Capítulo 26.
La venganza.
Jueves 31 de octubre.
El día amaneció con un sol radiante, como si fuera el perfecto reflejo de los ánimos dentro de Hogwarts. Se sentía una brisa tibia que apenas lograba modificar la apacible quietud de los arbustos del terreno, como una caricia suave, mínima. En el bosque, no obstante, las hojas no se movían; era tan frondoso que la brisa trémula no lograba atravesarlo. Desde las ventanas del castillo, podía oírse el insistente ulular de las lechuzas -que habían vuelto de caza e intentaban dormir- molestas por las risotadas provenientes de los jóvenes madrugadores dispersos en los jardines. Y, si se admiraba el paisaje en silencio, era posible escuchar el chapoteo del agua, como un lejano rumor, probablemente originado por las criaturas marinas que habitaban el lago. Aquel agradable clima matutino, vaticinaba una noche grandiosa.
Un moreno gryffindoriano estaba sentado en el alféizar de su ventana. Llevaba allí alrededor de hora y media, observado el amanecer. No había logrado conciliar el sueño por más de unas pocas horas, a pesar de haber acabado su clase con Melany bien entrada la madrugada. Era consciente de que necesitaba tomar una ración de poción energizante, si no quería terminar rendido sobre una mesa.
Los destellos rojizos que se reflejaban en el lago, trasladaron hasta su mente la imagen de una larga melena pelirroja. Ginny ocupó sus pensamientos en cuestión de segundos, sabía que aún le quedaba mucho por cavilar relacionado con ella. Decidió empezar por el futuro cercano. De antemano, predecía que en el baile no sólo se vería hermosa, sino que deslumbraría. Podía imaginarla con su sonrisa perfecta, mientras aceptaba su brazo antes de hacer la entrada en el baile. Podía sentir en su memoria la fuerza de su mirada, la intensidad de sus ojos color miel. Y habría jurado que era capaz de reproducir el sonido exacto de su risa cantarina, que seguramente oiría a su lado desde el comienzo de la celebración.
Harry se encogió al descubrir la cantidad de emociones que podía revivir en su interior, mas no tardó en tranquilizarse al recordar que aquellas no podían ser descifradas en su rostro. Grabó en su memoria el hecho de que, en el baile, debería hacer un esfuerzo por demostrar al menos parte de la admiración que seguramente Ginny le produciría. No estaba entre sus planes mostrarse inexpresivo y herir los sentimientos de su novia. Esa noche debía ser perfecta para ella, porque él sabía que no tendrían una segunda oportunidad.
Segundas oportunidades… en esos tiempos no las había. Las cosas debían realizarse sin errores, sin fracasos, sin desperdicios, porque en época de guerra no había vuelta atrás. Y Harry era muy consciente de ello. Así sería su venganza contra Malfoy; perfecta, pero sobretodo inolvidable. Lo hundiría, lo humillaría hasta puntos insospechados, con él les haría pagar a su nido de serpientes todas las jugadas sucias de las que había sido víctima. Se desahogaría de todas las broncas, por Hermione, por Ron y por Ginny. Sobretodo por Ginny. Sus pensamientos volvieron a centrarse en ella, esta vez en un asunto preocupante. Su seguridad. Pero casi podría afirmar que tras esa noche, el problema estaría solucionado. Ya había pensado en algo.
De un tirón, descorrió las cortinas de su cama y echó sus piernas fuera, sentándose en el borde. La única cama desocupada era la de Neville; los demás dormían pacíficamente. Con cuidado, abrió el estrecho cajón de su mesita de noche, recogiendo dos cajas de regalo, planas y rectangulares. La una estaba revestida en gamuza roja, ésa era la suya; la otra, en gamuza azul oscura. Y ésa se la obsequiaría. La destapó, contemplando nuevamente el brillante objeto que reposaba dentro, idéntico al de la otra caja.
"Sin importar la distancia a la que se encuentren, pronunciando un hechizo ambos se podrán localizar, siempre y cuando la lleven puesta… No se la podrá quitar, solo podrás hacerlo tú, puesto que eres el dueño real."
