Ya estaba decidido. Ella al final aceptaría su propuesta y le deseaba, sólo necesitaba hacerle ver que era tan humana como cualquiera, aunque excepcional como ninguna. ¿Qué más necesitaba para seguir postergándolo? Absoluta y rotundamente ni una sola excusa más.

Llevó las manos a la cintura y a la nuca de Dieciocho, que estaba sentada sobre el jergón, y unió sus labios con los de ella con un febril e impulsivo deseo. Ella notó ansiedad y algo de tosquedad en ellos, probablemente por los nervios que lo estarían carcomiendo por dentro, por lo que pensó que, antes de hacer nada precipitado, sería mejor aclarar algunos términos.

—Krilin, espera —le pidió. Se apartó un poco y le puso las manos en las mejillas. Estaba acalorado y el negro de sus ojos titilaban a la luz de las velas—. Antes quiero hablar contigo. Sólo lo diré una vez, te pido que no me interrumpas y que no me hagas repetirlo, ¿de acuerdo? —dijo solemne. Él tomó las manos de ella y las apartó de su rostro para sostenerlas en su regazo—. Al fin he comprendido lo importante que es para ti dar tanto este paso como el otro. Y puede que no te lo creas, no es que no quiera darlos contigo, pero es que los veo necesarios —dijo e hizo una breve pausa para valorar su reacción—. No hace falta darlos, salen solos, porque no lo imagino de otra manera y tampoco podría explicar porqué me agrada tenerte cerca en todo momento —confesaba y se sonrojaba progresivamente—… ni porqué me excita tanto tenerte a solas. Algunas cosas no me paro a conversarlas contigo, no porque no me importen, es que doy por hecho que son así, que las sientes como yo y que así deben ser. Me da vergüenza admitirlo en voz alta, aunque es algo que he pensado muchas veces… te veo tan entregado, siempre estás haciendo cosas por mí aunque yo no quiera, que quisiera hacer algo por ti en esta ocasión y dejar de ser la maldita egoísta que soy por un momento —confesaba y Krilin abrió la boca para terciar— ¡Déjame terminar, joder! Por una maldita vez, quiero ser yo la que haga algo importante por ti —le silenció ella, con el ceño fruncido y su mirada esquiva, tímida—. Mierda… ¿Cuántas veces me has salvado la vida… o me la has cambiado? Lo he pensado y meditado tantas veces, tan asumido lo tenía que creía que tú también lo hacías, pero sin duda me equivocaba. De ser así, no habrías dudado al preguntarme si lo que realmente quiero es estar contigo. Lo sabrías —confesó y miró a Krilin de soslayo, que abría sus ojillos a todo lo que daban—. Has oído bien, no imagino ningún día de mi existencia sin estar a tu lado. Krilin —continuó, liberada—, me da igual lo que me regales, como si no lo haces, si me pides que me case contigo o si no. Eso me da lo mismo. Nada ni nadie me impedirá estar donde estar, aquí, contigo. Te amo, hombrecillo.

Levantó una mano a la mejilla de Dieciocho y palpó con los dedos el rubor delicado de su piel. Ella le dedicó una mirada indecisa y avergonzada, como la curva de la comisura de sus labios cuando reaccionó al contacto de su mano.

En la cabeza calva de Krilin, un sinfín de revelaciones, como piezas sueltas de un puzle incompleto, buscaban con urgencia un lugar donde asentarse.

Que le amaba. Le había dicho sin pelos en la lengua que le amaba.

Despacio, se aproximó a su boca y posó sus labios en los de ella, esta vez con extrema dulzura y, sobretodo, seguros.

Que lo que anhelaba era estar allí, con él. Porque sí. Porque le amaba.

Abrió más los labios y rozó con la lengua los de ella, maravillado. Dieciocho hizo lo propio y se acercó un poco más. Después, elevó la mano que todavía acunaba la de él y la dejó reposando sobre la seda negra del batín, a la altura de su corazón y, con sutileza, retiró la tela para notar el pulso acelerado en su piel.

Dieciocho retiró el nudo de la prenda, al fin, y se descubrió al completo antes de abrazar con sus brazos al artífice de todo lo que ella era en esa nueva vida.

Las bocas juntas, los cuerpos sin nada que ocultar y las respiraciones en armonía bajo el compás de sus corazones.

De nácar. A la luz dorada de las velas, la piel desnuda de Dieciocho tenía al brillo discreto, la blancura y la suavidad del nácar.

En ese ambiente íntimo de la habitación aún flotaba el eco de las palabras de Dieciocho, que trascolaron en el pecho de Krilin, como dardos, y le impelieron la necesidad de tomar a esa mujer que no se creía humana entre sus brazos.

