¡Y se va...! osea, dos capítulos más y se va esta historia. Como siempre, partir dándoles las gracias por sus lecturas, comentarios, las que recién se integran y las que me han acompañado desde mi primera locura. La historia está dedicada a todas ustedes.

No les distraigo más.

Aps! Para el próximo capítulo, les adelantaré algo de mi próxima locura, ¿si?, donde espero también encontrarles.

Abrazos y besos a todas.

Cata =)

(Facebook: Catalina Lina; Twitter: Cata_lina_lina)


26. La cacería del Camaleón.

~C&A~

Sam Ulley era más conocido en el ambiente oscuro de los negocios como "El Camaleón".

Él se encargaba de hacer negocios sucios de todo tipo, para empresarios que superficialmente eran pulcros y dignos. Casi nunca estaba relacionado directamente en sus trabajo, siempre delegaba esa responsabilidad en su gente de confianza y se preocupaba que muy pocos lo conocieran personalmente, o conocieran su verdadera identidad.

Su equipo de trabajo era pequeño y hermético, aunque ahora digamos, se había abierto a aceptar la colaboración de Victoria Rossel, sobrina del ex empresario Aro Vulturi, quien había encargado el último y más suculento trabajo.

No era primera vez que hacía trabajos con él, pero nunca había hecho nada tan arriesgado como eso, pero la suma que el viejo le pagó fue tan llamativa que no lo pensó dos veces, decidiendo tomar el trabajo directamente en sus manos, sin intermediarios. Además, con lo que seguro le sacarían al alemán, podría retirarse del negocio y vivir sin trabajar nunca más.

– ¿Me puedes decir por qué demonios no has llamado por el rescate? – preguntó Victoria, golpeando la madera del piso con sus lujosos zapatos.

– Oh, todavía no hermosa Victoria, es muy pronto aún – respondió Sam, sentado en una silla de madera, con los pies extendidos sobre esta, mientras ojeaba una vieja revista – Además, mientras más torturemos a estos billonarios, más será lo que pagaran por estas joyitas.

Sam, Victoria, Claude y Lian, otro de sus colaboradores, estaban recluidos en una cabaña pequeña de dos piezas, una cocina y un baño, al oeste de la ciudad, cerca del Valle de San Fernando. No podían llamar la atención en el sector, que se caracterizaba por viviendas de ese tipo, muy austeras y apartadas de la gran urbe.

En la habitación contigua las dos visitantes se encontraban maniatadas de pies y manos, una de espalda a la otra a un metro la una de la otra, desorientadas, sin la certeza de saber a dónde las habían llevado ni lo que harían con ellas.

Jane no había dejado de llorar y llorar con histeria desde que salieron de casa de sus padres, imaginándose a su amiga Tanya muerta e imaginándose su propio desenlace. Victoria había aprovechado la oportunidad para cobrarse de algunas cosillas, golpeándola y exigiéndole que se dejara de llorar, pero ni los golpes surtían efecto, por lo que le suministraron una droga potente, haciéndola dormir casi enseguida, antes que la colorina perdiese el control.

Bella intentaba mantenerse alerta y tranquila dentro de lo que era posible, viendo la posibilidad de escapar de alguna forma, pero uno de los hombres se encontraba como águila sobre ellas, vigilándolas, y Victoria que cada vez que podía le gritaba o la golpeaba cuando Bella no la tomaba en cuenta. Se hizo la dormida durante un rato a ver si el hombre las dejaba. Cuando eso ocurrió, esto cuando Sam fue por él, ella divagó su vista por el lugar, tratando de encontrar una salida, una escapatoria, pero atada de pies y manos sería más difícil de lo que supuso.

Una puerta que daba a un pasillo, una ventana pequeña cubierta por una cortina oscura y gruesa eran los únicos lugares por los cuales escapar. Había una cama de hierro oxidado, una mesa plegable, una silla y eso era todo.

"¡Demonios!" exclamó en su mente "Escapar será más difícil de lo que pensaba" Porque en ningún momento ella se dejó caer en la desesperación. Jane ya estaba bastante alterada, por lo que ella debía mantenerse bien y encontrar la forma de salir de allí. No dejaría que esos mal nacidos la vieran ni asustada ni mucho menos desesperada.

– Necesito que pongan atención – dijo Sam, ordenándole a sus comensales que se acercaran a su alrededor. – Iré a dar una vuelta a ver qué se dice. Ustedes tres se quedarán al pendiente de la señora Battenberg y su amiga. Dentro de un rato les darán alimento, pues bien saben que ambas valen más vivas que muertas – hablaba de ellas con tal caballerosidad, que realmente parecía que ellas eran más bien sus invitadas que sus secuestradas.

– Yo voy contigo – indicó Victoria, levantándose de su silla.

– Ni lo sueñes. Te quedas aquí. Levantaría sospecha si nos vieran juntos – le dijo a Victoria, sin dar pie para que ella protestara. Enseguida habló a los dos hombres – Al amanecer estaré de regreso y haremos la primera llamada a por el rescate.