Bien, si así debía ser, se aseguraría de que la llevara puesta a partir de esa noche, así como lo haría él. No iba a descuidarla, no permitiría que nadie que no fuera de su confianza se acercara a ella… Aunque no podía acompañarla a todos lados durante todos los minutos del día, sí podía asegurarse de que, a pesar de ello, estuviera bien. No pensaba dejarla a su suerte, desprotegida.
Ginny le plantó un beso en los labios nada más bajar el último escalón, ante las miradas enfadadas de unas cuantas gryffindors. Al parecer, no a todos les había agradado la recuperación de la pelirroja. Harry la tomó firmemente por la cintura y la guió hacia el orificio del retrato, ignorando a cuantos estaban a su alrededor.
Esa mañana, el Gran Salón tenía un aspecto realmente lúgubre que contrastaba con el sol matutino que bañaba las afueras del castillo. El techo encantado mostraba nubarrones grises, como si de un momento a otro el cielo fuera a derrumbarse sobre las cabezas de los estudiantes. Decenas de calabazas con sonrisas siniestras flotaban alrededor de los enormes estandartes que colgaban sobre las largas mesas, representando a las distintas casas con sus respectivos escudos.
Al llegar, la pareja pudo notar las cientos de miradas que se posaron sobre ellos. Ginny se tensó de inmediato, consciente de las habladurías que proseguían entre los estudiantes, discutiendo sobre su relación con Harry como si de un partido de Quidditch se tratara. Desde que había salido de la enfermería, había oído a miles y miles de estudiantes que se preguntaban por qué ellos seguían juntos después de la reciente escena que, sin pretenderlo, habían montado semanas atrás en aquél mismo salón. Aunque sí le incomodaba, lo que preocupaba a Ginny no era la impertinencia con que muchos les señalaban y hablaban sin bajar la voz… sino el hecho de no tener una respuesta segura a aquello que tantos se formulaban.
El moreno la pegó más contra sí en señal de silencioso apoyo y, haciendo gala de su indiferencia, avanzó con expresión impasible y segura hasta los lugares que Ron y Hermione habían guardado para ellos. Se sentaron y desayunaron junto a sus amigos como cualquier día normal, obligando a los demás a quitarles los ojos de encima e imitarles.
Los cuatro cruzaron miradas cómplices cuando una figura alta y rubia ingresó al comedor, seguido por otras dos mucho más amplias y fornidas. Durante el único segundo en el que se chocaron, los ojos verdes de Harry y los grises de Draco se desafiaron a la distancia. Luego el slytherin se dirigió a su mesa sin dar ninguna otra muestra de haberse percatado de su presencia. El gryffindor levantó discretamente la comisura derecha de sus labios en una imperceptible sonrisa, recordando lo que se le avecinaba al que se hacía llamar el Rey de las Serpientes.
—Ehh… Harry.- lo llamó Hermione.
Él dirigió su mirada hacia ella, imperturbable. La castaña le señaló disimuladamente a sus espaldas, levantando las cejas como instándolo a girarse. Harry lo hizo sin mucho interés y se detuvo al ver a un alumno con la corbata de ravenclaw, que debía ser de primero, como mucho de segundo, mirándolo paralizado y postrado tras él.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?- inquirió Harry alzando las cejas. Su tono, a pesar de que el moreno había hecho un intento por no espantar al chico, había sonado frío e intimidante.
El niño se encogió sobre sí mismo como si tuviera la intención de desaparecer. Se restregó las manos nerviosamente, evitando mirarlo a los ojos, y con voz temblorosa le habló, pero lo hizo tan bajito que ninguno de los cuatro lo oyó. Hermione fue la que se dirigió a él esta vez, con voz mucho más suave y alentadora:
—¿Podrías decirnos qué necesitas?
—Yo…a mí…- tartamudeó. Se frenó en seco, como infundándose valor y, dando un respingo, dijo atropelladamente: —La profesora Swann me envió a buscar a Harry Potter, quiere que se presente en su despacho.
