Capítulo 26

¿Estaba bien que le haya pedido matrimonio?

Miraba ese anillo de zafiro maravillada mientras su corazón palpitaba con fuerza y su cerebro le decía "Esto… ¿podría perjudicarte en algo?".

El plan se vería interrumpido si daba el , pero sus latidos le indicaban que deseaba con todas sus fuerzas casarse con él y llevar su apellido. ¡Cómo deseaba llevar su apellido! "Señora Okita…" ¿Acaso no se escuchaba dichoso? Incluso más elegante que el tan famoso Señora Sakata.

"Kagura Okita"

"Okita Kagura"

Dijera como lo dijera se escuchaba esplendoroso. ¡Era una combinación perfecta y sublime!

Pero, ahí estaba el problema.

Era bien sabido que los pretendientes de Kagura llegaban a su casa porque ella era viuda, porque pedía explícitamente en ese anuncio de uno de los periódicos de Tokio que estaba dispuesta a casarse para tener un heredero que se quedara con la empresa Sakata. Si llevaba el apellido Okita ya no tendrían a quien sacarle dinero para la empresa.

— ¿Pasa algo, Kagura? Estás muda…

Sí, muda, completamente muda. No se había dado cuenta de cuánto tiempo había estado observando ese anillo.

¿Fue una buena idea? Sougo se la replanteaba. ¿Y si ella aún no estaba preparada para casarse? ¿Y si llevaban muy poco tiempo…? ¡No! Era imposible que fuera eso. ¿Acaso 15 años de conocerse era poco? ¡Patrañas! La situación era otra.

— Perdóname, Sougo… es… es solo… — Ahí estaba, su intento fallido de querer casarse con ella. Pero no perdía las esperanzas. — La situación, ya sabes…El plan…

"Ah… era eso". Sougo comenzó a sonreír. ¿Por qué no lo había previsto antes? Había sido un idiota, ¿pero en qué más puede pensar un idiota cuándo está enamorado? Seguramente habría una solución a todo sin que el plan se viera atrofiado.

— Kagura… quiero estar unido a ti, no solamente como algo simbólico. Quiero ser legalmente tu esposo… Con que solo lo sepamos nosotros, está bien… nadie más tiene que saberlo — la miraba a los ojos con dulzura mientras le tomaba de la mano y le sonreía tiernamente — No hay nada de malo en un matrimonio furtivo.

Sí, no había nada de malo con eso. Japón era un lugar donde casarse era sumamente fácil, una firma en un documento lo solucionaba todo, absolutamente todo.

El rostro afligido de Kagura había cambiado como por arte de magia. Tenía una sonrisa de oreja a oreja ¡Y qué bella sonrisa era! Llena de felicidad, de orgullo.

— ¿No me vas a poner el anillo? — lo miraba a esos ojos escarlata con emoción. ¡Claro que le pondría el anillo! Estaba sumamente feliz. En una escala del uno al diez, Kagura desbordaba más allá del cien con esa alegría que sentía en esos momentos.

Sougo expresó una pequeña risilla a la vez que le ponía el anillo y podía jurarse que sus mejillas se habían sonrojado levemente.

— ¿Y bien? — sabía la respuesta, pero aún así quería escucharla explícitamente de sus labios.

— Sí, Sougo. Me encantaría casarme contigo. — No solo sus labios sonreían, sus ojos también lo hacían. ¡Se veía tan dulce! Incluso más dulce que la primera vez que Sougo la vio. Nadie pensaría que esas sonrisas inocentes que esos dos amantes se dedicaban guardaban un oscuro secreto, pero… ¿A quién le importaba? Las apariencias engañan.

Sougo se levantó de su asiento tomando a Kagura de la mano, alzandola y abrazándola frente a todo el mundo. ¿Una muestra de cariño en un lugar público? ¡Estaban locos! Para la sociedad japonesa, claro está.

La besó cual beso de película. "Siempre tendremos París" como decía un film de la Segunda Guerra, pero ellos no necesitaban tener París, ellos eran París.

— Te amo, Kagura — Oh, Dios. Se escuchaba tan lindo, tan dulce.

— También te amo, Sougo — volvió a besar sus labios y se abrazó a su cuello. ¡Qué espectáculo! Los comensales los miraban maravillados, con sonrojo en sus mejillas. No era común ver a una pareja manifestando su amor. Desbordaban cariño, se veían realmente enamorados, eran perfectos.

15 de noviembre de 1952.

"Es tan hermoso…"

Se encontraba en su oficina admirando aquella piedra preciosa mientras suspiraba como toda una adolescente enamorada. A sus costados habían algunos papeleos con las cuentas de la empresa. No es que los hubiera dejado de lado, solo se dio un pequeño tiempo para admirar el regalo que el dueño de su corazón le había dado. ¿Casarse? No lo podía creer, sentía como si fuera la primera vez que se unía en matrimonio con alguien, incluso estando viuda.

