Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)
Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, dazedme, mordred6, dulceysnape, GabrielleRickmanSnape, seika y GemitaZeros por sus comentarios. Y muchas gracias también a todos aquellos que me leéis desde las sombras del anonimato.
Capítulo 26 – Los dos príncipes
Hago una pausa para ordenar mis pensamientos, recordando lo mal que me sentí cuando vi a Severus alejarse por el pasillo, enfadado y con su confianza en mí hecha pedazos. Aquellos fueron tiempos difíciles, en los que parecía que yo no era capaz de hacer nada bien, y cada vez que intentaba arreglar las cosas, todo se ponía aún peor.
-Que Severus me dijera que ya no podía creer en mí me dolió mucho, ¿sabe? – Le aseguro a la joven que está sentada delante mío – Sentí cómo había perdido parte de la confianza que el hombre me tenía, y eso me hizo daño. Los demás no habían significado nada para mí, ni Eric, ni Calvin, ni mucho menos Ralph. Él era el único que me había importado alguna vez, en realidad, el único al que había querido. Pero no podía decírselo, y él debía pensar que me comportaba como una perra en celo. ¿Y cómo reprochárselo? Eso era justamente lo que le había dado a entender con mis constantes mentiras.
La chica asiente, haciéndose cargo de la situación.
-Si al menos se hubiese mostrado celoso, hubiera tenido la satisfacción de saber que sentía algo por mí, pero no lo estaba, por supuesto, porque sus sentimientos hacia mí no eran de ese tipo. Él sólo demostraba frío desdén y comprensible enfado por mi aparente inconstancia, como yo me había molestado poco antes con Evelyn por el mismo motivo. Y eso me llenó de frustración.
Me sentía impotente, la verdad es que estropearlo todo rápidamente me había resultado muy fácil, y tratar de enmendar mis numerosos errores y limpiar la imagen que había dado de mí ante Severus me iba a tomar mucho más tiempo y esfuerzo del que hubiera imaginado.
Sin embargo, a pesar del desastroso desarrollo de los acontecimientos, y de la terrible red de mentiras en la que me había visto atrapada por mi propia culpa, no me permití abandonarme a la tristeza y a la melancolía como había hecho antes, porque le había dicho a Severus que me portaría bien, y pensaba cumplirlo.
Por eso me volqué en mis estudios como no lo había hecho nunca antes. Me esforcé tanto como pude en las clases y en las lecciones de repaso que me daba él, y pasaba horas estudiando con Calvin en mi tiempo libre.
Supongo que el chico hubiera preferido dedicar esas horas a otra cosa, pero nunca se quejó. ¡Pobre Calvin! Era un verdadero encanto: inteligente, amable, sensible… y me parecía bastante guapo, a decir verdad. Tenía unos ojos preciosos, de un verde azulado salpicado de motitas doradas, sus pestañas eran muy largas y espesas, realzando aún más el color de sus iris; tenía la nariz respingona, dándole un toque travieso al conjunto de su cara, y sus cabellos de color rubio oscuro ondeaban salvajes enmarcando su rostro.
Si mi corazón no hubiera sido ya esclavo de otra persona, seguro que no me habría costado nada enamorarme de él pero, por desgracia, no podía quitarme a Severus de la cabeza. Ahora veo que fue terriblemente egoísta por mi parte empezar a salir con Calvin cuando sólo pensaba en el hombre, él no se merecía eso, pero lo cierto es que entonces me pareció una buena idea.
Sin embargo, Calvin era un joven muy perspicaz, creo que se dio cuenta muy pronto de que yo no podía verle más que como a un amigo, pero aún así nunca me pidió más de lo que yo podía darle.
Un día fuimos a Hogsmeade en una de las salidas programas, que casualmente coincidió con mi cumpleaños, y Calvin y yo pasamos un rato en el salón de té de Madame Tudipié. Ya había estado allí varias veces el año anterior con Ralph, pero resultó de lo más aburrido y decepcionante en cada ocasión; la única virtud del chico era que sabía besar bien, pero para mí eso no era suficiente, y al cabo de media hora ya estaba deseando largarme de allí.
