¡Hola a todos! Este capítulo es una especie de pequeña 'Calma' antes de una pequeña tormenta.

La canción que aquí suena es "Suledin" (Una canción élfica) cuyo ritmo es similar a la canción de Inon Zur "Captivity".

¡Espero que os guste!

Cualquier crítica constructiva será bienvenida. :)

¡Unas Gracias especiales esta vez a Laura por animarme y apoyarme! ^_^

Y gracias a todos los que comentáis y me seguís. ¡Sois fantásticos!

- P.D: Todos los personajes y mundo pertenecen a Bioware. Yo los he tomado prestados para hacer mi propia versión de la historia.


"Suledin"

["Sus oídos no podían creer lo que escuchaban. Los tonos suaves pero agudos que salían de la delicada garganta de esa elfa, le erizaban cada vello de su cuerpo."]


Él observó con detenimiento la escena. La elfa se hallaba ahora cenando con sus acompañantes, aparentemente ajena a su presencia. Pero él no le había quitado ojo de encima en toda la noche.

La pequeña trifulca con el guardia, la presencia del Comandante y el comportamiento de la elfa, había sido iluminador.

"Con que ambos os conocéis…"- pensó entretenido.

Él había observado que tanto la elfa como el Comandante se reconocían, pero no sabía exactamente por qué ni desde cuándo. Todo parecía un poco confuso, pues no parecían tenerse confianza ni siquiera respeto, pero eso no le echaba para atrás; todo lo contrario, quería saber más.

Parte de la noche siguió sin incidentes. El Bardo cantaba, los soldados bebían y bailaban, él seguía bebiendo cerveza, y el Comandante se hallaba cenando solo, cosa que no le extrañaba en absoluto pues su fama de solitario le precedía.

Él no simpatizaba mucho con el Comandante, pero le respetaba. Llevaban muchos años conociéndose y sabía perfectamente la valía que tenía. Se toleraban, mas no se gustaban.

Sus ojos se detuvieron nuevamente en la elfa que reía ahora mientras que el compañero más anciano, la miraba de reojo con una mirada que él identificó como hostil. Algo estaba claro; no todos en esa mesa eran amigos.

De repente observó algo en la mirada de Lyna que llamó su atención. Un fuego como ningún otro que haya visto antes en ella, se encendió en los ojos de esa elfa que observaban ahora, con detenimiento e intensidad, al encapuchado que momentos antes había hecho presencia en el local.

Ambos sujetando miradas, en tensión, en señal de silencioso desafío – No puede ser bueno - pensó. El encapuchado se descubrió la cara y sonrió. Lyna abrió los ojos con inmediata comprensión de algo que no era evidente a simple vista, al menos para él, y sonrió de vuelta con una mueca retorcida de lo que él suponía era una burla encubierta. Al instante siguiente, esos ojos que hace segundos se incendiaban, ahora se encontraban fríos y distantes; como si nada hubiera ocurrido, como si un muro de hielo e indiferencia se hubiera levantado entre el desconocido de la capucha y ella.

Él la observaba con extrema curiosidad. Algo pasaba que no lograba comprender. Sus ojos se desviaron hacia el Comandante, y pudo observar que éste la miraba con la misma inquietud que él sentía, confirmando así lo extraño de este momento.

Volvió a dirigir su mirada a Lyna y observó inquieto a la elfa levantarse y dejar su capa, carcaj y arco en su asiento, ante la mirada atenta de sus compañeros que no dudaron en replicar. Ella pareció no tomar importancia de lo que decían, mas sólo sonrió y se alejó lentamente de ellos.

Él seguía sus pasos con su mirada, inquieto. Su mano instintivamente se posó en una de sus dagas en señal de alerta pues sentía que en cualquier momento la elfa haría algún movimiento estúpido que pondría a todos en sobre aviso obligándole a intervenir. Pero se sorprendió al comprobar que Lyna no se detuvo delante del encapuchado, sino que se acercó, seductora y lentamente, hacia el bardo para susurrarle algo al oído. El bardo contestó y asintió entre sonrisas y ofreció una mano a Lyna, que la tomó sin recelo, para subir al pequeño altillo donde el trovador se encontraba tocando con su lira. En el instante en que Lyna se irguió sobre el pequeño altillo de madera, el hombre comenzó a tocar otra melodía completamente distinta.

