Capítulo 25 Hogar dulce hogar
Abril apenas se amanece. Despierta sentimientos en la tierra. Despierta al agua. Despierta al viento. Despierta al sol. Despierta los cimientos de sueños profundos enterrados en la nieve. Deshielo ya olvidado. Cenizas de frío témpano. Amanecer de brisa fresca. Abril y fantasea Mayo.
Todos los tonos de verdes se solidifican. Se entremezclan. Grava y madreselva. Césped y bosques. Orillas y caudales. Cielo y tierra. Tormenta y arco iris. Amanecer y vuelta amanecer. De sol a sol, vive Abril. De nube en nube, reposa Abril. De lluvia en tormenta, descarga Abril. Cabalga brioso, días de furia y pastorea manso, en sendos campos de pastizales tiernos. Atraviesa ríos y empapa todo a su camino.
Es Abril y es magia natural en toda su esencia. Abril comienza en su semana de vacaciones. Hogwarts es Abril cuando los alumnos regresan. Cuando se llene de anécdotas, de fotografías. Cuando las risas resuenen y calienten sus paredes de corazones jóvenes, más fuertes que los rayos del sol.
Hogwarts aun está dormido. Duerme mientras todos se van en el expreso rumbo a Londres. Duerme mientras otros se quedan durmiendo y aunque intenten despertar la furia del corazón del castillo, no lograran hacerlo. Hogwarts se mece despacio, se mece en una canción de cuna que nadie recuerda, que nadie escucha.
Todos se van. Los que quedan, también parecen irse en ese tren.
El paisaje se desdibuja a esa velocidad. Imágenes de líneas verdes y colores tierra se entremezclan. Rápido, todo parece borroso. Quizá es Mary que mira con ojos empañados el recuerdo de la silueta de un castillo que ya no se ve. Quizá es James que no presta atención a lo que pasa allá afuera, porque su vista se nubla cuando Lily se interpone en ella y todo alrededor carece de sentido. Quizá es Peter que mira por la ventana de ese tren, buscando una señal y allí afuera todo se ve mal. Vertiginoso y desenfocado, como él se encuentra. Todo se desfigura cuando el tren alcanza su velocidad máxima y el viaje se desata sobre rieles y silbidos de una maquinaria antigua, mágica.
— Entonces, Rose y Albert Evans, Petunia y Vernon — Repite James mientras come unas píldoras ácidas para hacer algo con sus manos y aplacar el nerviosismo. — ¿Son religiosos? —Pregunta de repente, recordando el motivo de esas vacaciones
— No, mis padres son gente de ciencia. Mamá es profesora en una universidad de Londres, es antropóloga. Papá es médico trabaja en una clínica. — James trata de recordar esa información para poder tener una charla razonable con sus futuros suegros — Vamos, no te preocupes, le caerás muy bien a mis padres. Solo trata de no hacerle caso a mi hermana. Pero no te preocupes, ellos solo estarán durante el fin de semana.
James se relaja en su asiento y masculla un "de acuerdo" y conversa con Peter tratando de animarlo prometiéndole cartas. Lily observa cómo James, pese a su nerviosismo que lo oculta bastante bien, ha cambiado de humor. Sabe que ese cambio se debe desde que Black apareció y volvió a hablarle, más que a perdonarle a olvidarlo todo y seguir. James está contento y no deja de sonreír. Esa influencia que causa en él.
Alice está sentada a su lado y comienzan una conversación animada sobre lo que harán en las vacaciones. Joan está en otro vagón con chicas de Hufflepuff y Ravenclaw comentando chismes. Mary está en el compartimento con Paul y sus amigos.
Algunos perfilan vacaciones esperanzadoras. Unos desean descansar, otros no dormir nunca. Otros quieren ver salir el sol. Otros desean días en penumbras. Vacaciones y todo es posible.
Hogwarts y la niebla se dispersa al llegar el mediodía. El lago negro apenas sigue emanando ese vapor matinal que asciende y se pierde en el ambiente.
Los alumnos mayores que quedan en el colegio tienen permiso para visitar Hogsmeade hasta antes de que caiga la noche.
Katherine está en su cuarto observando las camas vacías y el desorden que suelen dejar sus amigas cuando se van del castillo.
Pone un poco de orden y busca la pequeña radio que era de Lily y un día se la adueñaron todas perdiendo nombre y apellido. Esa radio que solían poner años atrás, sobre el alfeizar de la ventana para sintonizar frecuencias muggles. Joan conocía las estaciones de radio mágicas y solían alternar los programas.
Busca girando la perilla ese programa de los clásicos de ayer y hoy que lo conduce Antony Bullet.
La música inunda la habitación y Katherine comienza a recoger todos los libros que debe devolver a la biblioteca. Toma uno que cree que es de Mary, y recostándose en su cama, se dispone a ojearlo.
Cuando se quita el abrigo, mete su mano en el bolsillo del saco para sacar su cigarrera. Allí encontró algo más que una caja de metal rectangular. Un papel, doblado perfectamente en cuatro partes. Letra cursiva prolija. "Mary", dijo en voz alta y recordó aquello.
Dejó a Roger Waters sonando en la habitación y salió cerrando la puerta.
Anochece en Londres pero aun sale el sol en el andén mágico 9 ¾ de la estación de trenes King's cross. Alumnos del colegio Hogwarts bajan con sus equipajes y jaulas de mascotas mientras padres y familiares los reciben dichosos. Las vacaciones ya comenzaron, se palpan cuando Londres inmensa se presenta ante ellos. Vacaciones y Londres, dos palabras que podrían ser sinónimas. Ambas nunca duermen, ambas no tienen horarios ni sentido. Son trasnochadoras, son sin límites. Son libres y siempre parecen querer más.
Alice corre a los brazos de Frank que la alza separándola del suelo y giran en un beso largo y algo tosco. Respirando y midiéndose mientras sus corazones se acallan, se besan más despacio sin apuro, sin ese empujón desmedido de la emoción de volverse a ver.
Alice no se desprende de su lado cuando se despiden de Lily, James, sus amigas y compañeros del colegio.
Frank le da la mano a Potter en un fuerte apretón en señal de aprobación por el noviazgo con Lily Evans. La pelirroja sonríe extasiada y Alice sonríe aun más ampliamente. La vida pareciera resurgir cuando esa chica, de pelo corto y ojos vivaces y grandes, está junto a Frank Longbottom.
Los recién casados se desaparecen conjuntamente para llegar a Edimburgo sin demoras. No hay tiempo que perder ni mucho menos que desperdiciar.
