Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


Capítulo 26 – Callando

Jasper despertó a la mañana siguiente con la garganta hecha un nudo y la almohada húmeda justo bajo sus ojos. Había creído ingenuamente que la noche daría fin a uno de los peores días de su vida y que el alba traería un poco de paz a su corazón herido, pero se había equivocado una vez más. Al parecer siempre se equivocaba últimamente.

El rostro de Alice acudió a su mente, refrescándole el sueño que había hecho brotar las lágrimas de sus ojos. La había soñado feliz, bailoteando por los jardines del palacio con un cesto de rosas y tulipanes en la mano y la sonrisa pintada en el rostro. Pero también se había soñado a él, tratando de acercarse a ella y viéndola alejarse cada vez más.

¡Ali, ven! —le había gritado en su sueño. Pero ella se había alejado entre risas.

¡No quiero, no me agradas! —había dicho ella con su mágica sonrisa, como si le diera lo mismo hacerle sufrir o no—. ¡Vete, vete de aquí! ¡Esta es mi casa ahora, no te quiero en ella!

Justo como le había dicho su tío Félix el día que lo había echado a la calle, tantos años atrás.

El joven guardia hundió la cara en la almohada y se llevó los puños apretados a la cabeza, conteniendo con todas sus fuerzas los deseos de llorar. ¿Por qué le pasaba siempre lo mismo? ¿Qué había hecho tan mal para que las personas de las que dependía su felicidad nunca pudieran quedarse en su vida?

Pensar que él había creído que ella le correspondería. Pensar que la había imaginado saltando a sus brazos y entregándole su alma, como él le había entregado la suya aunque no valiera un penique. Pensar que había creído que esta vez la dicha sería eterna.

Disgustado con su propia debilidad, el muchacho se levantó del lecho de inmediato y se secó las lágrimas con las manos ajadas antes de tomar sus prendas y vestirse rápidamente. Era temprano, demasiado temprano para comenzar su faena en las caballerizas, pero nada sería capaz de distraerlo más que el trabajo.

Salió presuroso de su alcoba y atravesó con paso firme el oscuro corredor hasta llegar al comedor del área de servicio, tan silencioso como el resto del castillo. Rodeó entonces la ancha mesa sobre la que tomaban las comidas y se internó en la cocina, donde halló a Charlotte sola, sacudiendo un paño sobre unos panes recién horneados para enfriarlos más rápido.

—Buenos días —saludó el joven como pudo, sobresaltando a la cocinera con su inesperada presencia.

—Oh, Jasper, eres tú —se llevó una mano al pecho y respiró aliviada—. Me asustaste, nadie se levanta a estas horas. Es muy temprano.

—Lo sé.

—¿Has dormido bien? Tienes los ojos hinchados —notó la buena señora, clavándole una mirada sospechosa al tiempo que fruncía el entrecejo. Llámese instinto maternal, llámese fisgoneo, a Charlotte nada le pasaba desapercibido.

—Sí... no... No he dormido muy bien. Escuché algunos ruidos fuera y estuve mucho rato atento a ellos por si acaso—mintió. No quería decirle que había estado despierto por horas pensando en Alice, mucho menos que la hinchazón de sus ojos era mayormente producto de las lágrimas que había derramado en sueños por ella—. Pero al parecer sólo eran ratas. Y ya luego me desvelé y no logré conciliar el sueño otra vez.

—Ya veo. Aquí está lleno de ellas, ya debes saberlo. Creo que hay más ratas que personas—comentó Charlotte con una mueca de descontento, y luego cambió de tema—. Pero dime, ¿tú ya tienes hambre? Aún falta un buen rato para el desayuno.

—Sí, lo supuse —murmuró, y después de un instante de pasear la mirada por la mesada se animó a pedir lo que quería—. ¿Puedo llevarme uno de éstos para comerlo después? —preguntó, señalando los panes.

Charlotte miró en su dirección con un dejo de confusión en el rostro, pero se limitó a contestar sin cuestionamientos.

—Claro, por supuesto, siempre horneo de más.

—Gracias —el guardia inclinó la cabeza y tomó uno de la bandeja más alejada, guardándoselo en el bolsillo del sobretodo. Por un segundo el gesto inconciente le recordó aquél corto tiempo que había vivido en la calle antes de enlistarse en el ejército. En su pueblo, las mujeres solían poner las bandejas recién salidas del horno junto a la ventana para que enfriaran más rápido, y más de una vez el hambriento Jasper se había robado un pan o algún bollo y lo había guardado en el bolsillo de su abrigo antes de salir corriendo. Quién sabe, tal vez fueran esos estúpidos hurtos los que la vida le estaba cobrando ahora. Un par de panes a cambio de un corazón partido al medio. Fantástico negocio había hecho.

Charlotte lo vio hacer una mueca y girar en sus pasos, y cuando notó que estaba por marcharse lo llamó de nuevo.

—¿Adónde vas?

Jasper ni siquiera volteó. Quería alejarse de allí cuanto antes. Sabía que si se quedaba, si por casualidad Charlotte volvía a mirar en sus ojos y descubría su tristeza, no tendría escapatoria. Porque ella, con sus buenas intenciones, le preguntaría qué le ocurría. Y cuando él mintiera y le dijera que todo estaba bien, ella replicaría que no era tonta, que lo había visto el día anterior sentado al extremo de la mesa, muy lejos de Alice, Rosalie y Benjamin, comiendo en silencio y sin poder levantar la mirada del plato siquiera. Entonces lo indagaría hasta hacerle confesar, y Jasper ya no sabría cómo continuar con su día sin volver a hundirse en la desdicha.

—A las caballerizas —contestó rápidamente, sin siquiera detenerse en sus pasos.

—¿Ahora?

—Sí. Hay una yegua preñada que está por parir, quiero asegurarme de que todo esté bien —mintió una vez más.

—Pero estarás de vuelta para el desayuno, ¿no es así?

—Sí —respondió por último, y desapareció presuroso por la puerta de salida.

Otra mentira. No volvería para la hora del desayuno, eso lo tenía claro. De hecho, si se había guardado un pan en el bolsillo era para tener algo que comer durante la mañana, y evitar así tener que compartir la primera comida del día con Alice. Mejor escaparse como el cobarde que ella creía que él era, y no quedarse a ver el modo en que la mirada de su compañera destilaba veneno cuando se percataba de su presencia. Menos disgusto para ella, menos sufrimiento para él.