Nada de lo que ocurrió antes le hizo estar preparado para presenciar la escena que se le comenzaba a mostrar delante. Un escalofrío le surgió de la nada, paralizándole por completo unos breves instantes. "Por Andraste…"- susurró al aire.


"Estás muy callada Lyna"- comentó Deygan mientras se introducía un trozo de pan de semillas en la boca.

Lyna sentía que su mente estaba en otra parte. Después del encuentro con el desconocido, no quiso dirigir su mirada hacia donde él se encontraba por miedo a dejarse en evidencia. Sentía que alguien la observaba, y estaba segura de que era él.

"Quizá es que la aburres y prefiere no hablar contigo"- replicó Fenarel en tono de burla, mientras masticaba sonoramente el pescado.

Al escuchar su nombre, se distrajo de sus pensamientos un instante – "¡Fen!" – le golpeó suavemente con el codo mientras sonreía. De reojo vio a Varathorn mirarla con resentimiento; ella decidió no hacerle caso, sabía perfectamente que él no la toleraba, pero el sentimiento era mutuo y ambos lo sabían.

"No le hagas caso, Deygan. Sólo estoy… pensativa"- bajó la mirada hacia su plato que se encontraba casi completamente lleno a pesar del hambre que sentía.

"Tampoco has comido casi"- Deygan la miró con cierta preocupación en su mirada, pero no quiso insistir en el tema.

"Lyna, debes comer. Necesitas… recuperar energías"- dijo seductoramente Fenarel mientras reposaba una mano en la baja espalda de Lyna y le dedicaba una media sonrisa.

Ella se rio y apartó la mano de Fenarel – "Fen… ¡Para!"- Lyna sabía que esos comentarios estaban dirigidos al joven elfo que les miraba con cara de incredulidad y rabia. Ella no quería que la cena terminase siendo una disputa más de estos dos, así que instó a su amigo que parase.

Los ojos de Lyna se distrajeron un instante en el bardo – "¿Sabéis? Creo que ya va siendo hora de divertirse un rato"- giró su cara hacia Fenarel y Deygan.

"¿A qué te refieres?"- preguntó su amigo.

"A disfrutar de la noche como hace el resto de los que no están comiendo. Bailar, cantar, beber… "- Lyna sonrió. Fenarel y Deygan la miraron y sonrieron de vuelta comprendiendo lo que ella quería decir.

Lyna apartó la mirada de sus compañeros un rato para observar su entorno. La taberna estaba abarrotada de personas que bebían, gritaban y bailaban al ritmo de las canciones del Bardo. El trovador cantaba todo tipo de canciones, algunas que a ella le resultaban familiares y otras que jamás había escuchado, todas ellas con cierto aire festivo. Lyna identificó un par que tenían una melodía similar a algunas de las canciones élficas que solían cantar en el campamento. Se sorprendió gratamente al observar la habilidad que tenía el shemlen con la lira y los tonos tan acertados de su ritmo que avivaban los recuerdos con su clan.

Ella repasaba con su mirada las personas que se encontraban disfrutando de la noche, divisando varios rostros conocidos y algunos muy peculiares, pero algo llamó su atención especialmente.

Una figura al fondo de la sala, la observaba con detenimiento. Detrás de él, los tres inmensos Qunaris que había visto el día que llegó a Gwaren, se encontraban de brazos cruzados mirando a sus alrededores, mientras que el encapuchado, se mantenía de pie, sin quitarle la vista de encima y con aire desafiante y calculador.

Una corriente atravesó su cuerpo, erizando sus vellos al instante. "El encapuchado de anoche y del mercado… ¡Demonios!" – pensó con rabia. Había sido imprudente. ¿Desde cuándo estaría él observándola sin que ella se diera cuenta? – no lo sabía pero lo que sí sabía es que este hombre estaba buscando asustarla y eso no lo iba a conseguir tan fácilmente.

