Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.
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Trato Hecho
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Beteado por Isa :)
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Capítulo Veinticuatro: Castigo
Al abrir mis ojos, sonreí.
Al mirar a mi costado, también sonreí como la tonta enamorada que era. ¿Habría alguien más feliz que yo en estos momentos?
Muchas veces me había planteado mi mala suerte crónica, pero, parecía, que todos esos años sintiéndome la persona con la peor suerte del mundo, estaba cambiando. Ahora, me sentía una de las mujeres más afortunadas de todas. Es decir, ¿quién iba a pensar que justamente el único hombre del que me enamoré, también estuviese enamorándose de mí cuando ni él lo hubiese esperado o, al menos, imaginado?
Volví a sonreír como idiota y me acurruqué mejor en su cálido cuerpo.
Sin lugar a dudas, luego de haber pasado todo el mal rato que pasé, amanecer al lado del hombre que amas, es una buena forma de hacerlo. Mis ojos intentaron adecuarse a la claridad del día; tal parecía que hoy tendríamos de esos días soleados en donde sólo piensas tirarte boca para arriba en un gran parque y dejar que la brisa y la calidez del mismo te rodeen, aspirando aire puro, conectado con la naturaleza. Sentí los brazos de Edward rodearme con fuerza y sonreí, sonreí con esas sonrisas que dislocan mandíbulas.
Hoy estaba muy feliz, no podía negarlo.
Él me abrazó con fuerza y suspiró contra mis cabellos. Por mi parte, no podía dejar de sonreír como una idiota, sintiendo que por fin las cosas volvían a tomar el curso que debió haber tomado hacía rato. Qué vendría ahora, no lo sé. Es decir, todo es incierto, pero lucharía con todas mis fuerzas para que lo nuestro funcionara. Ya los primeros pasos los habíamos dado: yo sincerándome con él, dejándole mi corazón en bandeja de plata. Y él..., bueno, con un poco de lentitud, supo responderme y por eso hoy estábamos aquí.
A pesar de que no era la primera vez que dormíamos juntos —eso es evidente—, sentía que hoy las cosas eran diferentes. No sé… quizás era la tranquilidad de saber que él se estaba enamorando de mí, o el simple hecho que ahora me sentía mucho más segura en esta relación. Ya no había mentiras. Ya no había engaño. Simplemente, éramos dos extraños que aprendieron a conocerse y hacerse muy importante en la vida del otro.
Sintiéndome muy contenta y todavía sin ganas de levantarme, me apreté más contra él en su carcelero abrazo y sonreí maquiavélicamente cuando una parte de su anatomía también había despertado justo como yo. Hola amiguito. Me quedé rígida sin saber qué hacer; es decir, si hacía alguna maldad, era obvio que también me torturaría a mí misma, y no quería hacerlo. No era tan fuerte como me gustaría serlo.
Quería que Edward y yo volviéramos a estar juntos, por supuesto que sí. Pero… antes de viajar junto a él a Orlandolandia, debía pasar el castigo. Sí, lo sé… quizás piensen que estoy loca por resistirme a él, pero ¡hey! Me había dejado sola y contestando a mi declaración con un simple: «Yo… lo siento». Merecía una especie de castigo y, siendo sincera, es lo único que se me ocurrió hacer. No iba a dejarle las cosas tan fáciles. No señor, lo iba a hacer luchar un poquito antes de… bueno, antes de la verdadera reconciliación.
«¡Uf! ¿Y todavía me quieres hacer sufrir?».
«Lo siento, Amanda, pero no tendrá todo tan fácil».
Edward se removió un poco y tuve que ahogar un jadeo cuando su polla impactó de lleno en mí. Oh, oh. Quizás jugar con fuego no era conveniente. Mi respiración se cortó cuando su mano comenzó a subir y subir, y se coló por debajo de la antigua camiseta de Charlie que ahora se transformó en mi nuevo pijama. Intenté mantenerme inmóvil, pues si me movía, iba a ser para problemas. Su respiración era acompasada, así que supuse que seguía durmiendo.
Creo que mi respiración comenzó a incrementarse con más velocidad, pues mi trasero se rozaba con su erección matutina y él parecía muy cómodo, apoyando su cálida mano en la parte superior de mi abdomen, justo por debajo de mis senos. Inspiré profundo y él se removió un poco, haciendo que el roce entre los dos no fuese sólo un roce. Obviamente, como mi cuerpo es tan traicionero y, pareciera, que reaccionaba sólo con una caricia de Edward, comencé a sentir calor. Mucho calor. Y eso no era nada bueno, no si quería seguir con ese absurdo —ahora— castigo.
El rostro de Edward se escondió en la curvatura de mi cuello y sentí su respiración allí, haciendo que se me pusiera la piel de gallina. Nuestras piernas se encontraban juntas, entrelazadas, y me era muy difícil moverme, pues él me tenía bien sujeta y estaba muy acurrucado a mi cuerpo. Pese a que su miembro seguía rozándose en mi trasero, sonreí por sentirlo tan pegado a mí. Quizás, su cuerpo también reaccionaba a mi cercanía, tal como me pasaba a mí con él.
«Deja de joder con ese estúpido castigo y métele mano».
«No, Amanda, debemos ser fuertes».
No sé si esas palabras eran para Amanda, o me las decía a mí misma para darme valor y ser fuerte. No estaba siendo muy fácil soportar todo esto; y sabía que las cosas se pondrían aún más difíciles. Creo que lo mejor que podría hacer era levantarme… pues la carne es débil, y no me costaría mucho trabajo mandar todo a la mierda. Suspirando fuerte y encontrando valor en alguna parte, hice el primer intento, pero Edward no cooperaba en nada. Además de dormir como un tronco, su brazo se rodeaba con muchísima fuerza, impidiendo mi fuga. Bien, tú puedes con esto, Bella. Hice el segundo y sólo conseguí que me estrechara con mayor ímpetu hacia su cuerpo, ahora sí que no había ningún espacio libre entre los dos y, en consecuencia, cierta parte de cierta zona sur estaba más que presionada contra mi culo.
Ay, Dios. Dame fuerzas.
—Si sigues moviéndote así, no me hago cargo de los posibles destrozos —dijo, con la voz ronca por el sueño, pero creo que también porque moví accidentalmente mi trasero y golpeó contra su… ejem, polla.
«Oh, Ojitos, no me hables así que me pongo loca».
«Amanda, coopera, por favor».
«Tú no lo haces, ¿por qué habría de hacerlo yo?».
Suspiré.
—No es mi culpa que amanezcas… bueno, así —dije y volví a frotarme. Juro que fue sin intensión, sólo quería que él se diera cuenta de qué estaba hablando.
Tragó pesado y rechinó sus dientes, pero no me soltó.
—Claro que es tu culpa, Voz de Pito —susurró conteniendo su voz.
—¿Mía? ¿Por qué? —retruqué.
—Por ser malditamente deseable —respondió, dejándome sin habla, mientras trazaba círculos imaginarios sobre mi ombligo.
Bien, seguramente una persona común y corriente habría sabido qué responder a las palabras del hombre que amas, mientras te toca la panza y aplasta su erección contra tu trasero, pero como yo era lo más contrario a una persona normal, no sabía qué mierda se decía o hacía en una situación como esta. Una cosa era dejar de ser virgen —porque, oh claro que dejé de serlo, y vaya momento asombroso que pasé—, pero más allá de eso, era muy novata con toda esta cosa de relaciones fingidas y no fingidas, y eso me entorpecía a la hora de responder algo coherente.
Sus carcajadas hicieron que salga de mi trance y bufara por ser tan… así.
—Por cierto, buenos días —murmuró, besando mi nuca.
Cerré mis ojos y disfruté del contacto de sus labios con mi piel.
—Buenos días —respondí, posando mis manos por encima de sus brazos—. ¿Dormiste bien?
Sentí sus labios curvarse en una sonrisa sobre la piel de mi cuello.
—Como no lo hacía desde hace dos semanas —respondió.
Mi corazón se derritió por sus palabras, pues habían pasado casi dos semanas desde su cumpleaños, por ende, que habíamos pasado la noche juntos; juntosde juntos. Y fue la mejor manera de terminar el día. Claro que sí.
Sonreí apretando sus brazos, manteniendo mi vista fija en la pared.
—Con esas palabras dulces no harás que cambie de opinión.
Volvió a reír.
—Así que… ¿nada de reconciliación oficial todavía?
Sacudí la cabeza.
—Tks, tks —chasqueé la lengua—. Deberá esforzarse para su alegría y final feliz, Señor Lo Siento.
—¿Señor Lo siento? —repitió riéndose.
—Así es, deberá trabajar duro para poder lograrlo.