—De acuerdo, ve tranquilo.- le animó Hermione, sonriéndole, pero cuando la prefecta se dio cuenta, el niño ya había emprendido la carrera para alejarse lo antes posible de allí.
—Los chicos de hoy.- murmuró Ron, enfocándose nuevamente en sus pastelitos.
—¿Has perdido algo, Lavender?- le interrogó Ginny con extrema amabilidad.
La aludida, quien aún estaba inclinada hacia el trío tras haber intentado oír algo, la miró fingiéndose sorprendida. La pelirroja esperó una respuesta durante unos segundos, y la miró con sarcasmo al ver que ésta no llegaba. Lavender soltó un bufido indignado y, meneando su cabellera de forma exagerada, le dio la espalda, aparentemente ofendida.
—Me voy.- anunció Harry levantándose de su asiento. Inmediatamente varios pares de ojos le echaron un vistazo. —Nos vemos en Estudios Muggles.- se despidió, no sin antes besar a Ginny breve pero intensamente.
Bajo la mirada del alumnado, el león se marchó con paso arrogante sin dedicar ni una mueca o mirada a las jóvenes fastidiosas que suspiraron por él.
Atravesó escaleras, pasillos y atajos secretos, en los que se topó con calabazas flotantes que portaban una sonrisa sádica, hasta divisar más allá la entrada al despacho. Golpeó la puerta nada más llegar y la voz de su profesora le cedió el paso. Se sentó ante la calculadora mirada de Melany, quien no se había movido de su escritorio y leía unos papeles que había acomodados sobre éste. Harry se preguntó qué tan importante sería el asunto, como para que no pudiera esperar hasta la clase de Defensa que tenía más tarde.
—¿Por qué me has llamado?- se interesó, reposando los codos en los apoyabrazos.
—Anoche olvidé decirte que hoy no entrenaremos, por lo que permanecerás en el baile como todos los alumnos.- le informó la mujer, mientras continuaba corrigiendo los trabajos.
—Así que perderemos una clase.- afirmó Harry.
—No del todo. El viernes por la noche sumaremos una hora a la práctica.- le aclaró, alzando su mirada hacia él por un insignificante segundo, para luego regresarla a los pergaminos.
—¿Será para no levantar sospechas?
—Justamente. Allí estará presente medio Hogwarts, incluido el cuadro de profesores. Sería demasiado llamativo que los dos desapareciéramos en medio del baile, ¿no crees?
Harry se limitó a asentir.
—¿Hay algo más?- inquirió el moreno, poniéndose de pie con plena intención de irse.
Melany lo hizo frenarse con unas pocas palabras:
—Sólo una cosa.
Harry se detuvo con una mano en el pomo de la puerta, sin molestarse en voltear el rostro.
—Por si mañana se me olvida mencionártelo, -comenzó ella- Helen me ha dicho que este sábado te esperará una vez más, pero si vuelves a dejarla plantada, me aseguró que no habrían más oportunidades. No hagas que pierda su tiempo, Harry, no estamos en momento de desperdiciarlo. Preséntate ante ella, plántale cara y dile lo que piensas. Una vez hecho eso, no tendrás más inconvenientes y tú sabrás qué hacer. Puedes aprovechar lo que Helen te ofrece… lo que una Diosa te ofrece, -recalcó- o bien, rechazarlo y olvidarte de ella. La decisión está en tus manos, tú sabrás. Al fin y al cabo, no es nada de otro mundo, ¿o si?- apuntó Melany, alzando una ceja con un gesto sarcástico.
El gryffindor suspiró sonoramente antes de sonreír del perfil que estaba a la vista de su entrenadora y, sin decir ni una palabra más, la dejó a solas.
