Disclaimer: Los personajes del anime/manga: "InuYasha" son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo los tomo prestados para hacer esta historia más interesante y entretenida. Sin ningún interés de lucro de por medio ni nada parecido.
Notita: ¡Hi! ¿Cuánto tiempo? Bastante, lo sé, soy un asco con esto de las actualizaciones (-.-')
Quiero dedicar este capítulo a mis amadas Joss y Ljubica por preguntar sobre el fic en el círculo. No suelo entrar mucho a FaceBook pero las notificaciones me llegan al correo así que de todos modos estoy al tanto de lo que más o menos sucede ;)
¿Emh... qué más? ¡Ah! Este capítulo contiene de todo un poquito, espero que lo disfruten al máximo ya que batallé un poquito mucho en escribirlo :D No las lateo más, nos leemos más abajito.
~sin más a leer~
Chapter:25
UN ALMA VUELA
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Abrió apresuradamente la puerta de la reducida oficina en la que trabajaban tres de sus colegas, necesitaba ubicarla y recordarle cuál era su lugar en ese juego que solo él lideraba. Sonrió con soberbia al encontrarla, cerrando la puerta tras él, no quería interrupciones. Se acercó de manera silenciosa hacia ella. Kagura estaba comenzando a irritarlo cada vez más... ya no la soportaba.
—Así que aquí estabas.
La piel de la mujer de mirada carmín fue recorrida por una suave y fría corriente eléctrica al sentirlo tras ella, el aroma que salió de los labios de Naraku la hicieron sentir asqueada, odiaba tenerlo cerca. Volteó su mirada hacia él; la que segundos antes había mantenido puesta en su computadora.
—No he ido a ninguna parte. ¿Qué quieres...? —preguntó con una segura mirada en su rostro.
—Hablar contigo —aclaró al girar la silla con ruedas inferiores, quedando frente a frente. Kagura no demostró temor alguno.
—Pues habla entonces —pidió al cruzarse de brazos, recargándose confiadamente en su asiento.
—He andado tras tus pasos estos últimos días… —comentó tranquilamente.
—¿Y eso por qué?
—¿Cuándo pensabas decirme que te estabas viendo a escondidas con Bankotsu? —acusó sin rodeo alguno.
Kagura frunció el ceño, sin apartar su mirada de la de él, pensando con qué defenderse.
—¡Responde! —apretó sus parpados al oír la alterada voz de su jefe, no le temía, pero si le causaba cierto recelo, desconfiaba de él, sabía muy bien lo sucio y cobarde que podía llegar a ser.
—Nos vimos —admitió—, él solo quería saber qué demonios planeabas hacer —continuó dudosa.
—¿Y le dijiste algo? —volvió a preguntar, esta vez, posando una de sus manos en la mejilla de la blanca mujer, presionándola con impaciencia.
—¡¿Qué podría decirle?! —se alteró, zafándose de las garras del molesto hombre al desviar la cabeza —¡Si no me has dicho nada, ya no confías en mí! —habló fingiendo sentirse dolida por la casi nula confianza que Naraku le daba.
El dominante hombre de parecida mirada a ella enarcó una ceja, Kagura nunca había reaccionado así, estaba actuando… sería capaz de apostarlo.
—Bien, si eso es lo que te inquieta tanto —comentó desinteresado—. Hoy iré a tu departamento, te contaré de los planes que tengo, y espero que esto no lo comentes con nadie Kagura, intentaré confiar en ti.
La mujer de mirada carmín suspiró hondamente al verlo incorporarse de manera correcta; había estado casi encima de ella, acusándola. Aspiró el aire de su alrededor con tranquilidad al verlo marcharse.
Naraku puso su mano en la perilla de la puerta para salir de la pequeña oficina pero esta se abrió abruptamente, y una socarrona sonrisa se dibujó en el rostro del malévolo hombre.
—Moushin —nombró a modo de saludo, lo que más bien sonó a sorna para Miroku.
—Superior —dijo, tragándose la amargura y humillación que era para él llamarlo de esa manera.
—¿Cómo te ha ido? ¿Qué tal han sido estas semanas?—preguntó con cinismo, intentando forjar un tipo de conversación —Estar un mes fuera de tu área de trabajo debió ser... deprimente, ¿o me equivoco?
—Algo así —habló Miroku, alzando una de sus cejas y mirándolo con desaprobación.
—Bueno —recargó una de sus manos sobre el hombro de su pupilo, ladeando una nueva sonrisa en sus labios—, espero que esta vez seas más cuidadoso antes de acusar a alguien sin tener las pruebas suficientes, de lo contrario podrías perder tu puesto.
Miroku posó su azulina mirada sobre el agarre que Naraku había puesto sobre él, quitando la, para él, sucia extremidad de encima con poca delicadeza.
—Créame que eso no volverá a suceder. —esta vez fue Miroku quien sonrió de medio lado.
—Eso espero Moushin. —comentó al pasar por su lado, saliendo de la oficina.
Miroku entró completamente en el interior del lugar, azotando la puerta tras él. Con tan solo ver a Naraku podía sentir su sangre hervir en todo su interior, posó ambas manos sobre su cintura, echando su cabeza hacia atrás, intentando calmarse internamente.
—Con alguien como él jamás podrás tener una seria conversación.
Su atención fue llamada por la voz de la fría mujer de ojos rojizos, quien permanecía trabajando nuevamente en su computadora. Había oído absolutamente toda la conversación entre su colega y jefe.
—Hmph... ¿y desde cuándo te interesa? —cuestionó al mismo tiempo que una irónica sonrisa se asomaba en sus finos labios.
—No es que me interese... —dijo al voltearse a verlo —pero creo que tú y yo podríamos tener intereses en común, y de esa manera, tu cometido estar más cerca de lo que imaginas. —comentó sonriendo de medio lado.
Miroku enarcó una de sus obscuras cejas, desconfiado e interesado a la vez. Las palabras de Kagura se habían clavado en su mente, algo de eso lo interpretaba como un trato, uno muy vago pero... ¿qué podría pedir la calculadora mujer a cambio de sus intenciones? Ella era totalmente responsable de todo, no tenía ni más ni menos culpa que nadie, al igual que todos los que se coludieron a Naraku tanto como a Bankotsu.
—Habla. —ella sonrió.
—No soy estúpida Miroku.
—¿Qué quieres?
—Un trato.
—¿Un trato? —ella asintió.
—Yo puedo ayudarte… y tú lo harás conmigo.
Miroku frunció los labios, ¿podría confiar en ella?
—Bien —dijo y tomó asiento en una cómoda silla forrada en cuero negro—, cuéntame de eso entonces...
—No Moushin —interrumpió—. No hablaremos acá.
—¿Entonces?
—Nos juntaremos en un café que hay casi saliendo de la ciudad —indicó—. Cuida que nadie te siga. —aconsejó al retirarse de la oficina con varias carpetas en sus manos.
Una confiada sonrisa se posó sobre los sexys labios rojizos de la mujer de mirada carmín, estaba poniendo su vida en juego al traicionar a Naraku, era consciente, pero ella sólo quería la paz del moreno, y quizás también... su libertad, pues de lo contrario si la cosas seguían de ese modo, seguiría siendo para siempre la sirvienta de los caprichos de Naraku.
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« Higurashi Kagome… » Nombró una delgada y pálida mujer sentada tras su escritorio a un par de metros de distancia de ella.
La nerviosa azabache se puso de pie enseguida de oír su nombre, volteó a ver al joven a su lado sonriéndole levemente.
—Enseguida regreso —dijo al agacharse y darle un suave beso en la mejilla.
—Tómate tu tiempo. —contradijo al verla retirarse.
Frotó su mano contra su brazo contrario incómoda al tener la mirada de los demás pacientes sobre ella, el tiempo de atención por paciente era bastante largo ya que la profesional se tomaba la molestia de oírlos y analizarlos bien, a cada uno de ellos.
Algunas personas leían las viejas revistas que habían estado guardadas en un lindo cajón de madera, otras se distraían viendo la enorme televisión que permanecía suspendida en la blanca y limpia muralla, otros movían los pies impacientes buscando entretenerse en sus tecnológicos y modernos celulares, y nos pocos curiosos no despegaban la mirada de ella, hasta que la vieron desaparecer tras la puerta de madera que dividía el lugar.
Abrió la puerta lentamente, dando dos toques en ella para anunciar su llegada.
Cerró lentamente la misma, observando la amplia sala, la cual era de un color amarillo pálido y un muy buen cuidado piso de madera obscura. El cielo de la amplia habitación era de color blanco, con cuidadosos diseños en ella, emanando un tranquilo entorno de relajación y pasividad.
Rodeó con su achocolatada mirada el lugar, buscando a la profesional que hace casi un mes la atendía, pero solo se encontró con el bonito escritorio de madera y todos los apuntes debidamente ordenados sobre él. El cómodo y curvilíneo diván en el que debía recostarse en cada sesión psicológica, y la tallada silla de madera estilo rústica a aproximadamente un metro de distancia de aquella camilla, frente a una angosta pero larga mesa de centro de vidrio con velas aromáticas adornándola.
