Disclaimer:Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.
Emmett:16
Edward&Alice&Bella&Rosalie:15
Jasper:14
Capitulo 26: Nunca sobra decir te quiero.
—No he sido muy buena amiga con Rosalie estos días —comentó Alice arrepentida. —No le presté atención en toda la semana —confesó.
—Lo sé; tampoco me he comportado muy bien —contestó Bella.
—Edward comentó que habían aceptado a Rosalie en el equipo de animadoras. ¿A que es genial? —explicó mientras andaban por las frías calles de Forks.
Caminaban por la acera una al lado de la otra; platicaban como si nada hubiera pasado. Se pusieron al corriente de todo lo que había pasado en su «semana zombi». Alice había reconocido que ella tampoco había ido al instituto los últimos días.
—Me alegro por ella —sonrió sinceramente. —Realmente deseaba ser parte del equipo.
Pasearon en silencio, algo completamente extraño en Alice. Habían acordado ir al centro comercial la siguiente semana, Bella no estaba muy complacida pero haría lo que fuera por Alice. Y lo iba a demostrar. Además, por primera vez, había estado de acuerdo con Alice que necesitaba ir de compras. Necesitaba un móvil nuevo.
— ¡Mamá! —gritó entusiasmada cuando abrió la puerta de su casa.
Nadie respondió.
— ¡Mamá! —repitió. — ¡Mira quién ha venido conmigo!
Renée estaba al tanto de que habían tenido una fuerte discusión, igual que Esme; pero ambas chicas se habían negado a revelar el problema.
—Has arreglado las cosas con Alice —observó la dulce voz de Charlotte.
— ¡Charlotte! —chilló Alice. —Te extrañé —aseguró antes de acercarse y besar sonoramente su mejilla.
Charlotte sonrió, aunque su rostro mostraba una gran consternación.
— ¿Dónde están mis padres, Charlotte? —investigó, entreviendo la aflicción de ésta.
—Arriba, en su habitación —afirmó con voz inescrutable.
— ¿Qué pasa? —indagó Alice.
—Yo no soy la persona indicada para decírselos, niñas. Pregúntenselo a tus padres, Bella.
Bella la miró extrañada. Acompañada de su mejor amiga ascendieron a la segunda planta. Tocaron la puerta educadamente y traspasaron el umbral después de haber escuchado un suave «pase».
Renée tenía los ojos llorosos y Charlie expresión apesadumbrada. Éste último se arreglaba el nudo de la oscura corbata frente al espejo mientras que su esposa peinaba un poco su cabello. Medio sonrió cuando vio a Alice, entendiendo que su hija y ella habían solucionado sus problemas.
—Mamá, papá ¿qué sucede?
Observó sus prendas. Completamente negras. El semblante desasosegado de su madre le inquietaba. Renée tendía a ser muy sensible pero sabía que en esta ocasión no era una pequeñez. Su padre conservaba esa imagen perseverante e impenetrable sin embargo, para alguien que lo conocía tan bien como ella, podía percibir la enorme pena que sentía. Pequeñas arrugas —causadas por la edad— se formaban en sus ojos, mostrando su angustia.
—Sarah Black —murmuró su padre.
— ¿La mamá de Jacob? —preguntó confundida.
Alice bufó ante la mención del apellido Black. No tenía muy buena relación con los quileutes.
—Ella falleció hace unas horas —confesó Renée ahogando un sollozo.
Nunca habían sido íntimas amigas, pero la conocía desde hacía muchos años y, al ser Billy uno de los mejores amigos de Charlie, la había tratado bastante. Bella y Alice jadearon de sorpresa.
—Vaya—murmuró Bella.
—Bella, sé que no te gustan este tipo de cosas —comenzó Charlie —pero, ¿podrías asistir al funeral con nosotros? Por favor, por mí.
—Yo… sí, claro.
Se marcharon de la habitación sin ningún otro comentado. La noticia les había tomado por sorpresa.
Bella se cambió de ropa por una más adecuada y después Alice insistió en maquillarla un poco para que estuviera más presentable. Las enormes ojeras seguían en sus ojos. La felicidad de haber recuperado a su amiga no había contrarrestado las noches de insomnio.
