26 - Reinicio

Que Zelda era la hija de la reina era un rumor que se había extendido como la pólvora.

Muchos enmascarados solicitaron su mano para bailar, muchos otros le ofrecían conversación. Link no tenía ni idea de cómo la habrían identificado, sobre todo teniendo en cuenta que aquello era un baile de máscaras y que ella no había sido presentada aún en sociedad.

Él tuvo que hacerse a un lado, observar a cierta distancia, lo mismo que Impa.

—¿Has pensado ya por qué puerta vamos a regresar Zelda y yo a nuestro mundo? —preguntó, rompiendo un poco el silencio.

—¿Acaso su alteza real ya ha decidido que va a marcharse?

—Es bastante obvio que sí. Mañana a estas horas, estaremos en casa.

Impa se mantuvo en silencio, Link imaginaba que con una expresión incluso más indescifrable que el ojo vigilante de su máscara.

—La puerta de la ciénaga no es segura —dijo Impa, rompiendo el silencio —hay que subir a la de la montaña. Y hay al menos un día de camino hasta la montaña… además, no tengo ni la más remota idea de a qué lugar de tu mundo llevará esa puerta. Nunca la hemos usado.

—Eso es lo de menos. Una vez en nuestro mundo, ya me las arreglaré para llegar a casa.

—La reina-

—¡Ah! Sabía que ibas a decir eso —protestó él, interrumpiendo a Impa —Me da igual la reina. Zelda y yo no somos de este mundo, la reina tendrá que conformarse. Además, habiendo puertas, no tiene por qué ser una separación definitiva.

—Yo siempre apoyaré a su alteza real. Si ella decide marcharse, no puedo ser quien se lo impida —dijo Impa.

En ese momento, irrumpió Aisem como un torbellino. Los invitados del baile le abrían paso espantados, alguien tan corpulento como él con la máscara cadavérica imponía respeto y desde que llegó al baile, Link observó que ni siquiera los demás sheikah se le habían acercado.

—Mocoso, ¿te diviertes?

—Ahora mismo no mucho, maestro.

—Lo imaginaba. Eres un hombre de acción, igual que yo —dijo Aisem —tengo que subir a revisar la guardia de mis arqueros, si quieres puedes acompañarme. Así te libras un rato del ambiente pomposo y almibarado de la corte real de Hyrule.

—Aisem, no está bien que hables así —intervino Impa —alguien podría oírte.

—Espero que alguien me haya oído o terminaré rompiendo algo para descargar mi mal humor —respondió él.

Link sonrió para sí mismo y observó a su maestro y después a Zelda. Ella estaba junto a su madre, atrapada en una conversación interminable con más invitados. Estaba agotado de esperar a que llegase el famoso brindis en el que la reina anunciaría a Zelda como su legítima hija, y tampoco le gustaba bailar. La comida escaseaba y aparte de Impa, no tenía a nadie más con quién conversar. Asintió con la cabeza y siguió a su maestro, que puso rumbo fuera de los jardines donde se servía el aperitivo de esa noche, tan rápido como pudo.

—Por las barbas del Vigilante, me estaba ahogando con este invento del infierno —dijo Aisem, quitándose la máscara y colgándosela del cinto. Link lo imitó.

Siguió a Aisem por una galería que nunca había visto. Era un pasillo estrecho de piedra, sin banderas ni alfombras, no era como otras zonas del castillo en las que él había estado. Supuso que la guardia y el servicio se movía por aquellos laberintos para poder trabajar sin entorpecer a la reina y el resto de miembros de la corte. Después subieron por unas empinadas escaleras. Cuando llegaron a su destino, Link respiraba con agitación, eran muchos más escalones de los que imaginaba y el ritmo al que se movía su maestro era demencial, como casi todo en él.

—¿Alguna novedad? —preguntó Aisem, nada más llegar hasta la posición en la que se apostaba un arquero.

—Nada, señor. Espero el cambio de guardia.

—¿Aún no ha llegado?

—No.

Aisem frunció el ceño, mientras el arquero se encogía de hombros.

—Márchate. Link y yo te relevaremos mientras llega tu reemplazo.

—Gracias, señor.

Aisem se acercó a la parte del muro en la que el arquero se posicionaba. Los muros del castillo tenían pequeños bajantes que permitían vigilar y partes más altas tras las que los guardias podían ocultarse para evitar ataques enemigos.

—Mira, mocoso. ¿Ves aquel punto brillante de allí? Es una de nuestras almenas. Siempre hay guardias vigilando los alrededores del castillo.

Link se asomó al bajante del muro. Al sur del castillo se extendía la ciudadela, como una maraña de tejados y casas hasta la muralla exterior. Al noroeste había una colina empinada, el norte del castillo estaba rodeado por una montaña que servía de protección natural. Aguzó la vista hacia donde decía Aisem, pero no conseguía ver nada.

