CAPÍTULO 26 - IMPORTANTE
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Las dos últimas semanas habían sido como un sueño hecho realidad. Y a veces, Rachel se pellizcaba para asegurarse de que estaba despierta.
Unos años atrás, cuando todavía era pequeña y se imaginaba a sí misma en el instituto; ilusamente había pensado que la solista del coro sería alguien popular, además, planeaba ser la mejor estudiante de su curso y tener un novio guapísimo por el que todas las chicas suspirasen.
Cualquiera podría decir que no había alcanzado sus sueños, pero sería alguien muy corto de miras.
Era la solista del coro del instituto, sacaba buenas notas, tenía muy buenos amigos; no muchos, cierto, pero los mejores del mundo y, vale, quizás no estaba saliendo con el príncipe azul que se había imaginado, pero Quinn era más guapa que todos los chicos del instituto juntos y todos y cada uno de ellos sentiría envidia de Rachel si supieran que estaba saliendo con ella.
Si por ella fuera lo sabrían hasta en las bambalinas de los teatros de Broadway, pero Quinn le había pedido tiempo y ella había aceptado. Era algo en lo que aún debían trabajar, pero se sentía optimista.
Al fin y al cabo, su relación con Quinn, desde el principio, había sido un camino tortuoso y plagado de dudas; no esperaba que todo cambiara de la noche a la mañana porque al fin estuvieran saliendo juntas.
Estaba dispuesta a pasar por todo lo que hubiera de venir, bueno o malo, siempre que Quinn estuviera a su lado y avanzara con ella. No esperaba que las cosas cambiaran de la noche a la mañana. Lo único que le dejó bien claro es que si volvía a retractarse respecto a su relación y a lo que sentía por ella, esa sería la última vez que lo haría. Porque claro que salir del armario en el instituto iba a ser un mal trago para la jefa de animadoras; estaba de acuerdo en que quizás necesitaba un poco de tiempo para procesar todo lo que les estaba pasando y reunir la fuerza y la valentía necesarias para dar ese paso, pero era su novia y se suponía que estaba enamorada de ella, y si no tenía claras esas premisas, entonces Rachel no pensaba tener paciencia.
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Cuando Leroy abrió la puerta esperaba encontrar a alguno de sus amigos en una visita inesperada, o quizás a un vecino necesitado, pidiendo una pizca de sal o una tacita de azúcar. Lo que definitivamente no esperaba era a la hija pequeña de los Fabray, roja como un tomate, portando un pequeño ramo de flores. Más que portarlo, lo sostenía como si le quemara entre las manos, que le temblaban de puro nervio.
Leroy miró a la chica con suspicacia y ella le devolvió la mirada con cara de pánico.
- ¡Quinn! - dijo Rachel a la espalda de su padre.
La chica carraspeó y saludó torpemente.
- Papá - dijo Rachel dándole un ligero empujón para hacerle apartarse hacia un lado - esta es Quinn, una compañera del instituto. ¡Pasa! - le dijo a la chica agarrándola de un brazo y tirando de ella hacia adentro.
Pasaron al salón y Rachel invitó a la chica a subir a su habitación. A Leroy no se le pasó el detalle de que Rachel no tuvo que indicarle el camino. Aquella chica que le había traído un ramo de flores a su hija y evitaba a toda costa tener contacto visual con él, había estado en la casa lo suficiente como para saber encontrar la habitación de Rachel.
Era algo esclarecedor, y definitivamente sorprendente porque siempre había pensado que su hija era heterosexual.
- Rachel - la llamó cuando comenzaba a subir la escalera detrás de Quinn - ¿Puedes esperar un momento?
Ella se volvió y le miró a los ojos. Leroy frunció una ceja analizando la situación y buscando las palabras adecuadas para preguntar lo que tenía que preguntar.
Ella apretó los labios y levantó levemente las cejas adivinando ya el tipo de conversación que se avecinaba. Y como siempre hacía, no le dejó emitir palabra, se lanzó ella sola al ruedo para coger al toro por los cuernos.
- Vosotros siempre lo habéis dicho. Lo importante es el amor. Lo habéis repetido hasta la saciedad, así que seguramente entenderás que cuando me fijé en ella no me parara a pensar en convencionalismos sociales, ni en ninguna otra cosa que no fuera seguir a mi corazón. - Rachel, que había soltado todo aquello de carrerilla, como si estuviera en un recital, se puso la mano sobre el pecho al pronunciar la última palabra.