– Como diga, jefe.

– No pierdan de vista a las mujeres, ¿me oyen? – ordenó enérgicamente, antes de calzarse su chaqueta y disponerse a salir. Ya estaba anocheciendo en el segundo día que llevaban de operación.

– Si señor – respondieron al unísono los dos hombres y Victoria sólo asintió.

En la otra habitación, Bella intentaba moverse contra su silla de todas las formas posibles para hacer que las amarras cedieran aunque fuese un poco. Cuando sintió ruido al otro lado, como acercándose hacia donde ellas se encontraban, volvió a hacerse la dormida.

Oyó que alguien se asomaba por la puerta, cerrándola enseguida, para después caminar hacia la puerta que daba a la calle. Luego un motor encendiéndose y alejándose.

Abrió con disimulo un ojo y vio que en la habitación no había nadie, sintiendo eso sí unas risotadas al otro lado haciendo efectivo el dicho aquel que dice "Cuando el gato sale, los ratones hacen fiesta".

Victoria trajinó los estantes y dio con un muy buen vino, invitando a los dos caballeros a beber con ella. Tuvo que ser persuasiva, pues los dos hombrones se mantenían estoicos en su postura vigilante.

– ¡De qué se preocupan! Esas zorras están dormidas. Yo las conozco, son tan débiles que de seguro no tienen fuerza ni para pestañear – indicó, prendiendo un cigarrillo – Así que por qué no nos divertimos un poco, chicos…

– ¿Y cómo nos divertiremos? – preguntó Lian, desafiante, cruzándose de brazos y alzando una ceja en dirección a la colorina.

– Conozco un par de formas – dijo sinuosamente, bebiendo del vino, directamente de la botella, para después comenzar a moverse al ritmo de la música imaginaria, mientras comenzaba a quitarse la ropa. Los muchachos se instalaron en unas sillas para ver el espectáculo, dándole la razón a la mujer colorina esa. Ella sí sabía cómo divertirse.

"La puta Victoria… espera que me suelte porque yo misma te arranco los pelos de la cabeza… esta me las pagas…" pensaba Bella, oyendo las estridentes y desagradables risotadas de la mujer esa y mientras seguía removiéndose para tratar de soltar las amarras y despertar a Jane, quien colgaba con su cuerpo hacia delante de la silla. Nada la despertaba. Eso asustó a Bella.

– ¡Jane! ¡Demonios Jane, despierta! – insistía en hablarle a su amiga para que se despertara, pero ella nada que se movía.

Un estruendo de risotadas volvió a estallar haciendo que Bella bufara con fuerza. "Victoria está haciendo su show barato de puta…". Al menos, que la colorina tuviera entretenidos a los hombres, la ayudaba para pensar en un maldito plan.

– Qué hago, que hago, qué hago…

"¡¿Cómo va a ser tan difícil salir de aquí…?!" pensó enfadada. Tomó aire, cerrando los ojos y concentrándose. "Piensa Bella, piensa…" cuando los abrió, estos quedaron fijos en las ataduras de cuero que sujetaban sus tobillos por sobre las costosas botas de cuero negro que Tanya la obligó a comprarse hace meses, las que ahora lucían entierradas. Era tragicómico que en ese instante estuviera pendiente de sus botas sucias, quizás estaba perdiendo la cordura...

Estiró sus rodillas, extendiendo sus piernas hacia adelante y las comenzó a mover una y otra vez, rozándolas entre sí, arriba y abajo. ¿Dónde había visto eso?... Ah, sí, en una de sus innumerables tardes de cine, cuando vió Kill Bill 2 y Beatrix Kiddo la protagonista, hacía el mismo ejercicio metida dentro de un ataúd.

Esa mujer, con esos movimientos, había logrado zafarse de sus botas. ¿Por qué ella no podría lograrlo? Ella no estaba metida dentro de un ataúd, por lo que tendría que ser más fácil, y al menos con los pies desatados tendría más probabilidades de arrancar de esos maniacos.

"Tiene que resultar"

Se concentró y fue constante con los movimientos, sintiendo el dolor en sus muslos por el esfuerzo que suponía ese ejercicio. De vez en cuanto miraba sobre su hombro y susurraba el nombre de Jane, pero nada que su amiga respondía.

Hasta que en un milagro, sintió una de sus pies deslizarse a punto de salir. Abrió los ojos con desmesura y se apresuró a sacarlo. Primero uno, después el otro.

Los gritos y los aplausos no habían menguado al otro lado en todo el rato que ella estuvo intentando soltarse, por lo que debía apurarse.