— Que lindo anillo, Kagura — se acercó Shinpachi con un poco más de papeleos, la diferencia es que estos ya estaban resueltos y eran cuentas y estadísticas sobre la empresa.

— Shinpachi, no te escuché entrar. — lo miró feliz a los ojos. Nada ni nadie podía perturbar su estado de ánimo. — Me lo regaló Sougo — Decírselo a Shimura estaba bien. Kagura se había cerciorado de que ninguno de sus conocidos ni familiares tuvieran como preferencia el periódico donde publicó ese aviso. Fue solo una mala suerte que su hermano haya visto ese enunciado y haya ventilado aquel secreto en la fiesta. Pero Shinpachi no estaba en esos momentos, él no tenía idea de nada.

— Al parecer tienen una buena relación — sonreía para luego tomar asiento frente a la bermellón en el escritorio.

— Sí, es una linda persona… — otra vez esa mirada de enamorada. ¡Es que ni siquiera quería pasar desapercibida! — ¿Cómo está Soyo?

Shinpachi se heló. ¿Por qué preguntaba por Soyo? Era cierto que después de la fiesta había comenzado a verla más seguido, ¿pero cómo lo sabía ella?

— ¿Soyo…?

— No te hagas el desentendido, Shinpachi. De un momento a otro desaparecieron en mi cumpleaños. No los vi cantando ni celebrando. Al rato, cuando volvieron, estaban despeinados. Soyo tenía su maquillaje corrido. ¿Crees que no me iba a dar cuenta? — se posó sobre ella una sonrisa pícara. ¡Con las manos en la masa! Shinpachi se veía acorralado.

— Yo… Bueno, ella está bien… — no podía mentirle. La había visto esa misma mañana antes de ir a trabajar.

— Eso es bueno. Cuídala mucho… es una pena que haya perdido a su bebé.

Soyo le había confesado a la bermellón, antes de irse de su cumpleaños, que el impacto que tuvo fue tan grande y fatídico que el embarazo de alto riesgo que llevaba se había visto afectado. Y es que era obvio que después de ver toda esa sangre manchando su blanco vestido, ese bebé iba a pasar a mejor vida.

Kagura lo lamentaba, sí, pero por otro lado pensaba que si ese hijo hubiera nacido, no hubiera vivido feliz. ¿Cómo podría serlo con un padre como Kamui? Seguramente viviría su misma suerte. Alimentado de cariño a base de cosas materiales y casándolo con alguien a quien no quiera como amante.

— Ha ido superándolo de a poco. Soyo es más fuerte de lo que parece — su rostro lleno de orgullo al hablar de ella se notaba.

— Eso lo creo. — tomó una pausa y prosiguió — ¿Cómo van las cuentas de la empresa?

— Oh, sí. De eso quería hablarte, Kagura. — de un momento a otro la dama sintió que su sangre se helaba levemente — Hay cifras que no corresponden a las ventas… la cantidad de productos que vendemos no son equivalentes al dinero que estamos adquiriendo. La economía de la empresa ha subido, pero… no me explico el por qué.

— Oh, — su mente se iluminó en el momento que su compañero le hablaba — no te preocupes. Mi padre ha estado ayudando con algunas cosas. Se me había olvidado comentártelo.

— ¿El señor Kankou? Creí que tenías una mala relación con él.

— No, no. Verás… ya nos arreglamos hace algún tiempo. Por eso lo viste en mi cumpleaños. — había un poco de verdad en su mentira.

Hace un tiempo atrás, luego de la fiesta que había planeado Kamui en la mansión Yato, Kagura logró contactarse con su padre. De cierta manera no podía serle indiferente. Siempre veía que él era sumamente cariñoso con Kouka y sintió que aquel cariño que nunca le dio a sus hijos, por lo menos se lo daba a su esposa. Debía perdonarlo y hacer las paces con él, lo necesitaba.

— Debiste habérmelo dicho antes, Kagura. Me asusté. Pensé que estabas robando o algo así. — reía socarrón. Él estaba bromeando, pero ella sabía que se acercaba a la realidad.

— ¿En serio me crees capaz de hacer algo así? — sonreía para ocultar su nerviosismo. ¡Por Dios! No quería tomar cartas en el asunto con su mejor amigo. La mentira fue lo mejor que le hubiera dicho en años.

— En fin, es bueno saberlo. Solo venía a eso. — se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta — sigue deleitándote con tu anillo — una sonrisa inocente se posó en su rostro y una, no tan inocente, y de hecho falsa, se mantuvo en el rostro de Kagura.

Ya sola en su oficina, acariciaba su hermoso anillo de zafiro mientras mantenía su mirada en un punto muerto.

¿En serio estuvo a punto de ser descubierta?

Se había equivocado, solo una cosa podía sacarla de su estado de ánimo, y eso era su nula inocencia.

Tenía que hacer algo, no quería verse envuelta en problemas, no ahora que iba a casarse con Sougo, no ahora que quería llevar una vida tranquila con quién amaba. ¿Pero qué podría hacer?

