Escena: Las Reliquias de la Muerte


La boda transcurría con total normalidad. Por suerte la novia no se había dado a la fuga ni el novio se había rajado a última hora. La señora Weasley respiraba tranquila, aunque aún tenía un leve tic en el ojo. Su marido le miraba de reojo, agarrando fuertemente la varita oculta en su bolsillo por si tenía que volver a aturdirla por temor a que perdiese los nervios.

Los días previos a la boda habían sido una pesadilla. Si ya de por sí la señora Weasley casi se volvía loca, Fleur no iba a ser menos. Las dos daban órdenes a diestro y siniestro, gritando a aquellos que hacían mal las cosas, generalmente todos.

El día de la boda, tras la ceremonia, todo salía bien, hasta que un reluciente patronus, el de Kingsley, apareció volando. Comunicaba que el Ministerio había caído.

La gente empezó a gritar. Y Molly también.

―Ah, no. ¡Ah, no! ¡Es la boda de mi hijo, maldita sea!

―Molly, cielo, cálmate, ¿quieres? ―suplicaba Arthur.

Pero alguien más se había unido a la señora Weasley. La propia Fleur.

―Ah, no. No peggmitiggé que estggoepen mi boda, jodegg.

―Cariño, tú también cálmate, ¿vale? ―pedía Bill a su esposa.

―¡Callaos! ―gritaron las dos a sus respectivos esposos.

De repente, los mortífagos llegaron, rompiendo la cara vajilla de los padres de Fleur y los adornos de papier-mâché de la señora Weasley. Las dos sacaron sus varitas y comenzaron a maldecir a todo el mundo.

―¡Es mi boda! ―gritaba una.

―¡Es su boda! ―gritaba la otra.

De repente, las dos cayeron aturdidas. Detrás de ellas, Arthur y Bill Weasley tenían las varitas levantadas. Cada uno había aturdido a sus respectivas.

―Así dormirán bien. Por cierto, bien hecho hijo. De tal palo, tal astilla.