"No imagino ningún día de mi existencia sin estar a tu lado".

Ella se recostó sobre el jergón y se dispuso a recibir los besos que el pequeño guerrero repartiría sobre la piel nacarada de su cuello, mientras rozaba sus hombros con cuidado.

"No podría explicar porqué me agrada tenerte cerca en todo momento…".

Krilin continuó descendiendo los besos hasta sus pecho, haciendo que la respiración de Dieciocho de avivara como el fuego cada vez que palpaba y besaba el centro rosado y sensible de ellos, el con mesura. Siguió bajando poco después y, al mismo tiempo, llevó las manos a la pequeña cintura de Dieciocho, arrancando de su espalda un gracioso contoneo y, de sus labios, una sonrisa genuina. Con los pulgares, se recreó acariciando la tersura de su estómago y, con sus labios y su lengua, humedeció la casi inexistente cavidad del ombligo de ella, antes de continuar saboreando su vientre.

"… ni porqué me excita tanto tenerte a solas".

Antes de llegar al punto clave, se puso de rodillas y se irguió frente a ella. La miró con ternura y le tendió la mano. Ella la tomó, aceptando así la invitación no ofrecida verbalmente para imitarlo.

"¿Cuántas veces me has salvado la vida… o me la has cambiado?".

Dieciocho se sentó en el suelo, enfrentando a su amado. Llevó la mano que sostenia, algo temblorosa, hasta su mismo eje, despacio y sin sobresaltos, dejando que ella lo rodeara con los dedos.

"Krilin, me da igual lo que me regales, como si no lo haces…".

Comprobó el tacto suave y a la vez rígido del asunto, sorprendida de que así fuera. Paseó el dedo pulgar a lo largo del mismo, sintiendo el estremecimiento completo del cuerpo de Krilin con ese imperceptible gesto. Posó la yema sobre la globosa y tersa zona superior, húmeda a la par que candente, y cuando decidió recorrer su longitud con los dedos, Krilin pareció enloquecer.

"… si me pides que me case contigo o si no".

Él alargó una mano a un lado para alcanzar un preservativo, abrió el envase con cierta dificultad, y empezó a cubrir el glande. Dieciocho, sonriendo enternecida por conversación que habían tenido y lo innecesario que le parecía aquello, optó por ayudarle a extenderlo a la vez que lo complacía.

Los suspiros de él activaban el cosquilleo en su vientre y el deseo aumentaba por momentos. Acercó los labios a los suyos y el los selló demandante, sediento.

Con un suave ademán, hizo que se recostara de nuevo en el futón, sin renunciar a la ternura de sus labios, al mismo tiempo que se tumbaba sobre ella, despacio, disfrutando en cada porción el roce sublime de su piel.

"Nada ni nadie me impedirá estar donde estar, aquí, contigo".

Dieciocho lo envolvió entre sus brazos a la vez que se afanaba en beber de su aliento, con una sed y un hambre genuinos, como nunca los había sentido en su nueva vida. Así pues, quedaron unidos en una fusión ideal, donde cada curva se amoldaba a la perfección a cada saliente, y cada hueco lo llenaba una porción del otro, como si estuvieran especialmente diseñados para encajar entre sí.

Casi con dolor, Krilin se separó un poco, apoyando las manos a cada costado de Dieciocho, y sus miradas nerviosas hablaron entre sí. Había llegado el momento y la androide abrió hizo hueco entre sus muslos para recibirlo.

Una mirada de determinación a los ojos rasgados de Krilin, seguida de una súplica callada en la caricia que Dieciocho le regalaba en la mejilla con los dedos. Luego, se produjo el roce de la carne sobre la flor, seguido de un ligero temblor que les hizo cerrar los ojos de puro delirio. Los nervios los dominaban, pero ninguno se atrevía a dejar espacio a la rudeza, no había que forzar los acontecimientos, y cada movimiento era sólo el preludio de lo que estaba por acontecer.

"Te amo, hombrecillo".

La mirada de ternura de Dieciocho calmó el recelo de su guerrero, por momentos temeroso y, con la guía de su mano, despacio, le ayudó a atravesar el umbral escondido de su cuerpo. Era estrecho, extremadamente cálido, y a pesar de no haber profundizado nada, la impresión de deleite sin límites se extendió por su cuerpo como la pólvora. Porque, en efecto, algo en el confortable interior de Dieciocho se oponía a su avance y él dudaba entre empujar o retroceder.

