Capítulo 25.- La sobrecarga

Madrid, un sábado de junio de 2017

La Medianoche

"Era muy sencilla mi explicación y lo bastante plausible,

¡como lo son la mayoría de las teorías equivocadas!"

La máquina del tiempo

H.G. Wells


La decisión la tomó Spínola por todos los demás.

"Quédense Vuestras Mercedes aquí ayudando", dijo, "que yo aun no terminé."

Julián le vió encontrar la puerta del "cuarto de atrás" y cruzarla, acompañado por el "equipo Coruña". Iba a proponer a Alonso que les siguiera, pero el otro negó con la cabeza.

- Don Ambrosio no obedece a razón -explicó-. Y avanzar a solas no es idea buena. Iré con vos cuando solucionemos lo que quiera que esté sucediendo aquí. Lo cual -añadió-, parece también grave.

La actitud del becario y el viejo, saltando frenéticos de un lado para otro en busca de un papel, la verdad era que no ayudaba a tranquilizarse. Eso y los temblores que, como contracciones de parto, cada vez iban sucediéndose con mayor frecuencia e intensidad.

- ¡Se puede saber qué estáis buscando! -gritó Julián después de la última sacudida.

- ¡El diagrama de conducciones! -explicó el becario-. ¡Sin él no sabemos en qué orden hay que abrir las válvulas! El que sabe como va esto es Joaquín, y hoy tiene el día libre. Bueno, y Juan Ramón. ¡Pero ese hijoputa estaba con los americanos y se ha llevado a Martina!

Julián iba a proponer llamar a Joaquín, para luego recordar que volvería, de seguir vivo, a estar de anestesia hasta las trancas.

El viejo, por fin, tras tropezar varias veces con su propia barba levantó triunfante un plano doblado de un A0 que no tardó en extender por el suelo, al tiempo que el becario corría con una libreta en la mano presto a apuntar indicaciones.

- Seríamos de más ayuda si nos explicaran Vuestras Mercedes qué tenemos qué hacer -afirmó Alonso, contagiado de nerviosismo.

Julián iba a decir que eso estaría de putísima madre.

Por lo poco que le había contado Joaquín, abrir y cerrar puertas se controlaba con aquellas llaves de volante en las tuberías. Por algún motivo, y por lo que había podido entender de los gritos angustiados de Frodo y Gandalf, había muchas llaves de paso cerradas.

Demasiadas.

Entendía que eso cuadraba con el bloqueo de 2017: cerrar todas las llaves cerraba todas las puertas; pero no entendía en qué se traducía eso en relación a aquella palabra, "sobrecarga", que les salía a Tip y Coll con bastante sentimiento y mal rollo cada vez que la pronunciaban.

- Debemos volver a abrir las llaves en la secuencia correcta -explicó Gandalf tras un suspiro nervioso-. Juan Ramón ha debido de cerrar al menos el 90%. De no abrirlas correctamente se producirá igualmente una sobrecarga en los conductos. ¿Entienden? Debemos abrirlas para aliviar la presión y debemos hacerlo deprisa y en la secuencia correcta.

- ¿Llaves? ¿A esos volantes os referís? ¡Pero debe haber cientos aquí! -objetó Alonso.

- Por eso debemos darnos prisa.

- Vale -trató de pensar Julián-. ¿Qué pasa si hay una sobrecarga? ¿Explotamos todos? ¿Morimos? ¿Qué?

Las preguntas quedaron en el aire ya que, tras otro leve temblor, un parche de acero saltó de una tubería y un chorro de pestilente líquido verduzco salió a presión de una vieja grieta, al tiempo que un sonido chirriante empezó a hacerse audible por toda la mazmorra de ingenieria junto a sacudidas metálicas mazo chungas.

- ¡Peor! -musitó Gandalf sin levantar la vista del diagrama-. ¡Mucho peor! ¡Encuentren en primer lugar la tubería 2A! ¡Esa debería empezar a liberar la presión de todas las puertas pares!


Angustias trató de respirar profundamente y aleteó los dedos frente al detonador principal, mientras agarraba la linterna con la boca. Luego se la pasó a las manos, para volver a iluminar al chisme.

- ¡Qué Protocolo Cinco ni Protocolo Cinco! ¡Esto es una locura!

- No hay nadie más, Angustias -rezongó Luján, la voz temblorosa-. O nosotros o nadie.

Suspiró.

- Vale, estoy lista.

