26. Naboo
Rey se encontraba en plena sesión de entrenamiento de vuelo, cuando sintió la llamada de Kylo en la Fuerza.
«¡Ahora no!» se dijo a sí misma, mientras lo apartaba de su consciencia y recuperaba la concentración en lo que estaba haciendo, moviendo bruscamente los controles de la nave.
Sin embargo, la distracción hizo que la trazada se viera afectada y el Halcón tuviera que dar un giro inesperado para evitar el acantilado contra el que se dirigía. Cuando tuvo de nuevo control de la situación, Rey se volvió hacia los dos pilotos que la acompañaban en la cabina, y también a BB-8, y dijo:
—Olvidad esto último.
Se trataba de un chico humano de piel caoba y ojos de un penetrante zafiro y una mujer togruta de piel anaranjada y lekkus ornamentados con cintas de cuero. Ambos estaban en sus clases de pilotaje y puesto que no tenían nave propia los habían destinado al Halcón para que hiciesen de copiloto y artillero de Rey durante la batalla de Naboo, ahora que Chewbacca no estaba, y Rose y Finn seguían en el planeta.
—¿Qué ha pasado, maestra? ¡Nunca te había visto cometer un error! —dijo el chico, preocupado; a pesar de que Rey le había dicho mil veces que no lo la llamara maestra, él seguía haciéndolo una y otra vez.
—Todos cometemos errores, Qit. Pero no ha sido nada, solo he sentido una perturbación en la Fuerza y me he distraído. Repetiré la maniobra para que la veáis con claridad.
—¿Una perturbación en la Fuerza? ¡Uala! ¡Pensaba que estas cosas solo ocurrían en los cuentos!
—No menosprecies la Fuerza, muchacho. Es algo a lo que hay que tener respeto —dijo la mujer togruta, que se llamaba Sakkako.
—Cla-claro. No quería resultar ofensivo.
—Si te digo la verdad, Qit, yo tampoco creía en la Fuerza hasta hace tres meses. Pero luego la cosa cambió y… Bueno, prestad atención a la maniobra.
Rey accionó los motores y el Halcón se alejó del acantilado, para luego dar media vuelta y encararlo de nuevo. Cuando estuvo en posición, Rey aceleró y se dirigió hacia la pared de piedra a toda velocidad. Poco antes de alcanzarla y de que la nave se hiciera añicos, accionó las palancas de controles y cambió el rumbo, en un giro brusco que los clavó a los tres en sus asientos, e hizo que BB-8 saliese despedido hacia el pasillo con un pitido de terror. Después recorrió la pared en paralelo hasta alcanzar la cima y lanzarse al cielo como un disparo de bláster.
—Tenéis que hacerlo deprisa y sin dudar —explicó la joven Jedi, mientras hacía una pirueta y estabilizaba la nave—. Esperad todo lo que podáis antes de cambiar el rumbo, pero aseguraos de que tenéis tiempo para maniobrar. Un despiste os convertiría en chatarra.
—¿Y cómo se sabe cuál es el mejor momento?
—Es cuestión de práctica. Primero tienes que dejar un margen de seguridad y, después, reducirlo poco a poco. Lo haremos una vez más y…
Rey no pudo terminar la frase. De nuevo, el pulso de la Fuerza la arrolló como un alud y la dejó encorvada sobre los controles, sin aliento. Esta vez la sensación fue mucho más violenta y Rey supo que no se trataba de Kylo.
Para cuando pudo incorporarse y echar un vistazo en derredor, se descubrió a sí misma rodeada de oscuridad. No tuvo mucho tiempo para preocuparse por ella, pues casi al instante esa oscuridad se convirtió en el espacio: un grupo de destructores de la Primera Orden se acercaban sigilosos a un planeta, que Rey supo que era Naboo por su aspecto turquesa con franjas blancas.
Dejó escapar una exclamación ahogada y entonces la visión la transportó hasta el mismo planeta, en un viaje a gran velocidad que la hizo volar por entre una cordillera montañosa para alcanzar una central que se encontraba escondida en sus laderas. Era el generador secundario del escudo, y Finn, Rose y el resto del grupo cenaban tranquilamente alrededor de una hoguera que calentaba el campamento improvisado, a la espera de que se iniciara la batalla.
