted, hermosa dama, es sin duda una hechicera. Una cuyos poderes sobrepasan por mucho a los míos – continuó volviendo a besar su mano, aun inclinado a sus pies – Yo que conozco toda clase de magia, desde la alquimia hasta la necromancia; que soy el guardián de las puertas del inframundo, amo de la muerte y príncipe de la oscuridad no me he podido librar de este poderoso encantamiento que me tiene pensando en usted a cada segundo. En sus manos está el regalarme la gloria o condenarme a las profundidades del infierno ¿Podrá vivir esta eternidad sabiendo que ha sido verdugo de un hombre que tiene una adoración incondicional por usted? ¿Es acaso un pecado tan grande el que un demonio pierda el rumbo por un ángel? Acépteme por piedad, y con ello regáleme el cielo que nunca he merecido…

Seras Victoria sentía que el corazón se quería escapar de su pecho, y estaba esperando el momento en que su cuerpo por fin dejara de negarse a desfallecer; porque ya mismo sentía que flotaba. Lo único que la liaba al piso era las manos frías y temblorosas de Vlad sobre su mano y su mirada amorosa clavada directamente en sus ojos. Eso no podía estar pasando, no era verdad… no podía estar soñando algo tan maravilloso y tan inverosímil. Él suspiró nervioso y le miró intrigado:

- ¿Cuál es tu respuesta? – él parecía estar pudriéndose por la ansiedad, manteniéndose a la expectativa, hablando muy bajo – No me tortures tanto por favor…

Incapaz de hablar siquiera solo logró asentir con la cabeza, lentamente. Invariablemente se iba a desmayar, lo sabía, sentía como zumbaban sus oídos; él le miraba preocupado, sabía al ver sus propias manos que se había puesto pálida y también que le temblaban las piernas. Intentó una vez más y volvió a asentir, esta vez más claramente y él con una sonrisa en los labios se levantó y la tomó entre sus brazos haciéndola sentir una vez más que había atrapado su alma antes de que se fuera flotando y la había regresado a su cuerpo en medio de un suave susurro y un placentero escalofrío.

- ¿Puedo entonces ya presentarla ante la sociedad como mi bella prometida? – dijo él con una sonrisa traviesa en el rostro mientras besaba su frente.

Solo atinó a refugiarse tímidamente entre sus brazos, escondiéndose en su pecho sin poder dejar de sonreír. Ese hombre sería su ruina, si, una condena muy dulce y muy intensa para ella pero estaba dispuesta a aceptarla. Nunca en su vida se había sentido tan feliz, sentía que se estaba muriendo aunque estuviese condenada a la inmortalidad: Estaba sucumbiendo ante el amor de la forma más dulce y extraordinaria que existía. Él no la soltaría, lo sabía; estaban juntos en esto y lo estarían por siempre. Entonces se dio cuenta que el mundo a su alrededor no existía, podría estarse cayendo a pedazos y no importaría ni un ápice: ya no había más tristeza ni melancolía que pudiera acercarse a ella, por lo menos no en ese momento.

Quizá era por la emoción o tal vez su mente no jugaba con ella ahora mismo, pero Vlad se veía más encantador y guapo que de costumbre: Aquel cabello corto despeinado, con todo el aire despreocupado que le daba saberse lo que era; sus ojos azules profundo brillaban reflejando una alegría que jamás había siquiera pensado que en Alucard vería. Su camisa azul de mangas largas entonaba perfectamente con su pantalón negro y sus botas. Él amablemente le tomó de la mano y comenzaron a caminar hacia adelante sin ver el camino, solo se veían el uno al otro con devoción y ternura:

- ¿Es acaso que desde este momento ya no me volverás a dirigir la palabra? – preguntó amorosamente

- Si – dijo tartamudeando – es decir, no, bueno si… es solo que….

Vlad rió y con él, el mundo pareció reír también. Y así rió con él, rió alegremente como hacía mucho tiempo no lo hacia

- Muy bien, hagamos las cosas más sencillas ¿Te molesta si yo inicio la conversación? – como se negó, él continuó – Vale, que te parece Rumania ¿Te ha gustado?