Con Calvin fue muy diferente, pasamos un rato muy agradable, y cuando no sabíamos qué decir, nos fijábamos en las demás parejas que ocupaban las mesas e impostábamos voces según los gestos que ellos hacían, riéndonos como críos. Cuando ya íbamos a pagar para irnos, Calvin me entregó un paquetito adornado con un lazo de color rojo. Me quedé asombrada, porque yo no le había dicho que ese día cumplía años.
-¿Cómo lo has sabido? – Pregunté con los ojos muy abiertos.
-Tengo mis confidentes – dijo, dándose aires de misterio.
Abrí el regalo y encontré una preciosa cadena de oro con un colgante en forma de corazón. No era algo a lo que yo estuviera acostumbrada, no solía llevar joyas de ningún tipo, ni siquiera tenía más que algún que otro anillo de bisutería, una pulsera de plata que me regaló Tonks por un cumpleaños, y los pequeños pendientes, también de plata, que llevaba puestos cuando Severus me acogió en su casa. Y, por supuesto, jamás había tenido nada en forma de corazón. Ni siquiera recuerdo haber dibujado uno durante aquellos trances en las clases en los que dibujaba los ojos de Severus por todo el pergamino donde deberían estar los apuntes. Aún así, el colgante que me había regalado Calvin era muy bonito y me lo colgué enseguida del cuello.
Pasamos el día entero en el pueblo y, como al regresar hacía ya bastante frío, Calvin me prestó su chaqueta. Entramos en el castillo riendo por alguna cosa que él había dicho, y nada más traspasar la puerta de entrada, me encontré a Severus con los brazos cruzados y expresión adusta. Dejé de reír tan de golpe que Calvin me preguntó si me ocurría algo.
-No, nada – dije –, es que… ¡Merlín poderoso! Me he olvidado de que tenía un castigo que cumplir con el profesor Snape.
Calvin me miró, luego miró al profesor y vaciló sobre lo que debía hacer.
-¿Quieres que…?
-Tranquilo. Nos vemos mañana – dije, devolviéndole la chaqueta.
El chico me besó, haciéndome sentir incómoda ante Severus, y se fue a su sala común. Me acerqué al hombre, nerviosa.
-Lo siento – gesticulé con los labios sin pronunciar sonido alguno.
Él se giró bruscamente y se alejó, y yo me fui por otro pasillo, dando un rodeo para llegar al mismo sitio que él un poco más tarde y por separado. Llamé a la puerta de su habitación y abrió de inmediato, en cuanto cerró tras de mí masculló malhumorado:
-Tampoco importa demasiado que te hayas olvidado, entiendo que quieras pasar todo el día con tu nuevo novio, pero podrías habérmelo dicho y no habría estado esperándote durante horas.
El problema consistía en que desde que entré en el colegio, cada año por esa fecha habíamos pasado toda la tarde juntos, y se había convertido ya en una costumbre. Pero al coincidir con la fecha de la salida a Hogsmeade, y al pasármelo tan bien con Calvin, se me había olvidado completamente.
-Lo siento mucho, Severus, de verdad, no puedo creer que se me haya hecho tan tarde sin darme cuenta.
-Ya he dicho que no importa, comprendo que para ti debe ser aburrido pasar el rato con tu profesor, y más teniendo en cuenta que hoy celebras tu mayoría de edad, pero desearía que me mantuvieras informado de tus cambios de planes para no perder toda la tarde esperando a alguien que no va a venir porque se está divirtiendo en otra parte sin haberme dicho nada.
Me sentía terriblemente mal, en los últimos tiempos no parecía ser capaz de hacer nada a derechas. Y para colmo, como había señalado él, ese cumpleaños era especial, porque cumplía diecisiete, lo que suponía mi mayoría de edad en el mundo mágico.
-Perdóname, por favor, de verdad que quería pasar la tarde contigo, pero al ir a Hogsmeade… se me fue de la cabeza – me acerqué a él –. Tú sabes que eres mucho más que mi profesor y que no me aburro jamás a tu lado – Severus no mostraba ninguna compasión ante mis disculpas y empecé a inquietarme –. Lamento muchísimo no haber estado aquí hoy, déjame compensártelo pasando juntos la tarde de mañana, te lo ruego.
