Disclaimer: Haikyu no me pertenece, ojala, es de Haruichi Furudate. La imagen tampoco es mía.


Bólido.


XIV: Punto y coma.

1.

El día de su operación se despertó más temprano de lo usual para darse cuenta que estaba lloviendo, pero era la clase de llovizna leve que dice el fin de la temporada porque observó todo el proceso hasta que salió el sol con el cielo despejado. Durante la noche, extrañamente, no había podido dormir bien pero como dictaba la costumbre Kageyama durmió a su lado, así que no pudo darse vuelta para buscar una mejor posición y lo único que hizo fue observar el techo blanquecino, además de mirar el semblante durmiente del menor. Contó su respiración hasta agarrarle el ritmo y, a pesar de la oscuridad de la habitación cuando todavía no amanecía, sus ojos acostumbrados al tono tuvieron la capacidad para buscar cada pequeño detalle que pudiera encontrar en él; delineó su nariz recta con la vista, sus labios delgados que eran tan bruscos al besar, sus pestañas largas y oscuras que normalmente abanicaban sus ojos además de sus cejas que siempre parecían estar fruncidas cuando se hallaba despierto.

La enferma había llegado muy temprano a la habitación para prepararlo porque su operación sería a las ocho en punto de la mañana. Mientras los demás daban vuelta a su alrededor, Tooru intentó desconcentrarse y pensar en otra cosa, pero cierto era que el nerviosismo que había intentado evitar comenzaba a golpearlo con fiereza en ese instante, poco antes de entrar a pabellón. La realidad de saber que realmente le iban a abrir la pierna le dio como un puñetazo en el abdomen y le dejó mareado en su lugar. Se aferró a las sabanas de la cama mientras miraba la manera en que la enfermera arreglaba botones y algo en la intravenosa que él no entendía. Recién ahí cayó en cuenta que por el nervio ni si quiera se había dado cuenta que habían estado moviendo la aguja dentro de su brazo como si estuvieran buscando otra cosa. Su madre hablaba con la enfermera y él intentaba tranquilizar su respiración que comenzaba a agitarse.

Fue en medio de eso cuando una mano se posó en su hombro y no tuvo que levantar la mirada para saber que era Kageyama. El chico lo aferraba con firmeza pero suavidad, las dos al mismo tiempo. Tooru dejó que su mejilla cayera hasta apoyarse en él, mientras trataba con todas sus fuerzas de ignorar el revoltijo en su interior además de las ganas de echarse a llorar (quizás por saber que estaba pasando, que realmente ya no podría jugar o que no sabía si todo saldría bien. Nunca se sabía).

—Tranquilo, Oikawa-san, todo saldrá bien —le dijo él con una voz calmada pero sincera. Sin moverse de su lugar se agachó un poco para poder mirarlo a los ojos, pero Tooru ahora no podía devolverle el gesto así que se quedó en su lugar—. Todo saldrá bien, así que quédate tranquilo, por favor. No será mucho tiempo y estarás despierto antes de que te des cue-

—¿Y si… y si sale mal, Tobio-chan? —formuló con la voz entrecortada y la garganta seca. Tragó saliva pero se atragantó, así que tuvo que carraspear mientras Kageyama lo miraba con más preocupación que antes. Se mordió el labio inferior con fuerza al tiempo que apretaba las sábanas en sus puños—¿Y si después no puedo mejorar realmente y no puedo volver a hacer mi vida normal? No sólo el vóley… ¿qué pasaría si después incluso correr se vuelve imposible para mí? —siguió soltando como en un trance, sin poder evitarlo. Su corazón se agitó dentro de él y bajó la mirada todavía más. Quería cerrar los ojos.