—No lo veo.

—Vaya, además de no poder subir las escaleras a buen ritmo, estás ciego. Menudo aprendiz…

"Maldita sea" pensó, esforzándose mucho más. No había nada. Esa noche la luna estaba llena y el monte podía intuirse bajo la luz plateada, pero no había restos del fuego de una almena.

—No, no lo veo.

—Aparta —dijo Aisem haciéndole a un lado —no… no es posible.

—¿Pasa algo?

El maestro sólo gruñó como respuesta.

—Sígueme.

Aisem caminó por el estrecho camino que había en todo el perímetro de la muralla. Sólo se detenía para mirar por encima del muro de vez en cuando. Al llegar al límite del perímetro, dieron la vuelta. Aisem prácticamente corría para volver por donde habían venido. Al llegar, se tropezaron con el nuevo arquero, que llegaba para cubrir la guardia.

—Tú. Quédate aquí, espera mi señal. Voy a comprobar los puestos del norte y del sur —dijo Aisem al arquero, a toda velocidad.

—¿Pasa algo? —preguntó Link.

—Están atacando el castillo.

Sin tener tiempo de asimilar esa información, Link se lanzó escaleras abajo tras el maestro. En cuanto llegaron al pasillo, Aisem fue repartiendo órdenes entre los soldados que encontraba a su paso, para que acudiesen a sus puestos de defensa. Abandonaron los corredores de servicio para llegar a una de las galerías principales del castillo, la que conectaba los salones del baile con los jardines reales. Ya no se oía música, en su lugar, había una especie de murmullo propagándose por la galería, como un rumor.

—Diosas… ya ha empezado —murmuró Aisem, con los ojos en el vacío.

—¡Zelda! —exclamó él, y echó a correr hacia los jardines, dejando al maestro atrás.

Aisem salió corriendo tras él, ambos corrían con todo lo que daban sus piernas. Cuando llegaron a los jardines, había una auténtica batalla campal. Link trató de ubicar qué estaba pasando, pero era muy complicado. Había enmascarados luchando contra otros, algunos eran sheikah, los otros… era difícil de determinar. A simple vista no podía entender quién era atacante y quién atacado.

—¡Defiéndete, mocoso, no te quedes ahí parado!

Aisem intervino a tiempo para librarle de un atacante, que intentaba clavarle una lanza. Eso sirvió para hacerle volver en sí, y de forma casi automática, Link desenvainó la espada.

No tuvo más remedio que abrirse paso como podía en medio de aquel caos. Sólo había imaginado las batallas cuando leía un libro, o tenía idea por lo poco que había visto en el cine, pero aquello era muy distinto. La adrenalina no le permitía pensar. Todos sus sentidos se habían agudizado y el cuerpo casi le dolía de la tensión, aunque eso no le impedía ejecutar movimientos con la espada de forma ágil y eficaz, quitándose de encima a cada oponente que se le cruzaba en el camino. Podía verlos llegar… era como si se moviesen a una velocidad más lenta que la suya. Olía a hierro, no sólo el del acero chocando, también el de la sangre. Los gritos eran casi tan ensordecedores como el chocar metálico, pero en medio del estruendo, él era capaz de oír el sonido de su propia hoja cortando el aire.

En medio de la lucha, consiguió llegar hasta el lugar donde había visto a Zelda por última vez. No quedaba rastro de ella.

—¡Zelda! —gritó —¡Zelda!

La llamó varias veces, girándose en redondo, intentando ver su máscara, algún rastro de ella, pero no estaba allí. Ni ella, ni la reina, ni Impa.

—Impa… —murmuró.

El alivio le hizo sentirse casi ingrávido. Impa habría protegido a Zelda a toda costa de aquel ataque, estaba seguro. Empezó a dar vueltas por los alrededores, llamando a Zelda y a Impa.

—Detente, Link —se dijo a sí mismo, recobrando el aliento —¿qué haría un sheikah?

De repente vio la respuesta clara: llevarse a la reina y a la princesa de allí. Los jardines reales eran una especie de laberinto, así que lo más inmediato era apartarlas del ataque, ocultarlas en un lugar cercano y apartado. Link echó a correr hacia el interior de los jardines, y no tardó demasiado en ver un rastro un tanto desconcertante. "Alguien está herido". Había gotas de sangre en el suelo, en las hojas de los setos. El corazón le latía a toda velocidad, trataba de calmarse apretando la empuñadura de su espada. De repente recordó el estanque, el lugar al que Zelda lo llevó el día que se besaron por primera vez. "Es bonito este sitio, ¿verdad? Lo descubrí con Impa, el día que hablé con esos sacerdotes." Sintió la certeza de que Impa habría llevado a Zelda al estanque y el rastro de sangre parecía conducir al mismo sitio.