«Yo que tú no hubiese usado la palabra "duro" si es que quieres mantener tu absurdo castigo en vigencia».
Tragué en seco, pues creo que entendí lo que Amanda quería decir. También supe que Edward entendió el doble significado de la oración pues, sin vergüenza alguna, hizo que su erección —ahora un poco menos despierta, pero no por ello fácil de disimular— chocara accidentalmente contra mi trasero. Ahogué un jadeó y él rechinó sus dientes.
—Supongo que estoy preparado para ese duro trabajo, Bella —dijo con la voz ronca.
Sabía que estaba actuando así a propósito para ponerme las cosas difíciles. Esto iba a ser una larga tortura, pero debía ser fuerte, al menos por ahora. Inspiré fuertemente, intentando concentrar mi mente en otra cosa. O, bueno, eso intentaba hacer.
—Pues bien, qué bueno que esté preparado para eso, Señor Lo siento. —Moví mi trasero sugerentemente contra él, ganándome un jadeo de sorpresa por su parte. Sonreí triunfal. Quizás, las cosas se pondrían interesantes—. Ahora, tendrás que tener guardadito tu coso, porque quiero ir a ver a mi abuela.
Aproveché su ataque de risa y me liberé de su agarre —de una manera bastante ágil—, haciendo que Edward quedara boca para abajo riéndose de una forma muy estrepitosa. Era muy lindo verlo así, con los cabellos completamente despeinados, con los ojos como una persona que recién se despierta y ese rostro somnoliento. Creo que me enamoré un poco más. Una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro y, sin poder evitarlo, comencé a reír junto a él desde afuera de la cama. Si bien esta mañana era algo diferente a todas aquellas mañanas que ya compartimos juntos, no era distinto el trato que teníamos con nosotros mismos. Seguíamos siendo los mismos de siempre. Eso era algo que me encantaba. Mucho. Muchísimo.
Él siguió riendo boca para abajo y no pude contener mis ganas de tirarme encima de su cuerpo. Así que, tomando un poco de carrera, aterricé en su espalda, riéndome junto a él. Él elevó un poco su cabeza para mirarme y le sonreí con dulzura cuando ya las carcajadas hubieron cesado. Mordí mi labio y él siguió mis movimientos con atención. Antes de que las cosas volvieran a caldearse, dejé un sonoro beso en su mejilla y volví a levantarme de la cama para ir al baño, luego de haber buscado mis pertenencias en mi mochila para higienizarme.
Al salir del baño, Edward me esperaba con una gran bandeja encima de la cama, con un hermoso y suculento desayuno, esperando a ser degustado. Lo miré con una ceja alzada, mientras se comía un pedazo de fruta.
—Pedí servicio a la habitación —contestó simplemente, palmeando al lado de la cama invitándome a unirme con él.
«Esa es una hermosa invitación, Ojitos».
Ni corta ni perezosa me acerqué hasta allí y me senté a su lado, con cuidado de no tirar nada. Él sonrió, mirándome con dulzura, y tuve que concentrarme para no suspirar como tonta.
—¿Jugo de naranja? —preguntó.
Asentí.
—¿No te estás olvidando algo?
Enarqué una ceja.
—¿Qué cosa? —Con disimulo pasé mi lengua por mis dientes para ver si me había olvidado de cepillar mis dientes. Todo parecía correcto. Y sí, tenía la manía de cepillarme los dientes antes de desayunar.
—Bueno, leí las letras pequeñas de ese interesante castigo y no encontré ninguna cláusula que impidiera que mi dulce Voz de Pito me besara. —Sus ojos brillaron—. ¿O también me negarás eso?
«Deja de joder, Swan, y bésalo».
—Nope, no hay nada que lo impida. —Le di una sonrisita y no tuve que esperar mucho para que se acercara a mí y, en un ángulo bastante peculiar, cubriera mi boca con la suya.
Cada vez que besaba a Edward era distinto. Jamás me cansaría, claro. Y siempre terminaba queriendo más y más. Era como una adicción. Una dulce y deliciosa adicción. Miré por el rabillo del ojo a la bandeja y agradecí que Edward la hubiese corrido. Con una gran agilidad, me las ingenié para subirme a su regazo, así podía besarlo con más comodidad. Mis manos volaron a sus cabellos y los jalaba de vez en cuando, mientras nuestras lenguas comenzaban con esa lucha tan placentera que tan bien conocíamos.
Las manos de Edward se enroscaron en mi cintura y bajaron más allá; a mi trasero, a mis piernas y yo sólo sonreí contra sus labios. Bien parecía que estaba aprovechando cualquier momento para tocar más allá de lo permitido.
«¿A quién quieres engañar? Mueres porque te toque».
Sonreí perversamente y mordí ligeramente el labio inferior de Edward. Él gimió sobre mis labios y dio un apretón a mi trasero, haciendo que diera un respigo de sorpresa. Sus labios se movieron a mi mejilla, a mi mandíbula y, luego y por supuesto, a mi cuello. Claro que iba a hacerlo, no sólo se limitaría a darme un trabajo muy difícil en intentar resistirme a él, sino que ahora, además, comenzaba a torturarme con mi maldito cuello.
—¿No era sólo el beso de los buenos días? —medio gemí, medio hablé. No estoy segura.
—Con un poco de intereses —respondió haciéndome reír y jadear al mismo tiempo cuando mordió ligeramente la parte baja de mi garganta.
Bien, si quería que las cosas no llegaran más lejos, era el momento de parar.
«¿Por quéeee?».
—Uhm, Edward… —dije como pude, mientras él seguía torturando mi cuello—. Abuela. Hospital. Ir.
Él asintió mientras seguía besándome con urgencia y yo no me quedé atrás. Estaba sólo a poco de tirar todo por la borda y utilizar el cuarto de hotel como debía ser. O sea, estar encerrada junto a él, solos los dos, en una habitación tan preciosa como ésta, no era para jugar al ajedrez. Y estaba segura que estaba desilusionando a Amanda con mi manía de mantener ese estúpido castigo entre los dos.
«No te equivocas. Eres mala».
Finalmente, armándome de coraje y valor, rompí el beso pero mantuve nuestras frentes unidas. Mi respiración era agitada y los ojos de Edward estaban oscurecidos por el deseo. Cerré mis ojos y volví a abrirlos, ya cuando mi respiración se encontraba relativamente tranquila.
—Le dije a mi abuela que la iría a visitar temprano —murmuré—. Y ella pidió por ti.
Eso lo hizo mirarme con curiosidad.
—¿Por mí? —repitió—. ¿Acaso sabía que venía?
—Bueno, mi abuela es muy intuitiva y muy pocas veces se equivoca —le sonreí—. ¿Vamos?
Él suspiró con frustración.
—Es demasiada tortura, Voz de Pito. —Besó castamente mis labios y aflojó su agarre en mí.
—Nada que no merezca, Señor Lo Siento. —Le guiñé un ojo brincando hacia afuera de la cama.
Me gané una palmada en el trasero.
«La espera me está matando».
«No exageres, Amanda».
Al salir del hotel, efectivamente, el día estaba tan hermoso como se veía por la ventana. Hacía un poco de calor, pero no de ese que te cocina; era bastante soportable. Pensé que vería a uno de los majestuosos coches Cullen, pero eso no fue así, sino que no había ninguno aparcado fuera del hotel y Edward no se notaba que estuviese buscándolo por algún lado.
—No hay juguetitos esta vez —dijo cuando salíamos del hotel.
—¿Y por qué no? —pregunté, mirándolo con los ojos achinados por el sol.
Encogió sus hombros.
—No lo sé. —Luego se dibujó una divertida sonrisa en sus labios—. El hospital no está lejos, tú tienes dos pies, yo tengo dos. No necesitamos un auto, ¿caminamos?
Comencé a reír con ganas al percatarme que algo así le había dicho aquel día que nos conocimos en el parque, antes de ir a almorzar por primera vez en el restaurante del viejo Marco.
—Eres un tonto —dije, palmeando su hombro.
—Pero así te gusto… —respondió, guardando ambas manos en sus bolsillos.
«Así te amamos, Ojitos».
—Sí, así me gustas —secundé, mordiendo mi labio.
Una brillante sonrisa —con la luz del sol fue aún más brillante— se dibujó en sus labios y sacó una de sus manos de sus bolsillos y me la ofreció. No me demoré en entrelazar nuestros dedos, como acostumbraba a hacerlo. Otra vez, en esta ocasión se sintió distinto.
—Debería no ser tan extraño, ¿no? —pregunté, dándole un apretón a su mano para que supiera a qué me estaba refiriendo.
Seguimos caminando por las calles soleadas de la ciudad.