—Kagome...
Dio un pequeño brinco debido a la impresión que la tomó el oír su nombre tras ella.
—Señora Kaede —nombró sonriendo de manera nerviosa, avergonzándose al haber permanecido distraída.
—¿Qué tanto veías? —preguntó curiosa al darle también, una suave sonrisa.
—Y-Yo solo veía el lugar —dijo al hacer una pequeña reverencia—, no la vi cuando entré entonces...
—Lo siento, estaba en el armario —se disculpó al señalar un estrecho corredor al final del amplio lugar—; en ese lugar guardo cada ficha médica.
—Ya veo —habló al soltar un suspiro de sus labios.
—Bien —dijo la madura mujer al dar un aplauso—, recuéstate, debemos comenzar con la sesión. —ordenó al dirigirse a su escritorio por la tablilla de apuntes.
Kagome se acercó al diván, recordando lo mucho que le costó recostarse completamente "entregada", como Kaede le decía, en aquel sencillo mueble.
Quitó la delgada correa negra de las sandalias que se aferraba a su fino tobillo, dejando sus pies totalmente descalzos; ese día extrañamente estaba caluroso, no demasiado pero si como para andar con ropa un poco más ligera. Kagome portaba un lindo vestido celeste, con pequeñas flores blancas en la parte inferior de la prenda, la cual le llegaba alrededor de unos cinco dedos sobre la rodilla. El vestido era ligeramente holgado de la cintura hacia abajo y ajustado de la parte superior, haciéndola ver aún más estilizada gracias a los delgados tirantes.
Suspiró profundamente al dejar descansar su espalda sobre la especial camilla, removiendo sus pies inquietos, frotándolos mutuamente.
—Relájate —pidió Kaede al sentarse en la silla junto a ella.
Kagome asintió, dejando descansar sus manos sobre su plano vientre y entrelazando sus dedos.
—¿Cómo has estado ésta última semana? —consultó sin voltear a mirarla, no quería ponerla nerviosa. Kagome meditó bien la pregunta, pensando cómo debía responder. ¿Por qué siempre se cuestionaba y no confiaba más en ella?
—He estado tranquila. —respondió.
—Eso es excelente —animó—, lo que menos queremos es que te sientes presionada.
—Claro... —musitó la joven.
—¿Y cómo van las cosas con tu familia? ¿Han logrado avanzar?
—Van bien —respondió más confiada—. Con mamá poco a poco estamos volviendo a tener la relación que pareció perderse por un tiempo. Y con mi papá... —suspiró e hizo una pausa —él aún está un poco reacio a acercarse a mí, y lo entiendo, hice mal las cosas y debo remediarlas... poco a poco.
Kaede anotó las confesiones de su paciente.
—¿Y con InuYasha...? —preguntó y Kagome levantó la mirada hacia ella —¿cómo van las cosas con él? —especificó.
La joven de mirada chocolate desvió la mirada, posándola sobre sus finos dedos entrelazados, mordiendo su labio inferior segundos después de fijar su mirada en ese anillo. Kaede notó cada uno de los gestos empleados por la chica.
—Van bien. —se animó a responder.
—¿Sólo eso...? —preguntó Kaede al alzar ambas cejas, dibujando una sonrisa en sus labios para no hacerla tensarse. La chica botó el aire contenido.
—He... no... —rascó su cuello incómoda —hace poco tiempo que estamos juntos así que... es como si empezáramos de nuevo, no sé cómo debo sentirme específicamente, sólo sé que tenerlo a mi lado me ha hecho sentir... —hizo una pausa al analizar cómo calificar el tenerlo cerca —tranquila.
—¿En qué te tranquiliza?
—Me hace reír, me habla mucho de las cosas que solíamos hacer antes, me acaricia de vez en cuando... Me hace sentir bien.
—¿Han intimado? —preguntó de pronto y el rostro de la joven pareció tornarse de un rojo furioso.
—B-Bueno... yo, digo, nosotros... —intentó hablar pero la lengua parecía enredársele en la boca. Kaede soltó una suave risa.
—Es lo más normal del mundo Kagome, más cuando anteriormente él y tú ya han estado en esas situaciones. —la joven volvió a suspirar.
—Lo sé pero... aun no me siento lista. —reconoció al recordar las tantas veces en que sintió a InuYasha querer llevar la relación a la otra fase.
—¿Que te detiene realmente, Kagome?
¿Qué la detenía?
—Creo que todavía estoy tratando de acomodarme a mi realidad —dijo pensativa—, y lo estoy logrando, aunque sé que ha sido un proceso lento.
Kaede volvió a anotar en su dura tablilla de apuntes cada una de las palabras pronunciadas por su joven paciente, había una duda que la molestaba mentalmente. Debía hacérsela.
—Si ya has retomado tu relación con InuYasha, eso significa que el otro chico ha quedado atrás, ¿o me equivoco? —decidió preguntar al verla fijamente, quería detallar visualmente cada gesto articulado por la joven.
Kaede aún no olvidaba la primera vez que Kagome cruzó la puerta de esa amplia sala, observando su agotado rostro, cuerpo, y por qué no, su joven alma. Recordaba cada una de las confesiones pronunciadas por los labios de la chica, lo vívido habría sido algo totalmente tormentoso para cualquier chiquilla de su edad, pero Kagome aún se veía con ánimos de querer vivir, de superarse a sí misma; aunque en ese entonces, esos ánimos estuviesen un poco decaídos. Luchó contra los miedos de la joven chiquilla de mirada chocolate, derrotándolos días después, había logrado entrar al corazón de la joven, y admitía, muy en su interior, que admiraba aquella fuerte persona.
No supo en qué momento fue que sintió su estómago oprimirse, apretarse por ese sencillo cuestionamiento. Se había prohibido volver a pensar en él, ella era fuerte pero sabía lo fiel que también eran sus sentimientos. Debía dejarlo atrás, lo deseaba más que a nada en el mundo pero, ¿de verdad quería dejarlo atrás como si nunca hubiese existido? Ni siquiera se había dado el tiempo suficiente para analizarlo.
—Yo... —presionó sutilmente sus labios.
—¿Tú...? —insistió calmadamente Kaede al notar que la chica buscaba palabras con las cuales defenderse.
—No lo sé. —terminó por confesar al mismo tiempo que su voz se quebraba.
—Kagome... —nombró Kaede al mismo tiempo que se inclinaba, acariciando la sedosa cabellera de su paciente.
—Yo no sé qué es lo que estoy haciendo, si está bien o no pero estoy segura que es lo mejor —habló nerviosa y un poco alterada—. Si yo le hubiese interesado un poco me hubiese llevado con él aquella noche, pero no, no lo hizo.
Kaede se puso de pie, sentándose al lado de la joven al verla sentarse en el largo diván. Sabía muy bien que crear lazos con los pacientes iba contra toda ética profesional pero Kagome tenía un aura diferente, una que la obligaba a estar a su lado y darse el tiempo de comprenderla.
Acarició con sutileza la obscura cabellera de la muchacha, intentando reconfortarla.
—Solo tienes que darte un poco más de tiempo mi querida niña, no debes acelerar las cosas. Mucho menos ser tú quien se sienta presionada. —aconsejó y pidió, lo que menos deseaba era que los pocos pasos avanzados terminaran siendo retrocesos causa de los temores de su confundida paciente.
Luego de una breve charla de sinceridad, Kaede liberó a la joven de la larga sesión de terapia.
—Tu próxima visita es para el lunes que viene, pídele a Kana que agende la hora.
—Está bien. —aceptó al asentir.
—Y Kagome… —la chica se detuvo y volteó a verla —no te exijas más de la cuenta, puede ser perjudicial para tu salud. —pidió con claro interés en el avance de la joven.
—Como usted diga, señora Kaede. —sonrió para luego salir de ese amplio cuarto que tanta tranquilidad y confianza entregaba.
Se dirigió hacia el escritorio de la secretaria personal de su doctora y agendó la cita para la próxima semana, había terminado su larga sesión. Agradeció a la silenciosa mujer frente a ella y se encaminó hacia su acompañante.
—¿Cómo te fue?
—Bien —respondió incómoda, pues prefería evitar hablar de esos temas con él—, ¿nos vamos?
—Claro —asintió al tomarla de la mano.
Ya una vez fuera del edificio InuYasha fue quien quebró el breve momento de silencio que se había formado entre ambos.
—¿Tienes que ir enseguida a casa?
—No, ¿por qué lo preguntas?
—¿Qué tal si vamos a dar un paseo? —propuso avergonzado, era consciente de que para algunas cosas se comportaba como todo un niño.
—Me parece una buena idea, me haría bien tomar un poco de aire.
—Entonces vamos. —animó el peliplata al jalarla suavemente de la mano.
