Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, todos los derechos le corresponden a J. y WB. Los personajes y situaciones que no conozcan son míos.

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LA NOCHE DE LOS HERMANOS

James decidió desistir de su intento de dormir un poco, antes de la cena de Navidad, cuando su tía Harriet pasó por las escaleras que iban hacia su habitación cantando un horrible villancico de Celestina Warbeck, una cantante especial para las amas de casa cuando cocinaban que había tenido su gran éxito varios años atrás, aunque no tanto como para que desquiciada tía se las supiera bien. Se levantó con un humor de perros y se cambió de ropa con el intenso deseo de recalcarle a su tía que era un chico y no una niña, esperando desesperadamente que se le fueran esas locas ideas de regalarle muñecas todas las Navidades.

- ¡James, baja, por favor!- Su madre gritó desde abajo con un dejo de irritación del cual de seguro también era culpable tía Harriet.

Suspirando, se desordenó vehementemente el pelo para realzar su "masculinidad" ante su invitada, y salió arrastrando los pies por las escaleras. Habían pasado tres Navidades desde que había tenido que soportar el horroroso yugo de su tía en casa, y cada vez los recuerdos se hacían peor. Si antes le tenía miedo y pánico, ahora sentía los deseos de asesinato picando en los dedos de las manos, un impulso difícil de ignorar. Su madre, bastante parecida en carácter a él para algunas cosas, le había heredado la poca tolerancia hacia posibles tías Harriet largo tiempo atrás, y por esos días, era complicado saber cuál de los dos estaba más irritado.

Bajó las escaleras y fue directamente hacia la cocina, lugar elegido por la señora Potter para mantenerse alejada sin parecer descortés de visitas poco requeridas, y se topó con su madre cortando la carne inusualmente con un cuchillo y sin la varita, mientras algo se revolvía solo en una olla. Parecía estar descargándose con el pobre animal muerto.

- ¿Qué pasa?- preguntó James.

- Necesito que me ayudes, he enviado a Stagy con tu primo Joseph- murmuró la señora Potter cuando cortaba un gran trozo de carne y ensartaba el cuchillo en la tabla de picar con furia. James la miró confundido luego de sacar sus ojos de la navaja, que aun retumbaba.

- Ya sabes lo que hizo tía Harriet la última vez que vio a Stagy- murmuró la señora Potter con un enfado fuera de proporciones.

James rio de buena gana por primera vez en dos días, al menos. Había olvidado que no todas las visitas de tía Harriet estaban enmarcadas por malos recuerdos. Todavía le daba un pequeño ataque de risa cada vez que recordaba la vez en que su tía abuela se había puesto a cantar villancicos a todo pulmón al lado de una reticente elfina doméstica. Eso, sin duda, sí se lo debía a su desquiciada familiar.

- Algo bueno que tenga esa vieja…

- James- advirtió su madre con una sonrisita pequeña asomándose en la cara- Que no te escuche tu padre, Harriet no siempre estuvo loca.

- No la imagino de otra manera, ¿dónde está, a propósito?

- La ha sacado a pasear por ahí antes de la cena, creo que Charlus planea dormirla para que yo no la asesine- dijo la señora Potter con una sonrisa que denotaba su satisfacción del manejo que tenía de su esposo.

No muy entusiasmado por esa celebración de Navidad en particular, James se dedicó a poner los cubiertos y prender algunas velas en la mesa, cosas que a su elfina doméstica le habrían quedado trescientas veces mejor de lo que a él. Luego, se desplomó con un suspiro en el amplio sofá de la sala de estar, donde un alegre fuego crepitaba cerca a un bonito y pequeño pino, adornado con varias hadas y extrañas criaturas. Al menos ese año a tía Harriet no se le había ocurrido colgar su ropa interior de la punta del árbol a modo de estrella, pensaba James.