—Se supone que ahora es verdad, quizás por eso es raro todavía —respondió mirándome un momento. Asentí estando de acuerdo—. Nunca lo sentí más correcto.
Mi pecho se infló de emoción.
—Tampoco yo —respondí.
Me sonrió y le sonreí de vuelta. Tiró un poco de mi mano y ahuecó mi rostro para llevarlo hacia el suyo. Nos besamos con dulzura y mucha, mucha tranquilidad. Al abrir mis ojos me vi reflejadas en sus orbes verdes más verdes que de costumbre y no pude evitar pensar en lo afortunada que era. Edward, sin lugar a dudas, es el chico que cualquier mujer merecería y, por alguna razón del destino, me había elegido a mí.
Llegar al hospital no fue difícil, pues el hotel quedaba a unas pocas calles. Al subir al piso correspondiente, pude ver a lo lejos que estaban mi padre y Seth. No tardamos mucho en llegar junto a ellos.
—¡Pimpollito! —exclamó mi padre, abrazándome con fuerza. Se veía cansado; no era para menos, se había quedado toda la noche aquí.
—Hola, papá —correspondí a su abrazo y besé su mejilla—. ¿Cómo está la abuela?
Charlie rodó sus ojos.
—Digamos que ya está el noventa y cinco por ciento bien —suspiré de alivio—. Las enfermeras tuvieron que amenazarla con atarla si es que no se quedaba quieta. ¿Puedes creer que quiso limpiar los vidrios porque, según ella, no podía ver el paisaje?
Me reí. Eso era algo que haría mi abuela. Sentí a Edward acercarse a nosotros y mi padre le dio un asentimiento de cabeza y pasó su mano para estrecharla con la de Edward.
—Buenos días, muchacho —dijo, con simpatía.
—Buenos días, señor Swan —respondió educadamente el aludido.
Charlie nos miró a ambos, como si sospechara algo; aunque esa sospecha en sus ojos sólo duró una milésima de segundo.
—Gracias por cuidar de mi pimpollito —siguió diciendo.
Edward sólo sonrió y tomó una de mis manos; gesto que a mi padre no le pasó inadvertido, aunque él también sonrió un poco. Luego, Seth se unió a nosotros y nos saludó, diciéndonos que la abuelita Marie ya casi estaba totalmente recuperada. Eso me hizo sentir mucho, mucho mejor.
Nos quedamos platicando unos momentos en la sala de espera, hasta que un doctor llamó a mi padre, diciéndole que mi abuelita se había despertado. Charlie sonrió ampliamente y corrió —literalmente— a ver a su madre. Me encantaba verlo igual que siempre, sin dudas el susto que habíamos pasado ayer fue muy grande.
—¿Quieren algo de la confitería? —preguntó Edward, poniéndose de pie.
Seth lo miró con una ceja alzada.
—¿No es que en los hoteles dan de desayunar?
«Y también unas muy cómodas camas, pero la tonta de tu hermanastra no quiso probarlas».
«Sabes que no es así».
«Debes aprovechar el momento, tonta».
Rodé los ojos.
—Sí, bueno, se supone… —dije, y podía sentir que mis mejillas comenzaban a calentarse.
Edward sonrió.
—Se nos pasó el tiempo y ya era tarde para venir, Seth —explicó Edward, luego se acercó a mí y pegó su boca en mi oreja—. Y alguien sabe distraer muy bien.
—¡Ja! ¿Ahora soy una distracción? —Intenté que no notara el temblor en mi voz al recordar nuestra placentera sesión de besos matutina. Dios, realmente hoy estaba mal.
—Una muy apetecible y deseable distracción. —Besó mi mejilla y salió rumbo a la cafetería.
Suspiré y no pude evitar ver el balanceo de su trasero pegado en ese jean negro.
«Pervertida».
Sonreí con sorna, desviando mi vista hacia otro lado.
—Estás feliz, ¿ah?
Miré hacia Seth.
—¿Qué?
—Nada, mejor hablamos después o tu padre será el que caiga internado.
No entendí a qué se refería hasta que vi a Charlie acercarse a nosotros; su sonrisa había crecido, así que creo que tenía buenas noticias. No me equivoqué.
—Entonces firmaré los papeles y la abuelita será dada de alta.
Me levanté a abrazarlo. ¡Ya íbamos a volver a casa!
—Bella, me dijo mamá que quiere que vaya Edward un momento… —asentí—. ¿Dónde está?
—Fue a la confitería.
—Bien —me sonrió acariciando mi mejilla—. Dile cuando vuelva, ya regreso.
Expulsé todo el aire de mis pulmones y Seth me abrazó. Ya todo había pasado. Ahora era oficial. El hijo de Sue se quedó charlando con algún conocido que encontró y me dirigí al ventanal, esperando por Edward para decirle que mi abuela lo esperaba. Era obvio que no se aguantaría a llegar a casa para hablar con él. Apoyé mi frente en el vidrio y, por primera vez desde que había llegado a Tacoma, entendí que todo lo malo ya había pasado y que tendríamos Marie por mucho, mucho rato más.
El sol estaba allá en lo alto; brillante, radiante, cálido, sonriéndonos con sus enormes rayos. Bueno, quizás no sonreía, pero yo notaba que todas las cosas estaban mucho más hermosas que lo normal. Con una sonrisa tonta, muy tonta en mi rostro, miré el paisaje que se extendía por el ventanal. Ahora sí, tenía la convicción que mi abuela estaba bien. Edward y yo comenzábamos a recuperar esa relación que teníamos, salvo que ahora con la certeza que ambos ya habíamos dejado ese loco trato atrás.
Sonreí una vez más. ¿Cuántas veces ya lo había hecho en el día?
—¿Te habló un unicornio o qué? —preguntó Seth, riéndose de mi cara.
Lo miré sin comprender qué quería decir con ello, volteándome hacia él.
—¿Eh?
—Ay, Bella —rodó sus ojos—. No has dejado de sonreír desde que llegaste. Supongo que tuviste una muy buena noche; eso es evidente. Pero ya ándale aflojando a esa sonrisita tonta porque Charlie comienza a sospechar que Edward te hizo conocer cada centímetro del hotel. Ambos desnudos, por supuesto.
«¡Uf! Ojalá, muchachito lindo, ojalá».
Mi rostro se ruborizó y le propiné un golpe en el hombro.
—Tarado —le dije con los ojos entrecerrados.
—¿Qué? —preguntó de vuelta con una sonrisa sugerente—. Creo que todo el mundo sabe que has tenido una noche salvaje; sólo es cuestión de mirarlos a ambos.
Rodé los ojos, intentando concentrarme en no ruborizarme. Si lo hacía, le estaría dando la razón y, muy a pesar, no la tenía. Seth siguió riendo hasta que Edward regresó y comenzó a acercarse a nosotros; le sonreí dulcemente, y él me devolvió la sonrisa, haciéndome suspirar. Sé que mi hermanastro rió más fuerte aún. Edward estuvo a nuestro lado en pocos segundos; me pasó un jugo de naranja y a Seth una botellita de agua.
—¿Alguna novedad? —preguntó, estrechándome hacia su cuerpo pasando un brazo alrededor de mi cintura.
Suspiré de alegría, y me pegué a él. No sé si era mi imaginación o no, pero sentía que ahora las cosas eran mucho mejor que antes. Sin dudas, ahora es mucho mejor que antes. Ya no teníamos que preocuparnos que todo el mundo creyera nuestro circo, pues ahora todo era real. Éramos una pareja real o, bueno, intentábamos comenzar a serlo.
—Mi padre está firmando los papeles —conté con entusiasmo—. Mi abuelita será dada de alta hoy mismo.
Edward sonrió, con esas sonrisas sinceras.
—Es un gran alivio. —Besó mis cabellos.
Luego, recordé lo que debía decirle.
—Quiere verte. —Me miró confundido—. Mi abuelita quiere verte, te espera en la habitación.
—¿Estás…?
—Ve, Edward. —Besé su mejilla—. Yo te esperaré aquí.
Me dio un beso breve en los labios y fue rumbo a la habitación de mi abuela.
—Ese chico muere por ti —comentó Seth como quien no quiere la cosa.
Lo miré, tomando un trago de mi jugo.
—Y yo por él.
Rodó sus ojos.
—¿Piensas que no lo sé? —Guiñó su ojo—. Hasta tienes baba allí. —Se señaló las comisuras de sus labios.
Comencé a reír y nos quedamos hablando de trivialidades, hasta que Charlie volvió a aparecer.
—Ya está todo listo —sonrió triunfante—. En una hora estaremos partiendo.