Se fijó en el rostro de Alice; era imperturbable.
—No irás, ¿verdad?
Alice resopló.
—Siento que haya fallecido pero sabes que ni mi familia ni yo somos bienvenidos con la familia de Jacob. —Bella torció el gesto por lo que su amiga se apresuró a añadir —: No te preocupes, el sentimiento es mutuo. Nunca hemos tenido una gran amistad. Está bien. —aseguró encogiéndose de hombros. —Edward se enojará mucho conmigo por haberte dejado ir sola con Jacob.
— ¿Por qué lo haría? Me odia.
Alice rió sin humor.
—No te odia, estaba resentido porque habíamos discutido. Ya lo conoces, es muy protector. Pero te aseguro que está muy arrepentido de lo que dijo.
—No estoy enfadada —garantizó.
—Ay, Bella, eres demasiado buena. El amor te ciega.
— ¿Qué?
—Edward fue un idiota. No debió haberte tratado así, yo no lo habría perdonado.
—Sé que él no quiso…
—No te digo que no lo perdones. Sólo que yo no lo haría.
—No estoy molesta —repitió.
—Aún así se enfadara conmigo bastante. Ya lo estaba por el asunto de que le di esa flor a Lauren, ¿recuerdas? Dice que ahora no deja de perseguirlo —relató riendo ligeramente mientras retocaba el cabello de Bella. —Pero tendrá que entender que tienes que estar con Jacob. Te necesita.
Bella se sorprendió de la comprensión que derrochaba Alice. Se sintió agradecida.
— ¿Estás segura? Quiero decir, nosotras ya habíamos hecho planes y…
—Nada de eso, Bella. Aunque Jacob y yo no nos llevemos bien, sé que es tu amigo y necesitas apoyarlo —finalizó alejándose un paso para verla de un más lejos. Se veía bien.
Le dio un abrazo, diciéndole silenciosamente que era tiempo de retirarse.
La acompañó hasta la entrada y le intentó sonreír. Estaba confundida.
—Estaré bien, Bella. Estoy feliz de haber arreglado las cosas contigo. Iré a casa de Jasper quiero pedirle perdón a él también. Hm… ¿desearte suerte sería adecuado?
—Creo que sí —caviló.
Alice se giró para empezar su camino, sin embargo, paró en seco y volvió el rostro.
—Bella, dile a Jacob que lo siento mucho
—¿El más sentido pésame de los Cullen?
—El más sentido pésame de los Cullen —confirmó sonriendo un poco antes de reanudar su marcha.
El camino a La Push fue corto. O eso creyó Bella, había estado abstraída todo el trayecto. El funeral sería en la casa de los Black por viejas costumbres quileutes que Bella no entendía.
Bella estaba nerviosa, no había estado en un evento parecido desde hacía años. De hecho, solo había estado en uno, en el de su abuela.
Entró a la pequeña casa, atestada de miembros de la comunidad quileute. Vio a lo lejos a Emily Young llorar en abrazando a su novio, Sam Uley. Las gemelas Black estaban junto a su padre con expresión de infinito dolor. Realmente lo sentía por ellas.
Encontró a Jacob Black sentado en una esquina rodeado de algunos de sus amigos entre los que estaba Embry Call y Quil Ateara. Llevaba un traje negro. Se sorprendió al ver que había cortado su largo y lacio cabello que siempre llevaba amarrado en una coleta. La piel rojiza de su rostro brillaba un poco por lágrimas secas. Miraba sus pies como si nada estuviera a su alrededor.
—Jake —llamó dulcemente.
Él levantó la cabeza y vio que sus ojos negros estaban enrojecidos.
—Bella.
Se levantó lentamente y se acercó a ella. Se quedaron en silencio unos segundos hasta que Bella lo abrazó con fuerza.
—Lo siento mucho, de verdad.
—Gracias —dijo con voz monótona como si estuviera aburrido de tener que decir lo mismo tantas veces.
Bella era más bajita que él. Jacob realmente era atractivo, había madurado físicamente. Cómo todos los quileutes, era musculoso a pesar de su corta edad; espalda ancha y torso bien formado. Ojos y cabello oscuro; su rostro aún mostraban algo de su niñez, aunque sus facciones estuvieran deformadas por el sufrimiento.