1 de diciembre de 1952.

Estaban solos, completamente solos en la mansión Sakata.

Los empleados se habían tomado el día libre y ellos se encontraban frente a frente, tomados de las manos y con un papel en el mesón al lado de ellos.

Habían abierto el gran salón de eventos, era una situación importante. Muy importante para los dos.

— Sougo… — vestía un hermoso traje matrimonial japonés. Querían algo sencillo, no esperaban arreglos ostentosos como en las ceremonias occidentales. Querían algo para ellos mismos, para unir sus almas en matrimonio hasta que los separe la orgullosa muerte. — estoy nerviosa…

— Tranquila. — le acarició la mejilla y la miraba con cariño — solo somos nosotros… no hay que aparentar nada, somos solo dos personas enamoradas a punto de casarse. — se veía impecable con ese kimono ceremonial, más apuesto que de costumbre. — Quiero… decirte algo… — Kagura lo miró expectante, con ese sonrojo tan notorio en sus mejillas y sus ojos tan grandes y hermosos — Esto nos mantendrá unidos por siempre, más allá de las clases sociales, de edades o de la eternidad misma. Ni siquiera la muerte podrá separarnos porque somos eternos, Kagura. Eternos como el aire, perennes como las hojas de los pinos. Tan inmortales como las rocas y los dioses. El destino siempre nos mantendrá en un lazo inquebrantable… tan inquebrantable como el horizonte que sostiene el mar y el cielo. Yo soy tu mar… si tú te oscureces, yo también lo haré. — El castaño insertó con delicadeza un anillo de matrimonio en el dedo de ella.

— Sougo… — estaba a punto de llorar. Sus ojos se cristalizaron y sentía una emoción incontenible en su pecho — Soy tu cielo, te llevaré conmigo a donde sea y reflejaré en ti la belleza del sol y la luna. Tocaré todos los rincones de nuestro mundo junto a ti y me fundiré en tus aguas tal como lo hace la noche en el vasto océano. Llevaré mi promesa de amarte siempre atada a mi corazón y nos encontraremos en otras vidas, compartiendo nuestro mutuo sentimiento de amor. Nunca te fallaré y nunca dejaré de amarte en lo que queda de mi, ahora, maravillosa existencia junto a ti. — cometió la misma acción que su amado e insertó aquel anillo en su dedo para mirarlo a los ojos con dulzura.

— Entonces… — Sougo se irguió orgulloso y dichoso, y con una sonrisa en el rostro dijo — Nos declaro marido y mujer. Ya puedo besar a la novia. — Kagura sonreía y acercó sus labios a los de su amado a la vez que cerraba los ojos, siendo imitada por él.

La besó con toda la dulzura y amor que su ser terrenal le permitía y se separaron nuevamente para verse a los ojos.

Sus rostros habían cambiado para ellos. Se veían tan inocentes y bellos, tan dichosos y orgullosos. Con una paz serena que todo lo calma y regocija.

— Te amo — se dijeron al unísono, haciendo que sus voces se mezclarán y crearán el sonido más hermoso del universo.

Firmaron con calma los papeles de matrimonio y volvieron a besarse, ahora con un abrazo, tan fuerte, tan latente. Se embriagaban de amor por el otro y no necesitaban nada más que a ellos mismos para disfrutar su boda.

— Deberíamos brindar con Champagne — Kagura acariciaba su rostro mientras seguía abrazada a él.

— Justamente aquí la tengo — Se había agachado un poco y debajo de la mesa la sacó de entre una cubeta con hielos.

— ¡Perfecto, Sougo! Sabes cómo complacerme — tomó una copa y esperó pacientemente a que su esposo —Dios mío, qué hermosa sonaba esa palabra— abriera la botella.

— Conozco los gustos de Mi Señora Okita. — le sonrió coqueto a la vez que sonaba el ¡Pop! del corcho disparándose en el salón. Sirvió la bebida burbujeante en la copa de su esposa para luego servirse él y dejar la botella en el mesón — Brindemos por nosotros.

— Por una vida larga y próspera como esposos. — mostraba sus blanquecinos y bellos dientes en una fina curvatura de labios.

— ¡Salud! — dijeron al unísono, cruzaron sus copas y dieron un sobró de su champagne sellando finalmente aquella unión entre los dos.

Inexplicablemente, esa bebida les sabía más deliciosa que de costumbre. ¿La marca? ¿La forma en la que la hicieron? Sus paladares saboreaban cada gota. ¡Realmente era un elixir fabricado por los dioses! Y no, no era la marca o la fabricación lo que la hacía más deliciosa. Era su felicidad, era la situación tan bella que estaban teniendo. ¡En cualquier momento podrían tocar los cielos y con cualquier cosa! Nada los sacaba de su estado eufórico y maravilloso.

— Mañana llevaremos los papeles al registro civil. — Le sonrió él a la vez que tocaba la mejilla de su amada — Estoy tan feliz, Kagura.

