N/A: Disfruten su smut ;)
Levi lo sabía.
Sabía perfectamente cuál era el protocolo a seguir en su carrera como capitán de un cuerpo policíaco. Sabía que no podía enfrentarse a golpes con un prisionero, pero su cuerpo temblaba de pura ira sólo de pensar que Kenny se burlaba de él en su celda, sabiendo que su sobrino no podía tocarle un pelo. El viejo Ackerman había huído tras comprobarse su complicidad en el delito de contrabando, había ofrecido a Mikasa como carne de feria a sus asquerosos secuaces, y como si eso no fuera suficiente, había insultado a su madre e intentado matar a su hermana. Levi tenía motivos de sobra para querer ahorcarlo con sus propias manos, y era frustrante tener que contenerse, sobre todo para alguien como él, a quien le gustaba tomar el toro por los cuernos y dejar las cuentas claras.
Sin embargo, debía dejarlo pasar y dejar la justicia en manos de la justicia.
Mikasa estaba algo cabreada. Con la espalda apoyada en la pared y cruzada de brazos, observaba a Sasha hacer las maletas para su viaje a Shiganshina. Pasado el mediodía de aquel jueves en la tarde, la chica de cabello castaňo parecía afanada, corriendo de un lado a otro a lo largo y ancho de la habitación.
-Te lo dije. Te dije que no dejaras las maletas para última hora, pero jamás me escuchas.
Sasha no dijo nada. Se cepillaba los dientes con una mano, mientras con la otra metía unos zapatos en una de las valijas.
-A qué horas dijo Connie que venía? - preguntó, después de haberse enjuagado la boca. Su amiga miró su reloj de pulso.
-Debe estar por llegar.
-Agh.
Mikasa observaba los movimientos de aquella figura sin inmutarse. Sasha chilló en medio de su desesperación, acomodando las cosas como pudiese en la maleta.
-Deberías ayudarme. - le reclamó a la chica de cabellos oscuros con tono demandante. Mikasa ladeó la cabeza.
-Nah-ah. De ninguna manera. La próxima vez me escucharás y harás las cosas a tiempo.
Sasha tampoco replicó esta vez. Su paso afanado se escuchaba en toda la sala y el desorden reinaba sobre ambas camas, pero pronto todo volvería a la normalidad. Los dormitorios estudiantiles de la Universidad de Trost comenzaban a ser desocupados; los alumnos volvían a sus lugares de origen o a casa de sus padres, y en aquel edificio reinaba de nuevo la quietud a medida que las voces juveniles se marchaban. Aquel sería el último aňo de Mikasa en los dormitorios, pues ahora su hermano mayor vivía en Trost y ella podía quedarse con él, cediendo su espacio a un nuevo estudiante. A su regreso, Sasha también se quedaría con los Ackerman, pero ahora estaba más empeňada en terminar de hacer sus maletas y salir a tiempo, organizando todo a contrarreloj.
-Le escribiré a Connie. Debo saber si ya está por venir. - anunció Sasha, con el teléfono en la mano. La respuesta fue inmediata.
C: Qué? Aún faltan dos horas para tu vuelo, Sash. Por qué la prisa?
-Qué pasa? - preguntó Mikasa al verla fruncir el entrecejo. Confundida, Sasha miró el reloj digital de su móvil y luego al reloj de pared de su habitación.
-O-Oye, Mika... Por qué ese reloj está adelantado por dos horas? - tartamudeó la muchacha. Su dedo apuntaba hacia el gato de panza redonda con números en su interior que marcaba las 5 p.m.
Mikasa no respondió, pero una tenue sonrisa de satisfacción se dibujó en la comisura derecha de su boca. Sasha comprendió entonces, escandalizada.
Al mismo tiempo, su mejor amiga se metía un puňado de papas fritas a la boca, mientras su rostro regresaba al rictus inexpresivo de alguien que hace lo posible por no estallar en una carcajada. Y Mikasa era bastante buena en eso.
-Por qué? Adelantaste el reloooooooooj! - gritó la chica de ojos cafés, a punto de estallar en un sollozo. - Por qué hiciste eso, Mikasa! - Sasha corrió hacia ella y la zarandeó, deteniéndose sólo cuando Mikasa empujó en su boca otro puňado de papas. Casi se atragantaba, pero las masticó hasta poder tragarlas, y entonces gritó de nuevo. - Eres mala! Muy mala!
-La próxima vez, tendrás cuidado de no procrastinar. - respondió Mikasa, ahora de brazos cruzados. La bolsa de frituras se había terminado y había ido a parar a la basura. A su vez, Sasha se lanzó sobre la cama con un suspiro exagerado de alivio, secando las lágrimas provocadas por aquella broma.
-No hagas eso de nuevo, Mikasa.
-No prometo nada.
Relajada al saberse poseedora de un poco más de tiempo, Sasha continuó haciendo las maletas, aunque mucho más calmada que antes. Hacía calor. Los rayos del sol besaban la ventana y las cortinas, a pesar de que éstas parecían querer esconderse tras la pared en cuanto la brisa soplaba, invadiendo la habitación de la refrescante ráfaga de viento de principios de verano, entrando y saliendo con algunos resquicios de la primavera que pronto se esfumarían.
Mikasa tomó un vaso con agua y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el borde de su cama y observando a Sasha aún concentrada en su quehacer.
-Oye, y... - comentó la chica de cabello castaňo, doblando unas cuantas prendas de ropa. - Sabes qué fue de Annie? Aún no puedo creer lo que pasó.
-Hmm... - farfulló Mikasa. - Creo que se quedaría con una tía suya. Armin la acompaňó hasta allí.
-Ah... Bueno, entonces los rumores de la escuela resultaron ser ciertos. Pobre Annie. No puedo evitar sentirme un poco mal por todas esas cosas... Pero lo peor fue tu tío, eh? Sé que Kenny es un... hijo de la gran meretriz, pero no imaginé qué tanto. Espero que Levi le haya dado su merecido.
-No pudo. - se quejó Mikasa con gesto amargo. - Aunque sea el capitán de la policía, no puede tocarlo. Al menos no dentro de la celda.
-Agh. - gruňó Sasha. - Esas son las cosas que odio. Merece ser molido a golpes.
-No podemos hacer nada al respecto. Y prefiero no pensar en Kenny.
-Sí. Tienes razón.
La muchacha de cabellos oscuros suspiró y hubo silencio. Así permanecieron por un rato, cruzando palabras aquí y allá para indicarse cosas mientras Sasha terminaba de hacer sus maletas; los pósters de Coldplay y Carrie Underwood que adornaban su lado de la habitación fueron desprendidos de la pared, dejando espacios en blanco que se borrarían con el paso de los días. Los de Evanescence y Paramore, esos que a Mikasa tanto le gustaban, también desaparecieron, haciendo que un tinte de nostalgia les golpeara la retina a ambas. Después de todo, habían pasado dos largos aňos en aquel dormitorio, siendo independientes, haciendo sus propias vidas, y a Mikasa se le haría extraňo tener que volver a casa de su hermano y acostumbrarse de nuevo a sus reglas. Sasha interrumpió sus pensamientos al ofrecerle el último pedazo de pizza que quedaba en el refrigerador, pero ella ladeó la cabeza y su amiga no dudó en devorárselo completamente. Mikasa Ackerman nunca fue una fan de la comida refrigerada, a decir verdad.
-Creo que es una suerte que no tengas que dirigir el campamento de niňos este verano. - comentó Sasha más tarde. Sus maletas ya estaban hechas. Esta vez, Connie llegaría en breve. - Estoy segura de que Faye y Tamara son las únicas niňas con quienes puedes llevarte bien. Cuándo viene Levi a buscar tus cosas?
-En dos días.
-Ah. Me da pavor tener que vivir con él. Seguro no nos dejará respirar; Levi es muy estricto.
-Tenemos suerte de que Hanji esté allí. Ella sabe controlarlo, aunque él diga que no. - comentó Mikasa. Sasha se echó a reír.
-Espero que sí. Oye, deberías llamar a Eren para que duerma aquí esta noche...
-Qué? - exclamó Mikasa, perdiendo los estribos antes de que Sasha terminara la frase, con la sangre enarbolada en las mejillas en un abrir y cerrar de ojos.
-Por favor, Mika. Aprovecha estas vacaciones y haz lo que debes hacer.
-Y qué se supone que debo hacer, Sasha? - preguntó ella, intentando ocultar el timbre de nerviosismo que se agazapó en sus cuerdas vocales. Sasha rodó los ojos.
-No piensas ser virgen toda la vida, o sí?
-Sasha!...
Alguien llamó a la puerta, dejando a Mikasa con el corazón en la garganta y desprovista de oportunidades para refutar la afirmación de su mejor amiga. Cuando Sasha abrió, Connie entró de inmediato; tenía unas llaves en la mano, y jadeaba como quien ha corrido kilómetros.
-Estás lista? - le preguntó a su novia. - Papá dijo que no puedo demorarme con el auto, o me matará.
-Sí. Nos vamos ya? No es muy temprano aún? - Sasha comenzaba a bajar las maletas de su cama. Mikasa le ayudó con una y Connie con dos.
-El vuelo puede adelantarse. Es mejor irnos unos minutos antes.
La chica asintió. Antes de salir, giró la cabeza hacia el interior de la habitación para asegurarse de tener todo en orden.
-Mikasa, no se queda nada, verdad? Si se me queda algo, estoy jodida, porque ya no volveré aquí.
-Sí. - contestó Mikasa con serenidad, a punto de cerrar la puerta.
-Ah? Qué cosa?
-Tu cabeza.
-Qué? Mi cab... - Sasha estuvo a punto de lloriquear. Pero al caer en la cuenta de la segunda broma de su mejor amiga, sus párpados cayeron y su boca se torció, disgustada. Connie se desternillaba de risa en el corredor. - Eso no es gracioso, Mikasa.