Con la frente forzadamente en alto, el muchacho ahogó un suspiro y recorrió el tramo hasta la puerta principal, agradecido de no ver más que algún que otro guardia levantado a esas horas. Salió del imponente castillo cruzando algunas inclinaciones de cabeza que fueron devueltas por otros de su mismo rango, y emprendió así el camino hasta las caballerizas.

Aquella media milla no fue fácil de caminar para Jasper. En su corazón, el invierno había llegado anticipadamente, pintándolo todo en tonos oscuros y lúgubres. Hubiera sido reconfortante ver que el mundo exterior lo acompañaba en su sentimiento, azotando los campos con ráfagas de viento helado, llenando el cielo de nubes negras, cargándolas de agua hasta desgarrarlas y hacerlas llorar sobre su cabeza. Pero no. Jasper moría por dentro, y el mundo seguía tan espléndido como siempre. El sol ya asomaba por el horizonte, despertando a las flores de estación y comenzando a entibiar el fresco aire de otoño. Y las aves cantaban alegres, como si hubiera algo que festejar.

Apurado como estaba por escapar de aquella vista tan hirientemente bella y colorida, llegó a las caballerizas en menos tiempo del acostumbrado. Más de un animal lo miró con recelo cuando se sentó sobre un fajo de paja y sacó el pan del bolsillo de su viejo sobretodo gris.

—¿Y a ti que te pasa? —preguntó al malhumorado Endiablado mientras le pegaba un mordisco a su escaso desayuno—. No eres el único que tiene hambre, ¿sabes?

El mañoso caballo le contestó con un relincho y dio media vuelta, sacudiendo la cola como si Jasper fuera una mosca a la que quisiera sacarse de encima.

El guardia acabó con el pan en pocos minutos y se decidió a comenzar con las labores del día antes de que los malos pensamientos se volvieran más insistentes. Tomó un saco de avena y otro de maíz, y por tandas llenó los comederos de granos, ganándose nuevamente la atención de los animales.

—¿Ya ves? No te olvidé, sólo tenías que aguardar un poco —palmeó el cuello de Endiablado, pero éste le apartó la cabeza de mala gana antes de hundir el hocico en su comida. Definitivamente era el animal con más personalidad de todo Aguamarina. Una personalidad no muy agradable.

Jasper frunció el ceño ante tamaño gesto de desagradecimiento y bufó exasperado.

—Sí, claro, enójate conmigo —tomó los sacos y se alejó disgustado—. Qué más da, si igual todos me dan vuelta la cara. Uno más no hará la diferencia.

Dejó caer las bolsas junto a los demás costales, y sin quererlo su mirada se topó con uno repleto de manzanas. Era la golosina favorita de los caballos, un premio que recibían cuando obedecían correctamente las órdenes.

Jasper aún tenía hambre, y aquella fruta lucía muy apetecible a esa hora de la mañana. Se dijo que no sería correcto tomar una para él sin pedir permiso antes, pero pronto cambió de parecer. La última vez que había pedido permiso para tomar algo, había cortado aquellas flores para Alice y se había ganado los peores insultos de su vida. Evidentemente pedir permiso no servía de nada.

Convencido de que la economía del Reino no caería a pedazos por una manzana, tomó una y la lustró contra su abrigo para sacarle la suciedad. Cuando se la llevó a la boca, la mirada del pequeño Granizo lo buscó con insistencia.

—Tú no puedes comer esto, muchacho —le dijo—. Aún no has cambiado los dientes.

El potrillo no pareció entender, porque continuó mirándolo y estirando el cuello en su dirección. Jasper notó entonces que no buscaba la manzana, sino la mano que tenía libre. La acercó a su cabeza mientras mordisqueaba la fruta, y sintió una cosquilla en el pecho al ver que el caballo restregaba la parte superior del hocico contra su palma, como invitándolo a acariciarlo.

—Ah... ¿Quieres un poco de cariño, no es así? ¿Extrañas a... Alice?—le dijo con el corazón encogido, y palmeó amistosamente su cabeza antes de exhalar un hondo suspiro.

En efecto, antes del altercado con la Princesa María por el tiempo que le robaba a su guardia, Alice solía aparecerse una o dos veces por día en las caballerizas para ver a Granizo. Pero hacía semanas que sus visitas se habían vuelto escapadas muy esporádicas, y desde que había peleado con Jasper no había vuelto a poner un pié en el lugar.

—Lo sé... —asintió amargamente, acariciándole el hocico.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas una vez más, y se sintió impotente al notar lo débil que se había vuelto desde que se había enamorado de Alice. Antes no lloraba. Tensaba la mandíbula, tragaba saliva y se obligaba a poner la mente en blanco, porque un verdadero caballero no debía derramar una sola lágrima si quería ser considerado como tal. Ahora seguía los mismos pasos, pero ya no funcionaban. Amar a Alice y comprender el sentido de la esperanza lo había sensibilizado más que cualquier otra cosa, más incluso que los años en el campo de batalla. Poner la mente en blanco ya no era posible, porque Alice ocupaba cada pensamiento. Poco a poco, sin pedir permiso, se había colado en su vida y lo había invadido todo, convirtiéndose en el único futuro posible para él. Se había vuelto su todo, y lo había dejado sin nada. Y aún así, destrozado por su causa, la amaba, y tristemente lo seguiría haciendo.

—También la extraño —murmuró.

Una lágrima escapó de su agarre y rodó por su mejilla. Una más para su colección. No llegó a secarla siquiera, porque súbitamente la voz del pequeño Benjamin atravesó las puertas del establo y lo llamó a todo pulmón, haciéndolo girar sobresaltado.

—¡Señor Jasper! ¡Señor Jasper! Pregunta la Señora Charlotte si va usted a... venir a desayunar —terminó la frase lentamente, frunciendo el entrecejo al ver los ojos humedecidos del guardia—. ¿Qué le pasa, Señor?

Jasper se secó las lágrimas con el puño del sobretodo y sacudió la cabeza rápidamente.

—Nada, Benjamin, todo está bien. Dile a Charlotte que no podré ir, tengo mucho trabajo aquí.

Las palabras del de Pasos Blancos entraron por un oído del niño y salieron por el otro sin más.

—¿Pero qué le pasa?

—No me pasa nada.

—Tiene los ojos rojos.

—No, no tengo los ojos rojos, Benjamin.

—Se los estoy viendo —el niño lo apuntó con su pequeño y acusador dedo índice, y Jasper lo miró con el ceño fruncido.

—Pues estás viendo mal.

—No estoy viendo mal, tiene los ojos rojos —insistió.

