¡A LEER!
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Capítulo 26.
— ¡¿Te casaste?!
El psiquiatra Aro Vulturi no pudo esconder su sorpresa ante la admisión que Edward le hizo aquella mañana del lunes, cuando sin cita llegó hasta su consulta. El doctor, estaba algo preocupado, pues tras su última crisis apenas había asistido a dos sesiones, aunque con regularidad hablaban por teléfono y se aseguraba que no dejara de tomar sus medicamentos.
—Lo hice, el sábado que pasó.
—Oh… bueno… felicidades —dijo Aro un poco dubitativo, reacomodándose en su sillón de cuero negro frente a Edward— ¿Puedes contarme por qué tomaron esta decisión tan rápido?
—No había razón para esperar. No habrá nadie más que ella, nunca más. Además, nos da seguridad, desde ahora nadie aunque lo quiera, podrá separarnos; la ley nos ampara.
—Ya veo —asintió él con su cabeza pasando su dedo índice por su frente mientras miraba la seguridad con que Edward lo dijo—. ¿Y cómo te sientes respecto a que tú y ella, conforman la base de una familia?
Edward frunció sus cejas mirando al loquero.
—Me siento bien —dijo sin más, pero aun así el doctor insistió, pues estaba seguro que Edward había entendido perfectamente a qué se refería él.
—Me refiero a que vendrán los hijos más adelante y…
—No tendré hijos —gruño, recalcando cada una de las palabras. Aro suspiró y con sus brazos apoyados sobre el escritorio, tocó el tema.
— ¿Y qué piensa tu esposa sobre eso?
—Ella estará de acuerdo.
— ¿Estará de acuerdo? —Preguntó, alzando sus cejas—. ¿No lo han hablado?
—Acabo de casarme hace dos días.
—Pero ese es un punto que la pareja debe de haber discutido, no sé, de manera informal al menos. ¿Qué pasa si ella sí quiere hijos, Edward? ¿Coartarás esa decisión?
—No todas las mujeres tienen como plan establecido el deseo de concebir. Quizás ella no quiere tener hijos, así como yo.
—No estamos hablando de lo que dicen las estadísticas, estamos hablando de lo que desea tu mujer, Edward. ¿Y qué pasa si ella, como el grueso de la población femenina, quiere tener hijos? ¿Qué harás?
—La convenceré de lo contrario. Ella me entenderá —sentenció Edward, poniéndose de pie un poco incómodo por el tema aquel. Mientras se acercaba a la ventana de la consulta, jugueteó distraídamente con la alianza de matrimonio que llevaba en su mano izquierda, tratando de no pensar en lo que el loquero decía, pero era imposible cuando este insistía con el tema.
—Edward, tenemos que hablar del tema de la paternidad ahora que estás casado y….
— ¡No quiero ser padre! —Gritó con vehemencia, girándose hacia él.
—No quieres porque tienes miedo, Edward. Hablémoslo…
—No vine aquí para eso, no es un tema que quiera tratar ahora y dudo que en el futuro lo quiera hacer. No está en discusión mi decisión. Ya yo hablaré con mi mujer cuando sea el momento.
Aro movió su cabeza en desacuerdo con su paciente, pensando que de momento era mejor dejar en pausa el tema, aunque sabía que debía tratarlo con él. Quizás sería bueno contactar a Bella y hablarlo directamente con ella, eso quizás ayudaría. De momento decidió desviar el tema, no alejándose eso sí del tema de la paternidad.
—Entonces háblame de la llegada de tu padre, ¿fue como esperabas?
—No. No fue como esperaba y su llegada no hizo más que alimentar mi odio.
— ¿Contra él?
—Contra Elizabeth.
—Explícate —pidió el doctor, arrugando su frente, mientras Edward apretaba el puente de su nariz antes de explayarse.
—Todo fue planeado por ella. Aquella vez, cuando a mi madre se la llevaron al hospital psiquiátrico y a nosotros al centro de menores, él regresó —cerró sus ojos y masajeó su sien, recordando el momento—. Había tenido una pelea con mi madre, yo recuerdo eso, pues ella estaba fuera de control… y él salió a tomar aire y buscar ayuda. Cuando regresó ya no estábamos, y cuando fue a buscarnos se lo impidieron, no lo dejaron hacerse cargo de nosotros porque estaba sin trabajo. Cuando finalmente lo consiguió, lo metieron a la cárcel antes de intentar recuperarnos.
— ¿Por qué estuvo en la cárcel?
—Tráfico de drogas. Pero él nada tenía que ver con eso, además la condena que le dieron fue extremada para el delito, si incluso lo extraditaron.
—Eso me huele a soborno y tráfico de influencias por parte de Elizabeth.
—Es probable.
— ¿Has averiguado si es cierto lo que tu padre dice? No sé, recabando información, contratando a alguien…
—No es necesario. Le creo.
Aro Vulturi inspiró profundamente y se puso de pie. Metió la mano a sus bolsillos y rodeó el escritorio hasta quedar frente a Edward, que lo miraba aparentemente impasible, aunque la verdad el psiquiatra intuía lo que pasaba dentro de él.