El atardecer comenzaba a despedirse y darle la bienvenida a la luna que ya se ubicaba en algún punto del limpio cielo. Kagome e InuYasha salieron de un buen restaurante, el albino tenía hambre y Kagome no se había negado en acompañarlo a comer algo. Cuando salieron del recinto el aire ya estaba más fresco. InuYasha ayudó a Kagome con el delgado chaleco de hilo blanco que había estado colgando en su cartera.
—¿Quién será? —susurró de pronto al sentir su móvil vibrar en el bolsillo de su pantalón. Observó la pantalla del aparato; un número desconocido —No te alejes, será solo un minuto —pidió al mirar a Kagome y ella asintió.
Se alejó un par de metros para poder atender esa llamada, podría ser un asunto de trabajo y necesitaba más dinero que nunca; llevaba ya un buen tiempo ahorrando. Tenía sus planes.
Kagome se acercó a una de las iluminadas vitrinas un par de locales más adelante, se inclinó y observó los distintos chocolates artesanales que se encontraban en exhibición; había de varios colores y de todas las formas y tamaños. Posó su dedo índice sobre su labio inferior, se le había antojado un par de ellos, solo que no sabía cuál de todos los que estaban ahí… se veían deliciosos.
Se paró correctamente y una fría corriente eléctrica visitó toda su espina dorsal, sus ojos se abrieron sorpresivamente y su respiración pareció detenerse en una mínima fracción de segundos; tragó rápidamente la saliva contenida y se volteó hacia la dirección en donde creyó haberlo visto, pero el tráfico de esas horas le entorpeció la vista.
Sus achocolatadas pupilas se movían con desesperación y un poco de temor, el nerviosismo deseaba dominarla pero ella no se dejaría, debía estar tranquila y mantenerse serena… por lo menos intentarlo.
—¿Qué tanto ves? —preguntó InuYasha al llegar a su lado, siguiendo con su propia vista el punto indicado por las pupilas de Kagome.
—N-Nada, no veía nada —habló intentando controlar la sorpresa que le causó tenerlo de repente a su lado.
—¿Estás segura…? —preguntó observándola de manera analítica —Te ves nerviosa.
—No, solo estaba viendo estos chocolates —cambió el tema al señalar la vitrina que había estado viendo segundos atrás.
—¿Quieres…? —ofreció al invitarla entrar al reducido lugar.
—N-No, no te molestes —se negó avergonzada.
—Kagome —arrastró el nombre con cansancio al hacer un gesto con su cabeza, insistiendo en que entrara. Sentía que algo le estaba ocultando… u omitiendo.
Ella asintió y siguió los pasos del albino, sin antes voltear a ver nuevamente en aquella dirección.
« ¿En realidad eras tú, Jakotsu? » Se preguntó de manera mental al entrar completamente al local, intentando conectarse de la conversación que imponía cierto albino.
. .. ... .. . .. ... .. .
Metió sus manos en los bolsillos de los costados de aquel grueso abrigo, negando en silencio al caminar lentamente por las calles del transitado centro de la ciudad. Detuvo sus pasos al observar la iluminada plaza frente a él, poco a poco internándose en el amplio recinto público.
Su sentido auditivo fue atraído por las voces de varios niños en aquel lugar, irritándose, rodando los ojos con fastidio al reconocer risas y llantos de los pequeños que a esas horas paseaban a con sus padres; nunca había logrado tolerar a los mocosos esos. Cambió rápidamente de dirección, encontrándose con una zona casi desolada. Tomó asiento en una de las bancas de maderas que se ubicaban frente a una circular pileta de agua levemente iluminada, soltando un suave suspiro al acomodarse.
Se encorvó dejando descansar sus antebrazos sobre sus rodillas y su vista fija en el agua que disparaba aquella pileta llena de agua, ¿en qué momento lo contrataron como detective privado? ¡Cielos! Ni siquiera tenía un sueldo fijo, sonrió al rascar la parte superior de su sien al analizar lo estúpido que eso sonaba.
Sacó el móvil del bolsillo de su jeans de mezclilla, tenía que hacer esa llamada, y como cada semana dar un nuevo informe.
—¿Cómo te fue? —interrogaron apenas la llamada entró.
—Lo mismo de hace casi cinco semanas… —comentó —siguen juntos Banky, y si las cosas siguen así… creo que Kag se quedará con él.
—Hmph… no lo creo —aseguró—. Solo limítate a mantenerme informado. —ordenó con intenciones de finalizar la llamada.
—Está bien pero… ¿cuándo regresas?
—Todavía no lo sé Jakotsu, aún tengo asuntos pendientes.
—Entiendo. —habló casi en un susurro.
—Te mantendré informado —contó y cortó.
Jakotsu volvió a guardar el aparato en el bolsillo que lo había estado protegiendo momentos atrás. Botó la respiración contendida segundos antes de que guardara su móvil.
—Solo espero que hagas las cosas bien esta vez hermano… —deseó realmente.
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Ambos se bajaron del trasporte público y caminaron tomados de la mano hacia la humilde vivienda de la azabache. Subieron los largos escalones hacia la misma, sorprendiéndose al notar la casa a obscuras.
—¿No hay nadie en tu casa? —preguntó InuYasha al detenerse junto a Kagome frente a la puerta.
—No lo sé —dijo al buscar las llaves en la pequeña cartera que colgada al costado de su hombro—. Me hubiesen avisado.
Una vez en el interior de la casa InuYasha encendió las luces mientras Kagome revisaba las habitaciones; no había nadie. Ubicó una blanquecina hoja de papel sobre una mesita junto al teléfono.
« Fuimos a una actividad en la escuela de Sota, llegaremos tarde… »
—¿Qué dice? —preguntó al llegar al lado de Kagome.
—Llegarán tarde —respondió al enseñársela—, ¿quieres algo de comer?
Con tan sencillo ofrecimiento a InuYasha se le pusieron los pelos de puntas de solo pensar lo que de verdad quisiese comerse a esas horas de la noche, removió su cabeza al comprender las estupideces que pensaba.
—Lo que sea... —comentó al tomar asiento sobre el sofá frente al televisor.
—Bien. Enseguida vuelvo —comentó al dirigirse a la cocina.
InuYasha se quedó viendo como un morboso la silueta de Kagome al retirarse. Esas perfectas, delgadas y largas piernas mecer el enorme y bien formado trasero de ella al caminar causaron que su miembro diera un tirón. ¡Maldición! solo debía darle tiempo, lo sabía bien pero era difícil hacérselo entender a su fiel e inquieto "amiguito".
Kagome sacó un par de patatas del cesto de verduras y las dejó en el fregadero para lavarlas y quitar así la poca suciedad que éstas tenían. Abrió la llave y sintió la frialdad que el agua desprendía, comenzó a lavarlas mientras que por su mente se cruzaban las preguntas que Kaede le había hecho esa tarde... ¿lo había olvidado? ni siquiera se había dado el tiempo de pensarlo, era menos doloroso dejar las cosas tal cual estaban; sin interrogantes que sabía bien jamás tendrían una respuesta concreta.
Salió de sus pensamientos al oír el sonido del teléfono, lo oyó sonar un par de segundos y frunció el ceño, creyó que InuYasha contestaría como antes solía hacerlo.
Antes…
—¿InuYasha, puedes contestar? —alzó la voz para que la oyera ya que éste había encendido el televisor en un canal deportivo por lo que alcanzó a oír antes de que le respondiera.
—Bien —aceptó al ponerse de pie.
La joven sonrió internamente, nunca creyó que volverían estar juntos... ¿era lo mejor para ella? definitivamente. InuYasha la cuidaba y la protegía de todo, él no la dañaría jamás, podría apostarlo.
—¿En qué tanto piensas? —Kagome dio un pequeño brinco al verlo recargado junto al marco de la puerta de la cocina.
—Me asustaste —sonrió nerviosa—. ¿Quién era?
—Sango.
—¿Sango? ¿Qué dijo?
—Que mañana vendrá a verte.
—¿En serio? —él asintió —Eso... eso es genial.
—Lo mismo pienso, creo que te hará bien hablar con ella. —dijo al acercarse a Kagome, parándose tras ella. Llevaba rato viéndola y ella ni cuenta se dio.
El cuerpo de Kagome se tensó al sentir el cuerpo de InuYasha tras ella, abrazándose con necesidad a su pequeña cintura. Lo sintió hundirse en su cuello, para luego aspirar hondamente su aroma.
La volteó hábilmente y ella dejó lo que hacía para verlo y fijarse solo en él.
—InuYasha...
—No digas nada. —pidió para luego besar sus labios, lenta y calmadamente.
El beso que comenzó lento poco a poco aumentó de intensidad al estar ambos cuerpos completamente apegados. Kagome se obligó a abrazarlo y corresponder el beso que InuYasha imponía, la lengua del ambarino se frotaba contra la de ella, esparciendo y compartiendo todos sus húmedos fluidos dentro de la boca de ella.
