Surrender the Grey
Renunciar al Gris
--oOoOoOo--
Por:
Emma Grant
traducido por:
PerlaNegra
Capítulo 13, 1ª Parte
Domingo 21 de enero, 2001
El sol estaba alto en el cielo cuando Draco se despertó. Se sentó muy cuidadosamente esperando sentir una ráfaga de dolor en la frente, tal vez hasta un poco de náuseas.
No sintió nada. De hecho, se sentía bastante bien. La resaca lo golpearía pronto, pensó. A veces le llevaba un rato.
Media hora después salió de la ducha y continuaba sintiéndose bien, lo cual era extraño considerando lo mucho que había bebido la noche anterior. Frunció el ceño ante su reflejo en el espejo del baño y decidió que debería regresar a la cama sólo por si acaso. Salió del baño y casi grita de la sorpresa; una elfina doméstica estaba parada junto a su cama, sonriéndole resplandeciente.
—Buenos días, amo Draco —dijo la elfina sin preocuparse por el hecho de que Draco estaba completamente desnudo—. Mi estar aquí para entregar un mensaje del amo Malfoy.
—¿Cómo me encontraste? —preguntó Draco, escudándose la entrepierna con una mano. No era que le importara lo que pensara la mugrienta criatura, sino que estaba justo a esa altura.
—Ebby ser buena encontrando cosas —respondió la elfina, asintiendo con la cabeza—. Ebby está encontrando al amo Draco para entregar mensaje.
—Un mensaje, claro —dijo Draco, buscando con la mirada por algo con qué cubrirse. Localizó un par de boxers en el suelo, los convocó con un accio sin varita y se los puso—. ¿Cuál es el mensaje?
La elfina se enderezó en toda su estatura y sacó un rollo de pergamino de la nada. Draco lo desenrolló y vio la elegante escritura de su padre.
Draco.
Confío en que hayas encontrado alojamiento apropiado. He mandado a esta elfina para atenderte. Si deseas mandarme un mensaje, ella lo entregará.
Draco hizo una pausa y le echó un vistazo a la elfina. Le estaba sonriendo estúpidamente. Draco no tenía deseos ni necesidad de poseer un elfo doméstico en esas circunstancias… y estaba completamente seguro que la verdadera tarea de la elfina era espiarlo para Lucius.
Pasaré las siguientes dos semanas en la propiedad en el campo de Escocia. Apreciaría tu presencia a cenar a las 7:00 de la noche del viernes.
Saludos,
Lucius.
—¿Tenemos una propiedad en Escocia? —murmuró Draco.
—Oh, sí —chilló la elfina—. ¡Es un castillo grandioso!
Draco enrolló el pergamino de nuevo y le dio a la elfina una severa mirada. —No tengo necesidad de un elfo doméstico aquí. Hay sirvientes muggles.
Los ojos de la elfina saltaron. —¿El amo Draco no desea que Ebby le sirva a él? ¿Asquerosos muggles son mejores sirvientes que un leal elfo doméstico? —Las lágrimas comenzaron a brotar.
Draco rodó los ojos. Los elfos podían ser criaturas un tanto melodramáticas. —Mira a tu alrededor. No hay espacio aquí para ti. Es el cuarto de un hotel.
—Ebby no necesita espacio, señor —sollozó la elfina—. Ebby puede dormir detrás de la taza del baño, en un cesto de basura…
—Cállate, ¿si? —espetó Draco. Tener a un elfo debajo de los pies seguramente estropearía su vida sexual. Quizá eso era precisamente lo que Lucius tenía en mente—. No tendré… —comenzó, pero se detuvo cuando se le ocurrió una idea—. Tengo cosas mucho más importantes para ti, Ebby. Quiero que vayas a la propiedad en el campo y esperes por mí. No permitas que mi padre se entere de que estás ahí. Cuando te necesite, te llamaré.
La elfina resplandeció ante eso. —¡Oh, sí, amo, sí! Ebby irá y se quedará muy callada. Ebby esperará a que el amo Draco le llame.
—Muy bien —dijo Draco, apartándose—. Puedes irte. —Enrolló el pergamino y escuchó a la elfina desaparecer.
