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(¸.-´ (¸.-` ❥ Capitulo 25 ❥ .-´¯`-. ❥

Llevo cuarenta minutos mirando por la ventana para verle llegar. Hace pocas horas me he prometido no volver a caer en este juego y olvidarle de una vez, pero el deseo de descubrir su sonrisa al otro lado de la ventana es superior a mi voluntad.

Hace unos segundos he visto su coche girar hacia el callejón. Me escondo en un punto muerto de la ventana para que no me vea mientras le observo. El corazón se acelera cuando le veo caminar abrazado a una chica rubia con un cuerpo de infarto. La besa frente a la puerta de su casa antes de invitarla a entrar y yo siento una descarga de dolor en mi cuerpo.

No puede ser, Albert nunca traería a una mujer a la base, él no se salta las normas. Corro a apagar la luz de mi habitación para esconderme en las sombras, con el corazón acelerado y las lágrimas llenándome el rostro. Me muevo de un lado a otro, como si fuera un animal enjaulado, sin entender la situación.

La oscuridad es lo único que percibo al otro de su ventana.

Necesito averiguar si está con ella, si se atreve a llevarla a su cama a pocos metros de mí, si va a perforarme el alma con sus acciones.

Me acerco a la ventana con sigilo cuando la luz de la habitación de Albert se enciende. La está basando y acariciando con lascivia mientras le desabrocha la cremallera trasera del vestido.

Siento como si acabaran de asestarme varias puñaladas en el pecho, desangrándolo.

Ella le quita la camiseta en un gesto furioso, le pasa los labios por el pecho y él echa la cabeza hacia atrás, como si disfrutara. La rubia está de frente, Albert de espaldas. No puedo verle la cara, pero imagino su expresión, sus ojos llenos de fuego, sus pensamientos libidinosos.

Aprieto los puños con un dolor abrupto en el pecho, como si mi corazón quisiera detenerse para dejar de sentir esta agonía. Albert se deshace del sujetador y le mordisquea el pezón.

Me tapo los ojos con las manos un segundo, incapaz de continuar mirando, pero enseguida vuelvo a fijar la vista en la escena.

La chica le baja los pantalones a Albert sin dejar de besarlo, pasando su mano por el culo y la espalda.

Estoy al borde de un colapso.

Siguen desnudándose sin detenerse. Necesito verle la cara, saber si disfruta con sus caricias, si no tiene remordimientos, si me imagina de espectadora al otro lado de la ventana.

Cuando ya no les queda ropa Albert la levanta en brazos, le da la vuelta y la apoya contra la ventana besándola en el cuello. Sus ojos miran directamente a mi habitación, con tristeza, como si quisieran dejar patente sus ansias de herirme.

Camino hacia el centro del cristal para hacerme visible. Quiero ser testigo de su expresión al verme, mostrarle que acabo de descubrir su grado de maldad y explicarle sin necesidad de palabras mi dolor.

Mi llanto es descontrolado, sollozo e hipo sin medida, temblando.

Nos conectamos con la mirada unos segundos. Él se detiene con una expresión herida, como si acabara de darse cuenta de sus actos. Pongo la palma de la mano derecha en el cristal y me toco el pecho con la izquierda.

Su mirada se llena de arrepentimiento y yo me rompo en mil pedazos.

Me doy la vuelta, me siento en el suelo apoyada en la pared y doy rienda suelta a mi desespero. Nunca pensé que pudiera herirme así.

Durante cerca de una hora no reacciono, solo lloro desconsolada abrazándome con las manos para calmar mi cuerpo aterido. Cuando cierro los ojos veo su expresión desgarrada en el cristal, rememoro los besos, las caricias, la pasión con la que la poseía, y me siento morir.

El móvil vibra para anunciar una llamada de Albert. No pienso contestarle, no voy a permitir que me haga más daño. Se ha follado a otra frente a la ventana, ante mis ojos, como si quisiera vengarse de mí por amarle demasiado.

¿Se puede ser más cruel?

Me llama dos veces más y luego me manda un mensaje.

A: No me odies...

Solo leo estas tres palabras antes de apagar el teléfono, dejarlo sobre la mesilla de noche y caminar hacia la ventana para cerrar la cortina. Él está de pie frente al cristal, sin camiseta, solo cubierto con un pantalón de pijama. Hay un letrero enganchado con celo al lado de su palma abierta. Albert ilumina el papel con el móvil para hacerlo visible para mí.