Ella le miró de vuelta, con más intensidad, intentando divisar debajo de su capucha alguna señal que le hiciera reconocer a la persona que se ocultaba debajo de ella. De repente, como si el encapuchado hubiera oído sus pensamientos, se descubrió la cara y ella abrió los ojos en sorpresa.

"Eres tú…"- Lyna comprendió al instante lo que sucedía como si hubiera recibido de golpe una gran revelación. Ahora todo tenía sentido – recordó.

Pasaron un par de segundos en los que ella no supo cómo reaccionar pero su fuerza se hizo evidente enseguida. Le sonrió de vuelta en un gesto de condena. No era una sonrisa tierna, dulce, o cómplice… era una sonrisa que indicaba un fin, una confirmación, un punto y final. Era una sentencia.

Respiró profundamente y volvió a su estado natural; inerte, impasible. Antes de aceptar cualquier desafío, quería disfrutar un instante de la noche, por si era la última.

No quería alarmar a sus acompañantes, en especial a su amigo Fenarel, así que decidió que lo mejor era seguir, por ahora, con sus planes.

Se levantó de la silla y se quitó la capa, carcaj y arco – "Fen, cuídamelos"-

"Pero… ¿Dónde vas? Te acompaño"- dijo Fenarel intentando levantarse. La mano de Lyna se lo impidió.

"No hace falta. Sólo voy a divertirme"- Lyna le sonrió con ternura y le acarició la mejilla delicadamente con un nudillo. Después, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia donde se hallaba el bardo.

Lyna escuchó a Deygan y a Fenarel decir algo, pero no les hizo caso. Sólo oía los latidos de su corazón. Oía el bardo cantar y tocar, las voces de shemlen retumbar en las muros del local, el olor a pescado y cebolla impregnaba el lugar y sus ojos buscaban distraerse para no mirar ni al desconocido, ni al encapuchado, ni al shemlen del callejón que hacía tiempo la observaba intentando, en vano, ocultarse entre las sombras. "Un fallo, amigo mío. Los elfos podemos ver en la oscuridad"- pensó algo divertida.

Sin embargo, sintió vergüenza: vergüenza por no haberse dado cuenta antes de esos grandes Qunaris y del encapuchado. Aunque estaban al fondo de la sala, ocultos entre soldados y personas que no paraban de bailar y moverse, ella debería haber sido capaz de divisarlos a tiempo y, sin embargo, falló. "Genial Lyna… qué buena cazadora eres"- ironizó entre dientes. Ahora no sabía si habían más personas vigilándola, así que sólo pudo hacer una cosa: llamar la atención. ¿Y qué mejor forma de llamar la atención y divertirse al mismo tiempo?- pensó mientras colocaba su trenza por encima del hombro y la dejaba caer a un lado de su pecho hasta su abdomen.

Unos pasos más y Lyna se acercó al Bardo. Se inclinó y le susurró suavemente al oído – "Ma falon, Suledin. ¿La conoces?"

"Dulce niña, la conozco. Renard no pasó dos semanas con los dalishanos de las Marcas Libres para aprender a cazar o a vestir mal."- sonreía el Bardo mientras rasgaba la lira divertidamente.

"Bien. ¿Puedo?"- dijo Lyna mientras le hacía un gesto de permiso para subir al altillo.

"Por supuesto, bella niña"- el bardo le extendió una mano y le ayudó a subir.

Ambos se miraron un rato y el bardo paró de tocar. Varias personas de alrededor dejaron de hablar y se quedaron mirando a Lyna y al trovador un instante, con cierta mirada de confusión y algunos con molestia.

Lyna observó a lo lejos cómo sus amigos la miraban con algo de asombro y no pudo evitar dirigir un instante su mirada hacia donde se hallaba, sentado, el desconocido de ojos azules y armadura brillante. Pudo comprobar que él la miraba también y su estómago dio un pequeño giro extraño que hizo que sus ojos buscaran otro entretenimiento momentáneo para ocultar su incomodidad. De reojo pudo comprobar también que el encapuchado la estaba mirando, pero esta vez su mirada no era intimidatoria, sino insegura, confusa- "Bien"- sonrió.

Volteó su cara después y miro al bardo. Él asintió y ella se irguió y cerró los ojos, en corta espera.