-Pero mañana no será tu cumpleaños, ¿verdad que no?
-Por favor, Severus...
Entonces reparó en el colgante y lo sujetó entre sus dedos con el ceño fruncido.
-Muy bonito – masculló –, no sabía que te gustaban estas cosas.
Me ruboricé y guardé el colgante dentro del cuello de mi túnica.
-No creo que te guste lo que te he comprado después de esto – dijo con desdén.
Estaba tan enfadado que cada frase que pronunciaba la decía en un peligroso susurro, y sabía que eso era muy mala señal. Me entregó con brusquedad un paquete envuelto en papel de regalo en tonos verdes y lo abrí de inmediato. Se trataba de una hermosa pluma de pavo real para escritura, con plumín de oro y un estuche forrado de terciopelo negro para guardarla.
-Es una preciosidad, Severus, me gusta mucho – dije con sinceridad, pero él se giró y se cruzó de brazos, enfurruñado.
-Lástima que no sirve para colgársela al cuello – rezongó.
Me coloqué enfrente suyo de nuevo, me quité el colgante, cogí su mano y puse la joya en ella.
-Si te molesta que lo lleve por el motivo que sea, no me lo pondré. Haz lo que quieras con él.
Cerré su puño sobre la alhaja y me miró con sorpresa.
-No quiero esto para nada – protestó malhumorado.
-Yo tampoco, si hace que te enfades conmigo – repuse, y de improviso, y sin poder evitarlo, me puse a llorar.
Me fui a sentar en una silla, incapaz de contener las lágrimas.
-Pero… ¿se puede saber por qué lloras? – De pronto, la voz de Severus sonaba nerviosa, siempre le ponía así verme llorar.
-Es que… yo sólo… – las palabras salían entrecortadas de mi garganta entre sollozo y sollozo – no quiero que tú… últimamente no hago nada bien, y tú… siempre estás enfadado conmigo, y yo no quiero eso… y ya no sé qué hacer para que no sea así…
Vaciló unos segundos, se me acercó por la espalda y me puso las manos sobre los hombros con inquietud.
-Julia, cálmate. Es una tontería que llores por eso… yo… – parecía ansioso por encontrar una forma de hacerme callar – mira, pasaremos juntos la tarde de mañana y ya está, si total da lo mismo hoy que otro día, ¿no?
Asentí con la cabeza, pero no podía tranquilizarme, supongo que estaba frustrada y afligida por todas las cosas que habían salido mal. Entonces él, inesperadamente, se inclinó y me dio un pequeño beso en la mejilla, cortando mi llanto de golpe. Me giré hacia él, asombrada, me levanté de un salto, y le abracé con todas mis fuerzas durante largo rato, agradecida por el insólito gesto de consuelo. Él me dio unas suaves palmaditas en la espalda, incómodo con mi efusividad, y susurró:
-Ya, ya, niña tonta. No es para tanto.
Me aparté un poco de él y le miré a los ojos, pero noté el peligro de perderme en ellos y me separé del todo del hombre. Él me dio un pañuelo para que me sonara y me secara las lágrimas.
-Me encantará celebrar mi cumpleaños mañana contigo – afirmé con voz ronca.
Él me apartó un mechón de pelo de la cara y después sostuvo ante mí el regalo de Calvin colgando de dos dedos.
-Será mejor que te lo pongas – dijo –, queda mejor en tu cuello que en mi mano.
Me sonrió levemente y se situó a mi espalda para abrocharme el colgante de nuevo, mientras yo me sujetaba el pelo con una mano en lo alto de la cabeza. Cuando lo tuve puesto otra vez, comentó en tono burlón:
-Para ser un corazón no está tan mal. He visto cosas mucho peores.
-Calvin tiene buen gusto – afirmé.
-Ha de tenerlo, si está contigo.
Parpadeé incrédula hacia Severus, ¿eso había sido un cumplido? Pero él ya se había dado la vuelta y no pude ver la expresión de su cara. Me sonrojé ligeramente.
-G-gracias – murmuré.
-De nada, he pensado que te serviría para tomar apuntes, esas plumas son muy rápidas.