Tenso, pendiente de cualquier muestra de dolor por parte de su amada, dejó de disfrutar plenamente del embriagador calor que lo colmaba desde su falo hasta la cabeza y la planta de los pies. Entonces, impaciente a la vez que conciliadora, Dieciocho acarició su rostro preocupado con una mano, mientras que con la otra recorría su espalda hasta la base y, con un ligero toque, hizo que sus caderas rompieran por fin la frontera que ponía freno a su unión.

Atento y asustado, escrutó la reacción de Dieciocho antes de atender el maravilloso efecto que tuvo en él ese sorpresivo movimiento. Ella se mordió el labio para retener tras ellos un clamoroso gemido de gozo, que resonó en su cuello y que contagio a su compañero para que le siguiera en su rendición en pos del otro.

La danza de las figuras entrelazadas dio comienzo y, con un lento vaivén, la luz de las velas fue testigo de cómo el amor era capaz de materializarse.

Krilin se adentraba y se alejaba al mismo ritmo que ella lo oprimía de manera irracional, y con cada incursión los suspiros sincronizados aumentaban de volumen paulatinamente. Aquello no se asemejaba a nada conocido, por mucho esmero que llevaran las caricias de otro tiempo. Sentirlo dentro era todo lo que había anhelado Dieciocho, porque se hallaba, en efecto, completa.

Para él, al igual que para ella, nada era comparable a ese momento. El rostro de Dieciocho era el deseo personificado; sus ojos entrecerrados le pedían no detenerse bajo ninguna circunstancia y él reforzaba el empuje de sus caderas, obligando a los pequeños y sonrosados labios de ella abrirse para que, de esa forma, un lastimoso y sensual quejido se fugara de ellos. La delicia de ver a Dieciocho emitiéndolos, avergonzada, era el complemento ideal para el placer incomparable que sentía entre las piernas.

Deseosa de más, la androide apretó los glúteos de su novio para obligarle a profundizar, aún más si cabe, en su húmedo y palpitante interior. Y Krilin, entregado a su misión, empujó obediente hasta que no era posible hacerlo más, alcanzando el confín del vientre de Dieciocho cuando éste descendió a su encuentro. Ella arqueó abruptamente la espalda cuando lo hizo, ciñó los muslos en torno a las caderas de él y un gruñido instintivo le nació en el centro del pecho, haciendo enloquecer a Krilin.

Él se lanzó a devorar sus pechos, pequeños y llenos, provocando que Dieciocho perdiera la razón con esos besos. En consecuencia, gemía sin reservas cada vez que la pelvis de él chocaba con la suya, y rodeó con los brazos su espalda y su nuca. Si hubiera podido envolverlo por completo para así atraparlo y hacerlo suyo, de un modo físico, lo hubiera hecho. Lo quería entero para sí.

El interior de la androide se estrechaba más y más en torno a él, y ella en cada ocasión de dejaba menos margen de movimiento en la prisión de sus piernas. Pasmado como estaba, degustando el trémulo pezón de Dieciocho, apenas pudo darse cuenta de que la mujer que tenía debajo empezaba a convulsionar de éxtasis.

Dejó el abrazo a Krilin para aferrarse a las sábanas del futón y él, que todavía estaba con los labios pegados a su piel y que se negaba a abandonarla, buscó con sus manos los finos dedos de ella para rodearlos con fuerza y sentir al completo el orgasmo que la sacudía desde el mismo punto con el que él la estimulaba.

No hubo tiempo para más preparativos. La cintura de Dieciocho se elevó dos palmos del suelo y de su garganta emergió un sonoro y profundo suspiro de deleite. A la vez, su matriz se contraía de forma demencial en torno al tallo robusto y candente, sin permitirle un tiempo extra para regodearse en la belleza de esa poderosa criatura que se retorcía de placer gracias a él y sólo a él.

Entonces todo desapareció por unos instantes, tanto las velas como la noche fresca detrás de la ventana, ni las olas mansas de la bajamar, ni el venerable anciano que posiblemente dormiría al otro lado del tabique. Tan sólo estaban ellos y su conexión, ellos y el cielo colmando sus cinco sentidos.

Exhausto, Krilin salió de ella y se dejó caer sobre el hombro de Dieciocho, con los ojos a duras penas abiertos y una sonrisa que resaltaba por encima de sus jadeos de cansancio.

—¿Lo ves como sí eres humana? —consiguió decir en un murmullo.

Ella permanecía silente, sosegada. Miraba al techo fijamente, asimilando todo lo que acababa de vivir, sin dar crédito a la mezcla de sentimientos y sensaciones que habían explotado en ella en cuestión de minutos. Abrazó a Krilin, que emanaba calor por cada poro de su piel, y sonrió con cierto tinte de perversión al sentirlo rendido y agotado sobre ella.

Tenían que repetirlo. Ya.