La melodía comenzó a sonar. Las distintas cuerdas de la lira, resonaban cerca de sus sensibles oídos, invadiendo su mente y pensamientos. Cada cuerda, una nota, cada nota un mensaje. Los dedos del bardo movían las cuerdas con destreza, evocando sonidos y ritmos tan familiares que su corazón latía ahora con fuerza, aunque lenta y profundamente.

Las notas bajas y altas bailando en armonía, con contrastes que descendían y ascendían delicadamente, marcando un ritmo medio que evocaba la ilusión de una lucha, sobre la pérdida y el resurgimiento, sobre su pueblo. Poco a poco, las palabras fueron saliendo de su garganta, como si allí anidara un ruiseñor que sólo renaciera para dar vida a la expresión de sus sentimientos, de lo más profundo que guardaba en su corazón, en su alma:

"Melava inan enansal"

comenzó casi en un susurro. Abrió los ojos. Ahora casi todos en la sala guardaban silencio. -

"ir su araval tu elvaral

u na emma abelas"

se adelantó un poco y miró hacia su amigo Fenarel que la miraba boquiabierto. Ella sonrió sin dejar de cantar y parpadear lentamente, sintiendo cada letra, cada frase, sintiendo la emoción que esas palabras le hacían sentir -

"In elgar sa vir mana

in tu setheneran din emma na"

- Se puso de puntillas y volvió a cerrar los ojos, meciéndose suavemente. Sintiendo las notas, sintiendo su corazón palpitar al ritmo de sus recuerdos, de esas noches en su campamento donde la luna y el bosque eran los únicos testigos silenciosos de su soledad.

Colocó su mano en su abdomen. La otra la extendió hacia un lado, suavemente como si acariciase el aire, moviendo delicadamente los dedos al pasar, mientras inclinaba su cabeza hacia su hombro, simulando la búsqueda de una caricia, una palabra amable, pero fue su boca quien habló, con una voz dulce y delicada que apenas reconocía-

"lath sulevin

lath araval ena"

- Abrió de nuevo los ojos y colocó ambas manos a la altura de su corazón. Sus labios entonaban la dulce canción de su Pueblo, una canción de aguante y renacimiento, de fuerza y constancia.

Todos la miraban ahora. Ningún shem ni ningún soldado se acercaron para protestar. Todos se hallaban quietos, observándola embelesados, hipnotizados. Muchos de ellos con expresiones que ella no comprendía. Desvió su mirada hacia el shemlen que les había ayudado en el callejón, y creyó verle apartar la mirada con una mueca de incomodidad, pero no duró mucho su observación porque algo en el rabillo del ojo llamó nuevamente su atención. El encapuchado volvía a ponerse la capucha y comenzaba a caminar hacia la salida de la sala. Los tres Qunaris detrás de él le seguían hasta que los cuatro abandonaron, disimuladamente, la taberna.-

"arla ven tu vir mahvir

melana 'nehn"

- Sus ojos se posaron sobre el shemlen del callejón que abandonaba también la sala, dedicándole a Lyna una última mirada. A ella le extrañó verle actuar así pero supuso que la noche estaba dando a su fin. Decidió continuar, pero esta vez su última frase la dijo mirando al desconocido que la observaba con el ceño fruncido sentado en su mesa, sujetando su jarra de bebida con ambas manos. Ella le sonrió y notó enseguida los ojos del hombre tornarse cálidos y brillantes. Cerró los ojos en respuesta. Su cuerpo ahora vibrando al ritmo de la última estrofa, "Última oportunidad para ser feliz esta noche, Lyna… luego… los Dioses dirán", pensó inquieta y excitada al mismo tiempo. -

"enasal ir sa lethalin"

- Repitió nuevamente la estrofa, lentamente y en tonos más agudos, y al decir la última frase, agachó la cabeza en señal de reverencia a los que la observaban con atención. Unos breves instantes después, abrió lentamente los ojos y se irguió de nuevo, ofreciendo finalmente una tímida sonrisa –