La abrazó con mayor necesidad, frotando intencionalmente su hombría contra ella, quería que se diera cuenta de lo que provocaba en él y de la mucha paciencia que intentaba tenerle; paciencia que cada vez se desgastaba. Quería estar dentro de ella, y quería hacerlo ahora.
Kagome cedió dejándose llevar, esforzándose en ello, compartiendo poco a poco la atmósfera en la que la que consiguió envolverla el astuto albino, ni siquiera se percató cuando él se había acomodado entre sus piernas. InuYasha se había atrevido a alzarla suavemente, sentándola en la mesa frente al fregadero.
Apoyó la frente sobre la obscura cabellera de ella al abandonar sus labios, ambos intentaban recobrar la respiración, él detallando cada rasgo de Kagome y ella dándose tranquilidad así misma al cerrar sus ojos.
Su piel se erizó sutilmente al sentir presión en uno de sus redondos senos, mordió su labio inferior, aguantando el nerviosismo experimentado.
—No imaginas cuánto tiempo llevo esperando esto… —confesó al buscar su mirada.
Kagome mordió el interior de su mejilla al imaginarse lo que InuYasha debía de sentir. Estaba intentando dar ese importante paso con él pero también admitía de manera interna lo difícil que eso le resultaba. Se sentía una tonta.
InuYasha volvió a adueñarse de los labios de Kagome, metiendo su inquieta lengua en la húmeda cavidad bucal de la chica; de "su" chica. Su miembro se tensó aún más al sentir los delgados brazos de ella rodear su cuello, Kagome estaba respondiéndole y eso no lo podía desaprovechar.
Posó ambas manos en los bien formados glúteos de la hermosa pelinegra, atrayéndola a él. Se frotó deliciosamente contra esa femineidad que hace ya casi un año había desflorado.
—¡Agh! —se quejó al sentir presión en la punta de su masculinidad.
Kagome frunció el ceño al oírlo gemir, el solo pensar el dolor que InuYasha debía de estar sintiendo en tan sensible zona, siendo consciente de qué era lo calmaría… ella, su cuerpo.
—Déjame hacértelo… —pidió casi suplicante, recordando las varias veces en que estuvieron a punto de hacerlo pero ella se arrepintió.
Kagome la miró fijamente, intentando controlar la respiración que sin intención alguna se la había agitado. Su cuerpo estaba reaccionando a las caricias del ambarino.
—Por favor, Kagome… déjame… déjame entrar en ti como antes —su voz sonó jadeante cuando ambas pupilas se encontraron; ella lo observó fijamente, y luego de un par de segundos… ella asintió.
InuYasha sonrió internamente, la forma en cómo la deseaba nadie la podría imaginar, era posesivo, como un perro guardián protegiendo fielmente su delicioso alimento, su territorio, su propiedad.
Sintió una de las manos de InuYasha hacer presión contra un costado de su cadera, mientras la otra masajeaba con anhelo la enorme redondez de su seno.
Deslizó lentamente el tirante del vestido de Kagome, besando parte de la desnudez que se había creado en medio de su hombro y cuello. Unos segundos más y el par de perfectos pechos de ella estuvieron completamente expuestos frente a él, y sin pensarlo dos veces, devoró uno de ellos, succionando con desespero el erecto pezón que había estado estimulando.
Kagome arqueó su columna casi inconsciente al sentir los labios del albino adueñarse de su erecto y sensible pezón, podía sentir la lengua de InuYasha frotarse desesperadamente contra su circular zona de blanda carne, sin ser consciente sus piernas hicieron presión contra las cadera del albino. Su cuerpo estaba reaccionando antes que su cerebro y estaba temiendo.
La presión que ejercieron las piernas de Kagome contra su cuerpo solo lo hicieron caer en cuenta de lo excitada que estaba logrando ponerla. Succionó su pezón aún más fuerte, hambriento, al mismo tiempo que comenzaba a dar envestidas, abriendo cada vez más las piernas de ella, acomodándose mejor, sintiendo casi la calidez de la femineidad de Kagome golpear contra su hombría.
—I-Inu… —nombró jadeante al sentir su cuerpo ser mecido por las fuertes envestidas que él le daba.
—Voy a hacerlo… no aguanto más —le informó con intenciones de desabrochar su pantalón pero el sonido de voces en la parte exterior de la casa logro acaparar la atención de ambos.
—Son mis padres —susurró tensa al imaginar que serían los únicos a esas horas.
—¿Estás segura?
—Por supuesto —dijo al sentarse correctamente, intentando recobrar la respiración.
—¡Maldición! —dijo molesto al ayudar a Kagome a acomodar sus desordenadas prendas.
Las mejillas de Kagome terminaron por teñirse de un fuerte rosa al reaccionar ante lo que casi hacía con InuYasha. Permitió que la tocara a su antojo, en ese momento no lo pensó… ¿Por qué se sentía culpable?
—¡Oh! Estaban aquí —dijo una sonriente Naomi.
—S-Sí… estábamos preparando algo para comer —contó Kagome al sacar las patatas que había estado pelando.
—¿Cómo estás InuYasha?
—Bien —dijo y botó el aire cautivo por sus labios—. Creo que es mejor que me vaya... —acomodó su camisa para cubrir su erecta masculinidad, la que aun reclamaba por el cuerpo de la azabache.
—¿Te vas? —preguntó Kagome al voltear a verlo.
—Sí, mañana tengo clases temprano.
—¿No te quedarás a cenar? —preguntó Naomi.
—Se me quitó el hambre —habló al dirigirse hacia Kagome para despedirse.
—Le mandas saludos a tu madre. —dijo Naomi al verlo besar la frente de su hija. InuYasha era realmente agradable con su hija, lo apreciaba por eso.
—Le diré señora Naomi —dijo al salir del cuarto de cocina.
Kagome lo miró preocupada.
—¿Estaban discutiendo?
—No... —dijo y mordió su labio inferior.
Oyó que se despidió de su padre y hermano para luego la puerta cerrarse, InuYasha se había ido.
—Creí que estaban peleados, InuYasha se veía extraño —comentó Naomi y Kagome la miró pensativa.
—Enseguida regreso —informó al salir rápidamente por la puerta.
Metió sus manos a los bolsillos de su pantalón y bajar la cabeza como un verdadero perdedor.
—¡Maldición! —reclamó solitariamente de pie en el comienzo de la larga escalera que tendría que bajar. Estuvieron a tan poco de... Se interrumpió al negar de manera mental.
—¡InuYasha! —volteó y su corazón golpeó contra su pecho al verla correr en dirección a él.
—Kago- —quiso pronunciar antes de que ella se lanzara contra su pecho, él la abrazó con sus dos brazos y recargó su cabeza sobre la de ella— ¿qué sucede?
—No quería que te fueras así... después de que llegaran mis padres; sabes a lo que me refiero —respondió sin levantar la cabeza.
—Tonta —ofendió al sonreír aun con su mejilla sobre la obscura cabellera de Kagome.
—InuYasha... —nombró y éste se separó para verla —quiero que demos ese paso juntos. Quiero que las cosas vuelvan hacer como eran antes, intentémoslo. —propuso al mirarlo a los ojos. Él le sonrió y volvió a abrazarla.
—Está bien, lo volveremos a intentar —dijo al dar un suspiro—. Pero no en tu casa. —añadió y tanto Kagome como él rieron. Si los hubiesen encontrado en esa situación hubiese sido lo más embarazoso del mundo para Kagome.
—Volvamos al hotel que me llevaste la otra vez, antes de que todo cambiara. Empecemos desde allí. —pidió.
—De acuerdo —aceptó y posó ambas manos sobre las mejillas de Kagome, besando sus labios delicadamente.
Kagome estaba poniendo lo mejor de ella y eso él lo valoraba demasiado, si ella quería volver a empezar él era la persona más feliz en oír tal propuesta. Volverían a estar juntos, y esta vez nada ni nadie la alejarían de su lado, no lo volvería a permitir.
—El sábado en la mañana vendré por ti —dijo al alejarse para verle el rostro.
—Bueno —sonrió y lo vio partir.
Se sentía extrañamente feliz y sonreía como tonta por eso, deseaba recomenzar con InuYasha, de verdad que lo hacía. No había mejor lugar para volver a iniciar que ese hotel donde fue la última vez que se vieron y estuvieron juntos antes de que el destino los separar por sus imprudencias.
. .. … .. . .. … .. .
Sus ojos se abrieron repentinamente esa madrugada; aun no amanecía y el sueño se le había espantado. Su corazón permanecía acelerado y su respiración agitada, apretó la blusa de dormir que llevaba puesta, intentando calmarse de manera interna.
Arrastró su mano por su frente, llevándose con ella su flequillo y parte del sudor en él.
« Fue un pesadilla… » Susurró en la obscuridad de esa pequeña habitación que le brindaba un poco de independencia. Se sentó correctamente.