— Yo también lo estoy. — Depositó un tierno beso en sus labios.

— Oh, te tengo una sorpresa. — Le mencionó feliz mientras se alejaba de ella y traía consigo un carrito con una bandeja. — Le pedí a Shimaru que cocinara algo especial.

— Vaya, eso se escucha interesante. — la tomó de la mano para dirigirla a una mesa y ayudarla a sentarse en la silla que allí había. Todo estaba preparado, los cubiertos, los vasos y el sake. — Vamos a cambiar la champagne por lo que veo.

— Lo que vamos a comer no puede acompañarse de una champagne, sino de un buen sake. — le respondió a la vez que tomaba asiento y abría la bandeja para mostrar lo que había dentro — ¿Qué te parece?

— ¿Ramen? — rió un poco por la sencillez del platillo. — ¿Por qué?

— La última vez que ibas a comer ramen… lo dejaste enfriar hasta el día siguiente — su mirada lasciva le indicaba a qué era lo que se refería exactamente. — Creí que te gustaría probarlo al fin. Le pedí a Shimaru que lo hiciera exactamente como la última vez.

— Se ve delicioso. — sonreía por las ocurrencias de su esposo. Era tan dulce y siempre la sorprendía con cada mínimo detalle.

— Tu también eres deliciosa — le dijo embobado y perdido en ella antes de que diera la primera probada de su ramen. — Quiero decir… — se retractó en cuanto sintió la mirada divertida de Kagura sobre sus orbes carmín. — Que también pienso que se ve delicioso.

— No te pongas así, Sougo. Estamos cenando… — su pie se había despojado del elegante zapato blanco que tenía puesto y con sensualidad comenzó a acariciar la pierna de Sougo por debajo de la mesa. — ¿O Acaso quieres… que el ramen se vuelva a enfriar…? — lo miraba con pasión y comenzó a tocarse los labios con sus dedos para luego morder uno levemente. ¿Cuánta lujuria poseía hasta el punto de tentarlo con esos movimientos tan lascivos?

— No sería una mala idea… — le sonrió coqueto y en cuanto se iba a levantar para ir al lado de su amada, Kagura detuvo su erótico juego y se dirigió netamente a su plato con ramen.

— Pues es una pésima idea porque tengo mucha hambre ahora. —Hizo un mohín como toda una niña pequeña y comenzó a comer finalmente la tan ansiada cena — ¡Está delicioso! — sus ojos se encendieron como dos luceros. Se vería realmente tierna.

— Al parecer ese apetito es algo que nunca vas a cambiar — Apoyaba su mejilla en su palma y la observaba divertido — Es muy cruel al dejar a su esposo con las ganas, Señora Okita.

— ¿Y usted no sabe que la hora de la cena es casi sagrada, Señor Okita? —Sougo se le quedó mirando un rato mientras degustaba su comida. ¡Esa sonrisa de bobo no se le quitaba con nada!

— Eres muy especial, Kagura — soltó de la nada, llamando la atención de la bermellón. — Nunca pensé que podría casarme con alguien como tú. Creo que he sido bendecido por los dioses.

Ella sonrió sintiendo cómo sus mejillas se teñían de un bello rosa tal como el de las flores de cerezo. Realmente se sentía muy juvenil y dichosa al lado de su amado. Podía ser tan dulce como una niña y se ilusionaba tan rápido como una adolescente. Él la hacía retroceder en el tiempo y experimentar aquellas mariposas en el estómago que nunca había podido conocer antes.

El que calla otorga, como dice el dicho, y el silencio que Kagura le daba al no saber que responderle por tal halago le había causado demasiada ternura al castaño.

— Resulta que cuando te digo cosas lascivas me contestas, pero cuando te digo algo romántico te quedas callada como toda una niña tímida. — Comenzó a molestarla, había algo en él que lo motivaba a molestarla a veces. Anhelaba ver alguna reacción divertida en ella, o que simplemente le siguiera el juego.

— Ni siquiera me has dado el tiempo de contestar, esposo mío. — sonreía orgullosa y altanera. — Es obvio que fuiste bendecido por los dioses al permitirte estar con una mujer como yo. — limpiaba sus labios grácilmente con una servilleta, pero lo que él no sabía es que el uso de esa servilleta era para evitar que se notaran las ganas de reír que tenía Kagura al decir eso.

— Oye, eso es un poco egó…

— Pero — le interrumpió, ahora mirándole en serio y con una leve sonrisa — los dioses también me han bendecido por tener a un hombre como tú a mi lado.

Okita sonrió tiernamente, ciertamente adoraba que bromeara con él de vez en cuando.