Sin embargo, antes de que Rey pudiese reaccionar siquiera, apareció de la nada una dotación de soldados de asalto de la Primera Orden y cogió por sorpresa a sus amigos. El ataque fue letal: a una velocidad pasmosa fueron cayendo uno a uno.
Cuando ya solo quedaba Finn, Rey intentó traspasar la distancia que los separaba para protegerlo, aun cuando todo aquello no era más que una visión. Pero aunque lo alcanzó, los disparos de bláster la atravesaron como si ella no estuviese allí y acabaron con la vida del joven rebelde.
—¡No! —gritó desesperada y con los ojos llenos de lágrimas.
Para cuando se incorporó, se encontró a sí misma en el regazo de Qit y con BB-8 asomando su cabeza metálica por encima de su hombro. Miró en derredor y vio que estaba en el suelo de la cabina del Halcón Milenario. Sakkako había cogido los mandos y, a juzgar por el paisaje que veía pasar ante ellos, estaban regresando al campamento.
—Maestra, ¿te encuentras bien? —preguntó el chico, preocupado—. Nos has asustado.
—S-sí, sí. Estoy bien. Gracias, Qit. Solo ha sido… una visión —explicó ella, mientras se ponía en pie—. Tengo que hablar con el general Poe cuanto antes.
—Eso está hecho —repuso Sakkako—. Hemos puesto rumbo a la base. Llegaremos enseguida.
._._._._._.
El planeta se llamaba Schwer y era un lugar rocoso situado en el sector Chommell, no muy lejos de Naboo. La flota rebelde se había dividido en pequeñas facciones y cada una de ellas se había instalado en un planeta deshabitado y alejado de la supervisión de la Primera Orden, a la espera de que se iniciara el ataque. Rey y el Halcón formaban parte del Escuadrón Azul, bajo las órdenes de la capitana Karell.
En cuanto aterrizaron en el campamento, Rey salió a toda prisa de la nave y se dirigió hacia la tienda principal, donde habían instalado el sistema de comunicación de largo alcance.
—¿Karell no está? —le preguntó a la oficial al cargo.
—No, Rey. Ha salido a entrenar.
—Entonces ponme con Poe, rápido.
—¿Ocurre algo?
—Sí, creo que sí.
El holo de Poe se dibujó en la mesa transmisiones, momentos después.
—Rey, ¿qué ocurre? Me han dicho que querías hablar conmigo y que era importante.
—Poe, he tenido una visión. La Primera Orden adelantará el ataque. Estoy segura de que saben que los esperamos en Naboo. Tenemos que hacer algo porque el grupo de Finn y Rose está en peligro, y si no… —la imagen de su amigo muriendo a manos de los solados de asalto le atravesó el alma como una espada láser. Rey sabía que aquello todavía no había ocurrido, porque de ser así lo habría sentido dentro de ella, pero tampoco tenía ni idea de cuánto tiempo los separaba de esa visión. Podía materializarse en cualquier momento—. O sino el generador secundario caerá.
—¿Te lo ha dicho él?
La pregunta la cogió tan desprevenida que en un primer momento no entendió a qué se refería Poe. Después, la rabia la invadió como lava ardiendo.
—¡No, maldita sea! ¡Ya te he dicho que he tenido una visión! ¿A qué viene eso ahora?
—De acuerdo, de acuerdo. Lo siento. Es que pensé que por fin se había dignado a darnos un poco de información. No importa. Enviaremos algunos efectivos para tanteara el terreno y trataré de contactar con Finn, a ver cómo están las cosas por allí.
—¿Solo eso?
—¿Te parece poco?
—¡Te he dicho que la Primera Orden adelantará el ataque!
—¡Y por eso voy a comprobarlo!
Rey apretó la mandíbula y sin añadir nada más dio media vuelta y empezó a alejarse. Sentía la voz del general en el holo, llamándola, cuando salió de la tienda. Pero no pensaba regresar ni obedecer ninguna de sus órdenes. Estaba harta de las estrategias de Poe y de que cuestionara todas sus decisiones y advertencias. Cuando alguien lo advertía, hacía oídos sordos, y después se lanzaba a misiones suicidas que provocaban la muerte de muchos. Si él no iba a ayudarla, se encargaría ella sola.