James se despide de Peter y de su madre que ha venido a buscarlo mientras les comenta que deben hacer unas compras en el centro. Peter resopla algo inteligible y se despide de ambos, deseándoles buenas vacaciones. Lily trata de animarlo, "vamos Gus, no te desanimes, pronto se volverán a ver" y le besa en la mejilla mientras le sigue sonriendo. A Peter el beso le toma desprevenido y lo siente cálido, maternal, afectivo.
James y su novia van caminando hasta Charing Cross Road donde se encuentra el caldero chorreante. Ingresan al callejón Diagon, hacen unas compras, James va Gringotts y cambia dinero mágico por libras esterlinas. Compra un vino y dice: "Remus, me dio la idea". Lily se ríe en esa risa fresca y James le roba un beso. Una ventisca se levanta mientras ellos recorren la larga calle atestada de tiendas mágicas. Ellos llevan ropa muggle, el pelo revuelto y un beso robado que se vuelve profundo. Se miran a los ojos y no hay lugar para las dudas. James comparte un momento común, ordinario, normal, que se vuelve espectacular porque está con ella. Lo que siempre soñó. Se siente afortunado y se tranquiliza cuando ella asegura que lo seguirá queriendo pese si su familia le cae mal. Se ríe y James pone esa expresión aterradora por la idea de no ser aceptado y ella le dice que eso no va a suceder, pero ¿Qué importa? Mientras ella lo quiera, habrá esperanza en el mundo. Mientras ella siga sonriendo, nunca habrá un final en esa vida. Le gustaría que suene una canción en estos momentos pero no podría elegir una. Quizá debería inventarla. Quizá la letra diría solo: Lily, y con eso bastaría para ser la canción del momento. Se toman de la mano y se dirigen a la estación London Charing Cross, allí deben tomar un tren hasta el condado de Kent y esa estación es una de las únicas con destino al sureste de Inglaterra. La estación está llena de resoplidos de trenes que llegan y se van, de vapores que ascienden en cantidades, algunos más leves en espirales.
La familia Evans vive en Maidstone en un barrio pintoresco cerca del río Medway, un bonito lugar para vivir a menos de una hora del gran centro londinense.
— Vivimos en un barrio muggle, no podemos aparecernos en el porche ni en el jardín. Debemos seguir viajando — Explica Lily que está acostumbrada a tomar ese tren que la lleva desde Londres a su casa, apenas una hora y cuarto de viaje.
A James la idea de estar un poco más a solas con ella, le encanta. Compran los pasajes y se sientan juntos en un vagón del medio. Frente a ellos, se sienta una señora mayor que lee un libro.
James se acomoda en su hombro y se llena de Lily durante todo el viaje. Caricias y conversaciones aisladas, besos de a momentos, risas medidas y miradas en los silencios.
Llegar a Edimburgo es llegar a la ciudad que te da la bienvenida. No es su ciudad natal, no creció allí, no vivió nunca allí, pero sabe que su vida podría empezar a escribirse desde el día en que pisó su tierra y su mano se ceñía fuerte con la de Frank.
La mansión Longbottom se alza ante ellos. Las puertas dobles principales se abren para darles la entrada a la pareja. Augusta preside al grupo de elfos, con su hermano Algie y su esposa Enid.
El padre de Frank hace años que falleció y desde ese día, su hermano se mudó junto a ella para vivir cerca y hacerse mutua compañía.
Les dan una calurosa bienvenida, mientras ingresan al salón y conversan sobre el viaje. Augusta les da órdenes a los tres elfos sobre la cena de esa noche.
— Alice, tus padres han enviado parte de tus cosas. Kinkey las ha colocado en su habitación.
— Gracias, Augusta — Dice Alice con cierto tinte amargo en su voz. Le hubiese gustado ir a buscarlas ella misma a su propia casa. Augusta le da órdenes a los elfos de llevar el equipaje arriba pero Frank se adelanta.
— Si me disculpan — Dice Alice a su suegra, a tío Algie y tía Enid — Voy a darme un baño y cambiarme de ropa, el viaje ha sido largo.
— Claro, querida, ve. La cena estará lista en una hora a más tardar.
Alice y Frank desaparecen escaleras arriba mientras su madre los observa subir.
La casa es de estilo victoriano, con una escalera principal de escalones y barandal de mármol. Sus paredes revestidas en madera decoradas por cuadros que se mueven, de antiguos miembros de la familia.
Cuando entran a su habitación, Frank deja el equipaje de su esposa a un lado. Hay un baúl apartado donde debe haber ropa, fotos, libros, recuerdos y cosas importantes de Alice, de la vieja Alice Smith.
El cuarto es espacioso y tiene un balcón que da al jardín. Encienden las luces, porque ya es de noche y el sol se está poniendo. Alice observa el jardín desde los largos ventanales y recuerda cuando se hicieron marido y mujer sobre ese césped, bajo ese cielo de Edimburgo. Ahí mismo.
Frank se acerca hacia ella y la abraza por detrás, envolviéndola con sus brazos.
— No sabes cuánto te extrañé — Dice él en su nuca desnuda. Su cabello brilloso y oscuro reluce cuando se mece a causa de sus dedos que se entierran en él. Alice siente escalofríos de ansiedad, de pasión.
— Puedo darme una idea pero podrías demostrármelo — Dice ella dándose vuelta poniéndose frente a él y besando sus labios. Alice lo conduce, entre besos y abrazos, hacia el baño.
El tren sale desde la estación Charing Cross del corazón de Londres y se dirige al sureste de Inglaterra. Kent es un condado de tierra fértil donde los jardines son esplendorosos y la agricultura se ve favorecida enormemente.
Cuando llegan a Maidstone es la hora de la cena. La ciudad es pintoresca y por ser la capital del distrito tiene una densidad poblacional considerable. Toman un Black cab, un taxi, que los deja frente a la casa de los Evans.
Una casa blanca, con flores y plantas en el porche presidido por una cerca. La madre de Lily ha de ser muy buena jardinera porque el jardín da fe de tener una buena mano al cuidado. La casa tiene dos pisos. Puerta, ventanas y tejado de color azul. La morada en toda su extensión es acogedora. Dan ganas de vivir ahí. Prolija, cuidada, limpia en exceso. No pareciera que ningún gnomo osase a asomar su nariz por allí. Por la ventana se vislumbra movimiento dentro. Las luces encendidas y música muggle suena lento.
