Capítulo 25: Ciudad de Vida

-¡Vaya! ¡Qué sorpresa!

Al escuchar aquella conocida voz, los hermanos se detuvieron casi al instante. Compartieron una mirada de soslayo, y Kanon tensó la mandíbula sin querer. Saga frunció el ceño sutilmente, y se dio la vuelta con deliberada lentitud. El corredor estaba vacío, y apenas podía escuchar a lo lejos el alboroto en que estaba sumida la ciudad.

-Afrodita. –el aludido inclinó suavemente el rostro, con aquella coqueta sonrisa suya plasmada en él. No tenía la menor idea de por qué pero, a Saga, aquel gesto le producía escalofríos. Era como si el peliceleste se estuviera riendo de todos permanentemente, mientras su retorcido cerebro entretejía un plan.

-Tiempo sin vernos, Saga. –adoptó una expresión más pensativa y continuó. Afrodita no iba a perder la oportunidad de tensar la cuerda un poquito más, lo sabía.- Desde la boda del rey y la reina, si no me equivoco. –Miró fugazmente a Kanon, que se revolvió incómodo, y continuó.- Kanon se deja ver más que tú.

-Le gusta más viajar, al parecer. –dijo mientras se encogía suavemente de hombros.

Ninguno respondió. Estaban solos, y de alguna manera, el mayor de los hermanos estaba seguro de que aquel encuentro no era, en absoluto, casual. Afrodita llevaba la intriga tatuada en el rostro. Saga estaba convencido de que su visita al reino tenía un objetivo claro, mucho más allá de la diversión ocasional y el oro que pudiera ofrecerle un torneo. Después de todo, tenía todos los motivos del mundo para sospechar. El peliceleste no era un participante en absoluto habitual de esas lides. Baian y Eo eran quienes solían justar como representación de la Casa Real de Atlantis. Incluso Krisaor, pero no Leumnades y, menos aún, él.

Quizá Afrodita no fuera tan listo después de todo. Saga sonrió suavemente, en un gesto cálido. Sin embargo, sus pensamientos distaban mucho de ser tal cosa. Estaba dispuesto a ver hasta donde tenía intención de llegar el otro, y si Afrodita quería jugar con ellos… aquel era tan buen momento como otro cualquiera para responder.

-Pensé que Eo y Baian no se habían apuntado esta vez. –miró a Kanon fugazmente, aunque sabía de sobra quién iba a participar.- No los vi en la lista…

-Eso es porque no están. –Negó, mientras sus ojos turquesa viajaban de uno a otro de los gemelos.- Seré yo quien participe esta vez en nombre del Rey.

-¡Vaya! Lo tendrás difícil. –Disimuló una sonrisa burlona, mientras Afrodita se encogía de hombros. Debía admitir, que aunque la mayoría de las veces resultaba odioso tener que sonreír cuando quería gritar… en momentos como aquel resultaba divertido. Había ocasiones en que la gente se entregaba por completo a su sonrisa y confiaba ciegamente en ella. Afrodita estaba siendo cauteloso, pero no era muy distinto.

-No soy mal jinete. Aunque no puedo compararme con Kanon… -su mirada perforó al menor de los gemelos, que permanecía absolutamente serio y ciertamente tenso. Saga sabía que si no lo tuviera a su lado, podría sentir su inquietud a leguas.- ¿No vas a participar?

-No puedo hacerlo. –se limitó a decir.

-Es una lástima no poder batirme contra alguien como tú. -Y ahí estaba otra vez aquella mirada burlona.

-El rey prefiere que no lo hagamos. –intervino Saga.- Son malos tiempos.

-Y es un rey sabio… cabalgando en un torneo, mostrándoos a todos, os expondrías a un peligro letal e innecesario. Eso no puede suceder.

Saga lo miró a los ojos con el semblante ligeramente más serio. De alguna manera, aquellas últimas palabras llevaban el sutil rastro de la amenaza y la ironía marcado en ellas. Al menos así le había parecido, aunque a aquellas alturas, ya no tenía tan claro a quién de los dos iba dirigida. Quizá a ambos.

-Buena suerte entonces. -dijo finalmente.- Hay muy buenos jinetes esperando por esa bolsa de oro.

-Gracias. –Inclinó la cabeza a modo de despedida y comenzó a alejarse por el pasillo.- Confío en verte pronto de vuelta por el este, Kanon. Al parecer Atlantis tiene algo irresistible que te hace volver una y otra vez…

Habló mientras caminaba, dejando que las palabras flotaran en el aire perfumado que quedaba tras él. Kanon dio un paso en su dirección, pero la mano de Saga cerrándose asombrosamente rápido sobre su muñeca, lo detuvo.

-Lo mataría gustosamente. –masculló el menor.

-Pero no lo harás. Ni te acercarás a él. –Saga lo soltó y buscó sus ojos.- No se que es lo que pretende conseguir… Ambos sabemos que un torneo no es el mejor lugar para él. –Se encogió de hombros, y sonrió sutilmente. Kanon frunció el ceño al notar aquel misterioso gesto.- Yo lo se, tú lo sabes… y él lo sabe. Venir a tu propia casa con segundas intenciones es absurdo incluso para un gusano.

-Si no supiera que es como una serpiente venenosa, estaría seguro de que escupiría la verdad en el momento más adecuado para él y más inoportuno para mi.

-Tranquilo. -Guardó silencio unos segundos con la mirada fija en el recodo del pasillo por el que Afrodita había desaparecido. En realidad, aunque sentía los mismos temores que su hermano, su mente no se había detenido un solo segundo.- ¿Sabes? Ve tú con Shion. –Se llevó la mano a la melena y pasó sus dedos entre las hebras azuladas.- Volveré a la habitación, no me encuentro demasiado bien. –Kanon lo miró sin comprender.- Solo ve, te veré más tarde.

Se dio la vuelta y se alejó por el lado opuesto, dejando a su hermano atrás completamente confundido, sin tiempo para responder. Quizá Afrodita era puro veneno, pero no era tan listo como creía yendo a buscarles a su propia guarida. Ahogó un bostezo.

Había pasado mucho tiempo desde el último torneo.

-X-

Arien se sentó a su lado y dejó escapar el aire con lentitud. Vio de soslayo a Niamh, mientras buscaba las palabras más adecuadas para romper el silencio. Desde lo de Aioros, la pelirroja había pasado de la más absoluta felicidad a la actitud más distante con que la había conocido. Aunque lo cierto era, que no con ella. Durante aquellos días habían estrechado sus lazos aún más, quizá porque la situación de ambas era penosamente similar.

-¿Cómo estás? –atinó a preguntar.

-Bien. –Niamh la miró como si no hubiera reparado aún en su presencia.- No te oí llegar.

Se colocó un mechón de su melena tras la oreja, y jugueteó con uno de los anillos de sus dedos, a la vez que observaba el mismo horizonte que su amiga. No tardó en descubrir que era lo que miraba con tanto interés: Aioros y Yuzuriha abandonaban el patio de armas a caballo, seguidos de su escolta personal.

-¿Cómo es?

-¿Quién?

-La princesa. –con un gesto suave de su rostro, señaló al frente.- Yuzuriha.

-Muy simpática. –Arien se encogió de hombros. Lo cierto era que la elfa le parecía una mujer maravillosa, pero no estaba segura de que aquello fuera lo que su amiga deseaba escuchar.- Una buena guerrera.

-Es guapa. –La morena asintió.

-Mucho.

-Es distinta a Lorin… -Arien ladeó el rostro. Notando su confusión, Niamh continuó.- Lorin también es una elfa, y aún así… su aura es diferente.

-Es cierto. –Asintió.- Los elfos del norte, son fríos, oscuros. Poco tienen que ver con los elfos de Lemuria, que son pura luz. Aunque pertenecen a una misma raza… son especies muy distintas.

-Lo tiene todo.

-¿Todo?

-Es una princesa elfa: es una gracia, una guerrera, hermosa, divertida… el mundo habla maravillas de ella. –Arien sabía que solo faltaba algo más por añadir: Aioros.

-No lo tiene a él. –Se apresuró a aclarar. Niamh guardó silencio. La miró fugazmente, y volteó de nuevo al frente.- Pueden estar prometidos… Sus vidas no son más que política al fin y al cabo, pero nada más les une una amistad de muchos años.

En realidad, quería convencerla de que lo que decía era cierto. Sin embargo, no estaba del todo segura de que Aioros se hubiera equivocado por mucho respecto a si misma. Ella había tomado sus propias elecciones, cuestionables, si; pero eran suyas. ¿Podía aconsejarle a una amiga, su única amiga, que se condenase a su mismo destino? ¿A su misma situación? No estaba nada segura de eso.

-Escucha, Niamh. –La naurilor no volteó a verla.- Aioros debió haberte dicho la verdad desde el primer momento. Incluso yo debí decírtelo… pero era algo que le correspondía a él. A veces puede ser un verdadero idiota, pero cuando ama, ama de verdad.

-¿Qué se supone que significa eso?

