-Perdonad los modales de Irian –dijo el joven que había abierto la puerta a Judith. Era un muchacho terriblemente alto, que debía rozar los dos metros veinte si no los rebasaba, de hombros anchos y cuerpo de toro perfectamente proporcionado, y con las facciones notablemente parecidas a las del encargado del Departamento de Aurores, salvo por el detalle de que resultaban mucho más firmes y viriles, y su cabello era moreno. Sin embargo, cuando Judith le había confundido no había parecido extrañarse. Su rostro, sin embargo, se había nublado-. No ha vivido con más mago que conmigo, y es un poco… particular.

-Como el patio de mi casa, no te jode –murmuró la bella criatura trayendo el té-. Leo, eres un maleducado de tres pares de cojones. ¿No sabes que no se critica a la gente a su espalda? Hazlo siempre a la cara, así luego nos podemos gritar. Sabes que adoro discutir y me privas de los placeres más simpl… -el moreno le tapó la boca con cara de paciencia.

-A esto me refiero. Por favor, sed indulgentes con Irian. Es demasiado joven.

-Es medio Veela, ¿verdad? –preguntó Ethan, sorprendido aún por la intensa atracción que todos habían sentido por el ser. No era capaz de deducir si se trataba de un varón o de una hembra: su belleza era tan impactante que hubiese podido ser cualquiera de los dos.

-Sí –repuso lacónico León.

-¿Y cómo es que no está en Hogwarts? –añadió el auror contemplando con ojo crítico a Irian, que se retorcía intentando escapar de la manaza enorme de su compañero de vivienda-. Tiene la edad. Sin embargo, nunca he oído hablar de un medio Veela en la escuela…

-Irian es squib –respondió León. Parecía que iba a terminar allí, pero suspiró-. No os daréis por satisfechos hasta que oigáis la versión íntegra, ¿verdad? Está bien… Irian es hijo de Magos Oscuros. Su familia murió al final de la última guerra, y él quedó huérfano cuando no era más que un recién nacido. Nadie se molestó en buscarle –se encogió de hombros-, hasta que por mis circunstancias particulares decidí investigar un poco la rama francesa de la familia. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que una pareja había inmigrado a Inglaterra para apoyar a Quién-tú-ya-sabes en su justo dominio sobre muggles y seres inferiores –su tono se volvió indudablemente sarcástico- y que su criatura vivía… Adoptada por muggles. Irian acabó en un orfanato, pero con su belleza llamó la atención y no duró mucho tiempo allí.

-Y son una familia fantástica –añadió la criatura librándose de la mano que la amordazaba al fin-. Pero cuando me enteré de que si seguía con ellos podían tener problemas… les dejé una nota y me vine con mi primo Leo –les dedicó una sonrisa radiante-. Es un soso, pero a mí me gusta.

-Eres el hijo de Galael Montcastillac –dijo Albert a León, tomando nota de las facciones del muchacho moreno. León se tensó visiblemente.

-No. Eso mismo pensó vuestra compañera –miró de reojo hacia una de las habitaciones, donde dormía ahora la auror, agotada tras su carrera-. Galael Montcastillac es mi tío. Yo soy hijo del repudiado Gabriel Montcastillac, su hermano gemelo, y una giganta –separó las manos-. Soy mago por derecho de nacimiento. Sin embargo, la familia de mi tío me considera una vergüenza. Así que nos evitamos en lo posible y todos felices –añadió con fiereza.

-Al papá de Leo le gustaban las mujeres que tuviesen mucho que abarcar –declaró Irian humorísticamente. Su compañero le miró frunciendo un ceño tormentoso-. ¡Eh, puedo entenderlo perfectamente! Los grandotes tenéis mucho encanto, mi pequeño pony –le palmeó el hombro.

Albert e Ethan se miraron, sin entender la alusión. Leo se había puesto del color de un tomate.

-Eres insoportable –gruñó entre dientes-. Sirve el té a nuestros invitados, voy a ver si las mujeres necesitan mantas.