Había recibido varias cartas poco alentadoras de Sirius. Su amigo estaba siendo torturado tanto, o peor (James tendía a pensar que peor de acuerdo a los miembros de la familia Black que conocía), que él. Sus padres habían invitado a sus tíos y primos, y aunque en un principio Sirius había albergado la esperanza de que las celebraciones fueran menos horrorosas gracias a la presencia de su prima Andrómeda, pronto sus deseos se fueron por un tacho cuando su madre había borrado con la punta de la varita el nombre de la chica del árbol genealógico de la familia. Andrómeda, antes Black, se había embarcado hacía unos meses en una empresa arriesgada e insoportable para su familia, se había casado con un hijo de muggles, un tal Tonks. James conocía demasiado bien las creencias de la familia Black gracias a Sirius como para poder dudar en algún momento de lo que eso significaba. Según los señores Black, su amigo ahora solo tenía dos primas, Bellatrix y Narcisa.

Justo cuando sus pensamientos vagaban hacia los rostros amedrentadores de todos en la familia Black, James sintió un golpeteo en la ventana. Se incorporó asustado, preguntándose qué rayos sucedía, hasta que miró hacia uno de los cristales y se topó con una lechuza marrón que llevaba en sus patas un pequeño sobre turquesa. James lo reconoció con el sello de Hogwarts. Se acercó a la ventana recordando cada una de las cosas que había hecho desde que llegara al Valle de Godric, pero ninguna encajaba con un quebrantamiento de normas, no había hecho magia, ni accidental ni intencional, y tampoco había dejado nada a exposición de los posibles vecinos muggles.

Abrió la ventana y la lechuza entró rápidamente hasta posarse sobre el respaldo del sillón donde usualmente se sentaba el señor Potter a leer. Luego, estiró una pata como si fuera de vital importancia que la desatara de su contenido. James se acercó con curiosidad y libro al animal del ata, y este salió rápidamente por entre los postigos que el chico había dejado abierto de par en par. Entonces, James observó que la carta iba dirigida a sus padres, a los señores Potter.

- Ah… ¡mamá!- exclamó después de pensárselo un poco. No le hacía ninguna gracia que comunicaran de Hogwarts algo que él había hecho y que no pudiera verlo primero. Era como entrar a una jaula con un dragón dormido.

La señora Potter apareció seguida de dos platillos suculentos en el aire, que se desviaron hacia el comedor. La madre parecía contrariada de ser interrumpida en medio de las labores que la celebración ameritaba. Al segundo, James puso la carta a modo de protección, como si eso explicara todo, pero lejos de eso, la señora Potter frunció el ceño con la boca abierta por la sorpresa. James conocía demasiado bien a su madre como para saber que ella se estaba imaginando a su hijo alertado de expulsión por hacer explotar un inodoro. Y no era que fuera sin razones.

Dejó el paño de cocina que llevaba en una de las manos, y se guardó la cuidada varita mágica en uno de los bolsillos de su delantal. Luego, abrió la carta con rapidez, casi recelosa de lo que podía contener.

- Es de Dumbledore- adelantó la señora Potter, y al instante, a medida que iba leyendo el resto de la carta, su cara se tornó blanca y sus ojos se dilataron de sorpresa.

- ¿Mamá?- preguntó James alarmado- ¡Mamá! ¿Qué pasa?

La señora Potter levantó la cabeza nerviosa, debatiéndose entre comprender mejor la carta o explicárselo a su hijo, pero finalmente se apoyó en uno de los brazos de un sillón y se pasó una mano por entre los blancos cabellos. Viéndola así, resultaba difícil no pensar en lo ancianos que eran sus padres cuando lo habían traído al mundo.

- Ve a una de las habitaciones de huésped y arma una cama- murmuró ella entonces, aun con la vista pegada al pergamino que sostenía en sus arrugadas manos. Finalmente, levantó la cara y lo miró con una débil sonrisa iluminando sus labios- Corde viene a cenar con nosotros, después de todo.

- ¿Por qué?- preguntó James, mucho más serio de lo que había estado en mucho tiempo. No se movería de ahí hasta saber qué era lo que sucedía por la cabeza de su madre.

- Por favor, James- La señora Potter le lanzó una mirada suplicante que derritió todas las posibles defensas de su hijo- Luego te lo explicaré, Corde debe estar por llegar y tu padre y tía Harriet también. Venga, ve.