"¡Mis manos, cómo me suelto de las manos…!" volvió a recorrer su vista por el dormitorio y reparó en la cama con barrotes de fierro oxidado. Se levantó sin pensarlo hasta allí, con la silla acuestas en su espalda, sujeta aun por las amarras y con dificultad se acomodó de tal manera que sus amarras que sujetaban sus muñecas y comenzó a hacer fricción entre el fierro y las cuerdas, pasando a rasmillarse varias veces en el intento, haciéndola sangrar "No me duele, no me duele, no me duele…." Hasta que dio con la precisión en la postura.

Una y otra vez, una y otra vez, hasta que después de varios minutos que parecieron eternos, las amarras se soltaron.

"¡Mierda!"

Gemidos y jadeos estridentes del otro lado seguían indicándole que le quedaba poco tiempo. Ya estaban follando, quedaba poco… caminó hasta Jane y comenzó a golpearle la cara, mientras intentaba soltar las amarras de sus manos. Pero ella simplemente no respondía.

"¡¿Qué hago?!" no era tan corpulenta como para cargarla sobre ella y echarse a correr en la noche con su amiga sobre sus hombros.

Sólo una cosa le restaba por hacer. Correr a pedir ayuda. Era de noche, no sabía dónde demonios estaba, pero se arriesgaría. Sólo esperaba que hubiese tomado la mejor decisión.

–Volveré por ti, amiga. No te estoy abandonando, regresaré con ayuda, ¿si? – le dijo, dejando sueltas las amarras de las manos de Jane y arrimándose hacia la pequeña ventana, la que gracias a Dios, logró abrir con facilidad.

Se echó a correr en medio del tierral hacia donde supuso se encontraba la carretera. Estaba desorientada, no sabía si iba hacia el lugar correcto. Así que sin pensar mucho y esperando que algún ser humano apareciera por allí, corrió, corrió y corrió no sabe bien por cuanto tiempo, contra el viento helado que soplaba y con la tierra del camino aún bajo sus pies ¿Media hora quizás?... Hasta que la falta de comida, de agua y el cansancio por todo le comenzó a pasar la cuenta. Iba siguiendo un camino rural, en donde se sujetó contra un árbol cuando todo a su alrededor comenzó a dar vueltas.

– ¡Auxilio! ¡Ayúdenme, por favor! – gritó a nadie en particular, viendo enseguida cómo la vista se le nublaba, antes de dejarse en ir en la inconciencia, sin remedio.

Dos hombres medio ebrios, que iban de regreso a sus hogares a esas horas de la noche, repararon en el cuerpo de la mujer aferrado al tronco del árbol. Ambos creían estar viendo visiones, pero se despabilaron cuando la oyeron gritar por auxilio y desplomarse enseguida sobre la tierra.

Parece que el susto les hubiese espantado la borrachera, pues cuando Bella calló, ambos corrieron hasta ella.

– ¿Señorita, señorita? Despierte… – decía uno de ellos, hincado junto a ella, mientras daba suaves golpecitos en su mejilla para hacerla reaccionar.

– ¡No va a despertar! Hay que llevarla a un hospital…

– ¡Está muy lejos! – dijo el hombre que aún golpeaba su rostro.

– A la consulta del doctor del pueblo entonces. ¡Muévete! – dijo el otro hombre, indicándole a su compañero que tomara a la mujer desde un lado, arrimando su brazo sobre su hombro, mientras él hacía lo mismo del otro lado.

Tomaron el camino de regreso por donde ambos venían para llevar a la desmayada mujer para que la viera un doctor, el que estaba a casi media hora de allí.

– ¡Camina más rápido! No vaya a ser que se nos muera en el camino… – dijo uno de ellos, animando a su compañero a agilizar su paso.

~C&A~

Ocho treinta de la mañana del día dos de enero. Los tres oficiales de policía que se mantenían en casa de los Battenberg dormitaban sobre la mesa del comedor. Berenice, madre de Alexander, había preparado habitaciones para que todos descansaran, aunque nadie quisiera hacerlo, prefiriendo quedarse despiertos y alerta frente a cualquier novedad.

Edward no se movió del lado de Alexander. Había sido traumático para él enfrentarse a la escéptica sala de la morgue donde tenían al cuerpo de la mujer que había respondido a las características de Bella. Un terror absoluto antes que quitaran la sabana que cubría el cuerpo del cadáver y un alivio indescriptible fue lo que sintió luego, cuando negaron que aquella mujer fuera Isabella Swan.

Emmett cerca de la media noche, se había ido hasta la clínica a acompañar a Tanya para que Alan pudiese ir a dormir. Prometió regresar a la mañana siguiente por las novedades que el investigador pudiese traer sobre lo concerniente a Aro Vulturi. Además, cruzarían el relato que Tanya había dado esa tarde con la investigación de Vulturi, a ver si algunos datos eran coincidentes.

Y Alexander, que desde el mismo día de la desaparición no había pegado un ojo para descansar, no dejaba de sentirse devastado con todo ello. Nunca había pasado por un dolor semejante. Nunca. Jamás se había sentido tan perdido o desesperado por nadie ni por nada. Y el miedo, que no dejaba de acecharlo. Dos días, dos días con ese peso que parecía, iba a hundirlo en cualquier momento.