—No.

—Y aguados.

—No es cierto.

—Usted me está mintiendo.

—No es así.

—¿Ha estado llorando?

—¡No, Benjamin, no he estado llorando!

Exasperado por la inquisición del niño y por su propio malestar, el de Pasos Blancos arrojó la manzana a medio morder contra el extremo opuesto del recinto, la cual cayó al suelo y fue rápidamente capturada por un más que astuto Endiablado.

El niño se quedó congelado de miedo y confusión. A punto estuvo de echarse a correr lejos de allí, pero entonces vio a Jasper sentarse sobre el fajo de paja y esconder el rostro en sus manos callosas, completamente derrumbado.

—... Ahora sí está llorando, ¿no es así? —preguntó algo temeroso.

El guardia no se movió. Sólo suspiró agotado, y su voz se coló entre sus largos dedos.

—Vete, Benjamin. Dile a Charlotte que iré más tarde.

El muchachito se debatió entre hacerle caso y retirarse, o quedarse y averiguar qué le ocurría a ese hombre a quien ya consideraba su amigo. Un amigo grande que le enseñaba cómo debía comportarse si quería pertenecer a la guardia del Rey cuando fuera mayor, y que le contaba más historias de batallas y caballeros de las que Rosalie podía inventar.

Avanzó unos pasos, retrocedió otros tantos, y finalmente volvió hacia adelante, hasta plantarse al lado de Jasper con la frente en alto, la espalda recta y los brazos a los costados, cual soldado a las órdenes de su comandante.

—No me puedo ir, Señor.

El de Pasos Blancos alzó la mirada, la frente surcada de finas líneas, y sin pronunciar una palabra esperó una explicación por parte del niño.

—Usted es mi amigo, y los amigos se ayudan —dijo Benjamin con la mayor seriedad de la que podía disponer un hombrecito de nueve años—. Cuando Su Alteza María me mandó a pegar, usted me ayudó. Ahora lo voy a ayudar yo a usted —sentenció.

Aunque no le sobraran deseos de mostrarse entero, el rubio guardia no pudo evitar la diminuta sonrisa que escapó espontáneamente de sus labios.

—Eres muy amable, y un digno caballero y amigo, Benjamin —le dijo, sabiendo que para el niño era importante sentir la estima de un hombre varios años mayor—. Pero no puedes ayudarme.

Contrariamente a lo esperado, el hermano de Rosalie frunció el ceño, mostrándose ofendido.

—¿Y usted cómo sabe que no puedo ayudarlo?

Jasper ahogó una pequeña risa. Cómo desearía volver a tener nueve años como él. Sentirse feliz y amado; fuerte, valiente y tenaz. Invencible, aún cuando el mundo pareciera caerse a pedazos. Era una lástima que la vida lo hubiera desarmado de esa manera, que lo hubiera convertido en un hombre de pasado olvidable y sueños rotos. Una lástima que al crecer sólo hubiera conocido de su tío la avaricia, de la guerra el odio y la desesperanza, y del amor el rechazo.

Bajó la mirada un instante antes de responder. Ojalá a Benjamin no le ocurriera lo mismo que a él.

—Porque es un problema de gente adulta.

—Yo ya soy grande, Señor Jasper. No tengo cinco años.

—Tienes nueve.

—Nueve es bastante.

—No lo suficiente como para que entiendas lo que me ocurre.

Benjamin frunció el ceño aún más que antes. Si había algo que le molestaba era que lo hicieran a un lado por su corta edad.

—Eso no lo sabe. Yo comprendo todo, pero no puedo hacerlo si no me dice de qué está hablando.

Una vez más, Jasper sonrió y asintió levemente con la cabeza. Había que admitir que el niño, además de perseverancia, en este caso tenía razón.

—Estás en lo cierto.

Benjamin lo tomó como un gesto de conformidad y, sin esperar invitación, se sentó en el piso al lado de Jasper, apoyando la espalda contra un saco de avena. El de Pasos Blancos alzó las cejas al ver lo rápido que se había puesto cómodo, pero no dijo nada.

—Entonces dígame, ¿por qué está triste?

El guardia alzó la mirada al techo de las caballerizas y exhaló profundo, rogando al Cielo que contarle sus problemas amorosos a un niño de nueve años fuera una decisión más sabia de lo que aparentaba.

—Si te digo, tienes que prometer que no lo hablarás con nadie. Ni siquiera con tu hermana.

—De acuerdo.

—Júralo por el escudo de Aguamarina.

—Lo juro, Señor. Palabra de caballero.

—Bien —asintió Jasper.

—¿Por qué está triste? —preguntó de inmediato una vez más. Benjamin sí que no perdía el tiempo.

—Bueno... Sucede que... —el guardia tragó saliva, sintiendo en el pecho una puntada de vergüenza y angustia que no sabía cómo disimular delante de su menudo confidente—... Se trata de Alice. Se ha enojado mucho conmigo, y ya no quiere verme ni hablar conmigo.

—¿Alice? —preguntó el muchachito, sumamente extrañado—. Alice nunca se enoja.

—Pues conmigo sí.

—¿Y usted qué le hizo? —la mirada de Benjamin pasó de una cómplice a una acusatoria. Aunque le tenía buena estima a Jasper, mucho más apreciaba a la doncella de Isabella, a quien conocía desde que tenía memoria y quien había jugado con él incontables veces—. Mire que también Alice es mi amiga.

—Yo no le hice nada.

—Lo siento, Señor, pero no le creo. Rose a veces se enoja por nada, pero Alice no —repitió el niño, incrédulo—. Usted ha de haberle hecho algo feo para que no quiera hablarle.

—No, yo... Bueno, yo no quise...

—¿Ya ve? Le hizo algo feo, ¿no es así?

—No, yo no... Yo sólo, sólo le dije que, le hice saber que... —tragó saliva otra vez, preguntándose qué tanto podría entender un niño de su situación. Tal vez no había sido buena idea hacer a Benjamin partícipe de esto, pero lo hecho, hecho estaba. Ahora tenía que contárselo—. Le hice saber que yo estaba... que estoy... enamorado de ella. Y a ella no le gustó saberlo.

Benjamin se quedó en silencio un instante, casi como ausente, pero segundos después se reincorporó a la conversación con una expresión de madurez y comprensión en el rostro.

—Oh... Ahora entiendo.

Jasper oyó su respuesta y lo miró más que extrañado. Si había algo que no esperaba era que ese muchachito lo entendiera.