Apretó el paso y no hizo tanto caso de la sangre como de su propio recuerdo del camino, estaba muy borroso en su memoria, esa noche tenía otras cosas en la cabeza, pero estaba casi seguro de que era la dirección correcta. Conforme iba avanzando, el rumor de un enfrentamiento llegaba a sus oídos. Echó a correr y al girar, en un pasillo rodeado de vegetación, encontró a dos hombres luchando a espada.

—¡Quítate la máscara, maldita rata de las ciénagas!

El que gritaba era Olly. Tenía el brazo ensangrentado, el rastro que había seguido, debía ser suyo. "Suyo, y espero que de nadie más" pensó para sí mismo. El contrincante de Olly se quedó petrificado al ver a Link aparecer, bajó la guardia y Olly aprovechó el desconcierto de su adversario para hundirle la espada en el costado. El enmascarado dio un inmenso alarido y cayó al suelo, de lado.

—Link, ¿qué diablos haces aquí? —preguntó Olly, que respiró aliviado al librarse de su adversario.

—¿Dónde está Zelda?

—Vamos.

Olly echó a correr, pasillo adelante, y él lo siguió, sorteando el cuerpo que yacía en el suelo, desangrándose. No tardaron en llegar al estanque, estaba a sólo unos pasos de allí.

—¡Zelda! —exclamó al llegar.

Un enmascarado tenía a Zelda atrapada. Le rodeaba el cuello con la hoja de un cuchillo mientras Impa intentaba razonar con él. La reina Arien se mantenía alerta, en la retaguardia de Impa, sollozando para que soltaran a su hija.

—¡Link! —gritó Zelda, al verle aparecer.

—Link, Olly, no os mováis. Estoy negociando, dejadme esto a mí —advirtió Impa.

—No…

—Por favor, haced lo que os dice —suplicó Arien.

—No. —repitió.

Sin poder evitarlo dio un paso al frente, y se interpuso entre Impa y el enmascarado.

—¡Suéltala! —dijo Link —no seas cobarde, ¿cómo te atreves a amenazar a alguien indefenso? ¡Enfréntate a mí!

—¡Link, quítate de en medio! —gruñó Impa, a su espalda.

—No pienso quitarme hasta que no suelte a Zelda.

—¿Link? —preguntó el enmascarado. Después redujo la fuerza de su brazo y Zelda aprovechó para echar a correr hacia Link, que la agarró de la muñeca para ponerla a un lado y así seguir haciendo frente al enemigo.

—¿Cómo sabes mi nom-

Antes de poder acabar la pregunta, Impa se había abalanzado sobre el enmascarado para hundirle una daga en el pecho.

—¡No! —gritó él.

Se dio cuenta demasiado tarde. Las ropas harapientas y sucias. Eso distinguía a los habitantes del otro lado de las fronteras, y también distinguía a los prisioneros de los sheikah. Las manos que sostenían el puñal que amenazaba a Zelda, viejas y huesudas. Corrió a socorrer al enmascarado, pero era tarde. Le quitó la máscara y vio la barba rala y canosa de Elm tras ella.

—Muchacho…

—¿Por qué? ¿Por qué has intentado matar a Zelda?

—No… sabía… no…

Link se arrodilló y sostuvo la cabeza de Elm en su regazo. La puñalada de Impa era profunda, letal.

—¿Cómo habéis escapado? —preguntó Link. El anciano hacía esfuerzos por mantener los ojos abiertos.

—Estábamos muriendo… morir o matar… —murmuró Elm —Link… Numa…

—¿Numa también ha venido?

—Has elegido un bando —prosiguió el viejo —siempre hay que elegir un bando. Acero contra acero. Eres un buen chico, Link. Un buen chico.

Esas fueron las últimas palabras de Elm. Link cerró sus viejos párpados mientras dos lágrimas calientes como el fuego le rasgaban las mejillas. Había fallado. La promesa de salvar a sus amigos se había quebrado, ya era demasiado tarde.

—Numa… —murmuró, sintiendo un escalofrío.

Se puso en pie y echó a correr, deshaciendo el camino, con una horrible certeza apresándole el corazón. Podía oír a Zelda y a los sheikah tras él, pero era mucho más rápido que ellos. Se arrodilló ante el atacante que había tumbado Olly. Había un charco de sangre a su alrededor y no se movía ni un milímetro. Link contuvo el aliento y retiró la máscara para encontrar a su amigo detrás de ella. La visión era grotesca, la eterna sonrisa de Numa se borrado, sólo quedaban unos labios fríos y sin color, y unos ojos inertes que jamás volverían a mirar a su esposa e hijos.

—Kindaia, Numa —murmuró. Y empezó a llorar, no sabía si de rabia o de dolor, pero la impotencia de tan tremenda injusticia le rompía el corazón.