- No sé si todo el país sea igual, pero este lugar me fascina – bajó la cabeza incapaz de seguir sonriendo – Es menos bullicioso que Londres, es pintoresco y pacifico. A veces quisiera no irme de aquí. No entiendo porque te fuiste si aquí es maravilloso.

- Demasiadas habladurías – contestó atento – Una muy buena fama por detrás diría yo. Las personas se imaginaban que era un monstruo, iban a mi castillo a reclamarme por las desapariciones ocurridas en la ciudad.

- ¿Y era verdad?

- No puedo decirte que no, no mentiría y menos a ti. Tenía que alimentarme y comprenderás que no puedes ir por el mundo pidiendo amablemente que tengan la caridad de obsequiarte un poco de sangre. Los seres humanos no comprenderían ni admitirían ese tipo de gentileza, por lo tanto, debes de hacerte de tus propios medios, aunque tengas que matar. Ellos se alimentan de los animales, los matan para aprovechar su carne y no son vistos entre sí como crueles torturadores. Nosotros estamos un paso más arriba que ellos en la cadena alimenticia, Seras Victoria.

- En mi caso, a mi sí que me obsequian la sangre, literalmente. – contestó un tanto asustada por el comentario tan implacable de su prometido – La sangre que bebo es aquella que la gente dona a los hospitales y que nuestro mayordomo tiene la amabilidad de traer cada noche.

- Naciste en un tiempo correcto, duendecilla – él la vio con tanta ternura que pensó que se derretía – naciste justo en el instante perfecto para ti. Siempre he pensado, que si nos hubiéramos conocido justo en ese instante del tiempo no habríamos sido tan afortunados. Quizá levantaras tu espada en mi contra y sin duda habría muerto por tu mano.

- O quizá sería lo que soy ahora… tu escudo y tu espada, aunque no lo sepas aun…

- No lo creo, querida mía – dijo él con una sinceridad dolorosa – yo no soy lo que tú piensas, soy un desgraciado. Soy la maldad, lo cruel, lo inmundo; ellos dicen que soy un demonio… Amada princesa, los demonios palidecen ante mí. Y mírate, estas aquí a mi lado, tomándome de la mano y regalándome aquello que no merezco. No lo merezco pero lo quiero, lo quiero más que a nada ¿Está mal ser tan egoísta? Pues bien, aunque lo esté, una mancha más en mi expediente no creo que signifique un cambio. Aunque, quizá es lo que merezco. Esa sensación horrible y ruin, cruel y maligna que me hace sufrir incluso a mí la peor tortura que alguien podría perpetuarme. Le gusta darme a probar un poco de gloria para que me agrade y la saboree, y luego me la quita sin más en el momento en el cual más desprotegido estoy, mostrándome así quien lleva la batuta. Entonces corrijo, si quiero que seas mi ejecutora, duendecilla. Dale, castígame con eso que los hombres llaman amor, dame a probar la miel de tus labios y luego desaparece cuando sea un adicto; tan solo, un favor te pido: vuelve, vuelve de cuando en cuando a alimentarme y yo te alimentaré de mí.

Sintió la necesidad de abrazarlo y por primera vez se dio el lujo de hacerlo.

- ¿Y quien dice que tú no me torturas de la misma forma, señor mío? Si esa es nuestra condena la acepto de buena gana, si mi destino es sufrir por ti y vivir por ti, bienvenido sea. Solo no me dejes a la deriva, porque eso no significaría una tortura sino la muerte misma aun cuando a mi no me está permitido morir.

- No lo haré.

El príncipe volvió a besar su mano con cortesía y dulzura; una sonrisa y luego un suspiro compartido. Era fácil hacer de aquella simple caricia una fascinación para dos y aun más sencillo elegir quedarse ahí por siempre. Vlad levantó su mano y cortó de aquel árbol donde se resguardaban de la luz del sol una pequeña flor, sencilla pero no por eso menos hermosa y la colocó en su mano. Estaban en frente de una casa blanca de la cual podía verse un gran jardín lleno de muchas flores; el techo era de dos aguas, con tejas de barro. Era pequeña a comparación de la mansión pero aun más grande que el departamento en el cual solía vivir.