De pronto brazos lo estaban envolviendo y él se hallaba apoyado en alguien. Kageyama lo sujetaba contra él como si fuera un niño, como nunca nadie había hecho en mucho tiempo. Fue una sensación extraña el hallarse arropado contra otra persona de esa manera. Podía sentir el corazón de Tobio porque su oreja estaba apoyada en esa zona de su pecho y de la misma manera sentía su respiración; inhalaba, exhalaba, inhalaba y exhalaba a una velocidad increíble. Le recordaba cuando lo observaba jugar pero de una manera era diferente. Al principio el contacto fue un tanto incómodo pero después se acostumbró y se dejó hacer, sin moverse de su lugar también lo rodeó con sus brazos apretándolo contra sí. Era un abrazo largo que poco a poco tenía la capacidad de calmar su agitada mente e incluso sentía la manera en que su cuerpo se relajaba. Las palabras que Kageyama no sabía expresar lo hacía mediante sus acciones y quizás era muy pronto para decirlo, o un mal momento, pero Tooru lo agradecía eternamente. Ahora cuando más necesitaba a alguien a su lado Tobio, quizás una de las últimas opciones que podría haber imaginado en otra circunstancia, se encontraba ahí para él.

Sólo por él.

Feliz o agradecido no alcanzaban para abarcar todo lo que sentía.

Inhalando su esencia y resguardándose en su presencia Tooru dejó que su mente dejara de pensar en medio de aquellos minutos. Simplemente se entregó a él de una manera mental que nunca habría imaginado. Podía ser extrañamente irónico pensar que justamente era él, ¡él, de todas las personas del mundo! ¡Entre toda la población mundial era ese chico! Ese chico que tantos dolores de cabeza le había causado quien ahora se encontrara dándole esa paz. ¿Cómo, en todos los mundos, eso podía ocurrir? Kageyama, después de todo, si había logrado acomodarse en un lugar privilegiado tanto de su cabeza como su corazón, y era ahora, en esos momentos y tras tantos contratiempos, que se daba cuenta. Había sido ciego tantos años, tantos meses… y ahora ahí estaba.

Sujetando con los puños parte de su ropa Tooru se apoyó más en él, olvidando incluso que no se encontraban solos en la habitación sino que tenían ojos curiosos. Le dio exactamente igual porque, después de todo, ese momento le pertenecía a él.

—Te estaré esperando cuando salgas, ¿de acuerdo? —comenzó a murmurarle al oído. Su aliento le acariciaba generándole cosquillas que le hicieron removerse. Le gustaba pensar que cuando saliera él estaría ahí para verlo—No estarás solo. Además Iwaizumi-san me ha enviado un mensaje porque tienes tu teléfono apagado —la verdad es que se había quedado sin batería al tercer día de encontrarse en el hospital. De eso se cumplía casi media semana. Ni si quiera había recordado ese detalle. Pensó que Iwa-chan, seguramente, estaría muy molesto porque no le hubiera contestado el teléfono y esa molestia también camuflaría mucha preocupación—, me pidió que le avisara cuando ingresaras a pabellón y cuando salieras. Le he dicho que estás bien.

Una carcajada burbujeó. Se separó ligeramente de Kageyama, pero éste le seguía acunando contra su cuerpo.

—Seguramente estará muy molesto. Podrías poner a cargar mi celular.

Hmp.

¿Te has enojado? —no pudo evitar reír ante la idea y fue ahí cuando se separó completamente del chico. Se sintió frío al instante, no se había dado cuenta que la habitación se encontraba tan helada. Kageyama tenía una temperatura corporal impresionante. Fue raro, pero también se sintió desolado al notar el silencio que causaba el no escuchar el latir del corazón de él.

Kageyama se encogió de hombros y desvió la mirada, haciendo un puchero que podría ser una mueca de hastío pero a sus ojos era un buen argumento para poder molestarlo, después, claro. Cruzándose de brazos parecía que estaba intentando no gritarle ahí mismo o perder la paciencia. Sonrió ante la idea y esperó con tranquilidad.

—Podrías pedir las cosas con un por favor.

—¿Eeeeh? ¿Quién es el que habla? ¿Cómo era? ¿Rey de la cancha? ¿El tirano con sus compañeros? —se burló mientras ladeaba la cabeza y le sonreía con astucia, fingida inocencia para luego deleitarse con el cambio de expresión del chico que poco a poco pasaba de ese enfado a uno mayor mezclado con vergüenza.

—¡No me llames así!

—¡Rey de la cancha!