—¡Link! —Zelda cayó de rodillas, a su lado.

—Son mis amigos, mis amigos. Han muerto.

—Por la Diosa… —se horrorizó ella, llevándose las manos a la boca.

—Numa ha muerto por mi culpa. Bajó la guardia al verme aparecer. Él es fuerte, no imaginas lo fuerte que es, no perdería un combate de una forma tan tonta. Yo lo he matado.

—No, no es así —dijo ella, tirando de él para intentar consolarle.

—El anciano que casi mata a mi hija es un conocido enemigo de la corona, un traidor que pasó de servir a este reino a tratar de reducirlo a cenizas. Él y sus esbirros han intentado acabar con nosotras, no tienes que arrepentirte de nada —intervino la reina, que había recobrado el tono autoritario.

—Usted… vos… o como sea… —rugió Link, poniéndose en pie para encarar a la reina —todo es culpa tuya. Eres una mujer enferma… sólo traes muerte a los que te rodean. Jamás consentiré que Zelda pase un segundo más a tu lado.

—Si te enfrentas a su majestad, eres un enemigo —intervino Olly, interponiéndose ante Link y la reina.

Link suspiró y lanzó el puño con toda su ira, descargando su dolor y malestar.

—¡Link! —exclamó Zelda, pero era demasiado tarde, Olly se tambaleó un poco y cayó al suelo, de espaldas.

—Link, no hagas ninguna estupidez, trata de calmarte, ¡no somos tus enemigos! —intervino Impa.

—Déjalo, ya te dije que era un monstruo, al fin muestra su verdadera cara, la que he visto miles de veces —dijo la reina —pero yo estaba preparada para esto, para el día en que este monstruo apareciese.

Todos miraron atónitos a la reina, que sacó una máscara de los pliegues de su falda.

—Estoy preparado para lo que sea —amenazó él, levantando la espada contra la reina.

—Link, por favor, mírame, reacciona… no hagas nada malo, tenemos que arreglar esto, tenemos que arreglarlo… —suplicó Zelda, entre sollozos.

Él la apartó de un manotazo. La máscara que la reina se puso era diabólica. Tenía dos enormes ojos amarillos, tan hipnóticos que era casi imposible escapar de ellos. Él bajo la vista, aturdido. La reina soltó una risotada y otra risa, femenina y aguda respondió como un eco fantasmagórico.

—¿Majestad? —balbuceó Impa, sin dar crédito.

De repente, una extraña luz surgió del interior de la máscara, poseyendo a la reina por completo. Sus brazos se tornaron en dos enormes apéndices alargados, con la punta fina, como la cola de un látigo. Sus piernas se ensancharon, y ya sólo se reía la risa aguda y diabólica, no quedaba rastro alguno de la reina Arien en aquella criatura.

—Llévate a Zelda de aquí —dijo a Impa, pensando a toda velocidad en cómo podría enfrentarse a una monstruosidad así.

—¡No! —se opuso Zelda —tenemos que ayudar a mi madre, ¡es la máscara de Majora quien la posee!

En ese instante la máscara lanzó un latigazo que tiró a Link al suelo. En aquellos puntos en los que el brazo del ser había contactado con su cuerpo, sólo sentía fuego, un agudo dolor que quemaba como las llamas.

—Link, ¡va a matarte! ¡Vámonos! —chilló Zelda.

Se puso en pie y trató de recuperar el aire, se había vaciado después del golpe inicial. La máscara rotaba a su alrededor, confundiéndole con los ojos amarillos, lanzando latigazos cuando creía verle con la guardia baja. Él los esquivaba tanto como podía, y daba cuchilladas con su espada cuando creía tener a la máscara al alcance. La sensación era mareante con aquella cosa girando a su alrededor, como si estuviera burlándose de él. Lanzó un nuevo ataque y erró, cada vez que erraba la máscara soltaba una carcajada.

—Vámonos, por favor… —suplicó Zelda. Pero su voz sonaba lejana, él sólo podía centrarse en la batalla.

De repente pareció como si la máscara entendiese que ese era su punto débil, y lanzó un latigazo contra Zelda e Impa, que se mantenían a un lado. Link reaccionó a tiempo, interponiéndose para recibir él el golpe. El látigo de Majora le golpeó de lleno, haciéndole volar por los aires. Cayó con fuerza contra el suelo, sintió cómo todo su cuerpo se resentía tras el tremendo costalazo.

—¡No! —gritó Zelda.

La boca le supo a sangre y tuvo que escupir una bocanada. La vista se le nubló, pero podía sentir la máscara danzando a su alrededor, intentando lanzar un nuevo ataque.

—¡Madre, escúchame! —gritó Zelda —¡vuelve!