Edward siempre vivió con el deseo de volver a ver a su padre. Según él, deseaba tenerlo en frente para enrostrarle la desgracia de vida que él, su hermana y su difunta madre había tenido que padecer, después que él los abandonara. Aparentemente. Incluso señaló en alguna sesión, que no estaría mal romperle la cara y cada uno de los huesos, y hacerlo pasar una larga temporada en el hospital. Aro le concedió eso último, dejar su ira fluir y mostrarle lo dañado que había quedado a través de su único mecanismo de defensa. Aunque en realidad, lo que Edward anhelaba, era que su sueño de niño se hiciera realidad: el regreso del hombre a quien vio como héroe y que un día desapareció sin dejar rastro. Que regresara y le dijera eso mismo que Damian había contado, que todo lo que había sucedido fue por otras circunstancias y que nunca fue su intención abandonarlos, porque lo amaba.
En resumen, Edward quería que su padre regresara, le dijera que nunca había querido abandonarlo y que por sobre todo lo amaba. Y eso había sucedido. Es por eso que Edward no ocupó sus influencias para corroborar la historia de Damian, más allá de que Elizabeth hubiera estado involucrada. Sabía en su corazón que su padre le decía la verdad, eso mezclado a sus deseos de hijo que añora el regreso de su padre.
—Lo estás tomando con calma, esa es una muy buena señal.
—Calma, eso intento.
—Habla con él, Edward. Hazle las preguntas que toda tu vida estuvieron revolviéndose dentro de ti y oye lo que tiene que decirte. Pese a que su historia puede ser real, tú tienes un montón de cosas en tu relación con Damian de las que debes deshacerte para seguir adelante. Perdónalo y quizás eso te ayudará a superar tu temor sobre la paternidad.
Edward carraspeó, evitando toparse con la intensa mirada del loquero mientras dijo eso último. Prefirió evitar hacer comentario. Miró entonces la hora en su reloj, abrochándose a continuación la chaqueta de su traje.
—Debo irme. Lo llamaré para nuestra próxima cita.
—Espero que para entonces, hayas avanzado respecto a esto último.
—Ya veremos.
De camino, Emmett se fue parloteándole durante el trayecto, intentando sonsacarle información sobre su fin de semana de recién casado. Cuando Edward lo miraba lanzándole dagas de fuego por los ojos y gruñendo sobre lo jodidamente entrometido que era, Emmett simplemente se reía.
Cuando estuvo en las instalaciones de "Masen & Co", subió a su oficina por el ascensor y al salir del cubículo cuando llegó, lo primeo que hizo fue encontrarse con una esbelta mujer de cabello castaño corto, vestida con un atuendo rojo más que elegante, completamente furiosa. Él simplemente rodó los ojos y siguió su camino hasta la oficina, con ella pisándole los talones:
— ¡Eres un imbécil! —Gritó Charlotte sin importarle que la secretaria de Edward estaba presenciando aquello. Él ignorándola, hizo un asentimiento hacia su colaboradora y le preguntó si tenía recados, entregándole Nadia, unos documentos y un sobre marrón cerrado. Mirando los papeles, entró a su oficina ignorando los chillidos agudos de la desagradable mujer.
— ¡Te estoy hablando, Edward! ¡¿Qué mierda hiciste con mi celular?!
— ¿Qué celular? —Preguntó él, quitándose la chaqueta y sentándose tras su escritorio.
—No me tomes por estúpida, porque no lo soy —gruñó, poniendo sus puños sobre el escritorio, justo frente a Edward, inclinándose hacia él y de paso mostrando un poco de escote, a ver si él reaccionaba. Pero no.
—Qué mierda, Charlotte —apretando sus dientes le inquirió—. Tengo un montón de pendientes y me haces perder el tiempo.
— ¡Me engañaste! ¡Joder, Edward! Esa noche podría haberte dejado alucinando de placer y de paso haber guardado tu sucio secretito, pero fuiste estúpido y perdiste tu oportunidad.
—Qué secretito, Charlotte —hartado, abrió el sobre y sacó los documentos. La mujer dio un golpe con la palma de sus manos sobre la base del escritorio, para que él de una vez por todas le prestara atención.
—Elizabeth ya sabe sobre la mujercita esa. Te dije que lo haría si no me dabas lo que quería.
—No me digas, ¿y qué te dijo…? —Preguntó sin importarle un ápice que esa mujer le hubiera ido con el chisme a la vieja. Y es que la verdad, ahora no le importaba. Ahora, ella ni nadie, podían hacer nada para separarlos. Pensando en eso, concluyó mientras oía de lejos las protestas de la jodida mujer frente a él, que sería bueno mandarle un ramo de flores a su esposa. Un gesto romántico que él nunca había tenido con nadie. Eso haría. ¿Le gustarán los lirios?... O no, mejor sería enviar un ramo de flores de todos los colores, muy alegre, así como ella…
— ¡¿Me estás escuchando?!
—No.
Ella cerró los ojos y gruñó, a punto de lanzársele encima y ahorcarlo. Cuando los abrió fijó sus ojos por casualidad en las manos de Edward que tecleaban algo en su ordenador, y no pasó por alto el brillo de la alianza en su dedo anular.
"Oh, por Dios"
Se enderezó con sus ojos sorprendidos aun fijos en las manos del empresario, y comenzó a caminar hacia atrás. Edward ni siquiera reparó en el rostro de Charlotte, pues más concentrado estaba en llevar a cabo su regalo para su esposa. Sólo levantó la cabeza de la pantalla cuando oyó la puerta cerrarse, percatándose que la odiosa mujer se había ido.
"¿Se habrá atrevido?" pensó Charlotte, caminando hacia su oficina. Cerró la puerta y cuando estuvo adentro, se sentó en el sofá a un lado del despacho. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo le sacaría provecho a esa información? Lo primero sería confirmarla, quizás estaba usando ese anillo por molestar a su abuela, o espantar a las mujeres… lo que significaba que su teoría sobre lo importante que era esa chiquilla para Edward era cierto. Y a todo esto, si su teoría sobre el matrimonio de Edward se confirmaba, ya imaginaba la cara de Elizabeth Masen. Es más, ella misma se encargaría de darle la buena nueva y por supuesto ver su cara.
