Capítulo 26

Santana atravesó las puertas batientes del pub, me vio y se acercó a nuestra mesa. Antes de saludarme, le dio un repaso a mi acompañante.

S: Así que esta es ella. —Me lanzó una mirada acusadora—. ¿Por qué la tenías tan escondida? —La miré con un gesto interrogante. «¿De qué está hablando?», me pregunté—. Venus se moriría de envidia —añadió. De no haber sido porque conocía muy bien a San, habría jurado que sólo estaba coqueteando, pero sabía que si alguna vez a lo largo de su vida había hablado en serio, era en ese momento—. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dijo. Era un cumplido sincero, pero percibí cierta actitud a la defensiva junto a mí. Santana también lo advirtió y se sentó. Cogió la mano que había junto a la mía, sobre la mesa, para estrechársela. Al igual que en el restaurante de París, su primer impulso fue apartarla, pero San no se lo permitió—. No, no —insistió con amabilidad—, aquí estamos en familia. —Echó un alegre vistazo a su alrededor—. Y la verdad es que nadie se atrevería a negar lo que acabo de decirte. Me alegro de que estés mejor —dijo, ya un poco más seria—. Después de lo que me insinuó la tía Sylvester... bueno, no me dio muchos detalles, claro, por lo de la confidencialidad médico-paciente... pero pensé que te dejaría muchas secuelas. —Señaló la minúscula cicatriz de su hermoso rostro, la única que no desaparecía bajo el maquillaje—. ¿Es esa la única señal?

Mi amiga tragó saliva.

Q: Sí —dijo, al parecer sin importarle que San le sostuviera la mano.

R: ¿Tía Sylvester? —pregunté, perpleja—. ¿La doctora es tu tía?

S: Bueno, más o menos. Yo la llamo tía. Vivíamos en el mismo edificio cuando yo era pequeña. Era la típica chiflada adicta al trabajo y nadie sabía muy bien qué hacer con ella. No estaba casada y todo eso, porque siempre estaba demasiado ocupada con su trabajo. Durante un tiempo, se dedicó a tratar única y exclusivamente a prostitutas, por lo general sin cobrarles.

Al oír la palabra prostituta, mi amiga dio un brinco junto a mí.

Q: Ya, y por eso me la mandaste a mí —soltó muy despacio.

San ni se inmutó.

S: No, no es por eso. No conocía a nadie más. Gracias a la tía Sylvester, yo también quería ser médico, pero luego pensé que no conseguiría ganarme la vida, dado el modelo que tenía. —Se echó a reír—. ¡Menudo error!

Junto a mí, una mujer de hermoso rostro permanecía con la mirada perdida.


Santana utilizó ahora ambas manos para sostener la mano de mi amiga.

S: Sé lo que eres —dijo— y me da absolutamente igual. ¿Por qué no lo olvidas, al menos durante esta noche? —La expresión del rostro de San cambió de repente—. Hay algo mucho peor —bromeó.

R: ¿El qué? —pregunté, aunque tenía una ligera idea.

S: Que eres su novia. —Lo dijo mirándola a ella y señalándome a mí con el pulgar—, lo cual no sería así si yo te hubiera conocido antes.

R: ¡Santana! —farfullé, a modo de advertencia.

S: No la pierdas de vista —me dijo Santana, guiñando un ojo—. Ya sabes que no soy monógama.

R: Y tanto que lo sé —suspiré teatralmente.

San se inclinó y me dio un beso cariñoso.

El objeto de nuestra competición amistosa se había apartado un poco y nos contemplaba alternativamente a San y a mí como quien está presenciando un partido de tenis.

Q: ¿Puedo dar mi opinión? —preguntó, bastante indignada.

S y R: ¡No! —le prohibimos las dos al unísono.

Se ruborizó un poco, soltó definitivamente la mano de Santana y se puso en pie.

Q: Volveré cuando haya terminado el duelo —nos dijo—. Mientras tanto, voy a empolvarme la nariz. —Dio unos cuantos pasos y luego se volvió hacia nosotras—. Me quedaré con la que gane. —Parecía contenta otra vez y nos dedicó una encantadora sonrisa antes de irse.

S: Madre mía —silbó San—, está buenísima. ¿Cómo lo llevas?

R: Fatal. —Me sujeté la frente. Estaba completamente segura de tener el aspecto de un caniche mojado.

Santana me observó con una mirada solidaria.

S: ¿Todavía tenéis los mismos problemas?