-La cara que pusiste fue muy graciosa. Ahora vamos. No se te queda nada.
Al minuto siguiente, el trío se hallaba fuera del edificio. Connie quitó la alarma al automóvil con un control remoto y abrió el baúl para meter allí las maletas.
-No vas a tardarte, verdad? - habló Mikasa, sorprendiendo a su amiga con aquella pregunta. Sasha ladeó la cabeza.
-Sólo tres semanas. Ahora que tengo madrastra, no quiero quedarme en Shiganshina tanto tiempo.
Mikasa asintió. Sasha lanzó el morral que llevaba colgado del hombro al interior del vehículo y Connie entró en él para encender el motor.
Y mientras tanto, en menos de diez segundos, Mikasa recordó.
Recordó cómo había conocido a Sasha en el jardín de niňos, rescatándola de unos pequeňos matones que querían quitarle su almuerzo.
Recordó lo buenas amigas que se hicieron desde entonces, a pesar de ser tan distintas.
Las innumerables pijamadas, los paseos, las travesuras infantiles. Los juegos en el lodo, los castillos de arena en la playa y el inicio de la adolescencia. Los sollozos exagerados de su mejor amiga cuando le jugaba una de esas bromas crueles y cómicas que sólo ella sabía jugarle y de las que Sasha juraba vengarse, pero sin intenciones reales de hacerlo. Su apetito voraz que aumentaba en las fiestas de cumpleaňos, y las miles de noches que se quedó a su lado para consolarla cuando sus padres murieron. Sus intentos por hacerla reír sin éxito, y todas las veces que rechazó uno de sus abrazos, sólo porque no se sentía capaz de responderle justamente.
Mikasa recordó, y algo le dijo que Sasha era una de las mejores cosas que le habían pasado en la vida.
Era su compaňera de cuarto, su mejor amiga y la hermana que nunca tuvo. Era Sasha, y la amaba tal y como era. No habría querido a otra más que a ella.
Una punzada de arrepentimiento le golpeó las entraňas, porque quizá no había sido lo suficientemente agradecida con ella.
-Videollamada esta noche? - preguntó la chica de pelo castaňo, sacándola abruptamente de su episodio introspectivo.
-Seguro.
-Ok. Adiós, Mika. - dijo Sasha. Abrió los brazos hacia su mejor amiga y la encerró en ellos, sin embargo, no contaba con ser estrechada con más fuerza y por más tiempo del esperado. Con Sasha metida en su abrazo, Mikasa cerró los ojos y murmuró algo que ella no entendió. - Qué dijiste?
Silencio.
Mikasa lo dijo una vez más.
-Te quiero, Sash.
Sasha rió. Aquello fue inesperado, pero agradable.
-Yo también te quiero, Mika.
Y aún así, Mikasa no la soltó. Connie hizo sonar el claxon, pero la chica de cabellos oscuros pareció no escuchar.
-Te quiero mucho... Muchísimo. Perdona por no habértelo dicho antes.
Sasha soltó una risilla, algo sonrojada por la declaración de su mejor amiga. Sin embargo, supo que había anhelado ese abrazo por un buen tiempo.
-Eh... Mikasa... Ya debo irme... - anunció, tras un apretón duradero.
-Ah, sí... Lo siento...
Y a pesar de que Mikasa la dejó ir, Sasha la abrazó una vez más, aunque muy brevemente.
-Nos veremos en unas semanas, Mika. Adiós. - se despidió, entrando en el Mazda rojo del padre de Connie. Mikasa agitó la mano hacia ella, y no dejaron de sonreírse hasta perderse de vista.
Mikasa suspiró, inhalando la brisa veraniega como si intentase limpiar sus pulmones con aire nuevo y fresco.
Aquella tarde, los últimos rayos del sol habían pegado directo en las fibras de un corazón que latía ahora con más intensidad.
Hanji conocía bien a Mikasa. Había vivido durante tres aňos con ella, antes de que la chica se marchara a Trost. La había visto pasar de ser una adolescente a una adulta joven, y ahora que volvía a vivir con ellos, la mujer de anteojos y cara de cumpleaňos se percató de que su cuňada había cambiado. Mikasa se veía más fresca, jovial, a pesar de ser igual de seria que antes, pero su rostro ya no estaba ensombrecido, y sus hermosos ojos color gris oscuro brillaban ahora, desprovistos del velo fantasmagórico que el pasado había echado sobre ellos. Igual que antes, no era típico de ella iniciar una conversación, pero ya no era tan callada, y más de una vez la había visto estirar sus labios en una sonrisa. Tamara siempre había hecho sonreír a su tía, es cierto, pero Hanji sabía que había algo más.
Mikasa estaba enamorada. Eso era obvio, más que la propia vastedad del universo.
-Y quién es el afortunado? - le había preguntado aquel segundo viernes de verano, al verla despedirse de Tamara con un morral colgado al hombro y las llaves de la motocicleta en la mano. El pelo de Mikasa cubría su cara y por eso Hanji no pudo verla, pero juraba que la había oído sonrojarse desde la puerta de la cocina.
-Nadie. Saldré con unos amigos. Pero no le digas a Levi, sí?
-No vendrás esta noche, cierto?
-Mm-mm. - respondió la muchacha en negación, dejando a Tamara dentro de su cuna. Hanji contuvo una risilla.
-Al menos llámalo para que no se vuelva loco cuando sean las diez y no te vea llegar. Así no saldrá a buscarte en la patrulla después de reportarte como desaparecida.
La chica rodó los ojos.
-Bien. Lo llamaré. Adiós. - pronunció, caminando hacia la puerta.
-Oye. - la voz de Hanji la detuvo, así que soltó el pomo y giró sobre sus pies para mirar a su cuňada. - Espero que sea un buen chico.
Mikasa palideció. Sin embargo, era inútil negar la declaración de Hanji.
-Lo es. - dijo al fín, derrotada. - Pero no...
-'No le digas a Levi'... Sí. Lo sé. Ahora anda, y llámame si necesitas algo, de acuerdo?
La muchacha asintió y salió disparada de allí, mientras su cuňada se burlaba de ella en silencio. Hanji escuchó la motocicleta que se encendía y se alejaba por fuera de la casa, y pensó que aquella chica melancólica había crecido mucho.
Había crecido tanto que a Levi no le agradaba del todo aquel hecho.
.
Eren conocía de memoria el sonido de aquella motocicleta. Y cuando la escuchaba acercarse, su corazón se saltaba un latido, palpitante de emociones. Mikasa se detuvo frente al porche de la casa playera de los Jaeger, en donde su novio la esperaba ya, vestido de pantalón bermuda, camisa a cuadros y el usual moňo en el que ataba su cabello castaňo. Ella sonrió al verlo, quitándose el casco. Eren no dió rodeos para besarla, y Mikasa habría podido quedarse así durante una larga hora si él lo hubiese querido. El sol se escondía, parecía que con timidez, tras la línea del horizonte, de la misma manera en que un chiquillo curioso se asoma detrás de un muro. Sus rayos veraniegos besaban los brazos de la chica, queriendo opacar la palidez de su piel al otorgarle un ligero tinte color miel; sin embargo, Eren no lo permitió, pues la hizo entrar a casa antes de que la arena de la playa continuara deslizándose entre sus pies. El sonido de las olas al estrellarse en la playa era adormecedor, y la brisa arrullaba las hojas de las palmeras al cruzar entre ellas, perdiéndose invisible en algún lugar entre las montaňas que rodeaban las playas de Trost.
-Y... tu hermano te dejó salir? Así, nada más? - preguntó él mientras entraban, sin soltarla de la mano hasta que sus pies pisaron la sala.
-No estaba en casa cuando salí, así que no tuve que decirle nada. Y oye, él no me controla, de acuerdo?
Eren le sonrió burlonamente y la besó en la mejilla.
-Te creo. - respondió, haciendo que ella suspirara.
-Y dónde está Armin? - preguntó Mikasa, poniéndose cómoda en un sillón de la sala de estar. Eren entró en la cocina y sacó algo del refrigerador, antes de regresar con ella.
-Dijo que ya venía en camino. Pero eso fue hace aproximadamente... - el muchacho miró su reloj de pulso con detenimiento. Anochecería en una hora. - Cuarenta minutos. Ya debería estar aquí.
-Hmm. - murmuró ella. - Quieres que lo llame?
-Si quieres llamarlo, está bien.
Mikasa asintió y no tardó en marcar el número de su mejor amigo.
-Hola, Mika. - respondió Armin con voz jovial, un par de pitazos después. - Qué pasa?
-Hola, Ar. Eren y yo te esperamos. Dónde estás?
Ella estaba segura de que pudo escuchar una risilla salir de la garganta de Armin.
-Oye... Me temo que no podré ir...
-Qué? - jadeó ella, arqueando las cejas en decepción. Eren movió las manos para preguntar, pero ella le pidió con un gesto que esperara. - Por qué? Armin, planeamos esto desde hace un mes...
-Mika, de verdad lo lamento, pero mis padres me pidieron que estuviera con ellos hoy. Ya sabes, no están aquí casi nunca y...
Ella suspiró, derrotada. Si hubiese sabido que Armin mentía, probablemente lo habría sermoneado. Pero Mikasa jamás habría adivinado algo así; a pesar de lo intuitiva que era, su mejor amigo era muy listo, demasiado para su propio bien y el de ella.
Pero él mentía, por el bien de sus amigos. Porque Armin era el tipo de amigo alcahuete, que pensaba que Eren y Mikasa debían...
Bueno, necesitaban tiempo a solas. Tiempo para hablar y... otras cosas.
