CAPÍTULO 26: Fantasmas – Parte I

Estaremos en el mundo muggle, Joy. Deberías reconsiderarlo.

Había tres jóvenes parados cerca de un roble. Los tres habían sido acompañados por una pareja unos cuántos años más grandes que ellos. Bill y Fleur regresaron a casa de tía Muriel tras las insistencias de los gemelos, a pesar de que los señores Weasley habían dado la orden a la joven pareja que se quedaran con los tres muchachos hasta que éstos hubieran desaparecido del lugar. Pero los gemelos estaban empecinados a hacerlo todo a su modo; decían que podían aparecerse y desaparecerse con facilidad y que no necesitaban la ayuda de su hermano mayor y su esposa. Algunas veces los gemelos Weasley podían ser muy tercos.

– Pero – insistió Joy –, ¿qué pasa si los reconocen? Piénsenlo. No quiero verme rodeada por mortífagos o carroñeros… o algo peor.

Fred y George insistían en que querían volver a ser pelirrojos. Llevaban media hora discutiendo el asunto. La muchacha no estaba segura de que fuese una buena idea, no después de saber que los habían reconocido y que, unos meses atrás, los habían atacado casi a las mismas puertas de su negocio. ¡Debían ser más precavidos! Ésa clase de errores no deberían cometerlos ni una vez más. Una sensación extraña recorría su espina dorsal, haciendo que ella siguiese defendiendo su posición. Marjory podía ser tan terca como ellos.

– Sólo estaremos unos minutos en el Londres mágico – repuso Fred –. Y después tú y yo estaremos en Oxfordshire. Estaremos a salvo.

– Lo único que pedimos es que nos regreses nuestro cabello – dijo George –. Extraño ser pelirrojo… Angelina no me reconocerá si voy a visitarla con el cabello de éste color – se llevó las manos al cabello y lo jaló cuan largo era. Con la luz del sol su cabello castaño se veía del color del cobre al fuego.

– Ella te reconocerá, George.

– Sí, después de haberme pateado el trasero.

Al final, Joy no tenía ninguna alternativa. Los miró a los ojos y encontró la misma firmeza que sentía en su interior. Ellos no iban a ceder, lo sabía.

– Sigo pensando que es peligroso – murmuró.

– Y nosotros seguimos pensando que ya es innecesario llevar estos colores sobre nuestras cabezas – dijo Fred, un poco exasperado.

– Sólo dinos el contra-hechizo, si no quieres hacerlo tú – propuso George.

– No lo recuerdo – mintió Joy.

– ¡Joy, por favor!

– Es verdad… yo no recuerdo el contra-hechizo. Sólo le eché una mirada rápida. Tengo que volver a leer la revista.

– Bien – respondió Fred, masajeándose las sienes –, y ¿dónde está la dichosa revista?

– Yo… creo que… no sé. Seguramente se quedó en Sortilegios – segunda mentira del día.

– ¡En Sortilegios! Marjory, ¿qué diablos pasa contigo?

Algo en su interior le decía que estaban seguros con su pequeño y superfluo disfraz. Si intentaban regresar a su estado original podrían verse en riesgos que ninguno de los tres quería afrontar. Pero al ver la mirada de reproche que le lanzó Fred y escuchar las maldiciones que George no se molestaba en ocultar, Joy se dio por vencida. Decidió dares lo que ellos pedían.

– ¡Bien, cabezas de troll, lo haré! – dijo Joy, alzando la voz y apretando los puños – Seguramente nos matarán, pero es lo que quieren, ¿no? Ponernos a todos en peligro.

– Ya hablas como mi madre – murmuró Fred con una sonrisa.

Joy sacó su varita de entre su blazer azul. No estaba segura de poderlo hacer correctamente, así que recitó el contra-hechizo con mucha delicadeza, abriendo bien la boca para que las palabras pudiesen fluir con el viento, teniendo cuidado de regresar los cabellos de los gemelos a ése color rojizo como el fuego. Poco a poco el color fue cambiando, con la misma magia con la que un atardecer se transforma en una noche estrellada. Aunque parecía más que la noche estaba dando paso al atardecer, como si el tiempo estuviese retrocediendo.

– Bien – dijo Joy al finalizar –. Ahí tienen su fuego.

– ¿Qué hay de ti?

– No tiene caso seguir siendo rubia – respondió la mucha encogiéndose de hombros –. Fue divertido mientras duró – y con un movimiento rápido de su varita y las palabras correctas volvió a su color natural.

George le tendió a la chica su bolso. Cada uno llevaba un pequeño equipaje con ropas extras, cepillos de dientes, y un poco de comida para el camino. Fred se sentía como aquellos personajes de los libros que empacaban para algún viaje inesperado; se llevaban unas cuantas provisiones y después pasaban meses errando de lugar en lugar. Elfos, enanos, hombres, criaturas de la oscuridad, todo asechaba a los incautos viajeros, y por eso mismo el viaje se convertía en una aventura digna de un libro.

– Ahora sí estamos más que listos para nuestro viaje – dijo Fred con una sonrisa, despeinándose un poco los cabellos.