De todas las clases de ese día, Harry sólo prestó atención en Defensa Contra las Artes Oscuras. Estudios Muggles le resultaba poco interesante y por primera vez se había dedicado a oír los comentarios que algunos hufflepuffs hacían sobre él y Ginny. En Encantamientos -la cual también coincidía con los tejones- ya era un experto, por lo que prácticamente se sabía las clases de memoria. La clase de la profesora Swann que compartía con Slytherin, en cambio, había estado de lo más interesante. Ese día tenían la parte práctica y tocaba duelo, por lo que los alumnos se acomodaron en parejas. No obstante, Melany les aclaró que sería ella la que dispondría a quién le tocaba con quién, así que reacomodó a todos.
Harry disfrutó muchísimo viendo cómo Pansy Parkinson se desplomaba una y otra vez tras los ataques de Hermione, que intentaba no mostrarse demasiado pagada de sí misma. Ron, por su parte, había tenido que batirse a duelo con Zabinni y no se le había dado fácil.
A pesar de las incontenibles ganas, a Harry no lo pusieron con Malfoy y el moreno se lo recriminó a Melany con una fría mirada. Sin embargo se asombró al comprobar que su contrincante, un muchacho de cejas oscuras que hacían resaltar sus ojos claros, demostraba que merecía buena parte de su atención. Theodore Nott era callado y al parecer reservado, puesto que no sobresalía entre el nido de víboras con las que convivía, pero ágilmente se había dedicado a evadir los duros ataques con los que Harry arremetía. Durante el cuarto de hora que duró su duelo, el slytherin no le había dado tregua, aunque finalmente Harry lo derribó limpiamente.
En aquel momento, sentado frente a una de las mesas de la vacía Sala Común, recordó que estaba liado de deberes para la próxima semana y por primera vez en años, decidió no dejarlos para último momento y aprovechar el tiempo que tenía a solas antes de que comenzara el baile. Hermione y Ron no estaban con él, pues los prefectos debían colaborar con los profesores y el personal en la decoración del Gran Salón, mientras que Ginny ya había subido a su dormitorio con sus amigas para dar comienzo a las eternas horas de preparativos.
Para frustración del sector femenino, que consideraba que cuatro horas no habían sido suficientes para producirse, las ocho de la noche llegaron demasiado rápido. En ese lapso de tiempo, se produjo un gran revuelo, amontonamientos de gente, gritos acá y allá, hasta que finalmente las puertas del Gran Salón se abrieron y el baile se dio por comenzado.
Muchos se tomaron unos minutos para admirar la esmerada decoración del lugar. Lo primero que llamó la atención fue la increíble cantidad de serpentinas plateadas y doradas que pendían del techo, adornando a su vez las calabazas encantadas que cambiaban de color y la expresión de su rostro dibujado, dejando por todo el suelo el reflejo de intermitentes luces multicolores. El techo camuflado mostraba un cielo calmo e increíblemente negro, logrando contraste con la brillante luna llena y las millones de estrellas que lo poblaban. Justo en el centro, en un nivel de piso más bajo, se hallaba una enorme pista de baile única y luminosa, que invitaba a probarla casi a gritos. Las paredes estaban, aparentemente, empapeladas con centenas de miles de murciélagos y el piso se había convertido en una superficie totalmente negra, dando la impresión de estar deslizándose sobre la nada misma.
Al otro lado de la pista, paralelas a la pared más próxima y ataviadas de manteles blancos y negros, estaban dispuestas una considerable cantidad de mesas redondas en las que cómodamente cabían seis personas. Y cerca de la entrada, una extensa barra ofrecía bebidas para todos los gustos y colores, en la cual unos veinte elfos domésticos atendían, manejándose sobre altos taburetes que movían sus patas según la dirección a la que la criatura se quisiera dirigir.
Las parejas y grupos de amigos seguían entrando, maravillándose tal como lo habían hecho los primeros en llegar. En general todos los alumnos que habían asistido –de cuarto en adelante- portaban túnicas, máscaras y atuendos extravagantes que realmente hacían honor a la fecha célebre.
La música provenía de todos lados, como si en vez de estar construido con ladrillo y cemento, el castillo hubiese sido alzado con música. Se la oía llegar desde el techo, el piso y las paredes, inundándoles los sentidos, seduciéndoles con su ritmo movido.
