¡Hola!, ¿todavía hay alguien ahí?... Les agradezco por su paciencia y sus comentarios.
Bifurcación de confesiones
Sábado 16 de Julio de 2012
Amaneció lloviendo con demasiado ímpetu, las gotas de lluvia parecían precipitarse con odio, el granizo no cesaba de caer y el estruendo que ambos provocaban era ensordecedor. Esme había pasado la noche cuidando a su esposo que seguía recuperando sus fuerzas en el hospital. Seth montaba guardia en el cuarto de su hermana, después de lo que había pasado veía con recelo los rincones. Bella había hecho una visita fugaz al hospital para ver su a padre, durmió unas cuantas horas y a primera hora de la mañana ya estaba en el despacho de Adele Brooks.
—No podremos utilizar ninguno de los apuntes de Edward Cullen como prueba en la audiencia. —Aseveró el abogado Friedrich Fleischer.
—Cierto, para el juez serán simples suposiciones. —Concordó Adele.
—¿Qué hay de la nota donde me amenazan? —Protestó Bella.
—Ya las mandamos al laboratorio. —Respondió Friedrich en voz baja e inexpresiva. —No tienen huellas dactilares.
—Heidi es muy obstinada y Sulpicia lo es aún más. —Isabella y Friedrich aguardaron por oír el resto de lo que Adele tenía que decir. —No creo que Emmett Cullen sea capaz de hacerlas confesar, además no importa si lo logra o no; Sulpicia exigirá que se haga un juicio y sobornará a quien haga falta, el dinero no será problema. Por eso debemos enfocarnos en cómo llevar a las tres Vulturi a un callejón sin salida. —Adele esbozó una sonrisilla.
—Deberíamos llevar el caso ante los medios. —Apuntó Isabella. —Así todo el país estará al pendiente del proceso y a la gente de Sulpicia se le hará más complicado montar un juicio fraudulento.
—Yo conozco a un juez que es altamente respetado en Washington, el hombre es de hierro y a él nadie lo podrá corromper; le llamaré para que pida ser quien se encargue del caso Vulturi. —Sonrió Friedrich.
—Bien. —Adele asintió con la cabeza. —Isabella llama a Rosalie Hale… ¡ah! Y a Leah Clearwater también, no querrá perderse esto, que las dos escriban fuertes críticas sobre los involucrados, Friedrich llama al juez necesitamos que se asegure de ser él quien escuche las comparecencias. Yo revisaré el teléfono celular de Sulpicia Vulturi, el cual muy amablemente el señor Cullen nos hizo favor de traer.
.
.
Afuera de la estación de policías ya había muchos reporteros sensacionalistas, pues se armo un escándalo desde el día anterior cuando un grupo de patrullas tan grande como si fuera a decomisar un cargamento de drogas, entró a la propiedad de Aro Vulturi; y aunque el caso del homicidio de Marco Vulturi era conocido en todo el país la noticia estaba pasando de moda por el estancamiento que había tenido la autoridad para dar con el asesino, sin embargo, ese nuevo desfile de trabajadores del gobierno había vuelto a llevar todos los reflectores hacia la familia Vulturi, y como era natural por causa de los medios de comunicación que le venden cualquier chisme a la población como verdad absoluta y divina, muchos ciudadanos ya juraban que Aro había sido aprehendido por ser el homicida.
Jonathan, Gabriela, Valeri, Luis y Kevin aguardaban con el corazón latiéndoles rápida y fuertemente, ninguno de los policías había dormido la noche anterior y esperaban que todo pronto llegara a su fin. El policía Emmett Cullen entró al cuarto de interrogatorios, sabía que se le estaba agotando el tiempo y que tenía que lograr que Heidi Vulturi confesara o tendría que dejarla en libertad.
—Hagamos esto simple. —Comenzó mientras tomaba asiento frente a Heidi, su voz serena y sus movimientos lentos. — Los asesinos que contrataste ya confesaron y están dispuestos a testificar en tu contra.
—No sé de qué habla. —Afirmó la joven sosteniéndole la mirada.
—Bill puede alegar demencia. —Dijo Emmett, pasando por alto el aparente desinterés que Heidi sostenía. —Y Joe nos ha contado todo lo que sabe con tal de no volver a prisión.
—¿Con que sí? ¿Y qué le ha dicho ese hombre? —Susurró Heidi, su tono de voz indiferente pero había fruncido el seño ante la mención de Joe.
—Que usted, señorita Vulturi, lo contrató y a otros hombres para asesinar a Marco Vulturi, secuestrar a Carlisle Cullen, Charles Swan y Leah Clearwater, y que planeaba terminar también con la vida de los últimos tres.
—¿Y qué motivo tendría yo? —Le retó Heidi con su resbaladiza voz seductora, se cruzó de brazos y se reclino sobre la mesa metálica.
