Capítulo beteado por: Yanina Barboza (Betas FFAD)

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Capítulo 25

POV Bella:

—Creo que el azul predomina mucho —murmuré.

—Ese es el chiste, Bella, el árbol y la casa tendrán adornos plateados y azules —respondió Rosalie, algo molesta.

—Te obsesionas por el plateado, es la verdad.

—Bueno, el plateado es mi color preferido —me dijo, con una sonrisa.

—Oh, pues, no lo sabía —dije la verdad.

—Yo pondré la estrella —terció Emmett, levantándose del sillón.

—No, claro que no, la pondrá Thomas —gruñó Rosalie. Sí que estaba de mal genio.

— ¿Y el otro año puedo hacerlo yo? —preguntó Emmett.

—No, lo hará Julia… si es que siguen aquí.

— ¿Y para el otro año qué colores elegirás? —le pregunté yo.

—Creo que rojo y plateado.

— ¿Plateado? —preguntó Emmett exaltado—, creo que amas más al color plateado que a mí. —Hizo un puchero.

—No osito, claro que no.

Solté en carcajadas al oír ese apodo de Rosalie para Emmett.

— ¿De qué te ríes, loca? —preguntó Emmett.

—De ti —lo señalé—, osito.

—Ja, ja —dijo sarcásticamente.

—Bien, ¿Emmett, puedes cargar a Thomas para que ponga la estrella? —preguntó Rosalie.

—Sí, claro que sí.

Emmett fue hasta donde estaba Thomas, sentado en el sillón. Apenas era un bebé, su primera Navidad. Ya teníamos una semana de haber venido a casa de Rosalie. Faltaban solo 4 días para Navidad, y apenas nosotros estábamos decorando.

— ¿En dónde diablos está la estrella? No la encuentro —volvió a gruñir Rosalie.

—Está en la bolsa, Rosalie, deberías de buscar —comenté.

—Oh, gracias —sonrió apenada—. Toma bebé. —Le entregó la estrella a Thomas—. Ponla ahí arriba, Thomas.

Thomas se quedó viendo el rostro de Rosalie, y después bajó su mirada hacia la estrella. Sin pensarlo, él levantó su bracito para acercarse más a la punta del árbol. Emmett lo alzó más alto hasta que el bebé puso la estrella en la punta y Rosalie la tomó para presionarla bien.

—Qué niño tan inteligente —dijo ella. Caminó hasta donde estaba Julia, jugando con los listones del árbol, para luego cargarla y llevarla hasta nosotros—. Para el otro año te tocará a ti, hermosa. —Julia sonrió.

—Solo hay que encenderlo —dije.

Me acerqué al enchufe más cercano que había por ahí y conecté las luces. El árbol empezó a brillar y el Nacimiento que había debajo sonó con la típica canción navideña.

—Bella —me llamó Rosalie—, ¿tienes algo pensado para la cena de Navidad? —me preguntó.

—Umm… No, ¿qué se te ocurre a ti? —dije.

—No lo sé, ¿me acompañarías a casa de mis padres?

— ¿A qué?

—Bueno, Jasper ya no vive con ellos ni yo tampoco, pasarán la Navidad aquí, entonces quiero preguntarles si tienen algo pensado en su menú —sonrió.

—De acuerdo. —Asentí—. Sirve que los conozco, ¿no?

—Sí. Voy por mi bolso y nos vamos, ¿de acuerdo?

—Claro, yo iré por el mío.

—Iremos de pasada al centro comercial a comprar cosas.

— ¿Qué tipo de cosas? —pregunté.

—Regalos, ropa, comida, etc.

—Tienes razón. —Le apunté—. Espérame, iré a arreglarme.

Corrí escaleras arriba y entré a mi habitación cerrando la puerta por detrás. Fui al closet y tomé unos jeans junto con una blusa gris. Saqué un saco de esos que llegan hasta la cintura. Entré el baño y me cambié. Solté mi pelo y traté de alisarlo un poco. Me maquillé un poco, no me agradaba mucho hacerlo. Tomé mi bolso y saqué la cartera de ahí. Traía mis tarjetas de crédito y además mucho dinero en efectivo.