Volví a parpadear, desconcertada. Se estaba refiriendo a su regalo, claro está, pero estaba segura de que él sabía que el "gracias" no había sido por eso. Sonreí. Realmente ese hombre me volvía loca, en todos los sentidos.
Al día siguiente, Calvin vino a verme en cuanto pudo.
-¿Se enfadó mucho el profesor Snape? – Preguntó, preocupado.
-Eh… sí, un poco. Me ha castigado por toda la tarde.
-Vaya. Lo siento mucho, Julia, ha sido por mi culpa.
-No, qué va, fue sólo culpa mía, debería haber recordado que tenía que estar antes en el castillo, pero ayer me lo pasé muy bien contigo en Hogsmeade y se me olvidó completamente.
El chico sonrió, feliz.
-Yo también me lo pasé muy bien.
No teníamos mucho tiempo para hablar, así que nos dirigimos a nuestras respectivas clases y quedamos en vernos en el comedor al mediodía.
Después de la última clase de la tarde me dirigí al despacho de Severus. El hombre parecía bastante más relajado de lo que acostumbraba a estarlo en mi presencia durante las últimas semanas. Supongo que mi llanto y su espontánea muestra de cariño de la tarde anterior hicieron difícil que se mantuviera tan enojado conmigo, y la tensión entre Severus y yo pareció aflojarse bastante a partir de aquel incidente que, curiosamente, había empezado tan mal.
-Bueno, ¿hay algo en especial que quieras hacer? – Preguntó.
-Pues la verdad es que sí – contesté, con una sonrisa algo cohibida –. He estado pensando en ello todo el día y hay una cosa que me haría mucha ilusión: me gustaría que me leyeras en voz alta "El príncipe feliz".
Se quedó perplejo.
-¿Pero qué dices? Si te lo debes saber de memoria, lo leíste mil veces cuando eras pequeña, de hecho aprendiste a leer con él.
-Lo sé, por eso me hace ilusión volverlo a leer ahora. Que tú me lo leas ahora.
Me miró durante unos segundos sin comprender.
-En fin – cedió al cabo –, si es lo que quieres…
Fue a la estantería de detrás de su escritorio y cogió la edición especial que le había regalado yo tiempo atrás. Solía tenerlo allí durante el curso y, cuando volvíamos a casa, lo metía en el equipaje para llevarlo consigo. Ese era un detalle por su parte que siempre me hacía sentir muy orgullosa.
Abrió el libro y se apoyó en el borde de la mesa para leer, con un pie cruzado sobre el otro. Me apoltroné en la silla, dispuesta a disfrutar al máximo de aquel momento.
-"En la parte más alta de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz" – empezó a leer Severus con su voz profunda y sedosa, y cerré los ojos para concentrarme mejor en sus palabras.
No había pasado mucho rato cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe y los dos miramos hacia ella, yo confusa, él con expresión irritada. En el umbral estaba Calvin, que nos observaba con la boca abierta. Supongo que debíamos ofrecer una imagen bastante extraña: Severus sosteniendo un libro en las manos, y yo apalancada en la silla con los ojos cerrados y cara de satisfacción. No debía ser precisamente lo que el chico esperaba encontrar cuando creía que estaba en pleno castigo. Se produjo un momento de silencio desconcertado que Severus se encargó de romper cerrando el libro de un sonoro golpe.
-¿Es que no le han enseñado que hay que llamar a la puerta antes de entrar, señor Greengrass?
El chico vaciló, mirando con insistencia el libro que Severus sujetaba, seguramente intentando averiguar qué era.
-Esto… venía a decirle que fue culpa mía que Julia llegara tarde ayer y quería pedirle que no la castigara.
Me llevé una mano a la boca y me levanté de la silla de un salto.
-Calvin… – empecé a decir.
-Señorita Severii, haga el favor de sentarse – ordenó Severus con aspereza –, señor Greengrass, salga inmediatamente de mi despacho y no se le ocurra volver a entrar sin llamar nunca más, ¿entendido?
Calvin estaba indeciso y no se movió. No hice caso de la orden de Severus y me acerqué un paso hacia la puerta.
-Calvin, vete – susurré –, no pasa nada, es sólo un castigo, no es el fin del mundo.
Parecía realmente confuso, y me dio pena verle así.