—Sulpicia te prometió que la herencia que Marco le había dejado a Chelsea sería destinada para ti. —Afirmó el policía Cullen, con una cínica mueca.
—Si ese fuera el caso ¿Cómo podría Sulpicia prometerme algo así?
—Porque Renata Vulturi preparó otro de sus poemitas y se lo envió a su prima. Ayer por la tarde Chelsea y Afton Vulturi vinieron porque alguien pretendía chantajearlos, Chelsea estaba amenazada con depositar una enorme cantidad de dinero a una cuenta bancaria anónima o su madre y su esposo sufrirían la misma suerte que su padre.
—¿Atraparon a Renata? —Fue la única respuesta que dio Heidi ante esa acusación, su voz se quebró al pronunciar el nombre de su amiga.
—Leeré el poema. —Se limitó a decir el policía:
A tu padre por fin hemos alejado
Y me darás el dinero que tanto he esperado
De tu familia perderás su amor
Porque te arrastraré a un abismo de dolor
—Que Renata haya escrito eso no quiere decir que el dinero de Chelsea fuera para mí. —Murmuró Heidi sobándose la sien como si le doliera la cabeza.
—No se detuvo a cuestionar ni por un momento que Renata haya escrito el poema. — Al otro lado del cristal, Gabriela les comentó a sus compañeros que estaban de pie a su lado.
—Las otras salas de interrogatorios ya están listas. —Les avisó otro policía.
—Será mejor ir a interrogar a Renata y a Frank. —Afirmó Valeri, recargándose contra la pared con un aire despreocupado.
Los cinco policías permanecieron de pie, sin hablar y sin hacer contacto visual por lo que parecieron larguísimos minutos, hasta que Jonathan Miller rompió el embrujo.
—Cullen me dijo que yo no debía interrogarlos, no es lo mío… ¡y ni me interesa! —Espetó al final pero todos conocían la reputación de Miller, siempre les daba a los sospechosos algo con lo que lavarse las manos.
—Yo interrogaré a Renata. —Se decidió Gabriela al final.
—Entonces yo iré con Frank. —Kevin y Gabriela se dirigieron a los cuartos de interrogatorios; Jonathan fue a encerrarse a su oficina para dormitar un rato.
Gabriela cerró la puerta tras de sí cuando se adentró a la penumbra del cuarto, Renata se veía frágil y pequeña con la vista baja y las manos entrelazadas sobre su regazo.
—Renata, si confiesas tu parte en el homicidio de Marco Vulturi el juez lo tomará en cuenta. —Fueron las primeras palabras de la policía.
—Yo no lo mate. —Espetó Renata con los ojos enrojecidos por haber llorado.
—Renata todo ha terminado, deja de jugar. —Gabriela caminaba de un lado del cuarto al otro. —Los matones que Heidi contrató para hacer su trabajo sucio han confesado, sabemos que Samuel te suministraba del arsénico que ocupabas para envenenar a tu tío; Renata tú tienes un motivo, un beneficio y los poemas te señalan directamente.
—Yo no soy la única que quería ver a Marco dentro de un ataúd. —Dijo mordaz, lágrimas ardientes descendían de sus pálidas mejillas.
Gabriela se sentó junto a Renata, la miró dulcemente antes de decir:
—Sabemos que eras infeliz; pero estos días de esconderte la angustia te ha atormentado, ahora es el momento de sentirte tranquila otra vez, sólo es cuestión de que te decidas.
Pasaron varios minutos sin que ninguna volviera a despegar los labios, Gabriela veía como Renata se debatía internamente, tenía la vista fija en la mesa pero se mordía el labio con fuerza.
—¿Alguna vez has sentido que eres un parasito? —Susurró al fin en voz sumamente baja, Renata temblaba como si tuviera frío y estrujaba sus manos nerviosamente. —Yo lo sentía cada día, viviendo con mi tía y su ¡perfecta familia! —Gritó apretando los dientes, incapaz de contener el coraje. —Didyme y Marco se amaban exageradamente ¡era un carnaval de catarinas a donde quiera que iban! Y sus dos perfectos hijos: Chelsea tan hermosa y gentil, y Felix tan vivaz y alegre; yo estaba sola, era un estorbo y toda la familia me lo recordaba siempre, yo jamás llegaría a ser tan admirada o querida como Chelsea; la única que veía algo más en mi era Athenodora…
—¿Si es así por qué querían inculparla a ella y a su esposo por el asesinato de Marco?
—Era la opción más lógica, todos conocen la reputación de Cayo, además siempre lo acusan de muchas cosas y nunca logran tocarle ni un pelo.
—¿Por qué decidiste matar a tu tío?