-Leeeeeeeeeoooooooo, no te enfaaaaaades –gimió la radiante belleza. Su primo le ignoró portentosamente y salió del salón, agachándose para no chocar con la cabeza con el marco de la puerta. El hermoso ser le miró marchar haciendo un puchero, y luego miró directamente a los dos aurores-. Siempre se enfada. Es un susceptible –suspiró-. Me pregunto por qué…

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Sam miró desde la puerta del cuarto, sin atreverse a entrar. Dormidos sobre la inmensa cama estaban Nadja, cuyas gafas reposaban ordenadamente sobre la mesilla, Evan enroscado en torno a una pequeña niña en un capullo protector, y una derrengada Judith que, pese a todo, no había soltado sus armas. La rubia tenía la boca abierta por el agotamiento y babeaba ligeramente la almohada, y unas profundas ojeras mostraban su cansancio y el estrés que había sufrido en los últimos días. Sin embargo, dormía de lado de forma que liberaba el muslo donde reposaba la pistola, y Sam no dudó ni por un instante de que la mano que se colaba bajo la almohada estaba firmemente asida a la varita. Incluso en brazos de Morfeo la mujer estaba alerta. Se preguntó si sería realmente capaz de relajarse.

Con gesto nervioso bajó la mano hacia el bolsillo. Cuando alzó la vista de nuevo, se encontró los ojos grises y ojerosos de Judith fijos en los suyos. La mujer tenía la varita a punto de atacar por puro instinto. Ambos hicieron una pausa.

-Me alegra verte bien –susurró el vampiro para no despertar al resto de durmientes.

Judith se incorporó y dejó el lecho, bajando la amenazadora varita. Le hizo un gesto de silencio y luego salió del cuarto, dejando la puerta entornada para no molestar a los que allí descansaban.

-¿Por qué tardasteis tanto? –murmuró ella, sin reproche. Sólo quería información. Su voz rezumaba agotamiento, lo mismo que su cara demudada.

-Era una trampa, pero no la que esperábamos –repuso Samuel en el mismo tono-. Una emboscada. Nos atacó un enjambre de Salems. Deberías descansar…

Judith negó con la cabeza.

-Tenemos mucho que hacer…

-Judith –cortó él con suavidad-. Todos estamos al límite. Albert casi sufre un colapso…

-Pronto tendremos que dejar esta casa –insistió ella en voz baja-. Leónidas es un mago más que competente, pero no va a poder mantener los glamours que la camuflan mucho tiempo, y menos si…

-¿Y si hacemos un hechizo de Guardián Secreto…?

-¿Crees que…?

-Quizás… -el moreno se detuvo, la miró y sonrió lentamente. Ella le dedicó una mueca torcida que con buena voluntad podía pasar por sonrisa-. ¿No crees que hemos empezado esta conversación por el final…? Cuéntame qué ocurrió en el Ministerio…

Ella asintió y se dirigieron hacia la cocina, donde tomaron asiento. Allí, mientras tomaban café, la rubia le resumió los últimos eventos: el ataque sorpresa a Scrimgeour, la huída, la inesperada ayuda de Galael, el rescate de la pequeña Leah, la aparición ante la casa de León e Irian.

-Son un par de chicos muy extraños –comentó ella en el mismo tono reposado que había usado hasta el momento, y que Samuel atribuía al cansancio-. Leónidas me abrió la puerta, y por un momento no supe que pensar. Se parece tanto a su tío… Luego me di cuenta de las diferencias obvias, y le pregunté si eran familiares. Cuando me dijo que sí, le informé de la caída del Ministerio y de quiénes éramos, y me dejó entrar de inmediato y me ofreció su casa. Es muy generoso. Su primo, en cambio, es un tanto exuberante…

-¿Crees que es un chico…?

-¿Tú no? –la mujer le miró, parpadeando. Había algo extrañamente íntimo en aquel instante, en la luz de farola que entraba por la ventana tras la cual ya había anochecido, en las sombras tenues que se proyectaban en aquel rostro familiar suavizado por el crepúsculo, en la forma descuidada en que ambos estaban sentados en torno a aquella mesa de cocina en casa ajena. Como dos chiquillos que se cuelan en el hogar de una tía lejana, compartían un instante de paz ficticio, frágil y pasajero. A Samuel se le hizo un nudo en la garganta. Tuvo que aclarársela antes de hablar.

-A mí me parece una chica… -murmuró el vampiro, sin recordar muy bien de qué estaban hablando. Se sentía como en un sueño. Tuvo que contener el impulso de alargar la mano y recolocar el pelo de la mujer, que caía sobre su rostro desordenado y despeinado, alejado de su severo estilo habitual.

-Qué curioso… es como si se tratase de un ángel del Señor, y cada uno viese lo que desea ver o consideraría más bello –murmuró la mujer, mirando hacia la calle distraídamente-. Y luego abre la boca y…

-"¿Pa qué? ¿Pa cagal-la?" –susurró Samuel recordando el célebre chiste de la belleza callada. Judith resopló y luego rió brevemente. Él también se permitió relajarse un segundo, antes de volver a contemplar el duro perfil de la joven, en silencio. Ella se giró y se encontró con sus ojos. Tal vez fuese efecto de la luz exterior rojiza, pero a Sam le pareció que por un instante se había ruborizado.