Si no intervenía aquel monstruo volvería a atacar a Zelda y no podía consentirlo. Tomó aire e hizo un enorme esfuerzo por ponerse en pie. Las piernas le temblaban y apenas podía mantener el equilibrio, pero consiguió ganarse la atención de la máscara, que se movía borrosa a su alrededor. Levantó la espada y dio varios golpes erráticos que desataron las carcajadas del monstruo. "Diosas, no puedo con esto" pensó, al sentir un dolor agudo en la cabeza que le impedía centrar la vista. Fue tarde cuando vio el látigo levantarse para caer de nuevo en su dirección. Cerró los ojos y apretó los dientes, haciendo fuerza para encajar el golpe lo mejor posible.

—¡No! —chilló Zelda.

El golpe no llegó, pero sí un alarido horripilante y desgarrador. Abrió los ojos y se vio cegado por una inmensa luz. Cayó de rodillas y vio cómo la luz fluía del cuerpo de Zelda como los rayos del sol, no había explicación para algo así, pero la luz que emanaba de Zelda atravesaba a la máscara abrasándola, haciéndola retorcerse de dolor. Intentó aguantar el tipo, tenía que verlo con sus propios ojos hasta el final, pero el dolor de su cabeza era agudo y su mundo se oscureció de repente.


—Por favor, despierta.

—Tal vez si le echamos agua…

—Despierta, Link.

La cabeza aún le daba vueltas y podía sentir los gritos de dolor de Majora como un eco lejano, retumbando en los recovecos de su mente.

—Mmm… —gruñó, tratando de volver en sí.

—Por favor, Link.

Abrió los ojos y se tropezó con los de Zelda, que estaban húmedos, al borde de las lágrimas.

—Diosas… gracias, gracias… —murmuró ella, abrazándose a él.

—Zel…

—Me has dado un susto de muerte.

—¿Se encuentra mejor? ¿Sigues queriendo que traiga agua? —dijo la voz de un hombre a su alrededor.

—Sí, traiga agua, por favor —pidió Zelda.

—Todo ha acabado —dijo él. Parpadeó un par de veces y abrió los ojos del todo. Sobre su cabeza había un cielo azul, radiante.

—¿Qué ha acabado? —preguntó Zelda —toma, bebe agua.

Él se bebió el vaso de un trago, en verdad tenía mucha sed, como si llevase años sin beber.

—Todo, Majora.

—Ya le dije a tu amigo que no tocara la máscara. ¡No está a la venta! —dijo la voz nasal del hombre.

—Link, voy a llamar a una ambulancia ahora mismo.

—¿A una ambulancia? ¿Cómo diablos vas a llamar a una ambulancia?

De repente miró a su alrededor. Un corro de piernas de curiosos lo rodeaban. El suelo de madera. Hacía calor, había un murmullo y percibía el olor que produce el fondo lodoso del agua estancada. "El lago Hylia" pensó, de inmediato.

—Estoy bien —determinó.

—No, no estás bien. Te has desmayado y me has dado un susto de muerte —dijo Zelda.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?

—Unos pocos minutos, no más —respondió la voz nasal, entrometiéndose en la conversación.

Frunció el ceño y trató de ponerse en pie y lo consiguió a pesar de que Zelda intentó impedírselo.

—Diosas… —murmuró, con la boca abierta por la impresión.

Estaba en el mercadillo de objetos antiguos, en el muelle del lago Hylia. El hombre de la voz nasal e insoportable era el tipo de la sonrisa, el que le vendió el libro de las máscaras.

—Hoy es el día del Espíritu… —dijo para sí mismo —aún es ese día del Espíritu… ¿cómo es posible?

—El médico que venga en la ambulancia nos dirá cómo es posible —refunfuñó Zelda, sacando el teléfono de su bolso.

—No, no —la detuvo —estoy bien.

—Sí, puedes confiar en que nada malo ha pasado a tu amiguito —dijo el vendedor, con aquella estúpida sonrisa permanente. —Y como ha sido un accidente desagradable, os regalo el libro que queríais comprar.

—Lo que tiene que hacer es rezar para que no llamemos a la policía —amenazó Zelda.

—No he hecho nada. Ha sido tu amigo el que se ha desmayado al tocar la máscara. Y ya le dije que no lo hiciera, ¡no está a la venta! Es un objeto peligroso que debe ser tratado con cuidado. Se mira pero no se toca, es la clave. Tu amigo no es el primero ni será el último que caiga en sus encantamientos por cometer una imprudencia.

—Zel, ¿no recuerdas nada? Tú también estabas allí… —murmuró él. ¿Aquello era real? Todo lo que había pasado, todo, parecía mucho más real que ese preciso instante.

—Link, no sé qué habrás visto cuando te has desmayado, no sé qué se te habrá pasado por la cabeza. Estabas mirando el libro de las máscaras cuando has tocado esa de ahí.