Pescó el reloj sobre la pequeña mesita de noche junto a su cama –cinco cuarenta–. Frunció el ceño, hace mucho tiempo que no tenía un sueño que lograra despertarla. Bajo la mirada, intentando rescatar algo de lo sucedido en su casi aturdido cerebro pero no lo logró, parecía no haber ni una sola imagen que le dijera algo en él.
Se encogió de hombros, restándole importancia, dejó el reloj en su lugar y tomó el cristalino vaso de agua que permanecía junto a éste, lo bebió.
—Será mejor que vuelva a dormir —se convenció al dejar el vaso en su lugar—, mañana Sango llegará muy temprano.
Se acomodó nuevamente en su cama, abrigando todo su cuerpo bajo las cálidas y gruesas frazadas que la calentaban. Levantó la mirada hacía la ventana a un lado de su cama, percatándose de la helada que estaba cayendo debido a lo empañado que el vidrio lucía. Se hundió aún más bajo las cálidas mantas, dejándose vencer una vez más por el sueño.
La mañana del día viernes llegó y las horas parecían hacerse esperar. Kagome esperaba ansiosa la llegada de Sango.
—Ya lleva quince minutos de retraso —comentó al ver por tercera vez el reloj amarrado a su fina muñeca.
Observó un nuevo tren detenerse y se acercó rápidamente entre la multitud que esperaba subir.
—No… esperen —pidió al sentir que la empujaban al interior —yo no subiré… —intentó explicar antes de que una delgada mano la jalara devuelta a la estación.
Cayó sentada al suelo mientras intentaba recomponer su agitada respiración. Permanecía con las manos en el suelo y sus piernas levemente arqueadas.
—Muchas gracias, siento mucho haberte molestado… —se disculpó sin alzar la mirada, estaba apenada.
—Si no te hubiera sacado, ¿dónde me hubiese quedado este fin de semana? —la familiar voz la hicieron dibujar una tonta sonrisa en su rostro. Alzó su vista a ella.
—Sango…
—Ponte de pie —interrumpió al jalarla del brazo para ayudarla a incorporarse.
—G-Gracias —le dijo en el oído al darle un fuerte abrazo.
—Yo también te extrañe, Kag —dijo al corresponder el cálido contacto.
—Vamos, me imagino que debes tener hambre, te invitó a desayunar. —animó al darle la mano al mismo tiempo que la castaña cogía su maleta del suelo.
Ambas salieron sonriendo del transporte subterráneo, hablando de lo torpe que se había visto Kagome al ser llevaba por una pequeña multitud. Se dirigieron a un cercano y pequeño local junto a la estación a desayunar, conversando de cosas que no alteraran a Kagome, Sango era consciente del considerable progreso de su joven amiga para con el pasado. Estaba dejándolo atrás, estaba volviendo a empezar y eso la alegraba de sobremanera.
Cerca del mediodía llegaron a la casa de Kagome, cocinaron juntas y encendieron el radio, escuchando alguna moderna canción que las animara mientras pasaban la tarde. La jornada fue acompañada de risas, bromas y breves charlas de amores. Sango le contó cómo había estado el regreso a su casa desde que dejó el departamento de Miroku y Kagome le conversó un poco de las agotadas terapias a las que asistía tres veces por semana. Agradecía que se hubieran reducido ya que antes asistía diariamente.
La familia Higurashi se hizo presente al llegar el atardecer, saludaron cariñosamente a su joven huésped.
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Posó su mano en el puente de su nariz, haciendo presión en el mismo mientras que de su otra mano colgaba un vaso casi vacío de cristalino licor amarillento en su interior.
« Si las cosas siguen así terminarás perdiéndola… »
Sus dientes hicieron presión al recordar las varias advertencias que Jakotsu le había dado desde que la estúpida de Kagome decidió retomar su vida, haciéndolo a un lado, sacándolo de ella.
No se lo permitiría, ella no lo olvidaría así como así. Se encorvó levemente, recargando sus codos sobre sus rodillas.
¿Cómo irse con ella? el maldito de su hermano no había cedido a alejarse del país, más aun cuando se había enterado que sería padre; el muy tonto se había ligado con una colega del mismo recinto en el que trabajaba. "Egoísta" de esa manera lo catalogó al recordar el momento en que rechazó su oferta. Bankotsu le había comprado los pasajes, se había asegurado de que tuviese una buena estadía y el muy egoísta, según él, había desertado de toda oferta que le propuso.
« El único egoísta eres tú. » Lo corrigió su conciencia al caer en cuenta que estaba pagando por cada uno de sus actos. La maldad y egoísmo con el que se aprovechó de cada una de las mujeres que alguna vez secuestró se le estaba viniendo encima. El destino le estaba jugando una broma, una muy pesada y cruda.
Se había enamorado de una joya, y no una joya cualquiera; sino que de la más terca de todas. Una muy fiel a sus sentimientos. No podía culparla… a ella no.
—¡Mierda! —soltó un grito desesperado al lanzar el vaso contra la pared, quebrándose en el instante en el que se estrelló.
Se puso de pie, frustrado, posó ambas manos en su cintura y echó su cabeza hacia atrás al pensar lo patética que le resultaba la situación.
Caminó sin rumbo alguno por esa amplia y vieja casa en la que alguna vez fue feliz; en la que vivió su infancia.
—¿Qué diablos tengo que hacer? —se preguntó y una atmósfera de silencio total lo envolvió. No había respuesta que pudiese calmarlo.
Posó su mirada en el amplio ventanal de ese segundo piso al que inconsciente había llegado; la habitación de su madre. Se sentó en la cama en la que tanta veces la vio intentar descansar gracias a su maldita enfermedad. Abrió el cajón del pequeño mueble junto a esa cama, encontrándose con una antigua foto de ella, una en la que no había rastro de desprecio por la vida; solo felicidad y ganas de vivirla, ella se veía feliz.
—Debí ser la decepción más grande para ti —comentó al fijar su mirada en el rostro de ella.
Presionó sus manos contra el marco de ese descuidado portarretrato, volviendo su vista al atardecer que poco a poco comenzaría a caer.
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Observó sigilosamente a los alrededores, por si algún imprudente se atrevía a seguir sus pasos, pero no había nadie. Alzó sus rojizos ojos al edificio al levantar levemente los obscuros lentes que los escondían, ubicando segundos después el piso de aquella traidora; Kagura.
Hizo una mueca asqueado ante la poca seguridad que demostraba el recinto.
Las rejas que deberían de proteger el edificio de algún tipo de delincuencia no tenían resguardo alguno, sin mencionar que ni siquiera contaban de un conserje en la entrada; mucho menos un guardia que velara de la seguridad de los habitantes por las noches.
Sacó un par de obscuros guantes de uno de los bolsillos de su pantalón, poniéndoselos al mismo tiempo que miraba a los costados, sabía muy bien lo cauteloso que debía de ser.
Presionó con cierta fuerza uno de los delgados y semi oxidados barrotes metálicos, soltándolo segundos después al adentrarse al edificio.
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Frotó sus manos con insistencia contra su regazo al tomar asiento en uno de los sofás de la pequeña sala, estaba nerviosa pero a la vez muy segura de lo que haría, esperaba no equivocarse. Hace más de una semana que estaba todo planeado. Se abrazó a su cuerpo al bajar la mirada hacia la pequeña y sencilla mesa de centro frente a ella, sonriendo al detallar la fotografía que hace un par de años había estado secretamente junto a ella; un Bankotsu durmiendo, con el rostro más sereno que sus ojos hayan visto.
Negó al recordar las muchas veces en que el moreno le permitió estar a su lado aunque fuese solo para tener sexo, por el momento que ese durara, para ella bastaba. No es que fuera conformista pero estaba más que clara los límites que aquel seguro moreno le permitiría traspasar, y el amor, definitivamente, no era uno de ellos.
Aprovechaba cada instante que compartía junto a él, por más mínimo que ese fuera, y jamás olvidaría el momento en el que se atrevió a tomarle esa fotografía con la cámara de su móvil. No olvidaba lo mucho que se le erizó la piel al verlo removerse, para luego observarla aun entre dormido y volver a acomodarse para dejarse envolver por los brazos del Dios del sueño. Experimentó como si el alma se le hubiese espantado y llegado a ella segundos después, creyó que la golpearía al hacer algo tan inapropiado y estúpido.
Dos duros golpes en la puerta la hicieron regresar a la realidad. Se puso de pie aun con aquella impresión en sus manos, observó por el acusador agujero en el centro de la puerta, abriendo sus ojos sorpresivamente al reconocer quien era. Naraku había llegado casi una hora antes de la hora en que lo había citado. Negó en silencio, mordiendo dudosa su labio inferior. Posó su blanquecina mano sobre el pomo de la puerta, percatándose segundos después del grueso papel en su mano. Lo ocultó rápidamente debajo de una de sus prendas.