– A la cuenta de tres nos aparecemos en Londres – George tomó a su hermano y a su amiga de los brazos y comenzó a contar: – Uno. Dos… ¡Tres!

Y con un ¡PLOP! desaparecieron del campo, teniendo mucho cuidado de aparecerse en el lado oeste del callejón Diagon, a una distancia prudente de Sortilegios Weasley, de manera que pudiesen observar algún cambio importante en el negocio y al mismo tiempo poder huir con rapidez en caso de que las cosas saliesen mal.

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Fred y Joy no llegaron a Oxfordshire hasta medio día. A pesar de la urgencia que tenía la muchacha de ver a su madre, no había podido evitar pasar la mañana en compañía de Angelina y los gemelos. Habían estado paseando por el Londres muggle, porque Angelina estaba de acuerdo con Joy en que los gemelos no debían ser reconocidos en el callejón Diagon después de haber desaparecido el día en que los mortífagos recibieron noticias sobre el paradero de Ron. Era demasiado peligroso. Se aseguraron de que Sortilegios estuviese bien resguardada con poderosos encantamientos y después partieron a tomar un desayuno en una cadena de comida rápida. Dejaron que George y su novia disfrutaran de un día completo, y ellos se aparecieron una cuadra antes de llegar a la calle St. Giles. Fred se había encargado de aparecerse en aquel lugar en específico.

– ¿Por qué aquí? – preguntó Joy, visiblemente pálida – Podríamos haber aparecido en el cementerio que está cerca de casa… como lo hacías antes cuando venías a verme.

– Quisiera preguntarte algo – respondió Fred.

La tomó de la mano y la llevó a un pequeño parque que estaba casi frente a ellos. Fred sintió cómo la muchacha comenzaba a temblar, su palma estaba fría y sudorosa, y el joven temió que en cualquier momento se desmayara. Pero quería saber, quería conocer el lugar del que ella le había hablado sólo una vez.

– ¿Aquí fue?

Joy no respondió.

– Joy, mírame – dijo, bajando la voz para que sólo ella pudiera escucharlo –. Joy, por favor, mírame.

– ¿Por qué? – articuló con dificultad la joven – ¿Por qué aquí?

– Lamento haberte traído… Quiero saber.

– ¿Qué cosa? – la mirada que le lanzó Joy podría haber congelado una nación entera.

– Ya sabes a qué me refiero.

– ¿De verdad quieres saber la respuesta?

Fred sólo la miró y asintió con la cabeza. No tenía palabras qué dedicarle ahora a Joy. Era una persona curiosa, en quien el fuego se revolvía en su interior, y cuando una idea se le plantaba en la cabeza, ésta se incendiaba tanto que le impedía pensar en otra cosa. Quería saber si allí, frente a sus ojos, estaba el lugar en que hacía años un desconocido había herido de forma irreparable a Marjory.

– Sí.

Un monosílabo que Fred supo que había salido de labios de Joy, aunque la voz fuese de una persona desconocida y fría.

– Lo lamento – se disculpó el muchacho.

No recibió ninguna respuesta.

No podían fingir que allí no había pasado nada. Años atrás un desconocido le había arrancado, con violencia, la felicidad y el deseo de seguir viviendo a una niña de 8 años. De un momento a otro Joy se encerró en sí misma. Aquel recuerdo parecía encerrado en un frágil trozo de cristal en su imaginación. "Era un blanco fácil" pensó Joy, sintiendo cómo las lágrimas corrían por su rostro. Una ola de odio la golpeó con fuerza, dejándola sin respiración, sintiendo cómo la consumía desde los huesos. Eran cicatrices que no se borrarían jamás. Los hematomas desaparecieron. Tenía que superar los recuerdos y salir adelante. La pregunta del millón era cómo lograrlo sin morir en el intento.

– Quiero… tengo algo que decirte – dijo suavemente Fred.

La joven cerró los ojos, como si con eso pudiese cerrar su corazón, sus heridas. Cerrar los ojos. ¿Acaso no era ésa una frase común en el mundo? Cerrar los ojos a la realidad. Mantenerse alejado de los hechos. Quedarse en la ignorancia por voluntad propia. Deseó tener la fuerza suficiente de levantar las manos para cubrirse los oídos, no quería escuchar a Fred en esos momentos. Pero su cuerpo parecía no responder, y se transformó en una estatua de sal que le escocía sus heridas a cada segundo.

– He estado investigando mucho los últimos años – comenzó a decir Fred, fingiendo que no le molestaba en lo más mínimo que Joy no respondiera –. Te sorprendería saber que he leído varios libros aparte de los que siempre me has regalado – bromeó –; son libros que fui comprando en Florish & Blotts sobre hechizos un poco más complicados que los que vienen en Corazón de Bruja.

Silencio constante. Era como si estuviese hablando solo.

– Encontré uno que me pareció muy útil – continuó, teniendo mucho cuidado en escoger las palabras que salían de su boca –: definitur obliviate. Te permite borrar sólo recuerdos específicos.

– ¿Por qué me estás diciendo todo esto? – preguntó Joy, con la voz seca como un desierto.