Leroy se rascó la barbilla preguntándose si merecía la pena insistir con el tema o quizás debiera dejarlo para otro momento.
- Bueno, está bien - dijo vencido, levantando las manos con la misma teatralidad.
- Gracias papá - le dijo Rachel poniéndose de puntillas e inclinándose hacia él para besarle en la mejilla.
-Rachel - la llamó cuando subía las escaleras - deja la puerta de la habitación abierta.
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- ¿Lo ha notado? - le preguntó Quinn completamente alterada tan pronto entró en la habitación.
Rachel la miró de arriba abajo divertida. Quinn estaba de pie frente a la puerta, mirándola fijamente, a la espera de una respuesta. Retorciéndo el ramo de flores por los nervios, intentando aparentar que estaba tranquila.
- Sí - le respondió con una sonrisa - y me temo que no nos van a dejar tener privacidad a partir de ahora.
Quinn resopló y se sentó en la cama con el ceño fruncido. Rachel le cogió el ramo de flores de las manos antes de que terminara de destrozarlo y se apresuró a sentarse a su lado.
- No importa - le dijo acariciándole el pelo con la mano libre.
- Si que importa - respondió Quinn - Si él lo ha notado, cualquiera puede hacerlo.
Rachel tuvo que morderse el labio para no echarse a reír.
- Pero nena, él es gay; está genéticamente preparado para averiguar estas cosas - le dijo tratando de consolarla. Quinn la miró poco convencida - Además - prosiguió - tú no has sido precisamente sutil ¡Me has traído flores! ¡Qué esperabas?
Quinn no encontró ningún argumento convincente para rebatir sus palabras.
Sabía que llevarle flores sería exponerse demasiado, pero también sabía que a Rachel le iban a gustar y Quinn estaba a la desesperada.
Desde que habían comenzado a salir en serio, las cosas habían ido viento en popa. Cierto que no podían pasar mucho tiempo juntas a solas, entre las clases y las actividades extraescolares, pero Rachel la acompañaba muchos días a recoger a su madre en el trabajo y quedaban durante el fin de semana. La mayor parte del tiempo estaban con Brittany y Santana, pero estaba bien, porque ellas también eran pareja y era como tener citas dobles.
De lo que no había tenido ocasión era de disfrutar de su compañía en un sentido mucho más amplio de la palabra. Quinn se moría por estar con Rachel en esa tesitura y si las únicas razones por las que eso no pasaba fueran por la falta de tiempo lo entendería completamente, su problema básicamente era que Rachel no quería.
La primera vez que estuvieron a solas, después de que Quinn aceptase ser su novia, habían estado hablando sobre ellas, lo que sentían y lo que esperaban de la relación. Y Rachel le había dado un ultimátum; mientras no sintiera que Quinn estaba al 100% comprometida con la relación, no pensaba volver a acostarse con ella.
Se besaban, se abrazaban y si la pillaba distraída conseguía meterle mano; pero Rachel no estaba dispuesta a nada más y Quinn comenzaba a estar preocupada.
No es que no pudiera pasar sin eso. A veces, cuando estaba a solas con ella y se besaban hasta quedar exhaustas, le costaba mucho trabajo mantener la compostura y reprimirse las ganas. Se recordaba a si misma que había sido ella, con sus inseguridades y su insana costumbre de meter la pata, quien se había ganado a pulso estar en esa situación.
Por una parte lo entendía, pero por otra tenía sus momentos de sentimientos contradictorios. Le indignaba que Rachel estuviera controlándola de aquella manera. ¿Acaso no fue Rachel quien la persiguió durante semanas hasta que consiguió salir con ella? Le había costado mucho trabajo admitir cosas que jamás pensó que admitiría, aún cuando sabía que las tenía dentro. Había luchado contra todo lo que creía, para ser capaz de demostrar sus sentimientos por ella y ahora, cuando se había rendido bajo el peso de todo eso, ella, la culpable de todo, la maldita Rachel Berry que tanto había pataleado por ella, se hacía la interesante y se negaba a acostarse con ella.
Y para colmo de males, su actitud y su negativa, no hacían más que encenderla, en todos los sentidos posibles.
- Rachel - le dijo conteniendo el enfado, con el tono de voz más sugerente posible, mientras le ponía una mano sobre la rodilla. - creo que ya te he demostrado que estoy comprometida con nuestra relación.