Qit, Sakkako y BB-8 estaban haciéndole el mantenimiento al Halcón cuando los alcanzó.
—¿Cómo ha ido? ¿Has podido hablar con el general? —se interesó Sakkako.
—Sí, pero… Lo siento, chicos. Tengo algo importante que hacer y me voy a llevar el Halcón. Es probable que la batalla empiece antes de lo que pensábamos, así pedidle a la capitana Karell que os reubique.
Los otros dos se miraron, sin entender.
—Pero maestra… somos tus copilotos —dijo Qit, desconcertado.
—Lo sé. Y sois unos compañeros geniales. Pero no podéis venir allí donde voy. Se trata de una misión personal y no quiero poneros en peligro.
—¡No importa que nos pongas en…!
La voz de Qit se interrumpió cuando Sakkako puso una mano amigable sobre su hombro. El chico se volvió hacia ella mientras la escuchaba hablar:
—No te preocupes. Sabemos que todo lo que haces es por el bien de la resistencia. Y confiamos en tu criterio. Esperaremos aquí a tu regreso y, sino, hablaremos con Karell.
—Gracias, Sakako.
—La Fuerza está contigo, joven Jedi. Deseamos que te guíe para traer el equilibrio a la Galaxia.
Rey hizo una leve inclinación de cabeza y después corrió hacia el Halcón, bajo la mirada atenta de sus dos compañeros.
—¡Date prisa, BB-8, o te dejo aquí!
._._._._._.
Encontró el primer control a poco de alcanzar Naboo, al salir del hiperespacio. Sabía que no había forma de esquivarlo o hacerse pasar por una comerciante cualquiera, así que antes siquiera de que le dieran el alto, disparó a una de las dos naves que custodiaban el camino y aprovechó el desconcierto para avanzar hacia el planeta a toda velocidad.
Mientras lo hacía, se puso en contacto con la estación de apertura del escudo para solicitar ayuda.
—Aquí el Halcón Milenario pilotado por Rey de Jakku: por favor abran la compuerta en nombre de la resistencia.
—Aquí la central de acceso a Naboo: tendrá que esperar a que comprobemos su identidad.
—¡Por todas las estrellas! ¡Me persigue un carguero de la Primera Orden!
No hubo respuesta y Rey gruñó mientras hacía virar el Halcón para sortear el planeta. La nave a la que no había disparado había salido tras ella y había abierto fuego contra el Halcón.
Rey maniobró en el vacío, sintiendo al enemigo pegado a la cola. Los rayos láser pasaban rozando el casco. Se inclinó hacia el asiento que debería ocupar el copiloto y trató de desviar los escudos protectores a la parte trasera; controlar la nave sin ayuda era una tarea complicada. Tras ello, volvió a dar un rodeo y se encaró de nuevo al planeta.
—¡BB-8, intenta armar los cañones! —le dijo al droide que rodaba por la cabina nervioso, sin saber qué hacer.
Esperaba que aquel espectáculo sirviera como identificación y que pronto los naboo le permitieran el acceso, o su plan de rescate se iría al traste incluso antes de empezar.
Pero entonces, como si el destino hubiese escuchado su súplica silenciosa, una voz conocida emergió del comunicador de la nave:
—¿Rey?
La chica la reconoció al instante.
—¡Finn!
—¡Rey! ¡Eres tú de verdad!
—¡Finn, dile a esta gente que me dejen entrar en el planeta! ¡Tengo a un carguero de la Primera Orden vaciando sus cañones sobre mí y no voy a poder esquivarlo por mucho tiempo!
Durante un tiempo que le pareció una eternidad, Rey siguió evitando el ataque enemigo. Dio otro rodeo, al tiempo que un par de proyectiles alcanzaban el Halcón y lo hacían zozobrar; pero los daños no fueron lo bastante importantes como para detener su marcha.
—¿Cómo van esos cañones, BB-8?
El droide respondió con pitidos afirmativos y Rey trazó otro par de espirales para efectuó una última maniobra evasiva, que acompañó de algunos disparos que dieron en el blanco. Tras ello se encaró de nuevo hacia el planeta.
Le pareció que en la estación de acceso había movimiento.
—¿Halcón Milenario? —corroboró su impresión otra voz que emergía del comunicador.