Muy a su pesar y por influencia de su hermana, Ron había ido disfrazado. Llevaba unos jeans, botas, chaqueta de cuero y sombrero alado, como todo un vaquero del oeste. Lo que él no sabía es que se veía extraordinariamente guapo. Estaba bailando torpemente en el centro de la pista, acompañado por Hermione y su mirada divertida. La joven traía un vestido rojo de raso, ceñido al torso y con caída libre hasta el piso a partir de la cintura. Un antifaz dorado con algunas plumas rojas le cubría el rostro, mas su sonrisa quedaba a la vista del pelirrojo, quien no lograba quitarle los ojos de encima. Llevaban bailando desde hacía horas y ninguno parecía querer romper ese vínculo que habían creado.
Mientras tanto, en otro punto de la multitud de estudiantes sonrojados por el calor y visiblemente agitados, se encontraba la pareja del año. Harry había decidido firmemente que no iría disfrazado y en parte lo cumplió. Estaba ataviado con un traje de gala negro y una capa a tono, hasta ahí todo normal. Lo único que había aceptado llevar era una máscara igualmente negra que le cubría desde el inicio de la frente hasta la punta de la nariz. Ginny, por su lado, lucía un finísimo vestido claro y corto de tonalidades verdes -que, honestamente, le sentaba de maravilla- acompañado por un singular y luminoso antifaz.
Harry había sido arrastrado por la pelirroja hasta la pista de baile e inmediatamente se había visto obligado a moverse junto a ella al ritmo de la música. Se sentía realmente ridículo, más aún teniendo en cuenta que no era un experto en ése área, pero se había prometido a sí mismo que haría de aquella noche la mejor para Ginny. Promesa que le estaba costando más esfuerzo del que había imaginado. ¿Por qué no se había inventado una buena excusa para no bailar? Seguramente, era porque no había pensado siquiera en la posibilidad. ¿Y por qué no lo había pensado antes? ¿No se suponía que era eso justamente, un baile? Quizás su mente había estado relegando inconscientemente aquella parte que Harry quería evitar.
Se obligó a sí mismo a sonreír, pero su expresión se tornó realmente sincera y vengativa cuando divisó a Draco Malfoy unas cabezas más allá, bailando íntimamente con Pansy Parkinson.
El moreno se inclinó sobre Ginny para darle un beso cerca del oído y en el ínterin le susurró:
—Es hora. Vamos.
Una mano de él acariciaba su cintura y la otra su espalda baja, de manera sugerente. Totalmente pegados, como si pretendieran que entre ellos no pasara ni el aire, se movían al ritmo de la música lenta que en aquel momento sonaba. Pansy tenía una mano en su nuca y la otra vagaba por el platinado cabello del slytherin, desordenándolo. Draco le susurraba cosas al oído, a lo que ella respondía mordiéndose el labio sugestivamente o soltando risitas tontas demasiado frecuentes para gusto del rubio, que intentaba silenciarlas con largos y apasionados besos. La música cambió y bajo las parpadeantes luces el rey de las serpientes tuvo tiempo de observar a su alrededor: San Potter y la zanahoria menor pasaron abrazados muy cerca de él, al parecer sin percatarse de su presencia. Observó que se dirigían a la barra, y Draco no quiso desaprovechar la oportunidad de molestarlos y fanfarronear un poco.
—Vamos a por algo de beber.- decidió Draco, prácticamente arrastrando a Pansy fuera de la pista. Se veía muy guapo con el traje negro y su cabello húmedo perfectamente peinado. Ella le siguió sin protestar, como una obediente mascota.
Draco se detuvo justo al lado de la pareja gryffindoriana y, decidido a llamar su atención, ordenó dos ponches con voz bastante alta y presuntuosa. Para su sorpresa e indignación, los leones no movieron ni un pelo. Weasley continuaba dándole la espalda, al parecer muy entretenida en su plática con el cararajada.