Se le olvidó el tema de la operación hasta que la enfermera les pidió tanto a la madre como a Kageyama que por favor se retiraran un momento. Su madre lo abrazó con mucha fuerza y le besó la frente, diciendo que todo estaría bien (sus palabras se escuchaban tan diferente a las de Tobio). Y él le dijo que estaba bien, porque se encontraba tranquilo (cosa que era verdad). De ahí cuando la puerta se cerró a sus espaldas y se halló con la enferma se dejó a su merced con una sonrisa principesca que hizo reír a la mujer.

—Estoy a su merced —fue todo lo que dijo mientras extendía sus brazos para que le pincharan o hicieran cualquier cosa.

—Ahora te vuelves obediente —musitó la mujer mientras hacía algo para seguramente poder mover la cama hacía la sala de operaciones—. En todo este tiempo que has estado acá apenas y lograba que comieras tu comida.

—Soy quisquilloso —se defendió como pudo.

La mujer hizo un montón de cosas que no comprendió pero a él lo único que le interesaba era el hecho de saber cuándo le pondrían la anestesia (no lo quería decir en voz alta pero tenía pavor a pensar de que podría despertarse en medio de la operación). La enfermera lo sacó de la habitación en la cama y él se sintió extrañamente ajeno, como si ese no fuera él. Recostado en su lugar simplemente observaba el techo de los pasillos y los focos de las luces cegándolo cada cierto momento. Doblaron en dos ocasiones y fue ahí cuando se dio cuenta que su madre, junto con Tobio-chan, los seguían de cerca. Intentó no mirarlos mucho porque si lo hacía estaba seguro de que le entraría el miedo de nuevo y eso no podía ser, tenía que mantenerse fuerte. Se mordió el labio mientras pensaba en otras cosas, cualquier cosa. Sus pensamientos lo llevaron incluso a películas de aliens pero descartó la idea con una sacudida al pensar en abducciones.

Se le ocurrió una buena idea, una que le llamaba mucho la atención por cumplir. Fue segundos antes de que ingresaran más allá del pasillo donde sus otros dos acompañantes no podrían seguirlo (por palabras de la enferma) y Tooru pensó que sería ahí donde le pondrían la famosa anestesia. Esperando en su lugar el ultimátum observó, girando la cabeza, al armador de Karasuno. Éste le devolvió la mirada con intensidad pero viendo hacia los lados como si no estuviera seguro de qué hacer a continuación.

Tooru sonrió.

Kageyama se sonrojó e intente sonreírle de vuelta.

Fue la sonrisa más espantosamente linda que Tooru había visto en sus veinte años de existencia, y eso que como cajero de una tienda había visto mucha clase de sonrisas.

—Vamos a una cita después —fue todo en cuanto dijo y él no tuvo para poder responder porque en medio de su sorpresa fue cuando la cama se volvió a mover, adentrándolo en la sala. Otra idea le golpeó pero fue tan inesperada que no tuvo tiempo para compartirla, era sólo una cosa ridícula, un mero: «¿Sabes, Tobio-chan? Si ahora me lo pidieras te diría que sí, me gustaría poder enseñarte a sacar. Realmente me gustaría enseñarte a sacar como yo ya no podré hacerlo, pero ya no importa, sé que ya me has alcanzado y no te faltará nada para superarme, porque yo ya no podré seguirte y tú tampoco a mí».

Lo último que logró ver de ellos fue sus rostros preocupados.

En esa sala era todo movimiento; pudo observar unas cuantas personas que debían ser los doctores dando vueltas de un lado para otro. Había otra puerta que posiblemente llevaba a la sala de cirugía y la paranoia otra vez empezó a golpearlo. Se removió en su lugar y sintió cómo le sudaba el cuerpo, incluso las palmas de las manos (que estaban heladas). La enfermera habló con alguien y entonces en su trayecto de vista hacia el techo otro rostro medio tapado lo obstaculizó. A pesar del gorro que llevaba además de la mascarilla lo reconoció como su doctor de cabecera, pero eso no sirvió para tranquilizarlo.

—Sensei… (1) —formuló en un susurro inseguro.