— Hubieras visto tu cara — le dijo ella divertida tratando de aguantarse una carcajada. — Cuando me ibas a decir que era una ególatra… ¡Pffff! ¡JA, JA, JA! ¡LO SIENTO! — reía mucho y de manera muy sonora. Hace tiempo que no reía así, se le podía ver como unas lagrimitas escapaban de sus ojos — ¡REALMENTE LO SIENTO, ES QUE… JA, JA, JA! — se calmó un poco y respiró profundamente mientras se limpiaba la lágrima del ojo — Realmente te creíste ese ego. — le dijo en carcajadas más serenas. — Eres muy dulce, caes demasiado rápido con las bromas. ¿Realmente te crió Gintoki?

— Es un grado de inocencia que no puedo hacer desaparecer — le dijo cerrando los ojos y fingiendo enfado para luego comer un poco de su ramen. Aunque su seriedad no duró mucho, comenzó a reírse también. — Creo que el jefe influenció bastante en ti.

— ¿Qué puedo decirte, esposo mío? Él me enseñó muchas cosas. — su sonrisa de diversión de a poco pasó a una nostálgica. — Hablando de eso… ¿qué diría Gin si nos viera así?

— ¿Casados? ¿O siendo asesinos? — ¿Es que acaso esa sonrisa inocente no podía ser menos acertiva? Ellos lo veían como algo normal. ¿Asesinos? ¡Realmente lo veían como un juego! Nadie podría entender cómo es que podían hasta bromear de manera tan familiar con eso.

— Si nos viera como asesinos… no estoy muy segura de su reacción. — soltó una pequeña risa jocosa y prosiguió — Hablo de nosotros, como amantes.

— ¿Cómo amantes? No creo que haya afectado mucho, después de todo él se acostaba con una de las enfermeras del cuerpo militar.

— Creo que él estaría feliz… Antes de irse a la guerra la última vez que nos vimos, me habló sobre eso, sobre esa relación que tenía con Tsukuyo. Me dijo que el amor era algo bello, que lo sentías aquí — direcciono su dedo a su pecho — como si floreciera, como si quisieras pasar el resto de tu vida con esa persona amada. Me lo explicó… para luego decirme que ojalá yo también pudiera encontrar a esa persona especial y sentir aquello que tan hermoso se manifiesta. — Tomó un sorbo de su sake para aclarar un poco su garganta. — Él hubiera estado feliz de vernos juntos, Sougo. De seguro nos mira desde algún lado sintiéndose orgulloso por nuestra relación.

— Y porque su empresa va bien — sonrió armoniosamente a su amada y comenzó a acariciar su blanquecina y femenina mano. — Seguramente nos está viendo con una sonrisa en el rostro.

¿Quién demonios pensaría que alguien podría ponerse orgulloso de dos asesinos despiadados? ¡Es que estaban locos! Quizás su relación fuera lo más hermoso que existe en este mugroso planeta, pero eso iba más allá, más de lo que podría entender la gente común, gente que no pensaban como ellos, que respetaban el nombre de la Ley, por eso, su secreto era tan grande y su complicidad tan sincera. Eran únicos a su modo.

Siguieron cenando entre conversaciones cotidianas, gustos sobre libros o música. Por allí un "¿Conoces a Doris Day?" O un "Billie Holiday es una buena cantante".

"¿Prefieres el blues o el jazz?"

"Prefiero a Mozart".

22:10 horas.

Habían terminado de cenar. Ciertamente todo estaba delicioso y el postre se componía de una macedonia de frutas con crema.

No había mucho que hacer. Sougo se ocuparía de la limpieza al día siguiente junto a Shimaru. Gengai no podía ayudarlos, su vejez se lo impedía y ya no tenía las mismas fuerzas de antes.

— Señor Okita, ¿qué es lo que procede luego de la exquisita cena? — le lanzó con mirada coqueta y reposando su mentón en sus manos.

— No se adelante, Señora Okita. Es una sorpresa. — en una sonrisa llena de felicidad y satisfacción, se levantó de su asiento y se posicionó a un lado de su esposa para tomarle la mano con delicadeza. — Acompáñeme. — Kagura se levantó de su asiento con la elegante ayuda de Sougo y lo miró sonriente a los ojos — Pero, necesito que cierres los ojos.

— ¿Y si me tropiezo? Recuerda que llevo un kimono largo.

— Tranquila, voy a guiarte en lo que sea necesario. Solo cierra los ojos. — le dijo a los oídos en un susurro que la hizo estremecer de pies a cabeza. Si se lo pedía de esa forma, era imposible que no le hiciera caso.

El castaño la llevó hasta el cuarto de ella. La luz era tenue gracias a las velas que ornamentaban la habitación. Se sentía un exquisito aroma a rosas y el ambiente tranquilo los llenaba de mucha serenidad sin saber el por qué.

— Huele delicioso, Sougo… ¿Ya puedo abrir los ojos?

— Ábrelos — su dulce voz era como una melodía. La dama de cabellos bermellón abrió sus parpados lentamente hasta encontrarse con algo que la dejó maravillada.

Un escenario tan hermoso. Las velas iluminando su habitación dejando un leve tono rojizo, su cama con sabanas tan blancas como la nieve y adornada con pétalos tan rojos como la pasión que sentían entre ellos.