—Necesitaba dinero para irme, pero cono no soy hija de ningún Vulturi yo no tengo cuentas bancarias con cantidades ofensivas de dinero y claro tampoco heredaré, Sulpicia me ofreció un generoso pago por ayudarla a deshacerse de él.
—¿Te contó por qué lo quería muerto?
—Nos dijo que Aro había tenido una aventura con una de las sirvientas, ¡Ja! A nadie le sorprendió; todos sabemos que ambos tenían amantes cuando eran jóvenes pero Aro cometió un descuido fatal, la sirvienta ésa se embarazo ¡dos veces! Imagina mi sorpresa cuando Sulpicia me dijo que Mary Brandon la chiquilla a la que mi tía y Marco le tenían tanto cariño era la hija no reconocida de Aro. —Renata se talló los ojos, y soltó una risita un tanto histérica. —Sulpicia las aborrece, ella las quería muertas pero sabía que si desaparecían Marco se pondría a hacer preguntas, si Aro se enteraba de que Sulpicia había mandado asesinar a sus hijas su matrimonio colapsaría, a pesar de todo Sulpicia en verdad ama a su esposo y lo quiere todo para ella, es muy celosa.
—Así que Sulpicia te ofreció participar. —Gabriela tanteó el terreno, ya casi tenía todo lo que necesitaban.
—Sí, ella nos pagaría a Frank, a Samuel y a mí suficiente dinero para vivir bien por un largo tiempo, claro que también financiaba las actividades de los asesinos a sueldo que Heidi contactó.
—¿Y Heidi cómo se involucró en todo esto?
En el cuarto de interrogatorios que estaba al lado Heidi perdía determinación.
—Sabes que tenemos todas las pruebas y que serás encontrada culpable. —Afirmó Emmett sin dudar ni por un segundo. —¿De verdad Sulpicia se merece toda tu lealtad? —Inquirió escéptico.
—Tú ganas Cullen. —Heidi se pasó una mano por el cabello, tomó una gran bocanada de aire y la soltó antes de decir: —Athenodora, Sulpicia, Renata y yo hemos sido amigas por muchos años, en una ocasión Sulpicia nos comentó su descubrimiento sobre dos chiquillas hijas de Aro, estaba furiosa, ahora que lo pienso Athenodora no se veía sorprendida. —Heidi soltó una risita entre dientes. —Sulpicia sabía que Athenodora se negaría a dañar a Marco porque Cayo le estimaba, pero yo conozco muy bien los negocios secretos de Cayo así que no hubo dificultad para encontrar a esos asesinos a sueldo.
—¿Por qué decidiste ayudar a Sulpicia? Digo, ¿por qué arriesgarte? Tienes un salario bastante provechoso en la empresa de Cayo. —Emmett sonrió como si estuvieran conspirando.
—Sulpicia sabía que yo les guardo rencor a Cayo y Athenodora por no convertirme en su heredera, me tratan como de la familia y Cayo sabe que puede confiar conmigo sobre la empresa, la protejo como si me perteneciera ¡y debería! Nadie trabaja tanto como yo, no tengo más amigos o un novio por estar en la oficina, ¡mi vida es esa empresa! Pero como cabe esperar todos adoran a Chelsea y se comportan como idiotas a su alrededor, ella ni siquiera trabaja no sabe absolutamente nada de economía, mercadotecnia o política, como sea, Cayo decidió dejarle todo a ella; con razón Renata la odia tanto.
—¿Y qué tiene que ver eso con Marco?
—Quizá la herencia que Marco le dejo a Chelsea no sea tan cuantiosa como la que Cayo le dejo a ella, ya que Felix recibe parte del pastel, pero de cualquier forma a una suma así no se le ponen peros. Y ya sabes que según el plan Chelsea debía cederme su herencia a mí. —Heidi sonrió mostrando los dientes, el blanco contrastaba con sus labios carmín.
—¿Y qué te pidió hacer Sulpicia a cambio?
—Yo busqué a los asesinos a sueldo, les ordené que entraran a la mansión de Marco e hicieran lo suyo.
—¿Qué necesidad tenía Sulpicia de los matones si Renata ya envenenaba a Marco?
—Sulpicia empezaba a perder la paciencia, y le comenzó a aterrar la idea de que como Marco ya estaba moribundo decidiera confesarle a Aro la verdad.
Al otro lado de la pared, Renata Vulturi recordaba todos los planes siniestros que había ideado con Sulpicia y Heidi.
—¿Y cuál era tu papel en todo el asunto? Si fue Heidi la que contrató quienes hicieran el trabajo sucio. —Apunto Gabriela, pasándole un vaso de agua a Renata, la chica estaba tosiendo mucho.
—Eso fue después, yo ponía arsénico en las bebidas de Marco todos los días.