Pasó mucho tiempo de la mañana holgazaneando en su habitación. Deshizo su mochila y clasificó la ropa que había traído, decidiendo inmediatamente que tenía que ir de compras lo antes posible. Abrió el sobre que le había llegado con la lechuza del correo la mañana que salió de Nueva York, el cual resultó contener la copia de un artículo académico acerca de un hechizo del que nunca había oído hablar, junto con una nota escrita a mano.
Señor Malfoy.
Espero que esta carta lo encuentre a usted bien. Ayer estuve pensando en nuestra conversación acerca de las diferencias entre la magia negra de Europa y la de América, la cual disfruté enormemente. He anexado el borrador de un artículo que estoy presentando a la Revista Norteamericana de Historia de la Magia Indígena. Tal como le dije a usted cuando nos conocimos el mes pasado, es un tema cargado políticamente, por lo que tengo mis dudas si será o no aceptado. Si usted tiene algún comentario, me encantaría conocerlo.
Mis mejores deseos:
Dra. Guadalupe Gómez-Padilla
Profesora del Departamento de Historia de la Magia Mesoamericana
Universidad de Texas, San Antonio.
Draco leyó el resumen y luego le echó una ojeada al papel. Vagamente recordaba haber conocido a la doctora Padilla en una fiesta en el apartamento de su nuevo supervisor. Había estado demasiado ebrio esa noche, y ella había sido la que había hecho la mayor parte de la conversación. Draco siempre había sido bueno a la hora de agradarle a la gente importante, pero era obvio que debía haberla impresionado bastante para que ella le mandara eso.
El teléfono sonó. Lo miró fijamente antes de responder, preguntándose quién podría estar llamándolo.
—¿Diga?
—Buenos días, señor Malfoy. Habla Jeshira de la recepción. Hay un caballero en el lobby preguntando por usted, señor… un señor Potter.
—Ah —respondió Draco—. Sí.
Hubo una pausa y un ruido susurrante, y entonces Draco escucho la voz de Potter. —Hola. Uh… Parece que anoche intercambiamos los abrigos.
—¿En serio? —preguntó Draco. Echó un vistazo al otro lado de la habitación… en efecto, la chaqueta de cuero de Potter estaba colgando del respaldo de una silla. ¿Cómo había pasado eso?—. Supongo que querrás recuperar tu chaqueta, ¿no?
—Bueno, sí… tiene valor sentimental. En este momento estoy en el lobby. Obviamente. ¿Podrías bajármela?
—Todavía no estoy vestido. ¿Podrías darme un par de minutos?
—Bueno… yo podría subir. Tengo un poco de prisa.
—Seguro —respondió Draco—. Habitación 928.
Colgó el teléfono y cruzó la habitación para levantar la chaqueta. Estaba maltratada y vieja, llena de manchas en los lugares más raros. Draco se preguntó cómo no había notado que se la había llevado consigo en vez de su propio abrigo de lana. —Debo haber estado perdido de borracho —masculló. Todavía mucho más de lo que pensaba.
Se puso la chaqueta y observó su reflejo en el espejo. Le quedaba un poco grande, pero no se le veía mal. El forro se sentía bien sobre su piel desnuda. Se giró para verse de perfil, admirando su reflejo. Se veía muy bien con esa chaqueta. Debía…
Unos golpes en la puerta lo asustaron, y se quitó la chaqueta mientras caminaba para abrirla. Potter estaba parado en el corredor, mirándolo fijamente.
—¿Qué? —preguntó Draco, con la chaqueta en la mano.
Potter la tomó y le pasó a Draco su abrigo de lana. Parecía incómodo. —Lo siento. Pensé que te vestirías antes de que yo llegara aquí.
—Estoy vestido —respondió Draco, echando un vistazo hacia sus bóxers—. Todo lo que legalmente requiere ser cubierto, lo está.
Potter alejó la vista, enrojeciendo. —Te mandé un mensaje esta mañana, pero nunca me respondiste, así que imaginé que podía presentarme así. Lamento el problema.
—No es problema. —Se había olvidado de la caja de mensajes.