-Sam… haces una cara rarísima –musitó la mujer, removiéndose en su asiento-. ¿Cuándo te toca la próxima dosis…?

Confía en Judith Kalazev para destrozar el encanto de un momento, se dijo el moreno con sobresalto y fastidio.

-No te preocupes –dijo molesto-. Siempre llevo encima un frasco… -luego recordó. Aquella mañana había salido del Ministerio contando con volver antes de la noche, y por tanto no había llevado ningún vial, por el peligro que corría en plena acción de que se rompiese y perder una valiosa dosis de la pócima. Todo cuanto le quedaba era lo que había en el Ministerio al que no podía regresar, en su casa que probablemente ya habrían tomado, y no era hora ya de visitar ninguna botica, además de que confeccionar la mixtura tomaba su tiempo, un tiempo del que no disponía… Si hubiese podido hubiese palidecido-. Judith –susurró tensamente-. No tengo más poción.

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León cubrió a los tres durmientes con una cálida manta. La mujer musculosa, ausente de su puesto defensivo al extremo de la cama, estaba en la cocina ahora mismo hablando con el vampiro. Le había sobresaltado ver a aquel ser, pero la auror le había advertido de su existencia, así que al verle no se había alarmado todo lo que habría hecho en otras circunstancias. El murmullo de sus voces le llegaba como un runrún de fondo que cubría a duras penas una voz más entusiasta y expresiva. Apretó los dientes. Irian era idiota. A saber qué les estaba contando ahora a los dos aurores…

Se dirigió hacia la cocina. El olor del café dejaba claro que la pareja se había acomodado, pero como anfitrión juzgaba necesario preguntar si necesitaban algo más. No importaba que se hubiesen impuesto en su casa: seguían siendo invitados, en cierta forma. Y necesitaban toda la ayuda posible si querían luchar contra el Señor Oscuro. Leónidas había crecido oyendo las leyendas de lo que Voldemort había hecho en tiempos de poder; nadie en su sano juicio desearía que aquella época regresara. Al aproximarse a la puerta oyó a la mujer rubia decir:

-¿Cuánto puedes aguantar sin tomarla?

-No lo sé, nunca me he pasado sin ella... No sé lo que voy a poder aguantar –le respondió el vampiro. León arqueó una ceja y carraspeó. La pareja le miró. Parecía asustados, no como si hubiesen sido pillados en falta, sino como si estuviesen realmente metidos en problemas.

-¿Ocurre algo?

-Sí –repuso Judith, seria-. Despierta a Evan. Necesitamos a todo el mundo en pie y alerta –miró a su compañero, casi tan pálida como él, y con un gesto determinado en el rostro moreno-. No te preocupes, Samuel Frost. No vas a hacer daño a nadie –susurró-. Si hace falta, yo misma te detendré.

Sam asintió, tragando saliva. León apretó los labios y fue a despertar al chico que dormía en su cama. Bien… Parecía que las visitas traían problemas, después de todo. Como si no bastase con Irian y su peculiar e indiscreto sentido del humor…

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-En resumen, no disponemos de poción, ni tiempo para hacerla –Evan bostezó portentosamente, intentando luchar contra las nieblas del sueño que aún le envolvían-. ¿Cuál es tu idea, Judith?

-Vamos a ver… los vampiros beben sangre –la mujer caminaba de un lado a otro de la cocina, tensa y seria, mientras el resto de presentes la contemplaban-. Y no dejan de ser demonios menores en cuerpos de mago. En este caso tenemos la ventaja de que Sam ya ha… muerto y resucitado, por decirlo de alguna manera. Así que ahora mismo tiene el control de su cuerpo y no el demonio. La cuestión es, ¿cómo podemos mantener las cosas así?

-Uhm –Evan miró al techo blanco de la cocina, pensativo-. Lo suyo sería controlar la sed de ese ser, de forma que no le diésemos fuerzas para asumir un puesto preponderante sobre el alma de Sam.

-No pienso beber sangre –susurró Samuel. Estaba poniéndose notablemente nervioso a medida que se acercaba la medianoche, momento en que le hubiese tocado consumir su poción.

-Nadie ha dicho eso –repuso calmo Ethan-. Creo que sé a dónde queréis ir a parar… ¿Qué podría substituir a la sangre como alimento?

-Nada –murmuró con amargura el vampiro.