Enfurruñado, James subió al amplio segundo piso y rebuscó en la pieza de sus padres en busca de sábanas limpias para la segunda habitación de huéspedes que tenían, principalmente gracias a que sus abuelos, los padres del señor Potter, habían tenido cinco hijos, aunque uno solo hombre, su padre. De algo sí estaba seguro, la carta no era sobre él, al menos, pero su contenido debía ser bastante más alarmante como para que el rostro de su madre se transformara de esa manera. ¿Sería acaso Corde? James desechó esa idea al darse cuenta de que si algo fuera mal con su amiga ella no estaría viniendo al Valle de Godric, aunque si recordó el mal presentimiento que había manifestado días antes de que se fueran de Hogwarts.

Después de armar una horrorosa cama para Corde, que luego su madre le regañaría, James bajó con rapidez a la planta baja, y encontró a su madre sirviéndole una infusión de algo a tía Harriet, que había llegado con la nariz roja por las ventiscas de invierno. Su padre, en cambio, se paseaba de un lado a otro, desde una silla hasta el pino de Navidad, con la mirada fija en la chimenea. No lucía tan sorprendido como su madre, pero feliz no estaba.

Además, fijó sus ojos castaños, tan parecidos a los suyos cuando debía lidiar con algo complicado, en James. Y, antes de que su hijo pudiera hablar al abrir la boca, levantó una mano para hacerlo callar.

- Ha habido un ataque, hijo- murmuró con voz monocorde, sin sentimiento alguno en particular, el señor Potter- Atacaron a la familia de algún estudiante de Hogwarts y Dumbledore está detrás de eso, por eso ha mandado a Corde hacia acá, no quería dejarla sola.

- ¿A quién han atacado?- preguntó James, súbitamente preocupado por fuera quien fuera. Entonces, recordó lo sustancial- ¿Quién ha sido el atacante?

- El señor Potter se quedó contemplando por un momento la chimenea con los ojos perdidos y los labios fruncidos. También él parecía mayor cuando se alumbraba por la luz del fuego en penumbra, y se debatía entre contar o no lo que sabía. Aunque James creía que podía hacerse una idea de quiénes eran los atacantes.

- ¿Fueron los Mortífagos, papá? ¿Fue Voldemort?- Se sorprendió de que su propia voz sonara como un murmullo cuando habló-

Solo le bastó ver la sombra de un asentimiento de parte de su padre para que a James le entrara un cosquilleo en las palmas de las manos, un repentino gusto y deseo de golpear algo. Se desplomó con fuerza en un largo sillón cerca del alegre árbol de Navidad, al mismo tiempo en que su madre le pasó un vaso enorme con algo que identificó como zumo de naranja, aunque le costó tragarlo como si fuera un trozo de hielo. ¿Quién habría sido el atacado? ¿Los atacados? Algo aun peor, ¿estarían…?

No, James se negaba a pensarlo. Había oído hablar del terror que estaba desatando Voldemort durante largo tiempo, lo había oído y había tratado de imaginárselo, pero su imaginación jamás había llegado a crear algo tan monstruoso como alguien capaz de atacar a una familia, en plena víspera de Navidad. De asesinar, sí, había escuchado que Voldemort y los Mortífagos, sus seguidores, mantenían en vilo a prácticamente tres cuartos de la comunidad mágica, y aun más a unos desconocedores muggles, pero nunca, desde que sus padres le habían explicado las cosas como eran, James se había puesto a pensar en lo cercano a ellos que estaba la amenaza del que no debía ser nombrado. Podrían haber sido ellos, los Potter, en vez de la familia que hubiera sido atacada. Él, en vez del estudiante que pudiera encontrarse en ese momento en peligro. O muerto.

- ¿Dijo Dumbledore a qué hora mandaría a Corde, mamá?- preguntó James.

- Debe estar por llegar- murmuró la señora Potter, removiéndose incómoda al lado de tía Harriet, que dormitaba ligeramente, ajena a todo por lo que su familia estaba preocupada.