—¿Qué tal, Tooru?

Pregunta obvio. Le dieron ganas de reír.

—No lo sé.

—Ahora vendrá el especialista a ponerte la anestesia, así que tranquilo. No sentirás nada —le calmó el doctor mientras lo seguía observando. Tooru no pudo evitar hacer una mueca mientras pensaba justo en ese hecho y seguramente aquel hombre se dio cuenta de su nerviosismo porque, pudo saberlo, le sonrió de esa manera intentando tranquilizarlo. Le puso una mano en la cabeza. Al lado suyo se posicionó otra persona pero más joven que llevaba algo con él; una mascarilla—. Mira, para que sea más fácil. Piensa en un recuerdo, el más bonito que puedas recordar y entonces córtalo cuando llegues a la mejor parte. Después cuando despiertes se sentirá todo como un sueño.

Tooru asintió lentamente. El anestesista, en eso, le dio instrucciones de que tenía que respirar profundamente y que el proceso hasta que cayera en la inconsciente no tardaría mucho. Cuando le pusieron la mascarilla sobre la boca y nariz se sintió oprimido, pero a pesar de todo respiró lo mejor que pudo y fue extraño, era como lentamente comenzar a sentir que ese cuerpo no era suyo. Poco a poco las partes de su cuerpo comenzaban a pesarle; los pies, las piernas, el abdomen, los dedos, las manos y los brazos. Todo se adormecía hasta que incluso sabía que no podría moverse. Lentamente los párpados comenzaron a ser más pesados y la vista se le nubló. Su respiración era acompasada. El latir de su corazón martilleaba dentro de su cabeza y hacía un eco.

Pensó en un recuerdo bonito, el más lindo de todos, y se dio cuenta que tenía muchos.

Eligió uno, sólo uno y entonces cerró los ojos.

2.

Cuando abrió los ojos se cegó por una luz potente que le hizo parpadear. De lo primero que fue consciente fue que sentía la cabeza hinchada y le tomó unos segundos el darse cuenta de que se hallaba acostado en una cama. Lo segundo que pudo reconocer fue la cabeza de su madre con una expresión de alivio que no le había visto desde la vez que se cayó de las escaleras sin matarse o la vez que con Iwa-chan lograron volver a casa, después de casi cinco horas. Ella dijo algo que no logró comprender porque hablaba muy deprisa y los oídos le zumbaban. Pudo distinguir que sus ojos incluso estaban medios llorosos y se agachó para besarle la frente.

Tooru despegó los labios para decir algo y si formuló alguna cosa realmente no estaba consciente de qué era. Pero ella sonrió, se echó a reír y le asintió. Le volvió a decir otra cosa que no logró captar pero le pareció muy gracioso, así que sonrió.

Su madre le tomó la mano y miró a alguien, era su doctor, quien estaba del otro lado de la camilla. Estaban hablando de algo y él sólo podía captar palabras sueltas, pero sin duda lo que sí logró alcanzar fue algo que le dejó aliviado en su lugar, haciéndole sonreír todavía más mientras intentaba echarse a reír. Unas nauseas le golpearon y pensó que podría vomitar ahí mismo, pero - el sólo pensamiento le causó repelús.

—La operación ha sido un éxito-

¿Operación?

Ah, claro, lo estaban operando de su pierna mala que ya no debería estar tan mala. Cayó en cuenta que seguramente se encontraba saliendo de pabellón, o tal vez no, no tenía idea. Sólo sabía que había un techo blanco y olía muy extraño. A su alrededor había mucho ruido y un montón de palabras complicadas. Además su doctor se veía cansado, pero… lo habían operado, de la pierna. Él no sentía absolutamente nada diferente en el cuerpo.

—Seguramente seguirá adormecido unas horas por la anestesia-

Era por eso, claro, la anestesia era lo que le evitaba todo aquello. Raro, pero aunque físicamente por ahora no se sintiera diferente había algo en su pecho y cabeza que le decían que él ya no era igual.

—Estará bien, tranquila.