- Estamos muy bien - le dijo ella con una sonrisa.
Quinn aprovechó para acercarse a besarle el cuello y le metió la mano debajo de la falda.
- ¡Quinn! - protestó ella tirándole de la mano hacia afuera.
- ¿No quieres?
- Si quiero, pero ya sabes lo que hablamos. Además, la puerta está abierta y mis padres están abajo.
Quinn miró hacia la puerta conmocionada, había estado tan ocupada planeando cómo llegar con Rachel a la tercera base que ni se había acordado de la puerta abierta, ni de los padres, ni de nada que no fuera conseguir eso...
- Vale - dijo resoplando con frustración - quizás no es un buen momento, pero ya no te vale más la excusa de que no estoy comprometida con nuestra relación, porque sabes perfectamente que lo estoy.
- Claro, igual que ahora mismo - le dijo Rachel levantándose como un resorte - parece que lo único que te interesa es llevarme a la cama.
Quinn se sintió profundamente ofendida por la acusación.
- Y tú parece que no quieres hacerlo - le replicó enfadada - solo quieres un perrillo faldero que te colme de halagos y de flores. Pues te has equivocado mucho conmigo. No soy la mascota de nadie y si eso es lo que quieres de mí ya te puedes ir olvidando.
Rachel se quedó con la boca abierta, completamente sorprendida por su actitud. Y Quinn debió contenerse y tratar de mantener una conversación, pero no pudo. Estaba tan enfadada que quedarse era casi un acto suicida porque se conocía e iba a ir cada vez a más. Necesitaba un poco de tiempo y espacio para calmarse y entonces, solo entonces, y si Rachel se lo pedía con amabilidad, quizás aceptase volver a hablar con ella.
Así que, antes de que Rachel pudiera mover un solo músculo o reaccionar de alguna manera, se dio la vuelta y se marchó de la habitación. No necesitaba que la acompañaran a la puerta. Ya se conocía el camino.
El padre de Rachel se asomó por la puerta de la cocina cuando estaba a punto de alcanzar la salida.
- ¿Ya te vas? - le preguntó - ¿No quieres quedarte a merendar con nosotros?
- No - le dijo Quinn un poco cohibida, agarrando con fuerza el pomo de la puerta. Ya era la segunda vez que se olvidaba de que los padres de Rachel estaban en la casa - Pero muchas gracias.
- Otra vez será - le dijo el hombre.
- Sí, otra vez - le respondió ella - Muchas gracias, señor Berry.
Fue hacia el coche meditando. No sabía si habría otra vez.
Cuando ya estaba sentada, con las llaves de contacto puestas y el motor encendido, se dio cuenta de que Rachel estaba asomada a la ventana de su habitación, observándola. Consideró durante un breve instante de tiempo si no estaba equivocándose; quizás debería volver y arreglar las cosas con ella. En lugar de eso apretó el acelerador sin darse tiempo a considerar de verdad esa posibilidad y cuando quiso darse cuenta ya estaba demasiado lejos.
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Lord Tubbington siempre estaba ahí para ella.
A pesar de lo que todo el mundo pensaba, Brittany tenía perfectamente claro que Lord Tubbignton era un gato y que la capacidad intelectual de los gatos no era suficiente para entender y hacer todas las cosas que ella le atribuía. Pero... igual que en los seres humanos hay diversos grados de inteligencia y de capacidad ¿Por qué no podría Lord Tubbington ser diferente del resto de los gatos? Brittany simplemente estaba abierta a esa posibilidad.
Cuando le contaba sus problemas , sus planes, sus sentimientos y sus ilusiones; imaginaba que él la entendía y, a veces, le gustaba creer que lo hacía de verdad.
Aquella noche, como siempre, Lord Tubbington estaba siendo su mejor amigo y su salvavidas particular.
Había sido un día muy normal, como cualquier otro día. Había ido al instituto, se había pasado un rato por la casa de Quinn para ver a Santana, había hecho sus deberes y había limpiado todas las rocas de su colección con un cepillo de dientes. Sin embargo, las cosas cambiaron durante la cena.
Ellos siempre hablaban; a veces de lo que habían hecho durante el día, otras de planes de futuro, o compartían sus inquietudes o comentaban la película que habían echado la noche anterior por la tele. Cualquier tema de conversación era bueno e interesante en la casa de los Pierce, sin embargo, esa noche apenas habían hablado.