—¿En verdad comprendes?

—Sí —asintió enérgicamente el niño—. A mí me ocurrió lo mismo una vez.

Ahora sí que las cejas de Jasper se elevaron hasta las nubes, sus ojos celestes vueltos un par de botones de zafiro.

—¿A ti? ¿Tú te has enamorado?

—Sí, una vez, y también se enojaron conmigo. La Señora Charlotte me regañó mucho.

—¿La Señora Charlotte? —.El guardia de María no halló la forma de disimular la confusión que sentía ante las palabras de Benjamin—. Discúlpame pero no comprendo.

—¡Ajá! ¿Ya ve? Usted creyó que yo no lo entendería, pero usted entiende menos que yo.

—Pues explícate para que te entienda.

—De acuerdo, de acuerdo, no se moleste conmigo que estoy tratando de ayudarlo —le recordó el niño—. Sucedió hace unos meses, en un baile Real. La Señora Charlotte había horneado unos pastelitos de mora deliciosos para los invitados y los había dejado sobre la mesada de la cocina para que enfriaran. Yo le aseguro que no quise hacerlo, Señor, pero olían riquísimo, y los pastelitos de mora son mis favoritos en todo el mundo y el universo. Así que agarré uno y me lo comí. Y como estaba muy sabroso luego me comí otro. Y luego otro. Y creo que uno más también. Y me manché toda la cara, y las manos, y las ropas también. Y entonces llegó la Señora Charlotte y me atrapó, y entonces puso el grito en el Cielo y me dio un tirón de orejas, y Rose también se enojó y me dejó sin postre por un mes. También lloré mucho, así que entiendo cómo se siente, Señor Jasper.

El mencionado guardia lo miró con los ojos agigantados por la confusión. ¿A qué venía aquella anécdota completamente fuera de lugar?

—Benjamin... ¿Serías tan amable de explicarme qué cuernos tiene que ver eso con mi problema con Alice?

—No sea grosero, Señor Jasper.

—Lo siento, pero realmente no entiendo por qué me has contado esa historia.

—Porque usted dijo que Alice está enojada con usted porque usted se enamoró.

—¿Y?

—Y que la Señora Charlotte también se enojó conmigo porque me enamoré.

—¿En qué momento te enamoraste?

—Si será distraído, Señor. ¡Se lo acabo de explicar! La Señora Charlotte me atrapó con las manchas de dulce, y entonces se dio cuenta de lo que había hecho y se enojó.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¡Por favor, Señor Jasper, ponga un poco de atención! —se exasperó Benjamin, moviendo los bracitos para todos lados—. ¿No le digo que los pastelitos eran de mora, y que me quedaron las manos y la cara y las ropas cubiertas de mora? ¡Estaba todo ena-morado!

Entonces sí Jasper se quedó con la mandíbula colgando, y no supo si echarse a reír o reprender al niño por tanta pavada.

—Benjamin, estar enamorado no tiene nada que ver con estar cubierto de mora.

—¿Cómo que no?

—No.

—¿Está usted seguro? ¡Pero si la palabra lo dice bien claro! ¡Enamorado, es evidente que está hablando de alguien que está en las moras!

—No, Benjamin. Enamorado no proviene de la palabra mora, sino de la palabra amor. Una persona está enamorada cuando siente un amor muy grande por alguien más.

—Pues es lo mismo, yo siento un amor muy grande por los pastelitos de mora.

Jasper se llevó una mano a la cara mientras sacudía la cabeza en señal de resignación.

—No es lo mismo —intentó explicarle por enésima vez—. ¿Qué acaso no has oído esos cuentos de los príncipes que rescatan princesas y se enamoran de ellas?

—No —contestó Benjamin con cara de disgusto—. Los cuentos de princesas son para niñas. A mí me gustan los cuentos de guerreros y dragones y aventuras.

El de Pasos Blancos asintió en silencio, para luego alzar la vista al Cielo una vez más y exhalar otro suspiro. ¿Quién demonios le había mandado a contarle sus penas de amor a un niño?

—Bueno, entonces yo tenía razón, no puedes ayudarme.

—No, espere, explíqueme lo que es y entonces lo ayudaré.

Jasper estuvo a punto de decirle que no, que era demasiado complicado de explicar, pero al ver el rostro expectante de Benjamin y las ganas que tenía de sentirse útil, no pudo hacerlo. No quería decepcionarlo.

Entonces bufó, pidiendo paciencia a los ángeles, y luego miró al niño y asintió de nuevo.

—De acuerdo, te lo explicaré de la manera más simple que pueda. Estar enamorado quiere decir que has encontrado una persona por quien sientes un cariño especial, más fuerte del que puedes llegar a sentir por el resto, ¿comprendes?

—Yo siento un cariño más fuerte por los pastelitos de mora que por los de chocolate y crema.

—Eso no es cariño, Benjamin, eso es gula —replicó el de Pasos Blancos, perdiendo la paciencia—. Yo estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de pensar en alguien a cada minuto de cada día, de querer tener a esa persona lo más cerca posible, porque si no estás con ella sientes que el día pierde sentido y se hace eterno.

—A mí ese mes sin postre se me hizo eterno —murmuró el niño rememorando su experiencia, la cual para él no difería en nada de la de Jasper.

—Olvídate del postre, no estoy hablando de eso. Piénsalo como un cosquilleo en el estómago que te da cuando estás cerca de ella.

—¿Como un crujido de hambre? A mí me pasa lo mismo.

—No, no, no un crujido de hambre. Un cosquilleo de ansiedad, de emoción de estar con ella. Sientes que tu mundo se detiene con sólo verla, que tu felicidad está atada a su presencia, que tu corazón estalla de emoción con tan sólo rozar su mano con la yema de tus dedos...

—Yo comencé hundiendo sólo la yema, pero acabé comiéndome el pastel entero a dos manos.

—No, Benjamin —Jasper se restregó la cara con las manos.

—¿Usted se quiere comer a Alice? Por eso será que está enojada...

—¡No, Benjamin, no quiero comerme a Alice! —estalló el guardia, exasperado—. No estoy hablando de pasteles, estoy hablando de personas. Las personas se enamoran de otras personas, no de comidas. No puedes casarte con un pastel de mora o tener niños con un pastel de mora.

—¿Usted quiere casarse con Alice y tener niños con ella?

Aunque sabía de sobra la respuesta, la pregunta de Benjamin lo agarró totalmente desprevenido. Era sorprendente lo rápido que ese niño podía pasar de decir tonterías a darle en el clavo.