-Que cada palabra que te dijera, cada beso o caricia… fueron de verdad. –Sorprendentemente, se topó con la mirada cristalina de la joven.

-Imagino que cada una de las acciones de Saga hacia ti, son igual de reales, si no más. –Arien apretó sutilmente los dientes. La conversación no iba, en absoluto, por donde ella quería.- Y aún así… desde que peleo con Aioros no le has dirigido la palabra, ni él a ti tampoco. ¿Por qué?

Arien agachó la mirada, de pronto, el suelo parecía infinitamente interesante. Lo cierto era que no tenía nada que decir al respecto. Solamente sabía que las palabras de Aioros habían dolido infinitamente. En parte por su brusquedad y rabia… por la licencia que se había tomado con su intimidad. Y por otro lado, porque sabía de sobra que estaba en lo cierto. Nunca la habían importado las demás chicas, ni siquiera Hilda, aunque la noticia del compromiso había sido dura, muy dura. Nunca la había importado compartirle… sabía que al final volvería a ella.

¿Por qué entonces rehuía a Saga después de tantos años?

-Arien, mi señora, el rey os espera en su despacho. –La voz de Yato a sus espaldas la tomó por sorpresa y dio un respingo. Deseó con todas sus fuerzas que el montaraz no hubiera escuchado ninguna de sus palabras, y esbozó la mejor sonrisa que pudo, con la esperanza de que su secreto siguiera a salvo.

-Gracias, Yato.

El castaño sonrió y rápidamente volvió por donde había venido. Arien y Niamh compartieron una mirada fugaz.

-Será mejor que vayamos… -murmuró la pelirroja.

-X-

Cuando se adentraron en el valle que rodeaba a la ciudadela de Alcanor, fue como si la misma luz del sol fuera quien les llevara a un mundo diferente. Habían atravesado el bosque sin mayor problema: aquella zona era segura, y más aún en aquellos días en que había tanto viajero. Sin embargo, lo que más llamó su atención no era la tibieza de aquel sol del norte, sino la agradable humedad del rocío, y la algarabía que flotaba en el aire. Era radicalmente diferente de todo lo que conocían en los dominios de Ambar.

Pandora y Violate ralentizaron el paso de sus hermosos alazanes. Miraran donde miraran, el valle que hasta hacía no mucho había sido un hermoso paraíso verde, había cambiado hasta terminar viéndose como un enorme jardín multicolor. Tiendas y carpas de todos los colores se esparcían fuera de las murallas, cada una con el escudo de armas de su señor adornando la entrada. Los rescoldos de las hogueras se esparcían aquí y allá, mientras los escuderos se afanaban limpiando armaduras, bruñendo escudos y amolando espadas.

Aún era temprano, pero la carne ya giraba lentamente sobre los espetones y la cerveza refrescaba las gargantas de señores y caballeros errantes por igual. Las justas siempre habían sido sinónimo de jolgorio, mujeres y oro. "Al menos en las tierras libres." Pensó Pandora. Allí las voces de los bardos se superponían en un millar de canciones de las que ella ni siquiera había oído hablar. Muchas de aquellas letras sonrojarían al más osado y sonsacarían carcajadas al más seco.

Sin embargo, había notado como a pesar de aquel ambiente relajado y alegre, la guardia de la ciudad vigilaba cada rincón de la misma y sus alrededores. Cuando se detuvieron, uno de los soldados la ayudó a desmontar.

-Sería mejor que os quedaseis en la ciudadela, mi señora. –aconsejó.- Este no es el lugar más adecuado para un par de jóvenes damas.

-Arya, mi nombre es Arya de Papillon. Y ella es mi hermana menor: Ciara. –mintió.- Agradezco vuestra preocupación. –inclinó el rostro suavemente, y se arregló el vestido.- Pero mi lugar esta junto a mis caballeros.

-Como deseéis. Aunque si cambiáis de opinión, la ciudadela os recibirá con las demás damas.

-Lo tendré en cuenta. –Sacó un pergamino cuidadosamente doblado de entre sus pertenencias y se lo entregó.- Espero que aún podamos inscribirnos en las justas.

-Es tarde, mi señora Arya. No se si…

-¡Por favor! –Violate se acercó a él, con el rostro marcado por una tristeza que no sentía y, con su mano, rozó el antebrazo del guardia.- Hemos viajado durante días, ha sido un trayecto largo, peligroso y difícil… Volver sin haber podido participar sería terrible. –Por un instante, sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas.

-Bueno… -El soldado carraspeó, incómodo y conmovido por igual. Desvió la mirada por un segundo, y tomó el pergamino que Pandora le tendía. De pronto, decir que no le resultaba imposible, aún sabiendo que el plazo de inscripción se había cerrado la noche anterior.- Esta bien, mis señoras. Inscribiré el nombre de la casa Papillon en las justas. Vuestro blasón lucirá hermoso, veréis que nuestros artistas son maravillosos.

-Muchas gracias, mi señor. –murmuró con voz melosa. El hombre asintió, y ruborizado, se marchó a grandes zancadas. Pandora sonrió mientras lo veía irse.

Aquella misión sería pan comido para ellas. Nadie podía resistirse a su embrujo. Era hora de conocer cada rincón de la ciudad.

-X-

-Creí que os mostraríais más entusiasmadas. –Dohko mentía. Sabía de sobra que tal cosa jamás sucedería por un par de vestidos, la excusa que siempre utilizaba.

-Es… -La pelirroja buscó, torpemente, las palabras más adecuadas para salir de aquel pequeño aprieto.- ¡Es precioso, alteza! –exclamó Niamh.- Es solo que nunca tuve ningún vestido así y no se si…

Se maldijo por su manera torpe y apresurada de hablar ante el rey, pero era cierto. La pelirroja había crecido en la clandestinidad, convertida en una pequeña guerrera desde casi antes de nacer. No conocía de sedas, encajes o perlas. Y a decir verdad, nunca las había deseado. Sin embargo, sabía de sobra que era un valioso regalo del rey, además de hermoso. Miró de soslayo a Arien, en busca de un poco de ayuda, mientras sus manos acariciaban en apenas un roce el satén añil y los delicados bordados en plata.

-Deduzco que esta es tu manera de decir que has encontrado dos hermosas acompañantes para las justas, ¿verdad, tío? –Cuando el rey escuchó la voz de su sobrina, y contempló su semblante serio, esbozó una esplendida sonrisa.

-¡¿Qué? –se atragantó Niamh. Una cosa era acudir como invitada de honor a casi todos los eventos… como protegida del rey o sus príncipes, y otra muy distinta ejercer como su acompañante. ¡Era una guerrera, no una dama! ¡Arien al menos sabía disimular!

-¡Voy a ser la envidia de todos! –rodeó con un brazo a cada una de las chicas y las atrajo hacia si con afecto.- Solo por curiosidad… ninguna tenía intención de participar a escondidas en el torneo, ¿verdad? Hubiera sido una lástima estropearos el plan.

-No, alteza. –mintió la pelirroja clavando la vista en el suelo.

-Eso pensaba. –el rey amplió la sonrisa. No estaba acostumbrado a infundir tal respeto en sus personas más allegadas, y Niamh se había convertido en una de ellas casi sin quererlo.

-Eres un aguafiestas, tío. –masculló Arien, cruzada de brazos.

Shion, que los observaba sentado en su butaca, sonrió. Desde el principio habían tenido muy presente que organizar un torneo como aquel, era como ponerles miel en los labios. No solamente a los chicos, sino a ellas también. A lo largo de los años se habían acostumbrado al hecho de que su princesa distaba mucho de ser una dama convencional. Ahora, debían lidiar con otra como ella; y dicho fuera de paso, una cosa era velar por unos chicos, y otra muy distinta por dos chiquillas.

-Sabemos que les tumbarías a todos, Arien. –continuó Dohko, alegremente.- No creo que necesites un reconocimiento público por ello a estas alturas, ¿verdad?

-Hay pocas cosas mas gratificantes que sus caras cuando descubren que una mujer les descabalgó o les venció. Además… -volteó a ver a Shion, que al notar sus acusadores ojos azules sobre si, dio respingo en su asiento.- ¡Esto es cosa tuya!

-¿Mía? –atinó a decir.

-¡Tuya!

-Yo solamente elegí el color de los vestidos. –alzó las manos y se encogió de hombros, sabiendo de sobra que no podría engañarla con aquello. Lo conocía demasiado bien.- Para el banquete de mañana, tendréis dos aún más bonitos.

-Eres un viejo elfo aprehensivo. –se apartó un mechón de su larga melena purpúrea y bufó. Sabía de sobra que el objetivo de aquella peculiar maniobra, no había sido más que asegurarse de que ningún miembro de la Casa Real participara en un torneo que podía ser peligroso. ¡Les había salido bien!- Aunque tienes buen gusto para la ropa, después de todo.

-X-

Yuzuriha montaba su hermoso palafrén blanco, mientras hablaba y reía con Mu y Shura. A su lado, Aioros cabalgaba en silencio. Siempre se habían llevado bien. Habían sido buenos amigos desde niños, incluso antes de saber que sus vidas estarían unidas para siempre. Las visitas a Lemuria, y las visitas a Alcanor, habían sido agradables.