Tooru, repentinamente, recordó que su madre no había ido sola con él y entonces se acordó de Tobio. Se preguntó dónde estaría porque había dicho que se quedaría a su lado cuando saliera, o algo así. Miró a su madre y apretó su mano con la poca fuerza que lograba reunir, le sentía muy raro poder concentrarse en un solo punto de su cuerpo. A pesar de todo ella le miró y se inclinó para poder acercarse más a él, escuchando sus palabras. Intentó formular lo que quería pero las letras se alejaban dentro de su cabeza sin poder juntarlas y se frustró. Estaba mareado, le dolía el estómago y quería dormir, pero también necesitaba saber dónde estaba Kageyama.

¿T… io? —fue lo único que logró formular.

Frunció el ceño. Intentó de nuevo. Al tercer intentó su madre pareció comprender a que se refería y le sujetó las manos entre las cálidas suyas. Sonrió con aquella ternura maternal a la cual estaba acostumbrado y pudo incluso observar un extraño brillo en sus ojos, que no sabía realmente a qué asimilarlo pero no le incómodo.

Ante la demora lo intentó de nuevo, formular su nombre de manera correcta pero en ninguno de sus intentos lograba completarlo. Sólo la mitad, el principio o el final. Incluso sentía que su voz salía muy débil.

Vio la sonrisa divertida de su madre y lo más raro de todo; cuando de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas que rodaban por sus mejillas hasta llegar a su barbilla, perdiéndose en algún lugar desconocido. Entre sus sonrisas ella le acarició la frente y Tooru no pudo evitar preguntarse por qué su madre lloraba. No lo entendía, porque él había despertado así que significaba que todo estaba bien. No había razón para llorar.

Intentó preguntar qué ocurría.

Ella negó con la cabeza todavía llorando y le dijo que no era nada. Tooru no supo si creerle o no, pero decidió no insistir. Aun así lo que sí hizo fue volver a formular el nombre de Tobio para que su madre lograra darle las respuestas que necesitaba.

—Está acá, tranquilo. Él te está esperando afuera porque sólo dejaban entrar a una persona para verte antes de que te lleven a tu habitación. No se ha ido en ningún momento —le confesó.

Entonces se sintió tranquilo y la sonrisa que se formó en sus labios hasta él pudo decir que era una de gran felicidad. Todavía sonriendo observó el techo y se imaginó al terco de Tobio decidiendo que esperaría sin importar las horas que fueran a que la operación terminara. Evocó al niño de antaño, al adolescente frustrado que tuvo que aprender a ser un mejor jugador (ese mismo que jugó contra él e incluso le volvió a pedir consejos. Aquel que lo venció, después de todo, con la ayuda de su nuevo equipo) y también al joven que ahora tenía con él. Ese chico mayor que parecía haber cambiado en varios aspectos, no sólo el hecho de volverse alto. Aquel tipo que había sido lo bastante molesto para no dejarlo tranquilo, ¡qué suerte que así fue! Ese mismo que le había pedido explicaciones hasta que simplemente terminó haciéndole caer en cuenta de las verdades que lo rodeaban. Lo pensó sentado en la sala de espera, en aquellas incómodas sillas de plástico color azul que no servían para nada. Lo imaginó con su rostro de seriedad o luchando contra las ganas de quedarse dormido.

Pensó todo eso y le dio ternura.

Suspiró un "Ah", sin dejar de sonreír.

Entonces sus ojos volvieron a cerrarse.

La segunda vez que se despertó se encontraba más consciente de sí mismo pero lo primero que lo saludó fue el mismo techo blanco. El cuerpo le pesaba y seguía con unas nauseas asquerosas, pero estaba vivo, después de todo. Removiéndose en su lugar intentó sentarse; el cuerpo se sentía como plomo pero era raro, no tenía problemas en su pierna mala, lo único eran unas punzadas que le hacían generar muecas pero nada tan doloroso como esperaba. Se imaginó que quizás también era causa porque la anestesia no se le había quitado del todo. Tosió en su lugar, tenía la garganta seca y se apoyó en un tembloroso brazo mientras buscaba dónde apoyar la espalda.

—¿Oikawa-san?