Lily Evans sonríe feliz de estar en su hogar. Le toma la mano a James y caminan por el caminito de piedra atravesando la verja.
Los señores Evans los esperaban impacientes y en cuanto el timbre sonó suave una vez, ambos se presentaron en el umbral. Dieron una bienvenida alegre, dando besos calurosos y apretones de manos con sonrisas en las caras. "Un placer, mucho gusto" y demás formalidades. Los dos jóvenes entraron en la sala de estar donde hicieron las presentaciones adecuadas. James les da los regalos que ha traído y explica que el vino es de bodegas de Francia. Lily explica que las flores son orquídeas tropicales, del tipo Phalaenopsis. Parece como si ambas mujeres presentes entendieran lo que acaban de decir y ambas sonríen encantadas. James y Albert se miran cómplices.
La señora Evans es el vivo retrato de Lily pero con cabello castaño con dejos de color caoba. El señor Evans lleva anteojos y no sabe porqué pero aquello lo hace sentir bien a James. Conversan mientras se observan evaluándose. Albert no parece tan peligroso como pensaba de hecho lo mira con cierta admiración o fascinación. Rose parece una mujer demasiado agradable para ser profesora. Pero deduce que si Lily tiene semejante temperamento, debe haberlo adquirido de los genes de su madre.
Rose anuncia que la comida estará lista en unos minutos.
— Hice carne al horno con papas. No sabía qué hacer, espero que te guste
— Sí, claro señora Evans — Contesta James con esa voz inocente y esa expresión de niño bueno que Lily le conoce tan bien.
— Rose, James, llámame Rose — James sonríe y la madre de Lily le dedica una mirada a su hija llena de complicidad.
— Al, ¿por qué no me ayudas mientras ellos dejan sus cosas arriba?
— Sí claro, cariño —Contesta el señor Evans y dirigiéndose a su hija y a su novio dice: — No me deja un segundo. James, no permitas que te domine así, mira que Lily es la peor de las tres.
Por supuesto a aquello le sigue un "¡papá!" en tono de reprimenda, mientras le da un beso y su padre se interna en la cocina dando clara evidencia de la dominación femenina por la que ha vivido durante años.
— Ves, James, te dije que están un poco locos — Dice Lily mientras suben las escaleras y le muestra su casa.
— Yo creo que son muy agradables
—Eso porque no conociste a mi hermana. — Dice ella mientras ingresa a su cuarto.
La habitación de Lily Evans es un misterio revelándose para James. Mitad muggle, mitad bruja. James descubre cosas de su personalidad. Hay fotos de sus amigas, unos banderines de Gryffindor que Lily remarca: "Eran de Alice". "Sí, claro" dice él. Un escritorio atestado de cosas junto a una biblioteca que pareciera no tener lugar entre libro y libro. Un placard de considerable tamaño que ella abre para dejar su abrigo y deja ver un sinfín de ropa y cajas de zapatos.
El piso está alfombrado y hay una ventana donde debajo a ésta descansa el escritorio. James deja su mochila en el suelo y contempla su cama por unos segundos. Acolchado blanco con dibujo de flores, lleno de almohadones pequeños de colores. Hay un cuadro que no reconoce de qué es, ni quién lo ha pintado. Una pila de discos que se amontonan a un costado de su mesa de noche. Unas fotos muggles de cuando Lily era pequeña que James se distrae mirando.
En el alfeizar de la ventana se reposan dos lechuzas que han viajado juntas desde Londres. Parecen que se llevan bien. Lily abre la ventana y les da permiso para quedarse sobrevolando por la zona. James abre la mochila para guardar el suéter cuando al meter la mano, descubre algo que no estaba allí. El espejo partido que usaba para comunicarse con canuto. "El muy jodido lo puso sin que me diera cuenta" Piensa y dice en voz alta, "mal nacido" y una sonrisa amplia que Lily ya ha aprendido a reconocer. Sirius Black.
La voz de su madre se oye desde el piso de abajo llamándolos para cenar.
James se siente extrañamente en casa. Le da nostalgia pensar que hasta hace poco él también podía compartir esos momentos banales con sus padres, con su hermano Sirius. Una cena familiar llena de conversaciones animadas y discusiones graciosas. James siente añoranza pero de alguna manera siente que está en casa. Está con ella y así debería haber sido siempre. Al menos se dice para él mismo: así será siempre de ahora en más.
Hogwarts y aún es sábado, día en que todos se marcharon a Londres a vivir sus vacaciones fuera, excepto aquellos que no tienen a dónde ir, o prefieren no irse a otro lado que no sea ese castillo. Katherine no ha encontrado a Remus por ningún lado. Es posible que él y su delincuente amigo hayan ido al pueblo. Seguramente fueron. No le caben dudas de que fueron a Hogsmeade. Allí tiene con qué entretenerse. Sí, seguro está en el pueblo.
Sus pies la dirigen sin saber porqué a la torre de astronomía. Está desierta y es el punto más alto de todo el castillo, más que la Lechucería.
Se sienta en un borde de la piedra y mira hacia el horizonte. Está anocheciendo lento ese día. Abril comienza a aplicar sus efectos sobre el tiempo. Demorando las horas, alargando el día.
A lo lejos puede observar figuras aisladas de personas que se acerca al castillo por el camino de tierra que da al pueblo. Adivina que es él cuando dos personas caminan juntas acercándose. Luego se retracta y supone que puede ser el que viene más allá, más lejos, rezagado y sin ganas de volver.
Se encuentra adivinando cuál de esas sombras negras es él. Se ríe de sí misma y se da cuenta que lentamente está dejando caer las barreras que había levantado con tanta convicción. No puede permitirse caer tan bajo. Debe levantarlas de alguna forma. Tiene que inventar algo para no caer en la tentación. Quizá buscar una nueva religión, algo que la aleje del Siriusismo o dejar por una vez de ser socia vitalicia de la orden Siriusiana. Parece un poco suicida tener que cambiar de Dios y dejar de venerar los pilares que se adoraban hasta hace muy poco tiempo. Quizá encuentre consuelo en sí misma, un culto algo egoísta, pero estar sola siempre le ha funcionado bien. Pero termina adorándolo en silencio. Debe encontrar un reemplazo falso que lo destituya del trono, al menos en apariencia. Lo conoce demasiado como para saber que no toleraría ser reemplazado y que probablemente tome revancha. ¡Pero qué se maneje solo, ella debería hacer lo que se le viniera en ganas!