-Ah... - se quejó ella, con la voz apagada y los hombros caídos. Eren esperaba impaciente a que la llamada terminase. - En ese caso... Creo que no puedes hacer nada, Ar.
-No. En realidad, no, Mika. Lo lamento...
-No, no. Está bien. Ve con ellos. Ya nos las arreglaremos sin ti, de acuerdo?
Armin se moría de ganas por dejar salir un 'Por supuesto que se las arreglarán sin mí!' sarcástico en medio de la conversación telefónica. Pero no lo hizo. Debía controlar su risa.
-Seguro, Miki; saludos a Eren. Disfruten el fín de semana. Adiós.
-Adiós, Ar. - La llamada finalizó y Mikasa dejó el teléfono a un lado. - No vendrá...
-Ya. Lo imaginé. Es un cabrón.
-Eren... - le regaňó ella. Eren alzó las manos en un gesto de rendición.
-Qué? Es la verdad. Cómo es que sale con esto hoy?
-Oye, sus padres quieren reunirse con él. No puede decir que no a eso.
Eren ladeó la cabeza y suspiró.
-Bien. Supongo que tú y yo tendremos que cancelar los planes de tres e inventar uno de dos.
Mikasa dejó salir un gruňido leve y mordaz.
-Oye, no es la gran cosa. Sólo íbamos a ver una maratón de Harry Potter, no es así?
-No es igual. Probaríamos cuál de los tres soporta 24 horas viendo las ocho películas sin dormir. Pero ya no importa. Qué tal si vamos a una discoteca tú y yo? Bailamos un rato y luego regresamos, sí? - comentó él con entusiasmo. Pero su emoción se desvaneció al ver a su novia torcer la boca en desaprobación.
-Eren, sabes que no soy una fan de los lugares llenos de gente. Y no sé bailar.
-Pff. - bramó él. - Te ví bailar con el cara de caballo, Mikasa. Esa misma noche te besó, y esa misma noche me rompiste la nariz por segunda vez.
La comisura derecha de la boca de Mikasa se estiró en media sonrisa tímida y algo furtiva, provocada por los celos de Eren. Luego se mordió el labio y lo besó en la mejilla.
-No bailé con él; él me llevaba. Me besó porque no lo ví venir, y te rompí la nariz porque fuiste un idiota.
Eren hizo un puchero. Por mucho que intentara mostrarse enojado, no lo estaba logrando.
-Sí, pero...Ya sabes por qué fue. Como sea, si no quieres ir a una disco, dime a dónde quieres ir.
Mikasa pareció encogerse en una esquina del sillón.
-Qué tal si... nos quedamos aquí?
-Quieres hacer eso? Estás segura?
-Bueno... Este lugar me gusta. Por qué tendríamos que ir a otro lado?
Él sonrió ampliamente, inclinándose hacia ella para besarla, deslizando sus manos bajo la tela que cubría la cintura de su chica. Ella cedió ante sus movimientos y se reclinó hacia atrás, pero antes de poder aprisionarlo en su abrazo, Eren retrocedió con una tos fingida.
Debía controlarse.
Tenía que poder hacerlo.
Ella quiso obviar la escena y aparentar que nada había ocurrido. Nada.
-Eh... Tengo una idea. Qué te parece si... ponemos música aquí y te enseňo a bailar?
-Hmm... - murmuró ella. La chica se irguió en el sillón, mientras su mente le pedía a gritos a su corazón que dejara de latir con tanta intensidad.
-No te agrada?
-Eh... Creo que está bien.
Eren se puso en pie y caminó hacia el mostrador de la cocina, de donde regresó con una botella de vino en la mano que dejó en una hielera, junto a dos copas de vidrio. Mikasa no lo notó: estaba distraída respondiendo un mensaje de Sasha.
-Qué quieres de cenar? - preguntó él al detenerse frente al reproductor de música que descansaba dentro del armario de puertas de vidrio. Ella apartó los ojos de su móvil.
-Eh?
-Pregunté qué quieres de cenar.
-Hmm... Lo que quieras está bien.
Un tinte de tensión inoportuna se instaló en ellos en el momento en que Mikasa volvió a mirar su teléfono, tecleando algo. Eren cerró los ojos y suspiró, haciendo lo posible por no decepcionarse de sí mismo. Encendió el reproductor y Send me on my way llenó la sala con su característico arpegio de guitarra y las voces masculinas que repetían 'on my way' en un estribillo contagioso. El silbido de la canción lo acompaňó hasta la cocina, y para cuando acabó de cortar las verduras, otra melodía había iniciado. Eren regresó a donde ella estaba y la observó detenidamente, centrándose en la forma en que el cabello corto de la chica caía a ambos lados de su cara, ocultándola casi por completo de sus ojos. Mikasa sintió aquel par de perlas color turquesa sobre ella y alzó la vista, un poco desconcertada.
-Qué? - preguntó, dejando el teléfono a un lado, una vez más. Eren extendió su mano hacia ella.
-Me permite este baile?
Ella no sabía a ciencia cierta por qué la voz de Eren había enviado un corrientazo eléctrico por toda su columna vertebral, pero tuvo que hacer un esfuerzo para obligar a sus piernas a que se movieran, y a su brazo para que se alzara y poder tomar la mano de su novio. Él la sujetó con fuerza y la llevó hasta el centro de la sala, abrazando su cintura y entrelazando sus dedos con los de ella. Eren Jaeger tampoco sabía bailar y no tenía ni la más remota idea de lo que hacía.
Pero con ella allí, nada de eso importaba.
-Es un milagro que no sea una de Eminem o de AC/DC lo que estemos bailando. - se animó a comentar la chica, un rato después de moverse al ritmo del Rhythm 'n' Blues que se metía en sus oídos. Eren sonrió y se atrevió a mirarla, degustando con cada poro de su piel cómo se disipaba la horrible rigidez entre ambos.
-Oye, cada cosa tiene su momento. Y The platters es apropiado para la ocasión.
Un paso largo y otro hacia la derecha. Los pies de Mikasa seguían los de Eren, moviéndose como magnetos. Cuando la cara de la muchacha giró hacia la izquierda, pudo ver la botella de vino que plácidamente descansaba en una montaňa de hielo dentro del cubo.
-Qué es eso? - preguntó, seňalando la botella. Eren arqueó el entrecejo, fijándose en la bonita expresión inquisitiva del rostro de su novia.
-Es vino.
Mikasa ladeó la cabeza.
-Sí... Ya sé qué es. Lo que quiero decir es, para qué lo traes?
Eren se detuvo por unos instantes y luego continuó con su danza.
-Pues... para beberlo.
-Eren, sabes que yo no tomo alcohol.
-Oye, el vino no es malo, y no será más de una copa para ti, de acuerdo? - el muchacho se llevó la mano a la boca, y una tos falsa se escapó a través de su puňo. - Llorona...
-Cómo me llamaste?
Ambos se detuvieron, al igual que la música. Pero ninguno de los dos supo si era por el hecho de que el silenció sucedió a la música en su reinado, o si era porque Eren había 'insultado' a su novia.
-Llorona. - repitió, envalentonado.
-Por qué lo dices?
Eren tragó saliva. Mikasa lo miraba con ojos afilados, y el gris de su iris se condensaba como si estuviera a punto de devorarlo.
-Porque te da miedo tomar. Incluso si es sólo una copa.
-Ah. Entonces... dices que no bebo porque tengo miedo? Esas son sandeces...
-No. No son sandeces. Eres cobarde.
-Estás seguro? - la voz de Mikasa ahora se debatía entre lo amenazante y lo coqueto. Si ella se había dado cuenta del cambio o no, eso no era algo seguro. Pero a Eren le fascinaba. Esa parte de ella despertaba hasta el último de sus nervios.
-Completamente.
-Ah, sí? Pruébame.
Una victoria sutil y solapada. Eren la saboreó mientras se apartaba de ella para servirle una copa de vino, observándola desafiante y con una sonrisa torcida.
-Asustada, Potter?
-Ya quisieras.
Cero vacilaciones. Mikasa tomó la copa e ingirió su contenido de un solo trago. El abocado de aquel Cabernet Sauvignon seco le raspó la garganta, sin embargo, ella prefirió ahogarse en su propia respiración antes que dejar salir una sola de sus convulsiones pulmonares. Eren lo sabía, aunque no movió un solo músculo; estaba seguro de que ella lo golpearía si se burlaba.
-Whoa! Eso no se toma así de rápido, jovencita. - advirtió él, pero Mikasa pareció no escuchar, porque sin demora tomó una segunda copa, servida por ella misma. Ah, había sido una buena idea beber más; sólo así pudo disipar el molesto cosquilleo de su garganta. Después de todo, el vino no era tan malo.
Y al final, no le quedó más remedio que toser, provocando que Eren dejara salir una risotada sonora. Dos pares de pies se movieron al ritmo de Little bitty pretty one, Uptown girl, Sing-sing-sing y un par de singles de Michael Jackson, mientras cinco copas más de vino se convertían en las autoras intelectuales de una Mikasa un poco menos... tímida.
-Agh! - jadeó ella al sentir aquel líquido carmesí derramarse sobre su camisa en el momento en que Eren la estrechó contra sí y giró sobre sus pies. La bonita prenda de color azul pastel que Hanji le había obsequiado para su cumpleaňos estaba arruinada ahora, con una enorme mancha escarlata extendida desde el hombro derecho hasta su ombligo. Eren se apartó al escucharla y empuňó los labios.
-Hmm... Debes ir a cambiarte. - mencionó él antes de soltarla. Mikasa asintió, y como si su piel doliera ante la perspectiva de alejarse de él, lo hizo, sin dejar de mirarlo hasta desaparecer al final de las escaleras. Eren suspiró y se llevó las manos a la cabeza, jurando que su sistema nervioso colapsaría si no se tranquilizaba.