Bella sintió que la delgada tela de su blusa era mojada. Jacob estaba llorando en su hombro. Lo alejó y tomó su rostro entre sus manos delicadamente. Limpió unas lágrimas con sus pulgares y pegó su frente con la de él. Sentía la necesidad de protegerlo, de confortarlo.
—Sabes que siempre estaré aquí para ti, ¿verdad?
Él asintió.
Se sentaron en el mismo rincón donde había estado Jacob antes. Sentía que no pertenecía ahí. Todos tenían la piel rojiza y ella de tez nívea, ligeramente rosada; ellos cabello y ojos oscuros y ella cabello caoba y ojos chocolate. Se sentía un tanto incómoda pero lo soportaría por Jacob.
Captó las miradas envenenadas que le enviaba Leah Clearwater. La ignoró. Se recargó contra el pecho de su amigo y lo abrazó por la cintura. Él le devolvió el abrazó y acomodó su barbilla sobre la cabeza de Bella. Sabía que Jacob no había llorado por su estúpido orgullo, pero lo respetaba. Sólo quería apoyarlo.
Le susurraba cosas como que todo estaría bien y repetía constantemente cuánto lo sentía
—Nunca te llevaste bien con ella —se quejó de pronto.
—Bueno, yo…
—Ni la mitad de bien de lo que te llevas con la mamá de tu amiga, la sanguijuela —continuó.
—Jacob —quiso explicar, pero él continuó:
—Ella no significaba nada para ti.
—Jacob, basta. El cariño que siento por Esme, bueno, por supuesto que es distinto. Crecí con ella, la quiero como si fuera mi madre. Además, yo apreciaba a tu madre. Siento lo que pasó, pero, Jake, no puedo hacer nada. Sólo intentó de animarte.
—Lo siento, es solo que me siento… extraño. —Cerró los ojos conteniendo unas lágrimas. —Es raro que no esté aquí. Ahora mismo estaría preparando la cena y discutiendo conmigo para que me duchara. Eso hizo ayer.
—Oh, Jake…
—No digas nada. No sé qué hacer.
Bella suspiró. De sus ojos amenazaban por desbordarse las lágrimas. No le gustaba ver sufrir a Jacob. Imaginó que haría si su madre se fuera. Las lágrimas corrieron sin previo aviso. Renée no era la madre más responsable del mundo, pero amaba a su hija y Bella estaría perdida sin ella.
— Y tú, ¿qué te pasa? No tienes buena cara —comentó examinando su rostro.
—Nada, estoy bien.
Jacob bufó.
— ¿Crees que soy tonto? Debajo de todo ese maquillaje tienes unas enormes ojeras. Te conozco.
—Eso ya pasó. ¿De acuerdo?
—Sabes que no lo dejaré pasar, ¿no?
—Sí —suspiró. Decidió que decirle la verdad era lo mejor. —Alice y yo discutimos, por decirlo de alguna forma.
— ¿Por qué?
—Nada de importancia. Ya lo hemos arreglado. Estaba en mi casa antes de que viniera para acá. Me pidió que te dijera que lo sentía mucho, su más sentido pésame y el de su familia.
Jacob fijo la mirada en la nada.
—Gracias —contestó con frialdad.
—Escucha, sé que no te llevas bien con Alice pero ella es buena, sé que lo dijo de corazón…
—No es eso —la interrumpió. —El accidente fue ayer en la noche y fue nada más y nada menos que Carlisle Cullen quien hizo que conservara la vida hasta hoy. Pero sus heridas eran graves, se le fue de las manos. Estuvo aquí hace un rato.
—Carlisle es un doctor increíble —reconoció. —Siempre me salva de mis descuidos.
—Estoy agradecido con él por eso, pero no te puedo decir que me agrada mucho su familia.
—Sobretodo Edward, ¿me equivoco? —adivinó Bella.
—Sí —le sonrió mostrando su blanca dentadura. —Él y yo nunca hemos congeniado mucho. Creo que es esa sobreprotección hacia ti. ¿Por qué no te deja que te defiendas sola?
—Así es Edward.
— ¿No te fastidia? —preguntó arrugando la nariz.