– Señor Battenberg – Alexander levantó la cabeza hacia el oficial, que venía llegando, escoltado por dos policías y el investigador que el mismo padre de Alexander había contratado, trabajando día y noche en el caso. Ellos habían ido el día anterior por la declaración de Bella y luego hasta el centro de reclusión donde estaba encerrado Vulturi.

– ¿Tiene novedades? – preguntó Alex, enderezándose de su postura en el sofá. Los caballeros tomaron asientos en los sillones contiguos.

– Nos demoramos más de la cuenta porque tuvimos que pedir autorizaciones para ver los registros de visita de Vulturi – informó el oficial, desatándose el nudo de su corbata.

– ¿Y encontraron algo? – preguntó Edward, acercándose hacia ellos. El oficial afirmó con la cabeza.

– Encontramos algo – dijo, al tiempo que dejaba unos papeles sobre la mesa de centro. Se acomodó con una pierna sobre su rodilla y comenzó a explicar – En los días que Vulturi ha estado recluido, sólo ha recibido tres visitas. Dos masculinas y una femenina. La femenina es de su sobrina Victoria Rossel, eso el día veintiocho del pasado diciembre. Un día después lo visitaron Sam Ulley y Daniel Smith, este último abogado.

– Revisamos los registros de video que por ley deben tener los centros penitenciarios – intervino el investigador – y algo partió llamando nuestra atención.

– ¡Qué! – exclamó Alex, desesperado por saber algo más en concreto.

– Primero el carro en el que se movilizaba Ulley – dijo el investigador con mucha calma, pasando por alto es alterado estado de Alexander – Las características del coche eran similares a las que dio la señorita Denali ayer por la tarde cuando se le tomó la declaración. Y aunque no eran precisas porque era de noche ya, es un dato que no podemos descartar…

– La matrícula del vehículo logramos captarla después de un trabajo de imagen. En este momento la están investigando los peritos – intervino uno de los policías que acompañaba al oficial y al investigador.

– Además, no pasamos por alto la visita de la sobrina – indicó otra vez el investigador – Fuimos hasta su domicilio, donde el conserje del edificio donde ella vive, nos confirmó que ella desde el día treinta de diciembre no ha regresado a su apartamento, esto cuando un hombre con las características de Sam Ulley fue por ella, a eso de las cinco de la tarde de ese día.

– Pero eso puede significar que fueron ellos los que atropellaron a Tanya, pero sobre el rapto de las chicas… – intervino Edward, sacando sus propias conclusiones.

– Por supuesto, pero no olvidemos señor Masen, que la madre de la señora Battenberg vio el carro que fue por su hija ese día hasta su casa. Y también según lo que ella declaró, las características del coche son similares a las que dio la señorita Denali y a las imágenes del carro que montaba Ulley.

– ¡Por Dios del cielo! – susurró Alexander como un lamento, pasando sus manos por el cabello.

– ¿Y qué tiene que ver Vulturi en todo esto? – preguntó Edward.

– Eso lo averiguaremos esta tarde cuando vayamos por una declaración que el fiscal debe autorizar – indicó el oficial jefe de la investigación – Pero ahora lo más importante es saber el recorrido que hizo el coche y esto lo harán las pericias que se están haciendo ahora…

– ¡Y hasta qué hora tendremos que esperar! – vociferó Alex, desesperado.

– Señor Battenberg, entiendo su posición, pero tenemos que ser cuidadoso – dijo el investigador tratando de calmar a Alex, si es que eso era posible.

El oficial agregó en tono cuidadoso y serio en dirección a Alex – Si no nos movemos con cuidado, su mujer y la señorita Swan pueden ser las perjudicadas. Usted entiendo lo que quiero decirle…

– Sí, lo entiendo – asintió entendiendo perfectamente. Su mujer estaba en manos criminales, sin escrúpulos, que querían algo más que el dinero que él mismo pudiera pagar por el rescate. Inspiró aire, lo soltó sonoramente y agregó más calmado – ¿Y los pasos a seguir ahora?

– De momento seguir esperando hasta tener la ruta que abordó el coche. El sistema de cámaras de seguridad desplegado en las carreteras será de ayuda.

– Es cuestión de tiempo, caballeros. Digamos que ahora ya no estamos dando pasos en falso ni a ciegas. Tenemos pistas concretas sobre las que estamos trabajando – dijo con seguridad, levantándose de su asiento – Ahora tenemos que reunir…

Uno de los jóvenes policías que estaba trabajando en el caso, llegó corriendo hasta la sala donde los caballeros se encontraban – ¡Jefe, jefe! ¡Tenemos algo!

Todos allí miraron al joven con ojos expectantes.

– ¡Habla muchacho!

– Llegó un nuevo aviso de una mujer que encontraron con las características de la señorita Swan…

– ¿Dónde?