- Mira Vlad – señaló la casa – cuando yo era pequeña, soñaba con vivir en una casa así.

- Es realmente bella, aunque muy sencilla.

- Creo que ese es su encanto – admitió – quizá es que nunca he tenido lo suficiente para darme tantos lujos, mi sueldo como policía era un tanto bajo; Mi departamento era bastante austero sin duda, siempre quise una casa así, pero, es más de lo que yo pudiera pagar. Así que comencé a ahorrar para ello, quizá en un futuro muy lejano cuando me retirara… Imaginaba viviendo en un vecindario tranquilo, rodeada de gente amable y haciendo los deberes de mi hogar, quizá tener un perro….

- Ya tienes a Baskerville… - su prometido dijo entre dientes en un murmullo casi ininteligible

- Disculpa, no te escuché…

- Decía que… si, un perro. – corrigió – son una buena compañía y excelentes protectores debo añadir.

- No logré realizar ese sueño, es curioso; ahora vivo en una mansión rodeada de personas a mi servicio y aun así extraño esa sensación de ser libre…

- Se a que te refieres, sentirte cómodo en tu soledad de cuando en cuando, o simplemente hacer algo porque te place y no para cumplir simplemente. Yo también desee lo mismo…

- Si, exactamente eso. Pero, si tú también lo deseabas ¿Qué te lo impidió?

- En sí, también quería algo más pequeño que el castillo de Bran. – él parecía estar haciendo memorias, colocando su índice en su barbilla – Pero no deseaba dejarlo, no soy así de desinteresado como tú. –Rió travieso – Digamos que quería algo así como unas vacaciones de mis deberes.

- ¿Qué clase de deber puede tener un príncipe?

- Muchos, aunque no lo creas. Pronto, cuando lleguemos a Bran y entremos al castillo te iré explicando poco a poco de que iba lo que hacía. Es un trato, ¿Vale?

- Vale.

- Así pues – continuó – compre una pequeña casa en Londres, bien ubicada, bonita, cómoda… perfecta.

- ¿Dónde está? ¿Podemos ir a verla? ¿Cuánto tiempo viviste en Londres? ¿Cómo es?

- Tranquila, duendecilla. Demasiadas preguntas precipitadamente, todas las contestaré pero elige por lo menos una para iniciar.

- ¿Dónde está?

- No sé si aun exista, Seras. – Vlad se quedó pensativo unos instantes - Pero, iré a dar una pequeña visita pronto. Juro que si aun está ahí te llevaré a visitarla. No viví ahí más que unos días, digamos que tuve que volver a Rumania por asuntos importantes antes de lo previsto.

Su prometido hizo involuntariamente una mueca de odio, para luego sumirse en un profundo silencio. Siguieron caminando más adelante, por la cantidad de personas que había en la calle pudo notar que estaban llegando al centro de la ciudad. El sol estaba cayendo poco a poco indicándole que ya era muy tarde, deseaba que la noche no llegara.

- Oh entiendo. – añadió – es una lástima que no hayas disfrutado de tus días libres como querías.

No hubo respuesta.

- Hemos llegado a una plaza – dijo cambiando de tema, intuyendo que el anterior lo molestaba - ¿Te gustaría que nos sentemos en una banca y continuemos nuestra charla?

- Sería un placer, señorita.

Él se había puesto cada vez más raro y por un momento pensó que había dicho algo que lo había hecho incomodar. Le había ofrecido el brazo y ella lo tomó pero él parecía no querer continuar hablando. Llegaron a la plaza y Vlad se quedó misteriosamente parado en una esquina mirando hacia el otro lado de la calle, muy interesado.

- ¿Hay algo que te preocupe? – preguntó más preocupada que él

- No, no aun… - luego lentamente cambió su rostro de dirección hasta mirarla a ella – y espero no tener que preocuparme pronto. Sería problemático.