— ¡Ay, Elizabeth Masen! No te imaginas lo que te espera
**OoO**
Al abrir la puerta, lo primero que Edward vio fue uno de los ramos de flores que le envió a su esposa durante el día. No se había conformado con enviarle sólo uno, sino que al menos recordó nueve llamadas que hizo a la floristerías, solicitara que mandaran los ramos de flores a la misma dirección de siempre, con los mensajes románticos que él pedía que anotaran al pie de la letra como se los dictaba, adjuntándolos en cada ramo.
Cuatro ramos de rosas, calas, lirios, un ramo de flores silvestres, tulipanes y orquídeas. Estos dos últimos estaban en dos diferentes sitios de la sala, alegrando el entorno que antes de ella fue tan escéptico. Dejó su maletín en el sofá y mientras quitaba su chaqueta, desde el dormitorio por el pasillo apareció su flamante y sonriente esposa, la que corrió hasta él echándosele en los brazos. Se colgó a él como un chimpancé y lo saludó besándolo con ahínco, como si lo hubiera estado esperando por mucho tiempo.
—Parece que a alguien le gustaron las flores —murmuró Edward, divertido. Ella asintió y volvió a dejar varios besitos en su boca a modo de agradecimiento.
—Me tuviste desconcentrada todo el día, los ramos no paraban de llegar… además mi cara de boba feliz y enamorada me delató con mis compañeros, además vieron mi anillo… ya sabes —comentó ella, como pidiendo disculpas pues no estaba segura si la boda debía ser privado. Pero él se veía relajado, así que asintió, dejando en el suelo a su esposa.
—Que vean el anillo y que sepan que eres mía. Es estupendo.
—Vale —asintió ella, sonriendo. Eso quería decir que la boda no era un secreto que tuvieran que ocultar y eso la alegraba profundamente—. ¿Tienes hambre?
—No mucha, la verdad.
— ¿Almorzaste hoy? —Peguntó ella, tironeando a su marido de la mano hasta la cocina donde algo estaba cocinándose a fuego lento en el horno.
—Sí, con Emmett, que es un troglodita —comentó, sirviéndose un vaso de agua directamente desde la nevera—. Además fui a ver al doctor Vulturi, el loquero…
—Uhm… ¿y estuvo bien?
—Sí —respondió como si nada —le conté lo de nuestra boda, dice que le gustaría conocerte. Hablamos también de Damian… y de otras cosas.
— ¿Quieres contarme sobre qué otras cosas hablaron?
—Él da por sentado que ahora que me he casado, vendrán los hijos…
— ¡Oh, Dios! ¿Te imaginas? —Preguntó ella, interrumpiéndolo. La sola mención de niños hizo que la cabecita de Bella volara, imaginándose lo divino que sería—. Cargar a un niño igualito a ti… ¡será maravilloso cuando suceda!
—No sucederá —en tono hosco, cortante sacó Edward a su esposa de sus ensoñaciones. Ella hizo hacia atrás su cabeza, un poco confundida.
— ¿Por qué dices eso? O sea, es muy pronto, lo sé, pero a mí me hace ilusión en algún momento tener un hijo…
— ¡No va a suceder! —Gritó él, golpeando con el vaso sobre la encimera. Ella dio un respingo y caminó hacia atrás, temerosa de esa reacción—. ¡No habrá hijos! ¡Fin de la discusión!
Ella tragó grueso, muda de la confusión y el miedo, desconociendo al hombre que tenía delante de ella. La voz ni siquiera le salía para protestar.
—Se me quitó el hambre. Voy a trabajar al despacho —anunció cortante, dando media vuelta y saliendo de la cocina. Bella llevó su mano hasta su pecho, logrando percibir los apresurados golpeteos de su corazón, tragándose la angustia y aquella compleja situación. Hacia menos de cinco minutos ambos estaban felices, abrazándose el uno al otro y luego él salía hecho una furia y la dejaba a ella, sola, triste y llena de miedo.
Con la pesadez del reciente hecho, apagó el horno, pues el hambre se había esfumado, y caminó en silencio hasta la recamara. Se metió directo al armario donde se quitó la ropa, y enfundándose una vieja camiseta negra de su esposo, caminó de regreso a la habitación donde se metió bajo las colchas. No encendió la luz di el televisor, porque no le apetecía quedarse más tiempo despierta, pese a que no eran ni las nueve de la noche. Así, sumida en su pena, tras la primera discusión que ella y su marido tuvieron luego de casarse, cerró finalmente los ojos y se hundió en el sueño.
Al día siguiente al abrir sus ojos, parpadeo varias veces, por la luz que se filtra de los grandes ventanales. Desvío sus ojos soñolientos de la ventana y para su sorpresa sobre la mesita de noche de su lado, hay una bandeja con una taza blanca de porcelana que humea, además de un vaso largo lleno de jugo de naranja. Se incorpora un poco y ve tostadas con mermelada de frambuesa sobre estas y una solitaria y hermosa rosa roja. Parpadea y por el rabillo del ojo ve movimiento al otro lado de la cama.
El ogro esposo suyo está sentado al borde contrario de la cama, duchado y vestido observándola detenidamente. Sus ojos brillantes y arrepentidos no se apartan de ella, esperando probablemente su reacción.