-Señor Greengrass, no se lo repetiré – amenazó Severus.
Le hice señas al chico con la mano para que se fuera y, tras largos segundos de duda, se dio la vuelta y se marchó sin decir nada más, con la confusión pintada en su rostro.
-Veo que sigues con tu costumbre de juntarte con la gente más rara del colegio – comentó Severus con sorna.
-Calvin no es raro – le defendí –, sólo estaba algo confuso. Es normal, él esperaba… otra cosa, tratándose de un castigo.
-¿Qué castigo?
-Le dije que me habías castigado esta tarde por mi olvido de ayer… le… le dije que ayer tenía un castigo que cumplir contigo.
Severus suspiró.
-Ahora lo entiendo. Así que tu caballero de brillante armadura ha venido a defenderte del ogro de tu profesor y quería pedirme que te levantara el supuesto castigo. Qué romántico – dijo, poniendo los ojos en blanco.
Enrojecí de vergüenza.
-No te metas con él, sólo quería ayudarme – protesté débilmente.
Severus me dirigió una mirada extraña, después apartó la vista y se quedó unos instantes mirando el libro cerrado sin saber muy bien qué hacer a continuación.
-¿Me lo sigues leyendo? – Pedí tímidamente.
-¿De verdad quieres que siga?
-Claro que sí.
Se encogió de hombros, me senté en la silla, y reemprendió la lectura por donde la había dejado. La tristísima historia del príncipe feliz saliendo de los labios de mi trágico príncipe oscuro me envolvió como un cálido manto, y al final del cuento, dos gruesas lágrimas resbalaron por mis mejillas sin ningún pudor. Cuando Severus se dio cuenta hizo una mueca de incomodidad.
-¿Otra vez llorando? Estás muy sensible estos días…
Me sequé la cara con el dorso de la mano.
-Sí, perdona, es que la historia es tan triste…
-Es sólo una historia, no es real. Además, ya la conocías.
-No por eso deja de ser triste – contesté, forzándome a sonreír –, además, tu voz… hace que suene más auténtico, más… dramático – concluí –. Declamas muy bien.
Arqueó una escéptica ceja y después desvió de nuevo la vista hacia la tapa del libro, pensativo.
-Yo también aprendí a leer con esta historia – murmuró.
-¿De verdad?
Asintió brevemente, con expresión algo nostálgica.
-Mi madre me la leía cuando era muy pequeño – prosiguió sin levantar la vista del volumen –, y después me enseñó a reconocer las letras y los sonidos que se producen al juntarlas. Cuando hube aprendido, me solía pedir que se la leyera en voz alta para corregir mi dicción, la entonación y el ritmo de lectura, como hacía yo contigo cuando te enseñé a leer. Cada vez que llegaba al final, ella lloraba, me acariciaba el cabello y me decía que yo era su príncipe de corazón de plomo – su voz se había reducido a un débil susurro –. No entendía por qué siempre acababa llorando cuando ya conocía el final de la historia. Supongo… supongo que ella me identificaba con el príncipe del cuento y pensaba que yo era tan bondadoso como él. Pero se equivocaba.
Hizo una mueca amarga y me levanté para acercarme a él, cogí el libro, lo puse sobre la mesa y le tomé de las manos.
-No tanto como tú crees – dije seriamente.
Severus me miró con un brillo de emoción en los ojos que enseguida hizo desaparecer, se incorporó y fue a guardar el libro en la estantería.
-Mi madre era una tonta, y tú también – concluyó con firmeza.
Y tras esto, pasó a hablar de otras cosas, y estuvimos el resto de la tarde enfrascados en una larga y distendida conversación, como hacía bastante tiempo que no teníamos.
Al día siguiente, cuando pude hablar con Calvin, tuve que explicarle -¿cómo no?- otra mentira para acallar sus preguntas. Le dije que el profesor había comenzado su castigo leyéndome las instrucciones para elaborar la última poción que había hecho mal en su clase, con la intención de que las memorizara y no la volviera a fastidiar más.
No sé si se lo creyó, pero no insistió en el tema a pesar de que lo que pudo ver del libro no parecía precisamente un manual de pociones. De todos modos, estaba segura de que el chico no había llegado a leer el título, y tenía la esperanza de que mi explicación hubiese resultado lo bastante coherente.