La curiosidad le ganó y giró la cabeza hacía donde estuvo viendo Vlad hacia unos segundos. Había un hombre, alto, regordete y rubio que no dejaba de observarla. No había sentido su mirada de inicio porque estaba muy interesada en su acompañante, sin embargo era bastante molesta y sobrecogedora la forma en que le veía ese hombre. No quiso poner atención a eso aunque estaba realmente alarmada e intranquila. El príncipe sin embargo le veía con la solemnidad con la que solía ver Alucard, esa circunspección que tendía a decir entre líneas que no había motivos por los cuales sobresaltarse. Así pues ignorando ese incidente siguieron adelante, tomados de la mano. Él aun en silencio y ella aun asustada.

Sentado frente a una mesa del parque había un hombre viejo de aspecto bonachón, con un tablero de ajedrez frente de sí. Parecía que había iniciado un juego, las piezas de ambos lados estaban movidas, pero no había competidor del otro lado. Era demasiado interesante ver a ese hombre estar tan concentrado moviendo las piezas como si estuviera en una batalla muy compleja.

- Vamos Seras – escuchó a Vlad decir amablemente – No quiero parecer un aguafiestas, sin embargo, es de mala educación mirar de esa manera a una persona. Puede molestarse.

El hombre levantó la mirada y dijo algo que no comprendió en medio de una sonrisa enorme y amable.

- Dice que si quieres jugar con él – tradujo el príncipe – que hace tiempo no tiene un valiente adversario. Que sería un placer compartir una partida contigo.

- Me encantaría – sintió que se enrojecía un poco al decirlo y bajó la mirada – pero no se jugar ajedrez… ¿Tú si sabes Vlad?

- Si, por supuesto que sí. Es y ha sido uno de mis pasatiempos preferidos.

- Entonces, ¿Por qué no me regalas una partida con él? Me encantaría verte jugar… por favor – rogó jalando ligeramente la manga de su camisa al ver que él rascaba su nuca dubitativo – vamos, se bueno.

- Vale, vale, pero solo si él acepta… - dijo de mal talante, luego sonrió otra vez y tiernamente contestó – la princesa caprichosa ha hablado.

Hablo en rumano con el hombre, aparentemente explicando aquello que ella había dicho. No fue necesario traducir aquel asentimiento que hizo con la cabeza para comprender que todo estaba listo para iniciar el juego. Vlad levantó la mano indicándole al hombre que tenía derecho a iniciar, tomó las piezas negras y las acomodó en sus lugares respectivos, al igual que su adversario lo hizo con las blancas.

- Y así es como se prepara una guerra, duendecilla…. – dijo con un dejo de ingenua sensualidad en su gesto – ganémosla.

Solo contestó con una sonrisa y poniéndose detrás de él posó sus manos sobre sus hombros. Vlad dijo algo al hombre y él también sonriente dijo algo más señalándola.

- ¿Qué dijo? – preguntó asustada.

- Dijo que era mi obligación ganar, que un hombre debe demostrar su honor ante su dama, más aun si esa dama es tan encantadora como tú. Sin embargo, también dijo que no lo haría sencillo. Que todo lo que valía la pena conllevaba una dificultad.

Comenzó el juego, una pieza tras otra moviéndose, al principio las respuestas de Vlad eran rápidas, después, se fueron haciendo más lentas y más pensadas. El hombre también fue perdiendo esa sonrisa abierta poco a poco convirtiéndola en un gesto serio y preocupado, frotando su frente a medida que tocaba su turno. Vlad la hizo moverse a su lado y tomo su mano acariciándola suavemente con sus dedos, incluso él de cuando en cuando se mordía los labios antes de mover. Si nunca había visto a Alucard dubitativo, esto era lo más cercano, aunque no fuera él, Vlad era su réplica exacta. Jamás parecía haber tenido un reto que significase un problema para él, pero el día había llegado; más, no parecía molesto por ello, sino más bien parecía disfrutarlo.

Muchas personas fueron reuniéndose en torno a ellos, observando el juego entre esos dos que no parecían darse por vencidos ni uno ni el otro. De vez en cuando esos dos intercambiaban palabras que aunque no entendía sabía que eran épicas por sus expresiones y sus sonrisas soberbias.