Potter se veía un poco pálido. Dobló su chaqueta sobre su brazo y se pasó una mano a través del cabello.
Draco sintió un retorcijón en el estómago. Maldita resaca. —¿La estás sintiendo tú también?
Potter levantó la vista hacia él. —¿Qué?
—Creo que anoche bebí mucho —dijo Draco, inclinándose contra el marco de la puerta—. Espero no haberme comportado como un completo idiota.
Potter se encogió de hombros. —No lo hiciste. Y yo estoy bien. Fueron sólo un par de cervezas.
Draco frunció el ceño. ¿Sí era un peso ligero después de todo? Bajó la vista hacia la chaqueta de cuero que colgaba del brazo de Potter. —Bueno, como sea, siento lo de la chaqueta. ¿Dices que tiene valor sentimental? Parece vieja.
—Era de mi… —comenzó Potter, y entonces dudó—. Perteneció a alguien que conocí.
—Ah. —Draco trazó toda una lista de posibilidades en su mente.
Potter se alejó un paso de la puerta. —Debo irme. ¿Te veo mañana?
—Seguro. ¿Vas a pasar de nuevo por mí?
—Oh, casi lo olvido —dijo Potter, rebuscándose en un bolsillo y sacando algo que parecía ser una tarjeta de presentación muggle. En la parte superior tenía escritas las palabras ¡Encuéntralo Rápido! Se la dio a Draco. —Está encantada para darte las señas. Sólo dale un golpe con tu varita, di "ayuda" y ella te dirá qué camino debes tomar.
—Creí que la oficina era inubicable.
—Lo es. Esto te llevará al pub que está en la misma calle. Confío en que podrás encontrar el camino a partir de ahí, ¿no? —Con eso, se giró y caminó por el pasillo, poniéndose su chaqueta mientras lo hacía.
Draco lo miró alejarse. El tío lucía completamente bien en vaqueros. Qué lástima que fuera heterosexual.
La semana que siguió, establecieron una rutina.
Draco se presentaba justo a las 10:00 en punto todas las mañanas, a la hora que le habían dicho comenzaban a trabajar… pero usualmente ya encontraba a Potter y a Weasley trabajando. La tarjeta Encuéntralo Rápido probó ser de utilidad aunque fastidiosa, con sus regaños de ¡Tu OTRA izquierda! ¡No, no, gírate hacia el otro lado! Draco estaba ansiando el momento en que pudiera romperla en mil pedazos una vez que se hubiera aprendido el camino.
El lunes, había llegado a la oficina con un plan. No era nada terriblemente sofisticado, sino algo que simplemente había pensado mientras andaba de compras el domingo por la tarde, pero Potter y Weasley parecían más que felices de pasar horas hablando de él. Al final, decidieron que era irrealizable, pero Draco estuvo contento de que hubieran tomado su sugerencia en serio.
De hecho, Draco se había sentido bienvenido en casi todas las maneras posibles. Había estado esperando cierto nivel de tensión entre ellos, pero sencillamente no existía tal. Weasley y Potter habían aceptado su presencia como si se trataran de viejos amigos. Lo cual no eran, por supuesto… pero Draco no veía ninguna importancia en analizar eso.
Tenían un horario corto, trabajando de 10:00 a 12:00 en la mañana, tomando un largo almuerzo y finalizando alrededor de las 5:00 de la tarde. Las mañanas las pasaban analizando y pensando diferentes ideas, y las tardes las empleaban en realizar investigaciones de manera individual.
Weasley y Potter usualmente corrían un largo rato a la hora de almorzar. El primer día habían invitado a Draco, pero él había tenido la impresión que lo habían hecho sólo por cortesía. De todas maneras, a Draco no le gustaba dárselas de atleta; él pasaba sus descansos haciendo compras o tomándose un café en la cafetería que estaba al otro lado de la esquina. Todos habían acordado que lo mejor era que su presencia permaneciera lo más discreta posible, así que Draco conjuraba encantamientos glamour en él mismo antes de salir… algo que encontraba entretenido, por decir lo menos.