– Porque quiero ayudarte. Una vez te pedí que me contaras tu secreto. Quiero pedirte que me dejes entrar a tu mente para borrar el recuerdo.

– ¿Y por eso me trajiste a este lugar? – Joy reaccionó finalmente y lo vio a los ojos.

Aquel par de ojos expresaban tanto sin palabras. Eran tranquilos como el mar en verano, mientras que en los de ella se desataba una tormenta destructora. No, era más fácil refugiarse en su propio rencor que mirar a Fred a los ojos. El muchacho le estaba ofreciendo una oportunidad, y ella se sentía al borde del abismo. ¿Cuántas veces había deseado poder olvidar aquel día de noviembre? Madam Pomfrey le había dado una salida provisional en sus años en Hogwarts, pociones que la misma bruja preparaba para hacerla olvidar las pesadillas que la aquejaban de niña. Lo que ahora Fred le estaba diciendo era que él podía darle la respuesta que ella había estado buscando. "Borrón y cuenta nueva" pensó, "la vida nunca ha sido fácil Marjory".

– ¿Funcionará? – preguntó. Su voz sonaba un poco más a ella.

– Lo probé algunas veces.

– ¿Con quién?

Fred se encogió de hombros y se negó a responder.

– ¿Qué pasará? ¿Olvidaré aquel día como si nunca hubiese existido?

– Así funciona el hechizo, elimina cualquier indicio del recuerdo que se quiere borrar. Sólo es necesario despertarlo nuevamente, que sea brillante y claro en tu memoria para que se pueda encontrar con facilidad. Por eso te traje aquí, porque no hay otro lugar que hiciese aquel trabajo. Es sólo un día menos en tu vida, Joy. Déjame ayudarte.

Joy se mantuvo en un silencio atormentado. Luchaba contra las emociones que aparecían precipitadamente sobre ella: temor, odio, remordimiento, confusión, esperanza. Se convirtieron en una masa sólida, un bulto endurecido que le crecía en la garganta y en el pecho, como un cáncer desparramando dolor a cada miembro. Tenía miedo. La esperanza que creía muerta hacía mucho tiempo había resucitado. Había olvidado la pequeña luz que a veces parpadeaba en su interior cuando era niña. Algo la encendía y la llama crecía, hasta que las pesadillas terminaban aplastándola.

– Sólo afecta la memoria, ¿cierto?

– Sí – Fred sonaba confundido.

– ¿Qué hay de mí?

– Lo olvidarás Joy, lo juro.

– ¡No! – Joy se volvió hacia el muchacho – Me refiero a mi cuerpo, ¿él también podrá olvidar?

El muchacho no se había planteado aquella cuestión. Lo que le había sucedido a Marjory era un tema delicado y tenebroso. ¿Cómo una persona podía ser capaz de violar a una niña de ocho años? Le repugnaba saber que en un lugar tan tranquilo podían suceder esos casos; no era necesario vivir en una guerra para saber cuánta maldad habitaba en el mundo. Sólo un ser que hubiese perdido su humanidad lo habría hecho.

– Podemos intentarlo – sugirió Fred.

– Vayamos a casa – dijo Joy.

Dio media vuelta y cruzó la calle, caminando hacia su casa. No había dejado pasar la oportunidad que Fred le ofrecía. Simplemente quería que sus emociones volviesen a controlarse, y meditar las consecuencias que aquel hechizo traería a su vida. Respiró profundo y tomó el impulso de correr la cuadra que le faltaba para llegar con su madre y los demás refugiados.

Ambos subieron en silencio las escaleras que daban a la puerta de las Gresham. Joy dio un golpe a la puerta con el puño cerrado, esperó tres segundos y volvió a tocar, ahora dos veces. A simple vista, el lugar parecía deshabitado, pero era un simple encantamiento que habían lanzado para evitar sospechas de que la familia hubiese regresado.

Fred escuchó cómo alguien quitaba los seguros que protegían la puerta. Procuró no mirar a la muchacha a la cara, la conocía lo suficiente como para saber que ella estaba procesando la información que le había dado. Se abrió la puerta, y tanto él como Joy se quedaron boquiabiertos al ver que era Oliver Wood quien los recibía.

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– ¿Qué hace él aquí, mamá?

Era la hora de cenar, y Joy se había ofrecido a ayudar a su madre para preparar lo que servirían a aquellas personas agradecidas que vivían ahora allí. Estaban en la cocina, una lavando las verduras, y la otra picándolas en una tabla para después echarlas en una cacerola donde la sopa se preparaba.

Los magos y brujas refugiados se encontraban en la sala, pendientes de lo que la radio mágica tuviese que decirles. Oliver movía con cuidado los pequeños botones, esperando oír la voz de la presentadora Glenda Chittock. Fred estaba en las escaleras, jugando con los niños, enseñándoles trucos de magia muggle.

– Llegó ayer, cariño – explicó Nora, removiendo la sopa –. No soportó mucho tiempo el estar lejos de Sortilegios, creo. Así que fue a visitarlos hace poco, pero no encontró a nadie y eso lo alarmó mucho. Pensó que los mortífagos habían dado con ustedes.

– Pero, ¿cómo supo que tú estabas aquí?