– En un poblado pequeño cerca de San Fernando.

– ¡Demonios! Pero podría tratarse de una falsa alarma como el anterior…

– No podemos descartar nada, Edward – le dijo el oficial, luego se giró hacia el joven que le llevó la información – Una patrulla con dos hombres para salir en dos minutos hacia allá.

– Yo, yo voy – dijo Edward. Su corazón empezó a taladrar con rapidez. Algo le decía que debía de ir, que el viaje esta vez no sería en vano. Quizás eran solo sus esperanzas, pero aun así no podía perderlas en ese punto.

El oficial asintió a Edward y caminó hacia donde estaba el resto del equipo para dar órdenes - Comuníquense con las demás unidades en los alrededores de esa localidad…

Alex caminó de un lado a otro, masajeándose los ojos con los dedos – También debería ir…

– No Alex – negó Edward, deteniéndolo con una mano sobre su hombro – Tú quédate aquí. Yo me comunicaré contigo en cuanto sepa…

– ¡Dios, Edward! – gimió, como si el llanto estuviera a punto de salir. Nunca había sentido tantos deseos de llorar como en ese momento.

– Cálmate Alex, estamos cerca, lo siento así.

– ¡Nos vamos, señor Masen! – indicó un policía. Edward asintió en su dirección y antes de salir dio a Alex una mirada que infundiera confianza de que las cosas, al fin, estaban tomando un curso para hallar la salida a todo este embrollo.

~C&A~

– ¡Son unos ineptos! – gritó Sam, pateando con fuerza la mesa del cuarto, cuando al llegar se dio cuenta que una de las mujeres había escapado – ¡Cómo se les ocurre dejar sin vigilancia a las mujeres!

– No oímos que…

– ¡Por supuesto que no oyeron! Estaban ebrios y estaban desnudos cuando llegué, es obvio por qué no prestaron atención a su jodido trabajo ¡Son unos malditos buenos para nada!

– Perdona Sam…

– ¡¿Perdón?! – dio dos pasos amenazantes hacia Claude – ¡Ni siquiera saben a qué hora esa mujer se arrancó. Quizás a estas alturas ya haya dado parte a la policía…

– Es difícil que haya llegado lejos… – dijo Victoria, subestimando a Bella. Sam la miró con el cólera irradiándole por las pupilas negras.

– ¡Eso no lo sabes!

– ¿Y qué hacemos? – preguntó la mujer, sin tomarle el peso al asunto, quizás porque aún estaba algo ebria, después de todo el vino que durante la noche bebieron con los muchachos.

– Claude, Lian, vayan en el Mercedes y recorran los alrededores. Y más les vale que la encuentren y la traigan de regreso, ¿me oyen? – escupió, mientras se jalaba el espeso cabello negro.

– Sí, señor – asintieron los hombres. Comenzaron a buscar sus ropas que estaban esparcidas por el suelo, después de que hace unas horas atrás se desnudaran para practicar sexo en trio con la caliente Victoria.

Sam gruño ante la pasividad de sus ayudantes – ¡Pero muévanse! – les dijo. Los hombres agarraron sus ropas y se vistieron mientras iban rumbo a la salida. Cerró los ojos, inhalando aire y se giró para quedar frente a Victoria – Definitivamente fue una soberana estupidez traerte…

Ella alzó los hombros, restándole importancia a lo que el hombre decía – Al menos Jane está aquí. La familia de Bella no tiene tantos recursos como Alexander para pagar…

– ¡Cierra tu puta boca! – rugió ante ella, acercándose a ella y agarrándola por los brazos con violencia – Si no traemos de regreso a la mujer, tendremos que olvidarnos de pedir un rescate.

– ¿Y qué piensas hacer con esa? – indicó con sus barbilla hacia el otro cuarto donde Jane aún dormía.

– Hacerla desaparecer.

– ¡Puedes ir a la cárcel!

– "¿Puedo ir a la cárcel?" – preguntó con ironía, apartándose de esa jodida mujer, para sacer su cajetilla de cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta y encender uno – Yo no voy a la cárcel, muñequita – dijo simplemente, regresándose hasta el otro cuarto. Victoria siguió sus pasos. No le gustó nada el tono amenazante ese con el que dijo que él no iba a la cárcel.

Jane seguía como muñeca de trapo, doblada hacia delante de pies y manos aparentemente atadas.

– ¿Cuánto somnífero le diste? Hace horas que está durmiendo…

– Lo suficiente… - dijo, observando a la rubia mujer, lamentándose no haber suministrado en su compañera la misma dosis. Fue un error, se confió de las circunstancias.

Observó su reloj de pulsera. Las diez treinta de la mañana… ¡Y quién lo mandó también a meterse en un bar la noche pasada y acostarse con esa mujer! Se auto reprendió, aspirando el humo de su cigarro.