—No. Es genial.
— ¿Lindo? Si me protegiera así a mí, me repugnaría.
Bella rió.
—Créeme que a él también le repugnaría protegerte.
—Jacob —llamó Leah. Se acercó a abrazarlo, intentando imitar a Bella, pero Jacob no soltó el agarre de la cintura de ésta.
—Gracias, Lee-lee.
Su piel rojiza se ruborizó ante el sobrenombre. Bella rió tontamente y Leah le dirigió una mirada furiosa.
—Isabella —gruñó. — ¿Qué haces aquí?
—Ella puede venir cuando quiera, Leah —la regañó.
—Sólo vine a apoyar a Jacob —completó Bella.
Leah resopló.
— ¿Puedes darnos un segundo? Necesito hablar con Jacob —preguntó más por aparentar con Jacob que por educación.
Bella arrugó la frente pero no se movió.
—Si tienes algo que decirme, puedes hacerlo frente a Bella. Confío en ella.
Leah bufó de nuevo.
—Olvídalo, Jacob —gruñó. Se alejó a grandes zancadas sin mirar atrás.
—Eso fue raro —afirmó él. Bella soltó una risita casi inaudible.
— ¿No te das cuenta?
— ¿De qué? —preguntó confundido.
— ¡Hombres! —lamentó. —Es obvio que le gustas. Está celosa.
— ¿De mí, por qué?
—Jacob, para eso no hay razón. Sólo le gustas y está celosa porque sabe que somos amigos —afirmó.
La noche cayó. Las estrellas se reflejaban en las grandes olas. El sonido del oleaje golpear los acantilados era relajante. El olor a sal inundaba la ondulada playa. Bella se había despedido de Jacob, un momento atrás.
Se había acomodado en el ostentoso coche de su padre recargando la cabeza en su mano izquierda.
El camino fue en silencio; no tenían nada que decir.
La brisa soplaba, creando un ambiente fresco. Bella se estremeció. Hizo una nota mental sobre llevar una bufanda el lunes al instituto. Cerró los ojos y pensó en Jacob, en todo lo que estaba sufriendo.
Le había prometido ir al día siguiente a visitarlo. Pero no sabía qué hacer o decir, nunca había estado en una situación similar.
Pronto se encontró en su habitación, pensando aún en Jacob. Se levantó súbitamente y salió de la alcoba para dirigió a la pieza de sus padres. Entró sin llamar.
Su madre usaba un albornoz blanco y estaba sentada frente al espejo, preparándose para dormir.
—Mamá —sollozó.
— ¿Qué sucede, hija? —inquirió preocupada.
—Mami. —La abrazó. Recargó su cabeza en el pecho de su madre y ésta le devolvió el abrazo. La llevo a la enorme y mullida cama y se sentó, recargada en la cabecera, recostando a su hija sobre su regazo. Le recordó a cuando Bella era pequeña y tenía miedo.
Acarició su cabello, pasando los dedos por su larga extensión.
— ¿Qué ocurre, cielo? —preguntó dulcemente.
—Mamá, ¿me prometes que nunca te vas a ir? —susurró, indefensa.
Renee se sorprendió. Sabía que todo eso era por la madre de Jacob. Suspiró y besó el cabello de Bella.
—Te lo prometo.
Bella lloró en el regazo de su madre. Diciéndole que la quería y lo mucho que significaba para ella. Los ojos de Renee se llenaron de lágrimas. Siguió consolando a su hija, hasta que ambas cayeron en un profundo sueño.
Bella se removió en su lugar. No recordaba que su cama fuera tan blanda… Abrió los ojos y se desconcertó. Tardó varios segundos en reconocer la habitación. Se había hecho un ovillo bajo las mantas de la enorme cama de sus padres.
Buscó a su madre pero no la encontró. Miró el reloj de la mesita de noche: marcaba las 9.00. Demasiado temprano para levantarse en sábado. Pero sabía que no podría volver a dormir, así que optó por levantarse.
Se duchó con extraña fluidez. Se peinó una coleta de lado mientras observaba por su ventana como la brisa movía suavemente los arbustos.
Su puerta se abrió inesperadamente, sobresaltándola.