– Supongo que fue el único lugar al que suponía que ustedes habían huido. Me sorprendió verlo llegar. Querida, ¿podrías hacer agua de sabor?

– Mamá… no lo entiendo.

– Él sólo quiere ayudar – respondió Nora con una sonrisa.

Se había asustado cuando el día anterior alguien había golpeado con fuerza la puerta de su casa. Todas las personas que se encontraban allí se paralizaron en el acto. Estaban por terminar la cena y algunos se quedaron con los tenedores a medio camino del plato a la boca; algunos niños se escondieron debajo de la mesa. Nora tomó un sartén y les hizo señas de que guardaran silencio. Se asomó a la ventana, pero sólo logró ver a un hombre joven vestido con una playera blanca y jeans. Nunca se le cruzó por la cabeza que pudiese ser el jugador de quidditch hasta que éste gritó el nombre de su hija.

– ¡Marjory! ¿Estás allí? Oh, Merlín, oh Merlín – murmuró de prisa –, que todo esté bien. Que no les haya pasado nada, por favor.

Fue cuando Nora le abrió la puerta con una sonrisa.

– No te parece algo… ¿incómodo? – preguntó Joy – Digo, dado a todo lo que pasó en enero.

– Me ha costado perdonar a personas, Marjory – respondió muy seria Nora –. Al hombre que te hizo daño hace tiempo, a Fred, a ti – rió, luego prosiguió con la misma seriedad –, incluso a tu padre. Ayer me di cuenta que, finalmente, había perdonado a Oliver.

Joy permaneció en silencio mientras llenaba un par de jarras con agua. Ella no había perdonado a aquel hombre desconocido, y con el paso de los años nuevos nombres se habían ido sumando a la lista de personas sin perdonar. Graham Montague encabezaba aquella lista, y lo seguía Dolores Umbridge. Increíblemente, en tercer lugar estaba el causante de la guerra mágica, Voldemort.

A la hora de cenar sólo se sumó la diferencia que causaban dos personas al círculo cotidiano. Fred trató de que el ambiente estuviera relajado; pensamiento que también se había cruzado por la cabeza a Oliver. Parecía como si los viejos tiempos escolares estuviesen de regreso. No paraban de hablar sobre antiguos entrenamientos de quidditch a las cinco de la mañana, quejas sobre los juegos perdidos, y nuevas técnicas que Wood había aprendido en el Puddlemere United. Quienes prestaban más atención eran los niños; miraban a los dos jóvenes con los ojos desorbitados, con unas muecas que enseñaban todos los dientes. Joy podía ver cómo Reuel, el niño que habían llevado a San Mungo, temblaba de la emoción. Estaba segura que el pequeñín moría de ganas por montar una escoba de quidditch.

– Vale, pero recuerdas – dijo Oliver entre risas –, recuerdas aquel partido contra Slytherin, cuando tú y tu hermano comenzaron esa canción… ¿cómo iba? En la que todos pateaban el suelo y después daban una palmada.

– ¡Oh ya! – Fred echó hacia atrás su cabeza y lanzó una sonora carcajada – En el momento en que Slytherin iba a la delantera con treinta puntos, ¿no?

– Sí – respondió el joven escocés –. Y casi la mitad de la escuela se les unió.

– ¡Ya lo recuerdo! – intervino Joy – Todos nos miraron al principio de dos maneras: como si fuésemos bichos raros, o con ese brillo de entendimiento en los ojos.

– Yo pensé que se habían vuelto locos en las gradas de Gryffindor… – continuó Wood secándose una pequeña lágrima – Y después tenían a los dos equipos suspendidos en el aire con las caras más graciosas que les he visto jamás.

– Lee Jordan hizo un estupendo trabajo con el coro – río Joy –. Él siempre fue el comentarista predilecto.

– Teníamos que hacer algo por nuestro equipo después de que McGonagall nos suspendiera de aquel partido – dijo Fred, sirviéndose otro vaso de agua –. Si no podían tenernos como golpeadores, al menos los apoyaríamos desde las gradas.

– Astrix los quería matar por eso… hasta que ustedes hicieron que la mitad de la escuela se uniera contra Slytherin en un partido de quidditch – dijo Wood haciendo memoria, luego preguntó: – ¿Qué canción era?

– We will rock you – respondió Fred.

Oliver se río tanto que terminó sin respiración.

En su segundo año, Joy les había regalado, por navidad, una cinta que ella misma había grabado a los gemelos, y un reproductor de cassettes. Eran varias canciones que le gustaban. Tenía por costumbre regalarles algo muy personal. Entre las canciones, estaba una muy famosa del grupo Queen. A los gemelos les había fascinado la letra, en menos de dos horas se habían memorizado la canción entera, y habían estado por toda La Madriguera cantando a todo pulmón.

Cuando regresaron a Hogwarts, los gemelos llevaron su pequeño walkman y un par de audífonos, junto con la cinta. Las baterías del pequeño reproductor duraron dos semanas, porque los pelirrojos estuvieron enseñándole a Lee Jordan todas las canciones que podían hacer sonar, especialmente aquella que se convirtió en su favorita. Fue Jordan quien los convenció de que hicieran trabajar el walkman con magia, así no tendrían que estar cambiando las baterías ni escuchando esa horrible interferencia que tenía la tecnología muggle con el aire mágico del lugar.