La máscara con la reconocible forma de corazón estaba en las manos del hombre de la sonrisa perpetua. Los ojos amarillos, hipnóticos, habían perdido todo su poder. Estaban tan inertes como los de cualquier máscara corriente.

—Me he desmayado…

—Sí, al tocar la máscara. Me has asustado mucho, no sé qué te ha pasado y tiene que verte un médico.

—Esa máscara es el mal, no debería llevarla por ahí —le dijo al vendedor.

—Ya te lo advertí. Ahora tengo que cerrar mi puesto y seguir mi camino, si no os importa. Os regalo el libro por las molestias causadas, pero resulta que tengo prisa, ya no necesito nada de este mundo y una vez más, tengo que marcharme.

—Pues márchese, y más le vale no ir por ahí enseñando ese objeto del demonio. —protestó Zelda.

El vendedor de máscaras inclinó la cabeza y se despidió de ellos, volviendo hacia su puesto para empezar a empaquetarlo todo.

Link se dejó arrastrar por Zelda hasta uno de los puestos de emergencias que había en el muelle del lago. Un médico lo reconoció y tras hacerle varias pruebas determinó que estaba bien, tal vez se había desmayado por un golpe de calor.

En el trayecto de camino a casa, Zelda insistió en conducir su coche y él no se opuso, se mantuvo en silencio en el asiento de copiloto. No podía ser posible que tantas cosas, tantas emociones vividas y con tanta precisión, fuesen el producto de dos minutos de desmayo. Unos pocos minutos… por la Diosa, él había vivido meses en unos pocos minutos. Y ahora todo estaba borrado de un plumazo: Marie, Olly, Hessel Marlek, el señor Bosphoramus, la madre de Zelda, Impa, el maestro Aisem, el viaje, la ciénaga. Y sus amigos, Elm y Numa. De alguna manera era un gran alivio pensar que no habían muerto, que nada había sido real. ¿O podría serlo? ¿Habría visto el futuro? ¿Cuál era el poder de la máscara?

—Voy a llamar a los chicos en cuanto lleguemos a casa, pospondremos la fiesta de cumpleaños a otro día —determinó Zelda.

—No, me encuentro bien, no quiero que canceles nada, por favor.

—Link, es mejor que descanses hoy. No quiero volver a llevarme un susto así.

—Por favor, Zel. Todo está planificado, tenemos que celebrar tu cumpleaños hoy.

Ella frunció el ceño y cedió en silencio. Él se sintió aliviado, aquella fiesta de cumpleaños significaba un antes y un después. Al menos lo significaba en su visión, no podía permitirse el lujo de poner a prueba el destino.

Cuando llegaron a casa, Zelda le obligó a acostarse un rato, pero él no tenía sueño, así que se quedó en su dormitorio fingiendo que dormía. La máscara de Majora era algo diabólico, tocarla era suficiente para provocar todas esas visiones. Imaginaba que el que se atreviese a ponérsela, corría el riesgo de quedar por siempre atrapado dentro de su propia mente.

Envolvió el regalo de cumpleaños de Zelda, "un simple pañuelo de gasa" pensó, rememorando el instante en el que le había entregado la máscara del sol. Sentía una distancia angustiosa con Zelda, ella no tenía consciencia de todo lo que había ocurrido entre ellos durante el encantamiento de la máscara. En ese tiempo, él había aprendido a perderla y a recuperarla, y a probar el amargo sabor de lo que significaba no haberle confesado sus sentimientos a tiempo. Si quería evitar que todo volviese a ser igual que en la visión, tendría que decirle que la quería, y cuanto antes.

—Link, ¿estás despierto? —preguntó Zelda, apareciendo tras la puerta.

—Sí, sólo estaba recostado en la cama —dijo él, incorporándose.

Zelda se acercó a él para palparle la frente y tomarle la temperatura.

—No tienes fiebre.

—Ya. Ya lo sé. Estoy bien, ya te lo he dicho.

Agarró la mano de Zelda y le besó el dorso. Ella se quedó tan sorprendida por el gesto de cariño que reaccionó dando un paso atrás y mirando a otro lado. Podía ver el calor en sus mejillas combinado con un repentino nerviosismo.

—Los invitados deben estar al caer, voy afuera por si tocan al timbre —dijo ella, liberando la mano de la suya —¿vienes?

—Sí, ahora voy.


Todo transcurrió de un modo preocupantemente parecido al de la visión. Los invitados al cumpleaños de Zelda disfrutaron la comida, la música y la conversación. Y el compañero de trabajo de Zelda, no paraba de flirtear con ella.

—Vaya, se ha acabado el vino. Link, ¿vas a por más a la cocina? —le pidió Zelda.