R: No lo sé. —En realidad, no podía responder a esa pregunta en esos momentos—. Creo que estará un tiempo sin trabajar. —Al menos, eso era lo que había interpretado yo tras la conversación de aquella tarde.

S: ¿Un tiempo? —San arqueó un poco las cejas.

También ella resultaba encantadora cuando hacía ese gesto, aunque de una forma completamente distinta.

R: Todavía no lo hemos hablado.

S: Ajá —insistió San—. No quieres contarme los motivos. —Me conocía demasiado bien.

R: No puedo —protesté—. Son cosas suyas.

San asintió, con una mirada de complicidad.

S: O sea, que has descubierto algunas casillas.

R: Eso creo —tuve que admitir, pero me sorprendió darme cuenta tan de repente. Santana no dijo nada, se limitó a mirarme—. ¡La quiero tanto! —se me escapó—. No puedo seguir viviendo sin ella —añadí, con una mirada de desesperación. San sonrió.

S: Te entiendo perfectamente —dijo, al mismo tiempo que me cogía la mano—. Es una mujer increíble. —Sacudió la cabeza—. Me cuesta creer que sea...

R: ¿Que sea una puta? —concluí, en tono amargo.

S: Sí. —San sacudió de nuevo la cabeza—. Jamás he conocido a una mujer que tuviera menos aspecto de puta que ella.

R: Eso es cierto —confirmé con un suspiro—, pero no cambia los hechos.

S: Tal vez sí. —Santana expresó sus dudas con su habitual lógica—. Si su fuero interno está tan en desacuerdo con los aspectos externos, como por ejemplo su profesión, algún día no le quedará más remedio que tomar una decisión.

Tenía cierta razón.

R: Pero... ¿y si no lo hace? —Al fin y al cabo, esa posibilidad también existía.

Santana se encogió de hombros.

S: Pues entonces, mucho peor para ella.

R: Y para mí —proseguí, como si le leyera el pensamiento—. No sé cuál de las dos se volverá loca antes.

San me dedicó una sonrisa alentadora.

S: No creo que sea para tanto. —Sonrió de nuevo—. Formáis una pareja muy atractiva.

Bajé la cabeza para ocultar mi incomodidad.

R: Ella es atractiva —dije, con la intención de corregir sus palabras.

S: ¿Ah, sí? —comentó Santana, medio en broma. No se tragaba el cuento—. ¿Y tú eres fea?

Rehuí su mirada, inquieta.

R: No... —Reconocí—, pero comparada con ella...

S: Ella es increíblemente guapa —afirmó San—, eso es verdad. —Me apretó con fuerza la mano—, pero el hecho de que juntas seáis tan atractivas procede de algo completamente diferente. Os queréis de verdad.

Traté de recuperar mi mano, pero no la soltaba, igual que había hecho antes con ella.

R: Nunca me lo ha dicho —contesté, un tanto insegura.

S: Ya lo hará. —San estaba convencida, pero yo no tanto—. Teniendo en cuenta las circunstancias, entiendo que le resulte difícil pronunciar esas palabras.

R: ¿Quieres decir «teniendo en cuenta su profesión»?

S: Sí —dijo Santana—. Para ella tiene un significado distinto al que tiene para nosotras. Y el peligro es mayor para ella.

R: ¿Qué peligro? —pregunté obstinadamente aunque, de hecho, ya sabía la respuesta.

S: El peligro de entrar en una situación de dependencia de la cual no pueda escapar. O el peligro de la extorsión, como prefieras. Las consecuencias podrían ser fatales. —Dado que San lo contemplaba desde fuera, era capaz de ver muchas más cosas que yo.

R: Su profesión podría resultar fatal —afirmé, en un tono apremiante.

Santana me miró.

S: ¿Tienes miedo de que le pueda volver a pasar lo mismo? —me preguntó.

R: ¡No sabes cómo! —Me invadió la desesperación—. No puedo pasar por alto ese peligro. —Señalé con la cabeza hacia el lugar por el cual ella había desaparecido—. Pero ella sí.

San negó con la cabeza.

S: No me lo creo. Como mucho, te habrá convencido de que puede.

Suspiré, resignada.

R: Mientras no ejerza su oficio, no hay motivos para preocuparse, pero... ¿qué pasará después?

S: Sobre eso tendrás que hablar con ella. —Santana se limitaba a decir en voz alta lo que yo ya sabía, pero todavía no se me había ocurrido una buena solución al problema.