Pasaron las semanas y llegó Navidad. Calvin se mostró apenado porque no me iba a quedar en el colegio por las fiestas, pero ahora que se habían calmado un poco las aguas yo estaba muy contenta ante la perspectiva de pasar unos días en casa con Severus.
-Estoy encantada de que este año podamos volver, Eenie estará feliz de vernos – le dije –. ¿Y tú? ¿Te alegras de volver?
No contestó de inmediato, pero al final rezongó:
-Siempre es mejor que quedarse aquí y aguantar toda la falsa alegría, los adornos por todas partes, los villancicos… – me miró ceñudo y sonreí recordando el coro que organicé durante mi primer año – y todo ese ambiente navideño, recargado, pomposo y artificial.
-Pues no parecías muy contento cuando nos lo comunicó Dumbledore – aventuré a comentar.
-Tú tampoco – replicó.
Hice una mueca, tenía toda la razón.
-Bueno, es que… durante esos días estabas siempre furioso conmigo y…
Severus levantó las cejas.
-En fin, que no sabía si iba a ser una buena idea. Pero ahora ya no estás tan irascible…
-¿Irascible? ¿Estás insinuando que me enfadaba sin motivo?
Me puse alerta, llevábamos unas semanas de calma y no quería estropearlo justo ahora por una tontería.
-No me hagas caso, Severus, muchas veces no sé ni lo que digo – le apacigüé.
Me miró malhumorado un momento, parecía estar a punto de añadir algo, pero se lo pensó mejor y guardó silencio.
Por fortuna, pudimos disfrutar de unas fiestas maravillosamente pacíficas en casa. Eenie se desvivía por ayudar en todo lo que podía, feliz de tenernos por allí -la pobre elfina debía aburrirse mucho estando sola casi todo el año-; además, Severus siempre estaba mucho más relajado en la intimidad, y yo adoraba tener el privilegio de ser testigo de las facetas que nadie más conocía de él.
Durante esos días, el hombre me ayudó a ponerme al día con mis estudios, intentando recuperar el tiempo que había perdido sintiéndome miserable y no atendiendo en las clases. También le pedí que me empezara a explicar la teoría de la aparición y desaparición, ya que hacia finales de curso tendría que pasar el examen y quería estar preparada. Me explicó en qué consistía el proceso y me dio algunos consejos que podían resultarme útiles. Por insistencia de Severus, también practicamos un poco de oclumancia, él aún no se había dado por vencido conmigo, pero no hubo progresos en ese frente.
-Tus zonas grises son un reclamo, ¿no lo entiendes? – Insistió, enfadado – Es como si tuvieras un gran cartel en la frente que dijera: "tengo un gran secreto que no quiero que sepáis". Y los mortífagos, y en especial el Señor Tenebroso, no se van a encoger de hombros y van a decir: "oh, vaya, no nos lo quiere decir, pues dejémoslo correr", sino que te torturarán hasta arrancarte hasta el último secreto que tengas guardado.
Le miré con fastidio. Todo eso me parecía muy bien, pero si no me salía, ¿qué podía hacerle?
-Ser un buen oclumante – continuó él, con perseverancia – no consiste sólo en ser capaz de bloquear los pensamientos para que nadie pueda penetrar tu mente, sino en hacer creer al intruso que no hay nada en ellos que pueda interesarle. Para eso hay que abrirle paso a tu mente y dejarle curiosear a su antojo, pero manteniendo oculta la información que no quieres que sepa sin dejar que note que la estás ocultando.
-Ya lo sé, pero ¿qué quieres que te diga? No puedo hacerlo, y creo que sería más útil que empleáramos el tiempo de otra manera.
Severus dio un suspiro cansado.
-¿Como qué?
Le pedí que me enseñara a inventar pociones o hechizos, pero me aseguró que eso era algo que no se podía enseñar.
-Ese es un talento que no se aprende – afirmó –, se nace con él. Mira…
Se acercó a la librería, cogió un libro muy desgastado y me lo entregó. Examiné la portada, era el libro de texto de "Encantamientos y hechizos" que utilizábamos en primer curso. Le miré extrañada.
-¿Qué…?