— ¿Bella? —dijeron y tocaron la puerta.

—Sí, Rosalie, pasa —dije.

La puerta se abrió y Rosalie entró.

—Wow, qué guapa —comentó con una sonrisa—, ¿lista?

—Sí —contesté.

Bajamos las escaleras y vi que Kimberly venía con los bebés.

—Kimberly se hará cargo de ellos, Bella, ese es su trabajo —dijo Rosalie antes de que yo replicara.

Llegamos hasta el ostentoso auto de Rosalie y empezamos a manejar a una dirección totalmente desconocida para mí.

—Bella… —dudó Rosalie.

— ¿Sí, Rosalie? —contesté el llamado.

—Es que… no sé si decírtelo o no…

— ¿Qué cosa? —pregunté interesada.

—Es que los Cullen celebrarán aquí la Navidad y el Año Nuevo —soltó rápido.

— ¿Los Cullen? —pregunté con el ceño fruncido.

—Sí, bueno, Edward también viene.

— ¿Edward? ¿Por qué?

—Porque no lo pueden dejar solo, Bella. Él está todo depresivo, si nadie está vigilándolo, de seguro se corta las venas.

— ¿Por qué los invitaste? De acuerdo, yo entiendo que es tu casa, pero…

—Mira Bella, son familia de Emmett, y yo no puedo decirles que se vayan solo porque tú estás ahí, no puedo hacerles esa grosería. Además, Jasper es mi hermano, él está junto con Alice. Tenemos que pasar la Navidad como en familia.

—Entonces yo saldré ese día.

— ¡Estás loca! No saldrás, es Navidad, tienes que estar con nosotros. Tus padres se encuentran por cualquier parte del mundo, Jacob y Victoria se fueron, ¿con quién estarás?

—Eso no importa, yo no quiero verlo, Rosalie. Me duele darme cuenta que no estoy con él —dije atragantándome. Un nudo se empezó a formar en mi garganta—. Que mis hijos no pasarán una Navidad junto con su familia reunida y feliz.

—Tú puedes cambiar eso, Bella —me dijo dulcemente.

—Yo sé que puedo hacerlo, pero hay algo que me impide que no vuelva con él, no sé, es una fuerza extraña que hay dentro de mí. Ya me quedó más que claro que no me engañó, pero no sé, hay un porqué no puedo perdonarlo.

— ¿Tú qué sientes? —preguntó.

—Me siento triste, pero no a tal punto de querer quitarme la vida. He ido mejorando, a como estaba, claro que sí. Duré toda una semana llorando por él, que creo que ya no tengo lágrimas que derramar. Quiero volver con él y vivir felices con nuestros hijos, en nuestra casa en Forks, quiero que me dé un beso y tenerlo siempre conmigo. Pero no sé... —Sacudí mi cabeza—. Hay algo que me dice que no lo haga. Una parte de mi mente me dice que lo haga sufrir no dándole mi perdón, pero yo lo amo, no puedo hacer esto.

— ¿Algo es lo que te impide? ¿Qué tal que si es alguien? —Me miró fijamente a los ojos.

— ¿Quién rayos puede ser, Rosalie? —pregunté exaltada.

—Yo no sé, ¿y tú?

—Menos. —Sacudí mi cabeza.

—Tal vez y el destino está haciendo todo esto…

—Y volvemos con el maldito destino… Yo no creo en eso, Rosalie.

—Bueno, el destino no, pero tal vez es Dios. Tal vez el Señor tiene a un buen hombre para ti, que verdaderamente te ame, y no estoy diciendo que Edward no lo haga; pero que exista el verdadero amor, de esos que hasta te entregan la vida.

—Yo lo haría por Edward —respondí, orgullosa.

— ¿Y él por ti? —Me cambió la jugada.

Pero para eso yo no tenía respuesta. Seguimos en silencio unos 10 minutos después, hasta que Rosalie dio vuelta en una calle y empezó a hablar.

—Bella, siento haberte dejado así, por favor, quédate en la cena de Navidad —me pidió.

—Lo haré, no tengo por qué huir —le dije, alzando la frente.