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Miroku posó ambos codos sobre el escritorio frente a él, entrelazando los dedos y ubicarlos a la altura de sus labios, inquieto.
—Maldición… —musitó pensativo.
Mecía su pie de manera insistente, algo en su interior permanecía intranquilo desde que su colega abandonó la zona de trabajo. Había un mal presentimiento en él.
—Espero que todo salga según lo planeado. —deseó al ponerse de pie para ir por un café, necesitaba mantenerse distraído.
Haría lo que estuviese a su alcance por cumplir el trato que había hecho con Kagura, lo demás dependería solamente de ella.
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—No creí que llegarías tan temprano —su tono sonó como si fuese una queja, debía mostrarse segura.
—¿Por qué tanta queja? —cuestionó al internarse en el departamento —sabes que nunca he sido puntual, además… —habló al mismo tiempo que detallaba con la mirada todo el hogar de la mujer, girándose al oír la puerta ser cerrada completamente —Prefiero llegar de sorpresa.
—Como tú digas —aceptó Kagura al rodar los ojos.
Estaba tensa, debía admitirlo, estaba a punto de traicionar a la escoria más sucia que había conocido en su vida. Un hombre vil y traidor, sucio y cobarde.
—¿Por qué llevas guantes? —preguntó al percatarse en aquel detalle —Aun no anochece.
—Tenía las manos heladas.
—Mmm… te hace ver tonto.
—O quizás soy más astuto.
Kagura enarcó una ceja al cruzarse de brazos, dudosa, ¿a qué se refería con ese comentario?
—¿Quieres un café? —ofreció con intenciones de dirigirse a la cocina.
—Por favor… —asintió al seguir con la mirada los pasos de la mujer —pero antes —Kagura detuvo sus pasos—, ¿podrías decirme dónde está el baño?
—En mi habitación —señaló.
Naraku asintió desapareciendo de la mirada de su compañera, cerró la puerta del pequeño cuarto de baño con seguro.
Kagura de igual manera se dirigió a su habitación, pescó el diminuto auricular de color piel que permanecía sobre la cama, introduciéndolo en su oreja; una tecnológica grabadora. Observó los cajones de su clóset antes de abandonar la habitación.
Naraku demoraba en salir… Su atención fue llamada al oír la pequeña palanca de la cafetera sonar, anunciando que ya estaba listo. Vertió el hervido contenido sobre la taza de obscura porcelana.
—¿Y qué hacías? —preguntó al salir de la habitación de Kagura.
—¿Cuándo… —preguntó al caminar hacia la sala con la taza en mano y Naraku tras ella —antes o ahora?
—Hmph… antes —dijo al soltar una risa—. Ahora servías el café, ¿no es así?
—Por supuesto. —dijo al tomar asiento frente a él.
Naraku le dio un sorbo al cálido contenido, sin quitar la mirada de aquella misteriosa mujer.
—Bueno… —habló la masculina voz al dejar la taza sobre la mesita frente a él —¿qué era eso que querías que habláramos…?
—Sobre Bankotsu.
—Bankotsu —repitió al alzar ambas cejas, ¿tan estúpido lo creía?
—Su paradero sigue siendo un misterio, no quiero que el tiempo siga pasando y que todo se descubra —comentó sosteniendo la mirada de Naraku—. No quiero que me vean como una sospechosa.
—¿Sospechosa? ¿Por qué habrían de verte de esa manera?
—Bueno… tenemos a Miroku.
—Él sabe lo que sucede pero aún no tiene las pruebas suficientes.
—¿Y eso quiere decir que nos quedaremos de brazos cruzados?
—Creo que no hay razón para que te angusties.
—Solo quiero saber qué planes vamos a seguir —consultó al entender que la conversación se había desviado del punto original.
—¿Qué planes vamos a seguir…? —repitió Naraku al soltar el pesado aire contenido.
Kagura se cruzó de brazos, quizás era una niñería lo que planeaba pero era lo más rápido que se le ocurrió para acabar con todo. Miroku necesitaba pruebas concretas, ella intentaría dárselas siempre y cuando él cumpliera con su parte del trato, estaban contra el tiempo y la prensa parecía hostigarlos por información, información que sólo ella podía entregar, absteniéndose de salir ilesa.
—Lo primero que haré será encontrar al perro de Bankotsu —se sentó correctamente, posando ambos antebrazos sobre sus rodillas—, una vez que haga eso lo obligaré a observar cada tortura de las personas que realmente le importan, lo haré lamentarse tanto que deseará haber muerto en ese patético incendio…
Kagura empuñó disimuladamente una de sus manos, cómo lo detestaba.
—Luego continuaré con Miroku y el incompetente viejo Miōga —continuó—, intentaré que ambos salgan de excursión en una tonta recopilación de escena; algún estúpido crimen… y los mandaré a matar por unos criminales que me deben algunos favores, eso es lo que planeo hacer. —finalizó al mirar a la mujer frente a él, quien parecía no incomodarse por ni uno solo de sus dichos.
—Tienes todo calculado —habló luego de segundos de silencio.
—Sí —aceptó—. Pero para que todos mis cálculos salgan a la perfección, necesito quitarme un pequeño problema de encima.
Las palabras de Naraku fueron atajadas por la mujer de mirada carmín.
—¿Y qué problema sería ese? —preguntó interesada, quizás esa era la pieza fundamental para arruinar sus planes y hacerlo caer.
—Tú.
Kagura abrió los ojos con sorpresa al verlo irse sobre ella, logró ponerse de pie a tiempo pero Naraku la sostuvo de los brazos, alzando ambas extremidades sobre la cabeza de Kagura.
—¿Tan estúpido me crees? —cuestionó al acercar su rostro a ella —¡Sé perfectamente lo que estás tramando, quieres traicionarme, quieres contarle todo a Miroku pero no te lo permitiré maldita! —alzó la voz al mismo tiempo que ejercía fuerza sobre las muñecas de la mujer.
Kagura encogió las piernas para luego dar una fuerte patada en pleno estómago de su abusador, haciéndolo caer sobre la mesa en el centro de esa sala, reventando el vidrio por completo debido al peso del desprevenido cuerpo masculino.
—¡Maldito cobarde! —gritó Kagura al ponerse rápidamente de pie.
Corrió hacia su habitación y cerró con seguro, estaba nerviosa e intentaba todo lo posible por mantener la cabeza clara. Se dirigió a su clóset, necesitaba protegerse.
—¡Maldición!
Naraku hizo lo mismo e instintivamente siguió los pasos de su víctima, debía acabar con ella.
—¡Kagura! —gritó al dar un fuerte puñetazo contra la puerta —¡Maldita zorra traicionera! —logró romper de un par de patadas el material que los dividía, pero detuvo sus pasos al percatarse del arma entre las manos de la fría mujer.
Kagura se mantenía de pie con el arma apuntando el pecho de su agresor, sus manos temblaban de solo pensar lo que le sucedería si lo mataba, eso sería despedirse para siempre de su libertad. Amaba a Bankotsu, su interior se lo recordaba día a día, aunque no fuese lo suficientemente demostrativa. Solo por él se hundió en ese sucio mundo; un mundo donde sin percatarse a tiempo terminó por convertirla en una esclava de Naraku.
—Piensa muy bien lo que harás… —aconsejó cínicamente al dar lentos pasos en el interior del cuarto.
—No tengo en nada en qué pensar.
—Esto puede solucionarse Kagura, solo, baja el arma —pidió, acortando cada vez más la distancia entre ambos.
—Hmph… ¿Y cuál sería la solución? —pregunto sarcásticamente.
—Un trato. —propuso.
—Ya no quiero tener nada que ver contigo Naraku, todo trato ha acabado. —finalizó al mismo tiempo que presionaba el gatillo del peligroso armamento.
Naraku apretó fuerte y rápidamente los ojos y los abrió de la misma manera al no oír sonido alguno. ¿No había disparado?
Kagura abrió los ojos con sorpresa, ¿qué había pasado? Volvió a presionar el gatillo y siguió haciéndolo al ver a Naraku sonreír, burlándose de ella.
—¿Buscabas esto? —preguntó enseñándole el cartucho entre sus dedos. El cuerpo de Kagura pareció helarse en caer en cuenta de lo que eso significaba.
Un segundo bastó para estar acorralada una vez más entre los brazos de Naraku y el mueble tras ella.
—Eres una estúpida, siempre lo fuiste. —dijo al mismo tiempo que la agarraba del cabello y enterraba un filoso objeto en su pecho.
Todo su rostro se contrajo en dolor al sentir una profunda y dolorosa punzada en su pecho; en su tórax, corazón, quizás.
Naraku la soltó bruscamente, haciendo que la delgada mujer se apoyara completamente contra el mueble, deslizándose lentamente, dejándose caer con todo el peso de su cuerpo al suelo, permaneciendo sentada, con ambas piernas inclinadas contra su pecho, no quería ver la herida, pues podía sentir como si una helada ráfaga la atravesara.