Para el miércoles, Draco comenzó a preguntarse cuán seriamente Potter y Weasley estaban tomando su completa misión. Parecían tener muy pocos avances, a pesar del hecho de que estaban siempre en la oficina y trabajaban antes de que él llegara cada mañana. Estaban simplemente estudiando algo que habían planeado ese día, decían, pero a ninguno de los dos se le ocurrían ideas mejores que al propio Draco. Casi parecía como si no les preocupara en lo más mínimo la manera en que todo eso iba a llevarse a cabo.
Draco salió con Potter a cenar todas las noches de esa semana. El miércoles, Weasley fue a tomarse una copa con ellos antes de irse a casa, pero las otras noches fueron sólo los dos. Cada vez, Draco bebía un poco más de lo que era prudente, y cada vez, se encontraba mirando a Potter a los ojos como una colegiala enamorada.
Afortunadamente, Potter era demasiado corto de luces para darse cuenta. Hablaban de muchas cosas, aunque ambos evitaban todo lo relacionado con sus últimos años en la escuela. Ninguno de los dos hablaba tampoco de su vida personal, lo que estaba bien para Draco.
Comenzó a entretenerse al coquetear con Potter de maneras sutiles. La mayor parte de esos flirteos sucedían cuando estaban a solas: comentarios discretamente sugerentes, un roce de brazos, un toque que no era estrictamente necesario. Para el final de la semana, Draco se había vuelto lo suficientemente osado como para juntar su muslo contra el de Potter bajo la mesa mientras trabajaban con Weasley.
No estaba seguro si Potter entendía o no qué era lo que estaba sucediendo, pero parecía disfrutar la atención que Draco le brindaba. Y hasta en su propia manera Potter le correspondía los coqueteos, lo que le daba a Draco un montón de material para fantasías masturbatorias. Lo más sorprendente de todo era que Potter parecía gozar de la compañía de Draco. Y la noche del jueves, después de cuatro pintas de Stella, Draco tuvo suficiente valor líquido como para preguntárselo.
—¿Por qué has sido tan amable conmigo toda la semana? No es que me esté quejando, pero…
Potter se encogió de hombros. —¿Por qué no habría de serlo? No te pedí que vinieras desde tan lejos sólo para poder abusar de ti.
—Tal vez a mí me gusta que abusen de mí —respondió Draco con un guiño. Potter bufó y tomó un sorbo de su cerveza—. Pero estoy hablando en serio. ¿Por qué me pediste que viniera?
—Pensamos que eras el único en quien podíamos confiar. —Potter miraba fijamente su vaso. Era difícil decirlo con la luz tan tenue del pub, pero podría haber estado sonrojado.
—¿Por el año de entrenamiento de auror que pasamos juntos?
Potter asintió. —Lucius quería a uno de los suyos. Contigo, al menos estábamos seguros de que eras alguien con quien podríamos lidiar.
Draco frunció el ceño, no muy seguro si tomarse aquel comentario como una ofensa o no. —Pero eso no explica por qué has estado pasando el tiempo conmigo toda esta semana. Seguramente tienes amigos que has rechazado todas las noches por ir a cenar conmigo.
—En realidad, no. Desde que salimos de la escuela, solamente tengo a Ron y a Hermione. Y ellos siempre se han tenido el uno al otro. Y ahora, tienen a sus gemelos, así que…
—Supongo que hablarán de eso todo el tiempo.
Potter asintió antes de soltar una extraña risotada. —Debo parecer tan patético, ¿no? No es tan malo como eso, pero sí. Son tan pocas las descripciones de lo mal que huelen los pañales matutinos que puedo soportar antes de desear estrangular a Ron.
Fue en ese momento cuando Draco finalmente admitió ante él mismo que estaba loco por Potter.
Viernes 26 de enero, 2001
—Bowtruckle —le dijo Draco a la puerta de la verdulería abandonada antes de pasar a través de ella. La tienda estaba vacía; Potter y Weasley todavía no debían haber llegado de su carrera diaria.