Caminó por la habitación y con su dedo índice levantó el rostro angelical de Jane, para ver si realmente estaba dormida, de lo que no había duda. Soltó el rostro y recorrió el lugar, tratando de imaginarse cómo demonios se soltó y lo más importante, hace cuánto rato atrás.

– ¿Revisaste en los periódicos o en los noticieros si aparecía algo sobre la desaparición de estas o sobre el accidente de Tanya?

– No había noticia alguna sobre eso – respondió en tono monocorde.

– ¿Y qué crees?

– Creo que han tenido que dejar pasar recién las cuarenta y ocho horas para dar por desaparecida a una persona – meditó en voz alta, suspiró y continuó – De ser así, nos deja bastante tiempo de acción, pues los policías recién ahora se deben estarse movilizando, sin una pista concreta… pero no puedo confiarme que una persona como Alexander Battenberg se haya quedado quieto, esperando que pase el tiempo. Debo pensar bien…

– Entonces… no tenemos de qué preocuparnos… – impasible dio su parecer, mientras se observaba sus uñas – No creo que Bella haya llegado lejos… no había comido ni bebido nada… quizás hasta esté muerta…

Sam la miró y se dijo a sí mismo que cómo había sido tan estúpido como para traer a esa hembra hasta allí, que sólo sirvió para distraer a sus hombres. Negó con su cabeza y le dio la espalda, antes que se enojara más todavía. Se acercó a la ventana y alzó el género oscuro que servía de cortina y se percató de que la ventana estaba abierta.

"Claro, escapó por la ventana" concluyó, aunque no entendía por qué había dejado a quien se suponía que era su amiga ahí. Quizás no eran tan amigas como Victoria le había comentado… "¡Demonios!"

Y a kilómetros de allí, en el pequeña policlínico que había en los alrededores, una carro policial llegaba a toda velocidad, alertando a los dos hombres que la madrugada anterior habían llevado a la señorita castaña, los que se encontraban sentados en una banca de madera en la entrada. Ambos se levantaron como resortes y vieron bajar a dos polis y un hombre alto, elegante y a simple viste de buena situación, los que entraron como ráfagas.

Los dos hombres se miraron entre ellos y decidieron seguir a los recién llegados. Quizás necesitarían de sus testimonios… y quizás también les dieran una recompensa…

– Queremos ver a la señorita que llegó en la madrugada, con estas características – dijo un policía a una de las enfermeras que lo recibió, mientras recibía un documento que él mismo le extendió.

– Bien – asintió la enfermera – síganme, por favor.

El policía miró a Edward y le dio una señal con la cabeza para que siguiera también a la enfermera. Caminaron tras ella por un pasillo estrecho y algo oscuro. La mujer abrió una puerta de madera que tenía una venta por la que se dejaban ver las cuatro camas que había adentro. En una de ellas, una mujer de cabello castaño yacía desmayada.

Una puntada en el corazón hizo a Edward tambalear hacia atrás – ¡Es ella! ¡Es Bella! – dijo y sin pedir autorización, se metió raudo y caminó hasta ella.

Caminó con respiración irregular hasta quedar junto a ella, acercando su boca hasta la frente de ella, besándolo y susurrando un "Gracias a Dios". Acarició sus pómulos mientras la observaba con detenimiento su rostro, el que se veía cansado. Deseaba que ella abriera los ojos para que le viera ahí. Era increíble como sentía que el alma se devolvía a su cuerpo, como su corazón palpitaba con fuerza, pues su motor, el amor que lo impulsaba a latir, estaba con él.

– Estoy aquí Bella, despierta mi amor, por favor… – susurró y dejando besos en sus suaves labios.

– Dos hombres la trajeron – informó la enfermera detrás de él – no saben cuánto caminó y al parecer, no había ingerido ningún alimento ni bebido nada, además de las heridas y ampollas en los pies

– ¡Dios! –exclamó sin alejar su vista de ella.

– Desde entonces no ha reaccionado pero…

Estaba diciendo eso la enfermera, cuando Bella se removió, quejándose, como si sintiera la presencia de Edward allí, mientras él acarició su cabellera esperando, expectante a que abriera sus marrones ojos.

Cuando ella al fin lo hizo, lo primo que vio fue el rostro preocupado de su novio – Edward… – susurró, mientras sus labios temblaban.

– Ya cariño, ya estoy aquí… – la tranquilizó él, acariciándole el rostro, el cabello, rozando sus labios como para asegurarse de que era ella, su Bella y que estaba viva, a salvo.

– Jane… hay que ir por Jane… la dejé sola… yo… – empezó a decir presurosamente, intentando levantarse de la cama.

Edward la sujetó por los hombros – Cálmate, ya avisaron a los policías… irán por ella… todo va a estar bien – le respondió visiblemente emocionado.

– Pero yo no sé… no sé… caminé mucho…

– La encontraremos y la llevaremos sana y salva, te lo juro – contestó Edward, sellando su promesa con un beso sobre sus labios.