Y esa voz fue la que lo recibió, haciendo que se sintiera completamente feliz. Volteando el rostro se dio cuenta que Kageyama levantaba también la cabeza porque al parecer había estado apoyado en su cama, durmiendo. Tenía el pelo hecho un desastre y un hilillo de saliva le caía por la barbilla. La imagen era espeluznante, pero le gustó pensar que era él a quien podía ver ahora.

Kageyama tardó cinco segundos más en sacar los restos del sueño mientras se levantaba, logrando tirar la silla en la que se había sentado hacia atrás y mirarlo con esa expresión de júbilo que recordaba ponía de vez en cuando; los ojos parecían brillarle casi literalmente y apretaba todavía más la boca, además de enderezarse en su lugar. Las mejillas se le llenaban de color.

—Tobio-chan —susurró sintiendo la resequedad. Tosió y se removió en su lugar.

El chico le alcanzó un vaso con agua que él se encargó de beber a pequeños sorbos hasta que sintió que aquella sensación se le pasaba.

—Tu madre… ella ya vuelve. Justo fue al baño y-

—Tobio-chan.

—¿Qué?

—Nada.

Le sonrió. Tobio también lo hizo.

3.

Con casi veinte grados ese día se hallaba soleado pero con una humedad relativa debido a las ligeras lluvias que habían caído hace unos días. A su alrededor las plantas comenzaban a florecer y el verde parecía estar preparándose para forrarlo todo. Los pájaros y quizás cigarras cantaban a esas horas, y además de eso algunos autos que de vez en cuando pasaban, no era mucho, era muy diferente a lo que se había acostumbrado en los últimos tres años. Su pierna, por suerte, no le dolía como otras veces y de hecho había sido una suerte que le dejaran salir a caminar en esas circunstancias. Las muletas habían sido dejadas en una banca, dónde sabía que nadie las tomaría y de hecho se encontraban a unos metros de él. Observaba nada más el cielo despejado color celeste y su entorno que le era tan conocido. Recordaba que años atrás él había asistido a ese mismo parque con Iwa-chan; al principio era el único que se encargaba de llevar un balón de vóley para principiantes (el primer regalo que había pedido con tanto ímpetu a sus padres y tenía atesorado en el fondo de su armario) mientras que su mejor amigo utilizaba una red para cazar insectos pero después los dos llevaban balón y practicaban juntos. Hajime se reía de que la pelota le cayera en la cara las primeras veces pero también estuvo ahí cuando logró golpear de manera acertada por primera vez. Fue en ese parque donde practicó sus primeros pasos en el mundo del vóley.

Inhaló el aire del lugar.

Dos semanas habían pasado desde su operación y una desde su llegada a Miyagi, su hogar desde siempre. Había sido muy extraño volver pero no es como si tuviera otra opción, después de todo, ya tendría que ver qué hacer a continuación. Su carrera se pagaba gracias a la beca deportiva que le entregaba la universidad y ahora incapacitado para jugar eso ya no era así; tuvo que renunciar al trabajo y al final con ayuda de sus padres empacar para volver a casa. El viaje había sido el más largo que había hecho. Kuroo y Bokuto lo comprendieron, le dijeron que lo irían a ver en cuanto sus tiempos se lo permitieran y él simplemente asintió, diciendo que estaba bien porque no podía pedir nada más. Cuando llegó a Miyagi se encontró con Iwa-chan y el reencuentro se sintió muy raro; él mismo se sentía tan diferente que hallarse frente a su mejor amigo, que se veía exactamente igual que como lo había dejado, fue un golpe para su salud mental.

Al final sólo se sonrieron y dijo:

—Iwa-chan, engordaste.