Justo entonces una llamarada demasiado familiar sacudió la chimenea de la sombría sala de estar de los Potter. Una figurita menuda, envuelta en una capa de viaje negra, salió de la chimenea y alzó una mano pequeña, blanca como la nieve, y se deshizo de la capucha que envolvía su cabeza. Corde surgió en la calidez de la noche casi como un salvavidas, nuevamente haciendo que James asociara la seguridad con la presencia de su amiga cerca de él.

- ¡Corde! Querida, ¿cómo estás?- preguntó la señora Potter con un dejo de desesperación en la voz, al levantarse e ir a ayudar a la recién llegada.

James no se movió. La cara y la conducta de Corde lo hicieron recelar de cualquier movimiento en falso que podía hacer. Su amiga estaba blanca, más pálida de lo que él jamás había visto, su boca contrastantemente roja y pronunciada, sus pecas opacas y por último, sus ojos. Los ojos de Corde estaban sin brillo, azules hasta la eternidad pero como un gran túnel al que cualquiera le daría miedo perderse. Eran más bien como espejos que reflejaban una terrible verdad.

Su amiga se deshizo de su capa y agradeció silenciosamente a la señora Potter con la cabeza cuando la mujer fue a colgarla cerca de ahí. Luego, saludó al señor Potter y a tía Harriet, y dejó a James hasta el final, cuando le plantó su siempre suave beso en la mejilla. Al menos eso seguía igual. La señora Potter se fue a perder por las cocinas cuando finalmente Corde habló.

- James, ¿me acompañas a guardar mis cosas?

Solo entonces el chico se percató de que su amiga llevaba un pequeño bolso a una de sus manos. Corde no sonreía y lo había llamado James, así que supuso que quería contarle algo. Interesado y a la vez aterrado, de que su amiga supiera cual era la familia atacada por los Mortífagos, James la siguió silenciosamente escaleras arriba, y la condujo innecesariamente hacia la habitación donde se quedaría, aunque su amiga usualmente se quedaba ahí. Ambos entraron, y antes de que él se diera cuenta, Corde había cerrado la puerta de la habitación. Por suerte la señora Potter ya había estado ahí y había encendido un alegre fuego en la chimenea que quedaba frente a la enorme cama con doseles.

Corde dejó su bolso en un taburete a los pies de la cama y se sacó un enorme jersey de viaje, grueso, que reemplazó por uno más liviano que sacó de su bolso. James la observó durante unos minutos, sentado desde la cama, hasta que su amiga se dignó a mirarlo nuevamente y fue junto a él. Resultaba increíble lo mortecina y delicada que se veía Cordelia en medio de la penumbra de la ventiscosa noche que gobernaba fuera, en el Valle de Godric.

- Ya te has enterado, ¿no?- murmuró Corde en un susurro de su voz soñadora. James asintió lentamente con la cabeza y con los ojos fijamente puestos en su amiga.

- ¿Qué familia ha sido?- preguntó James con la voz contraída por el susto, la emoción.

- No ha sido una entera, dos hermanos- aclaró Corde- Uno de ellos era estudiante de Hogwarts.

- ¿Era?- James clavó sus ojos en la muralla del frente- ¿Están muertos?

- Sí- La respuesta de Corde fue rápida, sin emoción ni nada en especial.

- Corde, ¿quién…?

James no terminó la pregunta, no pudo. Algo en los ojos de su amiga le dijo que aquel mal presentimiento, aquel dolor de estómago que había tenido, era la antesala de lo que ahora había pasado. Finalmente, Cordelia dobló su cara y lo miró durante una fracción de segundo.

- De Gryffindor, ambos de Gryffindor- murmuró sin apartar sus dos lagunas de James- Oliver y Olive Sweeting.


Bien, les ruego que si me van a dejar comentarios sean solo de apoyo y alegría, he tenido una semana de la gran, para más esta historia me tiene de los nervios...Y eso sería. Gracias a todos los que me han dejado comentarios durante todo este tiempo, espero no estar aburriéndolos, que por cierto que puedo estar haciéndolo!! Eso es todo por ahora, un beso a todos y de veras, no todo será drama.

GreenDoe.