—Mira, mi mamá es simpática, te caerá muy bien. Mi papá es algo especial, pero pues no tienes por qué tratarlo si no quieres, ¿de acuerdo? Ellos ya están mayores, no tienen a nadie más que nosotros sus hijos, por eso ellos pasarán la Navidad en nuestra casa.

—Oh, qué bien.

Llegamos a la casa. Era enorme para que solo vivieran ahí unas personas mayores. Tenían un jardín hermoso, años dedicados en cuidado, se notaba.

Nos bajamos del auto y Rosalie entró.

—Niña Rosalie, ¿cómo ha estado? —preguntó la muchacha. Eso me recordaba tanto a Sue, la echaba de menos.

—Muy bien, gracias Atenadora.

— ¡Rosalie! —gritó una mujer—. ¿Qué te trae por acá mi amor?

— ¡Mamá! —Rosalie gritó, corrió hasta donde estaba la señora y la abrazó—, vengo a visitarte, ¿acaso no puedo?

—Claro que sí, Rose.

—Mamá, quiero presentarte a mi mejor amiga Bella

Me acerqué hasta ellas.

—Hola Bella, ¿tú eres la esposa de Edward, verdad?

—Mmm… —Me quedé pensando una respuesta que definiera qué éramos Edward y yo.

—Mamá, Edward y Bella tuvieron una discusión, ella está viviendo con Emmett y conmigo en la casa.

—Oh, perdón, no sabía —se disculpó—. Soy Lillian Hale, la mamá de Rosalie, un gusto conocerte, ¿Bella? —dijo.

—No se preocupe de nada señora Hale. Me llamo Isabella…

—Cullen —dijo Rosalie.

Su mamá y yo la volteamos a ver.

—Isabella Cullen, sí, aún no estoy divorciada. Todos me dicen Bella.

—Qué bonito, pero espero que no te divorcies de Edward, él es un buen hombre.

—Sí, yo también pensaba lo mismo.

—Mamá, ¿qué tienes pensado para la cena de Navidad? —nos interrumpió Rosalie, gracias a Dios.

—Pensé que tú te harías cargo de eso —la regañó su mamá.

— ¡Mama! ¿Qué diablos voy a saber yo de comidas navideñas?

—No uses al diablo como maldición.

—Ya, bueno, está bien. ¿Qué tienes pensado?

—No lo sé, déjame pensar.

—Bueno, en lo que lo piensas, iré a que Bella conozca a mi papá.

Rosalie me presentó a su papa, Richard Hale. Era un tipo amargado, cansado de la vida. Enojado por todo. La mamá de Rosalie, la señora Lillian, parecía ser una mujer simpática y con muy buen humor, igual que Esme, no entendía cómo Lillian se había fijado en ese hombre. Bueno, la casa gigante me lo podía demostrar. Todo el mal humor de ese señor equivalía a toda la fortuna de ellos. La mamá de Rosalie había decidido hacer pavo relleno, era lo más típico.

— ¿A dónde iremos ahorita? —pregunté cuando Rosalie manejaba para otro lado.

—Al centro comercial, tenemos que comprar los regalos para los niños, ¿recuerdas? Además de la ropa que estrenarán.

— ¿Sabes, Rosalie? Estoy pensando en administrar la empresa que papá tiene aquí. De algo me tiene que servir el título de administración de empresas, ¿no crees?

— ¿Tienes algún problema económico? —preguntó.

—No, para nada, pero es que no quiero vivir como una arrimada con ustedes, quiero hacer algo para distraerme.

—Pues si tú quieres, entra. Pero después de las fiestas…

—Sí, Rosalie, lo sé.

Nos detuvimos en el Westfield Shoppingtown South center, era un buen lugar para hacer las compras.

— ¿Tienes algo pensado para usar, Bella?

—La verdad es que no —dije, abriendo la puerta del auto.

POV Edward:

— ¿Tú crees que esto le guste a Julia? —pregunté, alzando el vestido rosa.

—Edward, es solo una bebé, cualquier vestido será igual —contestó Leah.

— ¡Ese vestido es hermoso! —exclamó Alice, dando brinquitos hacia mí.

—Eso dijiste sobre los demás —la acusó Leah.

—Bueno, pero Edward también puede regalarle los demás, ¿verdad? —Me miró a mí.