—Lo siento. No sabía que estabas aquí —se disculpo aquella mujer de ojos grises que había dedicado los últimos diez años de su vida a cuidar a Bella.
—No te preocupes —afirmó Bella.
—Llamó, Alice —comentó guardando algunas cosas en el gran armario de Bella. —Dijo que si podías ir a su casa y prestarle un libro.
— ¿Un libro? La palabra libro y Alice no se usan en la misma oración —rió.
—Dijo que era para la clase de Literatura —se encogió de hombros y luego añadió —: Y que trataras de elegir uno no muy aburrido.
Bella negó con la cabeza. Tomó del escritorio un libro, sin fijarse en el nombre. Sabía que eligiera el que eligiera, a Alice le parecería aburrido.
Iba a salir de la habitación pero se detuvo para preguntar:
— ¿Dónde está mi mamá, Charlotte?
—Salió hace como una hora. Dijo que tenía que revisar a unos pacientes.
—Claro, como es loquera…
—No es loquera —la regañó Charlotte. —Es psiquiatra.
—Es igual —aclaró. —Voy a casa de Alice, regresaré pronto. ¿Puedes decírselo a Renée?
—Sí, Bella —suspiró. —No deberías ir sola.
—Charlotte, estamos en Forks. El único peligro aquí soy yo.
Charlotte rió suavemente.
—De acuerdo, pero ten cuidado, Bella.
—Sí—besó su mejilla. — ¡Nos vemos!
Tomó del armario de la entrada un suéter verde con botones al frente y salió de la casa.
Miró el cielo y suspiró.
Las oscuras nubes cubrían el sol. Las nubes eran densas, presagiando una tormenta. Se colaba uno que otro rayo de luz en ocasiones, cuando la nubosidad se movía lo suficiente como para ver el sol. La brisa soplaba, haciendo que el largo cabello de Bella bailara con gracilidad.
La casa de Alice no estaba muy cerca. Ella vivía al norte mientras que Alice vivía en una enorme casa alejada de la carretera. Sabía que tardaría por lo menos una hora en llegar, pero caminar era sano.
Agradecía haber usado zapatos cómodos. Observó cada casa, la vieja acera, los coches pasar a su lado. De cuando en cuando el viento le daba de lleno en la espalda, haciéndola estremecer. Recordó su promesa del día anterior. Tendría que volver a casa y esperar a su madre. No caminaría hasta la reserva. Le gustaba caminar, pero no era estúpida.
Paseó por el sucio sendero hacia casa de Alice. El camino se fue abriendo hasta que pudo divisar el enorme y cuidado jardín delantero. En el garaje estaba Emmett recargado en la pared con los brazos cruzados. Parecía enfadado.
A Bella le pareció curioso. Se acercó y vio unas delgadas piernas debajo del monstruoso coche de Emmett. La identificó como Rosalie. Se levantó con aire triunfante.
— ¡Te dije que podría arreglarlo! —chilló.
—Está bien, está bien —aceptó enfurruñado.
— ¡Eres tan machista! —se exasperó.
—No es cierto —arguyó levantando los brazos.
—Claro que sí —fue turno de Rosalie de cruzar los brazos.
Emmett la abrazo por detrás. Le susurró algo en el oído que Bella no pudo escuchar. Ella rió divertida. Bella estaba sorprendida por los cambios de humor que podía tener Rosalie. Hace un segundo discutían irritados y ahora se besaban con dulzura.
—Suficiente espectáculo por hoy —advirtió acercándoseles.
Rosalie empujó a Emmett tan fuerte como pudo y se ruborizó.
—B-Bella, no te había visto —balbuceó nerviosa.
—Ya lo creo… Creo que los dejaré para que sigan con sus «peleas» —dijo riéndose fuertemente.
Se adentró en la enorme casa, sin llamar. Encontró a Esme mientras caminaba por el pasillo.
—Bella, qué bueno verte —saludó maternalmente.
Bella la abrazó, sorprendiéndola. Besó su mejilla y murmuró un «hola» seguido por un «te quiero». Sabía que la repentina nostalgia se debía a lo ocurrido con la señora Black.
—Yo también te quiero, cielo. Sabes que eres como mi hija —acarició su espalda.
