Everfree

Personaje: Zecora

Nota: Sé que Zecora habla en rimas, eso queda muy bonito en un diálogo, pero no en un texto, así que preferí utilizar la narración común para este relato. Disculpen las molestias.

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El Bosque Everfree no es muy diferente de mi tierra natal, la Pradera, en cuanto al peligro de ser atacado y devorado consta. Una cebra sabe casi mejor que un poni lo que es el peligro depredador: convivimos en un mismo territorio con leones y con hienas, estamos habituadas a protegernos unos a otros y a estar atentos a los cambios en el entorno. Nuestras aldeas no son tan abiertas como lo son los pueblos de Equestria, nos hemos acostumbrado a vivir tras barricadas para no sufrir el diezmo de nuestra población por causa de los depredadores.

Añoro en ocasiones mi patria, pero explicar las circunstancias que me motivaron a desplazarme lo haré en otro momento. Si elegí este inmenso bosque al que los ponis no entran con regularidad, fue por la cantidad de plantas aromáticas y curativas que posee; en segundo lugar, porque me costaba asimilar la forma de vida de los ponis, el hábitat de Ponyville era ciertamente radicalmente distinto del de la Pradera. Sin embargo, gracias a la intervención y colaboración de Twilight Sparkle, hoy princesa de la Amistad, he sido más incluida y tenida en cuenta, y ya no encuentro tiendas cerradas cuando voy al pueblo.

Dados los cambios de los últimos años, pareciera que mis vecinos le fueran perdiendo el temor al casi mayor bosque ecuestriano. Es más frecuente ver ponis animándose a entrar al bosque, aunque no hicieran otro camino más que a las ruinas o a puntos específicos. Y yo me he sentido en la obligación de prevenirlos, de enseñarles los caminos más seguros o de indicarles los sitios y criaturas o hierbas que deberían evitar, como si mi rol fuera el de intermediaria, de guía, pues algunos entran pero no saben salir; entonces tienen la dicha de encontrarme. No me siento incómoda con ese rol, ha sido una forma de sentirme más a gusto en esta nación extranjera, porque ese rol de guía me remite a las enseñanzas que se imparten en la Pradera.

Mentiría si dijera que conozco al dedillo el Bosque Everfree a razón de mis búsquedas de plantas y raíces. Hay muchas zonas inexploradas a las que ni yo me he acercado, y aún restan bestias a las cuales identificar. Por eso siempre insisto a los viajeros de que no vayan más allá de donde pueden ir, que jamás se alejen demasiado de los senderos. Porque es un paso que das demás por fuera del camino, y ya la espesura verde y maligna se te cierra a las espaldas.

Prueba de que nunca se acaba de conocer a este bosque es lo que me ha ocurrido hoy, algo que me llevó a querer pasar la noche en casa de mi amiga Fluttershy.

Existen zonas cenagosas al este que se encuentran muy bien camufladas, de las cuales resulta muy difícil salir una vez que los cascos tropiezan con ellas. Esta información me la compartió Twilight un día, la había leído de las notas de un famoso explorador, que alcanzó a escapar vivo de allí gracias al esfuerzo de sus alas. "La Ciénaga del Everfree Este", llamada así por el autor, contaba con un inventario de retorcidos insectos hematófagos, alimañas y reptiles que no daban tregua una vez que detectaban sangre caliente. La mayor parte del suelo se compone de un fango maloliente, resbaloso y con la contextura de la arena movediza, llegando a cierta profundidad; lo riesgoso son las grandes charcas de agua que desbordan en las periódicas lluvias producto de la humedad constante. El artículo incluía una leyenda sobre un ser carnívoro de cabeza alargada, astas de ciervo y anatomía bípeda, de una apariencia desagradable, el cual vivía en la ciénaga y se servía de los desafortunados que se perdían en ella. Lo llamó "Hendigo", pero sucesivamente fue dándole otros nombres e indagando o teorizando sobre sus orígenes, sin llegar a una conclusión precisa. Lo que sí llegó a asegurar aquel autor fue que dicha criatura poseía una rudimentaria facultad de lenguaje y era capaz de engañar a los viajeros con falsos gritos de ayuda.

Pues bien, tuve la oportunidad de corroborar esas palabras.

Ocurrió esta tarde, cuando buscaba algunos frutos para preparar una pócima relajante para la artritis. Tuve que ir un poco más allá de mi ruta original, dado que no conseguía la cantidad suficiente de aquellos frutos. Fue cuando me topé con una desesperada poni de tierra, rogándome que le ayudara a encontrar a su amiga, que ambas eran turistas quienes habían venido a visitar Ponyville; habiendo entrado al bosque Everfree para conocer las ruinas del castillo de las dos Hermanas Reales, se habían perdido al regresar, y la otra potranca había resbalado y caído por un barranco hacia unas matas muy espesas.

Oímos un grito ahogado y me puse en marcha inmediatamente junto a mi afligida compañera. Era cuestión de tiempo para que cayera en las garras de algún monstruo, no teníamos tiempo para perder. Mientras corríamos, nos perturbaba el hecho de que nuestros llamados no recibieran respuesta, absorbidos por el silencio trémulo de la espesura. Yo sabía que eso era arriesgarnos a ser perseguidas también, pero no nos quedaban otras opciones. No había tiempo de ir por ayuda, yo tenía algunos conocimientos de lucha por si acaso.

Cuando desde algún otro punto pudimos reconocer una voz pidiendo socorro, nos encaminamos a esa dirección. Sorpresa fue toparnos con el lodo, pero por suerte vimos unas huellas marcadas en un delgado tramo seco. Continuamos el rastro.

Llegamos a orillas de un sucio y estrecho arroyo fácilmente cruzable a casco. Al otro lado parecía haber un pequeño páramo de tierra firme.

Pero no dimos ni un paso adelante.

Erguido sobre su figura flaca de corto pelo, con los restos de la poni perdida entre unas garras huesudas y filosas, gran parte de la carne inocente arrancada a mordiscones por la mandíbula alargada; con toda su pestilencia el Hendigo levantó su cabeza coronada por unas gastadas y algo quebradas astas de ciervo. Nos miró con ojos amarillos llenos de malicia y de hambre, y antes de que esa boca ensangrentada de dientes chuecos emitiera sonido alguno, el miedo nos llevó a mí y a la otra poni a poner los cascos en polvorosa.

Poco hay que pueda atemorizarme, pero ese rostro aparecerá en mi cabeza ciertamente acompañado del pavor que sentí en aquel momento.