Todos sonreímos y Seth se disculpó con nosotros para ir al baño. Mi padre me abrazó y me recosté sobre su hombro, sintiéndome muy feliz. Creo que hoy era mi día de felicidad.
—Te veo bien, hija —murmuró luego de un momento.
—Ya todo pasó, papá —respondí, enderezándome para poder mirarlo—. Ayer realmente me asusté.
—Lo sé —acarició mi mejilla y sonrió—. Me gusta que Edward hubiese venido.
—A mí también —respondí con sinceridad.
Mi padre largó un fuerte suspiro.
—Me alegra que estén tan bien… —Lo miré con curiosidad, ¿a qué se debía tanta conversación?—. ¿Sabes? La primera vez que los vi… no sé, sentía que me estaba perdiendo de algo. Pero ahora, algo cambió y eso me deja tranquilo.
«Si supieras todo lo que cambió, papi Charlie».
Decir que no me sorprendía un poco sus palabras, sería una mentira.
—Se nota que te quiere y eso me da mucha calma. —Tomó una de mis manos—. Un padre siempre quiere lo mejor para sus hijos, y… en cierto sentido, esperaba que encontraras a alguien como Edward.
—¿A alguien que te regalara un coche? —me burlé.
Las orejas de mi padre se sonrojaron.
—Además de eso, pimpollito —rió—. Se nota que te quiere y que tú lo quieres a él. Mira cómo ha cambiado tu semblante, sé que ayer estabas asustada por la abuela como todos, pero había otra cosa. Y hoy, ese temor a algo más de lo que sucedió, ya no está.
¿Tan predecible soy?
—Hoy estás feliz, radiante… —comenzó a enumerar y, luego, su semblante cambió a uno más… ¿contrariado?—. ¡Será de Dios! —exclamó, haciéndome saltar en mi lugar.
Mis ojos se abrieron grandes, sin entender qué estaba pasando.
—¿Papá?
«Creo que le entró el demonio».
«Ay, Amanda. ¡Dios!».
—Él… Él… —comenzó a decir sin sentido alguno—. ¿Cuándo pensabas decírmelo?
¡Por Dios! ¿De qué estaba hablando?
—Papá, no te estoy siguiendo.
Se levantó de la silla, completamente nervioso, y comenzó caminar en círculos; poniéndome un poco nerviosa a mí también. O sea, ¿qué le pasaba?
—Yo asumo que eso ya pasó y sigue pasando… pero… pero… —Seguía sin comprender nada. Estaba completamente descolocado—. Ver cómo crece dentro de ti mi nieto, será como un constante recordatorio de lo Edward hace contigo.
Momento… dijo, ¿nieto? Ay, Jesús, creo que ahora me entrará el ataque a mí.
«Y yo que pensaba que tu familia podía cambiar algún día. Siguen siendo los mismos locos de siempre».
—Uhm… papá —intenté sacarlo de su ataque de histeria—. ¿De qué demonios hablas?
—De lo que es evidente —dijo con total convicción—. Ahora entiendo por qué estás tan feliz, no es que yo no lo esté… claro. Supongo que en algún momento soñé con ser abuelo pero, ¿tan pronto? O sea, no sé… ¿no eres muy chica?
¿Qué carajos?
—No, no… eres una mujer muy responsable. —Frunció el ceño—. Bueno, casi responsable, porque de lo contrario no estarías con un chico adentro. Ay, Dios mío, creo que quiero matar a Edward. Sí, quiero matarlo. Ni siquiera lo perdonaré por haberme regalado un auto…
Bien, basta de monólogos sin sentido.
—¿Puedes decirme de dónde sacaste que estoy embarazada? —bufé—. Papá, no lo estoy y no lo estaré por un buen tiempo. ¿Okay?
Puse mis brazos en forma de jarras y Charlie me miró con curiosidad y creo que un poco de alivio. ¡Dios! ¿Por qué todas las conclusiones de mi felicidad debían concluir en la posibilidad de un embarazo? Si mal no recuerdo, mi madre y mi tío Mark habían pensado lo mismo. Asombroso.
—Entonces… —suspiró—. ¿No hay nieto?
Rodé los ojos.
—No, papá, no hay nieto, ni embarazo, ni nada de eso. ¿De dónde lo sacaste?
Rascó detrás de su cabeza.
—No sé —encogió sus hombros—. Supongo que es porque te veía diferente e imaginé que algo así podía pasar. Porque, Bella, puede ocurrir.
«No si hay castigo».
—No pasará por ahora. —Era demasiado pronto para tener esta conversación y muy, muy vergonzoso. Apenas y estábamos empezando la relación, ¿cómo hablar de hijos tan pronto? —. Y deja de armar tanto escándalo, estoy feliz porque estoy feliz.
—¿Segura?
Rodé los ojos.
—Papá…
—Es que nosotros te tuvimos a una edad temprana, tú lo sabes. —Ay, por favor, por favor, por favor, dime que no tendremos la charla, no ahora, no aquí—. Y entiendo que Edward y tú no juegan a las cartas o algo así. Por eso quiero decirte que… a veces, uno pierde el control de las cosas y luego se lleva sorpresas y…
—Papá, por favor. —Creo que comenzaría a rogar con tal de que se callara—. Esto es muy vergonzoso y no tienes que decirme esas cosas que ya sé. ¿De acuerdo?
Sus ojos se ampliaron.
—Entonces… ¿Tú y Edward…?
«Sí, papi Charlie. La cuenta de Bellita nos da cinco Orlandos, la mía un poco más».
Cerré mis ojos.
—¿En serio quieres saber?
Sacudió su cabeza.
—Supongo que no —dijo rápidamente—. No, es mejor alejar ciertas imágenes de la cabeza. Hay cosas que un padre no debe enterarse jamás de la vida de su hija.
¡Madre mía! ¿Quién me mandó a tener una familia de locos? Ugh. Charlie me siguió mirando con desconfianza y, luego, desvió su vista a mi panza. Oh, genial. Rodé los ojos y crucé mis brazos por encima de mi estómago, realmente me estaba poniendo nerviosa. O sea, no tenía un chico allí, sino toneladas de comida que ya había disfrutado, duh.
Gracias a Jesús, María y José, Seth regresó junto a nosotros y, poco después, salió Edward con una gran sonrisa en sus labios. No pude evitar largar unas risitas. Si se enteraba de lo que mi padre imaginó, quizás se hubiese desmayado. Si apenas estaba aceptando su enamoramiento conmigo, ¿qué haría si salía embarazada? Definitivamente, moriría y eso sería muy chistoso de ver.
—¿Todo bien? —me preguntó, tomando una de mis manos.
—Todo normal —respondí disimulando mis risitas. No había mentido, estas situaciones eran muy normales en mi vida cotidiana. Supongo que por alguna razón, mi madre y mi padre congeniaron algún tiempo.
«Y tú saliste así de fallada, no lo olvides».
«Sí, como sea».
Media hora después, todo estaba listo para la salida de mi abuela. Un enfermero traía su silla de ruedas y casi me caigo para atrás de la risa al ver la cara larga de mi abuelita. Era evidente que ya no veía la hora de largarse de aquí. Al vernos a todos juntos, sonrió y esa sonrisa me iluminó hasta mí. Ya no estaba pálida y hasta se había vuelto a pintar los labios con esos horribles labiales rosas. Le sonreí con dulzura y ella abrió sus brazos para que fuera a saludarla.
—No has entrado, mi niña. —Besó mi mejilla, dejándola toda manchada de rosa.
—No has pedido por mí. —Me hice la ofendida abrazándola fuerte.
Llevó su boca a mi oído y habló despacio.
—¿Ves que sí tenía razón? —musitó haciéndome sonreír—. Edward vino hasta aquí, si bien te dijo que fue por ti, en realidad lo hizo para verme a mí.
Comencé a reír y besé su mejilla.
—Lo sé, abue. —Ella sonrió con ganas—. Sé que me miente y sólo vino por ti.
—Espero que ya dejen de ser dos cabezas duras, él me lo prometió —miró hacia atrás—. Realmente se está poniendo los pantalones; sólo es cuestión que asimile todo esto. Pero, créeme, su relación sólo acaba de comenzar.
—Espero que sí, abuelita.
—Confía, mi niña, confía.
Sonrió junto a mí y, luego de las últimas instrucciones del médico, por fin salimos del hospital. Al llegar a la puerta de éste, rodé los ojos, porque esta vez sí había un juguetito esperándonos. Apreté la mano de Edward y vi que intentaba ocultar su diversión.
—Acomodemos a mamá así podemos viajar cómodos en mi auto —dijo mi padre, abriendo el baúl del especular coche para colocar mi mochila y las pertenencias de mi abuelita.
«Serás caradura, papi Charlie».