Y a pesar de todo, el deseo de que al normalidad volviera a ser lo cotidiano e Iwa-chan no mencionara el tema de la operación salvo para las cosas puntuales en que terminó respondiendo que todo había salido bien, él se encontraba ahí a su lado y en silencio, apoyándolo cuando menos lo esperaba y en las cosas más pequeñas pero con gran significado; le cargaba las cosas cuando eran muy pesadas, le iba a hacer compañía cuando se hallaba en casa donde, al principio, sólo podía dar pasos cortos, subía o bajaba lentamente la escalera detrás de él como si estuviera listo para sujetarlo en caso de que la pierna le fallara. Hajime el hacía compañía y fue lo suficientemente comprensivo para no mencionar nada del vóley, o hacer un show al respecto por cualquier cosa, lo recibió e incluso le ayudó a ordenar su habitación nuevamente. Los dos se quedaron en silencio cuando el balón de vóley del armario salió a la vista e incluso con el premio al mejor armador que hace lo que parecía años galácticos le habían entregado. Hajime estaba ahí, siempre ahí, a pesar de todo lo que podría ocurrir lo trataba igual y era lo suficientemente amable para no tratarlo como un lisiado de manera abierta. Vieron las últimas radiografías juntos y a Tooru ya o le dio tanto impacto el darse cuenta que tenía tres, literalmente, tornillos en medio de la rodilla. Sólo pensaba que en invierno cuando las temperaturas fueran bajas iba a sufrir mucho.

—Soy como Iron man —musitó Tooru mientras se acostaba de espaldas en su cama, la cual le habían cambiado desde que llegó. Miraba el techo y las estrellas gastadas que solían brillar en la noche. Pensó que tenía que cambiarlas.

Hajime miraba todavía la radiografía sentado en su silla de escritorio con las piernas a cada lado de ésta y los brazos apoyados en el respaldo. A el también le daba por hacer bromas de vez en cuando, de hecho para calmar las aguas cuando recién había vuelto le hizo la pregunta "¿Cómo esta tu perna?", los dos se rieron de eso.

—Iron leg.

—Quizás como Robocop.

—Puedes ser un EVA.

Nah, preferiría ser uno de los niños que los pilotean.

—A todo esto, ¿qué hiciste con mis figuras de Evangelion?

—Eeeeh… ¿Vamos a comer abajo?

—¡Oikawa!

Entre ellos la normalidad era fácil. Una de las cosas que Tooru agradecía de volver era tener la presencia de Hajime a su lado nuevamente porque sentía que teniéndolo las cosas saldrían mucho mejor.

Por otro lado…

Escuchando unos pasos que lentamente se acercaban a él Oikawa no se dio vuelta, seguía mirando en dirección al parque y las copas de los árboles que empezaban a cambiar los tonos, pensaba que era Iwaizumi. Los pasos se acercaron cada vez más resonando en la gravilla del camino y haciéndole sentir incluso la presencia física de la persona a sus espaldas. Con las manos en los bolsillos de sus jeans Tooru alzó la mirada y buscó figuras en las nubes; delgadas y escurridizas, se movían con facilidad por culpa del viento de aquel día, las más pequeñas desaparecían rápidamente en el cielo para perderse en la eternidad. Se le ocurrió que de noche ese cielo debía verse esplendoroso porque con las lluvias todo se encontraba más limpio y con las temperaturas más altas que antes no terminarían viviendo una hipotermia.

Le gustaría ver las estrellas.

—¿Oikawa-san?

Claro, debió haber esperado que fuera él quien se acercara en esa situación. La manera en que su piel se estremecía debió haberle dado las pistas necesarias para darse cuenta que aquella persona a sus espaldas no era Iwaizumi, pero quizás era porque una parte suya no deseaba reconocer que Tobio lo viera en esa situación tan patética. No tenía que mirarse a un espejo para saberlo, sólo pensar viendo a través de los ojos del menor y se encontraría con aquella forma suya que había escondido al mundo tantos años, temiendo que la gente no lo aceptara o peor, que no lo reconocieran como lo habían hecho. Sin duda Kageyama ahora lo observaba a él como realmente era; con la mirada perdida y solitaria, preocupado por el resto del mundo además de él, pensando las cosas más de la cuenta y dándose dolores de cabeza por culpa de eso. Con esa clase de expresión en que piensas cuándo es que se formara una sonrisa en tu cara.

—Tobio —formuló también a modo de saludo.