Pero Aioros nunca antes se había sentido en su compañía como en aquel momento. No iban solos, podía sentir las miradas de Mu y Shura viajando de uno a otro. Incluso las de la hermosísisima princesa rubia, aunque, afortunadamente, esas eran mucho más disimuladas.

-La ciudad esta abarrotada. –Como si hubiera leído sus pensamientos, Yuzuriha habló.

-Si… -asintió a la vez que el monosílabo abandonó sus labios.

-Creí que Arien nos haría compañía… -Sus ojos azules lo taladraban en busca de una respuesta para su extraño comportamiento, lo sabía de sobra.

-Mi padre la hizo llamar. –Eso era cierto, aunque el hecho de que desde la llegada de Yuzuriha, Niamh y su prima apenas se habían separado unos pocos segundos, pesaba mucho más.- Imagino que pretende asegurarse de que esta vez no participe en el torneo. –La suave risa de la princesa elfa, se dejó escuchar.

-Si, debí imaginarlo. Es una lástima, de todos modos.

-Es una fea costumbre esa que todas tenéis de enmarcarla como ejemplo femenino. –masculló en voz baja. Yuzuriha ladeó el rostro y lo miró con los lunares de su frente arqueados.- Es más sencillo vivir como una princesa tradicional.

-¿Qué sabe un príncipe tradicional de lo que es más sencillo para nosotras? –Aioros calló. Su humor era demasiado oscuro aquellos días, y lo que menos deseaba era discutir también con ella. Se sopló uno de los rizos que caían por su frente.- Sois brillantes caballeros destinados a ser reyes y libres de hacer vuestra voluntad sin que nadie os cuestione.

-Lo se, Yuzu, lo se. –Quizá era por el hecho de ser una gracia, pero sus sentidos estaban tan afilados, que parecía capaz de ver a través de sus huesos y su carne, hasta atravesar su corazón. La sonrisa volvió al rostro de la rubia.

-Creo que sería más fácil para vosotros si todas fuéramos convencionales damas y princesitas. –Alzó la barbilla, con aquel gesto tan suyo y ciertamente burlón, y continuó.- Os resulta doloroso tener que domar a una mujer, y más aún saber que no podéis hacer tal cosa, mi príncipe. ¡Llegaremos tarde al torneo!

Taloneó al caballo, que se alzó levemente sobre sus patas traseras, y salió al galope entre carcajadas. Aioros abrió los ojos espantado, y espoleó de igual manera a su montura.

Dejó que el aire golpeara su rostro, mientras lo único que veían sus ojos era aquella melena rubia danzando con el viento. Podía imaginar su rostro, entremezclando la decisión más inquebrantable con la dulzura e inocencia élfica de su prometida. Sonrió casi con tristeza. Por un instante se sintió como si hubiera viajado una década atrás, cuando galopaban por Lemuria de aquella misma manera: lejos de los ojos severos de Sage pero envueltos en las miradas espantadas de todos los demás.

Se maldijo por un instante, igual que en su día maldijera a su padre. Viéndola unos metros frente a él, escuchando sus carcajadas mezcladas con el aire… Supo que con ella podía haber sido verdaderamente feliz. Sin embargo, se había enamorado perdidamente de la última Naurilor que quedaba. Había estropeado toda promesa de una vida maravillosa para él y su princesa, y lo que era peor… le había roto el corazón a Niamh.

Aquello dolía más que nada: el desprecio marcado en sus ojos.

-X-

La "conversación" con Afrodita le había dejado con un humor de mil demonios. Su hermano tenía razón en lo que había dicho: había que ser muy estúpido para ir esparciendo amenazas a su propia casa. Aún así, la sensación que quedaba era igual de amarga. No había sido capaz de pronunciar más que un par de palabras en su presencia. No era que se hubiera acobardado, sino que sabía de sobra que si le daba juego perdería el control de sus, ya crispados, nervios.

No había cosa que deseara más en aquel instante que destrozarle la cara a aquel idiota. Pero, por una vez, haría como Saga decía. Confiaba muchísimo más en el privilegiado cerebro de su hermano que en la lengua bífida del peliceleste, y la mirada que el mayor había dedicado a Afrodita en el momento justo de desaparecer, había despertado su curiosidad. Más aún, cuando cambió de planes y volvió a su dormitorio.

Se sopló el flequillo y abrió la puerta sin llamar, dispuesto a cumplir con su pequeña misión del momento. Las miradas del rey, de Shion y las dos chicas se clavaron en él inmediatamente.

-Se llama a las puertas antes de irrumpir en habitaciones ajenas, Kanon. –dijo burlonamente Arien.

-No recuerdo una sola vez en que tú lo hayas hecho, bruja. –La chica alzó las cejas inmediatamente, y el menor de los gemelos se percató de lo abrupto de sus palabras. Se aclaró la garganta, y procuró que las arruguitas de su frente desaparecieran.- No te ofendas, lo digo con infinito amor. –la aludida rodó los ojos al escuchar el tono.- ¿Vestidos nuevos? –Kanon sonrió con picardía.

-Es la clásica manera del rey de comprarnos.

-¡Oye! –exclamó Dohko.- Empiezo a sentirme ofendido, princesa. Últimamente estas de un humor de perros.

-Son cosas tuyas, tío. –murmuró mientras se concentraba en las gemas que adornaban el corsé, con tal de no mirar sus ojos.- Estoy como siempre.

Pero tanto ella como el rey, sabían que no era así. Dohko no tenía la menor idea de que sucedía con los chicos, mas durante los últimos días, no parecían ellos; al menos los mayores. Vagaban solos y en silencio, con el ceño fruncido la mayor parte del tiempo. Si uno tenía suerte conseguía que gruñeran una escueta respuesta, pero nada más. Y por supuesto, tampoco le había pasado por alto que con las chicas sucedía lo mismo. Arien disimulaba mejor, al fin y al cabo era una experta en eso de identificar emociones: sabía como controlarlas. Pero Niamh… Y por si fuera poco, ahora también Kanon.

-¿Y Saga? –preguntó.

-Ah, si. Esta en su habitación, dice que no se siente bien. –Y de pronto, se hizo el silencio. Las miradas volaron de unos a otros, y en medio de aquella quietud, Kanon casi podía escuchar la multitud de preguntas, de lo más variopintas, que se hacían todos internamente. El mundo se estaba volviendo loco y nadie se atrevía a hablar.

-¿Qué le pasó? –quiso saber el elfo.

-No lo se. –Kanon se encogió de hombros.

-Será mejor que vaya a ver.

-Si, y yo iré a alistarme, o llegaremos tarde al torneo. ¿Alguien sabe dónde demonios esta mi príncipe heredero?

Silencio. Gestos negativos. Ni una sola palabra. Dohko se revolvió su, ya de por si, desordenado cabello, y suspiró resignado mientras abandonaba la habitación tras Shion. Atrás dejó a los tres más jóvenes.

-Así que… luciréis en el estrado cual refinadas damas. –De pronto se encontró aguantando la risa ante las evidentes caras de disgusto.

-Si, Kanon, si. –murmuró Arien.

-¿Le prestareis vuestra prenda a Ángelo? Seguro os nombran reinas de la belleza

-X-

Lo cierto era que no había mentido. Aquella jaqueca duraba ya días y parecía no tener intención alguna de abandonarle. Sin embargo, lo peor de todo eran las pocas horas de sueño. Ahogó un bostezo y se recostó en la cama en el preciso instante en que alguien llamó a la puerta.

-Esta abierto. –murmuró.

Tal y como esperaba, el rostro preocupado de Shion asomó por ella. Saga se incorporó mientras el peliverde se acercaba a él a grandes zancadas.

-Kanon me dijo…

-Ya.

-¿Estás bien? -el chico asintió.

-Solo me duele la cabeza. –añadió, encogiéndose de hombros.

-Te ves cansado. –Shion se acomodó en la butaca frente a la cama.- ¿Estás durmiendo bien?

-Como siempre, ada. –Y un vez más, no estaba mintiendo.

Aunque una cosa era clara: no iba a mencionar, ni por lo más remoto que las malditas pesadillas habían vuelto y que cada vez eran más frecuentes. Siempre las había sufrido, desde que su memoria le permitía recordar. Mas, desde que la verdad de su identidad y su pasado habían sido reveladas, no habían hecho más que empeorar. Era como si de pronto, hubieran agitado su cerebro. No llegaba a recordar, pero las memorias encadenadas hacían cada vez más daño, y la voz de Deuteros cada vez se escuchaba más nítida aunque no pudiera ponerle rostro.

Vio de soslayo a su mesilla, donde el frasco del te de los sueños reposaba medio vacío. Ni siquiera recordaba cuando había dejado de hacer efecto, ni en que momento Arien había comenzado a adulterarlo con su magia. Aquel era un secreto que de ningún modo podía revelar, o Shion entraría en pánico. No quería, ni por lo más remoto, que Saga tuviera más contacto del necesario con la magia.