—¿Acaba de decir su auto? —le pregunté en un murmullo a Edward.
Él sonrió y tiró de mi mano para subirnos al auto de mi padre. Sí, claro.
Al llegar a casa de mi padre, Sue y Leah nos esperaban con una deliciosa comida de recibimiento, aunque a mi abuelita sólo le esperaba un caldo de pollo; pues, todavía tenía que cuidarse. La acompañé a bañarse, mientras que Edward se quedaba conversando con los demás; no pasé por alto las miraditas que mi padre le seguía dando a mi panza. ¡Dios!
—Entonces… ¿ya todo está solucionado? —preguntó mi abuelita terminando de cambiarse.
Sonreí como tonta.
—Podríamos decir que sí —respondí.
—Se nota, mi niña, se nota en ambos que son muy felices. —Tomó una de mis manos y la apretó—. ¿Sabes? Ustedes me hacen recordar mucho a mis inicios con tu abuelo.
—¿En serio?
—Sí, él también era un poco lento pero tenía buen corazón —sonrió con ganas—. Edward te ama mucho, sólo deja que todo siga su curso… tienen mucho de futuro por delante, ya te lo dije.
Volví a sonreír una vez más y creo que mi mandíbula ya comenzaba a doler de tanto hacerlo.
—Ahora sólo espero verte casada y a mis bisnietos —creo que la miré con pánico—. Pero, tiempo al tiempo jovencita, aunque no nos hagas esperar mucho; mi cadera ya empieza a fallar.
Sólo pude sonreír y abrazarla con fuerza.
Ya cuando mi abuela estuvo lista, bajamos hacia el comedor y todos nos esperaban para comenzar a almorzar. Me di cuenta que todo se sentía menos tenso que la primera vez que habíamos venido, supongo que Charlie decía la verdad cuando dijo que Edward le agradaba.
—Nada de salmón hoy, muchacho —le dijo mi padre a Edward y casi me atraganto.
Edward sonrió ampliamente.
—Nada de salmón. —Repitió y alzó su copa para brindar con Charlie.
Sentí su mano tomar la mía; le sonreí y le di un ligero apretón.
Luego de comer y estar un momento más junto a mi abuela, decidimos que ya era hora de marcharnos. Mañana era lunes y ambos teníamos tareas que cumplir; yo en la Universidad y Edward en la empresa.
—Cuídate mucho, abuela. —La abracé con mucha fuerza—. Y no dudes en llamarme por cualquier cosa, ¿de acuerdo?
—Sí, mi niña —sonrió dándome un beso. Luego, llamó a Edward y él estuvo a mi lado, abrazándome por la cintura—. Me alegra mucho verlos tan bien.
Edward y yo sonreímos como tontos.
—Y realmente, deseo que su vida sólo sea felicidad. —Tomó nuestras manos y las estrechó junto a las suyas—. Recuerden que no todo será color de rosas, habrá muchos altibajos, pero no por ello deben dejar de luchar. Al final, sabrán que todo valdrá absolutamente la pena.
—Lo sé, seño… —Marie enarcó una ceja—. Abuelita.
—Así me gusta más, Edward. —Le guiñó el ojo—. Tengan un buen viaje y ya estaré esperando su visita nuevamente.
Terminamos de despedirnos de los demás y mi padre, muy amablemente, se ofreció a llevarnos al aeropuerto en su lujoso auto. Cada vez que hablaba de él, sus ojos brillaban y no era un secreto que vivía cuidándolo, incluso más a que a él mismo. Sue me había dicho que andaba con el trapito para limpiarle alguna pelusa a todas horas del día. El viaje al aeropuerto no fue largo y en pocos minutos estuvimos allí.
—Dime que te cuidarás, pimpollito —dijo Charlie, mientras Edward nos anunciaba para tomar el avión.
—Papá, que no estoy embarazada.
Él suspiró; todavía no me creía.
«Uh, papi Charlie, debemos disfrutar antes de que vengan los chiquillos».
—Ya todo está listo —avisó Edward.
El nudo en el estómago de despedir a mi papá siempre se hacía presente, así que me elevé de puntitas para besar su mejilla y abrazarlo con fuerza. Él correspondió mi abrazo con las mismas ganas que yo.
—Te quiero, mi pimpollito. —Besó el tope de mi cabeza—. Nos veremos pronto, ya te quiero ver con esos chistosos birretes en tu graduación.
Sonreí.
—Todavía falta para eso, papá.
—Pero menos que antes. —Volvió a besar mis cabellos—. Apresúrate que quiero conocer la Gran Manzana.
Puse los ojos en blanco.
—Te quiero, papá. —Besé una vez más su mejilla y me separé de él para que Edward lo saludara.
Charlie murmuró algunas palabras que no escuché y Edward asintió con una sonrisa. Luego, entrelazamos nuestros dedos y nos encaminamos hacia la puerta de embarque. Se me hizo extraño que no hayamos tomado esa puerta privada que habíamos tomado la otra vez para coger el avión privado de Edward.
—¿Por qué vamos hacia el sector de primera clase? —le pregunté ya cuando pasamos el control para abordar el avión e íbamos hacia la segunda puerta—. ¿Tampoco trajiste tu juguetito?
—Ni me lo recuerdes —dijo entre dientes.
La azafata nos acomodó en nuestros asientos y ya no pude mantener mi boca cerrada.
—¿Por qué dices eso? —le pregunté mientras nos sentábamos.
Él estiró sus piernas y tumbó su cabeza en el respaldo de la silla.
—Oh, bendita primera clase —musitó para sí; luego, me miró—. No será igual que el jet, pero definitivamente la primera clase es buena. —Me miró de costado y suspiró—. Cuando vine hacia aquí, volví a confirmar lo importante que eres para mí.
«Ojitos, me matarás con tanta dulzura».
Mi corazón saltó e intenté disimular mi alegría.
—¿Por qué lo dices?
—Porque mi padre se llevó el jet para asistir a una reunión en Chicago y yo tuve que coger un vuelo comercial porque ya no había pasajes para Tacoma.
Me tapé la boca sin poder aguantar mis ganas de reír.
—Sí, ríete. —Rodó sus ojos.
—¿También te tocó el chiquillo pateando las sillas? —me burlé.
—No esta vez —suspiró—. Pero uno vomitó a mi lado.
Ya no pude aguantar más y comencé a reír como loca. Sé que mucha gente me miró, pero no le di importancia. Edward se unió a mis risas y me ayudó a abrochar el cinturón de seguridad cuando nos dieron la señal. Luego, tomé su mano con fuerza por el despegue y él me agradeció, escondiendo su cabeza en mi hombro, donde dejó un beso en mi cuello.
—Gracias por haber venido por mí —susurré, en medio del despegue.
Él me besó una vez más.
—Gracias por darle una oportunidad a este tonto —musitó.
Sonreí y dejé caer mi cabeza encima de la suya admirando el paisaje de Tacoma a mis pies. Ciudad en la cual me di cuenta que estaba enamorada de Edward y, luego, enterarme que él no estaba muy lejos de enamorarse de mí.
.
.
—¿Pero entonces todo se arregló? —preguntó Tanya, mirándome con curiosidad.
—Sí, Tan —respondí sin poder disimular mi sonrisa—. Hablamos y decidimos volver a empezar.
—¿Sin ningún trato?
Sacudí la cabeza, negando.
—Ya toda la mentira quedó atrás.
Ella dio un saltito y se abalanzó a mis brazos. Reí junto a ella, abrazándola de vuelta. Era lindo darle este tipo de noticia a ella, después de todo era la única —además de mi abuela, claro— que sabía la verdadera razón de todo.
—¿Es el cumpleaños de alguna y lo olvidé? —preguntó Jessica, acercándose a nosotras.
Tanto Tanya y yo rodamos los ojos. Allí estaba ella, un poco ojerosa aunque pretendía disimular esas ojeras con un corrector, vistiendo impecable como siempre. No es que esté mal, claro, yo estaba muchísimo peor. Creo que era el nuevo panda humano. Pero tampoco nos podían exigir tanto, después de todo salíamos de rendir un examen; muy importante, cabe aclarar.
—No, Jess —respondió Tanya en todo divertido.
—Uf, menos mal —sonrió y me miró con atención—. Te arreglaste con Edward.
Eso no había sido una pregunta, sino una afirmación. ¿Tan notorio era mi estado de ánimo?
—Sí —respondí.
Jess me miró con alegría; no pude evitar sentir un poco de curiosidad por su comportamiento. O sea, sabía que ella estaba feliz por mí, porque Jessica no era una mala persona. Pero, últimamente, notaba que estaba muy conversadora con temas de relaciones. Hasta donde yo sabía, ella le tenía algo así como alergia a los compromisos; pero, parecía, que eso estaba comenzando a cambiar. Quizás extraño, quizás no. ¿Quién sabe?