«Perdóname, no sabía qué hacía. CDTEAT».

Su expresión arrepentida intenta convencerme para que reaccione a sus palabras, pero solo consigue que la rabia se precipite con fuerza en mi torrente sanguíneo. Cierro la cortina mirándole con odio, sin mostrar ni un ápice de debilidad.

Cuando la habitación queda sumida en la penumbra me estiro en la cama sin ponerme el pijama, de lado, abrazándome las piernas con los brazos. Nado entre el llanto y la ira, como si me vapulearan sin piedad a oleadas, llevándome de un lado a otro sin estabilizarse.

La mañana me saluda en la misma posición. No he logrado dormir ni serenarme ni ver más allá de la desesperación. Son las seis y media, hora de levantarme para ir al colegio, pero me veo incapaz de mantenerme en pie, de enfrentarme a él, de no desmoronarme cuando le tenga delante.

Tardo más de la cuenta en enderezarme y encender la luz. Mis ojos se dirigen a la ventana, como si quisieran recordarme lo sucedido hace unas horas. La cortina cerrada es un potente escudo para mis deseos de verle, me ayuda a tomar la decisión de ignorarle para siempre, no se merece mi amor.

Alargo la mano a la mesilla de noche para recuperar el móvil, le doy vida y me enfrento a cuatro llamadas perdidas de Albert, acompañadas de tres whtasapps sin abrir. El último es de las cuatro de la madrugada.

Necesito hablar con Anny, contrale lo sucedido, darle consistencia a mi dolor y a mi rabia con palabras. Necesito dejar de sufrir, alejarle de mi pensamiento, arrancármelo del corazón.

Mi amiga no tarda en contestar al móvil.

—Ayer le vi follándose a otra —explico entre sollozos—. Es un hijo de puta, la apoyó contra la ventana para restregármelo por la cara. No puedo ir a clase hoy, no quiero verle, no lo soportaría.

—¡Joder! —Anny se despierta de golpe—. ¡Es un cabrón! El tío iba de no saltarse nunca las normas y mírale, mete a una cualquiera en la base para joderte. No le permitas salirse con la suya Candy, plántale cara.

—Me voy a quedar en casa —musito—. Necesito estar lejos de él. No ha parado de llamarme y mandarme mensajes que no quiero leer.

—¡Ni de coña! Levántate de la cama, abre la cortina y métete en la ducha —ordena—. No le puedes a permitir humillarte Candy, si te escondes ganará él. Eres una de las personas más fuertes que conozco, no te acobardes ahora, Albert ha de entender que contigo no se juega.

Inspiro una bocanada de aire reprimiendo las lágrimas. Anny tiene razón, nunca me he dejado vencer por las circunstancias y no voy a empezar a hacerlo ahora.

—No sé qué haría yo sin ti. —Suspiro—. ¡Ese hijo de puta se va a arrepentir de joderme! — Exhalo un suspiro—. Me duele el cuerpo, el corazón, el alma... No puedo olvidarle, lo tengo metido en la cabeza y lo de ayer me dolió muchísimo. Si hubieras visto su mirada cuando me descubrió en la ventana... ¡Será cabrón! ¡Primero se la tira y luego me cuelga un puto letrero pidiéndome perdón!

—Si te muestras fría con él le pagarás con su misma moneda. Quedarte en casa a lamerte las heridas no es una solución.

—Eres la mejor amiga del mundo. —Me limpio los últimos rastros del llanto y me levanto—. Acabas de darme una idea. Pienso hacerle pagar hasta la última lágrima. Ese cabrón se va a arrastrar por el barro.

Camino hacia la ventana, compongo una expresión de odio y abro la cortina sin amilanarme. Albert está al otro lado sentado en una silla, mirándome con cara de no haber dormido demasiado. El letrero sigue en mismo sitio que ayer, enganchado con celo, con sus palabras intactas.

A pesar de la aceleración de mi ritmo cardíaco, del ahogo y del dolor en el pecho, no le doy la satisfacción de verme derrotada. Le saludo con la mano, con una sonrisa seria, como si no me importara nada lo sucedido ayer por la noche.

Él se levanta para contestar a mi gesto con emoción, como si no hubiera interpretado bien mi comportamiento. Señala el letrero con las manos unidas frente a la cara y asiente tres veces.