No va a ganarle ni una batalla ni la guerra. Ella no volvería a dar el brazo a torcer y menos ahora que Sirius está dando tantos traspiés con sus amigos y con ella. Después de todo, aquello solo lo hace para su bienestar, para que vuelva a ser él.
La noche cayó completa y la hora de la cena está iniciándose en el Gran Salón. Decide que es tiempo de ir a comer y se marcha con la brisa fresca que allí, al aire libre, se siente en cada parte de su cuerpo; en la cara e inundándole los pulmones de oxigeno limpio y puro.
La mesa de los profesores es la más concurrida. Las demás mesas, las de las casas, están vacías por sectores. Kat se sienta en cualquier lado, aunque elige ese lugar cerca de unas chicas de tercero que comen juntas pese a ser de distintas casas.
Remus y Sirius ya estaban sentados más allá comiendo y hablando, conversando de cosas que solo ellos entienden, sin ojos para nadie más en ese lugar. Quisiera saber qué es lo que están hablando, pero desde donde está sentada no puede oírles una palabra, excepto sentir sus risas.
Se resigna y aunque tiene que entregarle ese papel a Remus, decide que mejor es esperar a que estén en la Sala Común.
Cuando la medianoche se alza serena, Katherine aparece en la sala, luego de un paseo prolongado después de haber cenado. Como lo suponía, ambos están ahí. Ingresa con aire resuelto y se acerca a Remus.
— Tengo algo para darte, Rem — Busca en su bolsillo el papel doblado y se lo entrega diciendo: — Te lo podría haber dado antes pero no sabía por dónde estabas…
— Gracias Kat — Dice Remus reconociendo la caligrafía y reconociendo también la insinuación de aquella chica — Estuvimos en Hogsmeade
— Hasta mañana, que duermas bien.
Katherine se va ignorándolo completamente. Mientras Canuto finge que ni siquiera la ha visto. Se queda mirando a Remus que lee atentamente la carta y le pregunta varias veces qué dice, de quién es. "¿Es de ella?" Remus lo mira y no sabe si con ese ella se refiere a Mary o a Katherine.
— Es de Mary — Anuncia mientras lo dobla y la mete en el bolsillo trasero de su pantalón.
— ¿Y qué dice?
— Ni sueñes que voy a leértela
—Vamos, Lunático, estoy aburrido… quiero saber qué dice… seguro que dice algo cursi — Sirius estudia la mirada de su amigo. Brillante, inconfundible. Una sonrisa y vuelve a cambiar de veredicto — no peor es algo sucio… mm... sí, algo cochino
Remus lo mira con cara de pocos amigos y le dice por décima cuarta vez que no piensa leerle la carta que es de carácter privado. Dígase privado de manera subrayada y con mucho énfasis.
Sirius no deja de pedirle que se la lea, incluso cuando llegan al cuarto sigue molestándolo. Remus sabe que su amigo es insistente por naturaleza e inaguantable cuando está aburrido. En esas circunstancias siempre tiene a alguien para molestar, ahora están solos y las opciones son reducidas. Remus debe lidiar con su humor de perros y sus malas pulgas.
Se acuestan y Sirius no deja de hablar desde su cama. Remus contestas con escuetos monosílabos. No. Sí. De vez en cuando expande el repertorio a un: Tal vez, puede ser, ni se te ocurra. Basta. Cállate.
Pero Sirius habla y no puede dormirse. Piensa en James y le pregunta a Remus qué pueden estar haciendo ahora. Si James ya se habrá mandado alguna metida de pata, si ya habrá roto algo, si habrá hecho una pregunta desubicada o matado a la mascota preferida de los Evans.
— Sirius, eso es lo que tú harías. James, no. James seguramente está portándose como niño bueno y aplicado
— Menudo mentiroso, sí tienes razón. Es un embustero de primera y lo peor es que a él siempre le creen y a mí nunca.
— No me extrañaría…
— ¿Eso qué se supone que significa?… no importa, de todas formas yo nunca iría a conocer ningunos padres de nadie.
Remus dice algo como un "humm" y lentamente comienza a quedarse dormido. "Remus" le llama Canuto, pero no pareciera que quisiera despertar. Sirius resopla algunas injurias contra el lobo y termina levantándose a fumar un cigarrillo.
Día dominical y no hay muchas opciones para entretenerse. Pero es un día de sol y promete ser cálido pese al viento frío. Amos Cadaway y Rolanda Hooch organizan un partido de Quidditch amateur con los alumnos que han quedado y tienen conocimiento suficiente para jugar un partido. Equipo blanco y negro y sus remeras se vuelven automáticamente de los colores escogidos.
Katherine vuela medianamente bien, al menos puede mantenerse en la escoba, así que ocupa el puesto de buscadora en el equipo de los blancos cuyo capitán es Emmer Boot y juega de guardián.
Remus se ha negado a jugar alegando que no sabe ni las reglas de juego. Se sienta en las gradas, al sol tenue de Abril y se dispone a leer el libro que ha llevado. En su interior esconde la carta que Mary le escribió y él pretende responder.
Sirius juega en el equipo contrario de bateador y Katherine resopla "que trampa". Hooch decide poner a Patrick Dickson, cazador de Ravenclaw, en su equipo para equilibrar.
— Es un amistoso, nada de golpes bajos ni faltas. Es un partido para entretenerse.
Pronto comienzan a jugar y lo que inicia con motivos de amistad y puro entretenimiento, se vuelve competitivo y juegan durante casi tres horas. Sirius que tiene ciertas tendencias de liderazgo pronto toma el mando del capitán de su equipo y le da consejos sobre cómo llegar a una victoria segura.
Katherine hace lo que puede en la escoba, por suerte el otro buscador no es mucho mejor que ella. Sirius no le quita ojo de encima y cuando la ve cerca de la snitch y su buscador está en la otra punta del estadio, le pasa una bludger que le corre el cabello. Indignada mira la dirección de dónde ha aparecido ésta. Sirius y sus intenciones asesinas. "Maldito, desgraciado, casi me mata" Grita Kat, aunque pocos la escuchan, y comienza a volar tras la snitch que se ha escapado de su radio por esa pelota violenta que pasó a un palmo de su cabeza y le barrió los cabellos de la coronilla.
Remus observa de vez en cuando y mueve la cabeza en señal de negación cuando ve en el cielo a ese perro y a esa gata, disputándose entre vuelos y pelotas asesinas. Un juego suicida ya de por sí, pero más aun cuando ellos lo juegan. Piensa y deja de lado esas meditaciones de Quidditch y la guerra de los sexos, o del amor, según se le mire. Busca la hoja perfectamente doblada y escrita y la relee para contestarla.