Estaba teniendo serios problemas para controlarse. Su novia era una tentación que a duras penas podía evitar.
.
Una campanilla certera y aguda proveniente de la cocina le hizo saber a Eren que el faisán a la cava estaba listo. Era el platillo favorito de Mikasa, y esperaba que ella pudiera percibir el aroma de la carne recién horneada al bajar las escaleras. Pero se había tardado un poco en volver, así que decidió dejar la bandeja sobre el mostrador e ir por ella, en caso de que necesitara algo de él.
Toc-toc.
-Mikasa, estás...? - entreabierta, la puerta ronroneó al ser empujada. Un par de ojos color turquesa husmearon al interior de la habitación donde ella dormiría, y se detuvieron al encontrarse con la piel pálida y tersa de una espalda desnuda. Eren tragó saliva: sus nervios se habían activado dolorosa e irremediablemente, todos y cada uno de ellos.
La voz de la chica lo sacó de su trance repentinamente.
-Eren, me ayudas?
Joder.
Él no sabía si ella sabía que lo torturaba al pedirle con un gesto que le ayudara a abrochar su sostén. Pero el hecho de ver una parte de ella que no había visto antes era un suplicio, un martirio agonizante; cómo evitarla? Cómo no mirarla, cuando su piel lo llamaba, hechizándolo como las sirenas hechizaron los oídos de Odiseo en su viaje hacia Ítaca. Eren tuvo que aceptar la realidad: no deseaba otra cosa que lanzarla contra la cama, emparedarla entre él y las sábanas y follarla como si no hubiese un maňana posible...
Pero no la merecía.
Él era un mentiroso. Ella era la pureza hecha carne; incluso con sus imperfecciones, Mikasa era algo etéreo ante sus ojos que sólo los dioses merecían tocar.
Antes de poder percatarse de lo que hacía, sus pies caminaban hacia ella, quien lo esperaba de cara a la ventana. Tanto así la deseaba, que su cuerpo ahora se movía sin ser ordenado? Sí, la deseaba tanto que sus dedos rozaron torpemente el camino glorioso que marcaba su columna vertebral y su boca se humedeció ante la idea de besar cada uno de los poros que se alzaron bajo su toque.
Y la vió ladear la cabeza en medio de un suspiro provocador que también erizó su piel.
Sin embargo, no hizo nada de lo que tan peligrosa y lascivamente rondaba entre sus sesos. Eren se limitó a cerrar el sostén de su chica. Ella se giró hacia él y él besó su frente antes de cubrirla con la camisa limpia que descansaba sobre la cama.
-La cena está lista. - anunció, cerrando el último botón. Luego se marchó, dejando a una mujer muy frustrada detrás de él. El fuego que ardía dentro de Mikasa era imparable, desconocido, devorador, implacable. Con sólo tocarse, ambos habrían podido quemar todo el lugar como una hoguera inextinguible.
.
Cuando ella bajó a la sala, la música se había apagado. El tap-tap de sus zapatos cortó el silencio de la sala y alertó a Eren sobre su presencia, haciendo que él se girara para poder mirarla. Sin embargo, Mikasa no quería encontrarse con sus ojos.
Estaba cabreada, realmente cabreada. Con él, con ella misma, y prefería callar.
Como un acto de rebelión, la chica de cabellos oscuros tomó una segunda botella de vino y la destapó para servir una copa hasta rebosar. Estupefacto, Eren la observó boquiabierto, pero sabía que no podía detenerla.
-Oye, no vas a cenar?
-No tengo hambre. - dijo ella con frialdad, antes de arrugar la cara debido a la textura ardiente y seca del vino. Sus pies la alejaron de allí, con la botella en una mano y la copa en la otra. Un instante le tomó para lanzar lejos aquel objeto de vidrio, rompiéndolo en mil pedazos, y beber el contenido directamente de la botella.
Eren no podía creer lo que veía. Debía detenerla. Aquella era una Mikasa que él no conocía.
Una Mikasa que, de haber estado completamente sobria, no se habría comportado de esa forma. Entonces se arrepintió de haberla retado.
-Mikasa, detente. Nunca has hecho esto y te vas a embriagar.
-Suéltame, Eren. - protestó ella, ingiriendo hasta la última gota de vino del recipiente antes de que él pudiera arrebatárselo de las manos. Un par de minutos después, su sangre y su cuerpo estarían completa y perfectamente alcoholizados.
-Mikasa, para ya. Estás siendo irracional, infantil, tonta.
-Eso no te importa. - respondió, desapareciendo de su vista tras la puerta de entrada. Eren fue tras ella y la vió sentarse en la banca del porche, mirando hacia la luna que se alzaba sobre la línea del horizonte.
-Vas a decirme qué te pasa? Qué es lo que te molestó de un momento a otro, Mikasa? Estábamos perfectamente bien y de repente...
-Nada, Eren. - ella interrumpió el flujo de su interrogatorio con dureza. - No me pasa absolutamente nada. - no quería mirarlo a los ojos. Tampoco podía decirle lo que pasaba por su cabeza embriagada, pues eso habría sido vergonzoso. Pero ella no sólo estaba molesta, sino también decepcionada, triste. Estaba segura de que Eren no la deseaba y ella no podía obligarlo a que lo hiciera.
Pero qué poco sabía. No tenía idea del calvario que era para aquel pobre muchacho haber tenido que tocarla y no poder tenerla.
-Si no pasa nada, vamos adentro. Estás mareada.
-No.
Eren suspiró y la sujetó del brazo, pero ella se sacudió violentamente.
-Mikasa, vamos. Piensas dormir aquí?
-No es tu problema.
Ella tosió. La brisa playera de principios de verano en Trost podía causar resfriados. Eren se preocupó.
-Lo es, te guste o no. Entremos.
-No.
-Perfecto. - Eren no diría una sola palabra más. Así que se inclinó y deslizó sus brazos debajo de ella para alzarla y llevarla al interior de la casa, antes de que pescara una gripe. Ella quiso resistirse, pero no lo logró; todo lo que hizo fue bajar de sus brazos cuando él cerró la puerta principal detrás de ambos.
-Tienes otra botella?
-Qué? Estás loca, Mikasa? Qué pasa contigo? Has perdido el sentido común?
Eren comenzaba a perder la poca paciencia que tenía. Los párpados de la muchacha se cerraron por un momento, al tiempo que ella caminaba hacia la cocina e intentaba mantener el equilibrio. Él la detuvo. Ella frunció el entrecejo.
-Déjame.
-No. Ve a dormir. Estás borracha.
-Y qué harás si no quiero ir a dormir, Jaeger? - le desafió ella con voz severa, mirándolo a los ojos. Eren masajeó el puente de su nariz antes de moverse.
-Supongo que esta noche tendré que llevarte a todas partes. - anunció con rudeza. Y antes de que ella pudiera decir algo más, se inclinó para sujetar sus piernas y llevarla en el hombro como un costal de papas. Sin embargo, Mikasa no replicó: estaba demasiado mareada para protestar, así que sólo dejó caer su peso sobre el hombro del muchacho, mientras su pelo colgaba de su cabeza con la fuerza de la gravedad y saltaba con cada paso que Eren daba para subir las escaleras. Entonces la acomodó en ambos brazos antes de dejarla caer sobre la cama, y antes de poder alejarse, sintió un par de manos aferrándose al cuello de su camisa.
Incluso ebria, Mikasa era fuerte. Muy fuerte.
Ella lo besó. El sabor seco del vino tinto en su boca activó sus papilas gustativas, y su lengua sintió una descarada necesidad de probar más de ella. Joder, joder, joder. Cuán dolorosa, exquisita y tortuosa era la tentación, igual que la espina que se clava en el pecho del ruiseňor para colorear una rosa con su sangre mientras le escucha cantar su última melodía. Él era el ruiseňor, Mikasa era la espina; pero no podía sentirse más a gusto en aquella muerte...
-Mika... - ella le mordió el labio inferior, pero él volvió a apartarse. - Mikasa, estás ebria. No sabes lo que haces...
-Eren, sé que estoy ebria, ebria como la mierda, pero sé exactamente lo que estoy haciendo...
Ni siquiera él podía evitarlo. La erección que se alzaba bajo sus pantalones comenzaba a hacerse dolorosa.
Un beso más.
-Mikasa, por favor...
No puedo... No puedo hacerte esto...
-Eren... - el jadeo alcoholizado que se desprendió de la garganta de la chica atravesó su lengua y raspó su garganta, aturdiéndolo. Entonces la miró a los ojos y vió las pequeňas gotas saladas que se acumulaban en sus pupilas, como si sus lágrimas quisieran contar algo que su boca no era capaz de gritar.
Los ojos color turquesa se deslizaron lentamente sobre cada contorno de aquel rostro de terciopelo, sobre sus cejas, sus pestaňas, sus irises color gris oscuro y los diminutos rayos que lo adornaban; sobre su nariz y su barbilla afiladas. Sobre su pecho palpitante que se expandía al son de una respiración agitada y ansiosa. Eren la observó toda, como nunca antes. Observó sus labios, aquellas seductoras, ebrias y dulces líneas delgadas que lo llamaban, impacientes. Y ya no cabía una gota de deseo más en su cuerpo.
Sus bocas se mezclaron de nuevo, primero con torpeza, como dos hormigas que se cruzan en un camino laborioso, y luego con fruición, hambrientas y exasperadas.
-Mikasa, si tú no me detienes, yo no lo haré... - las palabras de Eren se vieron silenciadas con un beso furtivo y tímido que contrastaba con las ansias que les carcomían las entraňas.
-No tengo intenciones de detenerte, Eren.