Andrei Balan estaba muy interesado en las jugadas de su adversario, hacía mucho tiempo que no tenía tantos problemas en ganarle a una persona. De hecho no había nadie – de quienes le habían retado - en toda Sighisoara que le hubiese ganado una partida en mucho tiempo. Ese tal Vlad era muy brillante en el ajedrez, y de hecho había algo que le parecía familiar de él. Parecía extranjero pero hablaba como si no lo fuera; era extremadamente fino y sus movimientos eran elegantes. La joven que le acompañaba definitivamente no era rumana, tenía un acento inglés muy exquisito. Ambos eran muy pálidos, casi blancos como una nube. Ella era demasiado bella como para ser un simple mortal, casi sobrenatural; tenía los ojos azul cielo más lindos y brillantes que hubiese visto, sus labios eran de un rosa suave y su piel se veía muy tersa. Él por otra parte era muy bien parecido, sus ojos eran de un azul intenso y su cabello negro y despeinado. Sus dedos eran largos y huesudos, sus uñas afiladas.

- Defiende – había dicho aquel apuesto y pálido caballero en un rumano antiguo impecable – defiéndete bien, porque ahora mismo mi ejercito va a por tu rey.

Efectivamente había tenido que moverse a la defensiva porque el joven al que la chica llamaba Vlad tenía una maniobra muy ofensiva que le había dejado en varias ocasiones a punto de jaque. Intentaba entonces buscar una debilidad en su estrategia, si estaba atacando probablemente tuviera un hueco en el tablero:

- Esta juventud de hoy que piensa que puede ganar contra la vejez – dijo mirándole de frente mientras se ajustaba los lentes – no son los conocimientos sino los años los que dan la experiencia.

- Lo mismo pienso yo – el hombre de ojos azules había hecho una mueca de media sonrisa.

La jovencita dijo algo a su pareja, amorosa y dulce. Y él había asentido con la cabeza en acuerdo mutuo, soltó su mano y ella alegremente se alejó un poco de ahí

- ¿Es su novia? – intentó hacer platica mientras pensaba su siguiente movimiento.

- Es de hecho, mi prometida.

- Muchas felicidades por sus futuras nupcias – contestó atento – es una mujer muy hermosa.

- Y vaya que lo es…

- Disculpe la curiosidad, pero ¿Qué trae a una pareja de jóvenes a punto de casarse a este pequeña ciudad de Rumania? La mayoría de los turistas van a la capital, ¿o es acaso que vienen a ver el lugar de nacimiento del príncipe Drácula igual que el resto?

- Algo así, de hecho, ella deseaba conocer la ciudad donde nací.

- Entiendo, me pensé que era rumano sin embargo habla demasiado bien el inglés como para dudar que fuera de ahí también. Un compatriota, y yo que pensé que conocía a todos los que vivían aquí.

- He pasado mucho tiempo viviendo en Londres, es inevitable que el acento se adhiera.

- Oh, vaya… disculpe la descortesía, mi nombre es Andrei Balan – hizo su movimiento y ofreció su mano – un placer.

- Mi nombre es Vlad, y ella – giró la cabeza para mostrarle a la joven que acariciaba unos perros en el parque – es Seras Victoria.

Seras había visto algo que llamó su atención excesivamente: frente al parque, justo delante de ellos había un pequeño establecimiento con un aparador grande y sencillo; parecía una tienda de antigüedades. Le dijo a Vlad que volvería pronto, que solo quería ver algo que le había gustado frente al parque y él tan solo había pedido que no se alejara mucho y que volviera pronto. Y así lo haría, no era que la partida de ajedrez no fuera de su agrado, era solo que quería darle una linda sorpresa al conde, quizá un pequeño detalle. Podría aprovechar ahora mismo que estaba ocupado jugando con aquel buen hombre y observar las cosas que había en esa tienda, después de todo… faltaban varios meses para su cumpleaños.