El silencio duró sólo un par de segundos. La sala inmediatamente comenzó a bullir con ruido de aplausos, silbidos y voces. El Bardo se levantó de su silla y comenzó a aplaudir mientras hacía aspavientos en el aire, motivando al resto de personas de la sala a unírsele. Lyna se mantuvo de pie, sonriendo y agachando la cabeza de vez en cuando. Aunque parecía distraída y complacida, sus sentidos estaban alerta. Exponiéndose así, sólo los que tuvieran intenciones de hacerle daño, saldrían de la taberna para no levantar sospechas en caso de que ella se les acercase, pero nadie, excepto el encapuchado y el shemlen del callejón, abandonaron la sala. El resto parecía disfrutar de su presencia y, ahora ella no pasaba desapercibida en absoluto, cosa que le daba cierta ventaja en caso de que las cosas se pusieran feas para ella.

Sus ojos se detuvieron un instante en la mesa de sus compañeros. Varathorn se levantó en ese momento, la miró enfadado y se marchó escaleras arriba a su alcoba. Ella desvió su mirada hacia Deygan y Fenarel que ahora se encontraban ambos aplaudiendo y gritando a voces palabras que ella no podía entender, completamente ajenos al resto de la situación. Ella se rio un poco y sintió sonrojarse ligeramente. En el campamento normalmente solía bailar y cantar con todos, pero ahora Lyna había representado sola esta canción delante de muchos desconocidos, se había dejado llevar por sus emociones al cantarla, se había expuesto en más de un sentido y no sólo con el fin de alejar a las amenazas, sino de disfrutar del momento. Pero esta noche era diferente. Esta noche necesitaba distraerse, necesitaba despedirse, sabía que algo estaba a punto de pasar, y no era sólo el descubrimiento del encapuchado. Se estremeció con la sensación.

Un soldado estiró su mano y ella la cogió mientras bajaba del altillo con un pequeño y grácil saltito. Le agradeció el gesto al soldado pero éste sonrió y se acercó al oído de Lyna – "Podrías pagármelo después, conejita… así podré oír esa bella voz cantar otro tipo de canción cuando me tengas entre tus piernas"- le susurró melosamente mientras colocaba una mano sobre su cintura.

Ella no dejó de sonreír a pesar del asco que sentía por sus palabras y la cercanía de su hediondo cuerpo bañado en sudor y olor a pescado, y le contestó en un murmullo suave simulando complacencia – "Ni aunque fueras el último ser vivo de Thedas, shem. Aleja tu mano de mí, o quien cantará a gritos serás tú."- El soldado inmediatamente la liberó y ella se alejó lentamente, dejándole boquiabierto, algo asustado y rabioso.

El bardo comenzó a entonar otras notas, y un breve instante después, todos en la sala volvían a su estado habitual. Mientras se dirigía a la mesa de sus compañeros, se giró un momento para ver nuevamente al desconocido.

Lyna sintió un sutil pinchazo atravesar su corazón. La mirada de ese shemlen le taladraba el alma. Sus ojos azules y fríos como el hielo la observaban intensamente bajo esas pobladas y largas pestañas oscuras. Ahora, sus manos se agarraban entre sí delante de su cara mientras que esos orbes azul brillante la seguían con interés. Ella apartó rápidamente la mirada, mientras tragaba saliva e intentaba ocultar su incomodidad. Era demasiado evidente que este hombre la vigilaba y ella no podía evitar mirarle más y más, como si necesitase comprobar que él era real y no fruto de su mente confusa. No lograba entender el porqué de tal obsesión – "Dioses… es sólo un shem"- pensó preocupada mientras se pasaba una mano por la cara apartándose un pequeño mechón de cabello que le molestaba en los ojos.

Suspiró y siguió su camino. La noche apenas acababa de comenzar para ella y aún debía hacer una última cosa. No podía distraerse; ahora debía tener todos sus sentidos puestos en lo que venía después. "Debí buscarte y acabar contigo…"- pensó, mientras colocaba una mano en una de sus dagas. "Pero no volveré a cometer ese error"- su mente concentrada en su siguientes pasos.


El encuentro inesperado le había dejado mal sabor de boca. La presencia de esa elfa le alteraba de sobremanera y le resultaba algo complicado ocultar su asombro e interés delante de ella.