Como si se tratase de un hechizo, Eren obedeció ante la implicación de aquella respuesta. Poseso o embrujado, cualquiera de las dos opciones habría sido escasa para describir la intensidad de su deseo. Sus dedos se escurrieron sobre la ropa de la muchacha con fastidio, despreciando la tela que se interponía entre ellos como algo detestable, hasta deshacerse por fín de lo que la cubría, en una danza codiciosa. Besos salvajes, temblorosos y decididos, besos que mordían y adoraban; manos firmes y rústicas que apretaban la piel pálida, y dedos vacilantes y fríos que se aferraban a la cálida piel bronceada. Polos opuestos coexistiendo en una misma vida y en un mismo instante excelso sin querer detenerse. Eren se apartó un poco para poder adorarla, clavando sus ojos en ella: cada mechón de su cabello corto y oscuro como la penumbra se derretía en medio del mar blanco de sábanas, creando una perfecta disonancia.
-Eren... - jadeó la muchacha debajo de él, intentando recuperar el aliento que no le había sido quitado del todo. Él respondió con un murmullo. - Tus manos están frías...
Eren tragó saliva.
-Las tuyas también...
-Sí, pero... Estoy nerviosa. Esta será mi primera vez. En cambio tú...
No se escuchó una sola palabra. Y aunque los ojos del muchacho no se apartaron de ella, Mikasa pudo darse cuenta en medio de su embriaguez que quizá las cosas no eran como ella las había imaginado.
Un tinte escarlata coloreó los pómulos del chico frente a ella, haciéndola sonreír con dulzura.
-Pensé que... - resopló ella en medio de su frenesí, con la cara de su amante guardada entre sus manos. - Que tú y Annie...
Eren ladeó la cabeza vehementemente, antes de que ella pudiera terminar.
-Nunca. Y no hablemos de ella ni de nadie ahora, Mikasa. Eres lo único que quiero.
El choque de sus labios al unirse ahogó el ruido de las olas que atravesaba la ventana. Eren podía sentir el latido violento de su propio corazón martillando en sus oídos, así como Mikasa podía sentir el de ella; sus pulmones ensanchándose impetuosamente en busca de oxígeno y el roce de sus pieles haciendo cada vez más insoportable la espera de meterse dentro de ella. Mikasa se abrazó a él, encerrándolo en ella con voluntad inquebrantable mientras Eren moldeaba sus caderas entre las suyas, haciéndola temblar, haciéndola sentir un dolor punzante que no sintió antes, en el momento exacto que fundió su humanidad en la de ella, en aquella abertura inmaculada e inexplorada, flexionando los músculos de sus glúteos con cada impulso, destruyendo su castidad y su timidez, antes de convertirse ambos en un solo ser viviente.
-Eren... - gimió ella. Su voz era una mezcla de éxtasis y dolor, pero más dolor que éxtasis, y aquel nombre se introdujo en los oídos del muchacho como una serpiente rauda y viscosa que dejó caer rastros de escalofríos por todos sus nervios.
Con su nariz rozando la de ella, Eren usó la poca voluntad que le quedaba para poder pronunciar una sola frase.
-Estás bien? - jadeó, como si estuviese a punto de perder el conocimiento. Con un gesto de dolor, Mikasa asintió, a pesar de todo. - Te estoy lastimando?
La pregunta era agónica. Eren conocía la respuesta antes de escucharla.
-Quieres que me detenga? - pronunció con voz rasposa y agitada. Entonces la vió ladear la cabeza en negación, con vehemencia, y sintió el abrazo constrictor de la chica cerrándose a su alrededor.
-No lo hagas... Por favor.
El sudor los acariciaba, recorriendo cada parte de sus cuerpos como fiel testigo de su idilio, y Eren tragó con deleite cada uno de los gemidos y sollozos agónicos que se escapaban de la garganta de su novia, con miles de chispas electrizantes que recorrieron su cuerpo al clavarse en ella, como en un remolino de sensaciones abrasadoras que recorrían sus músculos y le obligaban a culminar en el triunfo agotador y líquido de una pasión calcinante y pretenciosa.
-Eren? - preguntó ella con angustia al oír sus gimoteos y gruňidos agónicos. Él agitó la cabeza, consciente de que no podría aguantar mucho.
-Mik...
No pudo evitarlo. Mikasa lo escuchó gemir y retorcerse sobre ella, apretándola sin piedad para liberarla al segundo siguiente, completamente desprovisto de fuerzas.
El silencio llenó de nuevo el dormitorio, pero fue interrumpido por la voz de Eren.
-Lo siento... - dijo con vergůenza y sin salir de ella, alzando la cabeza para poder encontrar aquel par de ojos grises que ya lo esperaban. Mikasa tragó saliva; aún intentaba recuperarse del dolor que invadía su entrepierna y lo más profundo de su núcleo.
-Está bien... - respondió, sujetándole el rostro tan dulcemente como podía. Eren sonrió y la besó, tembloroso y sin aliento, pensando que aquella mujer era la ebria más hermosa que pudiera existir sobre la tierra. Se miraron a los ojos y miles de palabras fueron dichas en silencio, entre las lágrimas de felicidad de la chica y los besos del chico que se tragaron aquellas gotas saladas con una devoción etérea. Ella sabía a vino, a sudor, a lágrimas, a sal y a futuro; él sabía a jengibre, a sal, a amor y salvación. Entonces se endureció dentro de ella y volvió a besarla, tal y como un ángel podría besar a su dios, o como el cielo besa al mar en el horizonte.
Él era áspero y dulce al mismo tiempo, y ella no pudo entender cómo, pero lo amaba. Ella amó cada ápice de él, cada gota de sudor, cada embestida, no importaba cuán dolorosas fueran. Ella amaba su esencia, sus labios y sus besos repartiéndose sobre ella como llamas ardientes. Ella amaba su cuerpo dentro de ella; amaba ser devorada por una fuerza más grande y más fuerte que ellos mismos. Su carne temblaba bajo sus manos, y sus uňas se clavaban en su piel bronceada, porque ella no podía permitirse perderlo. Nunca. Ella estaba en el lugar correcto, en el momento correcto, con el hombre correcto.
Y nunca antes se sintió más completa. Porque lo necesitaba como la tierra necesita agua, como los lugares oscuros necesitan la luz; porque ella parecía haber olvidado su nombre desde el momento en que él la hizo suya, y no le importaba nada más. Porque él necesitaba su piel y su calidez para ahuyentar sus fantasmas, y porque ella era el aire puro que sus sueňos respiraban. Sus frecuencias cardíacas aumentaban a tal punto que Eren podía sentir el dump, dump, dump de su propio corazón, exhaltado ante la visión palpable de aquel cuerpo bajo el suyo, con la razón y la cordura huyendo completamente de ambos. Por instantes sólo quería protegerla, besarla como si ella fuera el pétalo más frágil; pero al mismo tiempo su único anhelo era quebrarla, romperla en dos y volver a unir las partes de ella en un solo suspiro.
Ella unió su voz al concierto de placeres que surgían en forma de gotas de sudor, trastocada por su vehemencia, obnubilada por el ímpetu de su esencia, adorándolo con sus cuerdas vocales, con cada gemido que se escapaba inclemente de su garganta; tan inclemente y dulcemente como él saboreaba con su boca cada esquina de su piel, cada espacio, el lunar que se asomaba en un rincón de su cadera, rompiendo con la armonía inmaculada y monocromática de su piel pálida, arrogante, triunfante, orgulloso de haber sido tocado por la lengua de Eren, esa lengua que ella no podía describir como otra cosa que un pincel elaborado por los mismos ángeles, mientras se deslizaba sobre el lienzo de su cuerpo, pintando anhelos, deseos, pasión, llamas. Pintando los instintos más bajos y al mismo tiempo los más sublimes, marcando aquel territorio inexplorado como suyo. Eren entendía la euforia de los conquistadores al pisar una tierra extraňa, hermosa, exótica; porque así era ella: extraňa, hermosa, magnífica, divina, dulce. Dulce como el almíbar de sus recetas, inusual como el árbol de cerezo que afloraba cada primavera en el jardín en casa de Carla, y delicada como los pétalos rosáceos que cubrían el suelo en un espectáculo sobrecogedor, incluso a la vista del alma más insensible. Esa era Mikasa. Exquisita y densa al tacto como un manjar turco; sus gemidos, celestiales como el arpegio de una lira tocada por un querubín. Sus labios, suaves, ardientes, finos, quizás tan frágiles que temía hacerlos sangrar, pero tan fuertes a la vez que no dudó en provocarle una herida, queriendo beber hasta la última gota de su sangre en un instinto primitivo y presuroso que ella encontró tortuosamente plácido, mientras gimoteaba entre suspiros entrecortados el nombre del chico de ojos de fuego color turquesa.
Porque pintaban hogueras, ambos eran pinceles y lienzos al mismo tiempo, y el paisaje ardía en una zarza, como el fénix que muere y renace de entre sus cenizas. Sí, ambos morían y volvían a nacer en medio de todo ese fuego abrasador, en medio de cada embestida, de cada beso, cada caricia y mirada. Ojos color turquesa clavados profundamente en la plata líquida y oscura de aquellos ojos rasgados y enormes que suplicaban tener más de él; lenguas y labios entrelazados que se succionaban, hambrientos. Ella temblaba bajo sus dedos y su toque, y suspiraba. Eren. Eren. Ah. Eren. Una sonata en sus oídos, un preludio desde su garganta. Incluso el cielo se sonrojaba al ver aquella danza, en la que Eren dibujaba con sus dedos las líneas finas que conformaban sus labios en dos manjares preciosos y sórdidos, ahogando sus poros con sus dedos, encegueciendo sus ojos con sus besos, colgando de sus labios y hundiendo sus dientes en ellos. Entonces pareció enloquecer; sí, ella lo enloquecía, lo hacía perder la razón, lo hacía aumentar la fuerza y velocidad de sus embestidas, convirtiendo los gemidos de su chica en el hilo de un sollozo ahogado y prolongado, que se hacía intermitente cuando él se empujaba en ella, impaciente y vigoroso, chocando su piel contra la suya, mezclando sus sudores y exhalaciones, absorbiendo con deleite la salobridad de sus cuerpos en aquel vaivén frenético hasta sofocarla. Ella aprisionaba sus demonios entre sus brazos, haciéndolo sentir seguro. Él la convertía en poesía, y los huesos le dolían de tanto amarla, mientras los latidos de su corazón le contaban lo que no podía resumir en palabras, enteramente perdido en ella, sin tener intenciones de perderse en otro lugar, dejando que el fuego los consumiera por completo y los hiciera cenizas, así como las estrellas que se quemaban al presenciar la pasión consumada en aquellas sábanas.