—No quería asustarte —la voz de Edward es un susurro ronco que provoca incluso que ella sienta deseos de llorar. Aparta entonces, sus ojos de él y juguetea con sus dedos distraídamente sobre la colcha gris, mientras su ceño se arruga sin querer. Él suspira, no soportando más la distancia, se levanta y rodea la cama hasta sentarse al lado de su mujer. Coge su rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo—. Adoro cuando sonríes y me odio a mí mismo de saber, que es por mi culpa que ahora mismo no lo estás haciendo. Perdóname, nena.
—Me dejaste muy confundida, Edward. Y triste —tragó grueso y cerró los ojos por segundos mientras suspiraba. El tema de la noche anterior estaba inconcluso y ella no iba a hacer como que nada de eso hubiera pasado sólo para tranquilizar a su esposo. Así que se aventuró a seguir—: Llevamos tres días casados, por supuesto que ahora es una locura tener hijos, pero no es justo que te cierres a la idea de un sopetón. ¿Te das cuenta, cuánto daño me hace que me grites que no habrá hijos? ¿Tan desagradable te parece tener un hijo conmigo?
—Joder, Bella —gimió, como si las palabras de ella le dolieran—. No se trata de eso, no se trata de ti…
— ¿Entonces? —Insistió, tomando el rostro de su marido entre sus manos como él la sostenía a ella—. Te amo tanto, tanto que adoraría tener un bebé tuyo y mío creciendo dentro de mí.
—Basta, Bella, te lo suplico —rogó él, cerrando sus ojos—. No quiero… no puedo hablar de esto ahora. Lo haremos, ¿vale? Más adelante lo haremos, hablaremos, pero ahora mismo como están las cosas, pues… —movió su cabeza y alzó sus hombros, como no encontrando la explicación adecuada. No quería ahondar del tema con su mujer en ese momento. No estaba preparado.
Ella suspiró entonces y salió de debajo de las colchas, sentándose a horcajadas sobre su marido para robarle un par de besos mañaneros.
—Lo hablaremos más adelante entonces —concedió ella, sonriéndole abiertamente. Él suspiró descansando porque ella no siguiera insistiendo con el tema ese, abrazándola por la cintura y hundiendo su cara en el hueco aromático de su cuello. Se apartó, pues si seguía adelante, llegaría tarde a su reunión con Garrett. Devolviendo a Bella sobre la cama, puso la bandeja de desayuno sobre sus piernas, muy orgulloso. Levantó la rosa y se la dio a su mujer con un suave beso en los labios. Ella sonrió en agradecimiento, llevándose la flor hasta la nariz para inhalar su aroma.
—Anda, toma tu desayuno antes que se enfríe. Anoche viniste a la cama sin comer nada —regañó él. Ella pestañeó, desviando sus ojos hasta el reloj sobre su mesita—. Es temprano, mujer, puedes desayunar tranquilamente.
—Es verdad —asintió ella, tomando el vaso de sumo fresco y delicioso. Agarró luego una tostada, poniéndola entre sus dientes y haciéndola crujir cuando le dio el mordisco. Mientras él se ponía su chaqueta negra, ella recordó que había un temita que anoche no habían tocado. Luego de masticar y tragar el trozo de la deliciosa tostada—. Uhm… me gustaría que hicieras algo por mí.
—Seguro —asintió él distraídamente mientras miraba su teléfono el que guardó luego en su chaqueta para prestarle atención a su demandante esposa—. Tú dirás, demonio.
—Quiero que te pienses en ir hoy después del trabajo a conocer a Beatriz.
— ¿Beatriz?
—Tu hermanita, la hija de Damian.
Edward inspiró lentamente, soltando el aire de igual forma. Cubrió sus ojos con la palma de su mano, pensando en una excusa. Pero no se atrevió. Ni excusas ni mentiras para su demonio.
— ¿Tiene que ser hoy?
—Mientras antes, mejor. ¡Por favor, Edward! —Agregó ella, torciendo su cara y poniendo ojos de súplica. Incluso pestañeó coquetamente para darle su toque a la petición, haciendo que su esposo rodara los ojos. Él sabía lo que ella intentara.
—No vas a parar hasta que te diga que sí, ¿verdad?
—Pues no.
—Demonio obstinado, te aprovechas de mi nobleza —respondió, haciéndola sonreír—. Pasaré por ti a las siete. Y más te vale que coordines tú, nuestra visita con Damian, ya sabes.
— ¡A su orden, esposo! —Respondió haciendo un saludo militar con su mano en su frente.
—Pero cuando regresemos, demonio, será mi momento de salirme con la mía, así que, yo que tú, voy pidiendo permiso para faltar mañana, porque no podrás levantarte.
—Esperaré ansiosa entonces —declaró la muy ladina, guiñándole un ojo. Edward gruñe y se acerca a ella, alzándole el mentón con su mano para tener acceso privilegiado a su boca, la que saqueó como era costumbre hacerlo y llevarse en sus labios el recuerdo duradero de su demonio. Prometió llamarla durante el día y confirmarle la hora en que pasaría por ella al trabajo. Bella simplemente suspiró mientras él se alejaba, saliendo de la habitación.
"¡Dios, cuánto amaba a ese hombre!"
**oOo**
El plazo para Edward se había cumplido. Su esposa lo había llamado a eso de las once de la mañana para decirle que había hablado con Damian para contarle que ella y su esposo irían a cenar esa noche a su departamento para conocer a la pequeña Beatriz, quien había llegado a primera hora de esa mañana.