Draco se acomodó detrás de su escritorio y sacó un libro de su bolso. Después de un rápido almuerzo se había dirigido a la Biblioteca de Magia de Londres al haberse dado cuenta esa misma mañana que Weasley tenía membresía, cortesía de su esposa. El carné hasta lucía bien empleado, para sorpresa de Draco.
Acababa de comenzar a tomar notas de un capítulo acerca de hechizos de entrampamiento chinos, cuando Potter y Weasley entraron por la puerta tapiada, jadeando. Draco frunció el ceño ante su apariencia; normalmente ellos regresaban y se cambiaban antes de que él volviera de su almuerzo, por lo que no los había visto antes sudando tan profusamente.
—Estoy muriendo de hambre —dijo Weasley, caminando hacia su escritorio—. ¿Qué nos trajiste para comer, Malfoy?
—Puedes comerme a mí —bromeó Draco, y sonrió ampliamente cuando Weasley le hizo una seña con un dedo.
—No hay respeto —dijo Weasley con la voz llena de fingida exasperación. Se rió y se sacó la camisa por encima de la cabeza… y Draco no pudo evitar mirar fijamente debido a la sorpresa. Weasley tenía una figura espectacular, ancho de hombros y con una pizca de vello rojo en su musculoso pecho.
Y entonces, Weasley se desprendió del resto de su ropa de deporte, justo ahí en medio de la oficina. Draco sintió cómo la sonrisa sarcástica que tenía en la cara se desvanecía. Trató de no mirar, pero no podía evitarlo, especialmente cuando Weasley se giró de frente a él. El hombre la tenía enorme.
Draco escuchó el sonido de algo que se quebraba entre sus dedos y se dio cuenta que había presionado tanto su pluma contra el pergamino que había roto la punta. Encontró su varita y conjuró un reparo no verbal, sintiendo cómo se sonrojaba. Le echó un vistazo a Potter, esperando que no lo hubiera atrapado mirando.
Potter también se estaba quitando su camiseta, pero había hecho una pausa en medio de su desnudamiento para mirar a Weasley. Draco parpadeó… ¿estaba viendo cosas o Potter estaba observando el culo de Weasley? Potter reparó en la mirada de Draco y se giró, con las mejillas mucho más sonrosadas de lo que las había tenido un momento antes.
Vaya, pensó Draco. Qué interesante. Dejó que sus ojos se pasearan en la silueta de Potter. Era más pequeño que Weasley, pero continuaba siendo mucho más musculoso de lo que Draco hubiera adivinado. Potter se bajó sus pantalones de deporte y Draco no pudo evitar soltar un resoplido ante la vista de su trasero desnudo.
Weasley y Potter se giraron a verlo.
—¿Esto tiene pinta de ser un vestidor? Espero que ustedes dos conozcan algunos hechizos de ducha. —Regresó su atención al libro, y un segundo después fue golpeado en la nuca por un par de calzoncillos empapados de sudor.
Sin girarse, Draco hizo una seña obscena por encima de su hombro y escuchó la risa de Weasley y Potter. Sonrió.
Lucius le había mandado la dirección de la "propiedad en el campo" junto con Ebby en respuesta al pedido de Draco. A las 6:45 se apareció en un punto justo afuera del pueblo de Maybole, el cual había localizado en un mapa que el conserje del hotel le había obtenido de Internet, y se encontró de pie al final de un largo camino que ondulaba alrededor de una colina hasta el castillo. El aire era húmedo y frío, y el cielo estaba ya oscuro, por lo que se apareció lo más cerca que las protecciones se lo permitieron. Subió la escalinata de piedra y vaciló ante la enorme puerta ornamentada, inseguro si debía golpear o no.
Abrió la puerta y entró a un amplio pasillo de entrada, casi tan grande como el lobby de un hotel. Era tan diferente al hogar de su niñez, que Draco pasó un momento observando con conmoción. Había tapices y pinturas en las paredes, pero era claro que eran de variedad muggle. El mobiliario parecía pertenecer a diferentes estilos; no habían consultado a un decorador. Era sorprendentemente soez.
—Buenas noches —escuchó, y se giró para ver a su padre parado bajo el umbral de una puerta. Lucius estaba vestido con elegantes túnicas y traía su largo cabello atado con una coleta detrás de la nuca.