—¡Sí!
—Tiene permiso para acceder a Naboo. Pero dese prisa para que ese carguero de la Primera Orden no entre detrás de usted.
._._._._._.
Rey suspiró aliviada cuando al fin se adentró en la atmósfera naboonesa, dejando atrás a sus enemigos y sintiéndose arropada por la protección del planeta. No sabía cómo lo había conseguido.
—¿Rey, estás bien? —habló de nuevo el comunicador.
Era Finn otra vez.
—Sí. ¡Pero me ha ido por los pelos!
—¡Lo siento! ¡La burocracia de este lugar me saca de quicio! ¡Hay que comprobarlo todo cien veces antes de que den el visto bueno!
Rey se sintió muy aliviada de escuchar la voz de su amigo y de saber que estaba a salvo. Había pasado mucho miedo durante el viaje, al temer que la visión en la Fuerza fuera a cumplirse en cualquier momento.
—Finn, la Primera Orden sabe que estáis aquí. ¡Tenéis que prepararos! Yo… he tenido una visión y he visto que iban a por vosotros —sintió como le caían las lágrimas—. Estaba muy asustada porque pensaba que no podría salvaros, como ocurrió con Leia.
—Shhh, tanquila, estamos bien. Estamos a salvo.
—No sabes cuánto me alegro. Me he enfadado con Poe porque ni siquiera me ha tomado en serio cuando se lo he dicho. ¡Lo único que ha hecho ha sido preguntarme por Kylo! Así que he desobedecido sus órdenes y he venido directa a avisaros. Tenía que hacerlo, Finn.
—Gracias, Rey. Me alegro muchísimo de que lo hayas hecho. Y también me alegro de tenerte aquí. Te he echado de menos estos días.
—Yo también. Tengo el rumbo fijado, enseguida estaré en Monte Gallo.
Rey se recostó en su asiento y dejó escapar un suspiro de alivio mientras volvía la cabeza hacia atrás para mirar a BB-8.
—Parece que todo ha salido bien, ¿verdad? Hemos salvado a Finn y compañía y hemos evitado que la Primera Orden derribara el escudo.
El droide asintió, rodando por el reducido espacio de la cabina.
—Siento que me han quitado un peso enorme de encima, no puedes hacerte una idea. Y no, no estoy enfadada con Poe, pero… Bueno, sí que lo estoy, ¿vale? No se ha portado bien conmigo.
BB-8 dejó caer su cabeza hacia delante, haciendo un ruido grave y triste.
—No te disculpes. Tú no tienes la culpa. Ya sabes que… oye, ¿qué es eso?
Algo captó la atención de Rey, más allá de los cristales de la cabina.
Cuando la chica se echó hacia delante para comprobar de qué se trataba, descubrió una nave que cruzaba el cielo crepuscular de Naboo. Y al verla, algo en su interior la avisó de que era de la nave enemiga que se dirigía hacia Monte Gallo para acabar con sus amigos. Algo que, por supuesto, no iba a permitir. Tomó de nuevo los controles y reformuló la trayectoria del Halcón.
—BB-8, tenemos compañía. Agárrate fuerte —le advirtió a su amigo. Después activó el comunicador para recuperar la conexión con sus aliados—: Finn, creo que he encontrado a los soldados de la Primera Orden.
—¿Dónde estás?
—No lo sé. Te mando las coordenadas. Voy a por ellos.
—¡Espera Rey…!
La chica cortó la comunicación antes de que el otro terminara de hablar; no quería que nada la distrajera ahora. Activó de nuevo los escudos y aceleró en dirección a sus enemigos.
En cuanto la otra nave la vio, hizo una maniobra evasiva para escapar. El enemigo estaba a bastante distancia, pero el Halcón era más rápido y Rey sabía que los alcanzaría tarde o temprano, puesto que el escudo de Naboo seguía activo y no podían abandonar el planeta.
Pero de forma inesperada, la nave siguió ascendiendo por el cielo naboonés sin que nada detuviese su camino, hasta alcanzar la parte superior de la atmósfera y desaparecer tras el escudo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular.
No sabía si lo había visto bien o se trataba de un truco óptico para despistarla. Así que pilotó el Halcón hasta alcanzar el mismo punto por el que había desaparecido el enemigo. Y al llegar descubrió que alguien había abierto una brecha en el escudo usando inhibidores de campo.