—Yo sabía que eso ocurriría —me guiñó el ojo—. ¿La reconciliación? ¿Buena? ¿Caliente? ¿Salvaje?
«Ilumina a tu amiga, Jessica querida, todavía tiene esa absurda idea del castigo en la cabeza».
«Ya te dije que no por mucho tiempo más».
«¿Y entonces qué esperas?».
Creo que mi rostro comenzaba a calentarse, intenté disimularlo lo más que pude.
—Uhm… —murmuré rascándome detrás de la oreja.
—Ya, entendí. —No me dejó responder y se lo agradecí—. Es obvio que fue buena, no tienes que decírmelo. Pero, wow, tu novio está como quiere.
Tanya, Jessica y yo comenzamos a reír.
—Cambiando de tema…. —dijo la rubia con una mueca pensativa en su rostro—. ¿Se dieron cuenta que este fue el último examen antes de la tesis?
El maldito examen que me tuvo sin dormir por cinco días. Con todo lo que había pasado con mi abuela, con Edward y demás, me había atrasado con el estudio y cuando volví de Tacoma, literal, tenía la soga al cuello. Tuve que encarcelarme en el departamento para estudiar. No era algo divertido, pero fue necesario. Si todo salía bien, este había sido el último examen de mi carrera, sólo nos faltaba comenzar a hacer la tesis. Y estábamos muy nerviosas por ello y por todo lo que vendría después. Aunque, finalmente, la meta estaba sólo a un paso más.
—Ya nos puedo ver con esos espantosos trajes de graduación. —Comenzamos a caminar por los pasillos de la universidad con el sólo objetivo de salir de aquí—. ¿Por qué tienen que ser tan horribles? Deberían ser ligeros, vestidos cortos o algo así; algo más sexy.
«Totalmente de acuerdo».
Rodé los ojos.
—¿Hablas en serio?
Ella sonrió.
—Sí, aunque creo que a cierto chico con cierto auto plateado le gustará verte vestida así esta noche. —Señaló hacia adelante y vi a Edward recostado en su auto, mirando en mi dirección—. Dios, Bella… no sé cómo aguantas, yo no podría quitarle las manos de encima.
«¿Por qué no escuchas a Jessica? Deberías aprender de ella».
Sonreí, sin sacar mis ojos de Edward.
—Anda, ve a saludarlo —me alentó Tanya, con una sonrisa dulce.
Me adelanté a ellas con pasos rápidos para llegar a Edward. Habíamos estado bastante desconectados estos últimos días; yo porque debía estudiar, y él porque tenía trabajo atrasado en la empresa. De igual manera, no habíamos dejado de hablar por WhatsApp. Nos habíamos quedado más de una vez con el telefonito mandándonos mensajes hasta altas horas de la noche; en una ocasión, me dormí sosteniéndolo en la mano. Luego, él bromeó por esa razón a mi costa, por supuesto.
—Hola, mi Voz de Pito —dijo cuando estuve frente a él.
—Hola —murmuré embobada mirando sus ojos.
Él sonrió y me tomó de la cintura para plantarme un beso que hizo que mis piernas fallaran. Enredé mis manos detrás de su nuca y ladeé un poco mi cabeza, para mayor comodidad. La verdad, no me importó estar en el medio del estacionamiento de la Universidad, con muchos curiosos mirándonos. Lo único que me importaba era poder besarlo como quise hacerlo todos estos días.
—¿Cómo te fue? —me preguntó, dejando un beso en la punta de mi nariz.
—Bueno, la verdad, espero que bien… porque no quiero tocar jamás nada de lo que he estudiado para este examen —respondí, estremeciéndome de la sola idea de volver a estudiar esos temas aburridísimos que nada servía para nuestra profesión en un futuro.
Él sonrió con entendimiento y, luego, me miró con cierta timidez.
—¿Ya hiciste planes?
Inflé mis mejillas. No había hecho planes, no por ahora.
—Nope, ¿por?
—Porque se me ocurrió que podríamos salir por ahí —comentó—. No sé… ¿Como una cita?
Creo que mis ojos se iluminaron.
«¿Una cita con Ojitos? Oh, por Dios».
—¿Qué dices?
—Que sí —respondí bastante desesperada, luego, me di cuenta—. Digo… sí, claro. Me encantaría.
—Genial —sonrió de una manera muy especial—. Luego, Emmett nos espera en su casa. ¿Te molesta ir?
Oh, Caroline; hacía mucho que no la veía. Sonreí de sólo pensar en volver a jugar con ella, era una nena muy especial y me encantaba pasar tiempo con ella. No era muy partidaria de los chicos pero, sinceramente, ella era una de las pocas con las que lograba congeniar.
—Claro que no, además le debo la visita a la pequeña Caroline desde hace rato. —Él me sonrió en respuesta. Nunca me lo había dicho, pero yo sabía que se alegraba por saber que su pequeña sobrina y yo nos llevábamos muy bien.
En ese momento, se acercaron Tanya y Jessica mirándonos con ternura y poco disimulo. Así eran ellas, y las quería por ser quienes eran. Rodé los ojos, pero escondí una sonrisita tonta. Era muy lindo sentir que todo estaba volviendo a la normalidad.
—Hola, chico guapo. ¿Así que te pusiste los pantalones? —lo saludó Jess, haciendo que me atorara con mi propia saliva.
«La idea es sacárselos ahora, Jess».
Sacudí mi cabeza.
—Jessica —advertí, ella puso cara de inocente.
—Creo que sí, Jessica —le respondió Edward un poco incómodo.
Tanya le hizo una mueca a nuestra amiga.
—Bueno, podrías decirle a tu amigo que también comience a hacerlo.
Todos la quedamos mirándola sin saber a qué se refería.
—¿Brad? —preguntó Tanya con el ceño fruncido.
Jessica suspiró y casqueó la lengua.
—No dije nada… —dijo, dándose cuenta de algo—. ¿Se marchan?
Allí había algo que no estaba entendiendo. ¿Qué había pasado entre Jessica y Brad además de los innumerables revolcones que ya habían tenido? Tanya preguntó alguna cosa para cambiar de tema, pero yo me quedé mirando a la castaña sin entender qué era lo que pasaba por su cabeza. Últimamente la había notado un poco rara, como si ese lado sentimental que escondía desde que nos conocíamos luchaba por salir al exterior. Lo había dado a entender cuando ocurrió toda esa cosa de Cupido con Peter y Charlotte, y también dándole en el clavo con las palabras que me había dicho a mí, referente a Edward.
Ella notó mi mirada y cambió su semblante automáticamente.
—Tan, creo que debemos dejarle el espacio para que terminen de reconciliarse, ¿no crees? —Nos guiñó el ojo y le saqué la lengua—. Me alegra verlos bien, en serio.
—¿Todo está bien, Jess?
Ella suspiró, pero mantuvo la sonrisa.
—Por supuesto, ¿por qué no habría de estarlo?
Miré a Tanya y ella me devolvió la mirada; estaba segura que le prestaría el oído para saber qué estaba pasando con Jessica. Además, ella era quien tenía mayor confianza con la castaña.
—Bueno… —dije mirando a Edward.
—Por supuesto, vamos.
Me acerqué a las chicas y le di un beso en la mejilla a cada una. Quise decirle algo a Jessica, pero preferí esperar a que ella quisiera decir algo. No era normal verla con ese estado de ánimo y algo me decía que todo el misterio rondaba por Brad. ¿Se habrían peleado? Sin querer darle muchas vueltas al asunto, al menos por ahora, esperé a que Edward terminara de despedirse de mis amigas.
—Nos vemos pronto —musitó Edward con simpatía.
—Claro, nos veremos en la fiesta de Alice —dijeron al unísono mientras comenzaban a alejarse de nosotros.
Me subí al coche de Edward, esperando que él hiciera lo mismo. Me señaló que me pusiera el cinturón y así lo hice, mientas él encendía la radio. Luego, me miró con curiosidad y el ceño ligeramente fruncido.
—¿Fiesta de Alice? —preguntó por fin, mientras daba el encendido del coche.
Resulta que Alice ya había terminado sus prácticas y sólo quedaba recoger el diploma para su ansiada y esperada graduación; justo la semana que viene. Todos sus compañeros, y ella misma, estaban locos por ultimar cada detalle. Mi mejor amiga se estaba volviendo loca, intentando hacer todas las cosas desde Jacksonville, pues aún no había regresado de su viaje familiar.
—Será el sábado próximo y, por supuesto, estás invitado.