Draco enderezó su postura sin pensarlo. —Padre —dijo, inclinando la cabeza.
—Estamos esperando por ti en el salón.
Lucius se volvió y se introdujo por otra puerta. Draco lo siguió, ya preguntándose quiénes serían las otras personas.
Sentados en sillas barrocas mal emparejadas alrededor de la chimenea, estaban dos magos que Draco reconoció en seguida: Snape y Avery. Saludaron a Draco con una inclinación de cabeza cuando entró, pero no se pusieron de pie.
—Caballeros —dijo Draco, deteniéndose ante ellos y haciéndoles una ligera reverencia.
Snape asintió en respuesta, pero Avery sólo miró fijamente a Draco con sus oscuros ojos entrecerrados.
—¿Brandy? —preguntó Lucius, agitando su varita hacia una licorera que estaba encima de la chimenea. Draco se encontró con una copa en su mano antes de que tuviera oportunidad de responder. Lucius volvió a agitar su varita y la puerta de la licorera se cerró. Señaló hacia una silla que acababa de aparecer junto a la de Snape—. Ponte cómodo, Draco. Tenemos mucho qué discutir.
Eran casi las 11:00 cuando Draco se apareció directamente en la habitación de su hotel. Se sacó la túnica, se cambió la ropa por un atuendo más casual y salió a toda prisa del cuarto. Después de días de estar insistiéndole, Potter finalmente había aceptado acompañarlo a un club, y habían planeado verse esa noche alrededor de las once. Draco no había esperado que la cena con su padre demorara tanto.
Tampoco había esperado que tuviera otros invitados. Snape y Avery eran sólo dos de todo un grupo de Mortífagos que estaban conspirando junto con Lucius para derrocar al Señor Oscuro; un concepto que hacía que la cabeza de Draco le doliera tan sólo de pensarlo. Había escuchado cuidadosamente mientras ellos explicaban cómo habían llegado hasta ese punto, cómo el comportamiento del Señor Oscuro se había vuelto cada vez más errático los últimos dos años, cómo se había puesto cada vez más débil físicamente los últimos seis meses. Voldemort siempre había liderado debido a la intimidación y el miedo, pero en ese momento su ira era impredecible e irracional. Draco dedujo a partir de la conversación, que su padre había sido víctima de uno de esos incidentes.
Lo habían presionado para que revelara detalles de los planes de Potter, y teniendo a Lucius y a Snape ahí, le fue imposible mentir. Les había dicho que todavía no tenían un plan, pero que los tres estaban trabajando en eso todos los días. Respuesta que no satisfizo a ninguno de ellos, y Draco había salido de ahí temblando y mucho más preocupado acerca del problema en el que se había metido. Weasley y Potter apenas parecían estar tomando eso con seriedad, y esa última semana Draco se había contagiado de su actitud despreocupada. Casi había olvidado qué era contra lo que se estaban enfrentando, y no podía darse el lujo de hacerlo de nuevo.
Eran exactamente las 11:00 cuando cerró su puerta para bajar a toda prisa hacia el lobby, con su abrigo en la mano. En el ascensor, convocó un hechizo sobre su pelo después de espantarse al ver su imagen en el espejo, y salió esperando ver a Potter ahí aguardando por él.
El lobby estaba lleno de gente sentada alrededor del piano bar, tomando bebidas y charlando… pero Potter no estaba a la vista. Draco se sintió ligeramente aliviado; prefería que fueran otros los que llegaran tarde y no él, por supuesto. Se acomodó en una silla dispuesto a esperar.
Diez minutos después, le ordenó un trago a un camarero que pasó por ahí. Veinte minutos después, su copa estaba vacía… y aparentemente, él había sido plantado. Esperó unos pocos minutos más hasta que su reloj indicó las 11:30, y entonces caminó hacia la puerta trasera y bajó a la estación del metro.