—Tendrías que haberme dado un poco más de tiempo para esto, demonio —gruñó Edward, deteniéndose en un semáforo, una calle antes de llegar al edificio donde se asentaba el departamento que Damian había rentado mientras su casa estaba lista.
Bella lo miró y torció su boca, aprovechando de extender su brazo para acariciar la nuca de su esposo.
—Todo irá bien. Tan sólo sé tú mismo… o no tanto —dijo con algo de diversión. Él la miró de reojo y rodó los ojos, poniendo el coche en marcha otra vez.
En menos de diez minutos estuvieron frente a la puerta del apartamento, esperando que les abrieran, siendo el mismo dueño de casa quien los recibiera con una gran sonrisa y sus ojos grises llenos de luz por la pura dicha.
— ¡Sean bienvenidos! —Exclamó Damian, saludando primero a su nuera con un abrazo y un beso en la mejilla. Luego se acercó a su hijo y apretó su mano, golpeando su hombro a continuación—. No te imaginas lo que significa para mí, que hayan venido. Beatriz está como loca queriendo conocerlos finalmente.
—Nosotros también estamos ansioso —comentó Bella a raíz de que Edward estaba tenso y extrañamente mudo. Sin duda él, por una u otra razón, estaba nervioso. Ella lo sabía.
—Pero pasen, por favor —solicitó Damian. Bella tomó la mano de Edward y la apretó ligeramente para infundirle confianza. Al entrar a la sala, decorada en tonos vainilla y madera, oyeron la cantarina carcajada e una niña.
— ¡Oh, bienvenidos! —Se apresuró a decir James, levantándose del sofá, quien momentos antes estaba riéndose junto a la niña que estaba de espalda a los recién llegados. Saludó a Bella y a Edward, mientras Damian iba donde la niña y le dejaba un beso en su frente.
—Mira cariño, quienes han venido a visitarte —comentó alegremente el patriarca. La niña torció su cabeza y dio con los dos visitantes. Al instante cuando sus ojos dieron con los de Edward, sonrió a modo de bienvenida, mirando luego a su padre.
— ¿Él es Edward, papá? —Preguntó la niña, devolviendo luego su mirada curiosa hacia el tenso ogro.
—Sí, mi pequeña, él es Edward, tu hermano, y ella es Bella, su esposa.
—Hola hermosa —se apresuró a saludar Bella a la niña, caminando hacia ella, inclinándose junto a la silla de ruedas donde la pequeña estaba sentada. No quiso hacer comentarios sobre la silla aquella delante de la niña, pues podía sentirse incómoda, aunque de cualquier forma le provocaba algo de pena que una niña tan pequeña tuviera que estar postrada allí. Sonrió entonces, acariciándole su rostro blanco y pecoso, deteniéndose en contemplar sus ojos, tan iguales a los de su padre y su hermano.
—Hola —respondió Beatriz, devolviéndole la misma sonrisa. Bella entonces miró por sobre su hombro a Edward, quien estaba quieto a su espalda donde lo había dejado. Miraba a la niña como si por primera vez estuviera frente a un infante en silla de ruedas, aunque sabía ella que sus sentimientos estaban entremezclados, que para él conocer a su media hermana era tan potente como haber vuelto a ver a su padre.
—Ven cariño, acércate a saludar a Beatriz.
Edward tragó grueso y pestañó como saliendo del shock inicial. Entonces caminó un par de pasos hasta quedar junto a su esposa, muy cerca de la niña, y antes que a él se le ocurriera decir algo, cualquier cosa, fue la pequeña Beatriz la que cortó el hielo.
—Eres igualito a cómo te imaginaba, ¿sabes?
— ¿Ah, sí? —Preguntó él, relajándose un poco.
—Sip —respondió alegremente. Enseguida mordió su delgado labio, como pensando en sus próximas palabras. Enseguida exclamó—. ¡Soy Beatriz, pero me dicen Bea, y tengo 12 años!
—Soy Edward, me dicen Edward y tengo 35 —dijo, frunciendo su boca, como si quisiera esconder una sonrisa. James y Damian se carcajearon ante la extraña presentación y Bella miraba con ternura a su marido, quien al parecer iba a ser conquistado por esa niña de doce años, llamada Beatriz.
— ¡Bueno, bueno! ¿No tienen hambre? Porque yo sí que lo tengo —dijo Damian, quien no podía sentirse más dichoso… bueno, sí podría, si Alice también hubiera estado allí.
—¿Qué te parece un aperitivo antes, Damian? —sugirió James.
—Toda la razón —concedió el hombre, caminando hacia la cocina junto a James. Bella se levantó, siguiendo a los caballos para darle un poco de espacio a Bea y Edward.
—Y… —dubitativo, Edward se sentó en el sofá que estaba junto a la silla de ruedas, mirándola y preguntándose por qué ella estaba allí. La niña, como leyendo la pregunta de su hermano mayor, respondió:
—Hace dos años, a la salida del colegio, un hombre ebrio me atropelló —le contó muy relajadamente, alzándose de hombros—. Perdí la cuenta de todas las veces que me han operado. Papá dice que no dejará de insistir, dice que quizás aquí puedan hacer algo.
— ¿Y qué pasó con el tipo que te atropelló? —Preguntó Edward, un poco alterado por la información que Beatriz soltó como si nada.
—Murió.
—Ah… ¿y tu mamá?
—Se quedó en Suiza. Está esperando a mi hermanito y no puede viajar. Y yo la verdad es que extrañaba mucho a mi papá… y quería conocerte. También a Alice.