-Ábrelo – ordenó.
Obedecí y empecé a hojearlo, estaba lleno de anotaciones en los márgenes, escritos en una pulcra y apretada letra que reconocí enseguida como la suya. Le pregunté por lo que había allí escrito, él examinó las páginas por donde sostenía el libro abierto y señaló con un dedo una de las anotaciones. Era un conjuro que yo no había visto nunca antes.
-¿Qué es esto? – Murmuré más para mí misma que para él.
Leí más notas al azar, todo eran conjuros desconocidos o correcciones del libro en el que estaban escritos. Le pregunté si esos hechizos funcionaban.
-Por supuesto que sí – contestó con aire ofendido.
-¿Los inventaste todos tú? ¿En primero?
Asintió con una sonrisa orgullosa en los labios. Estaba tan impresionada que le observé casi con reverencia.
-Pero Severus… esto es… ¿y los libros de las otras asignaturas? ¿Y los de los otros cursos?
-Algunos todavía los conservo, otros los he perdido hace tiempo, como el de "Pociones Avanzadas" de sexto curso, que no sé dónde fue a parar. Pero todos están más o menos igual.
Le pedí que me dejara todos los que tuviera, pareció sorprendido, pero los sacó de las estanterías y me los entregó. Había una buena pila de libros; los hojeé de uno en uno, en todos había infinidad de notas, perlas de sabiduría esparcidas en los márgenes. Cuando quiso saber lo que me proponía hacer con ellos, le expliqué que quería compilarlos y estudiarlos.
-¿Has dicho que vas a compilar mis notas?
-Pues sí, eso es precisamente lo que quiero hacer. Severus, eres un auténtico genio, lo que hay en estos libros es…
-No puedes hacer eso.
-¿Qué? – Me sorprendí – ¿Por qué?
-Muchos de estos hechizos… más bien la mayoría, son de magia oscura, y algunos de ellos son muy peligrosos. No quiero que los aprendas.
-Debes estar de broma…
Pero el hombre estaba mortalmente serio. Intenté convencerle con todos los argumentos que se me ocurrieron, pero no hubo manera de hacerle cambiar de opinión. Hizo ademán de devolver los libros a su sitio, pero le sujeté del brazo para detenerle.
-Vale, no los aprenderé, pero déjame que los compile. Los escribiré todos juntos y así será más fácil buscarlos.
-¿Para qué quieres buscarlos si no los vas a estudiar?
-Está bien, hagamos otra cosa: te los miras tú y me señalas los que te parecen más útiles, sólo compilaré y me aprenderé los que tú me digas. No todos pueden ser de magia oscura.
Se lo pensó unos segundos, no muy convencido, pero al final accedió.
-De acuerdo, pero sólo los que yo te señale, ni uno más.
Le prometí que así sería y se puso a repasar los libros, haciendo señales aquí y allá donde le parecía que yo podría sacar provecho de sus notas. Cuando acabó con el primer libro, comencé a apuntar en un pergamino las anotaciones que él había señalado.
Pasamos toda la tarde enfrascados en esta tarea, cuando él terminó de revisar el último tomo, yo todavía estaba transcribiendo los hechizos del tercero que me había entregado, así que él mismo cogió pergamino y pluma y empezó a compilar los de los que todavía no había podido hacer yo.
-Fue una tarea ardua, pero lo hice de muy buena gana. Cuando anocheció me dolían el brazo y los dedos… qué diferente hubiera sido si hubiese tenido un pergamino-grabador como el suyo… – le digo a la señorita Lovegood, contemplando con envidia la pluma que reposa tranquilamente en su regazo mientras el pergamino se va llenando de mis palabras – pero todavía faltaban unos años para que los Weasley abrieran su tienda.
La muchacha sonríe dulcemente.
-Creo que tendré que comprarle uno a George Weasley – añado, completamente en serio –, ahora no podré vivir sin conseguir una de esas maravillas.
-Esa compilación que hicieron de los hechizos del profesor Snape – me dice la joven de repente –, ¿la conserva todavía?
-Sí, claro que sí, ¿le gustaría verla?