– ¡¿Y Tanya?! – recordó de pronto – ¡Ese maldito pasó prácticamente sobre ella…!

– Tanya está bien. Tiene fracturas, pero está en recuperación. A partir de lo poco que ella recordó comenzaron las investigaciones….

– ¡Y Victoria… esa maldita estaba con ese tipo…!

– Lo sabemos también… pero cálmate por favor.

Edward se quedó junto a ella, mientras la enfermera checaba su presión y hacía algunas preguntas. Afuera, los dos policías que acompañaron a Edward, se comunicaron enseguida con su jefe, quien esperaba noticias.

~C&A~

– ¡Es ella, la encontraron! – exclamó el oficial. Todos los que estaban allí exclamaron en sorpresa. Charlie y Aurora se abrazaron, mientras la madre de Jane se enfrentaba al oficial.

– ¡¿Y mi niña?! ¿Estaba con ella? ¿Está bien?

– La señorita Swan estaba sola y desorientada. Al parecer había caminado unos kilómetros antes que dos hombres la encontraran junto a un camino rural – informó el oficial en jefe, moviéndose hacia el resto de sus colaboradores.

– ¡Pero dónde está mi hija! – lloró la mujer, sujeta de los brazos de su marido.

Alexander, quien estaba reunido en privado en su despacho con el investigador, llegó ahí por el revuelo – ¿Qué sucede?

– Encontraron a Bella…

Su respiración comenzó a acelerarse al escuchar a su suegra decir eso. Si encontraron a Bella, era porque cerca debía de estar su mujer.

– El oficial va para allá ahora – dijo Charlie, quien se encontraba visiblemente emocionado. Se apartó del grupo familiar y se fue hasta donde se encontraban los policías. Como nunca en esos días vio semejante revuelo, lo que significaba que ya tenían algo en concreto.

– Jefe – dijo un perito que estaba sentado frente a un ordenador – Tenemos el seguimiento de la matrícula del vehículo.

– ¡Llamen a todas las unidades! Tenemos que movernos allí – sacó su móvil y se comunicó con sus dos subalternos que acompañaron a Edward a quienes ordenó tomar declaración a los dos hombres y recorrer el lugar con precaución – Nosotros vamos para allá – dijo por último antes de colgar. Dio un par de órdenes y se dirigió junto con otros tres policías más hasta la salida.

– ¡Yo voy con ustedes! – dijo Alexander tras de él. El oficial se giró y negó con la cabeza.

– No. Es peligroso. Es mejor que usted se quede aquí…

– ¡Yo voy! – gritó de regreso – ¡Es mi mujer la que sigue desaparecida, no pienso quedarme aquí…!

– Alexander, quizás el oficial tiene razón – intervino Emmett, quien había llegado hace algunas horas.

– ¡No! – negó con ímpetu – No Emmett. No sé en qué estado han encontrado a Bella… y aún no sé dónde puede estar mi mujer… yo sólo… yo sólo no puedo quedarme aquí cuando sé que ella puede estar… no sé en qué estado…

Emmett lo miró y se puso en los zapatos de ese torturado hombre, entendiendo su punto de vista – Me quedaré aquí por cualquier cosa.

– Gracias Emmett.

– Usted va, bajo su responsabilidad, señor Battenberg

– Por supuesto – admitió, saliendo con paso firme hasta los estacionamientos. Quien tampoco se quiso quedar fue Charlie quien acompañó a Alexander en el coche que seguiría a la patrulla.

– Al parecer su novia tenía la razón – dijo el investigador, parándose junto a Emmett, quien observaba por la ventana cómo los coches salían a toda velocidad de allí. Este lo miró de soslayo, frunciendo su entrecejo

– ¿Por qué lo dice?

– Haber supuesto que Vulturi tenía que ver con todo esto – alzó la mano ondulando al aire – y a partir de ahí comenzar a hacer investigaciones más… concretas.

– Sí, puede ser… aunque no veo por dónde puede venir la intervención de Aro. Él ya está en la cárcel por un delito no menor…

– Y probablemente su estadía en la cárcel sume unos cuantos años más por esto.

– ¿Usted está muy seguro de eso, no?

– Digamos que intuyo cuando hay carne en descomposición, señor Cullen – reconoció en tono oscuro. Dio media vuelta y se fue.

~C&A~

– ¡Estamos cagados, Claude! – exclamó Lian a su compañero, escondidos entre unas casas frente al policlínico. El movimiento de patrullas yendo y viniendo, gente entrando y saliendo, era la señal que la mujercita que se les escapó la noche pasada había logrado dar con ayuda.

Su celular sonaba y sonaba, con el nombre de Sam en la pantalla, de seguro demandando información.

– ¡¿Qué hacemos Claude?! – preguntó el compañero, cuando vieron a dos patrullas salir por el camino rural que los había llevado hasta ahí.

¿Qué iban a hacer? Lo lógico.

– Nos vamos.