Él asintió, y detuvo el coche frente a una heladería. Mi estómago se retorció de mariposas revoloteando en él. Era algo tonto de sólo pensarlo, pero estaba un poco nerviosa. Edward salió del coche y entendí la señal para salir del vehículo. Me esperó en la acera y entrelazó nuestros dedos cuando estuve junto a él. No pude evitar desviar mi vista hasta el punto de unión de nuestras manos y sonreí, sonreí porque ahora sabía que ese gesto era completamente real.
«Créelo, Bellita. Ojitos nos ama».
—¿Te sientes igual de extraño que yo?
Creo que sentí un poco de alivio al escuchar eso; después de todo, no era la única que se sentía así de rara.
—Somos dos tontos —dije, riéndome.
Él sonrió y besó mi cabeza.
—Te dije en serio que quería volver a empezar contigo, sin olvidar nada, por supuesto. —Su sonrisa dulce persistió en sus labios—. No comenzamos como cualquier pareja lo haría, pero más allá de eso, nuestra historia es completamente nuestra y única. Sólo que ahora, quiero que hagamos lo que cualquier pareja haría. ¿Eso te parece bien?
Coloqué una mano en su mejilla y él ladeó un poco su rostro hacia mi palma.
—Dijimos que volveríamos a empezar, claro. —Le sonreí con dulzura—. Y me parece bien. Es decir, ésta será nuestra cita oficial, ¿no?
—Mejor digamos, cita oficial de la segunda parte.
—Eso me gusta —asentí de acuerdo—. Después de todo, estamos comenzando una segunda parte en nuestra relación.
Volvió a sonreír y agachó un poco su cabeza para aclamar mis labios. Nos besamos suave, dulce y tranquilamente; como cualquier pareja normal que iría a disfrutar de un delicioso helado una primera cita oficial de la segunda parte de su relación.
—¿Vainilla y chocolate?
—Me conoces tan bien —respondí con una sonrisa.
Una vez que compramos nuestros helados —okay, está bien, que Edward compró— nos sentamos una mesa de la terraza. El verano había llegado y con eso las altas temperaturas, pero aún era soportable estar afuera, con un poco de brisa revolviendo nuestros cabellos. Comenzamos a hablar de cosas sin sentido; como, por ejemplo, de cómo había ido nuestro día y demás, hasta que mi curiosidad pudo conmigo y tuve que hacer la pregunta del millón.
«¡Al fin te dignas a hacerlo! Ya me estaba comiendo los codos».
«Siempre tan exagerada, Amanda».
«No dejaré de joder hasta que me des mis Orlandos de reconciliación».
Intenté dejar de lado la extorción de Amanda y me concentré en Edward.
—¿Cuándo supiste que… bueno, que tú…?
—¿Me estaba enamorando de ti? —Terminó por mí, dejándome muda. Todavía se me hacía muy difícil asimilar esas palabras, y no podía evitar suspirar como idiota enamorada cuando lo escuchaba decirlas.
—Sí, supongo —respondí en un murmullo, llevando mi cuchara de helado a la boca.
Él sonrió y cubrió mi mano con la suya.
—Realmente cuándo fue… no lo sé, creo que sólo lo supe o, mejor dicho, lo entendí —suspiró—. Supongo que si me hubiese dado cuenta antes de eso, no habría pasado nada de lo que pasó. Creo que todo comenzó en la fiesta esa que fui, la primera a la fuimos juntos.
Intenté hacer memoria.
—¿La fiesta de Mike?
—Creo que sí —asintió—. No sé, allí creo que… bueno, alguna razón tenía que tener el haber querido besarte por besarte.
«¿Lo ves? Sí era verdad».
—Entonces, ¿era cierto?
—¿Qué cosa?
—Que me besaste porque quisiste y que nunca hubo alguna chica.
—¿Te lo dije? —sonrió con gracia—. Ya recuerdo, bueno… dicen que los ebrios dicen la verdad, así que sí… no estaba mintiendo. Te vi tan hermosa, tan perfecta como siempre y estaba el malnacido de Riley cerca. —Sacudió la cabeza—. Actué sin pensar y quería dejarle en claro a todos que venías conmigo.
«¿Cómo es posible que me sigas enamorando cada día más, Ojitos?».
Asentí, estando completamente de acuerdo con Amanda.
—Has resultado ser bastante celoso, Edward.
Él sonrió, sin indicio de querer contradecirme.
—Tú eres la única que lo logró. —Guiñó su ojo—. ¿Qué hay de ti?
—¿Si soy celosa? —pregunté—. Creo que sí, es decir… si veo al Sofá molestando por aquí, la golpearía.
Comenzó a reír.
—No me refería a eso, sino que… bueno, ya sabes.
«Eres tan tierno, Ojitos».
Era muy lindo verlo así de… inexperto. Todavía le daba cierta timidez, como a mí, decir esas palabras en voz alta. Supongo que ambos debíamos aprender todo desde cero, como habíamos dicho antes. Sería un lindo camino por andar, sobre todo por el hecho que lo haríamos juntos.
—¿Cuándo me enamoré de ti? —pregunté.
Sólo se limitó a asentir.
—Nunca pensé que pudiera ocurrir pero ya me ves, ocurrió. —Encogí mis hombros—. ¿Recuerdas esa mañana en la playa?
—Jamás podría olvidarla.
Suspiré.
—Bueno, allí empezó toda la confusión… al principio no supe por qué rayos te había besado y, lógicamente, que tú hubieses respondido no me ayudaba en mucho. Luego, lo entendí. Mi abuela me ayudó a hacerlo, yo también fui una ciega en no darme cuenta de lo que estaba ocurriendo; de lo que me estaba ocurriendo.
—No importa cómo sucedieron las cosas, lo importante es que sucedieron, ¿no crees? —Asentí estando de acuerdo—. Porque, bueno, ninguno de los dos tiene ningún tipo de experiencia con todo esto y, déjame decirte, que me encanta que eso sea así. Que seas tú quién me enseñes y, a mi manera, ser yo quien te enseñe a ti.
—¿No te asusta un poco todo esto?
Encogió sus hombros.
—Al principio estaba aterrado, no voy a negártelo —admitió—. Pero… luego, comprendí que eras tú y que tenía que luchar para no perderte. Eso haré, aunque me tengas castigado.
Sonreí con burla y mordí mi labio.
—Y tú sigues torturándome —suspiró—. No te muerdas el labio, no si quieres mantener ese absurdo castigo; porque, créeme, tengo muchas ideas en mente para una digna reconciliación.
«¡Carajo!».
Tragué en seco e, instintivamente, junté mis piernas. Creo que la que necesitaría un cardiólogo ahora sería yo. Su nuez de Adán subió y bajó y ya me era muy difícil concentrarme. ¡Dios mío! ¿Por qué era tan fácil perder el control?
—Bien, creo que es momento de irnos. —Se levantó con pasos apresurados—. Emmett no deja de joder por el celular y, sinceramente, sólo estoy pensando en arrastrarte a algún baño de por aquí.
«Santo Dios, oh, Ojitos, dulce Ojitos. ¡Llévanos lejos!».
—¿Vamos, mi dulce y deseable, Voz de Pito?
Yo había quedado muda, por supuesto. Pero no era mi culpa, o bueno, quizás un poco. Pero no sabía ni se me ocurría nada qué decir.
Él se levantó de la silla y me ofreció una mano para ayudarme a seguir sus pasos. Cuando estuve sobre mis pies, me estrechó a su cuerpo y me besó. Sonreí contra sus labios y respondí el beso sin dudarlo. Jamás me cansaría de besarlo y besarlo. Creo que nuestra temperatura estaba muy elevada y si nos desconcentrábamos, podríamos dar un espectáculo. Así que, con mucha dificultad, Edward se separó de mí y preguntó jadeante:
—¿Todavía falta mucho?
Comencé a reír.
—No te rías de mí, realmente la estoy pasando mal. —Rodé los ojos—. Y sé que tú también, ahora verás cómo te haré llegar al límite de la cordura.
Algo en mi interior se removió. Oh, oh. Creo que empezaríamos con el juego previo.
«Ya tengo toda la previa encima, ¡necesito mis Orlandos!».
Me mantuvo bien sujeta y nos llevó de vuelta al coche. La verdad, me sentía un poco nerviosa, pues conocía a Edward en plan seductor y sabía que me haría sufrir antes de bueno, de poder viajar a Orlandolandia nuevamente. Todo el camino a casa de Emmett estuve muy distraída, pero creo que me estaba preparando para lo que vendría.
—¿Te dejé sin palabras? —susurró con sorna, apoyando una de sus manos sobre mi muslo.
«Un poco más arriba, Ojitos. Un poco más arriba».
