EL JARDÍN DE LAS HADAS SIN SUEÑO
En ruta
La furgoneta del primo de Kenzaki era la mítica camper de Volkswagen. Un modelo antiguo en color rosa, con flores y símbolos de amor y paz pintados a lo largo de toda la chapa. Cuando Senna y yo la vimos nos quedamos un rato observándola con la boca abierta. Era tan llamativa y tenía tantos detalles que costaba fijar la vista en uno de ellos.
A pesar de las pintadas, estaba muy bien cuidada. Se notaba que su dueño la mimaba como si fuera una reliquia.
—Bienvenidas a los setenta —dijo Kenzaki al ver nuestras caras de sorpresa—. ¿Qué os parece?
—Es muy… —Busqué la palabra sin llegar a encontrarla.
—Flower power —me ayudó Senna—. ¡Mola!
—¿No llamaremos mucho la atención con ella?
Kenzaki suspiró sin saber qué decir.
—Es perfecta —dijo Senna abriendo la puerta y colándose en el interior—. Pareceremos un trío de jóvenes viajeros con ganas de divertirse…
Su explicación no me convenció del todo, pero ¿acaso teníamos otra opción? Al menos, aquella furgoneta estaba equipada para hacer acampada y nos permitiría instalarnos en algún lugar apartado del monte. Podríamos establecer en ella nuestra base de operaciones. Tenía un asiento trasero convertible en cama, un armario-despensa, cocina portátil y hasta un fregadero. Kenzaki había comprado víveres para varios días y provisiones como mantas y linternas para las frías y oscuras noches de la sierra. Y había incluso un par de bicicletas de montaña colgadas por encima de la matrícula alemana.
Antes de arrancar, nos dio un iPhone nuevo a cada una y nos dijo:
—Llevadlo siempre con vosotras. Si ocurriera alguna cosa, cada aparato detecta el lugar exacto de los otros dos. De esta forma, podremos localizarnos en cualquier sitio.
La cara de Senna se iluminó con su nuevo móvil en las manos.
—Sabía que eras un buen partido… ¡pero no tanto! Estos dos cacharros te habrán costado por lo menos mil libras.
Kenzaki se encogió de hombros.
Después abrimos el plano de carreteras y seguimos la línea que había trazado Kenzaki con la ruta a seguir. Nuestro primer destino era Dover para coger el ferry y cruzar el canal de la Mancha hasta Calais. Me pareció sorprendente que se hubiera ocupado de tantos detalles en tan poco tiempo. Mi amigo inglés no solo era un perfecto gentleman, sino también el compañero de viaje ideal para aquella aventura.
Senna se sentó junto a él en el asiento delantero de tres plazas dejando libre el lado de la ventanilla. Me acomodé en él y observe cómo mi amiga sintonizaba una emisora en la radio.
Mientras cruzábamos la ciudad, bajé el cristal para despedirme de sus calles todavía dormidas. Quería sentir, por última vez, el aire londinense en mi rostro. Habían pasado más de cinco meses desde mi llegada y durante ese tiempo no había dejado de soñar ni un solo día con mi vuelta al bosque. Recordé la tristeza y la soledad que había sentido siendo Alicia y el miedo a que la Organización me encontrara.
Me sentí aliviada por dejar todo aquello atrás.
Una canción muy especial de Russian Red empezó a sonar en la radio poniendo música a mis pensamientos. El corazón me dio un vuelco cuando el locutor pronunció el título: «Nick Drake».
Las notas llenaron de melancolía mi corazón y no pude contener unas lágrimas.
Hit me with one more kiss
you won't find a better miss
or just keep wondering in your palace
you could as well take me for a flash dance (5)
Una batería de recuerdos contradictorios desfilaron por mi mente ofreciéndome una versión agridulce de mis días de cautiverio. Por un lado, la oscuridad, el frío, la humedad, el miedo, las heridas… Pero también las partidas de backgammon, las charlas y las atenciones de mi captor. ¿Cómo era posible que sintiera nostalgia de aquello? Lo que había hecho Grimmjow conmigo era horrible. Me había secuestrado, encerrado, atado y, lo peor de todo, me había robado mi secreto. Jamás sabría si la culpa era del síndrome de Estocolmo o del amor —ciego y a veces loco—, pero no podía negar que había sentido cosas importantes en aquel sótano y que algo extraño me unía a él.
Senna frotó mi brazo y me susurró:
—La pesadilla ha terminado. Volvemos al bosque, Rukia, y muy pronto estarás con Ichigo.
Mi amiga tenía razón. La imagen de mi ermitaño borró cualquier signo de pesadumbre y dibujó una sonrisa en mi alma.
.
Después de una hora y media de viaje llegamos al puerto de Dover y subimos al ferry. Habíamos decidido no bajarnos del vehículo en todo el trayecto para evitar que alguien nos viera. No estaba permitido viajar en la bodega, así que una vez aparcada la furgoneta, nos tumbamos detrás y corrimos las cortinas. Permanecimos en silencio y a oscuras hasta que cerraron las compuertas y el barco zarpó rumbo a Francia. En ese momento, encendimos las luces y Kenzaki sacó unos sándwiches de pavo y unos botellines de zumo de manzana. Senna abrió el mapa e hizo un cálculo de los kilómetros y las horas que teníamos por delante:
—Llegaremos a Calais sobre las ocho de la mañana. Si tomamos la autopista tenemos unas doce o trece horas hasta Irún. Podemos aprovechar para dormir un poco ahora y hacer la ruta del tirón. ¿Qué os parece?
Puesto que yo era la única que no conducía no quise opinar; pero aun así, me preocupaba que Berta lo hiciera. Solo hacía un año que tenía el carné y su trayecto más largo había sido de Colmenar a Soria. ¿Estaría preparada para un viaje tan largo sin apenas dormir y con el volante al lado contrario?
A Kenzaki le pareció bien.
—Yo conduciré hasta Burdeos mientras vosotras descansáis. Después le pasaré el timón a Senna.
Eran casi las siete de la mañana cuando nos tumbamos sobre el colchón y apagamos las luces para dormir un poco. El espacio era amplio pero aun así era inevitable que nos tocáramos. Kenzaki se estiró entre las dos con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo, como si temiera molestarnos con su roce. Senna cerró los ojos y apoyó su cabeza con naturalidad sobre el hombro de Kenzaki. A los pocos segundos, su respiración delató un profundo sueño. Yo, en cambio, no podía pegar ojo. Supuse que, después de semanas, me había acostumbrado al somnífero de Grimmjow.
—Rukia… ¿Estás dormida? —susurró Kenzaki.
—No.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Qué significa «finolis»?
Me mordí el labio para no reírme.
—Mi español no da para tanto, y he oído cómo Senna y tú…
—No está bien escuchar conversaciones ajenas —le regañé divertida antes de explicarle—. Es algo así como delicado, amable, atento, caballeroso…
—¿Y a Senna no le gusta que sea todo eso?
—Esta chica es muy rara —dije mordiéndome de nuevo el labio—. Más que un perro verde.
La mirada de Kenzaki brilló en la oscuridad de la furgoneta.
—¿No es así como te gustan? —le pregunté con picardía.
To Be Continued...
(5) «Golpéame con un beso más, no hallarás un fracaso mayor. O continúa prestándote en tu palacio si también podrías sacarme a bailar.»