—Pansy, ¿hueles eso? Aquí apesta a zanahoria podrida.- siseó viperinamente, mirando hacia la pelirroja. La morena se percató de su intención y le siguió el juego.
—¡Puaj! Creo que voy a desmayarme.- añadió Pansy con voz aguda. —¡Draco, creo que viene de allí!- se horrorizó ella, con una mueca burlona en el rostro y señalando hacia la pareja.
Fue entonces cuando Harry, de reojo, vio a Ron y Hermione salir de entre la multitud. Ella le hizo una seña discreta y él se dispuso a actuar.
—Mira eso, Ginny.- comentó, señalando a Malfoy. Ella se volteó y de la nada comenzó a reírse a carcajadas, haciendo fingidos intentos por taparse la boca y menguar la risa.
—¿Pero qué diablos le sucede?- escupió el rubio, sin podérselo creer. ¿Acaso la traidora a la sangre se estaba riendo de él?
—¿No lo decía yo? ¡Eres un rubio oxigenado!- exclamó la pelirroja, con mofa.
—¡Por Salazar!- chilló Pansy agitando los brazos, histérica. —¡Draco! ¿Qué le hiciste a tu cabello?- gimió.
El slytherin se asustó inmediatamente, y al ver la mueca de horror que se formó en su rostro, Harry supo que sería un momento irrepetible.
—¡Pansy!- bramó, como si ella fuera la culpable de todo. —Dame tu espejo.- gruñó, con los orificios de la nariz dilatados.
Ella conjuró su cartera y le pasó el objeto, que Draco no tardó en arrebatarle. La exclamación de espanto que se escapó de los labios del presuntuoso rey de las serpientes sobresaltó a los elfos y a los estudiantes que estaban alrededor, atrayendo su atención hacia él. De su cabello naturalmente rubio y perfecto, estaban saliendo raíces castañas, como si se estuviera destiñendo.
—¡Es inaudito! ¡Yo soy rubio natural!- protestó ridículamente, casi con desesperación.
—Parece que no lo eres.- replicó Harry con total seguridad.
Como por arte de magia, las raíces se acentuaron aún más, generando murmullos y risas en los alrededores.
—Pe-pero… tú…- balbuceó Pansy. —¿Desde cuándo te tiñes?- interrogó, perpleja. Draco levantó la mano hacia ella, pero se contuvo a tiempo y la bajó desconsoladamente.
—¡No seas necia, está claro que me han echado un maleficio!
—¿Acaso nos has visto sacar nuestras varitas, Malfoy?- cuestionó Harry con frialdad, alzando las manos como para corroborar sus palabras.
Eso dejó a Draco mudo por unos segundos.
—Es obra de alguno de ustedes, malditos impuros…- los acusó, avanzando lentamente hacia ellos.
—Pruébalo.- lo retó Harry, amenazante.
—Ya verás, desgraciado...- le advirtió, levantando los puños para abalanzarse sobre él.
—No te muevas, Malfoy.- lo detuvo Harry. —No puedes hacerlo.- ordenó esta vez.
—¿Y quién me obliga? ¿Tú, asqueroso buscafamas?
—Quizás.- respondió con sencillez, sentándose tranquilamente en un taburete, rodeando a Ginny por los hombros.
Esto enfureció al slytherin hasta límites insospechables. Apretó la mandíbula con ira, respirando pesadamente; de sus ojos grises destellaban llamas de odio.
—¡Te enseñaré a respetarme, Potter! ¡Aprenderás a los golpes!- le amenazó. Cualquiera de los estudiantes que ya habían comenzado a amontonarse a su alrededor, hubiese apostado a que el rubio –o castaño- se lanzaría sobre los dos gryffindors como una serpiente furiosa. Tal fue su asombro cuando observaron que él no se movía ni un ápice de su sitio.
—Así me gusta, Malfoy… eres un perrito obediente.- le dijo Ginny, con voz muy dulce y lenta, como si le estuviera hablando a un niño de cinco años y no a uno de dieciséis. Y es que tampoco era un adolescente. Ante los ojos de todos, el slytherin fue adoptando la forma de un animal adorable. Era un can de pelaje castaño, un terrier.