Jasper tragó saliva y se rascó la nuca, sus dedos tironeando de la base de sus rizos dorados.

—Quisiera, pero ella no quiere.

—Oh... ¿Y por eso se enojó con usted?

—Sí.

Benjamin esbozó una sonrisa de oreja a oreja, y Jasper lo miró frunciendo el ceño.

—¿Por qué te alegras? —preguntó molesto.

—Porque por fin entendí —explicó el niño como si fuera algo obvio—. Usted está triste porque Alice se enojó con usted porque no quiere que usted quiera casarse con ella y tener niños con ella, ¿no es así?

—Eso creo —balbuceó Jasper, ya mareado de tanto palabrerío.

—Bueno... ¿Y por qué no se pone morado con alguien más?

—¿No se qué?

—No se pone morado... Eso que usted dijo, del crujido en el estómago y la yema de los dedos...

Enamorado, Benjamin —casi rió el guardia, ya resignado.

—Eso. ¿Por qué no se pone enamorado con alguien que no sea Alice? Pero que no sea Rose, para niños ya me tiene a mí.

—No es tan fácil, pequeño. Estoy... Estoy muy enamorado de ella... No puedo pensar siquiera que no vaya a ser mi mujer. Era con quien yo quería pasar el resto de mi vida.

El semblante de Benjamin se ensombreció, y sus pequeños ojos bajaron hasta el suelo, perdiéndose entre la paja con la que jugaba distraídamente.

—Como mi mamá. Yo quería pasar el resto de mi vida con ella.

Al de Pasos Blancos le costó no formar nuevas lágrimas en sus ojos al oír esas palabras. Si había alguien que podía entender a Benjamin en ese aspecto, era él.

Entonces tragó saliva para disolver el nudo en su garganta, e hizo lo que hubiera querido que alguien hiciera con él cuando perdió a su madre y se quedó solo.

—Lo sé —le dijo con la voz aterciopelada, pasando un brazo por sobre sus menudos hombros y despeinando sus cabellos en un gesto digno de un hermano mayor.

—¿Rose le contó?

—No, pero yo tampoco tengo a mi madre, así que comprendo cómo te sientes —aseguró—. Pero tienes a tu hermana que te ama como si fueras su hijo, y tienes a tus amigos con los que siempre puedes contar. Y seguramente algún día, cuando seas mayor, conocerás a una mujer con quien querrás pasar el resto de tus días de allí en adelante; y si tienes más suerte que yo, también ella querrá pasar su vida contigo, y podrás tener tu propia familia.

—¿Y si me rechaza como a usted?

Jasper sonrió tristemente y se encogió de hombros.

—En ese caso podrás venir a hablar conmigo, y te ayudaré lo mejor que pueda.

El niño analizó la sugerencia un momento y la consideró lo suficientemente aceptable. Al menos no sería el primero con ese inconveniente.

—De acuerdo —asintió, y dejó a un lado sus posibles futuros problemas para ocuparse una vez más de los de su amigo mayor—. Entonces, ¿en qué puedo ayudarlo, Señor Jasper? ¿Quiere que le pregunte a Alice por qué no se ha puesto morada por usted?

—No, Benjamin, ya te lo dije, no quiero que hables con nadie de esto, mucho menos con Alice.

—Pero puedo convencerla...

—Si no la convencí con flores y una carta de amor, estoy seguro de que nada la convencerá.

—¿Probó regalándole un pastelito de mora?

—No, Benjamin, pero...

—¡Pues por eso no quiere casarse con usted, Señor! Regálele un pastelito de mora y prométale que le regalará uno todas las semanas, con eso aceptará seguro.

Jasper sacudió la cabeza y lo tomó suavemente por los hombros.

—Escucha, Benjamin. Alice no... Alice no me quiere. Si no me quiere, no hay nada que podamos hacer para cambiarlo. Ella no se enamorará de mí sólo porque tú o yo o alguien más se lo pida, así como yo no podré dejar de amarla sólo porque sea lo más conveniente. Los sentimientos no responden de esa manera, no se pueden cambiar con tan sólo proponérselo uno. ¿Tú podrías dejar de amar a tu madre o a tu hermana así como así?

—No, claro que no.

—¿Y podrías amar a Su Alteza María porque yo te lo pida?

—No, lo siento pero no, Señor. Ella es mala, me quiso pegar.

—Pues ya ves. Lo que sientes no se puede forzar, no importa cuánto lo intentes. Yo no puedo forzar a Alice a amarme. Tengo que respetar sus sentimientos, ¿comprendes?

Benjamin asintió de mala gana, y Jasper soltó sus hombros para volver a despeinar simpáticamente sus cortos cabellos.

—¿Entonces no lo puedo ayudar? Yo quería ayudarlo.

—Lo has hecho, me has ayudado mucho —le aseguró el guardia, y no mentía—. Me he sentido muy solo desde que Alice se enojó conmigo. Necesitaba desahogarme, y tú me has prestado tu oído para escuchar mis problemas. En verdad te lo agradezco, Benjamin. Eres un gran amigo.

Ahora sí el niño sonrió con pleno orgullo, y se puso de pié de un salto sintiendo la satisfacción del deber cumplido.

—No hay de qué, Señor Jasper. Entonces le diré a la Señora Charlotte que usted está ocupado aquí, y que no podrá ir. Y le pediré que hornee unos pastelitos de mora.

—De acuerdo. Ve.

El muchachito salió corriendo y el guardia exhaló un suspiro, al tiempo que una diminuta y triste sonrisa se colaba entre sus labios. No estaba mal encontrarse cara a cara con la inocencia y conversar con ella de vez en cuando. Al menos le daba la esperanza de creer que aún quedaban rastros de verdadera bondad entre tanta hostilidad desperdigada por el mundo.

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Esa misma noche, apenas terminar la cena, James se retiró del comedor de servicio sin decir palabra y se dirigió a paso firme al salón de lectura, espacio donde la familia solía reunirse cada velada. El panorama que encontró fue de lo más variado.

El Rey Carlisle estaba disfrutando una complicada partida de ajedrez junto a su hijo menor e intercambiando algunas opiniones sobre filosofía clásica, asunto que a James le pareció completamente estúpido e irrelevante. Siempre había dicho que esas eran cosas de tontos idealistas. Teorizar sobre el ser y el saber no ganaría una batalla, ni llevaría a un reino a la gloria. Preguntarse por asuntos tan abstractos era malgastar el tiempo.