—Es una lástima que tengas un fin como este —comentó con fingido remordimiento—. Tantos sacrificios para morir sola después de todo… —sonrió de medio lado al ver el fruncido rostro de la mujer en el suelo —¿dónde está tu amado? —preguntó al hincarse frente a ella, riéndose de la desgracia de su ex colega.
Kagura lo miró asqueada, quería decirle tantas cosas pero no lo hizo, presionó fuertemente sus labios y escupió el rostro de Naraku para sonreír de medio lado segundos después.
Botó una pesada respiración al quitar el cálido fluido de su rostro. Pescó el móvil que descansaba sobre uno de los veladores junto a la cama, registrando la agenda de contactos.
—¿Quiénes son B1, B2, B3? —preguntó sin voltear a verla.
Ella no respondió, solo lo miró molesta, completamente enfadada.
—¡Ah…! Ya entendí, son los números de Bankotsu… —habló esta vez viéndola, ella no respondió —bueno… —se encogió de hombros —tendré que averiguarlo por mi propia cuenta. —manifestó al mismo tiempo que ponía el móvil en su oreja.
« Nuestro cliente no se encuentra dentro del área disponible, por favor, intente más tarde… » Fue lo que oyó después de varios sonidos de marcación. Intentó con el siguiente.
—¿Qué sucede? —música para los oídos del inescrupuloso hombre.
La mujer de mirada carmín abrió los ojos con sorpresa y sintió un extraño sentimiento mezclado de felicidad y culpabilidad al oír su voz, sintiéndose una maldita egoísta por la alegría que experimentó.
—Kagura… —nombró pero no atendían del otro lado de la línea, se extrañó, Kagura nunca había hecho eso —¿qué demonios sucede mujer?
—Es una lástima que tengas tan poco tacto con la moribunda más leal que jamás vi. —habló de manera burlesca.
—Naraku… ¿qué haces con el móvil de Kagura? —preguntó en tono serio.
—Digamos que vine a hacerle una visita.
—¿Qué hiciste…? Dame con ella. —ordenó en un tono severo.
—Me parece que eso es un poco complicado, pues ya ni fuerzas para hablar tiene —contó al mismo tiempo que una carcajada se escapaba de sus labios. Cortó la llamada.
La mujer de rojizos labios lo miraba con odio.
—No me mires de esa manera, pasarás tus últimos momentos con la persona que tanto amas… Te he hecho un gran favor después de todo. —dijo al ponerse de pie y encaminarse a la rota puerta.
Kagura observó cada uno de sus pasos, hirviendo de impotencia por dentro.
—Aunque creo que no te gustará morir sabiendo que Bankotsu vendrá y dejará sus huellas digitales por todas partes al saber que estás en peligro, ya sabes lo estúpido que es cuando de sus compañeros se trata; suele actuar sin pensar muy bien las cosas. —finalizó al salir completamente de ese cuarto, abrió la puerta principal y salió de aquel departamento.
. .. ... .. . .. ... .. .
—Emergencia, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó una voz femenina tras la línea de llamada.
—Quiero reportar una riña.
—¿En qué sector?
—Edificio Ghōin, oí un disparo.
—¿Está seguro de eso?
—En un cien por ciento, creo que alguien pudo haber muerto.
—Bien, enviaré a una patrulla en estos momentos.
—Se lo agradezco.
—¿Cuál es su nombre?
—Quisiera hacer la denuncia de forma anónima, ¿hay algún problema?
—No ninguno.
—Bien, hasta luego.
—Hasta luego.
Dejó colgado el teléfono y salió de la angosta cabina pública, ya estaba hecho, la policía se encargaría de limpiar lo que quedaba de desastre en ese departamento, y si todo salía bien, atraparían al culpable.
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Una extraña sensación de escalofrío recorrió por su espalda al subir las escaleras, llegando a ese departamento que muchas veces antes visitó, tragó duro, preocupado al ver la puerta semi abierta. Posó su mano sobre la perilla de la misma, abriéndola lentamente, si Naraku había sido quien lo había llamado podía correr el riesgo de ser una trampa, la sabía, era consciente de ello, pero no podía dejar a una de sus más leales compañeras caer en manos de ese sucio canalla. Se arriesgó a entrar y su rostro fue acompañado de una repentina mascarilla de asombro al ver el destrozado lugar.
Se adentró aún más, analizando la quebrada mesa de centro con peligrosos vidrios esparcidos en el suelo cerámico.
—Kagura… —mencionó en voz baja al tomar uno de los casi transparentes pedazos objetos entre sus dedos.
Se puso de pie, encaminándose hacia la cocina, encontrándose con la puerta de la habitación de ella partida en dos; un pedazo colgando aún de un par de bisagras metálicas y la otra en el suelo. Se asomó cuidadosamente al interior, sacando del costado de su pantalón el arma que llevaba con él.
—¡Kagura! —alzó la voz al verla en el suelo, la sangre ya era demasiada, había manchado completamente la ajustada blusa de color rojo, pese a eso, el carmesí líquido era evidente.
Bankotsu se acercó rápidamente a ella, hincándose a su lado.
—¡Maldición Kagura! —se alteró con su voz bañada en angustia y molestia al verla en el estado en el que ella se encontraba. Sostuvo el rostro que la mujer mantenía ladeado, recargado sobre la punta de uno de los cajones que había abierto anteriormente.
—N-No debiste venir…
—No digas estupideces —interrumpió—. Debo llevarte al hospital. —anunció con intenciones de cargarla para sacarla del lugar pero ella se abstuvo con la poca fuerza que le quedaba.
—No… —se quejó al mismo tiempo que su rostro se contraía en dolor —no es necesario.
—¿No es necesario? —preguntó indignado al arrastrar su obscuro flequillo —No seas estúpida. —e intentó nuevamente quitarla de la incómoda posición en la que se encontraba.
—No lo soy… soy policía —corrigió con voz queda—. Sé lo grave q-que es mi herida, algún órgano debo tener c-comprometido; he perdido demasiada sangre, no que queda mucho t.-tiempo… lo sé.
—No dejaré que te des por vencida. —habló con rabia, como si sus dientes hicieran presión unos contra otros.
—Y-Ya no está en mis manos… —dijo para tranquilizarlo —S-Solo… —la atención del moreno fue atraída al sentir el frío contacto de la mano de Kagura sobre la suya —solo quédate conmigo… —pidió e intentó sonreír.
Bankotsu se quedó en silencio un par de eternos segundos, debatiéndose de manera mental cómo hacer para ayudarla, se rindió, sabía lo muy testadura que esa mujer frente a él podía llegar hacer, si le quedaba poco tiempo como ella decía, entonces, se quedaría a su lado, acompañándola.
—Está bien. —desertó de todo pensamiento a obligarla a luchar por su vida, sentándose a su lado. Se acomodó correctamente y la atrajo hacia él, recostándola con la cabeza de ella contra su pecho, resguardando esos pocos minutos, que al verla toser un poco de sangre, sabía llegaban a su fin.
—S-Siempre quise estar así… contigo. —confesó en un tono lento y pasivo, cerrando sus ojos al oír el fuerte corazón del moreno palpitar.
—No pienses en eso ahora —intentó que su tono no sonará lo agresivo que hubiese sido si esas palabras se las hubiera dicho en otras circunstancias—, debes mantenerte tranquila —añadió, y aun contra toda personalidad de rudeza, acarició sutilmente el sudado cabello de la mujer en sus brazos.
La respiración de Kagura se comenzó a acelerar segundos después, poniendo a un nervioso Bankotsu.
La mujer estiró su mano hacia el rostro del ojiazul con la poca fuerza que en su cuerpo quedaba, acariciándole la mejilla, sonrió tristemente, el pecho que en un momento era movido rápidamente por su desesperación de respirar, se detuvo; y su corazón poco a poco dejó de latir, dejando volar un alma más.
Sus ojos habían permanecido cerrados ante aquel frío contacto; pero fueron abiertos abruptamente al sentirse abandonado. La removió entre sus brazos pero ella no reaccionó. La llamó varias veces por su nombre pero ella no contestó. La apretó para sentir alguna reacción en su cuerpo pero éste parecía estar apagado. Se había ido, Kagura ya no estaba… había muerto.
—Kagura… —nombró al mirar su rostro.
La acarició una vez más y se puso de pie con ella entre sus brazos, recostándola en la cama frente a él. Estaba molesto, furioso, y a la vez, sentía un rudo nudo ubicado en el centro de su garganta. No se permitiría derramar ni una sola lágrima, situaciones así solo debían generar odio.
Brindó un casto y fugaz beso en la frente de la mujer, dejando solo aquel frío cuerpo que siempre le perteneció y esperó fielmente en silencio.
Se encaminó decidido hasta la puerta de salida, buscaría y ubicaría a Naraku de una buena vez, y una vez que diera con él, lo obligaría a arrepentirse de todos los problemas que le estaba causando.