Pero en su camino se había encontrado con un grupo de lindos perros, juguetones y cariñosos. Los acarició y jugó con ellos un momento, siempre le habían gustado esos animales y aparentemente ellos gustaban de ella también ya que no le gruñeron o intentaron morderla. Recordó la vez que conoció a Baskerville y se rió de sí misma por haber sido tan tonta y haber temido al familiar de Alucard. Dejó a los perros, no debía tardar tanto, la noche estaba cayendo y lo que menos quería era perderse un momento de Vlad y más ahora que se había declarado a ella de la forma más hermosa que hubiese escuchado alguna vez. Estaba irremediablemente enamorada de él y aunque fuera patético deseaba no tener que separarse ni un segundo, por lo menos no ese día; pero tampoco quería aburrirlo de su presencia o hacerle sentir hostigado; la verdad es que no sabía cómo comportarse, era su primer novio y no tenía ahí a su madre que le explicara que debía hacerse al iniciar una relación o preguntarle a la misma Integra - lo cual sería una estupidez, ya se imaginaba diciéndole: "Integra, estoy saliendo con el hombre al que amas en mis sueños, ¿Cómo debo comportarme?" – se rió de sí misma por pensar así. En el fondo, sabía que nadie podía darle esa respuesta, todo era entre ella y Vlad de ahora en adelante y solo entre los dos podrían hablar de aquello que les gustaba o les incomodaba.

Cruzó la calle y llegó al establecimiento que buscaba, ahí, en el escaparate había cosas muy hermosas: Una muñeca de porcelana muy bien cuidada que llamó su atención en un primer momento, su vestido color verde esmeralda y sus largos bucles color anaranjado, algo así había deseado cuando era pequeña. A un lado también se encontraba una pequeña tiara plateada, un dije de oro en forma de flor y algo más: Un cofre de madera y cristal con una cerradura dorada al frente. Quizá a Vlad le gustara, sería un excelente regalo:

- Oh, es una lástima que no tenga ni un euro en el bolsillo – murmuró para sí misma, apesadumbrada - por más que lo desee no podré comprarlo.

- Yo podría ayudar en eso – una voz desconocida se escuchó a su lado

Volteó instintivamente a ver quién era el dueño de aquella voz, pero cuando lo vio no pudo evitar asustarse demasiado. Era el mismo hombre, grande y fornido que había visto en la esquina cuando Vlad había estado muy serio, aquel que le veía tan perverso y profundo. Se giró con rapidez hacia el escaparate y puso sus manos en el vidrio, evitando verle más con la esperanza de que así le dejara en paz.

- Además – continuó aquel desconocido con voz extremadamente pervertida - ¿Qué hace una turista sin dinero en una ciudad desconocida? Con lo fácil que podría ser conseguirlo. No tienes que negarlo, nena – dijo aquel ante su movimiento involuntario de negación con la cabeza – se que no eres de aquí, te escuché hablar. También se que no vienes sola. – El hombre había volteado a ver en dirección a Vlad, lo vio por el rabillo del ojo – los he seguido en todo lo que va del día. ¡Pero mírate pequeña, esta pálida como un papel! No tienes ni un poco de color en tu piel, cualquiera diría que estas muerta, si no fuera porque… - sentir su tacto áspero sobre su brazo le asqueo de sobremanera – estas tibia, apenas perfecta. Quizá es solo que ese inútil no te saca a pasear, ¿acaso te tiene encerrada en una mazmorra? Si yo fuera él, te presumiría como mi trofeo todo el día…

- Suélteme por favor – pidió con un hilo de voz temblorosa

- Hagamos esto, preciosa – el hombre se acercó un poco más a ella tomándole con fuerza de la muñeca – tú me das lo que yo quiero y yo te doy lo que quieres…

Andrei veía atentamente al tablero, al igual que su adversario. Parecía que Vlad estaba muy interesado buscando un hueco en su bien fortalecida estrategia, hasta que de pronto levanto la mirada y volteó en dirección a la tienda. Pudo jurar que por un segundo aquellos ojos de color azul profundo cambiaban a un rojo intenso y centellante, aquel pensamiento le heló la sangre y sacudiendo la cabeza lo alejó de su mente.

- Me permite un segundo Andrei, haré mi jugada en cuanto regrese – dijo Vlad educadamente – tengo un pequeño asunto que arreglar primero.

Seras seguía forcejeando levemente con aquel pervertido, intentando a toda costa que la soltara:

- Por favor, déjeme ir…

- ¿Te está molestando, duendecilla? – escuchar la voz de Vlad por detrás de ella le hizo sentir de pronto más tranquila.