-¿Sangre artificial? –sugirió Judith-. Los muggles la utilizan en casos de emergencia…

-Eso suena aún más repugnante que… -dijo con asco Albert.

-La sangre se compone ante todo de glucosa y hierro –intervino Evan. Albert le miró, sin comprender de lo que hablaba. Ethan parecía igualmente perplejo-. Si Sam tomase el equivalente a lo que sería unos litros de sangre, léase agua con azúcar y hierro…

-Quizás funcione –murmuró Judith con el ceño fruncido.

-Y quizás no –cortó Albert-. Lo que deberíamos hacer es deshacernos del…

-¡Te ha salvado la vida hoy mismo! –exclamó Ethan, indignado-. Si no se hubiese hecho cargo de los Salems que atravesaban nuestras defensas…

-¡Y ahora se va a convertir él en uno y no podemos hacer nada por evitar…!

-Vamos a intentarlo –cortó Judith. No había alzado la voz, pero su tono dejaba bien claro que no pensaba tolerar discusiones-. Evan, ve con Albert a buscar una farmacia de guardia y traed todo el hierro que encontréis: pastillas, cápsulas, viales… Ethan –siguió diciendo-, tú ve con Nadja. Ella te guiará por el supermercado. Buscad un afterhour y traed azúcar, preferentemente unos cuantos kilos. A granel mejor que en cubitos. ¿Lo habéis entendido? –todos asintieron.

-¿Y tú qué harás?

Judith sonrió de forma difícil y amartilló la pistola, que había recargado con la munición extra de Samuel.

-Yo evitaré que esto se nos vaya de las manos.

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-Lo siento –susurró Samuel

-No es culpa tuya –desechó ella. Ya eran las once pasadas. Delante de ella, su compañero estaba atado a la silla de la cocina, con una manta por encima para evitar que su temperatura corporal descendiera. Sus ojos seguían siendo tranquilizadoramente castaños.

-Ya lo sé –murmuró, mirándola. La mujer parecía al borde del colapso por agotamiento, pero se mantenía tensa y alerta a toda costa-. Pero sigue sabiéndome mal este asunto. No es justo que precisamente tú… -la vio removerse en la silla, inquieta, y cambió lo que iba a decir-. ¿Cómo está tu pierna?

-Entera. ¿Sabes? Es curioso que me recuperara tan rápido… Empiezo a preguntarme si realmente iba tan errada al pensar que hay algo extraño en mí.

-Judith, eres rarita –bromeó en voz baja el moreno-, pero caes bien. Tendrás que asumirlo.

-¿Estás sugiriendo que soy poco femenina? –inquirió ella en el mismo tono. Necesitaba bromear o iba a sufrir un ataque de nervios. Enfrente de ella, Samuel abrió mucho los ojos ante la pregunta.

-Que me parta un rayo aquí mismo si he sugerido tal cosa… -empezó a decir. Luego captó la sonrisa torcida de ella y suspiró. Durante unos segundos estuvieron en silencio, pero no se mantuvo. Ninguno de los dos podía soportar la espera sin llenarla de palabras, por muy vacuas que fueran-. Qué frío hace…

-¿Quieres otra manta? –Judith miró el reloj, preocupada. Aún quedaban unos minutos antes de que fuese la medianoche. ¿Dónde estaba todo el mundo…?

-Podría hacerme el macho y decirte que no, pero tengo el culo helado…

-No necesitaba tanta información –cortó ella, seca. Luego fue a por otra manta, que colocó por encima del hombre. Parecía un gusano a punto de convertirse en mariposa. Lástima que la metamorfosis que esperaban fuese bastante menos agradable…

-Gracias –susurró Samuel-. ¿Puedo poner un huevo en este nidito…?

-Tienes dos, pero te agradecería que no los dejases a la vista –contestó ella-. Sería un poco violento.

-Oye… Fred parece haberse adueñado de ti. ¿Es un caso de posesión?

-Se le llama doble personalidad, así que no intentes caerme simpático –siseó ella, pero Sam podía notar el humor en sus palabras pese a todo-. No estamos en familia.

-De acuerdo, de acuerdo –repuso él conciliador-. Judith…

-¿Qué?

-Pase lo que pase… -el vampiro tomó aire-. Que sepas que me caes bien.

La rubia le miró en silencio durante unos segundos, antes de responder secamente:

-Tú a mí no.

-Tal vez –le devolvió la mirada, pensativo-. Pero has hecho todo lo posible por evitar matarme cuando has tenido la oportunidad.