—¡Maldita sea! —masculló.
El agujero no era muy grande, pero sí lo suficiente para que pasara por él una nave de carga como era el Halcón.
Rey siguió avanzando y cuando finalmente salió de la atmosfera, localizó a la nave enemiga en su radar. Se había alejado y alcanzarla sería difícil. No quería alejarse de Naboo porque sus amigos seguían allí y podía haber más soldados de asalto; por no hablar de que había un agujero en el escudo y tenía que arreglarlo de algún modo. Por eso decidió que lo mejor que podía hacer era regresar e informar a las autoridades de la existencia de la brecha.
Sin embargo, justo en el momento que empezaba a virar, el primer destructor estelar apareció de la nada, con un ruido infernal que le perforó los tímpanos.
Y no fue el único.
Le siguió otro, y luego otro, y más tarde dos más.
Y antes de que pudiera darse cuenta, el espacio que rodeaba Naboo se vio envuelto por centenares de cazas TIE que emergían de las entrañas de los destructores.
Rey sintió un pellizco en el estómago. Trató de acelerar para alcanzar la brecha y regresar a Naboo; destruir los inhibidores de campo era la única manera de salvar el planeta e impedir la entrada de los enemigos. Pero antes de conseguir su objetivo, algunos cazas TIE se interpusieron en su camino.
—¡BB-8 los cañones, rápido! —gritó, mientras ella se volvía hacia la silla del copiloto una vez más para controlar el escudo del Halcón. Los enemigos estaban por todas partes así que no podía concentrarlo en un solo punto, necesitaba cobertura general, aunque aquello significase una defensa menos sólida.
Cuando los cañones estuvieron listos, abrió fuego contra los enemigos. Uno de los TIE perdió un ala y zozobró hasta estrellarse contra el escudo de Naboo. El otro respondió al fuego y Rey tuvo que hacer una maniobra evasiva.
Gruñó entre dientes, mientras echaba un vistazo al radar: estaba completamente rodeada.
Siguió disparando para abrirse camino entre sus enemigos. Podía hacerlo, lo había hecho antes; ella era la mejor a los mandos de esa nave. Solo necesitaba concentrarse.
Derribó varios enemigos y escapó de los cañones de tantos otros. El escudo protector estaba ya muy cerca y su salvación al alcance de la mano.
Pero entonces, un disparo láser que no había percibido impactó en la parte lateral de la cabina.
Rey salió disparada de su silla porque no se había abrochado el cinturón para tener libertad de movimiento y alcanzar la parte del copiloto. El golpe contra el suelo la dejó aturdida y por esa misma razón no vio venir el segundo cañonazo, que hizo retumbar la cabina como si fuera a estallar. BB-8 rodó por el suelo y ella se golpeó contra la pared otra vez. Y aunque el fuselaje resistió, una plancha de metal que cubría la parte interior de la cabina se desprendió.
El grito desgarrador de Rey inundó el Halcón cuando la chapa aplastó su brazo derecho y se le clavó en el abdomen.
Atrapada bajo la chatarra, gimió de dolor y de impotencia.
Miró en derredor buscando la manera de escapar, pero no la encontró. Aunque intentara apartarla, la chapa era demasiado pesada y se había calvado a su cuerpo con saña.
Un pensamiento inconexo cruzó su mente: al menos los TIE habían dejado de disparar. Trató de ver qué ocurría más allá. ¿Qué era eso? ¿Naves aliadas? Necesitaba salir de allí cuanto antes.
Intentó levantar la plancha metálica usando la Fuerza. Sin embargo, el dolor era tan agudo que le nublaba la razón y le impedía concentrarse. Tras un par de intentos cerró los ojos, rindiéndose a la evidencia.
Su pensamiento voló hasta Kylo. Se dio cuenta de que estaba asustada y lo necesitaba a su lado. ¿Por qué lo había apartado de su lado durante todo ese tiempo?
—Ben… —susurró, sintiendo como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas—. Ayúdame… por favor.
Y antes de que la oscuridad de la inconsciencia se la tragara por completo le pareció ver como él se materializaba a su lado y la tomaba en brazos.