-Ya… -el elfo se apartó un mechón de su larga melena verde.- Creo que sería buena idea que te quedases aquí. –Miró fugazmente por la ventana, al bullicio que crecía en las calles y se arremolinaba junto al palenque de las justas.- Con todo ese alboroto no deberías ir.

-¿Y perderme el torneo? –Saga fingió cierta decepción, aunque sonrió para sus adentros, mientras Shion se encogía de hombros.

-Si quieres estar en la celebración de esta noche, si. –el peliazul asintió.- De todos modos, te traeré algo que alivie el dolor, y pondré un par de guardias en la puerta. No es buena idea dejarte aquí solo. Hemos logrado hacer que Arien y Niamh nos acompañen.

-Vale. –dijo recostándose de nuevo. Pensar en aquel par, no hacía que su jaqueca mejorase, más bien al contrario.- Esta bien.

-X-

Espero a que el castillo quedara sumido en el silencio. Desde la cama podía escuchar los susurros desganados de los guardias que habían sido condenados a cuidar su puerta. Terminó de trenzarse la melena tan rápido como pudo y se ajustó el jubón de cuero negro desgastado. Por último, se envistió con la cota de malla. Giró sobre sus talones y se acercó a la chimenea.

Hizo a un lado la alta cajonera de roble oscuro, y sonrió al contemplar la pequeña portezuela que se escondía tras ella. Hacía muchísimo tiempo que no usaba aquellos pasadizos. El ala donde se encontraban sus aposentos y los de sus hermanos, estaba recorrida por un entramado de pasajes. Cada habitación real tenía una salida secreta que conducía a una estrecha escalera descendente. Saga cerró la puerta a sus espaldas y bajo los escalones de dos en dos, hasta que el pequeño corredor donde desembocaban las escaleras de las demás habitaciones, se extendió ante él. Apenas entraba un hilo de luz por un pequeño hueco en la pared, pero recordaba bien el camino.

Anduvo unos cuantos metros más, hasta que una imponente puerta de hierro le indicó que aquel era el final del camino. La abrió, y apretó los dientes cuando los goznes chirriaron. Hacía muchísimo tiempo que nadie usaba aquellos pasajes… aunque viendo las vidas tan ajetreadas que llevaban últimamente, el secretismo que conferían comenzaba a hacer que parecieran como una buena idea.

Una vez hubo dejado atrás el portón, cerrado tal y como lo encontró, echó a correr a toda velocidad. A lo lejos se escuchaban las trompetas y los tambores, el clamor de la gente. Sin duda, el torneo estaba a punto de comenzar. Sin embargo, para su fortuna, el castillo estaba desierto.

Cruzó el patio de armas hasta que llegó a los establos. Ensilló a su maravilloso corcel negro, y sin perder apenas dos segundos, galopó a toda prisa hasta las afueras del palenque. Todos estaban tan concentrados en el inicio del torneo, que nadie le prestó mayor atención cuando amarró a su caballo y se escabulló al interior de la armería.

-¡Por los dioses! –Shaina se sobresaltó al verlo aparecer de la nada, pero el peliazul se llevó una mano a los labios, suplicando por un poco de silencio.- ¡¿Qué demonios…?

-Lo siento. –sonrió. Siempre era divertido molestar a la joven peliverde, a pesar de la extraña actitud que mantenía hacia él a últimas fechas.- Necesito tu ayuda. –Se percató de que su padre no estaba por allí, y se sintió más aliviado.

-¿Qué haces aquí? ¡Deberías estar en el torneo!

-Estoy enfermo. –replicó encogiéndose de hombros.- Pero no tenemos tiempo. Hay dos puestos de participantes desconocidos que no van a ser cubiertos. –Los que pertenecían a Arien y Niamh.- Yo ocuparé uno, y necesito una armadura. –sonrió, mientras los enormes ojos verdes de la chica lo miraban abiertos de par en par.

-Te has vuelto loco, no hay tiempo, no…

-Confío en ti, serás una buena escudera.

-¿Qué? –espetó.

-¡Necesito uno! Y es urgente.

Se debatieron en un duelo de miradas por un instante más, hasta que la chica cedió. Se dio la vuelta farfullando algo que Saga no llegó a entender, pero que le forzó a sonreír una vez más. Antes de que tuviera tiempo de decir algo que pudiera molestarla, Shaina ya lo estaba ayudando a colocarse una reluciente armadura de acero oscuro. El metal estaba pulido con delicadeza, era una buena obra. Sin embargo, carecía por completo de florituras o adornos que llamaran la atención, y bajo la luz, brillaba con un resplandor purpúreo.

-¿Y el caballo?

-Esta listo. –se ajustó el guantelete izquierdo, y se colocó el yelmo.

-Si termino en los calabozos después de esto, pateare el culo de su alteza. –masculló Shaina con el ceño frunció, mientras sujetó con firmeza el rostro masculino embutido en metal. La risa de Saga sonó amortiguada tras el acero.

-Lo sé. No te preocupes. ¿Estás lista? Debemos irnos.

La peliverde asintió. Sabía bien que la gracia de los caballeros desconocidos que participaban en aquellos torneos, era el interés que despertaba su anonimato. No tenía mayor importancia que ella ejerciera de escudera de uno, era habitual que los ayudantes del herrero de la ciudad lo hicieran… siempre y cuando estuvieran dispuestos a que tal puesto lo ocupara una mujer; lo cual no sucedía muy a menudo.

El semental negro únicamente portaba una discreta testera y una gualdrapa negra y plateada, de un tamaño suficiente para cubrir la silla. Nada ostentoso, aunque no lo necesitaba: era un animal espectacular, y quien lo conocía, no tardaría mucho en distinguirlo. Sin embargo, observó bien al príncipe mientras montaba. Su larga melena azul, caía trenzada por la espalda, y envestido con aquella armadura, sería difícil reconocerlo a simple vista.

Shaina se colocó su espada larga a la espada, y montó su propio corcel. Mas, cuando se disponían a partir, los cascos de un par de alazanes se escucharon sorprendentemente cercanos. Volteó a su derecha, hasta que dos hermosas damas de negras cabelleras llamaron su atención.

-Buen día. –murmuró una de ellas con voz melosa, mientras miraba a los ojos del príncipe, que aún no había tenido tiempo de bajar la máscara del yelmo. Poco sabía él a quien pertenecían aquellos hermosos ojos púrpuras.- Llegareis tarde al torneo, caballero.

-Será mejor que nos apresuremos, entonces. –respondió cortés. Pandora y Violate asintieron casi a la vez. Saga inclinó suavemente el rostro, a modo de despedida, y bajó la máscara, alejándose después al galope seguido bien de cerca por su nueva escudera.

-X-

El público aulló enfervorecido cuando Babel rompió la tercera lanza, derrotando así a su rival. Así sucedía cada vez que uno de los hombres de Alcanor salía a la liza, los gritos ensordecían y el suelo de madera del graderío, amenazaba con desmoronarse en cada ocasión. Mucha menos suerte tuvo Haleth. Un viejo caballero de la ciudadela, entrado ya en edad, como bien recordaba la curvatura de su estómago, que se empeñaba, una vez tras otra en participar en aquellos torneos. Se aferraba a la idea de que en sus mejores años había sido un gran justador, ganador de sacos y sacos de oro, y el héroe con el que soñaban numerosas doncellas.

Sin embargo, el norteño Alberich de Megrez no tuvo compasión. En la primera ocasión lo descabalgó de un certero golpe en la axila. La sangre brotó a borbotones y, rápidamente, sus escuderos salieron en su ayuda, y lo retiraron de la arena.

El charco escarlata se mezclaba con el suelo polvoriento, mientras la multitud acallaba sus vítores y aplausos. El chico de Asgard nunca había caído demasiado bien. Pandora no tuvo dificultad alguna en percatarse de ello. Sin embargo, mientras disfrutaba del torneo como nunca antes lo había hecho, sus ojos no perdían detalle alguno de lo que sucedía en el estrado.

Como damas de una casa menor, ella y Violate ocupaban cómodos asientos a la izquierda del palco de honor. Entre ellos se interponían los grandes señores de Alcanor y sus esposas, envestidas en vaporosos vestidos bordados con gemas y oro. Mostraban mucha menos euforia que el pueblo, pero aún así, no perdían ocasión susurrar comentarios tras la protección de sus finas manos enguantadas. Hubiera podido escuchar sus risillas desde donde estaba, si les hubiera prestado el mínimo de atención. Pero a la Dama Oscura solamente le interesaba la familia real y sus más allegados invitados.

El rey charlaba animadamente con sus dos acompañantes femeninas. Una de ellas, debía ser su sobrina, la única hija de su hermano Okko, muerto muchos años atrás. Se decía de ella que era una princesa guerrera, pero envestida en aquellas ropas elegantes, disimulaba bien. Desconocía quien era la joven pelirroja a su derecha. Sus gestos eran más tímidos, pero sus ojos delataban el mismo espíritu indómito que desbordaba a la princesa. De todas las damas que veía… probablemente ellas eran quienes de verdad disfrutaban del torneo.