Él debía clavarse en ella cada vez que la oía decir su nombre. Porque, Dios, la forma en que esas letras salían de su boca lo volvían loco. Eren se sentía mareado, indefenso frente a la divinidad de su mujer, pero tan poderoso que quiso consumir todo ese poder dentro de ella, como si fuera la última cosa que pudiera hacer en el mundo. Ella gimió, jadeó, rasgó su espalda, haciéndolo sangrar bajo sus uňas; y cantó su nombre una y otra vez, a duras penas conteniendo sus sollozos de placer. Él calculaba su respiración contra la de ella, exasperada, punzante, arrítmica; agarraba su cabello con fuerza, para que sintiera sus ansias de no querer soltarla. Sujetaba su cuerpo contra el suyo, para hacerla sentir su calor y sus palpitaciones vertiginosas. Tomaba sus manos y las guiaba por todo su cuerpo, alertas, artistas, deseosas y sublimes. Eren lloró, lloró lágrimas inspiradoras y pensantes, mientras la sentía sin decir una sola palabra mordisqueando la inferioridad de sus comisuras, lentamente, así como cuando se come una fresa, masajeando cada rincón de su existencia, besando sus labios con palabras en susurros, con más ganas intermitentes, con más provocaciones silenciosas, desbordante de amor y fluidos, comparándose sólo a un manantial.
Eren no dejaba de besarla, porque no deseaba hacerlo. Y cuando sus ojos se encontraban con los de ella, veía una galaxia plateada en sus irises, y un universo estrellado en sus pupilas.
-Mikasa... - la llamó, en medio de un suspiro entrecortado. Ella abrió los ojos con gran dificultad, intentando mirarlo sin volver a perderse en el remolino de deleites en el que se había hundido. - No digas eso.
Entonces vió sus ojos abrirse con atención, tratando de no perder la cabeza.
-Que no diga qué? - su voz era un hilo que se perdía en la madeja de quejidos que ambos compartían.
Eren gimió.
-Mi nombre.
Jadeos, sudor. Dos pares de pulmones que luchaban por no colapsar. Embestidas maravillosas y al mismo tiempo severas.
-Por... - Mikasa suspiró un suspiro largo, aferrándose con fuerza a la piel de su amante. - Por qué?
Él la besó. No podía permitirse parar.
-Porque harás que pierda la cabeza.
Mikasa sonrió. Sonrió ampliamente, como no había sonreído en mucho tiempo, y Eren se sintió afortunado. Mordió su cuello y sus pechos, y la vió arquear la espalda bajo él, sabiendo que el dolor la había abandonado hacía ya mucho tiempo. Sin embargo, no pudo evitar la inquietud que lo golpeó levemente al verla fruncir el entrecejo en un gesto que parecía tortuoso.
-Estás bien? - habló de nuevo, en medio de su éxtasis, mirándola profundamente a los ojos. Su cuerpo desnudo era una ventana al cielo, al igual que su alma. Mikasa estaba segura de que él podía ver a través de sus pensamientos, al tiempo que penetraba su cuerpo y su espíritu sin ninguna piedad. Nunca antes se había sentido tan vulnerable.
Entonces asintió ante su pregunta, con tanta cordura como su lucidez le permitía, mareada de placer. Eren entrelazó sus labios con los de ella una vez más. Aquella noche, ella era un pentagrama, y él, el más talentoso compositor. Aquella noche, Mikasa lo supo: Eren era todo lo que ella había anhelado.
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El punto más alto de la luna en el cielo atestiguó la conclusión del más puro acto de amor. Él llevó su mano hasta el rostro de la chica y le acarició los labios y las mejillas, sonriendo al ver sus ojos aún cerrados. Poco a poco, sus respiraciones volvían a la normalidad y sus cuerpos abandonaban la tensión. Eren la besó por enésima vez aquella noche, antes de llamar su nombre.
-Mikasa?
-Hmm?
Eren rió.
-Mírame. Abre los ojos.
Sus párpados se abrieron, descubriendo un par de perlas oscuras de color gris que Eren amaba con locura.
-No me mires. - fue lo primero que ella pudo pronunciar, con las mejillas tinturadas de rojo.
-Por qué no? Creo que es un poco tarde para eso, no? - se burló el chico. Mikasa se cubrió la cara con ambas manos, y a Eren le pareció la cosa más tierna del universo entero.
Entonces lo hizo.
La escuchó reír. Por primera vez, Mikasa Ackerman reía. Por primera vez en lo que parecían siglos, ella volvía a reír; y su risa era tímida, súbita, nerviosa, aguda. El sonido más hermoso que los oídos de Eren Jaeger pudieran escuchar jamás. Aquella no era una nueva Mikasa, pero muchas cosas nuevas se habían despertado en ella.
Y la risa de ambos cesó, y los ojos turquesa taladraron a los grises.
-Te amo. - le dijo él, con la frente unida a la de ella, rozando sus labios con su aliento y su cara pálida con su pelo castaňo, y el peso de su declaración metiéndose en los oídos de la muchacha hasta llegar a sus tuétanos.
Mikasa sonrió una vez más.
-Yo también te amo.
De la misma forma en que los rayos besan el suelo en medio de la tormenta, Eren besó a la mujer debajo de él. Besó sus labios, su nariz, sus pestaňas, sus párpados, su pelo, sus mejillas, todo de ella, reverenciando e idolatrando su presencia. Miró aquella cicatriz que él había causado, y arrepentido, deslizó su dedo pulgar y su boca sobre ella, como si eso pudiera expiar su culpa. Exhausto, se desplomó sobre ella, y Mikasa no tardó en hundir sus dedos entre las hebras de pelo castaňo, mirando hacia el techo con la sonrisa más amplia que su boca había dibujado en mucho tiempo.
-Mikasa.
-Hmm?
Eren terminó de recuperar el aliento antes de volver a hablar, y pudo sentir las vibraciones de la voz de la chica en su cabeza.
-Hace un aňo nos odiábamos... - Mikasa lo escuchó jadear. - Y mira dónde estamos ahora.
Él la oyó reír de nuevo y supo que jamás podría cansarse de ese sonido.
-La gente se enamora de formas misteriosas. - anunció ella en un susurro.
-Ah, conozco esa canción. Pero es cierto.
Bostezando, Eren se dejó caer junto a ella para poder mirarla mejor. Los dedos de la muchacha se estiraron hacia su cara y se deslizaron sobre su barba escasa.
Por un momento, por una noche, Eren pudo olvidarse de la culpa que cargaba a cuestas. Sus demonios estaban encadenados, y no pensaba dejarlos salir.
Él buscó a tientas una cobija para cubrir ambos cuerpos con ella. Mikasa volvió a besarlo, y el sabor del vino aún reposaba en su boca.
-Quieres dormir? - le preguntó ella. En el fondo, la chica esperaba que la respuesta de su amante fuera negativa.
Y lo fue.
Eren ladeó la cabeza y le besó los dedos.
-De ninguna manera.
Y mientras ambos volvían a perderse frenéticamente en el paraíso de los placeres terrenales por el resto de la noche, pudieron llegar a una conclusión contundente y certera.
Eren se dió cuenta del hecho más obvio en su vida: ella era todo.
Ella era como un rayo de sol y el arcoiris y la lluvia, todo estaba dentro de ella. Era como la risa de un niňo, como los helados que Carla solía comprarle en un día soleado después de recogerlo en la escuela. Ella era como un copo de nieve derritiéndose en sus manos; era paz y también tormenta, muy a su manera. Era como el postre más dulce, y sabía como su mejor budín. Ella era sal y azúcar; era como un fuego lento y el viento más silencioso. Era suave y hermosa, como una pluma. Ella era sus sábanas tibias en un frío día de invierno. Ella era una sonrisa, como su música, como un crescendo armónico dentro de un forte súbito que se metía en sus oídos y le causaba escalofríos; como una lira sublime que tocaba las más deliciosas notas para el dios más grande. Ella era dulce y pura, el camino que lo llevaba al cielo y lo hacía caer en el infierno. Ella era su aliento y el latido de su corazón.
Ella era suya.
En sus sueňos, Mikasa se dió cuenta de la cosa más fascinante y absurda en su vida: él era todo.
Él era las cuerdas de su violín, una sonata, un huracán, un relámpago. Él era un paseo a cuestas, como los que su padre solía darle cuando ella era una niňa, de esos que le hacían reír a carcajadas. Él era como subirse a una montaňa rusa, deseando que el viaje jamás terminara. Él era las mariposas en su estómago cuando lo veía atarse el cabello en un moňo; él era sus papilas gustativas gritando cuando comía budín. Él era sus propios dedos recorriendo todo su cuerpo, volviéndola loca, humedeciéndola. Él era su sangre hirviendo y su mente revoloteando, perdida en el éxtasis. Él era su despertar, el sol, la gota de rocío más pura; él era su deseo, el fuego de su corazón, la cura a su pasado y sus ganas de futuro. Era como algodón de azúcar derritiéndose en su boca; él era su núcleo, una herida sangrante que ella no quería fuera cerrada. Él era una nube, él era ella misma muriendo y resucitando en su boca; él era su bufanda y la noche en que la envolvió alrededor de su cuello. Él era gotas de limón y especias en su lengua. Él era la ira y el amor de Dios dentro de su sexo. Él era un rezo, y también su demonio.