Cuando acabaron, su padre le dijo a su madre que tenían que hablar, así que Brittany se fue a su cuarto, pero no lograba sentirse tranquila. No le importaba quedarse en su habitación, porque allí siempre tenía mil cosas interesantes para hacer, pero le inquietaban mucho los cambios y no paraba de darle vueltas a la situación. Era excepcionalmente raro que sus padres se hubieran quedado en el salón para hablar; normalmente él se encerraba en su estudio a leer o a terminar algún trabajo y mientras, ella, su madre y Lord Tubbington se iban al salón para ver algún programa de la tele.
Después de un rato decidió bajar con Lord Tubbington a buscar algo de comer a la cocina; un yogurt o un poco de helado. Cuando bajaba por la escalera ya se dio cuenta de que las cosas no estaban bien, cuando llegó abajo todo lo que podía oír eran sus voces peleando.
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Martha se abrazó a la almohada con fuerza. La habitación estaba a oscuras y Ron no dormía con ella.
Tenía que haberle contado que había contratado a Judy Fabray para ocupar el puesto de la Sra. Otis ahora que iba a jubilarse. Le fastidiaba que, si no hubiera sido Judy, sino cualquier otra persona, a Ron no le hubiera importado. Pero Ron conocía su historia con Judy.
A él nunca le había importado aquello, porque al fin y al cabo, era una historia terminada. Tampoco debería importarle ahora, porque seguía siendo una historia acabada, algo que sólo formaba parte del pasado. Estaba haciéndole un favor a alguien que algún día fue importante para ella y que ahora necesitaba su ayuda ¿Por qué diablos tenía tanta importancia?
- Importa porque no me lo has contado - le había dicho él enfadado.
- No te lo he contado porque no tiene importancia - se había justificado ella.
Ron la había mirado con los ojos empañados y llenos de rabia.
- La tiene, Martha, sabes que la tiene.
Ahora él estaba durmiendo en el sofá y ella tenía remordimientos de conciencia. Quizás debía habérselo dicho.
Mañana volvería a encontrarse con Judy en el trabajo. Apostada detrás del mostrador escuchando atenta las instrucciones de la Sra. Otis; perfectamente peinada, perfectamente pintada, vestida con algún traje de chaqueta con la falda de tubo por debajo de las rodillas y una camisa perfectamente abrochada hasta donde la prudencia mandaba para no enseñar nada.
Ron tenía razón. Importaba.
Por eso había estado esperando el momento adecuado para ello. Quería hacerlo de forma casual, como si contratar a tu primer amor con quien llevas años sin hablarte fuera lo más normal del mundo. Como si, en realidad, no importara.
Ron tenía razón y eso la asustaba mucho.
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Entraron en el baño a la vez. Cada una venía desde una dirección distinta y no se dieron cuenta de la presencia de la otra hasta que fue demasiado tarde.
- Tú primero - dijo Quinn con retintín empujando la puerta.
Rachel la miró dudando sobre si pasar o mandarla a la mierda. Conteniendo todo su ser decidió optar por lo primero y entró en el cuarto de baño con el cuerpo estirado y la cara desencajada por el enfado.
Entró en uno de los aseos y contó tres veces hasta diez, intentando desenfadarse y haciendo tiempo para que Quinn se marchara de allí. Cuando salió se la encontró lavándose las manos con toda la tranquilidad del mundo. La miró con el ceño fruncido y se acercó para imitarla.
- Pensé que querrías pedirme disculpas - le dijo Quinn en un alarde de auténtica desfachatez.
Rachel aspiró con fuerza y la miró tan enfadada que Quinn dio un paso atrás y borró de su cara la mueca socarrona que tenía solo unos segundos atrás.
-¡Me parece muy fuerte! - fue lo único que atinó a decirle.
- ¿A ti? - le replicó Quinn, ya no con sarcasmo, sino con sorpresa - no soy yo la que está intentando controlar a su pareja - protestó.
El hecho de que Quinn se hubiera referido a ellas como una pareja, a pesar del enfado y del tono de la discusión, ablandó considerablemente a Rachel.
- No quiero controlarte, Quinn - le dijo - ¿Por qué querría controlarte? Ni siquiera creo que se pueda - añadió cruzándose de brazos.
- Tengo que hacer todo lo que me pides para poder acostarme contigo ¡Y sabes perfectamente que quiero acostarme contigo! - le dijo Quinn bajando el tono de voz.