Sus ojos viajaron después a Yuzuriha, la princesa elfa en cuyo honor se organizaba la liza. Era hermosa, sus ojos resultaban tan profundos como el mismo océano, y tan hechizantes como podía ser la mirada de los elfos de más alta cuna. Inmediatamente se fijó en Shion, cuyo rostro conocía bien, y a quien sus lunares hacían difícil pasar desapercibido. Sonreía tímidamente, siempre que el príncipe heredero murmuraba algo a su oído. Mas, su luz élfica parecía agonizar, a diferencia de lo que sucedía con su princesa.

Sin embargo, lo más interesante de todo, lo encontró solamente un asiento más atrás. Adivinó sin dificultad la identidad de los dos chicos más jóvenes. El menor de Dohko, y el menor de Deuteros: su cabello azulado relucía de igual modo. Pese a aquel interesante hallazgo, Pandora encontró imposible despegar la mirada del último que quedaba. Unos ojos verdes deslumbrantes, adornados con una sonrisa pícara tras la copa de vino que apuraba, y una larguísima melena azul, que se agitaba sutilmente con la brisa.

Su pulso se aceleró. Sabía de sobra que Violate miraba lo mismo que ella.

-¿Quién de los dos? –murmuró la menor.

-No lo sé, pero… -De pronto, aquellos ojos se cruzaron casualmente con los suyos. Solamente fue un instante, y no la prestaron atención. Mas fue suficiente para que sus labios se entreabrieran con sorpresa. Cierto caballero desconocido la había mirado de igual forma frente a la armería.- Esto va a ser interesante, hermana.

Sus ojos volvieron entonces a la arena. Ni siquiera se había dado cuenta del momento en que los heraldos anunciaron los nuevos jinetes, pero cuando quiso hacerlo, Alraune había descabalgado al jinete de la casa Leumnades. Violate y ella aplaudieron de manera recatada pero con una ligera sonrisa en sus labios.

-Atlantis solamente ha enviado a dos caballeros. –apuntó Violate en un susurro.- Y ni siquiera ha enviado a sus mejores jinetes… Kaysa de Leumnades tiene fama de mercenario sin escrúpulos, se dice que coquetea con magia negra.

-Y Afrodita de Piscis es caballero para salones de fiestas, pero era el ahijado de Unity. –Pandora se acomodó en su asiento.- Aún así, es… curioso. Atlantis se proclama como fiel aliado de la ciudadela. Cualquiera podría tomar esto como un desaire… -La otra asintió cuando el bullicio acalló sus susurros.

Un nuevo jinete entró en la arena, sobre un hermoso caballo blanco. No debía superar aún los dieciocho años, pero la reacción del público lo aupaba como uno de los favoritos. Argol de Perseo, saludó tímidamente a la multitud, a la espera de que su contendiente estuviera preparado. Myu de Papillon no tardó en ocupar su lugar. El caballo del espectro lucía impaciente, frente a la calma del corcel del montaraz. Finos mechones de su melena rubia, se dejaban ver tras su yelmo, y antes de que dieran la salida, se bajo la máscara para protegerse el rostro.

Myu no tuvo oportunidad. Dos de las tres lanzas del chico, fueron rotas, y el escudo de Perseo ascendió un puesto más. Violate bufó con rabia.

-¿De quién fue la idea de que Myu justara? Lo hubiera hecho mejor presentándose a un torneo de bardos… -la mayor ahogó una carcajada, mientras aplaudía al vencedor sobre su casa.

Los siguientes en pisar la arena, levantaron aún más interés que el jovencito de Perseo. Según lo que se oía, el mejor guerrero elfo y uno de los mejores montaraces, perteneciente a la misma guardia real, se enfrentarían entre si en la primera ronda. Era una lástima que guerreros de tal valía se encontrasen tan pronto. Aún así, cuando el chico de Capricornio y el elfo se tuvieron frente a frente, el público enloqueció aún más. Mu y Shura se lanzaron al ataque tan pronto se dio la salida. El elfo pelilila rompió la primera lanza, pero no tuvo tanta suerte con las otras. Shura retomó el control, rompió la segunda, y lo descabalgó a la tercera sin que hubiera daños que lamentar.

Después, Afrodita en representación de Julian, rey de Atlantis, entró en la arena a cara descubierta y dio una vuelta completa al palenque. Lanzó una mirada fugaz al estrado, a los ojos del gemelo, si Pandora no se equivocaba: con cierto desafío. Su melena de tirabuzones celestes se agitaba con la brisa mientras el chico se pavoneaba frente al público sobre su corcel gris. Tres rosas adornaban su escudo: una roja, una blanca y una negra. Le gustaban los aplausos y los vítores, los disfrutaba sobremanera, solamente había que verlo. Sin embargo, el silencio más sepulcral invadió las gradas cuando su rival hizo acto de presencia. Afrodita frunció el ceño cuando todas las miradas se olvidaron de él, y él mismo se giró para ver bien a su contrincante.

Cabalgaba con cierta parsimonia, derecho y envestido con aquella armadura de acero purpúreo. La máscara de su yelmo ocultaba su rostro por completo, pero no hacía falta contemplarlo para saber que el desconocido se había ganado a su público antes de empezar. Pandora sonrió cuando Violate la vio de soslayo. "Si la turba solamente supiera…" Miró fugazmente al palco, y las miradas que encontró, la dejaron bien claro que ellos tampoco estaban al tanto de su identidad.

-Interesante. –murmuró.

-X-

Su impresionante semental negro piafaba nervioso y agitaba la sedosa y larga cola sin parar. Saga acarició su cuello suavemente, calmándolo, hasta que Shaina le tendió la lanza. Pudo distinguir la inquietud en sus ojos, y no pudo más que sonreír, aunque nadie pudiera verlo.

-Tranquila. –murmuró. La chica asintió.

Saga se aseguró de que el escudo y las riendas estuvieran bien sujetas. Pasó su mano por la empuñadura de la lanza hasta que finalmente se sintió cómodo con ella, y la agarró con firmeza. Vio de soslayo al estrado, donde todos lo observaban con interés, y reparó en el rostro desencajado de su gemelo. Tuvo que ahogar una pequeña carcajada, Kanon había tardado más de lo previsto en darse cuenta.

Volvió la vista al frente y contempló a su contrincante. Todo rastro de sonrisa había desaparecido del rostro de Afrodita. Lo miraba con el ceño fruncido mientras el caballo se revolvía nervioso. Se colocó el yelmo apresuradamente, e inclinó la cabeza ante el estrado antes de bajarse la máscara.

Cuando dieron la señal de salida, el corcel negro se lanzó tan rápido como un rayo hacia su oponente, mientras él hacía lo mismo. Apenas un par de segundos era lo único que necesitaba. Apretó la lanza en su mano con todas sus fuerzas, y lanzó la estocada más certera que pudo. La lanza se rompió en mil pedazos, mientras que su escudo lo había protegido a las mil maravillas del suave golpe de Afrodita.

Intercambiaron posiciones, y se lanzaron otra vez a la carga. Con idéntico resultado. Había sido una suerte, que casualmente el caballero desconocido justara contra el marina. No iba a desperdiciar aquellos escasos segundos de placer. En aquella ocasión, la lanza acertó al peliceste en las costillas. Soltó el escudo casi por instinto, y se desprendió de la lanza mientras se aferraba a las riendas para no caer.

Saga solamente necesitaba un golpe más. El yelmo lo agobiaba, siempre lo había hecho, y la máscara más aún. Diminutas perlitas de sudor rodaban por su frente. Sin embargo, se aseguraría que al menos una persona supiera quien era.

Se lanzó a la carrera por última vez, concentrándose exactamente en el punto donde deseaba golpear. No podía fallar, porque si lo hacía… los riesgos de la herida podían ser altos. Concentró todas sus fuerzas en la lanza, y esta encontró el hueco entre los pliegues de la armadura, hasta hundirse en la axila de Afrodita. Aulló de dolor, Saga pudo escucharlo cuando pasó a toda prisa a su lado, y el peliceleste descabalgó. Su caballo gris huyo despavorido, dejando al deslumbrante marina tirado en el suelo.

Se deshizo del yelmo tan rápido como pudo, mientras boqueaba por oxígeno. Se llevó una de sus temblorosas manos a la axila, y descubrió espantado como de ella manaba un reguero de sangre.

Saga volvió sobre sus pasos, hasta que estuvo lo suficientemente cerca de Afrodita. Lo miró desde arriba, y se subió la máscara, clavando sus ojos en los suyos. El jinete caído lo miró espantado.

-La próxima vez, guárdate las amenazas. –Murmuró lo suficientemente alto como para que Afrodita lo escuchara. Volvió a bajarse la máscara.- Al menos para cuando estés en tu casa.

Espoleó a su caballo, que se alzó sobre las patas traseras y relinchó. El blasón desconocido escaló un puesto en el marcador y la multitud enloqueció.