Edward tragó grueso otra vez, cerrando sus ojos por milésimas de segundos. ¿Qué dirá Alice cuando conozca a esa niña?
— ¿Damian te habló de nosotros?
—Crecí escuchando de mis dos hermanos, siempre me contaba historias de ustedes. Me dijo que jugabas muy bien el futbol de niño y que una vez te comiste tú solo, una tarta de manzanas escondido bajo la cama.
Él arrugó su frente y bajó el rostro, mirando sus zapatos. La jodida tarta de manzanas que su vecina había puesto a enfriar en la ventana, la que él había robado descaradamente y que se comió escondido bajo su cama, cuando tenía seis o siete años. Recordó que Damian lo encontró engulléndose el dulce, obligándolo a ir donde la vecina a pedirle disculpas. También se acordó del fuerte dolor de estómago que lo tuvo abrazado al váter casi toda esa noche. ¡Dios! Hasta ahora había olvidado esos recuerdos, que volvían con tanta nitidez…
— ¡Aquí están los aperitivos! —Exclamó Damian, dejando la charola con cuatro copas de pie y un vaso largo con un líquido ámbar, seguro para Bea.
Bella se acomodó junto a Edward, entrelazando su mano con la de él y recibiendo con la otra la copa que James extendía para ella. Edward recibió el aperitivo de manos de su padre, el que enseguida le entregó el vaso a Bea.
—Bueno pues, salud —dijo el dueño de casa con la emoción a flor de piel.
Mientras tomaban sus aperitivos, Beatriz comenzó a preguntar sobre los lugares a los que ella podría visitar. Era una chiquilla chispeante, inquieta, muy risueña, y que según su padre, costaba mucho mantener quieta, ni la silla de ruedas había logrado detener su espíritu libre. Era hermosa sin duda, desde adentro, refulgiendo alegría.
— ¿Me acompañas adentro, Edward? Quiero comentarte algo —indicó Damian luego de la cena que hubiera resultado tan agradable, de lo más relajada. Los caballeros dejaron a Beatriz, Bella y James en la sala mientras ambos se adentraban en el pequeño estudio que Damian había hecho montar para él.
— ¿Whisky? —Preguntó Damian a su hijo acercándose a la licorera en una esquina de la pieza.
—Seguro —asintió Edward, sentándose en un sofá negro junto a la ventana.
—Te he visto cómodo con Bea, y te lo agradezco —indicó Damian a su hijo mientras le entregaba el vaso con líquido caoba. Edward lo agradeció asintiendo con la cabeza.
—Ella me ha hecho sentir cómodo… uhm, pero me gustaría saber sobre su accidente. Ella misma me lo ha contado.
—Bueno… casi la mata ese desgraciado, y creo que si no hubiera muerto, yo mismo lo hubiera matado. ¡Eran las tres de la tarde, por vida de Dios, y andaba ebrio! Pasó a casi cien kilómetros por hora frente a una escuela, en un paso peatonal por donde iba mi hija con una de sus compañeras.
— ¿El daño es definitivo?
—Es complicado —comentó pasándose una y otra vez sus dedos por la barbilla, pensativo—. Hay un especialista aquí con quien tengo cita la próxima semana para exponerle el caso de Beatriz. Quisiera que él la operara, porque no pierdo las esperanzas de volver a verla caminar. Ya sabes, el no perder las esperanzas es lo mío.
—Me gustaría acompañarte.
— ¿De verdad? —Preguntó Damian, asombrado—. Por supuesto, te lo agradecería. Además la harás feliz a ella.
—Confirma la hora para no poner compromisos importantes ese día.
—Estupendo, gracias Edward —bebió un trago de whisky antes de adentrarse en el tema de fondo—. Espero que Alice tenga la misma reacción que tú.
— ¿Pretendes presentársela?
— ¿Crees que Beatriz me dejará tranquilo si no le presento a su hermana? Esa niña puede ser terca como mula, Edward. Cuando se le mete una idea a la cabeza no hay nadie que la saque de ella.
—Una característica que se me hace muy familiar… —comentó Edward, pensativo y divertido. Damian lo miró y sonrió, asintiendo y concordando con él. Después de unos momentos de cómodo silencio, recordó una cuestión importante que no podía olvidar mencionar.
—Mi gente ya se puso a investigar a Elizabeth y según lo que me adelantaron sobre lo poco que llevan, esa mujer tiene muchos muy sucios secretos escondidos bajo el tapete.
—Eso es bueno, para nuestros planes, digo.
—Claro. Entre una de las cosas que mencionaron, está la existencia de un hombre ya mayor llamado Benjamin Town, ¿reconoces ese nombre?
—Para nada, de quién se trata.
—Es nada más y nada menos que el esposo de la vieja.
Edward frunció el entrecejo un poco perdido con la revelación. Nunca averiguó sobre el hombre aquel pues era un personaje inexistente del que nunca oyó mencionar en el tiempo que vivió con Elizabeth.
— ¿Y qué averiguaste sobre él? ¿A caso dónde está enterrado?
— ¿Enterrado? —Preguntó ironizando—. Encerrado querrás decir. Benjamin Town es un viejo senil de un poco más de 80 años, recluido en un manicomio. Ese hombre está vivo, Edward.
Edward inspiró y estrechó sus ojos grises. La venganza contra Elizabeth finalmente era palpable ya entre sus manos, sobre todo después de esta bomba informativa que Damian había soltado.
—Estoy ansioso por verle la cara cuando hagamos público su sucio secretito…
—Lo haremos con estilo, Edward, con la prensa social de testigo, como a ella le gusta. Y eso ocurrirá más temprano que tarde.