—¿Y pará que los poemas? —Gabriela arqueó una ceja, pero Renata levantó una mano con indiferencia.
—Creímos que no nos atraparían.
En el tercer cuarto Frank Freeman, sentía un taladro en el pecho que declaraba que no sería un hombre libre por mucho tiempo más. Aunque le causaba conflicto ver a su compañero como un delincuente Kevin entró sin perder la compostura al cuarto de interrogatorios.
—Frank, será mejor que te preparas a hablar porque las chicas Vulturi tienen quien les ayude a salir ilesas de esto, pero tu mi amigo estas solo.
—¿Qué te hace decir eso? —Le preguntó Frank bruscamente.
—Didyme no sería tan cruel para dejar a su propia sobrina en la cárcel, Aro sacará a Sulpicia de aquí antes de que pueda probarse un bonito traje naranja y ¿en serio crees que Cayo dejara a la sub-lideresa de su multimillonaria empresa tras las rejas?
Frank dejo salir el aire que había estado conteniendo y negó despacio con un movimiento de cabeza.
—Si cooperas a tu novia le irá mejor, si tu historia concuerda con la de ella se le hará un juicio justo pero si no… bueno, ¿quién sabe? Sulpicia podría echarle todo el muerto a ella. —Le presionó Kevin.
—¡Hablaré! —Frank se puso de pie de un brinco tirando la silla hacia atrás.
—Siéntate. —Le instó Kevin. —Te escucho.
—Renata me dijo que Heidi quería charlar conmigo, una noche fui a su oficina cuando prácticamente todo el edificio estaba desolado, me contó que quería asesinar al viejo Marco y que había supuesto que la manera más elegante sería envenenándolo, pero necesitaba a alguien que supiera de medicina y que pudiera decirle exactamente qué tipo de veneno usar y en qué cantidad.
—¿Y para que querría hablar contigo de eso?
—Renata le había contado que yo soy amigo de Samuel, él es médico en el hospital de Seattle, Heidi me pidió que lo convenciera de ayudarnos.
—¿Y por qué aceptaste tú?
—Por dinero, podría formar una nueva vida al lado de Renata en cualquier lugar del mundo.
—El camino fácil para hacer a una mujer feliz. —Comentó Kevin con una especie de humor negro.
—No hay nada fácil en asesinar a alguien. —Le contradijo Frank con aires de saberlo todo.
—Eso mismo pienso yo. —Kevin le dirigió una mirada acusadora. —¿Cómo convenciste a Samuel Hernández?
—Le conté del dinero… pero eso no fue lo que le hizo resignarse. Él trabaja en el hospital desde hace ya algún tiempo, los enfermos y heridos le tienen confianza y él ya había oído rumores de que los Vulturi no se andan por las ramas, todos en la ciudad saben que tienen asesinos a sueldo; Samuel me dijo que si en verdad pensaba yo que podríamos rechazar la invitación de Heidi ahora que nos había contado sus intenciones, en ese momento no le di importancia yo no pensaba salirme, pero ahora que veo las cosas diferente creo que Sulpicia o Heidi nos hubieran mandado matar si no cooperábamos. Saber mucho sobre los Vulturi es un problema.
—¿Entonces no te dijeron por qué querían a Marco muerto?
—Heidi y Sulpicia no querían que yo me enterara, pero Renata y yo no lo contamos todo.
—¿Y? —Le presionó Kevin.
—Creí que ya habían armado el rompecabezas. —Frank se rió sin ganas.
—Así es, pero ya sabes cómo funciona esto, quiero ver si tu historia cuadra. —Kevin le guiñó un ojo, con lo que Frank se molestó un poco más pero ni hablar.
Afuera de los cuartos de interrogatorios Valeri y Luis veían de una a otra y escuchaban lo que decían los indiciados.
—Sus historias coinciden entre sí. —Afirmó Luis. —No se han contradicho.
—Y Samuel espera para ser interrogado como los otros. —Observó Valeri.
—¿Cuándo lo agarraron?
—Charlie le dijo a Edward Cullen donde los habían tenido secuestrados, Cullen acompaño a los chicos para encontrarlo. Recogieron los cuerpos de los matones; Samuel seguía ahí, no opuso resistencia cuando lo esposaron. Ya hay suficiente evidencia para llevar a los asesinos a suelto tras las rejas.
—Y los demás están confesando. —Dijo Luis con una sonrisa aliviada.
—Yo me relajaría tan pronto; los Vulturi ya han salido libres bajo fianza con anterioridad y lo peor es que no hemos encontrado a Sulpicia.
—Los chicos la están buscando. —Ofreció él, a modo de consuelo. —Voy a interrogar a Samuel. —Terminó de decir y se alejó por el corredor.
Itzi