R: Ya lo he intentado —le expliqué—, pero no le da tanta importancia. Dice que no sucede todos los días.

S: No cabe duda de que en eso tiene razón —asintió San.

R: O sea, que te parece bien que lo niegue —me enfurecí.

S: No, no me parece bien —me corrigió San—, pero soy menos parcial que tú. —Me cogió la mano y me besó los dedos—. Da igual, tú y yo tampoco vamos a resolver el problema hablando. Es un tema que tenéis que trabajar vosotras dos. —Me soltó la mano—. ¿Os lo habéis pasado bien en la cama después de mi llamada? —me preguntó de repente, con un inocente pestañeo.

Tragué saliva, sorprendida.

R: Eso no es asunto tuyo —murmuré, pero luego no pude evitar una sonrisa—. Pero si quieres saber la verdad, ha sido muy bonito.

Sonrió con picardía.

S: Ese trabajo tiene sus ventajas, ¿no?

R: Y desventajas que no te puedes ni imaginar —añadí—, precisamente en la cama.

Aquel era su tema preferido y siempre me había costado mucho conseguir que lo aparcara.

S: Estoy segura de que ganan las ventajas —siguió sondeando.

Su curiosidad aumentaba y yo no hice nada para evitarlo.

R: Si tú lo dices... —murmuré con una sonrisa.

S: No seas mala —insistió—, cuéntame algún detalle.

Le tiré una miga de pan.

R: Es sencillamente fantástica —la pinché—. ¿Qué más quieres que te cuente?

S: Siempre has tenido una vena sádica —aquello me pareció bastante injusto—, pero ya te lo sacaré, ya —farfulló, fingiendo decepción.

No pude evitar soltar una carcajada, pues era una de las pocas veces que había conseguido derrotarla. En ese preciso instante, el objeto de nuestra conversación volvió a la mesa.

Q: Parece que os lo pasáis bomba cuando yo no estoy —comentó al sentarse a mi lado.

Me hubiera encantado recibirla con un beso.

R: No estábamos hablando de ti —intenté negar.

S: Sí que estábamos hablando de ti. —San no estaba dispuesta a cambiar de conversación. Muy satisfecha, me guiñó un ojo en un gesto de lo más provocador.

Q: ¿Y entonces de qué hablabais? —preguntó en un tono inocente la mujer que estaba a mi lado.

R: Luego te lo cuento. —La verdad es que quería cambiar de tema, pues ya me sentía lo bastante incómoda.

S: En la cama. —San no podía evitar soltar cada comentario picante que se le ocurría.

R: Si no te callas ahora mismo, te arrepentirás —le dije entre dientes.

Santana puso cara de no haber roto un plato en su vida. Mientras nos mirábamos fijamente, mi acompañante se apoyó en mi hombro y se echó a reír.

Q: Estabais hablando de la conversación telefónica que habéis tenido antes.

Dada su pericia, habría sido un milagro que no hubiera captado al menos una parte del tema. Gracias a Dios que fue la parte más benévola. Le lancé una mirada amenazadora a San y, finalmente, secundó mi estrategia.

S: Sí, exacto. Estábamos hablando de la llamada telefónica. —Sonrió—. ¡Estaba segura de haber oído algo!

R: ¡Ya, pero no has colgado! —gruñí, aún un poco preocupada.

S: ¡Por favor! —San reaccionó como si la hubiera ofendido—. ¿Cómo iba a dejar pasar una oportunidad así? Además... —Se apartó un poco de mí—. Además, hace mucho tiempo que no te oigo emitir esa clase de ruidos. —Menos mal que había sido previsora y ya esperaba mi reacción porque, de no haber sido así, mi puño habría aterrizado en su estómago.

Q: Me parece que será buena idea que os deje solas. Detesto interrumpir los rituales de cortejo. —Por la forma en que se le curvaron hacia arriba las comisuras de los labios, supe que la situación le divertía mucho más que a mí.

R: ¿Cortejo? —Repliqué con indignación—. Me parece que estás malinterpretando la situación.

Q: No —en esas cosas no se equivocaba. Nadie podía engañarla—. Está claro que os gustáis.

Santana la miró primero a ella y luego a mí.

S: Es cierto —admitió—. Me gustáis mucho las dos —añadió después, sin dejar de observarnos—. Estáis hechas la una para la otra —afirmó con seguridad. Tras echarle un último vistazo a mi acompañante, concluyó—: Y me alegro de que por fin te haya encontrado —dijo, mientras me señalaba a mí—, porque llevaba mucho tiempo buscándote.