—Claro que sí, si por mí fuera, le compraría toda la tienda de vestidos de niñas para ella sola. —Fantaseé.

—Oh… —Pensó Alice.

—Traer vestidos de Paris —gritó Jane.

—Ustedes me dan nauseas. —Se volteó Leah, con una cara de repugnancia.

—Tranquila Leah, ¿qué de malo te puede suceder de estar escogiendo los regalos para TUS sobrinos? —dijo Jane, remarcando demasiado la palabra 'tus'.

—No me puede suceder nada malo, solo perder mi tiempo. —Leah tiró ferozmente una caja de zapatillas de bailarina para niñas chiquitas hacia el sillón.

—Leah, ¿puedes dejar de ser tan amargada un momento? —Esme apareció con un carrito de esos de mandado, solo que no era precisamente comida lo que llevaba adentro, si no ropa y juguetes para los niños.

— ¿Qué es lo que pasa ahora? —preguntó Carlisle saliendo de un aparador.

—Leah —acusó Alice, quien tenía sus brazos cruzados en sus pechos—, no entiendo cómo es que no puede estar tranquilamente comprando ropa para los hijos de Edward, sus únicos sobrinos.

—Lo que pasa es que ya han escogido tantas cosas que ya me tienen mareada…

—Leah, por favor —la calmó mi papá—, ven, necesito que me digas algo.

Leah se acercó hasta él.

— ¿Qué cosa? —preguntó esta.

—Tú tienes el cuerpo como Bella. —Inmediatamente mis ojos fueron hacia esa plática solo al mencionar a Bella—. ¿No es así?

—Supongo. —Alzó sus hombros.

—Necesito que te pruebes unos vestidos que tu madre y yo hemos elegido para ella.

—Pues deberías de preguntarle mejor a Edward. —Me volteó a ver—. Él conoce el cuerpo de Bella mejor que nadie.

—Cállate Leah —dijo mi mamá.

Jane y Alice estaban enseguida de mi mamá observando unas bandas para el pelo. Nos encontrábamos en una tienda de ropa, especialmente en el área de bebés. No se podía decir que el día era genial, pues estábamos en invierno a pocos días de la Navidad. Las calles de Port Angeles amenazaban ferozmente con ser arrasadas por la lluvia que se avecinaba. Estaba loca la persona que salía solo con una sudadera y unos jeans.

—Edward —me llamó Alice—, ¿me podrías acompañar a una joyería? —me preguntó.

— ¿Ya acabaste con tus compras? —le pregunté señalando hacia el propio carro que ella tenía. Los regalos amenazaban con caerse.

—No del todo, aún me faltan unas cosas, ¿cuándo terminemos me acompañas? —insistió.

La verdad era que me sentía muy mal, totalmente destrozado. Forzosamente había venido hasta aquí, recordándome que mis hijos no tenían la culpa de nada, y que merecían tener una Navidad llena de regalos. Yo lo único que quería era llegar pronto a mi casa y beber una taza de chocolate caliente.

—Sí —dije con un suspiro.

Acordarme del chocolate caliente trajo viejos recuerdos a mi cabeza. Hace un año y unos cuantos días atrás, estábamos en las mismas épocas decembrinas.

*Flash Back*

—Solo debes de recuperarte pronto, Edward —había dicho Alice.

Ella corría de aquí y allá con su libreta azul, la especial para organizar el evento del aniversario de bodas entre Bella y yo.

—Como si quisiera estar aquí —apenas fue un susurro.

Era increíble lo rápido que pasaba el tiempo. Hace más de un año, Bella y yo éramos totalmente desconocidos. No sabíamos nada el uno del otro. Solo habíamos tenido un año para nosotros. Debí haberla aprovechado más.

De repente, alguien tocó la puerta. Alice fue directamente a ella y la abrió. Bella había entrado con una bandeja de comida y se recostó enseguida de mí.

—Hace frio allá afuera.

Alice cerró las ventanas, dejando solo las cortinas abiertas.

—No quiero comer —protesté, volteando hacia Bella.

—No te estoy preguntando. Y como ya sabía que ibas a decir, te traje una rebanada de mi famoso pie de manzana —dijo Bella.