-X-

Cuando el desconocido inclinó el rostro a modo de sutil reverencia ante el estrado, ninguno atinó a pronunciar palabra alguna. La mirada rosada de Shion se clavó en Kanon inmediatamente, de manera acusadora.

-¡No lo sabía! –masculló encogiéndose de hombros. Aunque el hecho de que su gemelo hubiera humillado de semejante manera a Afrodita, le resultaba de lo más gratificante. Se lo haría saber después.

-Creí que habíamos dejado a dos guardias frente a su puerta. –murmuró el rey.

-Pues parece ser que no han sido muy útiles. –añadió Milo, que se sentaba tras él.

Yuzuriha veía de uno a otro, fascinada. No era la primera vez que presenciaba algo como aquello, y seguramente… no sería la última. Sin embargo, no dejaba de sorprenderla la capacidad que tenía el gemelo mayor para engañarlos. Contemplaba las caras de todos ellos, desde Kanon hasta Arien, pasando por el mismo Aioros y Shion… Y a todos les había caído por sorpresa. Aunque en cierta manera, tampoco la extrañaba. Desde que había llegado, le había resultado obvio que las cosas no marchaban bien entre los chicos, y no tenía la menor idea de por qué.

Inevitablemente, su mirada se posó en Niamh, la chica pelirroja. No había intercambiado una sola palabra con ella, y cuando la había tenido cerca, la había rehuido como si tuviera la peste. En aquella ocasión, la Naurilor no se percató de su mirada, pues observaba con cierto toque de fascinación, como su príncipe se alejaba envestido en la armadura ennegrecida.

-Los guardias pasaran unos cuantos días en el calabozo. –espetó Shion.

-¿Hago que vayan por él y lo saquen del torneo? –sugirió Dohko, ciertamente inquieto.

-No. –Sorprendentemente, fue Aioros quien intervino.- Ha ganado justamente, si lo sacáis todo el mundo se hará preguntas. Dejad que termine. –Y era verdad, lo que menos deseaba, por muy molesto que estuviera, es que su identidad fuera revelada antes de que el torneo terminara.

No tenía la menor idea de cómo no se habían dado cuenta de que era él hasta tan tarde. Gil-morë era un caballo que no tenía igual, era un semental soberbio de negro y brillante azabache. Saga lo adoraba, y solamente lo utilizaba cuando la vida del animal no corría peligro. Se lo habían regalado los elfos siendo poco más que un crío. Pero no solo eso, la trenza azulada, su manera de moverse y de cabalgar… Todo parecía evidente ahora, y tan molesto estaba por no haberse dado cuenta… que ni siquiera supo como Máscara Mortal había ganado a Camus.

-X-

Los enfrentamientos de la segunda ronda, se sortearon con una moneada de oro, entre los vencedores de la primera contienda.

A medida que el torneo avanzaba, y los blasones escalaban peldaños, la emoción y nivel de los participantes iba en aumento. Pandora y Violate lamentaron que Máscara Mortal descabalgara tan fácilmente a Alraune, pero los montaraces habían demostrado ser, con creces, los mejores en aquellas lides. Ya sin representación de su casa, ambas se permitieron disfrutar mucho más de los combates restantes.

Alberich volvió a derrotar a su oponente, descabalgándolo del primer golpe. Sin embargo, Babel contó además con la mala fortuna de que al caer, su pie se enredó en el estribo. Hubo que retirarle con ayuda, mientras la mirada jade del norteño, ensombrecida por los mechones desordenados de su cabellera de amatista, se enorgullecía de sus logros.

De igual manera, Shura venció a Neithan, un caballero errante de las tierras nómadas, sin mayor dificultad. Y por último, el aclamado chico de Perseo, que tuvo mala suerte de cruzar su lanza con la del desconocido.

Antes de empezar, desempolvo las viejas tradiciones y paseó su montura frente al estrado. Se detuvo frente a Arien, y a pesar de la cara de espanto de la joven guerrera, que sabía lo que seguía, pidió su bendición bajo la atenta mirada de todos.

Tras su máscara, Saga frunció el ceño. El chico era un gran caballero y le gustaba, pero cosas como aquella lograba que no lo pudiera ni ver la mitad de veces. Resopló tras la máscara, esperando impaciente a que Argol terminase con aquella pantomima, y mirando de igual modo que hacían los demás, al rostro compungido de Arien. Aquellos detalles iban tan poco con ella, que casi quiso reírse. Argol debería haberlo sabido.

Había disfrutado el enfrentamiento con Afrodita enormemente, pero ganar a Argol, terminó resultando casi igual de gratificante. El mohín de disgusto en la cara del chico, lo hacía ver aún más joven de lo que era.

Cabalgó de vuelta a la tienda donde Shaina lo esperaba. Se sorprendió al ver su rostro ensombrecido. Desmontó y entró con ella.

-¿Qué ocurre?

-Te ha tocado con Alberich.

-¿Y? –preguntó encogiéndose de hombros.

-No se caracteriza por ser el más sutil entre los justadores, Saga. Haleth fue herido muy gravemente, y Babel… -negó lentamente con el rostro.- Se firme con el escudo protégete el cuello. Y si tienes oportunidad de descabalgarlo antes de romper las tras lanzas, hazlo.

Saga la miró por un segundo. Recordó, en un instante, todas las veces que el Cid les había instruido, como maestro de armas que era, en el arte de la guerra. No recordaba una sola ocasión, en que Shaina hubiera estado presente. No era más que la hija del herrero real, pero cada día que pasaba, le resultaba terriblemente parecida Arien. Se preguntaba que demonios sucedía con las mujeres en Alcanor… Quizá fuera cosa del agua que bebían.

Se sopló el flequillo, y se secó el sudor antes de volver a colocarse el yelmo. Escuchó a la gente gritar enfervorecida, y no era para menos. Shura y Ángelo se enfrentaban, y todos sabían que eran lo mejor de lo mejor entre la guardia. Y lo más interesante aún, el vencedor sería uno de los finalistas.

Montó una vez más, con Shaina caminando a su lado, y se acercaron hasta la entrada al palenque por donde haría aparición. Máscara Mortal golpeó el suelo con los puños cuando vio a su caballo correr espantado, y Saga no pudo sino sonreír. Ángelo era tan divertido cuando perdía… Sin embargo, cuando Alberich apareció en la arena, esperando su momento, se olvidó de las risas.

Tomó la lanza una vez más y se acomodó el escudo en su brazo dolorido. El chico de Megrez nunca le había caído en gracia. Quizá por qué, salvo contadas excepciones, todo lo que provenía de Asgard le provocaba escalofríos. Pero había algo en aquella mirada ladina, que no le gustaba en lo absoluto.

Cuando notó el fuerte golpe de la lanza contra su escudo, creyó poder contenerlo, pero el asta resbaló por la superficie de madera hasta que lo acertó de refilón en el lateral del yelmo. Estuvo a punto de caer del caballo, sino se hubiera aferrado a las riendas con tanta fuerza.

El silencio se hizo en el palenque. Recuperó la posición con dificultad, y cuando llegó al otro lado, la cara de pánico de Shaina le acomodó el cerebro. Sabía que aquello podía suceder, y no quería siquiera imaginar lo que pasaba por las mentes de los ocupantes del palco de honor.

La peliverde le tendió otra lanza.

-¿Estas bien? –Asintió. Aunque lo cierto era que le zumbaban los oídos y que el brazo parecía a punto de caérsele. Estaba seguro de que el golpe del yelmo contra el cráneo le había abierto alguna herida.- Descabálgalo como sea. ¡No esperes a la tercera!

No dijo nada más. Sentía tanto calor bajo el yelmo, que si hubiera podido, lo hubiera lanzado bien lejos. Abrió y cerró las manos un par de veces, intentando desentumecerlas, y finalmente espoleó a su caballo. Procuró olvidarse de Alberich tanto como le fuera posible. Solamente tenía que buscar el hueco, y encontrar la fuerza para tirarlo.

Casi cerró los ojos. Golpeó tan fuerte en el hombro del norteño, que el chico perdió el equilibrio y cayó al suelo pesadamente soltando una maldición. Saga respiró mucho más tranquilo.

-X-

Shion no sabía cuanto tiempo llevaba conteniendo la respiración. Alberich era un guerrero fiero, y cuando vio como Saga se tambaleaba en su montura, cerró los ojos. Por un lado hubiera deseado que cayera, para no seguir con aquella estupidez, y por otro… solamente deseaba que hubiera sido un pequeño susto.

Sin embargo, la mirada del chico de Megrez, le gustaba tan poco como a los demás. Apenas se había levantado, se quitó el casco de un tirón, ignoró el dolor que seguro sentía, y espetó un millar de maldiciones y desafíos hacia Saga. Los guardias tuvieron que sacarlo entre empujones.

Suspiró. Al menos, una final entre Shura y Saga era una cosa bien diferente. No podía parar de preguntarse si el chico se habría dado cuenta ya de quien sería su contendiente final, aunque imaginaba que si. Después de todo era uno de sus amigos más cercanos.