- ¿Molestarla, yo? – contestó aquel maldito con falsa inocencia – Solo le estaba ofreciendo el dinero que necesitaba…

- Dudo mucho que ella requiera de tus limosnas – contestó su prometido, altivo – y si requiere de algo yo se lo daré. Así que por favor, lárgate de aquí. No quiero tener problemas.

- Está claro que lo que le das no es suficiente, que desperdicio de mujer para un hombre como tú – fue la respuesta desdeñosa de aquel sujeto – Además, ¿Qué si no quiero irme? ¿Qué me va a hacer un alfeñique como tú? ¿Estrellar sus frágiles huesos contra mi cara hasta que muera? ¡No me hagas reír!

- No deberías juzgarme por mi apariencia – Vlad sonrió siniestro – ni tentar al destino, no sabes cómo podría responderte.

- Por favor, vámonos de aquí – rogó a su prometido abrazándole con fuerza – no quiero una confrontación, vámonos…

El conde había correspondido a su abrazo y eso la había tranquilizado mucho. Lo jaló hacia ella, intentando alejarlo de aquel degenerado sin embargo, mientras se alejaban se lo oyó decir:

- Está bien, cagón - gritó el otro con malicia – ¡ándate a esconder debajo de las faldas de tu ramerita!

Escuchó claramente el chasquido pérfido que proferían los colmillos de Alucard cuando los relamía de esa manera cruel; pero esta vez no era Alucard quien lo hacía sino Vlad. Tuvo miedo de que regresara y le atacara pero no lo hizo, de hecho, la guió hasta donde estuvieron jugando ajedrez aquel hombre y él.

- Princesa – le dijo Vlad casi al oído en un susurro quedo y reconfortante – No te asustes, te juro que no volverás a ver a ese despreciable rufián caminando por esta tierra nunca más.

No supo como tomar aquel comentario, pero viniendo del conde la hizo estremecer un poco. Abrazándola aun contra su pecho le besó la frente adorablemente...

Andrei también había sentido ese escalofrío, no había escuchado siquiera lo que aquel joven había dicho a su prometida pero sabía que estaba muy cabreado. Era como si una presencia maligna y cruel se hubiera hecho presente en ese instante en el cual el sol estaba por desaparecer de la bóveda celeste. Ese hombre no era normal, lo sabía, lo sentía en sus huesos… sin embargo tampoco podría expresarlo de viva voz, estaba siendo tan inmensamente dulce con aquella dama que dudaba mucho que sus presentimientos fueran normales. Había besado su frente con amor y luego susurrado algo a su oído, luego la sentó en su lugar frente al tablero poniéndose detrás tomándola suavemente de los hombros.

- He said i had to take this queen and move it to this place… - dijo ella en un inglés muy comprensible y lento mientras tomaba la dama entre sus delgados dedos y buscando el lugar donde Vlad había indicado. Al tiempo que su prometido giraba su cabeza hacia atrás donde estaban los perros con una ligera sonrisa en su rostro. – and then, i think this is checkmate, isn't it?*

Un grito desgarrador sonó detrás de la joven que instintivamente quiso voltear, pero su prometido lo impidió asegurándola a la banca con sus manos. Se quedó congelado por unos instantes, lo había puesto en jaque y a él en un movimiento justo y limpio que no había visto en el tablero, y… No pudo pensar. Toda la gente que estaba a su alrededor corrió a ver la causa de aquel lamento y los siguió. Aquel turista robusto que había estado molestando a la jovencita estaba tirado a mitad de calle gritando por su vida mientras una jauría de perros le comía vivo. La escena fue tremenda y estremecedora: sangre por doquier y nadie podía impedirlo. Parecían rabiosos, enfermos sed de sangre…

La chica había logrado levantarse y cuando vio la escena se tapo la boca con ambas manos para luego refugiarse en los brazos de su joven enamorado. Parecía que había querido volver el estomago del asco que había provocado esa visión en ella. Él susurraba cosas a su oído, suponía que para tranquilizarla. Parecía también legítimamente asustado por aquel incidente y entonces creyó que probablemente su mente le estuviera jugando una mala pasada. Él no pudo haber sido, estaba junto a ella en el momento en que aquello sucedió, además fueron los perros los que actuaron así, probablemente el turista los agredió… Nadie puede controlar a las bestias así, nadie.