Despachó a sus guardias y pidió la cena. Necesitaba distraerse, pero la tentación de mirarla era demasiado fuerte. Sus ojos se detuvieron en la elfa que se hallaba sentada en silencio junto a otro elfo. Éste extendió su mano sobre la baja espalda de Lyna y sonrió con picardía. Algo en su interior se agitó. "¿Su amante?"- pensó molesto.

La simple idea de asociarla con alguien de esa forma le hacía estremecerse. Era demasiado joven, parecía demasiado inocente y dulce como para imaginarla en esos términos con alguien. Eliminó rápidamente esa idea de su mente y siguió observándola, curioso.

Aunque no la tenía cerca, pudo observar con claridad que la elfa miraba fijamente a alguien. Desvió entonces su mirada hacia el objeto de su atención, y observó un encapuchado que se hallaba con tres Qunaris al fondo de la sala. "Los mercenarios Qunari…"- pensó alertado. Estos individuos llevaban días rondando las tabernas de la ciudad, y desde hace dos noches, se apostaban aquí específicamente. Esto le llamó especialmente la atención y se giró nuevamente para observar la reacción de Lyna. Ella sonreía ahora de una forma extraña y amenazante al ver la cara que el encapuchado mostraba en ese mismo instante - "Se conocen"- Las facciones de ese hombre le eran vagamente conocidas, pero no supo identificarle.

De repente, observó a la elfa levantarse y dejar tanto su arco, como su carcaj y capa en su asiento. En ese gesto, detalló lo ligero que parecía el arco y lo bien tallado que estaba. Pequeñas cosquillas surgieron en sus dedos en recuerdo de épocas pasadas, cuando cazaba con su padre por estos mismos bosques y cuando solía usar su arco en sus incursiones contra los orlesianos.

Agitó ligeramente la cabeza para evitar pensar tan inapropiadamente en recuerdos tristes y se centró en observar a la elfa caminar hacia el centro de la sala. Él, controlado por instinto, apretó su mano en la empuñadura de su espada y no le quitó los ojos de encima. Temía que hiciera algo que al final terminase en tragedia. A pesar de la dulce faz y su tierna edad, él era capaz de identificar y reconocer el peligro y ella no era de las que evocasen debilidad e indefensión; sabía que en ella se ocultaba algo, algo que era más grande de lo que se intuía a simple vista. Después de todo, los dalishanos eran seres temibles. Se contaban historias de ellos y su deber era mantener el orden por encima de su interés personal en ella. Debía estar alerta.

Suspiró en alivio cuando observó a Lyna subirse al altillo ayudada por el bardo que parecía encantado de tenerla junto a él. Ella se sorprendió a sí misma al mirarle pero su incomodidad pareció durar poco pues, al instante siguiente, la vio cerrar los ojos. En ese momento, la melodía de la lira cambiaba drásticamente, dando paso a un ritmo completamente nuevo para él.

Sus oídos no podían creer lo que escuchaban. Los tonos suaves pero agudos que salían de la delicada garganta de esa elfa, le erizaban cada vello de su cuerpo. Sus latidos aumentaron y sus ojos observaban, atónitos, cómo los labios rosados de la muchacha se abrían y cerraban, dando paso a pequeños tonos y ritmos élficos que inundaban su cuerpo, excitando sus sentidos y estremeciéndose.

"Por Andraste…"- susurró boquiabierto.

Era la voz de una diosa, de un ser divino, puro. Era relativamente consciente de las habilidades especiales de los elfos, no sólo las físicas como la visión nocturna, agilidad extrema, astucia y ligereza, sino sobre la belleza que solían tener y que era tan atractiva para las casas de placer. Pero nunca había oído hablar de las habilidades artísticas más allá de la artesanía y creación de armas. Esto era un descubrimiento demasiado inoportuno. La suave y dulce voz de la muchacha le recordaba a su pasado, y sin saber por qué, sus ojos amenazaron con llenarse de lágrimas al tiempo que la boca de su estómago no paraba de retorcerse en consecuencia. Tantas sensaciones, tantas emociones le abrumaban. Él era un ser frío, estoico, impertérrito, calculador y concienzudo, y todo esto que estaba sintiendo era más propio de un adolescente fácilmente impresionable que de un hombre curtido en mil batallas, un hombre que ha visto la muerte de cerca más veces que ella días, y sin embargo, ahí estaba: sentado, atónito, observando esos labios rojos abrirse y cerrarse, profiriendo palabras que no entendía, mas sentía dentro de él, como si la magia fuera parte de ellas.