La liza comenzó. El elfo se revolvió inquieto en el asiento acolchado, y tomó una gran bocanada de aire. Shura era igualito a su padre. Cabalgaba de igual manera, y sostenía las armas prácticamente del mismo modo. Saga era un magnifico espadachín, igual que él… pero aunque era bueno en las justas, no era la especialidad más propicia para él. Por eso, cuando Shura rompió la primera lanza contra sus costillas, no se sorprendió. Saga rompió la segunda. Pero al final, el chico de Capricornio se coronó campeón rompiendo la tercera.

Shion respiró aliviado. No había nada que lamentar, salvo unas cuantas molestas magulladuras.

-X-

Dejó que Shaina lo acompañara hasta el corazón del castillo, y la condujo hasta los establos. La peliverde no pronunció palabra alguna durante todo el trayecto, mas no le habían pasado desapercibidas las miradas de soslayo que continuamente le dedicaba. Una vez hubo desmontado, uno de los mozos de cuadras que había vuelto a su puesto, se apresuro a desensillar al corcel negro.

-Ayúdame con esto. –murmuró el peliazul. Shaina hizo tal y como había pedido, sin pronunciar palabra alguna.

Apartó el yelmo, descubriendo que efectivamente, una pequeña herida se había abierto en su frente. Un fino hilo de sangre había teñido de rojo su mejilla, entremezclándose con el sudor. Le retiró los guanteletes y desabrochó con cuidado las correas de la coraza. Saga siseó cuando se vio liberado del peso del acero: comenzaba a dolerle cada uno de sus músculos.

-Lo hiciste bien. –El chico se encogió de hombros.

-Fue divertido.

-¿Por qué tanto empeño en competir? –Aunque lo que de veras quería preguntar, era porque se había esforzado tanto porque su camino se cruzara con el de Afrodita.

-Últimamente no es como que pueda hacer grandes cosas. Estoy aislado en el castillo, no puedo salir con mi escuadrón. Un poco de emoción clandestina no viene mal…

-Te reconocieron. –el chico dejó escapar una carcajada divertida, mientras se despojaba, no sin cierto esfuerzo, de la cota de malla que estaba seguro llevaba tatuada en las costillas.

-Sería bastante preocupante que no lo hubieran hecho, ¿no crees?

-Visto así…

-¿Sabes? Estuve pensando en algo. –Tenía toda la atención de la joven y continuó.- Me gustaría que fueras mi escudera oficial… si quieres claro. –Shaina abrió los ojos desmesuradamente. Él se apresuró a continuar.- Eres buena con las armas, podrías entrenar un rato cada día conmigo y mi escuadrón. ¿Qué te parece?

-Pues… -a juzgar por su cara de espanto, Saga temió que dijese que no.- ¡Claro! Esta bien, intentare ir todos los días, si mi padre…

-Genial. –sonrió con sinceridad, de igual modo que hizo ella, aunque no era un gesto que la chica estuviera acostumbrada a mostrar en público.- Tendrás que lidiar con Ángelo, pero…

La ayudó a recoger la armadura. Tenía intención de ayudarla a cargar con ella hasta la herrería. Se había arriesgado por él, y el ropaje era demasiado pesado como para llevarlo ella sola de un solo viaje. Sin embargo, antes de que pudiera ofrecerse, se topó con Shion apoyado en el portón. De pronto, se hizo el silencio.

-Parece que estas bastante mejor de tu jaqueca. –No le pasó desapercibida la amargura de su voz.

-Un poco, si. –Aunque sentía como volvía por momentos. Volteó a ver a Shaina, algo le decía que no era necesario que escuchara aquella conversación.- Deja la armadura aquí, haré que te la lleven más tarde. –La peliverde asintió con cierta, e inusual timidez; producida, sin duda, por la presencia imponente del elfo.

-Te veré más tarde. –murmuró, mientras emprendía el camino. Inclinó la cabeza respetuosamente cuando pasó junto a Shion.

-¡Shaina! –Al escuchar el llamado de Saga se detuvo, viéndolo apenas por encima de su hombro.- Eres una magnífica escudera.

La chica sonrió. Saga sabía que nunca se lo agradecería, era demasiado orgullosa para esos pequeños detalles. Pero lo cierto era, que aquella mujer le gustaba. Tenía carácter, y sin duda, era una lastima que viera pasar su vida tras los fuego de una fragua, o el fogón de una posada.

Se sopló el flequillo, y se volvió hacia Shion cuando la perdió de vista.

-Si querías participar, debiste decirlo. No os lo prohibimos, pero hubiéramos tomado precauciones.

-No pasó nada, ada. –Se encogió de hombros.- Solo un par de magulladuras y moratones.

-Será mejor que te des un baño, y curemos esa herida. –El chico asintió.- Y Saga, ni si te ocurra volver a mentirme así.

-No te mentí.

-Entonces, no utilices la verdad como tapadera para cualquiera que sea el motivo que te ha empujado a participar de esa manera en unas justas. Alberich no estaba jugando.

-Lo se.

Por supuesto que lo sabía. Lo había notado, y sus golpes se lo recordaban con cada movimiento que hacía. Sin embargo, aquel pequeño juego le había dejado cierto sabor a victoria en los labios, y se sentía bien. Muy bien. Kanon podía tener gran parte de culpa en toda aquella historia, pero no iba a dejar que ningún imbécil con una ambición desmedida y ansias de gloria, lo destruyera.

-X-

La noche había caído hacía largo rato. Las calles estaban abarrotadas de gente, y aún así, la música no cesaría hasta que el agotamiento les venciera. El ambiente festivo siempre había sido habitual en la ciudadela, y con los últimos acontecimientos, de veras que lo agradecía.

Cuando Shura llegó a la taberna, sus ocupantes estallaron en júbilo. Apenas le dio tiempo a entrar, y ya le habían colocado una buena jarra de hidromiel en la mano.

-¡Por Shura! –gritaban. Sonrió, casi tímidamente y le dio un sorbo. ¡Una fiesta en su honor! Aquello no era excesivamente habitual. Era un buen caballero, uno muy querido, pero había heredado algo de la seriedad de su padre, y a veces intimidaba.

De pronto, alguien se abalanzó sobre él y le rodeó los hombros con sus brazos. Máscara Mortal parecía llevar allí largas horas, especialmente por el olor a cerveza que despedía. Sin embargo, mientras era arrastrado hasta la barra, sus ojos pasearon por el abarrotado local. Frunció el ceño cuando contempló la mirada taciturna de Aioros en un rincón a su derecha, acompañado por Capella y Dante, caballeros de su escuadrón. Los chicos hablaban y reían a carcajadas que podía escuchar sobre todo el bullicio, pero el príncipe tenía la mirada perdida. O más bien, fija en el extremo opuesto de la estancia.

Rápidamente, llevó sus ojos hacia aquel punto. Saga escuchaba, tranquilamente, el parloteo incesante de Milo, mientras bebía pequeños sorbos de su jarra. Tampoco le fue difícil adivinar que su atención no estaba centrada en lo que fuera le contaba su hermano menor con tanto énfasis. Supo de inmediato que, por la dirección de su mirada, contemplaba a Aioros de igual manera que el arquero a él.

El moreno se sopló el flequillo cuando Kanon pasó su brazo su hombro, viéndose atrapado entre él y Ángelo.

-¡Ha llegado el campeón! –exclamó el gemelo mientras estrellaba su jarra contra la suya. Shura sonrió.

-Si, pero… ¿Cuál es la situación?

Por los gestos que adoptaron el par de peliazules, supo que sabían de sobra a que se refería sin necesidad de más aclaraciones.

-Gemelo sarcástico y magullado, a la izquierda. –masculló Ángelo. Lo cierto era que Saga había llegado a la taberna de buen humor. El ambiente de la ciudad era magnífico. Pero a medida que pasaban los minutos, sus palabras eran cada vez más escasas y cortantes. No fue difícil averiguar que la causa de ello, era la presencia de Aioros, que deliberadamente se había sentado en el extremo opuesto de la taberna.

-Príncipe heredero, borracho, a la derecha. –Continuó Kanon. No tenía la menor idea de cómo había sucedido, pero hacía mucho que el alcohol había nublado el cerebro del castaño, y cuando eso pasaba… tendía a ser absolutamente desafiante y temerario. Demasiado temerario.

-¿Sabemos algo de las féminas del equipo? –Ante la pregunta, el par de peliazules negó.

-Negativo. La hechicera loca no ha sido vista desde que te proclamaste campeón.

-La pelirroja acosadora, tampoco.

-Ya, entiendo. –murmuró Shura, casi divertido por el desenfado con el que los dos hablaban.

-Deberíamos emborracharles a ambos hasta que cayeran inconscientes. Llevarles a casa, y a la cama. Mañana será otro día. –añadió Máscara Mortal, mientras veía fugazmente de uno a otro.

-Bien pensado, señor "escolta personal incompetente". –La mano de Kanon se estrelló contra su nuca.