—Me voy a poner celosa, mamá —aseguró Alice limando sus uñas distraídamente.
Esme rió.
—Tú tienes la culpa —señaló. —Tú nunca me dices cosas lindas y Bella sí. Consideraré adoptarla, tal vez a Renée no le moleste tenerte de hija en vez de a Bella —pensó en voz alta.
Alice la miró indignada.
— ¡Ya me rogarás el día que me vaya! —contraatacó. —Vamos, Bella —tomó su mano —antes de que quiera echarme.
Escucharon a Esme carcajearse de la irritación de su hija. Alice resopló.
—Qué bueno que llegaste. Así podrás protegerme.
— ¿Protegerte, de qué?
—De nada, de nada. ¿Traes el libro?
Bella se lo mostró.
—Estás bromeando, ¿verdad? ¡Bella, esta cosa debe tener por lo menos trescientas páginas!
—No exageres, son alrededor de doscientas cincuenta. Y agradece que no te trajera uno de seiscientas.
— ¿Hay libros tan largos? —dijo ligeramente sorprendida. — ¿Quién los leería? —se preguntó como si fuera ilógico.
Bella rodó los ojos.
— ¿Por qué no te gusta leer?
—Demasiado aburrido. No sé qué haría si no estuvieras conmigo en Literatura.
—Querrás decir que no sabes qué harías si no estuviera ahí para contestar tu examen.
Alice rió.
—Algo así. ¿Quieres ayudarme? —pregunto señalando sus uñas. Las uñas de sus dedos índice y pulgar estaban pintadas con un lindo tono rosa pastel. —Podría pintar las tuyas también —sugirió.
—No, Alice, gracias —dijo cortés. Quería escabullirse en cuanto pudiera para ir a LaPush.
— ¡Esa costumbre tuya de morderte las uñas! —se quejó. —Pero conseguiré que dejes de hacerlo —juró.
—Lo que tú digas, Alice.
Ayudó a Alice con su manicura en silencio. No tenía mucho que decir. A diferencia de su mejor amiga, sabía apreciar el silencio. El viento soplaba en el exterior, chillando de vez en cuando. Escuchaba a lo lejos las risas de Emmett.
— ¿Qué te pasa? —preguntó curiosa.
—Nada, Al.
—Te conozco —afirmó. —Algo te sucede.
—Estoy preocupada por Jacob. No quiero que haga una tontería, ¿me entiendes?
—Claro. Comprendo que estés preocupada por él pero no dejes que se te salga de las manos, ¿de acuerdo? No quiero que sufras por culpa de… tu amigo —murmuró evitando decir el nombre del susodicho. Aún no le agradaba.
— ¿A qué te refieres? —preguntó, pero no obtuvo respuesta pues las interrumpió un grito.
— ¡Mary Alice Cullen! —la aterciopelada voz se había alterado, se escuchaba furiosa.
—Ups —rió Alice.
—Alice, ¿puedo saber por qué mi jabón es verde? —averiguó Edward.
Abrió la puerta violentamente, centró su visión en su hermana gemela que ni siquiera vio a Bella.
— ¿Puedo saber por qué entras a mi habitación sin llamar y semidesnudo? —indagó Alice con aire inocente.
Vestía unos jeans arrugados, no usaba camisa. Su pecho subía y bajaba rápidamente; definitivamente estaba enfadado. Su cabello tenía un líquido verde, se veía asqueroso. Bella desvió la mirada, avergonzada por quedársele viendo.
—Además, no seas maleducado —dijo disgustada. —¿No vas a saludar a Bella? —preguntó escondiendo una sonrisa.
Él abrió los ojos desmesuradamente. Le sonrió a modo de disculpa.
—Lo siento, no te había visto —admitió avergonzado. —Qué gusto que estés aquí. Y tú —señaló a su hermana —ya verás. No lo voy a olvidar, Alice —avisó. Se dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí.
Apenas estuvo fuera de su vista, Alice rió histéricamente.
— ¿De Edward debía protegerte?
—Hm… más o menos. ¿Viste su cara? ¡Nunca lo había visto tan avergonzado!
—No deberías hacerle eso a tu hermano. Él nunca te molesta.
