CAPÍTULO 26
MAGIA PURA
Víspera de julio de 2010 (IV)
-Pero ¿has dejado algo en el armario? – Preguntó Cecilia mientras contemplaba el montón de ropa y demás cosas que Isabel pretendía meter en su maleta.
-Dicen que este año va a hacer calor, así que he sacado más cosas de verano que otras veces. Pero por otra parte, papá dice que en los Picos de Europa no te puedes fiar, así que también he puesto más o menos lo que habitualmente me llevo de ropa de abrigo...
-¿Más o menos? Será más bien tirando a más... ahhh.- Cecilia estaba agotada, así que alzó la varita y apuntó a la montaña de cosas que su hija tenía dispuestas sobre su cama. Al menos, Isabel había heredado su sentido del orden, y todo estaba perfectamente apilado y cuidadosamente dobladito.
-Reducto.- Dijo a media voz. Y la montaña fue mermando hasta alcanzar el tamaño adecuado para caber en la maleta.
-Un poco más, mamá.
-¿Un poco más?
-También tiene que caber la bolsa de aseo, el secador, el cargador del móvil... (las compresas, tampones y salvaslips por si acaso hay otro desbarajuste, las cremas para los granos, tres tubos de desodorante y la bolsita con las pinturas para la cara).
Cecilia ya no tenía ni ganas de emitir otro quejido. Volvió a apuntar con la varita y repitió el hechizo.
-¿Así te va bien?
-Creo que si.
- Bien. Entonces mételo todo en la maleta. Y atiende. Tienes que practicar el Reducto durante el campamento, porque si no, ya me contarás que vas a hacer cuando tengas que preparar la maleta de vuelta.
Isabel miró a su madre con cierto horror.
-¿Es muy difícil?
-Concentración y que no te tiemble la varita. Fácil. Por cierto, el agrandador requiere lo mismo. La palabra es...
-Engorgio. Ya lo se. Ese me sale.
-Lo comprendo. Suele ser más fácil agrandar que reducir. Bueno, voy a ocuparme de la maleta de tu hermano.
Isabel se quedó sola en su cuarto guardando sus cosas mientras Cecilia pasaba al cuarto de Alberto. Ahí sí que tenía que ocuparse de todo, porque el niño ni tenía la edad ni el cuidado de su hermana mayor. Afortunadamente, Nadia, la bruja cuidadora, ya había metido la varita.
-Aquí tienes siete pares de calzoncillos y de calcetines. También hay siete camisetas. Dos pijamas. Cuatro pantalones cortos y tres largos. Tres bañadores, la toalla, las zapatillas de baño...- Iba enumerando Nadia mientras Cristina miraba atentamente la maleta con muchas ganas de empezar a sacar la ropa de su hermano. El niño la miraba aburrido asintiendo con la cabeza sin parar de moverse a un lado y a otro.
-¿Has guardado lo que necesitas para las clases? –Preguntó Cecilia. Su hijo la miró como si fuera una marciana y negó con la cabeza.
-Pues ¿A qué esperas? – En realidad, lo dijo mientras ella misma se ponía en marcha y empezaba a sacar cosas y meterlas en la maleta.
-¡Mamá! ¿Me puedes sacar mi escoba? – Isabel irrumpió en el dormitorio.
-¡Me has desconcentrado! Ahora no se por dónde iba revisando este estuche de materiales para pociones y tengo que volver a empezar.
-Perdona. ¿Quieres que lo haga yo?
-Muy bien. Pero no voy a ir ahora por las escobas. Tengo que terminar con las cosas de tu hermano. ¡Alberto! ¡Aunque lleves todo marcado espero que tengas más cuidado que el año pasado, que la señora Lutgarda acabó enviando una bolsa de calcetines y demás ropa sucia que te habías dejado tirada por ahí!