-Si la hechicera loca se enterase de ese plan, nos veo convertidos en sapos… -Shura hablaba más para si mismo que otra cosa, pero sus dos acompañantes lo escucharon y rompieron en carcajadas.

-Afirmativo. –Kanon estaba de acuerdo.- La hechicera loca puede aparecerse en cualquier momento sin que nos demos cuenta.

-En un momento como este, ¿por ejemplo? –al escuchar la voz de la mujer a sus espaldas, el trío de montaraces sintió un escalofrío que les recorrió de pies a cabeza. Sabían de sobra que si se giraban, el rostro de porcelana de Arien les miraría de vuelta. Tragaron saliva, esbozaron la mejor sonrisa que encontraron, y la enfrentaron.

-¡Arien! ¡Cuánto nos alegramos de verte!

-¿Qué pasó con tu vestido? ¡Me gustaba! –exclamó el chico de Cáncer. La gracia rodó los ojos.

-Lleváis la frase: "Estamos tramando algo", escrita en la frente.

-¡Imaginaciones tuyas, mujer! –Kanon sonaba más relajado que nunca, parecía que todos sus males se le hubieran olvidado.- Aquí, el escolta incompetente y el escolta compulsivo, me hablaban de su maravilloso día y del oro embolsado. –Shura le dio un buen sorbo a su hidromiel, se daba por satisfecho. Esperaba un sobrenombre mucho peor que aquel.- ¿Qué? No me miréis así. ¿Acaso alguno tiene la menor idea de qué les sucede a nuestros príncipes, o qué hicieron desde el fin de las justas?

Silencio. Un prudente silencio se instauró entre los cuatro. Por un momento, ninguno de los tres chicos vio oportuno mencionar que sabían de sobra que las dos mujeres eran el problema entre ellos. Lo que no sabían, era el por qué.

-El escolta incompetente estuvo especialmente incompetente los últimos días. –masculló Ángelo resignado.

-Si, pues… -Arien miró fugazmente de su primo a Saga. Sus ojos se cruzaron apenas una fracción de segundo… pero no había luz en aquella mirada. Arien supo que no había nada que pudiera hacer allí.- Yo en vuestro lugar haría algo antes de que se agarren a golpes en medio de la taberna. –palmeó el hombro de Kanon y Shura, y se dio la vuelta. Abandonó el local tan rápido como había llegado.

-¡Maldición! -Exclamó Shura cuando Aioros se levantó, tambaleante, de su mesa.

-¡Príncipe borracho insoportable en movimiento! –Máscara dejó la jarra abandonada en la barra, y se alejó de ella un par de pasos.- ¡En dirección a la mesa del gemelo sarcástico y magullado!

-Por los dioses. –farfulló el gemelo menor, olvidando por completo cualquier broma anterior.

Se apresuró a llegar a la mesa de sus hermanos antes que Aioros, y se sentó junto a su gemelo. Saga sin embargo no pareció hacerle mucho caso. Estaba serio, si, pero aún así, lucía una sonrisilla burlona en el rostro y no había dejado de mirar al castaño en mudo desafío.

-Buen plan el de la justa… -murmuró, intentando distraerlo.

-Lo se. –lo miró apenas de soslayo.- Fue gratificante, si me preguntas.

-Oh, ya lo creo.

Pero no pudieron continuar. Aioros se dejó caer en la silla que quedaba libre frente a ellos, mientras los demás miraban de uno a otro sin saber cual sería el siguiente movimiento.

-¿No pasaste un buen día? –preguntó el gemelo mayor.

-Al parecer menos divertido que el tuyo, caballero desconocido. –Arrastraba levemente las palabras, y de no ser porque cada vez que lo tenía en frente, se sentía furioso… Saga se habría preocupado de su estado.

-Ya lo creo. –El peliazul dio tragó al hidromiel.- ¿Cómo esta tu princesa elfa? ¿La dejaste abandonada en el Castillo?

Aioros no respondió. Clavó sus ojos en su hermano, y calló. El día había ido bien, más o menos. Había sido llevadero… pero cuando finalmente Yuzuriha se despegó de su lado, se sintió irremediablemente solo. Niamh no estaba allí para reír, ni para entrenar con él. No estaba allí para besarla o abrazarla… y probablemente, nunca más lo estaría. El vestido que su padre la había regalado la hacía ver deslumbrante. Mas, a juzgar por lo que sabía, Arien y Saga no habían intercambiado más que un par de palabras desde que todo aquel lío empezara. ¿Por qué entonces Saga estaba tan relajado? ¡No le entendía! Y en aquel momento, le odiaba tanto como le admiraba.

-Eres un completo imbécil. –espetó. Se sentía solo, irremediablemente solo y enamorado.

-Quizá, pero eso no cambia el hecho de que eres un cobarde. El error es tuyo, pero prefieres desquitarte con mis asuntos.- Aioros continuó con la mirada clavada en él, mientras cada palabra le hería como un puñal.- Vamos dí algo. –Pero no lo dijo.- Piensas en ella, ¿verdad? En los mil y un motivos por los que querrías tenerla aquí, y en lo doloroso que sería verla junto a otro. ¿Me equivoco?

Aioros tomó la primera jarra que encontró y la lanzó. Se estrelló con la pared a espaldas de Saga, que se libró del impacto por bien poco. El castaño apretó los dientes cuando lo escuchó reír.

-Ahí tienes la respuesta que tanto buscabas. –Sin más, Saga se levantó de la silla.

No tenía intención alguna de darle a la gente un triste espectáculo del que hablar. Así que del mismo modo en que llegó, abandonó la taberna con todas las miradas fijas en él. Nadie se atrevió a seguirle, y lo agradeció. Lo que menos quería o necesitaba era más preguntas a las que no quería responder. Nunca antes había sentido a Arien tan lejos… nunca antes había sentido que en cierto modo, eso era lo correcto. Y todo era culpa de Aioros.

-X-

Lo que menos esperaba Pandora, era toparse con uno de los príncipes en mitad de la noche. La ciudad era una maravilla, envuelta en el olor de la carne a la brasa y la cerveza. Los laúdes y las canciones no habían dejado de sonar… pero aún así, era ya madrugada. En Ambar, aquello jamás habría sucedido: un príncipe nunca vagaría en soledad por las callejuelas de la ciudad.

Había sabido que el misterioso participante de las justas, era el mayor de los gemelos: Saga. Kanon había observado todo desde el estrado. Sin embargo, siendo absolutamente iguales, aquellos ojos que la miraban de vuelta, pertenecían al mayor. Simplemente, lo sabía, podía sentirlo.

-¿Qué hacéis solas por aquí? –Preguntó el peliazul. Se encontraban en el extremo más alejado de la ciudadela, a punto de dejar atrás sus murallas, y acurrucarse en el insufrible lecho de paja de su tienda.

-Volvemos a nuestra tienda, mi señor. –Saga ladeó el rostro. Había reconocido sus rostros desde el primer momento.- Una competición excelente la de hoy, lamenté que cayerais en la última ronda.

-Es un juego divertido. –se encogió de hombros.- ¿Estáis seguras de que deseáis volver a vuestra tienda? No es un lugar seguro para dos damas… Puedo encontraros una habitación en los barracones del castillo. Las señoras de todas las casas descansan allí.

-No querríamos molestar, mi señor… -aquella referencia, le provocó cierto desanimo. Prefería ser solamente el desconocido.

-No es una molestia. Acompañadme, y podréis tomar un baño caliente antes de acostaros. –las dos chicas intercambiaron una mirada que significaba demasiadas cosas.- Estaréis mucho más cómodas.

-Gracias, os lo agradecemos de verdad, mi señor. –murmuró Violate esta vez. Saga sonrió.

-Llamadme Saga.

-Ella es mi hermana Ciara. –presentó Pandora.- Y yo soy Arya, de la casa de Papillon.

-Hermosos nombres, para dos lindas damas. Acompañadme.

-Continuará…-

NdA: Heme aquí, en estas soledades. Cof. Cof. Bueno, retomando la historia donde la dejé… debo decir que el capítulo ha sido infinitamente difícil de describir. Las justas me resultaron complejas, aunque sabía bien que quería que sucediera en ellas. Parece que hay mucho de Saga por delante… (Leed este cap con la musiquilla de Benny Hill en mente y vereis… xD) y finalmente, Pandora y Violate se han enamorado de la ciudadela. Espero no haber resultado repetitiva con este asunto.

¡Ah! Hay poquita información útil sobre las justas. El torneo se lleva a cabo en una superficie arenosa rodeada de gradas de madera que se construyen para la ocasión. Según lo que tengo entendido, el recinto en si se denomina "palenque". Y por último, el vencedor de cada enfrentamiento se decide una vez rotas tres lanzas, o en el momento en que uno descabalgue.

Como recordatorio, a los despistados, les recuerdo que "ada" significa papá o padre en élfico. Mientras que "Gil-morë", el nombre del caballo de Saga, es una combinación del élfico Quenya y Sindarín que significa "Estrella Oscura."

Replies anónimos, al profile.

La Dama de las Estrellas