— Sougo… — el castaño la abrazó por la espalda y posó sus labios en su cuello para darle un dulce beso. — Es… tan hermoso…

— Una noche tan especial requiere de una decoración especial… — sus besos se propagaron por todo su cuello, despojando de a poco el kimono que Kagura llevaba puesto. — Me encanta tu piel… Kagura…

Acarició su rostro aceptado esos besos en su dermis para ayudarlo a retirar la molesta ropa de sus cuerpos.

El tacto sereno la hacía temblar entre sus brazos

cual viento en follaje primaveral.

La piel tan blanca como la nieve de rosáceos se teñía

tal flor de cerezo que en sus muslos descansaba

Y la dirigía al aposento

Y la besaba con lujuria

¡Cuánta lujuria, oh, cuánto amor sentía!

La saliva floral inundaba sus blanquecinos montes

Y los tocaba y los presionaba.

Rodeaba su cuerpo con sus grandes manos,

Sentía el calor del sol en su tacto.

La derretía, la tomaba para sí.

Tan candente, tan lujuriosa.

El sonido en armonía que de sus labios salía

Y el sonido en armonía que hasta sus oídos llegaba.

Y entre esos muslos aguardaba el placer,

placer carnal de tenerlo como abeja en su flor,

de sentir sus más audaces estocadas dentro de ella.

Oh, y la senda de nieve se abre camino.

Y cuánto saboreaba su miel,

su néctar,

en un beso que requería de los labios eternos

de entre sus temblorosas piernas.

Y ella gemía los más hermosos versos

Y él se detenía en su más exquisito placer.

Arqueaba su columna y mordía las sábanas

sábanas tan blancas como su piel.

Confundía sus manos ávidas con sus cabellos

Envueltas en hebras de bermellón color.

Y volvía a depositar en sus labios carmín

el sabor del anhelo y el amor.

Tanta desesperación en aquellos pasionales labios

que se juntaban en uno solo,

compartiendo ese músculo mojado

que saboreaba cada gota de ellos y sus sentimientos.

"¡Aflora, amado mío! ¡Hazme sentir tu esposa!"

Y la hacía estremecer,

y la hacía sentir amada.

Entre sus besos el amor se profesaba

Entre sus besos sutiles estocadas

Terminadas en gemidos

Terminadas en el Edén.

01:00 horas.

Sin duda había sido especial. Ella reposaba sus cabellos en el pecho de su amado y él la acariciaba sintiéndola a flor de piel.

Kagura se aferraba a Sougo, como si nunca quisiera irse de su lado, y de vez en cuando él besaba su frente para demostrarle lo mucho que la amaba.

— Sougo — le dijo para luego mirarlo a los ojos — ¿Y si nos vamos de luna de miel?

— ¿Y la empresa?

— El dinero va bien, además soy la jefa. Lo sabes. Puedo tomar unas vacaciones cortas en cualquier momento. — Tomó una pausa y sonrió para acercarse a los labios de su esposo y plantar en ellos un beso — Nuestro trabajo ha dado buenos frutos.

— ¿Ah sí? — la tomó de la cintura y correspondía aquel beso con otros tranquilos y sensuales — No estaría mal irse de vacaciones entonces… — comenzó a morder sus labios y a pasar levemente su lengua por ellos.

— Así también podemos darle unas vacaciones a los empleados de la mansión… — Sougo estaba acariciando su cuerpo con vehemencia y la pegaba cada vez más a sí mismo, haciendo que Kagura lo abrazara con sus piernas.

— Ajá…

— ¿Acaso quieres una segunda ronda, Sougo…? — le hablaba con sensualidad, arrastrando su voz y poniéndola un poco más ronca.

— Estamos casados… no veo el por qué no podríamos hacerlo… — se posó arriba de ella y comenzó por besar su cuello, saboreando cada centímetro de su blanca piel.

— Nunca estás satisfecho, ¿verdad? —cerró sus ojos sintiendo a flor de piel cada intenso y dulce beso que la excitaba en demasía.

— Te amo tanto que me gustaría poseer hasta tu alma. — besó sus labios y ella acarició sus mejillas. Entrelazaba sus piernas desnudas con las de él y sentían esa electricidad que desplegaban sus dermis para experimentar el roce de cada cálido poro.

Y entre las sabanas se sumergieron nuevamente, tocando sus cuerpos bajo la luz de la luna.

08:00 horas.

Despertaron abrazados mientras los rayos del sol golpeaban sus cerrados ojos.

Los cabellos bermellón se encontraban desplegados por la almohada, y él la observaba con una sonrisa tácita en el rostro, admirando cada uno de sus blancos poros y dando gracias a los Dioses por tener a tal maravillosa mujer como esposa.

Depositó un casto ósculo en su frente y se decidió a levantarse para ir al baño y ducharse. Quería sorprenderla con el desayuno.