—¡Oh!- exclamó Pansy, como una exhalación. Al acto, cayó desmayada al lado del perro, que gruñó casi al mismo tiempo. Una secuencia de exclamaciones se oyó entre los estudiantes; las chicas asombradas, los chicos sin poder contener la risa.
—Muévete, Malfoy.- le ordenó Ron apareciendo en la escena, empujándolo de una patada y dirigiéndose junto a Harry y Ginny. Hermione le seguía de cerca, con su habitual pose de prefecta severa.
En cuanto Draco se percató de que había recuperado el movimiento, se impulsó para saltar sobre la pierna del pelirrojo con las mandíbulas abiertas. Hermione reaccionó a tiempo.
—Eres prefecto Malfoy, no un perro.- le espetó, fingiendo estar ofendida.
Cuando todos se dieron cuenta, quien estaba mordiendo el tobillo del pelirrojo no era el terrier, sino la boca del tan conocido slytherin.
—Ya sabía yo que algún día me lamerías las botas, Malfoy.- se mofó Ron.
El slytherin se soltó a escupir y toser contra el suelo, completamente asqueado y aterrorizado. ¿Qué le estaban haciendo esos gryffindor repugnantes? ¡Estaba siendo humillado ante medio Hogwarts por un mestizo, una sangre sucia y dos traidores a la sangre! ¡Él, el Rey de Slytherin, el heredero de los Malfoy, el más puro de los sangres pura! La vergüenza le recorrió en un cosquilleo incómodo de pies a cabeza, al comprender que él era el origen de las risas de todo el colegio, pero la ira no tardó en suplantarle. La helada risa de Potter le taladró los oídos, y eso le dio fuerzas para actuar. De improviso y aprovechando el instante de descuido, se incorporó de un salto y agarró por la espalda a la persona que tenía más cerca: Hermione. Antes de que muchos se hubieran percatado, la muchacha se encontraba entre los brazos del slytherin, cuyas manos aferraban su frágil cuello ejerciendo presión.
—¡Suéltala, maldito!- rugió Ron, como un león enfurecido.
Con tantos gritos, era un milagro que los profesores aún no se hubiesen aparecido en la escena.
—Ni lo sueñes, comadreja. Pagarán por lo que sea que me estén haciendo…- siseó, apretando con más fuerza la garganta de Hermione.
—No puedes tocarla.- le espetó Ron.
Y repentinamente, las manos de Malfoy sintieron un terrible ardor. El cuello de la prefecta quemaba. No pudiendo soportarlo más, la liberó. Mirándose las manos con temor, Draco comenzó a atar cabos.
—¡Son unos dementes!- gritó finalmente. —¡Sé lo que están haciendo, ustedes están utilizando el maleficio de la verdad!- Sus ojos miraban enloquecidos a todas partes, intentando buscar una salida a aquello que sabía que no la tenía. No podría hacer nada a menos que ellos así lo quisieran. —Libérenme.- murmuró amenazadoramente. Harry se había ubicado al frente de sus amigos y contemplaba a Malfoy con diversión. —Libérenme.- repitió Draco.
—No sé de qué estás hablando.
—Pagarán por esto, ¡todos ustedes!- les amenazó, señalando a los cuatro, uno por uno. —Se arrepentirán de haberse metido con un líder, con un slytherin, con un Malfoy. Sufrirán las consecuencias de su estupidez, malditos engendros insignificantes.
—Cierra la boca.- le exigió Harry con tono intimidante. —Si aún te crees Rey, imbécil, estás demostrando que no tienes ni pizca de cerebro ni sentido común.
—Tú no eres nada, Malfoy.- le espetó Ron, olvidando que el maleficio aún estaba en pie.
Y antes de que alguien hubiese percibido el tremendo error que aquellas palabras conllevaban, en el lugar que ocupaba el slytherin sólo quedaba un rastro de humo leve.