Y fue precisamente aquel artefacto muggle el que hizo que fuesen suspendidos del primer partido de quidditch después de vacaciones. Habían llegado tarde a clase de Transfiguraciones. Aquello les había acarreado el castigo de perder diez puntos para su casa, y fueron recibidos por un abucheo de sus compañeros. Los tres niños se sentaron en las últimas bancas y sacaron el artilugio con el que llevaban varios días trabajando. Se iban acercando poco a poco a su propósito, porque ya podían hacer que la cinta se reprodujera sin necesidad de baterías, pero ahora la dificultad radicaba en que no podían hacer que los auriculares funcionaran. En lugar de prestar atención a lo que la profesora les decía, los gemelos probaban con hechizos diferentes para hacer que la música fluyera de manera audible. Escucharon una voz que salía de un auricular "We can beat them, for ever and ever", pero era más parecido al murmullo de una anciana que a lo que ellos estaban acostumbrados a oír. Con un movimiento de su varita, Fred comenzó a modular el volumen mientras que George procuraba hacer que los audífonos funcionaran adecuadamente. Sin previo aviso, David Bowie gritó la siguiente línea de la canción "OH WE CAN BE HEROES, JUST FOR ONE DAY", haciendo que todos en el salón pegaran un brinco.

– ¡Señores Weasley! – los regañó McGonagall – ¿Qué tienen en las manos?

– Nada – respondieron al unísono los niños, ocultando bajo sus pergaminos el reproductor.

– ¿Nada? ¡Por Merlín, a mi no me engañan!

– De verdad, profesora – mintió George –. Sólo estábamos… cantando.

En un arrebato de suerte, (¿mala? ¿buena?), tanto el walkman como los auriculares parecieron funcionar a la perfección con magia y la canción comenzó a sonar con más fuerza que antes, aun por debajo de tanto pergamino.

"Though nothing will drive them away. We can be heroes, just for one day. We can be us, just for one day"

Joy se estaba partiendo de risa al ver la cara de emoción de los gemelos al ver que por fin había dado resultado todo su trabajo, para después dar paso a la cara de espanto al cerciorarse de que su trabajo estaba siendo escuchado por Minerva McGonagall, no sólo su profesora de pociones sino la jefa de su casa y responsable del equipo de quidditch.

– Si no tengo la fuente de ese sonido infernal en dos segundos en mis manos, ustedes sufrirán un grave castigo – dijo la profesora, extendiendo su mano hacia los niños.

Jordan, que estaba sentado en el banco de a lado, les hizo señas de que no lo entregaran. ¿Qué harían en la torre de Gryffindor sin aquel extraordinario aparato?

– Pero, profesora, fue un accidente… No sabíamos que lo habíamos traído a clases – se justificó Fred.

– ¿Me lo darán ustedes o debo buscarlo entre sus tareas inconclusas?

– No, no, no por favor – suplicó George –. No lo volveremos a hacer. No nos lo quite… es un regalo.

McGonagall removió entre los pergaminos y sacó el reproductor color gris con un gesto severo. Los audífonos colgaban de él, de tal forma que parecía que acababan de perder la vida en las manos de la bruja. Cualquier otra palabra que los gemelos hubiesen querido decir, murió en sus labios al sentir el peso de aquella mirada.

– Veinte puntos menos para Gryffindor. Y una suspensión para jugar quidditch el próximo partido – sentenció la profesora.

– ¿Qué? ¡No puede hacer eso! – se quejó Fred, quien se puso de pie de un salto.

– ¿Necesita otro castigo, señor Weasley?

– Pero… pero…

– Si no es demasiada molestia, le recomiendo que abra su libro en la página 23, y practique el hechizo que se explica. Y no ponga como excusa que es muy difícil, porque por lo visto – dijo mirando el artefacto, que seguía sonando en su mano – usted y su hermano son muy buenos con ellos.

El día del partido, Fred y George estaban sentados en las gradas con Joy. La capitana del equipo de Gryffindor, Astrix Aldrich, había suplantado a los gemelos con un par de estudiantes de sexto grado bastante robustos, aunque un poco lentos para ser golpeadores. El guardián era Oliver Wood, y sólo por él habían evitado que Slytherin les diera una paliza.

– ¡Estúpidas, estúpidas serpientes! – se quejó Fred, agitando su puño.

– Son buenos – dijo Joy.

No volvió a hacer un comentario semejante después de que sus dos amigos la mirasen como si estuviese loca.

– ¡Ah! ¿Por qué McGonagall nos suspendió? ¿Viste aquel golpe que Flint le lanzó a Aldrich? ¡Nosotros pudimos haberlo impedido! – gritaba George para hacerse oír entre tanto griterío.

– No me habría molestado en desviárselo a Montague – dijo Fred maliciosamente.

De vez en cuando la casa de los leones aplaudía, si bien era porque los cazadores lanzaban un buen golpe y anotaban puntos, o porque Wood paraba una quaffle de manera excepcional, o porque Lee Jordan hacía algún comentario mordaz.