— ¿A dónde vas? — le dijo entre somnolienta y tierna mientras le tomaba del brazo.

— La señora Okita tiene un apetito voraz durante la mañana. Debo hacerle el desayuno. — confesó, arruinando inmediatamente su sorpresa.

Kagura sonrió con los ojos aún cerrados y acercó levemente el brazo de Sougo a ella.

— ¿No me darás un beso de buenos días? Lo estoy esperando — le dijo mientras estiraba los labios para así recibir su ansiado saludo.

Le daba demasiada ternura cada gesto que ella le daba. ¿Y esos labios entrompados? ¡Nunca había hecho algo así! Estaba conociendo facetas de ella que nunca antes hubiera imaginado que existían… ¡Rayos! ¡Esas facetas le encantaban demasiado!

Sonrió y acercó sus labios a los de ella, susurrándole un "buenos días, esposa mía" para, a los segundos después, recibir un "buenos días, esposo mío" como respuesta.

Se retiró de la habitación y Kagura quedó sola por unos instantes.

El calor que invadía su pecho al pensar que al fin estaban casados… ¡Es que era maravilloso! Recordaba cada cosa que vivió con él, los años en los que no estuvo. El cómo lo extrañaba… Tan idiota, ¿por qué no se había dado cuenta de que lo amaba? Pero lo hecho, hecho está, y no podía arrepentirse de nada. Ya estaba con Sougo finalmente y eso era lo que importaba.

— Sougo… — depositaba su cabeza en la almohada y veía el techo mientras su sonrisa pronunciaba el nombre de su amado. — Amaterasu me ha bendecido con tu existencia… — Cerró los ojos y a los segundos escuchó como el tocadiscos sonaba con algo de Claude Debussy.

Maravillosa melodía, la llenaba de calma y serenidad

"Arabesque" Dijo para sí misma pronunciando el nombre de tan bella pieza. Tan bella y a la vez corta… Y se preguntaba ¿Por qué lo hermoso es tan efímero en ocasiones?

Dejó de pensar en aquello y se levantó de la cama buscando su bata larga y blanca. Estaba a una orilla de la cama. Se la colocó y se dirigió al espejo de su habitación.

Su cabello largo se acentuaba gracias a la blancura de su piel, y, aunque estaba desordenado, se veía hermosa y radiante como la primavera. Comenzó a cepillarlo cuidadosamente a la vez que tarareaba hermosas melodías con su delicada y dulce voz.

— Hace años que no te escuchaba cantar — interrumpió Sougo mientras entraba con una bandeja con el desayuno.

— Vaya, me sorprende que alguna vez me hayas escuchado. ¿Desde cuándo me espiabas, Sougo? — le respondió en una sonrisa burlona y pícara.

— No me malentiendas, Kagura. Nunca te he espiado, no es necesario viviendo bajo el mismo techo. — dejó la bandeja sobre la cama y se acercó a ella. — ¿Me permites? — le dijo, extendiendo su mano para que ella le entregara su cepillo — Siempre quise cepillar tu cabello… — Kagura le sonrió y le entregó el peine.

— ¿Así que nunca me haz espiado, eh? No nací ayer, querido.

— ¿De qué hablas? — le preguntó extrañado al ver que la joven se volvía hacia él y detenía su mano.

— ¿En serio creíste que nunca me daría cuenta que me espiabas por las noches, Sougo? — su mirada intacta en los ojos carmesí de su esposo lo hacía estremecer de una manera no tan satisfactoria.

"Me descubrió…" Pensó, e inmediatamente se le pasó por la mente que ella podría tomar represalias contra aquello.

— K-Kagura… yo…

— Realmente — continuó con una sonrisa de oreja a oreja, a la vez que traviesa — me encanta ver tu rostro cuando te sientes acorralado. Es muy divertido… — cerró los ojos un rato y luego siguió observándolo — Fue muy gratificante ver tu cara cuando quise propasarme contigo esa vez en el auto. — Le tomó del brazo y acerco el rostro de Sougo rápidamente a ella, haciendo que sus labios casi se tocaran — Te tengo a mi merced, esposo mío.

Esa sonrisa bobalicona de la dama de cabellos bermellón no podía ser más real. ¿Sougo era su juguete? Claro que no, que se divirtiera asustándolo no significaba que no lo amara. ¡Claro que lo amaba! Además, si algo sabía el castaño, es que ese humor y esas atribuciones que ella se daba con él le encantaban. ¿Y cómo no encantarles? Le daba aún más viveza a esa excéntrica relación.

— ¿Cómo te diste cuenta?

— No pensaras que no me gustaba escuchar los gritos de tus victimas antes de dormir, ¿o sí? Me llenaba de una sensación explicable, y bueno… Así descubrí que tenías la costumbre de dar alguno que otro paseo nocturno. ¿Sabes por qué me veías a veces destapada? No creas que no quería pagarte de alguna forma… Sougo… Hacías un trabajo excepcional — le sonreía mientras tentaba aquellos exquisitos labios del ojicarmín.