Él asintió en silencio y fue a buscar otra botella. No había probado ni una gota, al menos eso sí era distinto a su visión. Antes de que pudiera volver al salón con la botella, Zelda apareció también en la cocina para buscar algo en el frigorífico.

—Los chicos quieren jugar al póker hyruleano, ¿dónde guardamos las cartas, Link?

—No lo sé, en algún cajón.

—¿Estás enfadado? Sigo sin verte bien, no estás igual que siempre… —dijo ella, deteniéndose a mirarle.

—No estoy enfadado.

—Deberías tomar alguna copa, eso te haría bien. No te he visto servirte ni una.

—Y tú deberías no tomar ninguna más, o tu amigo Sam se te echará encima antes de que te des cuenta —rugió. Zelda rompió su seriedad con una carcajada que retumbó en toda la cocina.

—Cualquiera diría que estás celoso de Sam…

—Pues sí, sí lo estoy.

Zelda volvió a titubear del mismo modo que en el dormitorio, cuando le besó la mano. ¿Y si la Zelda del mundo real no sentía lo mismo que en sus visiones? Era posible que lo que había visto con el encantamiento fuese un deseo, tal vez lo que vio no era el futuro, sino simples deseos y preocupaciones de su cabeza.

Ambos volvieron con el resto de los invitados, seguían divirtiéndose y acabando la cena. Mantuvo una conversación poco interesante con Lott, que se quejaba de los turnos que le tocaban en el restaurante. Mientras fingía escuchar las quejas de su amigo, levantó la vista y descubrió a Zelda observándole, ella apartó la mirada de inmediato, disimulando al sentirse descubierta. Eso le hizo sentir una especie de calor por dentro, tal vez sí estaba interesada de verdad en él, porque no había probado ni una gota de alcohol desde que habían vuelto con los demás, y no paraba de lanzarle miradas furtivas desde el otro lado de la mesa.

La partida de póker hyruleano comenzó, y tal y como recordaba, el bastardo de Sam ganó varias mangas.

—¡Vuelvo a ganar! Doble pareja de reinas zora y dos rupias verdes. Soy el mejor, tenéis que reconocerlo… —presumió Sam.

Sam intentaba flirtear descaradamente con Zelda, pero a diferencia de lo que ocurría en el sueño, ella reaccionaba siguiéndole la corriente para después mirarle a él de soslayo, como si supiese que la estaba observando en todo momento.

—¿Otra partida más, chicos? —preguntó Sam.

—Nah, maldita sea… nos has desplumado. Estoy sin blanca y no podría seguir apostando —dijo Mahim.

—Sí, otra partida más —intervino Link.

—A mí no me quedan rupias, sólo tengo diez —se lamentó Zelda.

—Pues diez rupias máximo esta vez —propuso Sam de inmediato. El muy bastardo.

Todos accedieron excepto Mahim, que dejó de jugar. Conforme avanzaba el juego, los jugadores fueron retirándose. Ya sólo quedaban en la partida Zelda, Sam y él mismo, igual que en la visión. El corazón de Link se aceleraba pensando en lo que iba a ocurrir… él tenía que ganar esa manga, y lo que se iba a jugar era algo muy importante. Era su amuleto.

—Subo cinco rupias —dijo Link. Tenía una pareja de reyes y sabía que iba a sacar un tercero.

—Está bien, rubito. Igualo tu apuesta —dijo Sam.

—Maldición. Ya no me quedan rupias —protestó Zelda al no poder igualar la apuesta de Sam.

—Tal vez puedas añadir algo que haga la apuesta más interesante, si quieres seguir en la partida —insinuó Sam.

—No pienso quitarme la ropa, si es lo que estás pensando —dijo ella, cruzándose de brazos.

—No, eso no —carcajeó Sam —no lo vería adecuado teniendo en cuenta que es tu cumpleaños.

—¿Entonces qué pretendes que apueste?

—Un vale. Un vale por un beso —propuso Sam, con una sonrisa maliciosa.

Zelda miró a Link, y él le sostuvo la mirada, sin oponerse a la idea. Ella apartó la vista, un tanto turbada, pero reaccionó a tiempo, disimulando para los demás.

—¿Sólo eso? Está bien —aceptó Zelda —me parece algo estúpido y en esa mesa hay más dinero del que puedo ganar en dos tardes enteras de trabajo en la cafetería.

Zelda se levantó y garabateó el vale en una hoja de papel. Su vale.

—Un beso en un papel no iguala las apuestas —dijo él de repente. Todos dejaron de hablar para mirarle —a menos que sea un beso de verdad. Ya sabes. No en la cara o la frente. O como el que se le da a un hermanito pequeño.

Zelda abrió mucho la boca, quiso decir algo, pero Sam se le adelantó.

—Bien dicho, Link. Si no es un beso de verdad, no tiene ningún sentido la apuesta.