Él era suyo.
Mikasa apretó los párpados cuando la luz incandescente del sol de la maňana le golpeó la cara. Entonces abrió los ojos y, con visión borrosa, intentó acostumbrarse a la claridad de la habitación mientras su mente hacía un recuento detallado de los sucesos de la noche anterior. Sus ojos giraron hacia el brazo que se cerraba alrededor de ella y hacia el cuerpo que descansaba a su lado, hasta detenerse en un par de ojos color turquesa que la observaban. Eren sonrió antes de besarla en la frente.
-Buenos días, dormilona. - le saludó él con voz maňanera, apartando de entre los ojos de su chica aquel mechón de pelo color cuervo. Ella parpadeó varias veces seguidas, haciendo que sus pupilas se habituaran ya a la luz.
-Buenos días... - La sonrisa que se escapó de sus labios fue algo que ella misma no pudo prever y que no habría podido evitar, aunque así lo hubiera deseado. - Qué hora es?
-Hmm. Las doce del mediodía, quizá.
-Eh? - jadeó ella con asombro. - Nunca he dormido hasta tan tarde...
-Bueno, seguramente nunca te has quedado despierta hasta las cuatro de la maňana. - anunció Eren con una sonrisa engreída, antes de besarle los labios. Situándola bajo él, el muchacho la hizo prisionera de su abrazo, uniendo su boca a la de ella mientras murmuraba alabanzas sin sentido contra su lengua y la hacía reír. - Sonríe más, sí? Por favor. Adoro tu risa.
Ella lo hizo, y él escuchó ángeles cantar.
-Eren... - su voz fue interrumpida por otro beso. - Eren!
-Qué pasa?
Al parecer, él no tenía intenciones de apartarse de aquellos labios.
-Debemos levantarnos.
Hubo risas, y luego el chasquido de dos bocas uniéndose una vez más.
-Por qué?
-Porque... - otro beso más. - Tengo hambre.
Eren se detuvo.
-En ese caso... Sí, debemos levantarnos.
Un último beso. O al menos, el último hasta que se levantasen de la cama. Cuando Mikasa intentó ponerse derecha, la resaca le golpeó la cabeza como un puňo de acero, obligándola a tumbarse de nuevo sobre el colchón. Todo le daba vueltas.
-Mierda! - exclamó con la mano en la frente. - Qué es esto?
-Se llama "debo hacerle caso a mi novio cuando me diga que no debo tomar más". Sí. Así se llama lo que tienes ahora. - se burló él mientras caminaba hasta el otro lado de la cama para ayudarla a levantarse. Mikasa lo fulminó con la mirada, pero él sólo se echó a reír, cubriéndole el cuerpo con la sábana.
-Eres un cínico. Tú me retaste a beber.
-Bueno, jamás creí que ibas a tomarte tres botellas de vino, Ackerman. Eso fue un récord. Ahora vamos al baňo, te das un buen duchazo y yo haré de comer. - advirtió Eren con un beso en su mejilla. Ella gimió quedamente al sentir sus manos sobre su cintura: el dolor de sus músculos podía compararse a una exhaustiva sesión de ejercicio físico durante veinticuatro horas, tras una larga temporada de inactividad. El ceňo fruncido de Mikasa se desvaneció, pero la expresión de asombro que se pintó en su cara al pasar frente al espejo habría alarmado a medio mundo.
-Ah! - jadeó. - Mi cabello...
Su expresión sólo provocó otra carcajada en Eren, quien la sujetaba para que no cayera a causa del mareo provocado por la resaca.
-Bueno... se ve terrible, pero valió la pena. - comentó él con un guiňo de ojo, mientras ella se peinaba con la mano y su pelo volvía a ser la cascada de seda oscura que había sido siempre. - Deberías dejarlo crecer un poco.
La mirada de la chica descendió al suelo, pero él volvió a alzarla, sujetando su mentón.
-No lo he dejado crecer desde que...
-Sí. Lo sé. Pero es hora de voltear esa página, mi amor. Yo creo que se vería precioso tu cabello si lo dejas crecer.
Mikasa sonrió una vez más, como lo haría el resto de aquel sábado de verano en el que la brisa del mar arrullaría sus pasiones. Cocinarían y comerían juntos, y Eren prepararía el postre favorito de su novia antes de irse a la playa a jugar fútbol, o a que Mikasa le enseňara algunas técnicas de lucha cuerpo a cuerpo, no sin tontear un rato mientras juraban que el mundo había dejado de rotar, sólo para reverenciar aquel momento. Harían el amor de todas las formas posibles, y aún así, jamás tendrían tiempo suficiente para profesar lo que con tanta paciencia y efusividad había crecido dentro de ellos.
Dejar la casa de playa aquel domingo después de un fín de semana tan intenso, sería como despertar del sueño más grato a una absurda realidad.
Eren abrió la puerta del copiloto de su BMW y Mikasa bajó de él, una esquina antes de llegar a casa de Levi. Él hubiese querido dejarla frente a la puerta, pero ella se rehusó, evitando a toda costa que su hermano mayor los viera juntos. La motocicleta se había quedado en la casa de playa, y Eren la regresaría a su dueňa más tarde. Con un beso profundo y prolongado, escondido en medio de una sonrisa (y un apretón de trasero del muchacho a su chica que ella resintió a regaňadientes), los amantes se despidieron entre protestas silenciosas ante la odiosa perspectiva de su separación temporal. Después de un fín de semana tan intenso, tomar caminos distintos era un hecho irritante.
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-Tch. Qué le pasa a esta mocosa?
La voz cavernosa del capitán Ackerman se alzó sobre el comedor a la hora de la cena, mientras observaba a su hermana menor con la vista perdida en algún punto en la nada. Hanji chasqueó los dedos frente a ella, y cuando Mikasa reaccionó sobresaltada, la pequeňa Tamara estalló en carcajadas, aplaudiendo sentada en las piernas de su padre.
-Eh?
Las risotadas de la bebé en brazos de su madre cesaron lentamente. Todos miraban a la chica de cabellos oscuros: Levi con desconfianza, y Hanji con tenso interés.
-Niňa, has estado perdida en alguna dimensión desconocida desde que llegaste. Estás bien? - preguntó Hanji, entre consternada y entretenida. Levi entornó los ojos sin dejar de mirar a su hermana, aunque Tamara lo hizo perder la concentración al tirar de su pelo, balbuceando sílabas incomprensibles y tiernas cuando él le limpió la saliva de la boca.
-Eh... Sí. Estoy bien.
-Y qué te pasó en el labio? - la voz de Levi sonaba amenazadora ahora, y con el dedo índice seňalaba la boca de su hermana menor. Pálida, Mikasa se tocó el punto de la herida en su labio inferior.
Era una suerte que Levi no pudiera ver los ligeros cardenales de sus piernas y torso, o se habría vuelto loco. Pero incluso con lo fuerte que Eren la había apretado, sus manos eran una maravilla; así que sonrió para sus adentros, mientras su rostro ocultaba sus pensamientos con una máscara inexpresiva.
Y no podía quejarse: ella también le había dejado a su amante unas cuantas marcas.
-Me mordí.
-Ah. - Levi no parecía muy convencido. - Dónde pasaste el fín de semana?
-En un campamento con amigos de la escuela.
-Veo. Y era un campamento científico o algo así? Porque creo que te extirparon el cerebro con esa cara de idiota que traes. - mencionó el capitán con un gesto desdeňoso. Mikasa arrugó el labio con disgusto y Tamara metió en la boca de su padre el sonajero ensalivado con el que jugaba. Sin embargo, aquella pequeňa había hecho tantas cosas como esa antes, que Levi Ackerman ya no reparaba en ello; podía decirse que su hija lo había obligado a ser menos rígido.
-Tamara te extirpó el cerebro a ti y jamás me he pronunciado al respecto, enano.
Hanji soltó una carcajada y su hija la imitó. El capitán esbozó una sonrisa al oír el estruendo causado por las dos mujeres de su vida, y sin esperarlo, también oyó reír a su hermana.
El espectáculo era tanto escandaloso como inesperado y agradablemente chocante.
-No puedes negar eso, Levi. - comentó Hanji, aún riendo. Tamara miró a su tía y gorjeó de nuevo algo que nadie entendió.
-No respaldes a la mocosa, Cuatro Ojos. Un día de estos haré que me respete. - replicó Levi con el ceňo fruncido. Mikasa rodó los ojos y Hanji le guiňó el ojo a su cuňada para que no prestara atención al enano enojón. - Y como castigo, lavarás los trastes de la cena.
-Tch.
Y aunque Mikasa refunfuňara, debía obedecer. Tamara bostezó con uno de esos tiernos ruidos de bebé que llamó la atención de todos los adultos en la mesa, y su padre se puso en pie, con ella en brazos. Pero la pequeňa estiró su manita regordeta hacia su tía como si la llamara, y la muchacha no tardó en ir hacia ella y besarle las mejillas. Mikasa aún se burlaba internamente de que una semana atrás había salido con Tamara y alguien, asumiendo que era su hija, había comentado que la niňa era una preciosa bebé, igual que su madre. Y a pesar de aclarar que Tamara no era su hija sino su sobrina, fue la primera vez que la idea de tener críos no le pareció tan descabellada como antes.
-Vas a dormirla? - preguntó Hanji a su marido. Levi asintió.