Alice bufó.
—Me molesta que no diga lo que siente —dijo seria.
—Bueno, si él no quiere, no lo puedes obligar.
—Pero debería de hacerlo, se lo he dicho un millón de veces y no me obedece. Me molesta que sea tan estúpido —murmuró exasperada.
—Alice, déjalo en paz. Cuando quiera decir lo que siente, lo hará. Tal vez no se siente preparado.
—Repito: el amor te ciega. El problema es que para cuando se decida tal vez sea muy tarde.
—Bueno, dile eso. No le reclames, sólo habla con él —aconsejó.
—Lo he intentado pero es muy cabezota. Ah, y quiere hablar contigo sobre lo del otro día. ¿Puedes perdonarlo? ¡Ya no lo soporto! —se quejó.
—Ya te dije que no estoy enojada.
— ¡Gracias a Dios! No ha dejado de escuchar música depresiva en una semana.
—Bueno, reconozco que me sentí mal; pero lo entiendo. No quiero que estemos disgustados. Y Edward odia esa clase de música, ¿por qué la escucharía?
—Está bien, tal vez exageré pero realmente se siente mal y es frustrante. Quiero mucho a mi hermano y su estado de ánimo me deprime, ¡tienes que hacer algo!
— ¿Qué quieres que haga?
—Va a venir en tres, dos, uno… —contó en voz alta.
Alguien llamó la puerta educadamente. Bella frunció el ceño y Alice le guiñó un ojo.
—Pasa, Edward.
Bella agitó la cabeza, negándose la posibilidad de que Alice pudiera haber acertado.
Edward entró a la habitación de Alice, cabizbajo. Lucía avergonzado. Había retirado el repugnante líquido verdoso de su cabello y ahora se veía tan despeinado como siempre. Perfecto. Usaba una camisa azul claro y el mismo pantalón de antes. Se veía adorable sonrojado.
—Yo… tengo que irme—se excusó. — Cuida mi libro, Alice, no lo metas debajo de la cama —bromeó.
Se levantó de la cama y besó la mejilla de su amiga.
—Bella, ¿podemos hablar? —casi suplicó.
— ¿Por qué no? —se encogió de hombros.
Alice intercambió una mirada con su hermano que Bella no supo interpretar. Pero Alice lo veía afectuosamente, como si le estuviera deseando suerte en silencio. Tomó la mano de Bella con delicadeza, como si temiera lastimarla. Su comportamiento era tan inesperado como adorable.
Había algo en su expresión que la hacía pensar que, si alguna vez había estado enfadada, no podría estarlo nunca más. Sus movimientos eran dubitativos y, contrario a lo común, contenían cierta torpeza. Anduvo escaleras abajo sin abrir la boca. Miraba en todas direcciones, como si quisiera investigar quien más estaba ahí. Finalmente la condujo hasta el jardín trasero, con la clara intención de que su conversación fuera completamente privada.
Se detuvo frente a ella, justo a la mitad del lugar, mirándola intensamente. Ella no bajó la mirada en ningún momento. Era un placer poder hablarle de esa forma.
—¿Sobre qué quieres hablar? —farfulló con nerviosismo, aunque su voz tenía una nota aguda de dulzura.
—Sobre nosotros —contestó trastabillando un segundo.
Bella tragó en seco, sabiendo lo que se le venía encima. Aun así, mantuvo una máscara de ingenuidad.
—No comprendo —dijo en voz baja.
—La semana pasada yo…—soltó una bocanada de aire, impidiéndole seguir. Quería confesarle sus verdaderos sentimientos, pero las palabras se atoraban en su garganta, negándose a salir. Quizá ella pensara que era un estúpido y no quisiera verle nunca más, pero la mínima posibilidad que le brindaba la mirada comprensiva que le daba, le hacía pensar que podía tener una oportunidad. Valía la pena el esfuerzo. —No quise ofenderte jamás. Pero Alice estaba completamente destrozada; nunca la vi tan mal. Ella es mi hermana, pero tú no merecías que te tratara de esa forma Debí entender que era entre ustedes y no tenía por qué inmiscuirme. Lo lamento.