—Salud por eso —remató Edward, alzando su copa, la que Damian chocó con la suya. Estaba próxima la caída del imperio de Elizabeth Masen y ambos hombres lo verían sentados en primera fila.
**OoO**
—Escúchame bien, Bea, las cosas con Alice puede que sean… diferentes a como lo fueron con Edward. No debes presionarla, ¿correcto?
—Correcto —asintió la niña, moviendo su cabeza en positivo en señal de que había comprendido a su padre.
Habían llegado la niña y su padre hace quince minutos a la casa que iba a ser remodelada para que ellos vivieran, la casa de la que Alice se encargaría de remodelar y decorar. Bea estaba ansiosa por conocer a su hermana y Damian un poco nervioso, esperando que su reacción fuera similar a la de Edward.
Cada vez que el hombre cerraba sus ojos, recordaba la noche de la cena en que se conocieron, y cómo poco a poco vio a Edward soltarse frente a su hermana, incluso sonriéndole frente a las locuras que a su hija se le ocurrían. Y mientras ese trato tan afable entre dos de sus hijos, no podía simplemente dejar de sonreír. Estaba feliz y su felicidad sería completa sólo cuando pudiera primero ver a Alice perdonar a Edward, y segundo ver a sus tres retoños quererse como lo que eran: hermanos.
— ¡No puedo subir, pa'! —Gritó Bea desde la parte baja de la escalera, sacándolo de sus pensamientos. Rodó los ojos y caminó hacia donde su hija se encontraba contemplando la escalera hacia el segundo piso. Se situó por detrás de su silla y se inclinó para besar el tope de su cabeza.
—Lo siento, apenas la compré un par de días antes que llegaras. Pero Alice se va a encargar de que no tengas obstáculos para movilizarte.
— ¿Puedo decirle cómo quiero decorar mi recamara? —Preguntó la niña, girando su cabeza hacia atrás. Él sonrió y apretó los hombros de Bea.
—Seguro, eres la jefa.
El sonido de un coche estacionarse en la entrada sobre las piedrecillas alertó al padre y a su hija quienes miraron hacia afuera por el ventanal.
—Ya está aquí. Recuerda lo que te dije —le recordó, golpeando ligero la nariz de Bea con el dedo índice. Ella asintió y dejó a su padre marchar para recibir a la invitada, rogando que todo saliera lo mejor posible. Con una sonrisa abrió la puerta de la entrada junto cuando Alice iba acercándose.
—Bienvenida —le saludó Damian, dando un paso atrás para dejarla pasar. Venía cargando una gruesa carpeta y un maletín colgaba de su hombro donde seguro traía su laptop. Vestía unos jeans negros y un blusón blanco que según su padre la hacía verse fenomenal. Se detuvo frente a Damian y sonrió ligero.
—Hola… yo… vengo de una reunión, por eso me retrasé un poco.
— ¡Oh, no, no tienes que disculparte! Pero pasa, por favor… estoy ansioso por ver los diseños —advirtió acompañándola hasta la sala—. Además… vine acompañado.
— ¿Acompañado? —Preguntó ella luego de sentarse en el único sofá de la sala. Él asintió y sin necesitar una presentación, Beatriz apareció empujando su silla de ruedas. Se detuvo en el borde de uno de los dos escalones que daban acceso al sector principal donde los mayores se encontraban.
Alice al oír el ruido torció su rostro y vio a la niña sentada sobre su silla, que la observaba ansiosa esperando su reacción. Vestía un sweater rojo intenso que resaltaba su rostro pecoso y hacía juego a su cabello en tonos castaño rojizo, y unos jeans azules y desteñidos que ella tanto adoraba. Y sus Converse rojas por supuesto, el modelo de zapatilla que siempre usaba.
Algo en el pecho de Alice se contrajo y una emoción inexplicable la obligó a levantarse y caminar hacia la niña como si sintiera embelesada por la pequeña. Nunca antes había sentido lo que en ese momento. Al llegar junto a la niña, estiró la mano hasta tomar las de Bea que reposaban sobre su regazo.
—Hola, señorita. ¿Cómo te llamas? —Preguntó Alice, sonriéndole. Poco a poco la comisura de los labios de Bea se alzaron y sus pómulos se ruborizaron.
—Me llamo Beatriz, pero me dicen Bea.
—Eres muy linda, Bea.
—Y tú también lo eres, Alice.
— ¿Y cómo sabes que ese es mi nombre?
—Porque papá me lo dijo. Sé muchas historias sobre ti y sobre Edward, él no paraba de contármelas.
Alice giró su rostro hacia Damian, que se alzó de hombros antes de contestar:
—Bea es mi hija y estaba loca por conocerte.
Tuvo que tragar grueso y frenar las lágrimas que picaban agolpadas en sus ojos por la emoción instantánea que nació en ella. Esa niña era hija de Damian, su padre biológico, por consiguiente era su hermana entonces. Volvió lentamente sus ojos hacia la niña, quien mantenía su vista expectante a la reacción de Alice y parpadeó con rapidez cuando sintió la mano de su hermana mayor levantarse e ir directamente hacia su rostro. Sin duda era hija de Damian, por sus ojos tan parecidos a los de él y tan similares también a los de Edward, debió reconocer.
—Eres hermosa, Bea —susurró con ternura manteniendo su mano en el rostro de su hermanita, acariciándolo suavemente. Bea dejó escapar el aire de sus pulmones y se relajó, regalándose a su hermana mayor una radiante sonrisa.