— ¿Pie de manzana? —preguntó Alice—. ¿Por qué no me dijeron? Espero que comas solamente eso Edward porque no dejaré nada más.

Alice bajó de mi habitación como alma que lleva el diablo. Todos sabíamos que el pie de manzana hecho por Bella era su perdición. Y la mía también.

—No quiero comer, Bella —dije volteando hacia otro lado.

Si hubiera sabido lo suficiente sobre mis sentimientos hacia ella, no la hubiera evitado tanto tiempo.

— ¿Por qué haces esto más difícil? Te traje el postre, ¿no puedes solo comer y callarte la boca? —preguntó.

—No quiero tu estúpido pie de manzana —exclamé.

—Pues me importa una mierda si lo quieres o no, Edward. —Dejó la bandeja a un lado mío—. Te lo tragas porque te lo tragas —ordenó—. No me pasé todo el maldito día haciéndolo para ti. —Se levantó de la cama y se dirigió a la puerta.

—Bella —la llamé. Ella se detuvo.

— ¿Sí? —preguntó aún dándome la espalda.

—No te vayas, quédate —le pedí.

Ella se dio la vuelta y volvió a mi lado.

—Espero que te guste el pie —comentó.

—Siempre me ha gustado —le recordé.

—También te traje algo de chocolate caliente —continuó.

—Gracias —sonreí.

*Fin del Flash Back*

Por alguna extraña razón, ese recuerdo había venido hacia mí. Cualquier palabra, cualquier cosa, me recordaba a ella. Si todo fuera tan fácil ahora, ella estaría aquí conmigo, comprando los regalos para nuestros hijos. Yo le había pedido esa vez que se quedara conmigo, y lo había hecho. Se había quedado conmigo toda la noche cuidándome de la fiebre. ¿Por qué ahora no hacía eso? Yo le había pedido a ella que se quedara conmigo, que no se fuera, ¿por qué no confiaba en mí?

Desearía tener fiebre, pensé. Desearía tener una taza de chocolate caliente en mis manos.

Una vibración junto con un sonido hizo que mis recuerdos se esfumaran.

Saqué mi celular de mi bolsillo y miré la pantalla. Era un mensaje de Emmett. Oprimí la tecla, OK, y el mensaje apareció.

"Tus hijos me vuelven locos", decía el mensaje.

Inmediatamente llamé a mi hermano. Él contestó rápidamente.

— ¿Los estás cuidando tú? —pregunté.

Jane me volteó a ver para quitar su mirada rápidamente.

Sí, pero son muy inquietos la verdad.

— ¿En dónde está Bella?

Todos me voltearon a ver. ¿Acaso dije una palabra mágica?

—No preguntes Edward —susurró Esme. La ignoré.

Se fue de compras con Rosalie. Acabando de poner el árbol de Navidad se fueron. Iban a ir primero a la casa de Lillian, la mamá de Rosalie, para ponerse de acuerdo respecto a la cena.

— ¿Esa señora va a estar ahí?

Sí, ¿por?

—Si ella estará, es obvio que Richard también, odio a ese señor. —Sentí la cruda mirada de Alice. A mí no me caía bien su nueva familia, en especial el suegro.

Pues a mí menos, ¿pero qué se le puede hacer? Son sus padres…

—Lo sé, lo sé —repliqué—, ¿me puedes pasar a mis bebés? Quiero hablar con ellos.

¿Acaso hablan?

—Solo pásame a Julia primero. O Thomas como quieras.

Te pasaré a Thomas que es el que está más cerca de mí.

— ¿Acaso tienes a mi hija en otro lado? —Oí sus risas. Después de eso, eran unos balbuceos, ya estaba con Thomas.

—Hola campeón, ¿sabes que te he extrañado mucho? El martes te iré a ver y no me iré de ahí hasta que sea pasado Año Nuevo. ¿Sabes que te quiero a ti y a tu hermana con toda mi alma, verdad?

Sí papito, te quiero —Emmett interrumpió riendo en carcajadas.

— ¡Emmett! ¿Podrías dejar de husmear en las conversaciones de mi hijo y yo?