Seras Victoria estaba totalmente asustada por eso, no solamente por la forma tan cruel en la que vio la muerte de aquel hombre, sino también por su propia persona. El aroma a sangre perfumaba el ambiente y ella estaba muy hambrienta. Vlad la miró con mórbido deseo y de pronto notó como esos ojos azules resplandecían al rojo profundo ante los suyos:

- Te dije que debías comer algo antes de venir, duendecilla – esa voz susurrante tenía dentro de sí un eco fantasmagórico y excitante – sin embargo, no deberías rebajarte a beber semejante inmundicia. La bebida que debes degustar debe ser fina y digna de ti, mi reina.

- No dejes que lo haga – dijo escondiéndose en él

- Nunca, mí amada…

Volvió a sentir su beso sobre su cabello y su abrazo protector, en ese momento estaba demasiado perdida en su deseo: la atmosfera olía a miedo, a sangre y a dolor, y era precisamente ese aroma el que los tenía alucinados.

- Vámonos de aquí, por favor Vlad. – rogó

- Si ese es tu deseo, entonces mi decreto lo es también.

Andrei se acercó a ellos dos, preocupado por la jovencita que parecía estar llorando entre los brazos del caballero:

- ¿Está bien? – preguntó alarmado por ella – Tranquila, pequeña

- Está un poco consternada – contestó Vlad con indulgencia y amabilidad – nunca le había tocado vivir algo así. La pobrecilla está muy asustada. Si no le molesta, la llevaré lejos de aquí, si es posible a nuestra morada para que se tranquilice un poco.

- Eso es lo mejor que puede hacer, ha sido un suceso muy desafortunado.

- Muy desafortunado, sin duda – su interlocutor seguía siendo cordial y parecía turbado por la situación – Es una lástima que haya sucedido en nuestra estancia en Sighisoara. Espero volver a jugar con usted ajedrez, siento que nuestra partida no haya ido como lo deseaba.

- Lo haremos nuevamente. Es una promesa.

Se dieron un apretón de manos y luego los vio caminar hasta desaparecer de su vista entre las calles ya oscuras de la ciudad. Había sido un estúpido al pensar que había sido su culpa, quizá era que se había creído esas historias pasadas de demonios caminando junto a los seres humanos. Quizá había tomado demasiado licor por la mañana, quizá….

Alucard y Seras detuvieron su camino debajo de una farola que aun no encendía en una calle poco concurrida, poco a poco cada una de ellas iba prendiéndose dando un tenue resplandor. Alucard la había abrazado con fuerza a su pecho, amoroso

- Esta vez, me temo que quien tiene que retirarse primero seré yo – dijo apesadumbrado, aunque no llevaba guantes podía sentir el ardor de los símbolos sobre la parte anterior de sus manos – pero, no temas que te dejaré soñando algo muy hermoso.

- No más hermoso que esto – su draculina se veía triste por aquella súbita partida – pero sabía que eventualmente llegaría la noche y tendría que despertar.

- No despiertes aun – le sonrió y ella correspondió – algo me dice que estas muy cansada. Duerme un poco más, sueña que estamos juntos por los dos…

- Estoy soñando ahora…

- O quizá no – dijo cerrando los ojos y robándole un suave beso de sus labios en medio de esa oscuridad; era tibio, dulce… adictivo; no deseaba que terminara, pero cada vez ese dolor punzante era más molesto y ardiente – o quizá no…

Despertó abriendo su propio ataúd, moviéndola un poco a su lado para que no la viera su ama…

- ¿Llamaba, Sir Integra Fairbrook Wingates Hellsing? – contestó poniéndose de pie aun con la ropa abierta mirando de frente a su amo que venía acompañada del mayordomo - ¿En qué puedo servirte?


*Haciendo parafrasis de la frase de Dracula en Castlevania Symphony of the Night: "¿Qué es un hombre? Una miserable pequeña pila de secretos"

*Las palabras de Seras son: "Dijo que tenia que mover esta dama a este lugar... y entonces, creo que es jaque mate ¿no es asi?"