-No te pongas sentimental, Sam –repuso ella con impaciencia-. Somos pocos y te necesitamos. Estoy siendo pragmática. No has hecho daño a nadie aún. Si podemos evitar que lo hagas…

-Albert no piensa como tú.

-Albert es un gilipollas –respondió la mujer-. Está tan ocupado en creerse superior a todo el mundo que es incapaz de ver lo obvio cuando lo tiene delante de las narices.

-¿Y lo obvio es…?

-Que eres un buen agente –dijo Judith con decisión-. Uno de los mejores. Y no nos podemos permitir perderte, así que…

-Eres una clasista. ¿Me estás diciendo que si yo no fuese un buen agente me habrías pegado un tiro…?

-Sin dudar –repuso ella enseñando los dientes en una mueca. Le interrumpió un siseo-. ¿Sam? –miró al reloj: Las doce y diez minutos-. ¿Ya empieza…? –el vampiro, delante suyo, agachó la cabeza mordiéndose el labio inferior-. Sam, háblame… quizás ayude.

-Vale –susurró él, incapaz de hablar más alto. Cuando alzó la testa, los colmillos le sobresalían de la boca como dagas afiladas-. Oh, joder… Oh, Dios…

-Dime… -Judith intentó contener las nauseas al verle. Le daba tanto asco, le inspiraba tanto odio aquel rostro desfigurado… estaba aterrada.

-Duele muchísimo… -el hombre iba perdiendo el poco color que tenía, mudando del blanco casi fosforescente que era habitual en él a un tono gris de ceniza-. No me mires…

-¿Y qué quieres que mire, las paredes? –siseó ella, tratando de controlar los nervios-. Necesito tenerte a la vista, Sam, por si cambias de… -las uñas de su compañero se alargaron como cuchillos, mientras se convulsionaba como víctima de un ataque epiléptico-. Sam, háblame. Sigue hablando –le costaba que no le castañeasen los dientes, y notaba el sudor frío en la espalda.

-¿Estoy muy mal? –murmuró el hombre a través de los dientes apretados. Los colmillos dobles estaban ahora a la vista en todo su esplendor, desfigurando un rostro que ya había perdido todo rastro de humanidad. Los ojos eran dos círculos fríos de plata. Judith se estremeció visiblemente.

-Tienes un aspecto horrible… más que de costumbre, quiero decir.

Samuel miró al vacío, sonriendo forzadamente.

-¿Sabes qué es lo peor…?

-No, dímelo tú –respondió la rubia, manteniendo la calma. Ahora le hablaría de la sed creciente y ella perdería el control, sabía que iba a perderlo… ¿Dónde estaban todos…?

-Que si la situación fuese otra, seguramente te habría invitado a salir.

Judith abrió los ojos desorbitadamente, con incredulidad. Tardó unos segundos en recuperar el habla.

-Anda ya... Sam, me tienes pánico –respondió con dureza. Si era una broma, se estaba pasando de la raya-. Nadie se siente atraído por una mujer que le amenaza de muerte…

-No he dicho… aquí y ahora –Sam dio un bostezo de locura, mostrando todos aquellos afiladísimos dientes. Las encías se le habían ennegrecido. Dudó antes de seguir hablando, como si se le estuviese olvidando lo que quería decir-. No me hago ilusiones, pero en otras circunstancias… -hizo una pausa, abriendo mucho los ojos. La voz se le había ido espesando, adquiriendo una cualidad soporífera, cálida, casi hipnótica-. Judith… Judith, suéltame… Suéeeeeeeeltameeeee…

-Y un cuerno –la mujer alzó la cruz de plata que lucía siempre sobre el pecho-. Padre nuestro, que estás en los cielos… -el talismán se iluminó levemente, tranquilizador. Samuel siseó como una serpiente herida, retorciéndose y cayendo de la silla. En el suelo, se arrastró tal y como estaba tratando de alejarse de ella y su cruz alzada, de su fe ardiente. Judith no se lo permitió, siguiéndole con paso firme.

-¡¡Basssssssssssstaaaaaaaa!! –susurró la criatura que hasta hacía unos segundos había sido Samuel Frost.

-… Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad…

-¡¡¡Asesina, puta asquerosa, mataste a tu padre y ahora vas a por mí!!!

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NdA: …Pobre Sam. Pobre Judith. Y pobre Leo, eso le enseñará a ir prestando la casa a desconocidos…

Ahí os dejo hasta que pueda postear más, que imagino que será de aquí a una semana como pronto. ¡Sed muy malos pero dejad muchos reviews!

Y sí, esto es un cliffhanger y lo demás son tonterías…