Querido Remus:
Me siento incapaz de alejarme tanto tiempo, parece que las vacaciones complotaran contra mí. De todas formas cuando estamos cerca, en el mismo lugar, me siento lejos. A millones de kilómetros de distancia, como ahora.
La única forma de sentirte cerca es cuando estamos completamente solos y nada más existe. Lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto se reducen a la nada.
No quiero pensarlo mucho, porque me terminaría odiando al final. Ni vos, ni yo ni nadie quiere eso.
Cuando vuelva de las vacaciones voy a terminar con Paul. No te pido permiso, ni tu consentimiento. No importa que no quieras nada conmigo y que entre nosotros solo haya momentos furtivos en espacios oscuros de una biblioteca o de una habitación vacía.
Se que todo lo que hicimos, lo hice libre porque nadie me ata, nadie. Siempre que te besé, solo vos estabas presente, nadie más. Todo lo que hice fue porque así lo deseaba. Y todo este planteo viene al caso de que… prometimos terminar lo que iniciamos esa tarde en la biblioteca.
Remus J. Lupin, ¿Estas dispuestos a seguirlo?
Siempre tuya,
Mary
P.D.: Estaré toda la semana en mi casa, pero a partir del viernes estaré en Kent, en casa de mis parientes, por si decides contestar.
Remus comienza a escribir con su caligrafía demasiada prolija para ser de chico. Con letra perfecta le responde.
El equipo negro, el de Canuto, lleva la delantera por una diferencia de 40 puntos. Con un silbido le indica al buscador que la snitch está al otro lado del estadio, mientras espera que esa bludger regrese justo a tiempo para volver a batearla. Va a impactar en ella de lleno sobre su costado izquierdo. Katherine no tiene opciones si sigue volando la bludger impactará y no llegará a tomar la jodida pelota alada. Si cambia de rumbo, esquivándola, el otro buscador llegará a la snitch antes que ella. Está por llegar contra su hombro mientras extiende su mano. Roza la pelota dorada con sus yemas de los dedos. El impacto está por llegar cuando se detiene en seco. La bludger pasa de largo frente a ella, mientras se mantiene en el aire y el buscador que venía pisándole los talones choca por detrás. La coalición provoca la casi caída de ambos buscadores. La estrategia de Kat ha servido para evitar la bludger y para que ninguno obtenga el final del partido.
Cuando vuelven a disputarse por la victoria, Sirius se atraviesa en su camino, haciendo que Kat frene súbitamente y caiga al vacío. El buscador consigue la snitch y el partido termina. Sirius sostiene a Kat de un brazo y la sube a su escoba.
— Tramposo — Dice cuando la sangre se ha dispersado a todos los lugares de su cuerpo y deja de concentrarse en su cabeza cuando caía. El corazón le late muy deprisa y puede que haya sido el susto de frenar de golpe o la caída. O puede ser el contacto de esa mano fuerte aferrándose a su brazo, subiéndola a su escoba y manteniéndola tan cerca que se sienten respirar y se ven las gotas de transpiración que empapan su cuello.
— Está dentro de las reglas — Dice con esa voz descarada de cinismo sexual. Voz invitadora a la discusión.
— Lo hiciste a propósito — Su voz suena a reproche y con tintes de diversión.
— Sí, Quidditch es Quidditch — Y su voz perruna resuena sobre su cuello mientras siguen descendiendo.
— Sí claro, ahora se llama Quidditch — Dice Katherine irónicamente fingiendo un enojo inexistente.
Katherine baja de un salto de su escoba levanta la suya que ha caído y yace quieta sobre el césped y se une a su equipo perdedor.
Es lunes y en la ciudad de Lancaster, dentro del condado de Lancashire al noroeste de Inglaterra, llega una lechuza parda a una casa estilo sajón antigua. En la casa de los Macdonald no hay elfos domésticos pero si hay ama de llaves que es parte de la familia misma.
Mitad mágica mitad muggle se debaten entre las costumbres y logran un equilibrio armonioso de ambas culturas. El señor Macdonald descansa disfrutando de la compañía de sus hijos que han vuelto a casa. El próximo fin de semana estarán en Kent, visitando a la familia de su esposa. Adora esas reuniones donde la magia es la única expresión que se manifiesta. Lee el diario "Times" de la mañana en la sala de estar y ve como Mary pasa corriendo y sale al jardín a recibir una lechuza con mucho entusiasmo.
Vuelve a entrar a la casa con una sonrisa estampada en su cara y corre escaleras arriba. Su padre la observa y pareciera que viera a esa pequeña niña que corría por la casa sin dejarse atrapar. Claro ahora corre por la correspondencia. Seguramente cosas de mujeres, de chicos, de colegio lejano y vacaciones sin sus amigas.
Mary desenrolla el pergamino y lee acostada en su cama deshecha, aun tibia.
Querida Mary:
Probablemente hubiera preferido hablarlo personalmente. ¿Pero tenías alguna duda de que no iba a contestarte con semejante armas de contraataque? Creo que no puedo resistirme a una invitación de éste tipo. Más sabiendo que no hubiera esperado algo así de Mary Macdonald.
Sé que no necesitas mi consentimiento, ni siquiera mi opinión. Solo quiero decirte que te quiero como a nadie. Que si alguna vez te lastimé, te pido disculpas. Me aterra saber que puedo hacerte daño y lo sabes de sobra, pero si estás tan segura y obstinada en seguir aquello… no veo la hora de que vuelvas para terminarlo.
Se me ocurren muchas ideas y espero que te gusten porque pienso aplicarlas todas. Un experimento placentero si me permites la atribución de tamaño adjetivo.
Disfruta las vacaciones, nos vemos pronto
Remus J. Lupin, quien concuerda en que lo que se empieza debe terminarse.
Mary suspira y relee. Vuelve a suspirar y vuelve a releer. Se detiene en ese "te quiero como a nadie". Quiere contestarle inmediatamente. Toma papel, una pluma y se sienta en la cama. Piensa la respuesta. Medita las palabras. Suspira y vuelve a releer su carta.
Martes y la correspondencia llega en el Gran Salón de Hogwarts mientras Remus desayuna prácticamente solo, excepto por Sirius que parece un zombie pero está ahí por el hambre de muerte que padece.