La canción estaba a punto de acabar, pero cuando por fin pensaba que esa tortura iba a terminar, la elfa le miró con esos grandes y almendrados ojos color esmeralda, metiéndose debajo de su piel, de su coraza. La mirada que le dedicó fue terrible, pero más terrible fue la sonrisa que vino después.

Un cosquilleo le subió por la columna alojándose en su abdomen haciendo que sus mejillas se calentasen de inmediato. Ese simple gesto encendió su cuerpo como una fogata en mitad del invierno, del invierno de su vida. Algo debió ver ella en él, que terminó cerrando los ojos aún conservando la sonrisa.

Una estrofa más y la sinfonía acabó. El silencio no duró en la sala, pues todos comenzaron a agitarse y aplaudir entusiasmados.

Él observó a Lyna descender del altillo y comentar algo a uno de sus soldados que la tenía sujeta por la cintura. Ella se apartó de él y pudo comprobar que el soldado se quedó boquiabierto en el sitio, mirándola con rabia. "Imbécil… iluso"- murmuró.

Era mala costumbre entre sus hombres, pensar que los elfos eran débiles y complacientes, que estaban en posición de desventaja frente a ellos por ser humanos, y por eso solían abusar de su confianza, pero él mejor que nadie sabía el potencial que podían tener y no sólo en el ámbito de la guerra, sino en cualquier entorno. Eran, indiscutiblemente, valiosos y terriblemente subestimados.

Creyéndose ya a salvo del alcance de los ojos de esa mujer, alzó y sujetó sus manos delante de su cara mientras analizaba en detalle sus intenciones. Momentos antes, había visto a los Qunari salir de la taberna junto al encapuchado que ella miraba de esa forma tan especial. Unos instantes después, pudo observar al Guarda Gris marcharse también. Estaba seguro que Lyna no tardaría en ir detrás, pero quería saber el porqué, así que no quiso perderse ni un movimiento.

La elfa pareció darse cuenta de su escrutinio pues ahora le miraba nuevamente. No pudo evitar sentirse incómodo, como si le hubieran descubierto haciendo algo indebido, algo reprobable. Sin embargo fue la elfa quien apartó la mirada, pudiendo así notar él su incomodidad – "¿Qué pretendes hacer, pequeña niña?"- murmuró entre dientes.

No lo tuvo claro hasta que vio a Lyna coger su arco y flechas y dirigirse a la salida. "Por el Hacedor… ¿Qué vas a hacer?"- sin pensarlo, llamó a sus guardias con un gesto de la mano y se levantó del asiento. Necesitaba seguirla, vigilarla… algo no iba bien.


"¡No! es mi culpa Custodia… yo… yo debí ser fuerte… debí"-

"Tranquila da'len. Buscaremos la forma…"- una voz madura se oía a lo lejos, una voz conocida ¿Era un sueño, una visión?

Luces. Ruido. Algo que se arrastra. Un grito agudo y fuerte que raspa la garganta. Mandíbulas y estacas. Sangre y vísceras por un campo cubierto en llamas. Algo le habla. Algo que no está aquí, ni allí… no sabe dónde. Miles de antorchas, millones de seres retorcidos y corruptos marchan. Lava cayendo como ríos y más voces le hablan pero él no logra entender. Algo a lo lejos, algo en el firmamento oscureciéndolo todo a su paso.

¡Un dragón!

Terror, mucho miedo y luego… nada. Oscuridad. Vacío. 'Lo siento Lyna…'


Shemlen: niños rápidos. (Nombre despectivo que se le da a los humanos. Shem; rápido.)

Lethallin: término de cariño hacia un hombre.

Lethallan: término de cariño hacia una mujer.

Ma falon: amigo mío.

Suledin: "Soportar" en este caso es el nombre de una canción élfica.

Da'len: pequeño muchacho/a