El dios se encontraba en una habitación oscura, sentado en un sillón con las piernas cruzadas. Su rostro, sereno, era mantenido por su puño apretado sobre la mejilla, apoyado sobre el reposabrazos del mueble.
El pequeño brujo estaba sentado sobre el suelo, en medio de la habitación. Tenía los ojos cerrados y cara de concentración. Su espalda brillaba con una leve luz blanquecina, señal de que estaba usando de su magia.
En cambio, el tercer ser que se encontraba en la habitación, no estaba quieto en absoluto. El pequeño cangrejo no paraba de dar vueltas encima de la mesa de comedor. Cuando llegaba al borde, volvía sobre sus pasos hasta llegar al otro extremo, y así sucesivamente.
La luz del niño dejó de brillar y el cangrejo se detuvo, clavando su mirada sobre él. - ¿La has encontrado?
El pelirrojo suspiró y negó con la cabeza agachada. Se levantó y miró a su rey. – El poder de Eris es muy fuerte. Ha cortado toda conexión que pudiésemos tener con Ran.
- Parece que su memoria sigue intacta. – Comentó impasible el joven dios. – Contaba con que algo se le hubiese olvidado con respecto a las reglas.
- Tiene una memoria de elefante la muy perra. – Dijo furibundo el cangrejo. – Vuelve a intentarlo. – Miró a Conan. – Puede que se le escape algo.
- Pero… ¿No será peligroso para las chicas? – Dijo preocupado el pelirrojo.
- No tienes por qué preocuparte. – Dijo sin variar el dios su seriedad y amabilidad en su rostro. – El único que no puede usar magia soy yo, los demás si pueden usarla sin problemas.
- De acuerdo, majestad. – Se volvió a sentar y en su rostro se volvió a mostrar la concentración de antes mientras le comenzaba a brillar la espalda de nuevo.
El sol se encontraba a la mitad de su cénit. La ciudad hacía su vida como cada día, con coches en las carreteras y personas en las calles y en las tiendas.
Pero un local se encontraba cerrado ante todo el mundo. En la puerta había un cartel que rezaba "Cerrado por vacaciones". Pero no estaba totalmente vacío, dentro se encontraban dos chicos, aparentemente iguales, tomando una taza de café.
El detective se encontraba apoyado en la barra, con la taza en la mano. - ¿Estás seguro que esta espera sirve de algo?
Su interlocutor estaba sentado sobre una mesa de billar tomando café. Miró al detective y dejó la taza vacía a un lado. – Jii es bueno en lo que hace. Nunca me ha fallado.
- ¿Por qué eres Kid? – Le soltó de pronto. – Tiene que haber una explicación. No puede ser por el dinero, ya que devuelves todo lo que robas.
Kaito sonrió irónico. - ¿Acaso quieres intentar entenderme? – Shinichi no varió su seriedad. El mago suspiró. - ¡Qué remedio! Total, ya no hay nada que hacer. A ti, de cierta manera, también de repercutía.
Shinichi frunció el ceño. - ¿A mí?
- Sí. Ya que me convertí en Kid para llamar la atención de los asesinos de mi padre, el primer Kid. Esos hombres eran los mismos que te transformaron en niño.
- No tiene sentido. Hace meses que están en la cárcel.
- Cierto. Pero debía encontrar la joya por la cual lo mataron, para que nadie más sufriera lo mismo que yo.
- "Pandora". – Confirmó Shinichi. Kaito lo miró de reojo. – No ha sido difícil adivinarlo cuando sabías que no se estaba hablando de una persona. Y tu cara y la de Aoko cuando Eris lo nombró también daba por sentado que sabíais de qué se estaba hablando.
- Típico de los detectives, fijarse en las evidencias. – Sonrió de nuevo.
Una puerta se abrió y entró Jii apresuradamente con varios papeles entre las manos. - ¡Señorito Kaito! – Fue hacia la barra y extendió los papeles ante el detective, Kaito fue hacia ellos. – Tengo dos barcos que actualmente tiene joyas a bordo. Los dos están en navegación en estos instantes. Pero fíjese en esto. – Señaló con un dedo un párrafo. – Éste atracará en el puerto de Hokkaido dentro de dos días.
- ¿Y? – Inquirieron a la vez los chicos.
- Que… Dentro hay un rubí descubierto hace poco en una expedición submarina por un buque pirata hundido en el Atlántico. Cada vez que le da la luz de la luna, su interior se ilumina con los colores del arco iris.
Shinichi miró a Kaito. - ¿Crees que sea ése?
Se quedó pensativo un tiempo. – Tiene que serlo. – Miró al detective. – Ahora sólo queda idear un plan para ir allí sin levantar sospechas.
- U… Una cosa más, señorito Kaito… - Los dos miraron al hombre. – En el puerto subirá a bordo el inspector Nakamori.
Por unos instantes el ladrón se quedó en shock. - ¡Qué! ¿Por qué? ¡Nakamori sólo se encarga de Kid! ¡Y me acabo de enterar que voy a robar esa joya! ¿Cómo se me ha podido adelantar? ¡Es imposible! – Gritó de los nervios. – Ahora no sólo me tengo que preocupar de una diosa cabreada, sino que también que el inspector no me agarre…
- ¿Quieres calmarte ya, Kuroba? – Dijo tranquilamente Shinichi mientras le miraba ir de un lado a otro. Miró de nuevo a Jii. - ¿Dicen la razón?
Jii estaba algo parado ante la reacción de su protegido. Miró al detective. – S… Sí… - Se puso a leer el documento. – Parece ser que han intentado robar la joya en varias ocasiones, y temen que Kaito Kid esté interesado en ella. Por ello llamaron al inspector Ginzo Nakamori, que es quien conoce mejor al ladrón.
- ¡Pues claro que me conoce! – Dijo igualmente histérico el ladrón. - ¡Si hasta he comido en su casa!
- Cálmate ya. – Dijo cruzado de brazos Shinichi mientras se llevaba una mano al mentón.
- Para ti es fácil decirlo. Tú no tienes por qué preocuparte que te pillen.
- Pues claro que me preocupo. Soy tu cómplice, me guste o no. Poniéndote histérico no resuelve nada, así que cálmate y pensemos cómo podemos hacer para entrar. – Kaito se sentó en una mesa de billar y se quedó pensativo, calmándose poco a poco. – Tú eres el que más conoce al inspector, ¿qué medidas emplea habitualmente?
- En todas partes, sea quien sea, pellizca las caras de todos los que están a su alrededor. – Dijo pensativo. – No se fía ni de su sombra.
- Entiendo… - Miró a Jii. - ¿Tendrías la descripción del barco? – El hombre asintió y le extendió un papel con el dibujo del barco. Shinichi lo miró concienzudamente y sonrió. – Kuroba… - El aludido miró al detective, que también le miraba. - ¿Cuánto pesas?
De vuelta en la casa del detective, Poseidón sonrió levemente. – Conan, necesito que vayas a hacer unas compras.
El pequeño y el cangrejo se miraron dubitativos el uno al otro ante tal petición.