Mientras Cecilia seguía moviéndose con rapidez, del armario a la maleta, de la maleta a la mochila, Isabel hizo inventario de plantas y hongos, ojos de tritón, sangre de salamandra, roca de alumbre pulverizada y todo lo que se suponía que un estuche para un niño principiante en el noble arte de la cocción mágica debería contener. Los años anteriores, la víspera había sido un día de nervios y emoción. Un día que había pasado excitada deseando que llegara el momento de sumergirse en un entorno completamente mágico y además fuera del alcance y la mirada escrutadora de sus padres. En esta ocasión, Isabel, a cada instante que pasaba, se sentía peor y con unas ganas tremendas de llorar. Como pudo hizo de tripas corazón y se concentró en revisar el resto del material escolar de su hermano. De paso, repasó mentalmente todo lo suyo una vez mas e incluso abrió su mochila para comprobar que había metido el chubasquero. Para cuando terminó, casi media hora después, su madre había concluido la maleta de Alberto. La encontró tumbada en su cama, con los ojos cerrados.
-¿Mamá? ¿Estás bien?
- Me estoy tomando diez minutos para relajarme.- Contestó ella sin abrir los ojos. Cecilia había recuperado del cajón de la memoria unos ejercicios de relajación que le enseñó la bruja matrona precisamente durante el embarazo de Isabel. Y estaba la mar de satisfecha: había conseguido relajar toda su columna vertebral y se empezaba a sentir estupenda. Isabel no dijo nada. Simplemente rodeó la cama, se quitó sus zapatillas y se tumbó junto a su madre, en el sitio de su padre. Durante unos instantes las dos permanecieron en silencio.
-¿Mamá? ¿Te molesta si te hablo?
-Claro que no.
Si Cecilia hubiera querido ser sincera, le habría dicho a su hija que la dejara en paz. Pero en el fondo comprendía que Isabel también necesitaba y merecía parte de su atención, así que abrió los ojos, giró la cabeza y la miró. La niña tenía la vista clavada en el techo y una expresión mustia.
-¿Me iréis a ver?
-Por supuesto. Como siempre hacemos.
-¿Llevaréis a Cristina?
-Y a Mencía. No va a estar mucho más en el hospital.
De repente, Cecilia escuchó un hipido y contempló cómo los ojos de su hija se desbordaban de lágrimas. Se incorporó y se apoyó en un codo.
-¿Qué te pasa?
-No lo se. Tengo muchas ganas de llorar...
-Entiendo.
-¿Entiendes?
-Claro. He pasado por eso. Y aunque te parezca mentira, me acuerdo.
-¿También te pasaba? ¡Es que me siento súper triste! ¡Y en realidad no se por qué!
-Todavía ahora, alguna que otra vez, me pasa.- Dijo Cecilia con voz suave, acariciando el brazo de su hija.
-¡Esto es una porquería!
-Nos ocurre a nosotras porque somos capaces de soportarlo. ¿Te imaginas a papá así? ¿Mustio y lloroso una vez al mes?
Isabel sonrió.
-¡Con lo melodramáticos que pueden llegar a ser los hombres! Y no te cuento si él hubiera tenido que pasar por vuestros embarazos. ¿Sabes lo que me hizo cuando te esperábamos a ti?
Isabel negó con la cabeza mientras rebuscaba un pañuelo de papel en el bolsillo y se sonaba escandalosamente.
-Íbamos en un autobús. A él le pareció que daba mas botes de la cuenta y de repente, me agarró del brazo y me hizo bajarme murmurando que debía tener los amortiguadores mal y que aquello era inadmisible. Por supuesto, faltaba muchísimo para la parada. Y lo peor de todo, de repente se puso a llover, en una de esas trombas de verano. Y no venía otro autobús, y yo tenía los pies empapados. Así que le dije que yo no había notado que se moviera especialmente, que tu debías estar ahí dentro tan ricamente y que iba a pillar un resfriado por su culpa.
Una pequeña carcajada se escapó entre las angustias adolescentes de Isabel.
-¿Te daba mucha lata?