Me doy la vuelta para ocultar las lágrimas que me humedecen los ojos. Debo encontrar la manera de ser fuerte.

Bajo un chorro de agua caliente doy rienda suelta a la tristeza.

De vuelta en la habitación evito mirar al otro lado de la ventana, aunque me traicionan mis ansias de saber de él. Le observo de reojo con los latidos de mi corazón a mil por hora. Está sentado en la misma silla con la cara hundida entre sus manos.

Gimo al acercarme al armario y recorrer mis modelitos con la mirada. Me decido por un minivestido negro muy sugerente y enganchado al cuerpo, un cárdigan largo y unas manoletinas sencillas. Me maquillo con rímel, un toque de colorete y pintalabios rosado.

Encuentro a mi padre en la cocina leyendo el periódico mientras desayuna.

—Tendrás cola de pretendientes si te vistes así para ir a la escuela. —Dice serio mientras levanta la mirada del periódico.

—Hoy tenía ganas de arreglarme.

Me sirvo un tazón de leche con cacao y me preparo una tostada con mantequilla y mermelada. Albert está en su cocina, no para de moverse frente a la ventana en un intento de llamar mi atención. Le evito cuando nuestros ojos se cruzan, sin contestar a sus súplicas calladas para hacerle caso, como si no me importara.

—¿Vas a venir mañana a la actuación? —Me siento a la mesa.

—Me voy a Washington dentro de poco y necesito descansar. —Le da un sorbo a su café con leche—. Cuenta conmigo la semana que viene.

—Te echaré de menos cuando estés fuera.

Termino el desayuno charlando un poco con él. Intento contener mis ansias de mirar a Albert, domar la intensidad de mi dolor, rebajar el deseo de llorar por lo sucedido, pero al final acabo levantando la vista hacia la ventana para observarlo un segundo. Su expresión desesperada no me ablanda. Le sostengo la mirada con dignidad, sin mostrar compasión.

—Me voy a clase o llegaré tarde. —Me levanto con prisa al ver la hora en el reloj del móvil—. ¿Puedes recoger tú?

Le beso en la mejilla abrazándole un segundo.

—Llámame si necesitas algo.

Un viento incómodo me azota al salir a la calle. Albert me espera frente a la cancela. Aprieto los dientes, espiro con lentitud por la boca y camino con decisión por la calle, como si no me importara tenerlo cerca.

—¿No vas a hablar conmigo? —Me agarra del brazo cuando paso por su lado—. ¿Piensas ignorarme siempre? Lo siento Candy, me equivoqué. Perdóname. Las cosas no se solucionan así, no pensé en el daño que te haría verme con otra. Pero no pasó nada, la dejé en casa diez minutos después de verte. No pude hacerlo.

—No tengo nada que perdonar. Tú y yo solo somos vecinos.

Me deshago de su mano y continúo andando hacia el callejón sin deseos de protagonizar una escena a plena luz del día. Él aprieta el paso y me alcanza justo al doblar hacia los coches.

—Entre nosotros hay algo más, aunque quieras ignorarlo—musita y me agarra otra vez el brazo —. Nos queremos y no podemos ser más que amigos. Necesitamos tiempo para aceptarlo, pero podemos hacerlo juntos.

Me suelto de su sujeción y me coloco cerca de su radio de visión con una expresión dura, como si quisiera mostrar mi vena belicosa para dejar clara mi postura ante lo sucedido.

—Ese juntos ya puedes sacarlo de tu vocabulario. —Reprimo las lágrimas para mostrarme fría —. No me mires, no me toques, no intentes hablarme. Entre nosotros ahora solo hay una puta guerra nuclear que arrasará con todo. Atente a las consecuencias de tus actos Albert. Y cierra la cortina la próxima vez, así evitarás tener espectadores.

—¿Qué piensas hacer?

—Seguir con mi vida, olvidarte, buscar a otro tío que me quiera de verdad... —Le sonrío con desprecio—. Seguro que encuentro a alguno con el que perder la virginidad frente a la ventana.

Me doy la vuelta y me voy hacia el Camaro con la cabeza alta, sin muestras de la desesperación que me invade.

Dentro del coche pongo la música a todo volumen, maniobro y arranco a llorar cuando me alejo de él.

CONTINUARA