Ella asiente y me levanto para traérsela. Hojea los pergaminos con sumo interés. La informo de que también conservo todos los libros de texto anotados por él. De hecho, conservo todas sus cosas, no he tirado nada, ¿cómo podría?
-Aquí hay muchísimos hechizos – murmura con admiración.
-Pues ahí solo está la pequeña parte que él consideró oportuno que yo estudiara.
Me taladra con sus ojos de cielo abiertos como platos.
-Es… impresionante.
Asiento con orgullo y una sonrisa satisfecha.
-Estos los transcribió él – comenta con alegría –, reconozco su letra, estaba en cada uno de los frascos y tarros del aula de pociones.
En efecto, ya ha llegado a las hojas que él escribió.
-Realmente increíble – murmura, devolviéndome el fajo de pergaminos.
-Sí, lo es – afirmo, todavía sonriente –. Ahora supongo que entenderá cómo me sentí cuando vi aquel libro con su letra repartida por todas partes.
Cuando terminamos de transcribir las notas del último libro, Severus se repantigó en su butaca, cosa que no solía hacer, pero estaba tan cansado que poco le importó perder las formas por un rato.
Le contemplé, todavía deslumbrada por el hecho de que a cada cosa nueva que descubría de él, me resultaba más fascinante. Creía que ya lo sabía todo del hombre, y cuando menos me lo esperaba, me sorprendía con algún as que tenía guardado hábilmente en su manga. Severus era toda una caja de sorpresas.
Sin embargo, la admiración que sentía en esos momentos se convirtió rápidamente en amargura, porque de pronto me sentí incapaz de estar a la altura de alguien tan brillante. Él debió notar el cambio en mi expresión, porque me preguntó si me ocurría algo.
-Después de tantos años de estudios y sacar buenas notas – murmuré –, me doy cuenta de que todo eso no sirve para nada. Creía que era suficiente, pero no lo es. Sólo soy, y seguiré siendo, una bruja mediocre.
Severus se incorporó de golpe en su asiento.
-¿Pero de qué hablas? Eso no es verdad, tienes mucho potencial.
-Sí, siempre dices lo mismo, pero ¿dónde está ese potencial? ¿Y de qué me sirve? Jamás seré capaz de hacer algo como esto – dije, señalando los pergaminos que tenía en la mano –, y tú lo hiciste cuando tenías sólo once años.
-Julia, no tienes por qué seguir mis pasos, de hecho, no te lo recomiendo. Tú eres tú, y tienes otras habilidades que yo no poseo.
-Ah, ¿sí? ¿Cuáles, si se puede saber? – Contesté en tono amargo.
-Eso tienes que descubrirlo tú misma.
-Estoy en sexto y ya soy mayor de edad, ¿no crees que si tuviera alguna "habilidad" ya habría resultado evidente?
-Las vocaciones y los dones no siempre se manifiestan a una edad temprana.
Resoplé, el curso siguiente era el último, pero a esas alturas de mi vida ni siquiera tenía la más remota idea de a qué me quería dedicar cuando saliera del colegio, cuando todos los alumnos de mi clase lo tenían ya más que decidido.
-Que sepan lo que quieren hacer no quiere decir que vayan a hacerlo realmente – comentó –, ¿o acaso crees que en sexto yo sabía que iba a ser profesor?
Hizo una mueca amarga.
-¡Ni siquiera me gusta lo que hago, joder! ¿Y tú quieres ser como yo? ¿De qué me sirve toda esa genialidad que me atribuyes?
Pero sus argumentos no me convencían, si no se dedicaba a algo que le gustara no era por falta de capacidad, sino por mala suerte. En cambio yo tenía muy poca fe en mí misma y no creía ser lo bastante buena para ningún trabajo que mereciera la pena.
-De todos modos – insistió él –, todavía falta un año y medio para que tengas que preocuparte por eso, tienes tiempo de sobras para decidirte, e incluso para cambiar de opinión varias veces, como tienes por costumbre – se mofó.
Hice un gesto de disgusto, olvidándome de todo lo demás ante la mención de ese tema que todavía tenía en carne viva.
-No soy tan inconstante como piensas – aseguré con convicción –, y tarde o temprano te lo voy a demostrar.
Y a partir de ese momento, este se convirtió en uno de mis objetivos principales.