El partido llevaba poco más de media hora, y Slytherin tenía una ventaja de veinte puntos. Los bateadores del equipo de los leones estaban bastante lentos, y una bludger estuvo a darle por los pelos a uno de ellos. George se quería arrancar los cabellos en aquella ocasión. Ya habían perdido una vez contra Ravenclaw antes de vacaciones. Era una suerte que les dejasen jugar una vez más en la temporada. El colmo llegó cuando Wood no pudo parar una quaffle debido a que estuvo a punto de caer de la escoba por culpa de una bludger lanzada por el equipo contrario.

– ¡NO! – se escuchó a unísono el grito de los leones.

– ¡Maldita bludger! – se quejó Fred, y lanzó un par de patadas - ¡Están jugando sucio!

Volvió a golpear el suelo, y de pronto recordó algo familiar. Una sonrisa fugaz cruzó por el pecoso rostro del niño, mientras sus ojillos cafés brillaban astutamente. Fred pateó dos veces el suelo y después aplaudió. George lo miró y comprendió al instante, y le siguió. Repitieron una vez más y fue Joy quien se les unió con una sonrisa, golpeándose los muslos en lugar de dar patadas. Lee, quien en ese momento había volteado a ver a sus compañeros, lanzó una carcajada que resonó en todo el campo y comenzó a seguir el ritmo. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, los gemelos y el joven comentarista comenzaron a cantar al unísono:

– Buddy you're a boy make a big noise playin' in the street gonna be a big man some day! You got mud on yo' face, you big disgrace! Kickin' your can all over the place...

Para ese momento, los dos equipos se habían quedado en el aire. Cada integrante miraba con extrañeza al comentador, y los leones miraban a las tres figuras que se habían alzado en medio de las gradas. Los gemelos trataban de gritar la canción, más que cantarla, para poder hacerse oír. Joy los acompañaba con el ritmo, pero aún se sentía cohibida de cantar en un partido de la escuela. Sin embargo, no habían cesado de dar palmadas, pateos y golpes en los muslos.

Lee gritó por el altavoz: - SINGIN'

Y entonces algunos alumnos se unieron al trío de Gryffindor. Unos con vocecillas trémulas, otros gritando a pleno pulmón.

– We will we will rock you.

– SINGIN' – repitió Jordan, sin importarle la mirada que tenía McGonagall.

– We will we will rock you! – respondieron con más fuerza y más personas.

Los de la casa de Slytherin comenzaron a reírse a carcajadas, pero fueron prontamente opacadas por el canto de Jordan, al que se le unían cada vez más estudiantes.

– Buddy you're a young man hard man. Shoutin' in the street gonna take on the world some day. You got blood on yo' face. You big disgrace! Wavin' your bannner all over the place.

– WE WILL WE WILL ROCK YOU

– Singin'!

– WE WILL WE WILL ROCK YOU

En esta segunda ronda, Joy se había puesto de pie al igual que toda la casa de Gryffindor. Si bien algunos estudiantes no se sabían la letra, siguieron el ritmo y respondían cuando Jordan daba paso al "we will rock you". Los gemelos miraron con una sonrisa enorme que alumnos de Ravenclaw y de Hufflepuff se les habían unido. Fred pateaba el suelo con toda la fuerza que era capaz, y casi no cabía en sí de la emoción por lo que se venía, porque la siguiente estrofa era su favorita.

Slytherin no se reía más. Abucheaban e insultaban sin importarles los profesores. Algunos parecían luchar contra sí mismos para contenerse, porque el ritmo era muy pegajoso y, seguramente, no era la primera vez que escuchaban la canción.

– Buddy you're an old man poor man pleadin' with your eyes gonna make you some peace some day.

Era ensordecedor el ruido en el campo de quidditch. Había estudiantes que silbaban, agitaban sus banderas, gritaban apoyando a Gryffindor. Todos estaban de pie. El equipo de Slytherin trataba de concentrarse en su juego, pero más de la mitad de la escuela se burlaban de ellos, y eso los enfurecía. El efecto resultó contrario con el equipo de Gryffindor, porque pareció animarlos y sintieron renovar sus fuerzas. Comenzaron a jugar con mayor empeño y celebraban junto con sus compañeros cada atajada o puntuación que marcaban.

– You got mud on your face. You big disgrace. SOMEBODY BETTER PUT YOU BACK INTO YOUR PLACE!

McGonagall llevaba el ritmo con una mano, y de vez en cuando golpeaba suavemente el suelo con el pie. Jordan no podía contener la sonrisa en su rostro. Ni siquiera estaba sentado en su lugar, sino que se había subido a su banquito mientras animaba a todos los estudiantes a terminar la canción.

– WE WILL WE WILL ROCK YOU

– SINGIN' – gritó Jordan una vez más.

– WE WIL WE WILL ROCK YOU

– EVERYBODY!

– WE WILL WE WILL ROCK YOU

– WE WILL WE WILL ROCK YOU! – gritó casi toda la escuela.