Alice soltó una risita. Pensé que nadie me ponía atención ahorita.

— ¿En dónde está Julia? —pregunté.

Su nueva nana joven, la está cuidando. Bueno, su niñera.

— ¿Nana joven? ¿A qué te refieres con eso? Su nana siempre será Sue.

Sí, sí. Pero da la casualidad que estos niños cuentan con un padre idiota y lamentablemente Sue no trabaja para nosotros.

—Supongo que ella se quedará aquí para cuando ellos lleguen. Además, Sue no me traicionaría así…

Pero tal vez Kaure sí —afirmó este.

—Soy su compadre, ¿qué no? Su hija también es mi hija, así que tengo derechos. Ellas nunca me abandonarían. Son fieles a mí.

Ja, ja. Sí como no —se burló. Me lo podía imaginar levantando sus brazos.

— ¿Y cómo es la niñera?

¿Tratas de sacarme plática porque no tienes con quién platicar?

—De hecho, estoy comprando los regalos para Navidad aquí en Port Angeles. Todos te mandan saludos.

¿En serio?

—La verdad es que nadie te manda saludos, lo dije por no herir tus sentimientos, pero creo que es demasiado tarde.

De acuerdo, la niñera debe de tener como unos 17 o 18 años.

—Menor de edad, ¿ugh?

Tiene lo suyo. Es linda, pero muy callada. Solo hace su trabajo, nada más. Tiene el pelo negro hasta la cintura, pero siempre lo usa en cola de caballo. No la he podido ver bien porque siempre trae su uniforme, pero apuesto a que tiene un buen…

— ¿Me estás diciendo todo esto donde ella te pueda escuchar? —lo interrumpí.

El cuarto de Julia queda en el segundo piso. Además, yo estoy en el jardín. La niña necesitaba unos nuevos pañales puestos en su trasero.

—Estás hablando de mi hija, ¿de acuerdo?

Lo sé. Lo mejor de todo es que estamos haciendo hombre a Thomas.

— ¿Hombre? Apenas tiene 3 meses.

Cuando tenga 15 años le diremos quién le cambiaba los pañales de bebé. Aunque, pensándolo bien, creo que tu hijo madurará antes que tú, así que se lo diremos a los 13 años, ¿de acuerdo?

— ¿Se supone que debo decir sí?

Pues…

—Edward, ¿nos vamos? —preguntó Alice. Ni siquiera me había dado cuenta que ya estábamos haciendo la fila para pagar las cosas. Con Emmett, el tiempo se iba volando.

—Emmett, te veo luego. La loca de Alice quiere que le acompañe hasta una joyería. Y no le diremos nada a Thomas respecto a la niñera cambia pañales.

No vayan a asaltar a Alice. Mejor ve. Y claro que le diremos, de hecho tomaré una foto de ella. La conservaré 13 años más, no importa. Él debe de saberlo. Adiós.

Cuando iba a protestar Emmett ya me había colgado. Saqué la tarjeta de crédito y la cajera la deslizó por la máquina.

Llegamos hasta mi nuevo carro, un Aston Martin V12 Vanquish. ¿Cómo no iba a saber qué modelo completo era? Me había costado un ojo de la cara conseguirlo. Fue exportado desde Europa.

—Amo tu carro, Edward. Mejor que el Volvo ese —dijo Alice.

La ayudé a acomodar todas las bolsas atrás llenas de regalos.

—No le digas nada a mi Volvo, él es el preferido —dije.

Carlisle y Esme se irían en el carro de mi padre, un Mercedes S55AMG. Yo había ido con él a comprar ese auto. Jane y Leah se irían en el Porsche amarillo de Alice. Aunque Jane tuviera un Vauxhall VXR 220, creo, no le gustaba presumirlo tanto.

— ¿Qué vas a comprar en la joyería? —pregunté acomodándome en el asiento.

—Mejor dicho, ¿qué vas a comprar tú? —Se abrochó el cinturón de seguridad—. ¿No le comprarás nada a Bella?

—Tienes razón. —Encendí el motor.

—Suelo tenerla. —Me guiñó el ojo.

Puse reversa y luego aceleré, saliendo de ese horrible estacionamiento.