Recibe el ejemplar "El profeta" acostumbrado y esa carta de Mary Macdonald que le responde su anterior carta. Sirius sólo presta atención a su café con bollitos, manteca y mermelada. Puede leer tranquilo y Canuto ni siquiera notará que Katherine está sentada con su amigo Emmer y el equipo improvisado de Quidditch amateur.
Despliega el pergamino y lee mientras toma su acostumbrado té cortado con un poco de leche.
Remus:
¡Cómo quisiera estar allá para ser objeto de prueba experimental a esas ideas tuyas! Seguramente sea un estudio exitoso. Por supuesto de carácter científico y bajo secreto profesional. Pero placentero como auguran tus palabras.
Espero que no olvides que también tengo ideas propias muy interesantes para aplicar al proyecto experimental. Así quizá podremos patentar el resultado con el nombre de ambos, y no te llevas toda la gloria.
Te quiero como nunca quise a nadie,
Mary Macdonald futura científica experta en la materia experimental.
Le roba mil sonrisas, le gana un día de excelente buen humor. Le regala dicha y una felicidad que no cabe en su pecho. No cabe en su mente otra cosa que no sea Mary y sus irremediables ganas de tenerla ahora mismo con él.
Escribe esa tarde mientras Sirius y él, reposan en el jardín al sol, sobre el césped reverdecido. Sirius tira piedras al lago y cada vez que una de ésta se hunde, burbujas de oxigeno estallan en la superficie.
Ve a Katherine caminar por los invernaderos junto con el profesor Dumbledor que ha estado ausente desde el inicio de las vacaciones.
Se pregunta qué podrán estar hablando. Si tendrá algo que ver con ese envenenamiento dudoso, sobre el clima, o quizá y más a su creencia, debe estar pidiéndole de cambiar de casa. Pasa más tiempo con los de Hufflepuff y Ravenclaw que podría bien despedirse de Gryffindor, piensa Sirius.
Remus escribe sobre un libro de tapa dura, la respuesta a Mary que llegará al otro día, miércoles, probablemente a sus manos.
Mary:
No olvido que tienes una imaginación ilimitada y muy versátil. Sabes que esta hoja en blanco te espera para que la escribas y demuestres tus dotes de escritora. Pero cuando vuelvas…
Hasta entonces
Remus J. Lupin, fuente de inspiración
Katherine conversa con el director sobre los nuevos geranios que crecen libres de plagas, gracias al nuevo plaguicida que el profesor Herbert Beery ha creado en coparticipación con Slughorn. Hablan del buen tiempo pero "pese a todo aun es necesario llevar calcetines de lana", dice el profesor levantando la túnica color mostaza y dejando al descubierto unas medias gruesas de color café con dibujos de doxys. Katherine mantiene una risa que oculta cuando cambia de tema.
—Profesor Dumbledore quizá usted sabe algo sobre esa orden secreta.
Caminan entre los invernaderos y Albus sopesa las palabras y medita antes de contestar.
— Se rumorean muchas cosas y como siempre pocas veces son ciertas.
Katherine lo observa sabe que se dicen muchas cosas sobre esa orden del bien. Que existe, que no existe que son inventos para dar esperanza al mundo mágico. Dumbledore nota esa desilusión en sus ojos y le sonríe con esa sonrisa de niño bobo que no cuadra con esa experiencia ancestral de magia profunda y sabiduría madura.
— Pensaba que quizá, bueno, no sé. No sé qué vaya a hacer cuando termine el colegio. Pensé que quizá podía hacer algo bueno con mi futuro.
— Cosa seria el tiempo, pero no hay que adelantarse a los hechos. Aun queda un largo trecho que recorrer — Sus ojos bailan junto a esos lentes de media luna sobre una nariz torcida — Cuando llegue el momento volveremos a hablarlo, ahora disfrute sus vacaciones, señorita Hampton.
Katherine acompaña al profesor hasta dentro del castillo, no sin antes dirigir una de sus miradas fulminantes a Sirius Black que hace espectáculo de pies desnudos sobre la orilla del lago.
Es miércoles por la tarde y es un día de sol como hace tiempo que no lo es.
Katherine ha pasado las horas jugando naipes explosivos en el jardín con chicos y chicas de otras casas. Han organizado una reunión en la torre de Ravenclaw para esa noche. No hay mucha gente que pueda asistir pero el motivo es suficiente para juntarse. Sirius observa con sus malas pulgas a Katherine que conversa animadamente con ese Ravenclaw de quinto. Un rubio de pelo lacio y ojos azules. Se siguen ignorando después del partido del domingo. Se siguen ignorando, pero ya no tanto como antes. Ahora no entiende qué hace hablando con ese idiota, demasiada nariz, fuera de forma, y nerd. No lo entiende.
El jardín inglés, rebosante en verdes y plantas varias, se ve iluminado por un sol de Abril ígneo. Cuatro mujeres mayores toman el té junto a la pareja de recién casados. El juego de vajilla de porcelana china, hace juego con el mantel blanco bordado de flores azules y centros de piedras trasparentes, antiquísimo.
Augusta Longbottom parlotea con sus amigas sobre los acontecimientos de vital importancia en esa semana.
—Frank, ¿recuerdas la sobrina de Margaret?, la que planeábamos casarlos juntos—Margaret Turgot sonríe encantada — Se fue de intercambio a Paris…
La conversación queda olvidada cuando una Alice sulfurosa se levanta de la mesa excusándose con galantería desbocada y entra a la casa como alma que lleva el diablo.
Frank se disculpa de las presentes con educación y la sigue. La encuentra en la habitación acostada con los brazos abiertos sobre la cama.
— Tu madre planea acabar con mis nervios, Frank
— Nada de eso — Dice acostándose a su lado, tratando de calmar lo que sea que le altere.
—Sí, Frank, no me importa lo que diga de tus noviecitas ni de las candidatas a casamiento ni ninguna otra. Pero no tolero que nos mantenga días enteros atendiendo una agenda social. De cena en cena, de almuerzo a horas de té. De paseos por el jardín de las magnolias a la fiesta del cumpleaños de doña Elizabeth quien sabe el apellido. ¡No lo aguanto más!
Frank se ríe y sabe que tiene toda la razón del mundo, aunque no pensaba que le molestaba tanto aquello. Sabe que su madre es difícil de manejar principalmente porque se refugia en excusas de la soledad y del apellido de su padre. Un status social que mantener.
—Frank, no hemos podido disfrutar juntos ningún día, solo cuando nos vamos a dormir, porque gracias a Dios tu madre entiende que hay que dormir.