Y aquel grito se convirtió en uno que hizo que temblaran los cimientos del campo, porque en aquel momento el buscador de Gryffindor logró atrapar la snitch por pura suerte, porque el buscador del equipo contario se había detenido para hacer un gesto obsceno con la mano a las gradas donde se ondeaban banderas rojas con dorado.

Dumbledore estaba a las risas. McGonagall ni siquiera trató de disimular su complacencia. Y Severus Snape casi echaba humo por las orejas.

o0o0o0o

Fred y Joy acomodaron sus cosas en el cuarto de la joven. Allí dormían los niños, quienes le cedieron la cama a la muchacha y pusieron sus bolsas de dormir por todo el suelo. Fred acomodó la suya casi debajo de la cama de ella, sólo para sentir que la tenía a su lado. A pesar de las risas en la cena, y estar juntos lavando los platos, él notaba cómo ella se había vuelto a cerrar. Quería hablar sobre el hechizo, pero no quería que los niños escucharan.

– ¿Seguros no quieren la cama? – preguntó una vez más Joy.

– No – respondió Reuel –. Nos acostumbramos a dormir en el suelo allá en el callejón. Ahora tenemos éstas – señaló su bolsa de dormir –, nos las ha dado tu mamá. Es como dormir en una nube.

A los dos jóvenes se les encogió el estómago de tan sólo escucharlo.

Arroparon a cada niño que dormía con ellos. Joy les dio un beso en la frente, y esperó a que todos estuviesen listos para que ella apagara la luz. Con cuidado regresó a la cama y se envolvió en las cobijas.

– Joy – susurró Fred después de un rato, cuando supuso que los niños estaban durmiendo –, ¿estás bien?

– Lo estoy pensando, Fred – respondió la joven desde su cama.

– Puede ser una salida.

– Lo sé.

– Sabes que no fue tu culpa – se aventuró a decir el muchacho –. Lo que pasó aquel día…

– Es que ya no es sólo aquel día – interrumpió Joy –. Han sido años de daño, y que tienen origen en un solo día. Fred, ¿qué pasa con todo el dolor, el odio, que se ha estado guardando desde entonces? ¿También desaparece? ¿El hechizo es lo suficientemente poderoso?

– No lo sé – respondió el joven, de manera casi inaudible –. Sólo intentaba ayudar.

Joy sintió una opresión en el pecho, y quiso llorar. Se volteó hacia la pared y le dio las buenas noches a Fred. Se quedó allí con los ojos abiertos, pretendiendo dormir, deseando poder hacerlo. Había aprendido a vivir con el recuerdo. O por lo menos a soportarlo. Hacía un par de años que las pesadillas habían dejado de visitarla, pero aquel día los viejos fantasmas rondaban junto a ella. Podía sentirlos en el aire frío, ellos habitaban en la pálida luz de la luna. Casi podía ver sus figuras etéreas y perladas frente a ella. En esta ocasión no funcionaría cubrirse la cabeza con las mantas, o correr a la enfermería por alguna poción. Tenía que mirarlos cara a cara y decidir si quería hacerlos desaparecer de una vez por todas, o estar consciente de su existencia en su vida por el resto de sus días. Sabía que no todos los fantasmas eran amigables.

Eran cerca de las dos de la mañana cuando se levantó de la cama. Bajó de ella con cuidado de no pisar al muchacho que dormía a su lado. A pesar de eso, no quiso verlo. Logró llegar hasta la puerta sin despertar a nadie, y salió de la habitación para dirigirse a la cocina.

Fred vio cómo la joven esquivaba los cuerpecitos de los niños que estaban desparramados en el lugar. Él no estaba dormido. Supo de inmediato que llevaba la tristeza como un pesado manto sobre ella, sin embargo, no hizo nada para detenerla. Miró cómo abría silenciosamente la puerta y desaparecía tras ella. No iba a dormir hasta que ella regresara, pero tampoco permitiría que ella se diera cuenta de eso. Qué bien se les estaba dando fingir aquel día.

Joy bajó las escaleras a sabiendas que no había nadie en la sala. Entró a la cocina sin prender la luz y se sirvió un vaso de leche. No quería regresar a la habitación. Se bebió de un golpe la leche y volvió a rellenarse el vaso. Se dirigió hacia la sala.

– ¿Tampoco puedes dormir? – le dijo una voz en la oscuridad.

– ¡Merlín! – exclamó la muchacha dando un brinco. Se regó un poco de leche en el pijama – ¿Oliver?

– Lamento haberte asustado – respondió el muchacho –. De verdad, no fue mi intención. Te vi bajar las escaleras hace un momento, pero supuse que no querías hablar conmigo.

– No te había visto, lo siento.

La luz de la luna entraba por entre las cortinas, dándole a la sala un aspecto como si la hubiesen bañado en plata. Poco a poco los ojos de la muchacha se acostumbraron a la oscuridad y pudo reconocer las figuras. Oliver la invitó a que tomara asiento. Joy se sentó en el sillón que estaba frente a él.

– ¿Por qué no puedes dormir? – preguntó ella.

Oliver se encogió de hombros.

– Supongo que los recuerdos impiden que mi cabeza concilie el sueño.