Las instrucciones del dispositivo de autodestrucción del Ministerio estaban en manos de Luján, quien iba leyendo con un deje histérico y algo despesperado cada uno de los puntos del manual. Angustias no sabía cómo le iría a Irene y a los otros, pero a ellos dos, lo que había sido un mandado para asegurarse de que todo iba bien, se había convertido en desactivación in extremis de peli de domingo por la tarde.

- Abra la tapa roja y descubra el panel veintisiete -recitó el contable.

- ¿La tapa color picota o la color granate?

Luján parpadeó perplejo.

- Será... La color picota -razonó el otro comparando los diagramas a la luz de su linterna.

Los atacantes no habían dejado cabo sin atar: además de los explosivos que parecía que Irene estaba sacando, de regalo les habían dejado la autodestrucción activada. Angustias había estado tentada de arrancar el cable del panel; puesto que había numeritos para al menos diez minutos, Luján había propuesto ir con calma hasta que no hubiera otro remedio.

No fuera a ser, no fuera a ser...

Angustias abrió la tapa color picota para descubrir una sopa de letras de fusibles de colores brillantes.

- Ahora debería poder quitar el fusible azul.

- ¿El lavanda o el cyan?

- Aquí dice azul -gruñó Luján-. ¿Cómo ve usted los colores Angustias?

Unas pisadas y una aparición repentina tras una linterna les hizo tirar manual y calma por el suelo.

- ¡Ajá! -gritó Velázquez apareciendo de improviso-. ¡Ya sabía yo que estaba pasando algo interesante! Aunque sólo sea un simulacro creo que debería habérseme inform...

Angustias se quitó el casco de obra y empezó a sacudir al pintor en el culo, vencida por el estrés del momento.

- ¡¿Pero-no-le-he-mos-dicho-que-eva-cu-a-ra,-hom-bre-de-Dios?! ¡Esto no es un simulacro!

El semblante triunfante de Velázquez cambió un poco, quizás al ver la cara de Luján en las sombras vuelta a la lividez extrema.

- Umhhh... Quizás he aparecido en mal momento...


Julián abrió la llave 2C, mientras Alonso abría a la vez la 3B.

Pero nada cambiaba.

- ¡Veinte bares y subiendo! -advirtió el becario desde el medidor de aguja, en la toma principal.

Julián sólo usaba los bares para tomarse bravas y para calcular cuántos minutos le quedaba a la bala de oxígeno de la ambulancia; en cualquier caso, oír veinte cuando lo normal era seis o como mucho diez, buena señal no parecía.

Como dándole la razón, saltó un nuevo tornillo y una nueva fuga empezó a manar de una conducción larga que iba por el techo. El suelo de piedra estaba casi desaparecido bajo el pestilente líquido verde, que convertía cada puta ida y venida en busca de llaves de volante en un constante chapoteo.

- ¡Esto no funciona! -chilló Julián por encima del ruído de los chorros-. ¡Hay que abrir todas las llaves, joder!

- ¡No! -negó el tal Marcelo, el de la barba de archimago-. ¡Es demasiado peligroso!

- ¡Por qué! -rugió Alonso buscando su nueva válvula.

- ¡Si no respetamos el orden podemos sobrecargar igualmente! -chilló el viejo-. ¡Las conducciones sufrirán lo mismo!

- ¡Veinticinco bares! -chilló el becario.

Media docena de tíos y un pastor alemán entraron entonces la puerta de ingenieria. Parecían militares y entre ellos había un guardia civil; tras los muertos en la entrada, se quedaron mirando la escena con cara de pánfilos, antes de que el que parecía un cabo pidiera explicaciones sobre cómo ayudar.

Una nueva brecha saltó en una tubería especialmente gorda y soltó un chorrazo desde el techo.

El viejo funcionario Marcelo se santiguó al verla.

- ¡Cierren las puertas! -chilló a los hombres-. ¡Entren y cierren las puertas! ¡Abran todas las válvulas que encuentren!

Julián se le quedó mirando sin saber si cagarse en sus muertos o explicárselo agarrándole de la barba.

- ¡En qué quedamos cojones! ¡Es peligroso o no abrir todas las válvulas sin orden!

- ¡Ya da igual! -gritó Marcelo-. ¡La sobrecarga viene sí o sí! ¡Hay que reducir la presión como sea o..!

- ¡O qué!

El cierre de las enormes hojas de bronce de ingeniería vino justo antes de un estruendo del Copón, lejano. Julián comprendió por la duración que no había sido otro temblor sino un estallido. Al menos una bomba, comprendió, había estallado en el Pozo.