— Lo sé, Ali y debes entenderla. Sabía que no iba a ser fácil entre tú y ella. Pero está sola y créeme que tenernos a los dos a su disposición le hace muy feliz.
— Me encanta hacerle feliz… Dios debes pensar que soy una ingrata… pero es injusto, aun nos quedan más de tres meses separados y pensaba disfrutar estos siete días como nunca.
— Hablaré con ella. Estoy segura que razonará y no tendremos que asistir a ninguna otra reunión más — La cara de felicidad que Alice le dedicaba era la misma que cuando lo vio en el andén 9 ¾ cuando se reencontraron. — Con la condición del domingo ir a misa y presenciar el almuerzo de pascuas. Dos temas que ni yo he podido disuadirla en toda mi vida.
Alice acepta encantada. Sabe que quiere a su suegra y que ésta también le quiere, pero es injusto que no pueda pasear a solas con su marido por donde ellos decidan, comer solos si así lo desean y despertarse a la hora que se les ocurra o no dormir nunca se así sucede. Por Merlín que son una pareja de recién casados.
Probablemente Augusta arme un revuelo de aquellos cuando se entere de que se rebelan contra todo orden dictador. Y no se equivoca. Esa noche cuando es enterada de los nuevos planes Augusta monta en cólera y le dedica una mirada fulminante a Alice. Frank es democrático y habla en tono apacible con su madre en el despacho, a solas. Cuando la disputa termina la viuda Longbottom, le expresa su consentimiento a su nuera y le pide disculpas si sus métodos eran algo esclavizadores. Pero es evidente que le disgusta en sumo grado que decidan saltearse la agenda social que ella debe mantener. Tiempos eran los de antes. Si tu padre estuviera vivo…
Alice experimenta culpa porque la vieja sí sabe cómo utilizar las armas de la guerra. Alice no piensa ablandarse a la primera batalla. Le sonríe satisfecha y le promete que habrá muchísimas reuniones futuras a las cuales asistirán encantados. Pero no en estas que apenas tienen tiempo para disfrutar. Alice le toma una mano a Augusta y la aprieta con ternura.
Esa noche de miércoles, los pocos alumnos que quedaron en el colegio hacen una fiesta en la torre de Ravenclaw. Más una reunión privada que una fiesta en todo su nombre. Pero hay música, comida, bebida, chicas y chicos, lo justo y necesario para el nombre.
Bailan y conversan en la torre al otro lado de la de Gryffindor. La música suena suave, no es estridente y descontrolada como las fiestas épicas de los leones. Pero todos están aburridos y aquello llena la noche en soledad.
Sirius y Remus ingresan un cajón de surtidos de bebidas para todos los gustos. Katherine conversa con Emmer, con otro chico que se llama Efraín y con ese rubio, Julius Graham.
Es tarde y pese a tener la atención de todas las chicas presentes, Canuto, no deja de mirar al mismo rincón. Su risa espontánea en esa curvatura de labios con rouge. No es la mejor vestida de toda la reunión, seguramente que no entienda cabalmente sobre el tema, pero para él bien podría no llevar nada; aunque seguro que si todas carecieran de ropas también la superarían. Pero no le importa, ni con o sin ropa, cuál está mejor y cuál no. No es una cuestión medible en cosas tan vacías. Es algo más y si lo supiera podría definirlo y darle forma. Pero no puede y no hay ojos para nadie más cuando, Julius le habla cerca del oído y ella sonríe pestañeando, coqueteado sin darse cuenta. Porque no debe darse cuenta de cómo son sus gestos cuando pestañea, o cuando baja la mirada y se asoma una sonrisa tímida.
Las chicas lo invitan a bailar, le dicen cosas y él finge ponerles toda la atención del mundo como siempre hace. Nunca las escucha. No le interesa lo que tengan que decirle. Simplemente sabe que nada interesante, o al menos que a él le interesen, pueden decir todas esas chicas juntas.
Decide poner punto final al asunto cuando ese rubio y Kat quedan conversando a solas. Sacando su varita del bolsillo y pronunciando unas palabras en latín queda satisfecho.
—… y no sales con nadie… es imposible que una chica tan linda esté sola
— Gracias, pero a veces es mejor sola que mal acompañada — Puntualiza ella con un brillo en la mirada, refiriéndose a alguien en particular, aunque él no tiene idea de quién habla.
— Muy cierto. Brindemos entonces por nosotros, que estamos inteligentemente solos. —Dice él llenando su vaso con licor de cerezas. —Por Katherine — Dice él nombrándola.
—Por Sirius—Dice Katherine bebiendo un largo trago y dándose cuenta que acaba de decir el nombre de ese desgraciado. — Lo siento no quise decir eso quise decir "Sirius" —Se lleva una mano a la boca y sus ojos se abren más de lo normal. Se sonroja por su descuido y por su evidente interés en el susodicho.
No sabe qué es pero piensa por dentro "Julius" y sus labios pronuncian "Sirius". Se disculpa del chico, tremendamente acongojada y va hasta donde está su amigo Emmerick.
— "Sirius" — Le llama
— Kat, me llamo Emmer, no Sirius. Lo último que faltaba…
— Maldito… no puedo creer lo que me hizo. — Dice Kat indignada y buscándolo con la mirada medita cómo vengarse. Se aplica un "finite incantatem", mira a Emmer y le nombra pero aun sigue diciendo "Sirius" cada vez que intenta decir un nombre masculino.
Acaba de arruinar su noche. Está furiosa y tiene ganas de matarlo. De despedazarlo y enviárselo a su madre en pedacitos para darle una felicidad a la familia. La ve y le sonríe ampliamente. Se miran. Él sigue sonriendo. Rebelde. Sin causa o con. Rebelde en fin. Sonrisa gamberra. Travesura en sus ojos que juran ser intenciones inocentes con el solo propósito de entretener. Katherine no quiere matarlo a sangre fría, sino a sangre caliente, a besos lentos y mordiscos despaciosos. No le odia, lo adora. Le entretiene que la busque de esa manera tan vil y poco jugada. Pero le adora. Tramposo.
Katherine aplica un encantamiento de imanes y cuando pasa por su lado, Sirius se pega a ella.
— ¿Qué pasa "Sirius", no puedes alejarte de mí?
— ¿Qué pasa, no puedes dejar de nombrarme?
— Ya quisieras…
— Ya quisieras estar pegada a mí todo el día, más noches que días.