– Estamos igual.

Se quedaron en silencio. El ruido de los autos había disminuido con creces, muy de vez en cuando se escuchaba llegar un auto, seguramente de algún vecino que venía de una fiesta. Aún así, los ruidos de la calle parecían ser absorbidos por el completo silencio de la casa.

– ¿Por qué viniste? – preguntó Joy, mirando la poca leche que le quedaba en el vaso.

– ¿Disculpa?

– ¿Por qué decidiste venir a mi casa después… de lo que pasó en enero?

Oliver se tomó su tiempo para contestar. Cuando lo hizo, su voz parecía distante, como si estuviese escondiendo toda clase de emociones.

– Las considero amigas mías. A ti y a tu madre. Me sigue preocupando su seguridad. Cuando me fui de Sortilegios, juré que no volvería a poner un pie allí… – Joy escuchó como se reía de sí mismo en la oscuridad – Creo que no soy muy bueno cumpliendo promesas, ¿no crees?

– No tenías por qué venir aquí.

– No. Tienes razón, no tenía. Pero aquí estoy.

– Eres un buen amigo – dijo Joy, con un nudo en la garganta.

– No pido más – respondió Oliver con un suspiro.

Joy se estiró para tocar uno de los girasoles que le había llevado a su madre aquel día. Eran de aquel campo que estaba cerca de la casa de la tía Muriel. Sonrió con amargura al recordar a la vieja. No se hacía muchas esperanzas de que cuando regresara a la cabaña con los gemelos, ésta los recibiera con un poco más de civilidad.

– Me he encontrado con Alicia – dijo Oliver, tras un par de minutos en el más absoluto e incómodo silencio.

– ¿Cómo está? – preguntó Joy con los ojos brillando.

– Ha regresado a Inglaterra – respondió Oliver, tratando de no mirarla por más de dos segundos. Prefirió fijar su vista en el jarrón con los girasoles –. Está a salvo.

– ¿Dónde está viviendo ahora?

– No me lo dijo. Es por seguridad, ya lo sabes Joy.

Algo en su interior se removió al escucharlo decir su nombre. Lo decía con una especie de melancolía y dolor, pero sin rastro de odio o resentimiento. La había perdonado del daño, tal vez involuntario, que ella le causó en los meses pasados.

– Siempre me agradó esa chica, ¿sabes? – prosiguió Oliver – Divertida, enérgica, leal. Daba todo por el equipo. Recuerdo que llegaba a las prácticas de quidditch quejándose porque se perdería el desayuno – se rió y miró a Joy con aquellos ojos dulces y profundos –. Eran muy cercanas ustedes, ¿cierto?

– Mis mejores amigas – respondió Joy –. Ella y Angelina fueron mis compañeras de cuarto desde que entramos a Hogwarts.

– Inseparables.

– Junto con los gemelos y Jordan.

– Claro. Siempre estaban los seis en el campo de quidditch. Si no estaban haciendo bromas estaban molestando a los de la casa de las serpientes.

– La pasábamos mejor en el lago.

Ambos se quedaron en silencio. Ambos con sonrisas esculpidas en sus rostros. Cada una con una naturaleza distinta. Joy recordaba a sus amigos, principalmente a aquellos a los que no veía desde hacía meses. A Angelina la había visto el día anterior, pero Alicia había partido a recorrer el mundo desde que se habían graduado de Hogwarts, y sus cartas eran muy escasas. La extrañaba demasiado. Aquellas dos chicas se habían convertido en las hermanas que jamás tendría.

Recuerdos. Todo el día había estado lleno de ellos. Buenos, malos, oscuros. Cada uno era completamente diferente, con distintas tonalidades, de naturaleza variada.

– Oliver, si pudieras borrar algún recuerdo en específico, ¿lo harías? – preguntó Joy, con el ceño fruncido.

– Depende – respondió con sinceridad Wood –. ¿Causa mucho dolor?

– Tal vez.

– ¿Sería de manera permanente?

– Es lo que se intenta.

– No sé, Joy. Algunos recuerdos están demasiado arraigados a uno. Que tal si regresan con mayor intensidad.

A Joy le dio escalofríos de tan sólo pensarlo.

– Si pudiera borrar sentimientos lo haría – Oliver cerró los ojos por un momento. Después la miró con tristeza –. Créeme que lo haría.

Permanecieron en silencio un buen rato. Joy miraba las urnas donde se encontraban las cenizas de sus abuelos y su padre. Podría borrar aquel día de navidad también, fingir que la muerte de su padre no había sucedido. Pero entonces, ¿cómo se podría explicar su ausencia?


Un nuevo capítulo recién salido de horno.

Es un poco más corto que los anteriores, pero espero que lo disfruten. Como siempre, a mí me ha encantado escribirlo.

Le dije a alguien que lo publicaría el sábado, pero por equis cuestión ya no pude. Y después cambié el capítulo entero. La segunda parte vendrá pronto, lo prometo.

¡Muchas gracias por leer! ¡Gracias por dejar reviews! Me emociona leerlos :')

Que tengan un lindo día.

Y ya saben: un fanfic con reviews es un fanfic feliz.