- ¿Y qué te he pedido? - le preguntó Rachel con tono cínico.
- Que me porte como las niñas buenas - le respondió Quinn con el mismo tono. - ¡Que parece que haya vuelto al club de castidad! - añadió frustrada.
- ¿Y te parece mucho pedir que me trates bien y te comprometas con nuestra relación? - le dijo Rachel exasperada - ¡Se supone que tú también quieres estar conmigo!
- Sí - argumentó Quinn a pesar del calor del discurso - tienes razón, pero precisamente es una cosa de dos. Yo a ti no te pongo condiciones.
-¡¿Que mantengamos nuestra relación en secreto no te parece suficiente condición?! - le dijo Rachel ya completamente desesperada.
Quinn se quedó callada mirándola con sorpresa. La verdad es que no lo había pensado de esa manera.
- Pero... no es lo mismo.
- ¿No?
- Yo solo te pedí tiempo, pero es algo que haré... en algún momento.
- Yo también te pedí tiempo a ti.
Quinn se quedó mirándola considerando los argumentos de Rachel, los suyos ya brillaban por su ausencia. La verdad era que no había pensado en que ella también le había impuesto sus propias condiciones a Rachel. Todo lo que había pensado, de una forma completamente egoísta, era en las condiciones que ella tenía que cumplir. Y para colmo de males, en lugar de haberlo hablado con ella de una forma civilizada y haber aclarado las cosas con normalidad; que habría sido lo más sensato, se había enfadado con ella y se había dedicado a atacarla.
- Yo también quiero acostarme contigo - le dijo Rachel arrancándola de sus pensamientos, mientras se limpiaba una lágrima rebelde que asomaba por su mejilla - pero necesito sentirme segura. Me duele mucho cada vez que haces como que no te importo y cada vez que te enfadas conmigo y te marchas corriendo.
Quinn la miraba en silencio sobrecogida.
- Para mí - prosiguió Rachel intentando no echarse a llorar - lo que hacemos en la cama es algo muy importante. Me siento vulnerable y necesito saber que puedo confiar en ti. No quiero volver a estar en esa posición con alguien que quizás un rato después me diga que no quiere estar conmigo, o que prefiere ser importante en el instituto a herir mis sentimientos.
Rachel reprimió un sollozo y apartó la mirada intentando no parecer tan frágil como se sentía en ese momento.
No había sido fácil decirle todo eso a Quinn, pero necesitaba hacerle entender sus razones. Si lograba que ella se pusiera en su lugar, podría entender cómo se sentía y quizás lograran arreglar las cosas.
La puerta del baño se abrió sobresaltándolas a ambas. Entraron dos chicas de primero, que miraron a Rachel, que no lograba contener las lágrimas, con un halo de extrañeza.
Quinn temió que se dieran cuenta.
Lo cierto es que las dos chicas pensaron que Quinn la había hecho llorar. No se equivocaban, así era, pero a ninguna de las dos se le pasó por la cabeza que no se trataba de ningún tipo de maltrato, sino de una discusión de pareja.
- Lo siento - dijo Quinn con afección en cuanto se fueron las chicas - No me había parado a tratar de mirar las cosas desde tu punto de vista. - la miró a los ojos y le tomó las manos - entiendo perfectamente lo que es no sentirse segura, por más que me cueste admitirlo. Espero que sepas perdonarme - prosiguió agachando la cabeza verdaderamente avergonzada por cómo se había portado con ella - y yo aprenderé a tener paciencia.
Rachel sintió como si la liberaran de un grave peso que hubiera estado cargando.
- Te quiero - le dijo sorprendiéndose consigo misma al escuchar el sonido de su voz articulando las palabras.
Quinn levantó la cabeza y la miró a los ojos también sorprendida. Ninguna de las dos había previsto ese momento.
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Voy a aprovechar las notas de autor de este capítulo para darle las gracias a mi beta: Jycel, por el increíble trabajo que está haciendo al ayudarme a corregir el texto antes de su publicación y su paciencia, por implicarse semana tras semana para que pueda subir los capítulos a tiempo.
Si os apetece conocerla o leer algunas de sus historias podéis encontrar un link a su profile a través del mío.
Además, he puesto un link a una entrevista que me hicieron las chicas de Deborarte, donde me preguntan sobre Glee y fanficción. Digo muchas tontadas, pero será genial si os apetece leerla :)