Remus se acerca a ellos porque el fin del mundo parece vaticinarse cuando ellos están bajo el mismo techo, más cuando cruzan palabras.
— Están en un lugar público… ¿podrían comportarse? — Reza Remus mientras no entiende qué es lo que hacen.
— "Sirius" dile a Sirius que me saque el encantamiento ahora mismo o esto va a ponerse peor.
—Quiero ver cómo se pone peor… — Katherine lo empuja pero éste se pega nuevamente a su cuerpo con fuerza uniéndolos frente a frente. —Me encanta este encantamiento —Se agacha para hablarle al oído mientras siente el pecho de ella apretado contra su torso.
Remus comprende exactamente lo que acaba de suceder y no puede evitar reír ante la inmadurez de ambos. Les sentencia a que deberán deshacerse ellos mismos de sus propias trampas, él no piensa hacer nada.
Katherine lo libera con un contra hechizo y le pide que la libere del tortuoso castigo de tener que nombrarle a cada rato.
— Vamos Sirius, ya lograste que espantara a todos los chicos de la fiesta. ¿No estás satisfecho?
— ¿Satisfecho? De vez en cuando… Excepto que quieras darme más satisfacciones.
Katherine no tiene intenciones de rogarle, así que lo deja allí parado y se va de la fiesta fingiendo indignación. Se va sin ser desencantada, sabiendo que aun piensa en ella, que la provoca y la tienta porque está aburrido y ella le divierte. Ella de entre todas. Pero no va a caer. No otra vez. Al menos no todavía.
El jueves llega una nota corta, escueta, de pocas palabras pero de significados colosales. Remus toma la nota que le deja la lechuza sobre la mesa del Gran Salón. La lee rápido y la guarda en ese libro donde tiene las otras guardadas.
Sirius comienza a preguntarle, quién le escribe. "¿Es James?, ¿es de Peter?" Remus lo calla en el acto y al no responderle insiste: "Mínimamente deberías dejarme leerlas" — No— , y cuando Remus dice no es no. La nota decía: Remus voy a escribirte entero
Muy entrada esa noche de jueves Sirius y Remus bajan a las cocinas a buscar chocolate caliente y visitar a sus amigos elfos. Esa tarde Sirius ha logrado que Katherine lo ignorase el doble de lo que lo hacía y bajo la amenaza de Remus la liberó del encantamiento.
Regresan a la torre de Gryffindor luego de dos tazas de chocolate humeante y unas porciones generosas de torta de mousse de chocolate y limón con crema, charlas incansables con elfos aburridos por falta de trabajo debido a las vacaciones. Cuando ingresan por el orificio, antes ingresando la palabra clave "la manzana de Newton" para que la dama gorda les permita la entrada, encuentran a Katherine dormida en el sillón.
Remus hace ademán de querer ir a despertarla para que se vaya a su cuarto, pero Sirius se lo prohíbe
— Déjala, Lunático, si ella se duerme acá para llamar la atención que siga durmiendo hasta mañana.
Remus le hace caso, no por lo que le dice, sino porque supone que eso implicaría una pelea interminable sobre las lealtades. La dejan dormir apacible ahí en plena Sala Común.
Cuando se sacan la ropa y se disponen a meterse en las camas que aguardan frías, Remus apoya la cabeza en la almohada, cierra los ojos y aguarda. Cuenta los segundos que pasan. Se pregunta cuánto tiempo más tardará su amigo en ir. Supone que espera a que él se duerma, así que se queda quieto y finge una respiración profunda. Nada. Sirius sigue dando vueltas en la cama, enrollándose con las sábanas. Respira fuerte, más como un relinchido que como un suspiro. Vuelve a girarse y a desenrollarse de las sábanas. Escucha el ruido del borde del elástico de su ropa interior que suena cuando impacta con sus caderas. Silencio. Se mueve inquieto.
Cuando la puerta hace un chirrido al cerrarse, Remus abre los ojos, triunfante y perfila una sonrisa en medio de la oscuridad de esa habitación que solo ahora él habita. Lo conoce demasiado, más de lo Sirius cree y mucho más de lo que él mismo se atrevería a confesar.
Sirius baja las escaleras pasándose un buzo por la cabeza. Se acerca a Kat que sigue durmiendo en la misma posición en que la dejaron: de costado y de cara hacia la chimenea que yace casi apagada.
Se acerca para despertarla pero se demora unos segundos observándola. Se debate entre seguir ganando o tirar todo por la borda, comerse el orgullo y besarla ahí mismo. Ahora, mientras duerme, despertarla a besos y meterse, sin ser invitado, ahí en el sillón mismo, haciéndose lugar entre sus brazos y hundiéndose en su pecho tibio. Probablemente ella se negara para seguir demostrándole que tiene más orgullo y dignidad que él. Una vez más sería humillado por esa chica. Por una chica. Decide despertarla sin más.
Pone una mano en su hombro para despertarla. "Sirius" pronuncia su voz, se mueven sus labios. Eso no se lo esperaba. No lleva ningún encantamiento que la obligue a nombrarle. Suena su nombre por su propia voluntad.
Ella sigue durmiendo, tiene los ojos cerrados. Kat sueña con él o quizá el ambiente se inundó de su presencia masculina. Esa mezcla personal entre testosterona y el perfume que lleva en la piel. Quizá su contacto y ese aroma familiar, logra colarse en su sueño. Quizá sueña que él está ahí. Le sueña. Pero a Sirius no le importa, va a despertarla y mandarla a su cuarto. Vuelve a moverle el hombro en un movimiento más leve que el anterior, como si inconscientemente no quisiera despertarla. "No te vayas", su voz vuelve sonar hasta sus oídos, es clara aunque algo ahogada. Podría estar diciendo cualquier cosa, a cualquiera, excepto que vuelve a nombrarle por su nombre "Siri". Él se queda quieto donde está, sentado en esa mesa baja, frente al sillón donde duerme. Quisiera decirle que nunca se va a ir, que siempre va a estar. Pero sabe que no puede prometerle eso. Ella también lo sabe. Pero una noche más, hoy puede dársela aunque ella nunca se entere. La deja dormir mientras hace aparecer una manta y la cubre con ella. Se levanta de la mesa y ve como se acomoda bajo la frazada. Murmura algunas cosas ininteligibles, mientras él se acomoda en un sillón. Se duerme mirándola, oyendo su respiración y esas palabras apenas pronunciadas que una noche descubrió y sabe que le fascinan y que ahora vuelve a oír. Murmullos entredormida.
Continuará...