Pensé que no soportaría aquella situación por mucho más tiempo.

R: Eres maravillosa, Santana —dije, a punto de echarme a llorar—. ¿Te enfadas con nosotras si nos vamos?

S: No. —San estaba muy contenta—. Lo entiendo perfectamente. Además, pensaba que ni siquiera vendríais —añadió, con una sonrisa.


Salimos del pub. Caminamos un rato por la acera sin pronunciar palabra, la una junto a la otra, hasta llegar a la bifurcación que separaba su camino del mío.

R: ¿A mi casa o a la tuya? —pregunté.

Me miró, pero fui incapaz de descifrar sus pensamientos.

Q: Yo me voy a mi casa y tú te vas a la tuya —contestó enigmáticamente. Me pregunté si la velada con Santana le había traído malos recuerdos, si con sus insinuaciones la había hecho pensar en ella misma o en su trabajo. Se dio cuenta de que yo estaba algo inquieta, como si no quisiera irme—. No tiene nada que ver contigo —aclaró—. Me encantaría pasar la noche contigo, pero tengo muchas cosas en las que pensar. —Vaciló—. Me voy a casa —dijo, aunque parecía como si hubiera pronunciado esas palabras muy a su pesar.

R: Pero no sola —exclamé de repente.

Q: Ya te he dicho que... —intentó protestar.

R: Te acompaño hasta la puerta —insistí, sin hacerle caso—, como tiene que ser.

Q: Ah, sí, es verdad —recordó—, eres muy educada. Yo más bien diría galante —sonrió—, pero la palabra no te gusta. Bueno, vale —accedió al fin, después de cierta vacilación—, pero sólo hasta la puerta —añadió en tono de cautela.

Me puse una mano sobre el corazón.

R: Por supuesto que sí. —Exageré un poco el gesto caballeresco con una reverencia ligeramente sarcástica—. Le doy mi palabra, señora mía.

Q: Eso me tranquiliza —admitió con una mirada risueña.

Le rodeé la cintura con un brazo y partimos en dirección a su apartamento, que, por desgracia, no estaba muy lejos. Cuando llegamos, la solté a regañadientes. No quería irme, no quería apartarme de su imagen.

R: Bueno, pues ya hemos llegado —dije, en tono vacilante.

Q: Hasta mañana —dijo ella—. Te llamaré.

¡Vaya, eso sí que era una novedad!

R: Pero no me vuelvas a llamar al despacho —medio en broma, puse los ojos en blanco— me muero.

Q: Y yo. —Su voz sonó un tanto ronca.

Se acercó a mí, me abrazó y me besó.


Las caricias de su lengua me hicieron estremecer de pies a cabeza. Me clavó un muslo entre las piernas y me empujó contra el marco de la puerta, al mismo tiempo que deslizaba una mano y me tocaba el trasero.

Q: Ojalá pudieras quedarte —susurró junto a mi boca—, pero necesito estar sola. —Me besó apasionadamente una vez más, después se apartó de mí y dio un paso hacia atrás. Yo me quedé donde estaba, apoyada en la puerta y con los ojos cerrados. Aún notaba su lengua en la boca y su muslo entre las piernas. La sangre me hervía en las venas. Me dio un golpecito en el hombro—. Despierta —dijo, entre risas.

Seguí con los ojos cerrados.

R: ¿Cómo puedes pedirme eso? —Pregunté, embobada—. Estoy en el país de tus besos.

Q: ¿De verdad? —se burló—. Nunca he estado allí.

R: No me extraña —comenté, aún embobada—. Que yo sepa, no puedes besarte a ti misma.

Q: Vamos —se decidió—. Sube conmigo —dijo, mientras abría la puerta.

Abrí los ojos.

R: Te he dado mi palabra. —Al parecer se le había olvidado ese detalle.

Q: Pero te acabo de invitar —respondió. No esperaba mi negativa y estaba un tanto sorprendida.

R: Eso no cambia las cosas. —Di un paso y la besé en la mejilla—. Buenas noches.

Se quedó junto a la puerta, envuelta en una luz que la iluminaba desde atrás, y me observó con perplejidad. La saludé con la mano y me fui.


Solo queda un capítulo más y terminamos, ya mismo subiré el capítulo final, espero que este les haya gustado, besos.

Ms. Butterfly