Se dio la vuelta y se encontró con una bizarra escena que hizo que algo se detuviera dentro de él; como las manecillas del reloj biológico que todas las personas debían de tener en su interior. En el mismo momento que el tiempo se detuvo sintió que iba en reversa y casi toda su vida, escena por escena relacionada con ese chico, las cuales eran muchas, pasaban frente a sus ojos hasta detenerse en una en concreto y darse cuenta que se hallaba viviendo un deja vú. Con el sol de abril golpeando sus cabezas y espaldas, además del viento meciendo sus cabellos y ropas, transportando las voces ajenas de júbilo de niños y susurros de conversaciones de otras personas, Tooru observó la expresión de Kageyama y deseó abrazar a ese niño que recordaba de antaño; el mismo brillo de admiración en sus ojos con el único deseo de que él le diera la afirmación necesaria. Aplastando contra su pecho la esperanza de algo tan sencillo.

Kageyama sostenía un balón de vóley entre sus manos. La espalda recta y lo miraba impasible, quizás un poco temeroso pero decidido. Tantas emociones ocultaban sus ojos azules que Tooru pensó que eran perfectos para él; grandes, abiertos para observar todo el mundo que lo rodeaban y no dejarse vencer por nimiedades. Así era él. Un destructor de muros o explorador de mundos imposibles, lejanos y remotos. Tooru, en cambio, era un alien que intentaba encontrar su lugar en planetas que no eran los suyos y a veces fallaba, otras veces no.

Él dio un paso en su dirección.

Ignoró la punzada en su pierna y el temblor de sus manos. Se quedó en su lugar, pensando que eso era lo correcto porque ahora tenían la oportunidad de hacer las cosas bien, o mejor dicho, esa oportunidad le estaba siendo otorgada. Retroceder en el tiempo para poder vivir un presente y futuro perfecto. Aunque la perfección no existe, pero se encargaría de encontrar la que ellos requerían y con la cual se sentirían satisfechos.

—Oikawa-san, ¿me enseñas a sacar?

Tooru lo observó un momento, primero con sorpresa y luego con resignación. Frente a él se hallaba el niño terco que siempre lo estuvo persiguiendo y no lo dejaba tranquilo. Ese niño que parecía ser bueno en todo lo que hacía pero realmente no era nada más que eso, un niño que necesitaba ser guiado y lo había elegido a él para ser su guía, fallándole considerablemente al negarse a tal cosa. Pero ahora podía cambiar.

Abrió los labios, anunciando la esperada respuesta:

—Sí, Tobio-chan —lo dijo con una sonrisa y tanta sinceridad que ambos pudieron haberse echado a llorar ahí mismo, pero algo los detuvo. Se observaron mutuamente mientras la lluvia caía en su interior y se estremecía ante el tacto de la delicadeza que se creaba. Se sonrieron con complicidad y amabilidad, todo conjunto.

Kageyama se acercó a él y evitó mirar su rodilla mala con la cicatriz que le había quedado. Tooru sonrió mientras sujetaba el balón por encima de las manos de Tobio, cálidas y grandes. Juntó sus frentes con delicadeza y acarició sus narices en un gesto tonto, amoroso, tierno en sus acciones que creaba cosquillas en su cuerpo. Sin poder evitarlo un ligero sollozo escapó de sus labios temblorosos. Con el hilo de voz que pudo conseguir volvió a afirmar para que se le quedara grabado en la cabeza:

—Sí, Tobio-chan, siempre.

La cacería de estrellas había terminado.


NA: No estoy muy segura de cómo sentirme ahora mismo; soy un desastre de sentimientos, así que, si quieren leer todo lo que tengo que decir respecto a esta historia subiré una entrada mi blog. Para quienes les da pereza eso sólo puedo tener un mensaje resumido: Una galaxia de agradecimientos por seguirme con esta historia hasta acá. Esto tiene epilogo por el simple hecho de que tiene prólogo y lo subo al mismo tiempo porque ambos son parte del final.

(1) Si no me equivoco en Japón normalmente a los doctores se les dice "sensei", así que lo he dejado así para darle ambientación a todo.

PD: Por problemas de mi real life no he podido subirlo el sábado, sino que he tenido que hacerlo antes.

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By: Nitta Rawr.