—Está bien, lo había entendido la primera vez —protestó ella, frunciendo el ceño —"Vale por un beso de verdad".

Y arrojó el papel a la montaña de apuestas.

Todo transcurrió como él había previsto. Zelda tuvo que abandonar la partida y todo se decidiría entre Sam y él.

—Bien, creo que ese beso es mío —alardeó Sam —trío de rubís goron.

Todos en la mesa aplaudieron, dándole por ganador, hasta que Link puso su trío de reyes sobre la mesa.

—¡Bien jugado, Link! —exclamó Lott.

—Nos tenías engañados… —añadió Mahim.

—Ahora que Link se cobre su apuesta —dijo Lott, frotándose las manos.

Él estaba recogiendo sus ganancias con tranquilidad mientras sus amigos hacían bromas y le pinchaban para que besase a Zelda delante de todos.

—No, se acabó el espectáculo por hoy —dijo él —ya la besaré cuando estemos a solas, no ahora.

—Aguafiestas… —se quejó Lott.


Todos los invitados se habían marchado ya. Él se quedó recogiendo el mantel y los restos de comida y bebida que había desperdigados en el comedor.

—Link, puedes dejar eso para mañana, yo te ayudaré —dijo Zelda.

Él se detuvo y por un instante se miraron sin decir nada. Esperaba que el corazón de Zelda se acelerase del mismo modo que el suyo, al menos lo parecía, pues se la veía nerviosa y sin saber qué decir, cosa rara en ella.

—Voy a mi habitación. A dormir, ha sido un día largo —anunció Zelda. Él asintió sin decir nada. —Vale, buenas noches.

—Buenas noches.

Dejó que ella se marchase para tomarse un par de minutos. Tenía muy claro lo que quería, y lo que tenía que hacer. Ya no tenía miedo de equivocarse, equivocarse sería no arriesgar, como pasó en su sueño. Si Zelda se entregaba a él jamás consentiría que fuese secuestrada por los sheikah, no dejaría que unas garras invisibles la hiciesen desaparecer. Y si ella lo rechazaba él no… apretó los puños y fue hasta la puerta de su dormitorio, que golpeó un par de veces con suavidad. Ella abrió de inmediato, parecía como si estuviera esperándole pegada a la puerta.

—Sabía que vendrías a darme mi regalo de cumpleaños, no te creas que no me he dado cuenta de que eres el único que no lo ha hecho. —bromeó ella.

—No, en realidad tu regalo está en mi habitación.

—Ah —otra vez Zelda se vio sorprendida por él y reaccionó con nerviosismo —Yo pensaba que... Ha sido una fiesta divertida, ¿verdad? Y eso que el día empezó mal, con tu desmayo y todo eso. Y luego has estado muy serio todo el día, mirándome… quiero decir, mirándome de una forma un poco rara.

—¿Igual que te miro ahora? —preguntó, aproximándose a ella.

—S-sí.

—Me dijiste que dejarías la puerta de tu habitación entreabierta, y que podría ir cuando acabase el baile. Pero todo pasó demasiado deprisa…

—No entiendo… —murmuró ella, frunciendo el ceño.

Él suspiró y sacó el papel de su bolsillo. Lo desdobló y se lo entregó a Zelda.

—Link…

Sin pensarlo le agarró la cara con ambas manos y deshizo toda la distancia con ella. Podía sentirla temblar, estremecerse por la anticipación. Presionó la boca contra la suya, y Zelda se aferró a él, aturdida, pero dejándose llevar por el mismo deseo que lo cegaba a él. Después siguieron besándose, sin decir nada, parando de vez en cuando para tratar de mirarse entre caricias, bajo la tenue luz de la habitación. Zelda se apegaba a él con todo el cuerpo, le revolvía el pelo mientras se besaban, lo volvía loco. Él se quitó la camiseta y ella lo imitó sin dudar. Siguieron besándose de una forma descontrolada mientras él la empujaba hacia el borde de la cama.

—Le he sacado buen partido al vale… —susurró, sacándole una carcajada a Zelda.

—Estaba esperando que algo así pasara entre nosotros —confesó ella —era cuestión de tiempo.

—¿Tú crees?

Ella se dejó caer de espaldas en la cama y lo arrastró consigo, tirando de la cintura de sus pantalones.

—Zel, hay una cosa que tengo que contarte —le susurró, mientras se acomodaba encima de ella.

—Cuéntamela mañana.


Notas:

Kindaia, lectores. Al fin alcanzamos el desenlace y la conexión de la historia de Majora's Mask con esta historia, propiamente dicha, jajaja. Durante mucho tiempo pensé cuál sería el instante en el que Link volvería en sí, y al final el cumpleaños de Zelda me pareció el momento más adecuado :) Ya solo queda un capítulo de conclusión, espero que os haya gustado el giro final!

Un abrazo,

-Nyel2