—Eso ya me lo dijiste —respondió ella, alzando sus cejas graciosamente. Alice se carcajeó y se apresuró en abrazar a Beatriz con rebosante felicidad, mientras Damian juntaba sus manos como si fuese a rezar y las llevaba hasta su boca, conteniendo a penas la emoción de ver aquello. El encuentro entre sus hijos había salido mejor de lo que él esperaba y eso lo llenaba de esperanza.
—Papá dijo que serías tú la que iba a arreglar la casa, ¿puedo decirte como quiero mi cuarto?
— ¡Seguro, preciosa! Será la recamara más linda de la casa.
Esa niña de doce años se había ganado de forma instantánea el corazón de sus hermanos.
— ¿Quieres ver lo que Alice preparó para nosotros? —Intervino Damian levantándose del sofá y caminando hasta su hija menor para ayudarla a bajar los peldaños.
Mientras Bea pasaba sus ojos por la carpeta llena de muestras que Alice había llevado allí, Damian contemplaba un plano que se desplegaba en la pantalla del ordenador portátil, mientras ella le explicaba las modificaciones sobre las que había pensado. Alice de tanto en tanto desviaba su vista hacia la niña que contemplaba con verdadero interés las imágenes en su carpeta, deseando hacer un montón de preguntas a Damian, el hombre junto a ella. Recordó lo que la noche anterior había hablado con Carlisle:
—Hija, yo intuyo que ese hombre te dice la verdad. Probablemente hay un montón de maneras de comprobar que lo que dice es cierto o es mentira, pero tú tienes una manera más segura de corroborarlo: tu corazón, cariño.
—Tú eres mi padre —susurró a Carlisle con la voz rota. Él torció su rostro y la acarició con ternura.
—Claro que lo soy, nena, pero él también lo es y lo más cruel es que le quitaron la posibilidad de serlo. Escúchalo y pregúntele lo que tengas que preguntarle, no te quedes con la duda. Además, quizás eso sirva para que vayas sanando esas heridas del pasado y puedas abrirte al perdón para alguien más que también se lo merece…
Ella sabía qué hacía mención a Edward con ese último… pero cada vez que lo recordaba, recordaba también la vez aquella en su infancia que fue hasta el hogar a visitarlo y no lo encontró, diciéndoles las monjas que se le habían llevado y que no hubo tiempo para despedidas. Recordó las tardes enteras contemplando por la ventana a ver si su hermano aparecía, pero nada. Recibió al cartero esperando noticias de él, hasta que los años pasaron y decidió mandar a su hermano mayor y sus recuerdos lejos de ella.
— ¿Estoy interrumpiendo alguna cuestión importante dentro de tu cabecita? —Preguntó Damian con aire de diversión con su mano sobre el hombro de Alice. Ella parpadeó y sonrió con disculpa por haberse perdido en sus pensamientos.
—No, no, disculpa —desvió su vista hacia donde unos momentos atrás se encontraba Bea, no encontrándola allí— ¿Y la niña?
—En una expedición —dijo, moviendo su cabeza hacia los pasillos que se extendían detrás de ellos —Me alegro que sean lo suficientemente espaciosos para que ella se desplace. Y presumo que te das por enterada que me refería a ella cuando te pedí las modificaciones para esta casa.
—Por supuesto… yo…. Debo decir que estoy sorprendida… no pensé que tuviera una hermana pequeña.
—Siempre les hablé de Edward y de ti. Ella creció sabiendo que tenía dos hermanos y cada navidad pedía poder venir a conocerlos.
— ¿Y… él… la conoce?
—Sí, hace un par de días la conoció. Estuvo muy bien —recordó, sonriendo—. Me gustaría tenerlos a los tres uno de estos días comiendo en la misma mesa…
— ¿Te parece si revisamos los detalles? —Preguntó ella, evadiendo el tema que Damian expuso. Él suspiró y decidió que no se daría por vencido. Se concentró entonces en la pantalla de la laptop y en los comentarios que su profesional hija le daba sobre los detalles del trabajo que comenzarían a realizar el día siguiente.
Al cabo de una hora, Alice se puso de pie tomando sus cosas, lista para irse. Le dio un abrazo a su hermanita y cuando Damian la acompañó hasta la puerta, se giró hacia él y preguntó:
— ¿Crees que quiera pasa el día conmigo? ¿El próximo sábado, tal vez?
— ¡Claro que sí! Llámame y dime dónde y a qué hora debo ir a dejarla.
—Seguro. Y gracias —dijo Alice dándole una sonrisa abierta y relajada a Damian como nunca lo había hecho. Él le sonrió de vuelta y movido por eso, se atrevió a pasar sus brazos por los hombros de Alice y dejar un beso fuerte en su sien. Ella no se intentó apartar ni se puso tensa, y eso otra vez disparó la esperanza de Damian de que recuperar el cariño de sus hijos iba por buen camino.
¡Bienvenida sea Beatriz! ¿No creen? Y nuestro ogro con dos días de casado y ya tiene su primera discusión con su mujer... ¿justifican su punto de vista?
También debemos darle la bienvenida a Maritza Mx, que desde ahora se ocupará de betear los capítulos pues mi Gaby por problemas de tiempo se le hace complicado, así que mientras tanto Maritza me dará una manito. =) Y a mi hermosa Manu de Marte por sus banners, adelantos y todas las locuras que se le ocurren en el grupo de Facebook "Mar de sueños" ( groups/Subversivas/)
¿Nos reencontramos el próximo miércoles? Aquí mismo. =)
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