Junto a la chimenea, señora indiscutida del salón, la Reina Esme leía un viejo libro de poesía. Al parecer no estaba demasiado concentrada en ello, porque a cada momento miraba por el rabillo del ojo a Isabella, quien se había sentado justo al lado de la bandeja de bombones y, hundida en su propia lectura, ya estaba devorando con gusto el último que quedaba en la charola de plata. Esme no abría la boca, pero algo en su mirada y su sonrisa serena daba a pensar que la soberana de Aguamarina sabía algo que su nuera no, y que cautelosamente optaba por guardarlo para sí misma.

—Bella, esposa, ¿me convidas un chocolate? —pidió Edward mientras analizaba el tablero de juego.

La castaña mujer alzó la mirada del libro que tenía en sus manos y la dirigió hacia la bandeja que estaba a su lado, segura de que todavía estaría repleta. Pero la encontró vacía y, segura de que nadie más se había acercado a los pequeños manjares, se sonrojó como una amapola al saberse la única responsable de su "desaparición".

—¿U...Un chocolate, esposo?

—Sí, uno de los que tienes allí... —Edward volteó a verla, pero cuando se encontró con la charola vacía y la princesa con las mejillas rojas como fuego no pudo evitar que su mirada se llenara de asombro, por no decir inquietud—. Bella... Dime que no te has comido todos los bombones.

—No me he comido todos los bombones.

—¿Es cierto?

—No, pero tú me pediste que te lo dijera.

—¡Bella! ¿Te has acabado tú sola toda la bandeja?

—Ay, hijo, déjala que se dé el gusto si quiere —intervino Esme a favor de su amada nuera.

—No, madre, ¿es que no te das cuenta que no deja descansar a su estómago? Por eso aún no se recupera de lo de ayer.

—¿Ya vas a empezar de nuevo, Edward?

—Pero es que te va a hacer mal, Bella.

—No es cierto, tú te enojas porque sabes que acabaré como tu tía Esther, eso es lo que ocurre —los ojos de la princesa se llenaron de lágrimas, y ahí tuvo que ir su marido otra vez a consolarla, mientras el buen Rey Carlisle fruncía el ceño confundido y le preguntaba a su mujer qué diantres tenía que ver su querida y robusta hermana en todo eso.

James apartó la mirada de ese cuadro ridículo y centró su atención en quienes realmente le importaban. En un sector más retirado, el Príncipe Emmett lucía su mejor cara de sufrimiento contenido mientras escuchaba a María contarle las mil y un maravillas sobre los jardines en Pasos Blancos. Evidentemente ese no era el rostro de un hombre enamorado, ni siquiera interesado por la mujer que tenía a su lado.

El guardia apretó la mandíbula para no soltar la risa. Qué par de maniáticos. María era un total fastidio, y el Príncipe Emmett parecía un carro del que cualquiera podía tirar a su antojo. Más que sangre azul parecía tener sangre rosa, débil como una mujer, incapaz de tomar las riendas y darse cuenta de que era el heredero al trono, y de que podía tener medio mundo a su servicio con sólo chasquear los dedos. ¡Las cosas que haría James en su lugar! ¡Las tierras que conquistaría y los lujos de los que se rodearía, además del séquito de criados que tendría a su disposición y las filas de cortesanas con las que se acostaría! La imagen de ese príncipe torturado era graciosa de ver, pero también irritante. Era realmente indignante que, mientras él vendía su alma al diablo y se desvivía por alcanzar un mínimo de esa vida de ensueño, el Príncipe Emmett lloriqueaba por los rincones y desaprovechaba la oportunidad que le daba haber nacido en una cuna de oro y pedrería.

Claro que James no conocía los sinsabores de la vida del heredero. Sí que lo había aprovechado; lo había aprovechado todo. Pero todo se había desvanecido al encontrar algo que para él tenía más valor: el amor de Rosalie. Tenía más valor, porque no tenía precio. No lo había comprado, se lo había ganado, así como ella se había ganado su corazón.

Pero por supuesto, nadie comprendía en realidad, y a eso se debía la expresión desolada en su rostro. Aquel había sido un día espantoso. El Rey Carlisle lo había llamado a su despacho y había intentado por todos los medios entablar una conversación amena con él, pero su negativa a cancelar la boda había derivado en una discusión en la que, como siempre, ninguno de los dos había salido ganando. En un intento casi desesperado por pasar un tiempo a solas con su hijo y recuperar la cercanía que siempre habían tenido, el soberano lo había obligado a acompañarlo al día siguiente a recorrer el pueblo. Emmett había aceptado de muy mala gana, aduciendo que lo haría sólo porque era su deber como heredero, y que no pensaba abrir la boca en todo el trayecto. Y ese había sido el fin de la conversación.

Por si fuera poco, también con Edward había discutido. Su hermano menor lo había buscado con buenas intenciones, pero había cometido el grave error de decirle que tenía que seguir adelante y olvidarse de Rose. ¡Cómo había puesto el grito en el Cielo el mayor de los príncipes al escuchar tal sugerencia con semejante liviandad! Los peores insultos de su vida se los había dicho aquella mañana. Lo había acusado de restregarle en la cara su felicidad con su esposa, de pedirle estúpidamente algo que él mismo no podría hacer si ese fuera su caso, y de querer enseñarle cómo tomar sus decisiones cuando era sólo un hombre con puros derechos y ninguna obligación, paseándose de la mano con Bella mientras él tenía que cargar con el peso de Aguamarina sobre sus hombros. Por fortuna Edward conocía su explosivo temperamento, y si bien sus palabras no le habían alegrado, sabía que Emmett no tardaría en comprender que él sólo quería ayudarlo, y pronto estaría pidiéndole disculpas por su arranque emocional.

Ahora, llegada la noche, Emmett estaba tan cansado de discutir que se había resignado a sentarse a conversar con María, o mejor dicho, escuchar a María hablar, y asentir con la cabeza como si sus comentarios fueran de lo más interesantes. No tenía muchas opciones en verdad, siendo que a los hombres de la familia había jurado no dirigirles la palabra. O le dedicaba un tiempo a su prometida, que aunque fastidiosa no era la culpable directa de su estado anímico, o se comportaba como el peor de los caballeros y la dejaba sola mientras buscaba de qué hablar con su madre y su cuñada. No, definitivamente no tenía opción.

James los observó a la distancia, y cuando María desvió la mirada hacia donde él estaba, levantó las cejas para preguntarle en silencio si ya era hora de comenzar con lo pactado. La de Pasos Blancos apenas asintió, pero su movimiento fue captado a la perfección por el perceptivo guardia, quien inclinó la cabeza y se retiró nuevamente por donde había llegado.

