-Señor Sesshomaru, ¿a dónde vamos?- preguntaba Rin mientras corría en círculos alrededor del youkai quien no prestaba atención a las preguntas de la chiquilla a diferencia de Jaken quien no perdía la oportunidad de enaltecer a su amo y menospreciar los cuestionamientos de la pequeña por tratarse de una subordinada lo que le costó al pequeño youkai varios golpes por parte de Sesshomaru.

Caminaron por un enorme claro lleno de flores lo cual le hacía sentir bien a Rin y a Eiko también. Sesshomaru se detuvo por lo que todos los demás hicieron igual. La niña jugaba entre las flores haciendo coronas y pequeños arreglos con ellas mientras Eiko aprovechó para sacar su cuaderno y dibujar varias de ellas. Pasaron varios minutos y Sesshomaru permanecía al pie de la pequeña colina tomando las riendas de Ah-Un observando hacia una aldea. Eiko no pudo evitarlo y comenzó a dibujarlo tratando de plasmar en cada trazo la perfección del youkai, los contrastes del cabello, de su postura y gallardía en un solo dibujo que no describiría ni en una milésima parte la grandeza de la criatura centenaria. Mientras le daba los últimos retoques al boceto el papel amarillento junto con todo lo demás fue cubierto por la sombra del taiyoukai quien se encontraba de pie observando desde arriba lo que el trozo de papel contenía. Al mirarlo a los ojos, con timidez extendió el cuaderno hacia el youkai quien lo tomó y lo observó atento.

-Soy yo- dijo en voz alta sin sonar como que lo decía hacia la joven sino a sí mismo.

Eiko se puso de pie, tomó el cuaderno encontrándose con los fríos y largos dedos del youkai; con nerviosismo siguió adelante y le dio vuelta a varias páginas mostrándole varios dibujos que había hecho de él, Rin y Jaken.

-Creo que debes conservarlos- ofreció mirándolo a los ojos con una sonrisa.

El youkai no despegaba la vista del papel y después de palpar las orillas del cuaderno con su pulgar, cerró el cuaderno y se lo devolvió a la joven dándose la vuelta y caminando más allá de la colina.

-Vámonos- ordenó.

Rin y Jaken se pusieron de pie rápidamente y siguieron a su amo fielmente por lo que Eiko tuvo que hacer igual.

Mientras se acercaban a la aldea, Eiko reconoció a Kagome y los demás y no pudo evitar correr hacia ellos rápidamente gritando sus nombres. Kagome respondió ante el llamado y también corrió hacia ella para encontrarse en un fuerte abrazo. Los demás se les unieron después sonriendo.

-Nos asustante, tonta- reclamaba InuYasha sin poder contener el gusto de saber que Eiko estaba bien.

Al despegarse del abrazo de Kagome, Eiko volteó hacia la dirección donde había dejado el rastro de Sesshomaru quien ya se encontraba caminando en dirección contraria; lo llamó pero no regresó. Sentía una sensación agridulce por ver a sus amigos pero tener que abandonar a Sesshomaru, a Rin e incluso a Jaken. Su amiga la tomó de la mano y la llevó al interior de un modesto hotel hacia la habitación donde al parecer se hospedaban ella, Sango y Shippo. La joven acomodó sus cosas al lado de las de sus amigas y se sentó por un rato sobre el camastro para descansar los pies.

-¡Creíamos que algo malo te había pasado!- decía Kagome con los ojos al borde de las lágrimas mientras Sango se le unía con un gesto afligido.

-Lo sé, yo estaba muy preocupada de que estuvieran pensando algo así pero afortunadamente nada de eso pasó-

Kagome y Sango se sentaron frente a ella sobre el suelo dándole palmadas en el hombro y sonriendo.

-Y, ¿Sesshomaru fue quien te salvó?- preguntó Kagome en un tono suspicaz.

-Él no me salvó de nada, no en ese momento. Cuando salí con Rin de la casa de la anciana Kaede fue para agradecerle… para darle gracias de…-

-Sí, ya sabemos- dijeron sus amigas al unísono contiendo la risa.

-Bueno, entonces llegaron esos demonios y Rin y yo huimos en dirección al bosque; para cuando la batalla terminó yo iba a dejar a Rin con él e incorporarme con ustedes pero antes de que supiera lo que estaba pasando Sesshomaru ya me llevaba muy arriba-

-Incluso se llevó tus cosas- complementó Sango en un tono enérgico de voz.

Eiko asintió. Kagome y Sango también estabas algo confundidas acerca de la actitud del youkai pero no podían definir absolutamente nada ya que no sabían nada del medio hermano de InuYasha. Eiko se levantó y tomó su mochila, sacó su libreta y vio que no cerraba completamente, al abrirla, vio la cadena con el fragmento de la perla en la página del último boceto que había hecho. "Me hubiera gustado que aceptara mis dibujos" pensó mientras tomó el collar de la libreta y lo presionó en su puño.

-Y, ¿cómo es él?- preguntó Kagome con una genuina curiosidad ya que se trataba del medio hermano de InuYasha.

-Es simplemente él: Sesshomaru- contestó acomodándose de nuevo sobre el camastro abrazando sus rodillas y reposando su mentón sobre ellas –No sabría decir con exactitud, es muy extraño, diferente; hay algo en él que me produce curiosidad porque siempre calla incluso cuando habla porque sus palabras son frías, calculadoras e incluso vacías, posee una gran fuerza- al decir esto último se llevó la mano al cuello sobando el área de donde la había tomado el día anterior -… y quiere mucho a Rin; llegó a un punto tal que no sabía quién le era más leal a quien-

-¿Cómo te trató?- preguntó Kagome con ansiedad adoptando una postura infantil como si se tratara de una historia para antes de dormir.

-No lo sé; dentro de sus parámetros no sabría decir si bien pero definitivamente dentro de los míos… mal. Me atacó cuando se enteró que llevaba un fragmento de la perla y no se habría dado cuenta de no haber sido por esa tal Kagura- Sango y Kagome se miraron al mismo tiempo al escuchar el nombre de la sirvienta de Naraku. –Pero en ciertas ocasiones tuve varios acercamientos con él y considerando su manera de ser creo que fueron algo exitosos- finalizó con una mueca similar a una sonrisa.

-Kagura es un enemigo peligroso, ¿no te hizo daño?- preguntó Sango con ansiedad.

-Intentó hacerme daño cuando estaba sola. Fue esta mañana de hecho-

Kagome adoptó una mirada distante como si analizara toda la información que acababa de recibir mientras Sango movía su brazo tronando sus músculos con cada vuelta. Eiko se dejó caer sobre el camastro y miró hacia el techo. Las imágenes del gran perro llegaban a su cabeza como nubes dispersas y recordar aquella escena la hacía sonreír porque aquel acto mostró un lado del youkai que seguramente pocas personas excepto Rin conocían y eso le aseguraba que a pesar del carácter tan severo del demonio tenía un interior cálido capaz de ofrecer algo positivo a los demás.