– ¡¿Qué?! ¡Pero debes llamar al jefe…!

– Que el jefe se las apañe con los policías. Por culpa de su genial idea de llevar a esa puta, nuestro negocio fracasó. Ahora que él y su amiguita arreglen el entuerto… ¿O quieres regresar a hacerles compañía, Lian?

– No… no, claro que no.

– Entonces movámonos.

Los dos hombres, como ratas, corrieron hacia el coche que aparcaron a metros de allí. Antes de subir al coche, el móvil de Claude seguía repicando, por lo que él decidió cortar por lo sano, y dejarlo allí tirado.

Ambos salieron sin tratar de llamar la atención, como si se tratara de dos turistas que recorrían el poblado tan pintoresco. Una vez en la carretera acelerarían y probablemente cambiarían de coche a mitad de camino para despistar.

Mientras en el consultorio, la dos siguientes patrullas llegaron desde el centro de Los Angeles, acompañados de un Audi, en el que venía Alex y Charlie, quienes corrieron a las dependencias para ver a Bella, que estaba sentada sobre la cama junto a Edward.

– ¡Mi niña por Dios, mi pequeñita! – lloró Charlie corriendo hacia ella y abrazándola con todo el amor con que fue capaz, sollozando sus gracias a Dios una y otra vez.

– Papá… – lloriqueó ella en el hombro de su padre a quien abrazó también muy fuerte. En medio de todo, ni Charlie ni ella pasaron por alto el que por primera vez, Bella llamara a Charlie por "papá", pero ninguno hizo algún comentario.

– Mi niña… ¿Estás bien? dime, qué te hicieron esos desgraciados…

– Estoy bien, estoy bien…

En un desvió de su mirada y tras su padre, se encontraba el atormentado Alexander. Él se acercó esperando no interrumpir el reencuentro con su padre, pero no aguantaba más…

– Alex…

– Dime… dime al menos que ella… – rogó Alex con la voz quebrantada sin si quiera intentar retener las lágrimas que se agolpaban en sus ojos. Fue impresionante para Bella, ver a la siempre potente figura del empresario alemán tan abatido y desesperado. Ella también sintió deseos de llorar.

– Ella está bien… la mantuvieron drogada… – dijo, viendo como Alex cerraba sus ojos como si lo hubiesen golpeado – Por eso salí sola, a tratar de pedir ayuda… pero… yo… no debí dejarla allí…

– Cálmate cielo… – le pidió Charlie a su hija, aun envuelta en sus brazos.

– Bella, es muy temerario lo que has hecho… – dijo Alex, dando a entender que él no culpaba por nada a Bella, muy por el contrario, le estaba muy agradecido.

– Dos patrullas van por el camino que los dos hombres indicaron y una patrulla está por salir – advirtió uno de los policías, detrás de Alexander. Él se dio media vuelta, secando las lágrimas de sus ojos.

– Yo voy – aseveró, caminando hacia la salida. El oficial caminó detrás de él tratando de hacerlo cambiar de opinión.

– Señor Battenberg, es mejor que se quede aquí…

– ¡No! ¡Ya le dije que no! – gritó, sin dar más lugar a que cuestionaran sus decisiones.

La patrulla salió a toda velocidad, siguiendo a las dos que le antecedían por el estrecho camino de tierra. En los asientos traseros Alex cerraba sus ojos y cubría su boca con la mano, haciendo un rezo silencioso porque la Providencia estuviese de su lado y le permitieran dar con su mujer.

Frente a una cabaña, las dos patrillas se estacionaron, mientras seis policías salían con sus armas de fuego en alto. El tercer carro que llegó, en el que iba Alexander, aparcó tras las otras dos.

– Se queda adentro del vehículo hasta que le dé la orden de salir, ¿me oyó? – advirtió uno de los policías en dirección a Alex, quien sólo asintió.

Miró en dirección a la rancha que estaba frente a él y tuvo que reprimir sus deseos de salir corriendo y adentrarse allí para ir por su mujer. Pero no podía.

Los oficiales rodearon la casa, mientras uno de ellos con un golpe certero de pie, abría la puerta principal y entraba, resguardado de otro dos, mientras Alex era testigo de todo eso, sintiendo su corazón ya en la boca.

Tres minutos después un policía de los que había entrado se asomó en la puerta y gritó a sus compañeros – ¡Necesitamos refuerzos aquí! ¡Hay un muerto y un herido adentro!

Alexander sintió que no podía respirar, sentía ahogarse allí adentro, sobre todo después de lo que oyó gritar al policía, así que sin poder soportar más, abrió la puerta y corrió a toda velocidad hasta la vivienda, donde un escalofrío lo recorrió y lo paralizó cuando vio el cuerpo de una mujer desangrándose sobre el sucio suelo de madera.

Llevó su mano hasta su pecho y susurró un "¡Jesús…!" mientras a su alrededor, los policías gritaban órdenes y recorrían el resto del lugar.


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