-Sobre todo contigo, seguramente porque era la primera vez. Con tus hermanos, creo que depuró la técnica de no pensar en ello la mayor parte del tiempo. Pero contigo, me llamaba al trabajo varias veces al día para saber si te había notado moverte.
-¿Por qué?
-Los bebés se mueven mucho ahí dentro. Dejar de notarlo puede ser mala señal.
-Ya... ¿te has asustado alguna vez con alguno de nosotros?
-No hija. Aunque cuando nació Mencía sí me preocupé un poco. Tu hermana no ponía la cabeza bien y tuvieron que tirar con un fórceps. Noté perfectamente que no había sido yo quién la había sacado, y sí, me preocupé de que le pudiera quedar alguna lesión. Durante dos días no pudo abrir el ojo izquierdo de lo inflamado que tenía el carrillo...
-¿Quedará bien ahora?
-Sabemos que algo de oído perderá. Pero hemos hecho todo lo que estaba de nuestra mano, y también los sanadores. Además, pensemos que hay cosas peores...
Alberto padre llegó en esos momentos a casa después de haberse pasado casi todo el día en el hospital con la segunda de sus hijos. Se las encontró tumbadas en la cama de matrimonio, las dos boca arriba, hablando y riendo. De alguna forma, su mente elaboró la relación de parecidos y diferencias entre madre e hija. Las dos eran muy largas, delgadas, con el mismo pelo lacio y casi negro y esas manos de dedos largos y finos. Y tenían los mismos ojos grandes y grises, enmarcados en una densa red de pestañas muy negras. Pero Isabel tenía su frente amplia, su nariz respingona, sus labios más carnosos y su barbilla redonda, aunque su cara era mas larga, como la de su madre. Curiosamente, Alberto no pensó en el parecido más evidente: que las dos eran mágicas. Quizás porque las quería fueran como fueran.
-Os lo estáis pasando bien...- Dijo medio sonriendo.- Supongo que el equipaje estará listo.
Cecilia le dedicó una sonrisa que a él le pareció el más maravilloso bálsamo del mundo para aplacar la angustia que habían pasado, magia pura, y decidió sumarse a la charla. Se quitó los zapatos sin molestarse en deshacer los nudos de los cordones y pidió sitio para tumbarse en el centro, entre ellas dos.
-¡Papá! ¡No empujes! – Gritó Isabel divertida.
-Es que no te has movido nada para hacerme sitio.
-¡Has llegado el último! ¡Te tienes que aguantar con lo que hay!
-Y no has pedido permiso para aparcarte en batería en esta cama.- Añadió Cecilia.
-¡Es mi cama!
-Nuestra cama.
-Tu lo has dicho. Nuestra. ¡No de esta ocupa de aquí! Isabel, córrete un poco. Y tu también, Ceci, que me agobiáis.
-¡Pero qué cara más dura tienes!
-Papá nos va a acabar echando.
-Isabel, tu si que tienes cara.
-¡Papiiiiii! – Cristina llegó corriendo y empezó a trepar por el lado de Cecilia. Pronto consiguió saltar sobre su madre, que la cogió como pudo para pasarla a su padre.
-¡Papáaaaaaa! – Alberto también entró corriendo y saltó sobre un hueco inverosímil, provocando una airada protesta de su hermana mayor.
-¿Por qué no salimos los cinco a dar un paseo? – Sugirió el padre viendo que aquello se hacía insostenible.
-Buena idea.- Se sumó Cecilia levantándose de la cama. Aun tuvo que reñir a los dos pequeños, que pretendían ponerse a saltar, antes de conseguir que salieran de su dormitorio y fueran a ponerse zapatos para la calle.
Los cinco salieron al atardecer madrileño, el padre empujando la silla de la pequeña, el hijo correteando y saltando, y la mayor junto a su madre, olvidadas sus cuitas. Hubo un momento en que, sin venir a cuento y de manera totalmente espontánea, acercó su rostro sonriente al de su padre y le besó la mejilla.
-Te quiero mucho, papá.
Y Alberto pensó que eso también era magia pura. De las mas puras.