— Eres más perversa de lo que imaginaba… — plantó un besó en sus labios y sonreía ante las ocurrencias de su amada. — Eran unas buenas recompensas.

— Pero las que te doy ahora son mejores…

— Eso no puedo discutírtelo, esposa mía…

Kagura se alzó para abrazarlo desde el cuello mientras lo besaba con pasión.

Si algo era seguro entre ellos dos, es que a la hora de juntarse eran un fuego infernal que ni el agua más helada podría apagar.

23 de diciembre de 1952.

Ya habían pasado cerca de tres semanas desde que se habían casado. No hicieron esperar más tiempo y decidieron irse de Luna de Miel al otro extremo del mundo: Sudamérica.

Estaban felices, habían comprado unos cuantos vinilos de música proveniente de allá. Algunos recuerdos del país al que fueron y vino de la mejor cosecha.

Junto con la Luna de Miel que habían tenido, aprovecharon de darle vacaciones a los empleados, un mes para ser exactos, así que al volver a la mansión Sakata, estaban completamente solos. Nada mejor que una casa grande y vacía para seguir disfrutando de su vida de recién casados.

— ¡Aaaah! ¡Hogar dulce hogar! — Gritó la bermellón a la vez que entraba a la casa con bolsos en las manos — Extrañaba la mansión, aunque realmente fue un viaje maravilloso, querido. ¿Quién iba a pensar que las cosas se dieran en el tiempo exacto? El calor del verano era bastante agradable.

— Me sorprende el cambio brusco de clima. Acá ya está que se pone a nevar. ¿Te gustaría un poco de vino, esposa mía?

— No vendría nada de mal probar la cosecha chilena, además, estamos solos. — Dejó los bolsos en el suelo y sacó de uno de ellos un disco — Pondré música mientras vas a buscar las copas.

— Está bien, ya vengo.

Kagura se dirigió al tocadiscos y colocó en él un vinilo de boleros. Se escuchaba maravilloso el sonar de la percusión tan característica del estilo junto con esos violines tan armoniosos. Era un disco de Julio "Tito" Gutierrez en el que sonaba la canción "Llanto de Luna". Kagura había quedado completamente enamorada de esa música tan ajena a ella y a su cultura.

Sougo llegó con las copas de vino y le entregó una a su amada.

— Al parecer estas embelesada con los boleros. — Le dijo Sougo mientras alzaba su copa de vino y Kagura hacía lo mismo.

— No puedes negar que son hermosos — Sougo asintió y chocó su copa con la de la dama frente suyo.

— Por nosotros

—Por nosotros — le contestó ella mientras sonreía y le daba un sorbo a su vino. — Está delicioso. — Lo miró tiernamente y posó sus brazos alrededor del cuello de su esposo. — ¿No quieres bailar conmigo? — le dijo en voz tranquila mientras sonreía y él aceptaba gustoso.

— No es necesario que me lo preguntes, Kagura. — Dejó su copa y la de ella a un lado para tomarla de la cintura y moverse al compás de esa hermosa música.

— No sabes cuánto me gusta bailar contigo, Sougo. Me haces sentir bien…

— Tú también me haces sentir bien, Kagura. — le dijo susurrante al oído y la abrazaba con más fuerza a medida que la música seguía su curso.

Pero como la vida se compone de Arabesques, esos minutos no podían durar mucho. ¡Realmente lo hermoso era tan efímero!

El llamado en la puerta principal se hizo presente. El tic tac del reloj se hacía notar nuevamente con el vinilo chirriando en blanco. La música había terminado y alguien esperaba fuera de la mansión Sakata.

— Los invitados siempre llegan en el momento más oportuno, ¿no? — mencionó el castaño con sarcasmo mientras tenía su vista intacta en esos hermosos ojos azules.

— Ve a abrir, no creo que sea importante, seguro se irá pronto — Le sonrió para tranquilizarlo y depositó un casto beso en sus labios.

Sougo hizo caso y se dirigió a la puerta principal. La abrió como usualmente lo hacía y un "Buenas tardes, ¿qué se le ofrece?" salió con elegancia de su boca.

— Buenas tardes, Señor. Vengo por el anuncio en el periódico. Mi nombre es Eichiro Sakamoto.

Sougo lo observó de pies a cabeza, se veía mucho más joven que él y su amada. Tenía cabello marrón y ojos color miel, pero… Realmente su apariencia no importaba mucho.

¿Un nuevo pretendiente? No pudo evitar sonreír, más por satisfacción que por cortesía.

— Claro, por favor, pase. — le dijo, moderando esa sonrisa imperceptiblemente sádica que se dibujaba en su rostro.

— Muchas gracias.

Y cerró la puerta en cuanto el joven entró a la mansión, con las ansias en el pecho y la euforia invadiendo su corazón.

Después de tanto tiempo, finalmente alimentaría bien a los cerdos.