26. Compañeros

Personaje(s): Milo de Escorpio (Apariciones especiales de otros personajes, algunos de mi creación.)

A pesar de llevar varios meses en el Santuario, Milo aún no podía acostumbrarse al lugar. Sí, gustaba de él, era toda una aventura reconocer cada rincón del sitio sagrado, conocer a otros y que éstos a su vez se interesaran por él, pero aún no podía sentirse a gusto allí. Seguía extrañando Milos y Santuario aún no se sentía como un lugar donde le agradara estar.

Había gente caprichosa, o al menos era así como Selek se refería a los de la Casa de Acuario; y era justo con esos con quienes más problemas tenía.

Sin embargo, Milo no se daba por vencido. A pesar de todo cada noche iba y se recorría cada casa del Zodíaco buscando hacerse amigos con los nuevos aprendices; lo cual le era gracioso, pues siempre terminaba disertando con los maestros quienes le miraban con dulzura debido a cada ocurrencia que el pequeño escorpión compartiera con ellos.

¿Cómo era posible que no estuvieran de acuerdo con que no había nada mejor que la mantequilla y la mermelada sobre el pan en el desayuno¿Qué había tan extraño en eso¿Y por qué le regañaban siempre por andar jugando con escorpiones¡Si eran unos animales hermosos y bien tranquilos! Se decía. Aún no se entendía como la Maestra Cassie se ponía tan tensa cuando él le enseñó uno a Shaka el otro día. Al final del día, todos terminaban apurándole para que regresara a su casa y les dejara solos en sus cosas.

Sería tal vez por eso que en la víspera al día de su cumpleaños, Milo pensaba cada vez más en sus padres. En la manera como Alexandros siempre estaba al pendiente de cada cosa suya y de cómo su madre Megara siempre le daba un beso cada que él llegaba con un nuevo amiguito-bicho a su casa y le apuraba a que le dejara libre en el patio de la casa.

Milo suspiró resignado. Nada pasaría en su cumpleaños y ni Selek mencionaba nada sobre el suyo. ¡Y eso que era a dos días que el de él!

Selek por su parte, le miraba desde lo lejos, sabiendo lo que le ocurría al pequeño. Pero la verdad era que no podía hacer o decir nada todavía. Milo había comenzado a ganarse un lugar en el corazón de todos. Cada día, cada santo y aprendiz preguntaba por el pequeño escorpión y sus travesuras y ahora, todos se movían de un lado al otro, evitándolo para que la sorpresa en el día de su cumpleaños fuera completa. Pobrecillo, se decía. Pero sabía que el ver la cara de Milo ese día, haría que todo valiera la pena.

En la mañana del 8 de Noviembre, Milo se levantó aperezado para encontrarse con que Selek había preparado su desayuno favorito, manzana picada con yogurt encima. El toque de aceite de oliva encima de todo era algo que su madre siempre le había recriminado, pero que Selek había recordado a la perfección. El niño miró a su maestro con los ojos llorosos. Selek había recordado. Era como si estuviera de regreso en Milos, con el amigo de sus padres desayunando con él.

"Apúrate, Alacrancito, tenemos mucho qué hacer hoy." Dijo Selek con un guiño. Milo asintió, aunque en realidad se tomó todo el tiempo del mundo para saborear lo que otros consideraban una locura, cerrando sus ojos a cada bocado.

Entrenaron en la mañana como si fuera un día cualquiera, pero ese día Milo se esforzó un poco más. Se sentía a gusto por el simple gesto de Selek, y sonrió mucho más ampliamente cuando al final del entrenamiento, Selek le ofreció un paquete. El chiquillo miró sorprendido y se apuró a abrir la arrugada y vieja tela. Era el símbolo de su casa, un escorpión dorado en medio de un círculo, un pendiente igual al que Selek llevaba alrededor de su cuello. "Selek…te acordaste."

El hombre abrió los brazos para que el niño le abrazara, saltando de gozo, "Claro que lo recuerdo Milo, siempre te gustó jugar con el mío y siempre le decías a Alex que querías uno…"

Milo lloraba ahora. Selek lo dejó llorar tranquilo contra su pecho. Después de todo, era el primer cumpleaños que pasaban solos sin Alexandros y Megara. Selek lloró con él.

"Suficiente, Milo." Dijo el hombre secando sus lágrimas y las del niño. "Ve a comer a las barracas con los demás y te espero en casa, Shion quiere verte más tarde, protocolo por ser tu cumpleaños." De nuevo, Selek le guiño el ojo y se afanó en poner la cadena alrededor del cuello de Milo. Le vio partir y se apuró a ultimar detalles con Farris. Sólo esperaba que todos tuvieran la razón y a Milo no le diera algo a causa de la sorpresa.

En su casa, mientras se preparaba, Milo pensaba que nadie más recordaría su cumpleaños y quería convencerse de que con Selek solamente le bastaba. Pero era un niño y como con todo niño, fechas como esa son especiales. Quería pastel, regalos, y estar con sus amigos—lo cual le entristeció. No parecía que en realidad quisieran ser sus amigos allí. Nadie había ido a buscarle para felicitarle. ¡Y él había anunciado hacía semanas que ese era su cumpleaños! Al menos Shion se había acordado.

Subió las escaleras hacia el templo del patriarca a zancadas, aunque sin dejar de contar uno a uno de los escalones. Al llegar allí, el tiempo se paralizó para él. Todos los maestros y sus aprendices esperaban por él. Había incluso un letrero que decía "¡FELIZ CUMPLEAÑOS MILIN!" Y supo que habían sido los otros niños. Y había pastel y globos y todo mundo sonreía a él y en una mesa había un montón de regalos.

Sonrió feliz y se abalanzó contra Selek de nuevo. Al fin se sentía completamente feliz de estar en Santuario con sus compañeros.