—No estoy enfadada —dijo. Ella tenía esa extraña forma de sonreír sin mover sus labios en una enorme mueca, únicamente deslizándolos ligeramente hacia arriba, y aún así sabías lo feliz que era. Ella sonreía con sus ojos.
Extendió sus brazos para sorpresa de Edward. La estrechó en un abrazo amistoso. Fue una demostración significativa, pues ni siquiera lo había visto en varios días. Dejó que sus dedos jugaran con el cabello de Bella, preparándose para continuar.
—Sobre lo que pasó en el salón —añadió. —Yo…
—Déjalo así, Edward —suplicó, alejándose de él. Había una preocupación escrita en su mente. Ella no deseaba que él le confirmara lo que ya sabía. —No estoy enfadada y tú tampoco lo estas. Somos amigos. Es lo que siempre seremos —sentenció muy a su pesar. Sus pequeñas manos acunaron su rostro y añadió: —No quiere perderte.
Cerró sus ojos delicadamente para que no viera que sus ojos se habían llenado de lágrimas.
—Tengo que irme —murmuró separándose de él.
Él aflojó su agarre ni un ápice. Sus manos sostenían firmemente su cintura.
—¿Adónde vas? —preguntó. —Creo que a mi madre le fascinaría que te quedaras, hace mucho que no cenas aquí.
—Tengo que irme, le prometí a Jacob que iría —afirmó. No trató de zafarse de su abrazo, se sentía bastante cómoda en esa posición. Puso sus manos en los hombros de Edward, como si fuera a empujarlo, pero solamente las dejó descansar ahí, en una especie de caricia inmóvil.
— ¿Al perro? —preguntó arrugando la frente. Frunció los labios de una forma que Bella deseó poder besarlo una vez más.
—No le digas así —lo reprendió.
— ¿Por qué lo defiendes?
—No lo defiendo. Es grosero.
Edward resopló.
—Él me llama «sanguijuela» cada que puede. ¿Por qué no debería nombrarlo por lo que es? —dijo completamente irritado. El sólo nombre lo hacía volverse irascible.
—No te pongas difícil —pidió pacientemente. —Jacob me necesita—declaró finalmente con una gota de compasión.
—Respóndeme algo —dijo, moviendo una de sus manos de la cintura de Bella al puente de su nariz. Deshizo la acción después de tomar un par de respiraciones y agregó: —¿Es él quien te necesita o eres tú quien necesita de él? —inquirió enervado.
—¿Qué se supone que significa eso? —contestó contrariada. —Creí que lo comprenderías.
—Comprender, ¿qué, que te has enamorado de Jacob Black?
Bella dio unos pasos atrás, consternada. Él no podía haber dicho eso. No él.
—No estoy enamorada —chilló en voz baja. Sus ojos se inundaron de lágrimas de rabia. —No de él.
—Bella —gritó. Él lucía arrepentido. —No dejes que te lastime.
— ¿Por qué me lastimaría?
—Sólo escúchame —rogó. — No confío en él.
—Pero yo sí. Creo que es suficiente —afirmó.
Caminó grandes zancadas por el arreglado jardín. Sus pies se hundían en el musgo, haciendo que cada pisada resonara en el silencio.
Un impulso invadió a Edward. Corrió detrás de ella y sujetó su mano con fuerza y a la vez con suma delicadeza. Ella tenía una mirada enojada pero se olvidó de todo cuando se encontró con sus ojos esmeraldas, deslumbrada.
No supo en qué momento pasó, pero de pronto se encontró acariciando los labios de Edward con los suyos. Aún recordaba lo que se sentía que su hálito nublara sus sentidos. Recordaba el sabor de sus labios, y descubrió que, sin duda, su memoria no le hacía justicia.
Inconscientemente rodeó su cuello con los brazos. Enredó sus dedos en sus cabellos broncíneos. No se había puesto a pensar en lo bien que besaba Edward, se avergonzó al pensar que ella no lo haría así de bien.
Sus pulmones exigieron oxígeno. Se separó de él y de inmediato sintió un vacío.
Cerró los ojos inspirando una vez más el embriagante aroma de Edward antes de echarse a correr fuera de la casa.
En ese instante supo que nada volvería a ser lo mismo.
Editado. 24.06.11
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