- ¡Bajen la presión como sea! -ordenó el viejo-. ¡O la sobrecarga será el menor de nuestros problemas!


La explosión pilló sacando carretillas de explosivo plástico a tres militares y dos guardias civiles en el nivel nueve; afortunadamente les agarró saliendo del corredor, lo que sólo les empujó entre una nube de cascotes y polvo contra la barandilla de la escalera de caracol, a punto de caer por el hueco.

El estallido sacudió todo el pozo y un resplandor azulado recorrió con rayos eléctricos los diferentes niveles, en una nube de mal rollo que Irene vio desaparecer llegado el nivel superior.

¡Su puta madre!

- ¡Saquen a los heridos! -ordenó Irene-. ¡Olviden el protocolo! ¡Saquen los detonadores del explosivo plástico ya! ¡No nos queda más tiempo!

Putos temporizadores baratos, puta yankiperra y puto Darrow, mumuró Irene.

¿Y dónde coño estaba Ernesto?


Velázquez observó con ojo crítico los colores de los fusibles.

- Es claramente azul de Prusia -señaló al comparar el manual-. Y ninguno de esos "fusibles" suyos es azul de Prusia.

- ¿Estamos teniendo esta discusión realmente? -protestó Luján, al borde de la locura.

- Es lo que yo decía -asintió Angustias, mortificada-. Los colores no corresponden. Debemos tener un manual desactualizado.

Ernesto apareció entonces y, en silencio, con unos alicates cortó la línea principal de detonación, bajo el panel de control, ante la atónita mirada del resto.

- Ya está -musitó con tranquilidad-. ¡Vaya! Estos americanos se lo han trabajado de verdad. ¿Quién lo iba a decir? ¿Qué hace aquí Velázquez? Debería estar evacuado.

Luján se desmayó, mientras que Angustias se quitó el casco y evaluó durante unos segundos darle a Ernesto en el culo con él.

- ¿Ese ruído de hace un momento ha sido una explosión? -se calmó Angustias, mientras Velázquez trataba de reanimar al contable.

- Me temo que sí -contestó Ernesto, flemático-. Sugiero que Velázquez saque al señor...

- … Luján -aclaró Angustias.

- Luján -repitió Ernesto-. Usted venga conmigo, Angustias. Irene nos necesita.


- ¡Abran el bypass principal! -rugió Marcelo, el líquido verdoso empapando su barba de archimago.

Las órdenes las gritaba porque con tanta agua cayendo desde tantos sitios era difícil oírse. Los soldados iban de aquí para allá, el agua por la cintura mientras que el pastor alemán, ajeno al drama, chapoteaba olisqueando las paredes en busca de explosivo.

- ¡Cincuenta bares! -chilló el becario.

- ¿¡Pero qué coño ha pasado con el cuarenta!? -berreó Julián.

Un tornillo saltó como una bala y se clavó en la pared a un palmo del bigote de Alonso.

- ¡Sube demasiado rápido! -chilló Frodo-. ¡Estamos fuera de escala!

- ¡Donde está esa cosa principal! -rugió Alonso, el bigote goteando verde.

Marcelo señaló tras dos estanterías y Julián ayudó a Alonso a tirarlas y descubrir, tras un cochambroso saco de arpillera, una enorme llave de volante de metro y medio de diámetro anclada en una tubería tan ancha como un pilar. Intentaron girar entre los dos, sin éxito. Varios hombres entonces se abalanzaron hacia la llave del bypass para ayudarles a abrirla; después de varios empujones, berreos y juramentos, el chirrido les avisó de que cedía.

Julián dejó a Alonso con ellos acabando de abrirla, mientras buscaba con la mirada al viejo.

¡Y ahora qué!, le gritó.

El abuelo por su parte no contestó; tenía la mirada vacía clavada en el infinito.

- Ahora a rezar -murmuró el viejo, el diagrama A0 empapado y desdibujado bajo la apestosa lluvia.

En un amenazante estruendo, entre un gorjeo satánico y el sonido de un glaciar requebrajándose, un nuevo temblor se hizo con el mundo alrededor tirando por la laguna todo lo que quedaba en pie en ingeniería, ellos incluidos.

Fue una sacudida larga, violenta y acojonante marca mayor.

El Ministerio, no pudo evitar pensar Julián al ver doble por unos instantes durante la condenada sobrecarga, parecía haberse partido en dos.