Cuando regresó al comedor de servicio, la mayoría de los criados se habían marchado para cumplir sus últimas labores o simplemente retirarse a descansar. Sólo Charlotte y Rosalie quedaban en la cocina, fregando los platos sucios de la cena mientras Benjamin los secaba, esforzándose por seguirles el ritmo.

—Rosalie —la llamó con firmeza.

La doncella se dio vuelta con el ceño fruncido y el rostro tenso. James no le dirigía la palabra más que para molestarla, y aún en esos casos jamás la llamaba por su nombre. Se limitaba a decirle "doncella" o "criada", como si trabajara para él.

—¿Qué quieres? —preguntó la rubia muchacha, claramente incómoda—. Estoy ocupada.

—Deja lo que estás haciendo y sígueme. Su Alteza María quiere verte en los jardines en este momento.

Charlotte le clavó una mirada indescifrable, y Benjamin se limitó a observar al guardia con miedo mal disimulado mientras su hermana fruncía el entrecejo aún más.

—¿Por qué querría Tu Señora encontrarme en los jardines?

—No lo sé, doncella, pregúntaselo tú a ella si tienes las agallas. Yo sólo te estoy comunicando sus órdenes. ¿Vas a venir conmigo o no?

Rosalie tragó saliva, su corazón comenzando a palpitar nerviosamente en su pecho. Encontrarse a solas con María en las oscuras afueras del castillo era una situación digna de su peor pesadilla. Era poco probable que la princesa la citara para hablar amenamente de lo bellos que se veían los campos floridos por la noche. Algo quería de ella, o peor aún, contra ella. Nada bueno podía venir de una mujer que había intentado azotarla a ella y a su hermano sólo un mes atrás.

—Benjamin —se le ocurrió entonces, y estiró una mano para posarla sobre el hombro de su hermanito de modo protector—. Tengo que arropar a Benjamin, ya es su hora de dormir.

James le dedicó una sonrisa socarrona.

—Claro, por supuesto. Le diré a Su Gran Alteza, la heredera al trono de Pasos Blancos y Aguamarina, que tendrá que esperar a que la sirvienta termine con sus cosas para hablar con ella. Seguramente estará complacida de oírlo.

—No —lo detuvo Rose, sintiendo la impotencia de saber que no tenía escapatoria. Lo peor de todo, lo que más le incomodaba, era notar lo mucho que le temía a la prometida de su amante. Nunca había vivido con miedo a ser castigada, pero eso había cambiado rotundamente desde la llegada de María al castillo de Aguamarina. Más que enojo, más que celos, más que envidia, Rosalie le tenía miedo. Un miedo que le hacía dudar y trastabillar en sus palabras y en sus movimientos, un miedo que la obligaba a hacer cosas que no quería—. Iré.

—¿Y qué hay de mí? —preguntó Benjamin.

—Charlotte te llevará a dormir, yo iré después.

La cocinera asintió rápidamente, forzando una sonrisa para no preocupar al niño.

—Te contaré la historia del pastel mágico de Bernardo.

Benjamin asintió, aunque no muy convencido, y tuvo una extraña sensación cuando Rosalie lo besó en la frente y se fue detrás de James.

—Gracias, Charlotte.

—No hay de qué, linda—sonrió, pero no pudo evitar una última advertencia—. Ve con cuidado.

El guardia y la doncella se alejaron por el pasillo y salieron del castillo por una de las puertas de servicio. James señaló que el punto de encuentro era el campo de tulipanes, y allí se dirigieron en completo silencio. Rosalie caminaba rápidamente, restregándose los brazos con las manos y notando con desagrado que el ligero temblor de su cuerpo se debía más a la ansiedad que llevaba por dentro que al frío otoñal que corría libremente allí afuera. James le pisaba los talones, pero cada tanto miraba hacia la puerta principal del castillo para ver si María salía.

Pronto llegaron al pequeño campo, y allí se detuvieron a esperar. El castillo había quedado a una distancia de 200 metros, brillando a lo lejos en todo su esplendor.

—¿En dónde está Tu Señora? —preguntó Rose, sumamente incómoda de estar a solas con ese hombre tan desagradable.

—Ha de estar por llegar. Paciencia, doncella.

Por el rabillo del ojo, James vio a Rosalie cruzarse distraídamente de brazos, y cuando la oyó bufar decidió que era el momento de preparar el terreno.

—¿Sabes? —comenzó con una media sonrisa—. Para ser sólo una doncella maleducada, eres bastante atractiva.

Rosalie le clavó una mirada entre rabiosa y azorada, y James soltó una pequeña risa.

—¿Qué pasa, Rosalie? Es sólo un cumplido.

—Guárdatelos, no me interesa oírlos.

—Qué lástima —sonrió el guardia—. Y yo que pensaba decirte que enojada te pones aún más encantadora.

La joven frunció el ceño, mirándolo esta vez con gran enojo, casi con violencia.

—¿Quieres guardar silencio? No quiero escucharte.

—Deberías hacerlo. Te convendría, y mucho.

La expresión colérica en el rostro de Rosalie fue reemplazada por una de incredulidad.

—No hay ninguna razón por la que me convenga oír tus insolencias y tus groserías —replicó desafiante, y James se sonrió.

—Estás equivocada, Rosalie.

—¿Por qué me llamas por mi nombre?

—¿No has querido siempre que te llamen por tu nombre? Bien, lo estoy haciendo.

La doncella vio la soberbia escrita en su mirada y apretó los dientes.

—Eres un imbécil.

—¡Vaya, vaya! Parece que la criada tiene mal genio. Demasiado salvaje para un trabajo tan sumiso, ¿no crees?

—¿Quieres dejar de importunarme? No he venido aquí para hablar contigo.

La mirada de James se fijó en la gran puerta principal del castillo, y su vista de lince distinguió dos figuras recortadas contra la luz de la entrada. Una femenina, de estatura relativamente baja, y otra robusta y masculina: María y el Príncipe Emmett.

—No, pero es una buena oportunidad para que hablemos.

—Tú y yo no tenemos nada que hablar.

—Nuevamente, estás equivocada —sonrió el guardia—. Parece que no te has dado cuenta de lo mucho que te conviene acercarte a mí.

—No digas tonterías, James.