—¡Alto ahí! —varias fuertes y blanquecinas luces golpearon su rostro, acompañadas de una autoritaria y completamente desconocida voz masculina —¡Levanta las manos y no des ni un solo paso!
—Hmph… —fue lo único que se escapó de los labios del moreno al desviar la mirada, escapando de aquellas molestas y directas luces que alumbraban su rostro.
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—Entonces, ¿InuYasha no vendrá esta noche? —preguntó la castaña al preparar las cosas que comerían mientras veían una tenebrosa película.
—No —respondió la azabache—. Nos dará una noche de chicas, además, está muy cansado, tuvo clases todo el día —añadió al rascar con cierta incomodidad su antebrazo.
No quería contarle que mañana sábado se iría con él, que volverían a empezar y la necesitaba para que la cubriera. Además, consideraba extraño hablar de InuYasha con Sango, pues habían hablado antes de esos temas pero con el moreno como protagonista. Ahora se le hacía un tanto incómodo.
—¿Y cómo van las cosas con él? —preguntó al apagar las luces, dejando solo la televisión encendida. Ya era casi media noche, los padres de Kagome ya dormían.
—¿Por qué estamos hablando de esto? —evadió la pregunta haciendo una ella misma, sonriendo de manera nerviosa para que su tono no sonara agresivo, lo que menos quería era hacer sentir incomoda a su amiga.
—Bueno por… —intentó decir pero Kagome la interrumpió hábilmente.
—Mejor cuéntame de ti… —habló, atrayendo la atención de la castaña —¿Qué hay entre el amigo de InuYasha y tú…? —preguntó y su mirada fue acompañada de una muy picara.
—¿He? —la expresión de la castaña fue de rotunda sorpresa —¿entre nosotros?
—Entre ustedes —asintió la azabache.
Sango mordió el interior de su labio, avergonzada, ¿que si había algo entre ellos? ¡por supuesto que no! pero…
—No seas tonta —se quejó al mismo tiempo que le lanzaba un esponjoso cojín en el rostro—. Mejor veamos la película que ya va a comenzar. —decidió cambiar el tema, de lo contrario terminaría confesando cosas que no estaba del todo segura.
Las horas pasaron y la película terminó con una Sango y Kagome no muy asustadas.
—Las películas de terror están cada vez más aburridas —comentó Kagome al recargar su cabeza sobre su antebrazo para ver a la castaña recostada en una gruesa colchoneta en el suelo junto a la cama de ella.
—Ni que lo digas, una ya no sabe si reírse o asustarse —estuvo de acuerdo.
—Sango… —nombró la azabache.
—¿Mmm…? —alzó la mirada a ella.
—Gracias… —agradeció al dar un profundo suspiro —gracias por venir a verme.
—Eso es lo que hacen las amigas —habló al mismo tiempo que le tendía su mano.
Kagome le dio una sonrisa y luego de unos minutos más de charla apagaron la pequeña lámpara sobre el escritorio de la chica, preparadas ambas para dormir. La primera en caer fue Kagome, y al rato después; Sango.
La luz natural de la luna se colaba por las semi trasparentes cortinas de la habitación de Kagome, iluminando tenuemente la obscuridad del pequeño cuarto.
La vibración de su celular bajo la almohada la obligó a despertar, aun entre sueño logró localizarlo y entrecerró los ojos ante lo que le parecía una alta intensidad iluminaria del tecnológico aparato. Al no reconocer el número lo siguiente que hizo fue fijarse en la hora –tres cuarenta y ocho– se indignó. ¡¿Quién podría ser tan ridículo como para llamarla a esas horas?! Iba a cortar pero la idea de que pudiese ser algún familiar se cruzó por su cabeza. Optó por dejar entrar la llamada.
—Hasta que contestas —su corazón latió bruscamente contra su pecho—, ¿tienes idea de cuánto tiempo llevo marcándote?
—L-Lo siento… —se disculpó y sintió su rostro arder —pero creo que debiste fijarte primero en la hora que es.
—Lo sé, pero ni te imaginas lo que ha pasado. —ante tal tono de seriedad la joven de cabellos castaños se sentó correctamente sobre el mullido colchón.
—¿Qué cosa…? —preguntó realmente interesada.
—Bankotsu. —fue lo único que dijo el joven oficial de mirada azulina.
—¿Bankotsu, Bankotsu qué Miroku? —volvió a interrogar, algo de eso ya no le estaba gustando.
—Lo han atrapado —comentó—. El fiscal acaba de llamarme, voy en camino a la comisaria.
—¿En qué lo pillaron, cómo lo hicieron para atraparlo?
—No tengo idea Sango —habló en tono quedo, para luego dar un suspiro—, pero creí que te interesaría.
—Gracias... —sonrió y asintió en modo de agradecimiento, como si él la estuviese viendo.
—Bien, estamos hablando.
—De acuerdo —aceptó no muy convencida de lo que había oído.
Volteó a ver a la dormida joven de obscuros cabellos a su lado, y una angustia se posó en su pecho al pensar en lo contado por Miroku, ¿debía contarle a Kagome? Encendió la lámpara que hace un par de horas atrás había apagado y volvió a mirar el rostro de su amiga... Si ella estuviese en el lugar de Kagome, le gustaría saber lo que sucede.
¿Afectaría en su avance…? Después de todo parecía estar dejando todo atrás.
—Kagome... —removió con cuidado el brazo de la joven, intentando despertarla. Era mejor decírselo.
—Mmm... —se quejó para cubrir su rostro completamente con las sábanas.
—Kagome —insistió nuevamente—, despierta.
—¿Qué pasa Sango? —preguntó rascando sus cansados parpados.
—Oye, ha pasado algo... —mencionó dudosa, quería que su amiga estuviese con todos los sentidos bien despiertos.
—No me digas que tuviste pesadillas con la película —bromeó al sostenerse en sus antebrazos.
—Kag, esto es más serio de lo que imaginas —habló poniéndose de pie, sentándose a los pies de la cama de Kagome.
—¿Qué es lo que pasa Sango? ¿Por qué tanto misterio? —su rostro se tornó serio.
—Miroku me ha llamado...
—¿Y? —apresuró ante la lentitud de su amiga.
Sango la miró fijamente, detallando cada expresión de la joven.
—Han... han atrapado a Bankotsu —comentó y el rostro de la joven frente a ella pareció contraerse.
Sintió vivamente cómo su corazón golpeó rudamente contra su huesuda protección esquelética, sus manos comenzaron a sudar y sentía su cuerpo temblar levemente ante las distintas emociones que estaba experimentando; unas muy extrañas, otras muy bien conocidas.
Podía oír como si la voz de Sango estuviese a varios metros de distancia, mientras ella sólo tenía en mente lo que acababa de oír.
« Han atrapado a Bankotsu… »
…
Notita: ¿Han oído la canción de Ariana Grande: "one last time"? Pues bueno si no, se las recomiendo, es la hermosa canción que me ayudó con la narración en la parte de Kagura. Aunque me gustan más los cover's ya que lo entiendo y los puedo cantar jajajaja Amo los cover's de KKBL (Kevin Karla y la Banda)
Ahora...
¿Qué les pareció? ¿les gustó? ¿se entendieron bien los cambios de escenario? Espero que haya sido así de lo contrario... o.O
Okey, mi idea es que las cosas avancen, y quizás lo están haciendo muy rápido pero la idea es finalizar el fic en algún momento ñasjsjlad Si no sufro y me quedo pegada dando vueltas en el mismo asunto y pues... me aburro XD
¡¿Alguna justificación por tanta demora?!
Pues ésta vez tengo una muy buena, mi pobre compu está malísima; a mi hijo se le cayó al suelo desde el segundo piso, ni se imaginan mi expresión de horror. Así que ahora la pobre solo tiene la mitad de su rostro en buen estado, el otro, está completamente desfigurado (tiene una horrible mancha negra con rayones de colores; varios colores, entre ellos: verde, rojo, azul y amarillo, y negro, muuucho negro), además de que le tengo pegada la batería con cinta adhesiva (eso me hace sentir realmente paaabre! jajajajaja). Me prende solo con el cargador enchufado, si lo desenchufo, se apaga... Pero bueno, hay que reírse de las desgracias.
Este capítulo lo escribí como unas tres veces, el word es un asco, no me guarda los archivos y el compu se reinicia así que... escribía un poco y lo guardaba altiro en el doc manager
¡Pero actualicé de todos formas! Eso se valora, ¿o no? jajajajaja como sea, ojalá les haya gustado y si creen que el capítulo se merece alguno de sus hermosos y tan cotizados rw, lo dejan, yo feliz de leerlas después de tanto ¡time!... (se avergüenza furiosamente) =_=
Espero leerlas, besitos para todas y ya no me vuelvo a comprometer en la vida con nuevas actus! (no digo que no vaya actualizar, solo que soy demasiiiaaaado leeenta para hacerlo)
¡CIRCULO MERCENARIO!