A la mierda Potter, pensó mientras se paraba en la plataforma a esperar por el tren a Bakerloo. Seguramente Potter ni siquiera había querido salir con él en primer lugar y sólo había accedido para que así Draco dejara de hablar al respecto. Gruñó todo el camino hasta la estación Picadilly Circus, luego miró con el ceño fruncido al enjambre de muggles borrachos que lo empujaron en el corredor mientras se dirigía a la fila para tomar el tren Picadilly. Como fuera, no tenía idea de porqué había esperado que Potter se presentara. Draco le había prometido llevarlo a uno de los clubes de baile en Leicester Square, confiando que Potter atrajera alguna chica muggle y se la llevara hasta el baño para un rápido magreo. Después de todo, no había sido como si pensara llevarlo a un club gay.
Finalmente emergió a la avenida Charing Cross Road y se dirigió hacia Soho. Sorpresivamente, la escena de los clubes habían cambiado poco desde hacía diez años, y pronto Draco encontró un lugar que lucía prometedor. Pasó frente al portero con una sonrisa encantadora y emprendió camino hacia la barra.
En menos de quince minutos, encontró lo que estaba buscando: un joven de piel pálida y cabello oscuro, bailando con un grupo de amigos. Draco se terminó su bebida y se dirigió hacia él.
Siempre había creído que le resultaba ridículamente fácil ligar. Nunca se había considerado particularmente bien parecido, pero había aprendido que la seguridad era mucho más importante que la apariencia.
Media hora y varias bebidas después, el chico y él estaban en un taxi dirigiéndose de regreso hacia el Hilton.
Sábado 27 de enero, 2001
Draco estaba teniendo un extrañamente erótico sueño con lechuzas cuando despertó. Parpadeó hacia el techo durante un momento antes de darse cuenta que alguien estaba golpeando la puerta. Gimió… debió haber olvidado poner el letrero de "No molestar". Se sentó y haciendo bizcos, miró el reloj que estaba en la mesita de noche. Frunció el ceño. Era muy temprano para la limpieza de la habitación.
El sonido de golpeteo se volvió a escuchar otra vez. Draco se quitó el cobertor de encima y se paró, inspeccionando el cuarto. El chico que había traído continuaba durmiendo; en ese momento sólo su cabello era visible debajo del cobertor. Resultó que había sido exactamente lo que Draco necesitaba: joven, sexy, ardiente y prácticamente insaciable. Draco se había corrido tres veces antes de convencer al chico que lo dejara dormir.
Los golpes en la puerta se convirtieron en aporreo, y Draco cruzó la habitación hasta ella. —¿Qué? —gritó—. Es jodidamente temprano.
—¿Malfoy? —escuchó. Era Potter.
Draco se sorprendió cuando el enojo que había sentido la noche anterior regresó con todas sus fuerzas. Alzó el pestillo y abrió la puerta para ver a Potter parado ahí, luciendo un poco despeinado.
—¿Qué diablos quieres? —espetó Draco.
Una pareja que pasaba por ahí miró a Draco de manera extrañada.
Potter les echó un vistazo y luego regresó sus ojos a Draco. —¿Puedo entrar?
—No —le dijo Draco. Dudó un momento antes de añadir—: Tengo compañía.
—Lo que explicaría porqué no tienes ropa puesta —replicó Potter, desviando de nuevo la mirada.
Draco sintió que el rubor cubría todo su cuerpo. Estaba completamente desnudo… en su furia, ni siquiera lo había notado. Se internó en su cuarto y buscó una toalla dentro del baño. Para cuando se había envuelto la toalla alrededor de la cintura, Potter había entrado a la habitación y cerrado la puerta detrás de él.
—Mira —comenzó Potter—, acerca de anoche…
—Me importa un carajo qué fue lo que pasó anoche. No es la gran cosa. Salí a divertirme por mi cuenta.
—Lo siento, ¿de acuerdo? Estuve ocupado con… con algo más y…
—Disculpa. —Draco se giró a mirar al chico de cabello oscuro del club, parado detrás de él—. ¿Puedo usar tu baño, por favor?
Draco dio un paso atrás y el chico se deslizó entre ellos. También iba desnudo… y estaba bastante bueno, como Draco no pudo evitar notar mientras pasaba junto a él. Había estado oscuro durante la mayor parte de sus actividades de la noche anterior. La puerta del baño se cerró y Draco miró de nuevo hacia Potter.