—No seas tú tan ingenua. ¿Acaso crees que puedes zafarte de ella por tu propia cuenta? —le dijo, y Rosalie lo miró atónita, sintiéndose gravemente descubierta—. María puede oler el engaño a millas. Es una maldita ave de presa. Donde pone el ojo, pone las garras, y en este momento su presa eres tú. Así que es mucho lo que te conviene acercarte a mí. Me tiene en muy alta estima, ¿sabes? Si yo intercediera por ti, podría hacerla cambiar de parecer.

—Tú no harías eso por mí. No harías eso por nadie.

James observó a María conduciendo a su prometido con tortuosa lentitud por otros senderos, una mano aferrada a su fuerte brazo, la otra señalando puntos dispersos en el paisaje, distrayendo su atención con sus palabras vacías. Le estaba dando tiempo para actuar, pero tenía que apresurarse de todos modos.

—Podría hacerlo... Si obtuviera algo en compensación, por supuesto —contestó con una sonrisa ladeada.

—Pues ya ves que no tengo nada para ofrecerte, así que tendré que prescindir de tu ayuda.

El guardia le dirigió una mirada lasciva y la dejó caer hasta su escote.

—De hecho... Veo que sí tienes algo para ofrecerme. Y me interesa.

Rosalie leyó su mensaje entre líneas y se paralizó del susto. James, el odioso James que no soportaba encontrársela por los pasillos siquiera, se le estaba insinuando, y no del modo más caballeroso.

—Eres un cínico repugnante —le dijo con firmeza, pero aún así encontró su voz distorsionada por el miedo.

El guardia rió por lo bajo y la observó con esa mirada orgullosa y autoritaria que lo caracterizaba.

—Tal vez, pero soy a quien más necesitas en este momento. Puedo salvarte; o puedo condenarte.

—Haz lo que quieras, pero de mí no obtendrás nada.

—Y una vez más, te equivocas —replicó el guardia, y dio un paso adelante, provocando instantáneamente que Rosalie diera un paso atrás—. ¿Pero qué pasa, muñequita? ¿Me tienes miedo? —rió, y avanzó otro paso—. ¿Dónde quedó tu valentía, doncella?

Rose retrocedió una vez más, aterrada por el brillo lujurioso en la mirada del de Pasos Blancos. ¿Qué estaba pasando? María no aparecía, y la doncella comenzaba a sospechar que todo había sido una asquerosa trampa de James para aprovecharse de ella. Había algo que era seguro: estaban a oscuras, y muy lejos del castillo. Si ese hombre le ponía una mano encima, nadie acudiría a su rescate. Estaba totalmente a su merced.

—Aléjate de mí, no quiero que des un sólo paso más —le advirtió inútilmente, intentando frenarlo con la palma de su mano.

James no hizo más que reírse de su debilidad.

—Lo siento, Rosalie, pero no puedo permitirte desaprovechar una oportunidad como ésta. Te estoy salvando el pellejo, y todo a cambio de un pequeño servicio que de seguro ya estás acostumbrada a prestar. Ya verás cuánto me lo agradecerás...

—Aléjate, lo digo en serio.

—Te encantará. Vendrás arrastrándote a pedirme más.

—No, James, no quiero, no qu...

El guardia la agarró de la cintura con violencia y la atrajo hacia sí, tomándola de la nuca y forzando un beso contra su boca, sus dientes hincándose en la delicada piel de sus labios hasta hacer brotar de ellos una pequeña gota de sangre.

—Mmm... Deliciosa... —murmuró, separándose apenas de sus labios para relamerse con el gusto de ese rojo carmesí.

Rosalie lo miró con los ojos horrorizados y llenos de lágrimas, y por primera vez supo que había alguien a quien le temía más que a María. Porque de él no podía zafarse y salir corriendo. James podía forzarla a cualquier cosa, y toda resistencia sería en vano.

—Suéltame —susurró desesperada en un hilo de voz, sus brazos rígidos al costado de su cuerpo, tiesos de miedo e imposibilitados de reaccionar como hubiera querido aunque sólo fuera para dilatar lo inevitable un momento más.

—Te soltaré cuando termine.

—Te lo ruego, por favor, suéltame.

—Ah, me ruegas... Me encanta que ruegues...—continuó el joven con su sonrisa más sádica, bajando la mano por su vestido y apretando su muslo—. Me encanta, me encanta... Pero callada me gustarás más.

Le cubrió la boca con la gran palma de su mano y se abalanzó sobre ella, arrastrándola al suelo. Y entonces Rose lo supo: estaba perdida.


Bueno, creo que después de esto me voy a comprar una armadura para resguardar mi seguridad, porque me van a querer matar, jajaja! Por lo menos Benjamin le puso un toque de gracia a la situación de Jasper. Y por supuesto la nota de color a cargo de Bella, sus hormonas y la Tía Esther que por sus reviews veo que tuvo muy buena aceptación XD En cuanto a Rose, me reservo comentarios, pero la pobre la tiene complicada :S Veremos cómo sigue esto.

Todo mi cariño y mis agradecimientos a quienes siguen desde algún rinconcito la historia, y especialmente a quienes comentaron en el cap anterior: KlaudiaLobithaCullen, ALI-LU CULLEN, AliceLugonzyCullen, Christina Becker, Romy92, Amanda-587, MarieAliceIsabella, bitha-granger, keytani, beakis, Elen Cullen, yesenia beltran, lagrima de flor, Sully YM, Berlice, .crepusculo, Samore Cullen, Ginegine, scumpyca, TatyPattz, Gery Whitlock, elva, TwiNiss, Mafe D. Rojas, sandryttaa, janalez y Skaytch. Ojalá tuviera forma de pagarles por tantas cosas lindas que me dicen y lo mucho que se prenden en la historia, pero no se me ocurre más que agradecerles y tratar de escribir el mejor capítulo posible para que les guste y lo puedan disfrutar (sé que Rose en esa situación no es disfrutable de leer, pero es parte de la trama y a la larga todo lo que sucede, sucede por algo ;) )

Ah, una cosa IMPORTANTE: tengan en cuenta el blog ( sweetsugarhoneyfics . tumblr ), más que nada porque, si llego a tener problemas para organizarme y actualizar, lo voy a avisar por ahí para no andar rompiendo las reglas de FF y dejando notas de autor como capítulo. De paso pueden ver algunas imágenes del fic o preguntarme lo que quieran si tienen alguna duda. Para el cap pasado incluso había dejado un adelanto antes de terminarlo y subirlo, así que les puede resultar útil ;)

Nos leemos pronto, besos!

Lulu :)