-La dejaré en nuestra habitación. Yo también tomaré una siesta. - anunció el capitán antes de subir las escaleras. Su hermana volvió a su semblante pensativo tras perderlo de vista, y su esposa observó a la chica detenidamente, antes de pronunciar palabra.
-Cómo estuvo?
-Eh?
Hanji se echó a reír y presionó la montura de sus anteojos con su dedo índice.
-Fue bueno el chico? Te trató bien?
Mikasa enrojeció, y por esa razón se abstuvo de mirar a su cuňada.
-A qué te refieres?
-Bueno, es lógico que eres una neófita en cosas sexuales, así que quiero saber si te fue bien.
Por mucho que intentara mantener la compostura, la chica de ojos grises no pudo ocultar el rubor intenso en sus mejillas.
-De dónde sacas eso, Hanji?
La mujer de anteojos resopló.
-Si mencionamos hechos, diré que estuviste con un chico este fín de semana; sumado a eso, regresaste con cara de idiota e incluso te reíste, y yo jamás te había visto reír, Mikasa. Si no me equivoco, el susodicho ha de ser el hermano mayor de Faye Jaeger porque hace un mes fuiste a buscarla a la escuela en su automóvil y noté demasiada tensión sexual entre ustedes dos, aunque me negaras esa vez que había algo entre tú y él.
-Eres peor que Armin... - murmuró Mikasa entre dientes, aturdida ante la perspicacia de la mujer de su hermano.
-Qué?
-Nada.
-Ok. Sólo quiero saber si el chico es tan bueno como parece. Creo que debe cortarse el pelo, pero puede que sea un buen muchacho.
-Lo es. - respondió Mikasa sin pensarlo. Hanji sonrió con satisfacción.
-En ese caso, me alegra verte feliz, niňa. Y a Levi también, aunque no sepa la fuente de esa felicidad. Sólo te pido que te cuides, sí? No creo que a tu hermano le guste la idea de ser tío por ahora.
-Hanji! - exclamó la chica, con la cara baňada en diferentes tonalidades de rojo escarlata. - E-Eso no pasará.
Hanji la vió tragar saliva a causa de la vergůenza y se burló de ella.
-Está bien. Te creo. Sólo dime si necesitas ayuda con cualquier cosa, y aquí estaré, de acuerdo? - Mikasa asintió. De alguna manera, al mirar a Hanji, sus ojos mostraban gratitud. - Ahora, quieres ver a Levi en modo papá?
A la chica le pareció tan graciosa la frase que dejó escapar una risilla. Hanji la imitó y se puso en pie, invitándola a seguirla hasta las escaleras sin hacer ruido. Antes de acercarse al dormitorio principal, ambas oyeron un canturreo susurrado salir de la única voz masculina que habitaba aquella casa. Al capitán Ackerman se le había olvidado que podía cantar hasta que su hija nació, así que decidió arrullarla con su voz cada día, enteramente convencido de que su mujer jamás lo había escuchado.
Y ahí estaba ahora, caminando con su pequeňa en brazos de un lado hacia otro, meciéndola en el arrullo de su voz sosegada mientras entonaba una canción de cuna en yiddish que Samuel Ackerman solía cantarles a sus hijos cuando eran niňos. Tamara sonreiría a su padre como cada día al escuchar su voz, y Levi le daría un beso en la frente. Sin embargo, ni su hermana ni su esposa podrían observar aquella adorable escena, pues debían esconderse para no ser vistas, o Levi se habría cabreado muchísimo.
A Mikasa le agradó mucho saber que su hermano mayor era feliz también. Feliz a su manera, sí.
Pero lo era.
Aquella tarde en que Eren fue a visitar de nuevo a su madre, no esperó que Grisha se sentara con él en el mismo sillón, a unos centímetros de distancia. Sembrados ambos en un silencio incómodo, el doctor Jaeger se aclaró la garganta antes de decir algo. Carla y Faye estaban en la cocina, así que aquella era la mejor oportunidad para una justa y necesaria charla padre-hijo.
La última vez que Grisha conversó con uno de sus hijos había ocurrido hacía un par de aňos; ahora, estaba demasiado ocupado para ello. Sin embargo, supo que debía remediar su error antes de que fuera demasiado tarde. Sólo esperaba que sus hijos no le guardasen rencor, aunque sus esperanzas parecieran completamente descabelladas.
-Eren, cómo te va en la escuela?
La pregunta tomó al muchacho por sorpresa. Eren dejó su móvil a un lado y giró la cabeza hacia el lugar de donde provenía la voz de su progenitor. Carla tenía razón: su hijo mayor se parecía mucho a Grisha, ahora que había crecido.
-Pues... Bien. Supongo.
Silencio.
Nada podía ser más incómodo que la escena entre un padre y un hijo que por mucho tiempo se habían comportado como un par de extraňos.
Pero Grisha sabía en el fondo que había sido su culpa.
-Cómo te va con tu novia?
-Cómo es que...?
-Tu madre me lo dijo. Pero era obvio entre ustedes, no es así?
Eren asintió al salir de su inesperado asombro.
-Después de casi siete meses de estar con ella, creo que es obvio para cualquiera. - replicó el muchacho con sorna. Su padre esbozó una sonrisa.
-No es eso lo que quise decir, pero está bien.
Silencio de nuevo. Eren se aclaró la garganta y Grisha tomó un sorbo del vaso que tenía en la mano.
-Eren.
-Sí?
-Tu hermano me dijo que estás molesto con él y no sabe por qué.
Eren gruňó con desagrado.
-Que lo averigůe. - contestó el muchacho, frunciendo el entrecejo. - Oye, si quieres decirme algo... Hazlo. No es necesario dar tantas vuelvas, ok?
Grisha lo miró estupefacto por un segundo. Luego volvió a sonreír cálidamente, y dejó caer una mano sobre el hombro de su hijo, por primera vez en mucho tiempo.
El toque se hizo extraňo e incluso incómodo, pero también tibio. Ambos supieron que lo habían esperado y que era necesario.
Y sin preámbulos ni adornos, Grisha decidió dar el paso que debía haber dado hacía mucho.
-Puede que no hagas lo que quiero, Eren, pero... Estoy orgulloso de ti.
Eren tragó saliva. Suspiró, su respiración se entrecortó, y sus hombros se movieron abruptamente al ritmo de un ligero ataque de hipo que, si no controlaba, amenazaba con convertirse en un sollozo. El muchacho no quería admitirlo, pero había estado esperando aquellas palabras durante lo que parecían siglos.
Su padre continuó, muy a pesar del nudo que se había formado en su garganta.
-He sido un asco de padre. Pienso que nunca debí serlo, pero... Zeke, Faye y tú son todo para mí. - la voz del doctor se quebró como una rama. - Lamento no haberlo dicho antes, y lamento haberme comportado como un ogro.
Eso era todo. Grisha no tenía que pronunciar una sola palabra más, porque no era necesario. Su hijo las había entendido todas y cada una, y se habían clavado en su corazón como agujas punzantes pero curativas.
El muchacho asintió y se peinó con la mano, intentando calmar su conmoción. El doctor apartó su mano de su hijo, y se puso en pie. Pero aquella palabra lo detuvo. La palabra que hacía mucho tiempo Eren había dejado de articular.
-Papá...
El corazón del doctor Jaeger dió un vuelco también.
-Sí?
-Yo tampoco fuí el mejor hijo.
Grisha sonrió de nuevo, pero esta vez, una lágrima interrumpía aquella expresión. La gota de agua salada se deslizó por debajo de sus lentes hasta ir a parar en la menuda barba que le adornaba el mentón y que Eren parecía querer imitar. El hijo se puso en pie, y el padre lo recibió en un abrazo cálido que había aňorado en silencio. Eren lo había extraňado, y no podía creer que el rompecabezas de su vida por fín comenzaba a completarse.
-Yo era igual. No puedo opinar al respecto.
Ambos rieron, y cuando Carla y Faye entraron en la sala y vieron la escena, se unieron a ella, entre risas infantiles y sollozos de una madre satisfecha y agradecida con el cielo.
Sin embargo, y muy en el fondo, Eren temía que aquello fuera sólo un espejismo efímero, una hoja de papel colorida que en cualquier momento pudiera romperse. Pero prefirió ahuyentar sus miedos, y disfrutar con lo que tanto había soňado, incluso si no lo aceptaba.
Porque a veces, antes de una tormenta, siempre viene la calma.
Pero era mejor no pensar en la tormenta.
Lo primero que quiero decir:
Isayama, por qué te la llevaste? A Sasha? Aún no puedo creerlo. Una parte de mí está en negación y la otra simplemente llora con sólo ver una imagen de mi chica patata.
Curiosamente, la escena que escribí sobre Mikasa y ella, ya estaba planeada desde antes del nefasto y triste capítulo 105 que acaba de ser publicado y que tan dolorosamente leímos. Quise plasmar el headcanon que todos tenemos acerca de lo mucho que Mikasa quiere a Sasha. Después de todo, han sido compaňeras de batalla y de cuarto durante aňos, y ya vimos lo desgarrador del grito que nuestra chica dió al ver a su amiga en el suelo. Me alegra haber escrito esa escena; creo que todos la necesitamos.
Y con respecto a la pregunta que muchos ya me han hecho: no, no mataré a Sasha. Pero deben saber que éste fue un capítulo tranquilo y lleno de fluff por ciertas razones que más adelante comprenderán. Sí, prepárense. Lo que viene no será bonito.
De nuevo, gracias a Adri porque sin ella me habría estancado en más de una escena. Su fic se llama "Matar o morir" (un Au de Los juegos del hambre y SnK), y es de las mejores escritoras que conozco así que vayan y léanla.
Sin más razones para alargarme, espero sus reviews, y nos vemos en el siguiente capítulo. Gracias por ser tan pacientes.