Éste estaba mirando fijamente la puerta cerrada con una expresión de conmoción en la cara. Draco lo observó durante un momento antes de suspirar y rascarse la nuca. Así que Potter no lo sabía. Vaya manera endemoniada de enterarse.
—Tal como te lo dije, tengo compañía. —Draco hizo una seña hacia la puerta del baño.
Potter abrió la boca pero no dijo nada. Continuó observando la puerta durante unos segundos más y entonces se giró hacia Draco. Lucía completamente aturrullado. —Eh…
Escucharon el sonido del agua del inodoro y la puerta del baño se abrió otra vez. El chico los miró a ambos, deteniendo sus ojos un poco más en la cara de Potter. —Ya me estoy yendo —dijo y volvió a escurrirse entre los dos, desapareciendo al otro lado de la esquina.
Potter sacudió la cabeza como si quisiera aclarársela. —Lo siento… He llegado en un pésimo momento. Yo… regresaré más tarde.
—Seguro, como sea —respondió Draco. Trató de sonar despreocupado, pero dudaba que Potter se hubiera perdido la frialdad en su tono.
Sin embargo, Potter no hizo ningún intento por irse. Parecía haber echado raíces en el lugar. —Sólo quería decirte que lo sentía. No creí que… quiero decir…
Draco gimió. —Vamos a poner las cartas sobre la mesa, ¿si? —Se giró hacia el chico del club, que estaba poniéndose sus zapatos en ese momento—. Me lo ligué anoche, lo traje aquí y follamos hasta altas horas de la madrugada. Eso es lo que yo hago, ¿de acuerdo? Siento mucho si lo encuentras demasiado impactante.
El chico trató de escabullirse a un lado de Draco en su camino hacia la puerta, pero Draco tiró de él y lo besó. —Gracias —le dijo.
—Cuando quieras —respondió el chico con una enorme sonrisa, la cual se desvaneció de su cara cuando vio la expresión de Potter—. Fue sólo un polvo, ¿de acuerdo? —dijo, alejándose—. Ahora es todo tuyo. —Potter lo miró boquiabierto en respuesta. El chico lo rodeó para evitarlo y abrió la puerta.
Draco y Potter brincaron cuando la puerta se cerró de un golpe.
—Es que… no sabía que eras gay —dijo Potter. Parecía confundido.
—Siempre fuiste tan lento. No es buen presagio para la misión que estamos tratando de completar.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—¿Por qué no me lo preguntaste, si es tan importante? ¿Se supone que debo traer un gafete anunciándolo, o qué? ¡Hola, soy un maricón! —Potter lucía extremadamente trastornado, y Draco sintió que el alma se le caía a los pies. Suspiró—. Mira, si te molesta tanto, no volveré a mencionarlo. Y si tú no irrumpieras en mi cuarto en horas inapropiadas, no verías nada desagradable.
—No es eso —dijo Potter, presionándose la frente con una mano—. Es que… pensé que… Oh, diablos, no importa.
—No, creo que sí importa. Si tienes problemas con que yo sea gay, sólo dilo.
—No tengo problemas con eso —dijo Potter, sonando casi cansado—. No es eso, en absoluto. No importa. —Hizo un gesto de impotencia y se giró hacia la puerta—. Lamento haberte importunado. Y lamento lo que pasó anoche. —Abrió la puerta y salió por ella. Volteó de nuevo hacia Draco mientras parecía armarse de valor—. ¿Supongo que no me permitirás compensarte?
Draco parpadeó. —¿Qué quieres decir?
—¿Vamos a cenar? Y si todavía quieres llevarme a bailar… bueno, te lo debo.
Draco no estaba seguro de qué decir al respecto, así que sólo asintió en respuesta.
—Mándame una nota haciéndome saber la hora. —Potter desapareció por el corredor, dejando a Draco sintiéndose extrañamente vacío.
Gracias por leer! Y más gracias por comentar! (no olviden que Emma también viene de vez en cuando a leer sus comentarios, díganle lo que piensan de su historia, se lo merece! Verdad?) ;)