—No es algo nuevo que me dejes sin palabras —suspiré, bajando un poco más la temperatura del aire acondicionado del auto. ¡Tenía mucho calor!
Escuché sus risas e hice un mohín; creo que las cosas no estaban saliendo como las planeé en un principio.
Recién cuando estábamos entrando a la casa de Emmett, me di cuenta que nunca antes había estado aquí. Era como me la imaginaba aunque, a diferencia de la casa de sus padres, esta tenía las medidas más acordes y reales. Había un gran jardín con muchas plantas y flores, justo como Rosalie me había dicho que le gustaba. Las paredes estaban pintadas de gris, con algunas piedras dándole una hermosa vista.
Apenas Edward aparcó el coche al lado de uno de los tantos coches Cullen que tenía Emmett, Caroline salió a las corridas y ni esperó a que me bajara del auto, sino que abrió la puerta y se tiró a mi regazo, llenando mi mejilla de besos. Edward y yo reímos, y estreché a la pequeña niña en mis brazos, para poder salir del vehículo, sin golpear nuestras cabezas en el intento.
—¡Bella, te extrañé! —Le sonreí con dulzura y besé sus adorables cachetes.
—Y yo, Caroline, lamento no haber venido antes.
En la puerta aparecieron Emmett y Rosalie, con una amplia sonrisa en sus rostros al vernos llegar.
—¡Cuñadita! No sabes todo lo que te extrañamos por aquí. —Se acercó a mí y me dio un ligero abrazo—. Sobre todo el tonto de mi hermano, que bueno que ya estés aquí con nosotros.
Sonreí.
—Gracias por la invitación, Emmett.
—Ni que lo digas, le has sacado la cara de culo a mi hermano, así que estoy en deuda contigo.
Edward resopló detrás de mí y no pude evitar soltar unas risitas.
—Hola, Bella —saludó Rosalie con su característica sonrisa.
—Hola, Rose —la saludé con un beso en la mejilla.
—Me alegro que todo se haya solucionado, te extrañábamos mucho.
Sólo me limité a sonreír, es decir ¿qué otra podría haber hecho? No habían sido muchos días, pero parece que toda la familia sintió que habían pasado meses. Cuando los saludos terminaron, ingresamos al interior de la casa y nuevamente me maravillé con ella. Todo era perfecto. Espaciado. Cálido. Dignas cualidades de un hogar de familia. Había muchas fotos de ellos tres por todos lados, otras de Caroline con sus abuelos y Edward. Una más linda que la otra.
—Preparé unos riquísimos ravioles para darte la bienvenida a nuestro hogar —dijo Emmett con orgullo—. ¿Sabes? A veces siento que sólo nos vemos para comer.
Comencé a reír.
—Yo no tengo ninguna queja —dije rápidamente.
—Ni yo —sonrió—. Hermanito, ven a ayudarme a terminar de cocinar.
Los dos se fueron hacia la cocina y Rose, Caroline y yo nos quedamos solas en la sala. La pequeña niña me trajo un sinfín de juguetes y muchas fotografías que mirar. La verdad, me encantaba pasar el rato junto a ella.
—Edward estuvo muy mal —dijo Rosalie para sacar un tema de conversación—. No se lo dijimos a nadie, pero realmente nos preocupó un poco. Jamás lo habíamos visto así, me alegro que ya sea el mismo de siempre. Tú eres la cura para todo lo malo que le pasa, Bella.
—La verdad es que yo tampoco la pasé bien —dije con sinceridad—. Pero, bueno, supongo que los traspiés pueden surgir. Al menos, ahora sé que estamos mucho mejor que antes.
—Eso se nota y mucho —sonrió con sinceridad—. Además, la reconciliación es lo mejor de una pelea. Tú me entiendes…
«No. Todavía no lo entiendo. ¡Maldición!».
Comencé a reír como tonta, mientras recibía nuevas fotografías del último cumpleaños de Caroline. Minutos más tarde, nos llamaron a cenar. La cena se veía riquísima, con todas las letras. Realmente, Emmett era un excelente cocinero. La proximidad de mi silla con la de Edward me puso un poco nerviosa.
—Bueno, supongo que podemos ir al ataque —bromeó Emmett, mientras sumergía el tenedor en el plato.
Tal como pensé. Estos ravioles eran uno de los mejores que había probado en mi vida —luego de los de mi madre, claro—, y no estaba hundiendo el pan dentro del plato sólo porque sabía que terminaría haciendo un enchastre. Cuando me llevaba uno de los ravioles a la boca, sentí la mano de Edward posarse en mi pierna. Casi me atraganto, pero gracias al cielo eso no pasó. Lo miré interrogante, pero él estaba concentrado hablando con su cuñada de alguna cosa; disimulando muy bien que su mano se apoyaba peligrosamente en mi muslo derecho.
«Creo que comienza el juego, Bellita».
Intenté disimular lo afectada que estaba, bebiendo un gran sorbo de Sprite. Edward curvó sus labios, mirándome por el rabillo del ojo. Yo pinché con furia mi anteúltimo raviol con el tenedor, haciendo que sus ganas de reír se incrementaran.
—¿Todo bien, Bella? —me preguntó Emmett, tragué en seco—. Te noto un poco… acalorada.
Sacudí mi cabeza y luché por debajo de la mesa para que la mano de Edward no subiera más allá; estaba peligrosamente apoyada un poco más arriba que su posición inicial.
—Sí, sí —respondí—. Supongo que es por el verano.
Edward escondió su sonrisa dentro del vaso y lo pisé fuerte, logrando que soltara un jadeo. Sonreí como una triunfadora. Pero eso no hizo calmar a Edward, oh, por supuesto que no. Y creo que me estaba arrepintiendo de haberme puesto estos pantalones cortos, pues su tacto se sentía muy caliente sobre mi piel desnuda. Sus dedos comenzaron a colarse por debajo de la tela y lo supe, era lo máximo que podía aguantar.
Copiando sus pasos, yo también fue perversa y apoyé de lleno mi mano en su paquete. Vi que abrió muy grande sus ojos, y le di una sonrisita a Rosalie, haciéndole creer que estaba de acuerdo en lo que sea que estaba hablando; a pesar de que no tenía ni puta idea de cuál era el tema de conversación. Escuché un fuerte suspiro salir de sus labios, pero su mano siguió jugando con el dobladillo de mi short, poniéndome nerviosa.
—¿Estás loco? —le susurré muy, muy despacio para evitar que nadie nos escuchara.
—¿Por qué lo dices, Voz de Pito? —preguntó como si nada, sin dejar de acariciar mi piel desnuda.
«El karma es una perra».
«Absolutamente de acuerdo».
Cuando pensé que iba a calmarse un poco hizo algo que volvió a sorprenderme, su mano liberó mi pierna pero, ahora, la llevó encima de la mía que seguía descansando sobre su paquete —juro por todos los santos, que ya me había olvidado que la tenía allí—, y presionó su mano fuerte, haciendo que acariciara todo; y cuando digo todo, es todo. Pues, parece, que él también estaba comenzando a salir afectado por este estúpido juego de mierda.
Como si quemara, liberé mi mano de allí y, sin darme cuenta, exclamé:
—¡Polla!
«Oh, no me lo puedo creer. ¿En serio dijiste eso?».
Mi rostro se enrojeció completamente y todos me miraron con los ojos bien abiertos, menos Edward, claro, que sólo pensaba en reírse.
—¿Qué dijiste, Bella? —preguntó Emmett, entre asombrado y confundido.
—Pucha —Oh, genial de los geniales, ahora pensarían que era una pervertida que sólo piensa en pollas—. Dije pucha, porque ¡pucha! me tiré salsa y se me manchó la remera, iré a limpiarme. ¿Alguien quiere café?
—Pero…
—Lo preparé yo —dije, intentando escapar lo más rápido posible.
Corrí mi silla para atrás y me paré, ya lista para mi fuga.
—¿No tenías calor? —preguntó Rosalie con curiosidad.
—Ya no —sonreí—. En un momento regreso.
Huí como alma que lleva el Diablo hacia la cocina y me permití respirar profundamente sobre la mesada. Abrí un poco de agua fría y me lavé la cara y la nuca. Odiaba ser así de… receptiva. Si sólo unas furtivas caricias me habían dejado así, no quiero ni imaginar cual sería mi reacción si llevábamos las cosas más allá. Intenté calmar mi respiración unos segundos, rogándole hasta el más remoto santo que nadie me hubiese escuchado y que se hubiesen creído esa malísima excusa que inventé.
Recordando la promesa del café, comencé a buscar por todos lados hasta que di con el bendito paquete en una de las alacenas más altas. Así que me tocó subirme en las puntas de mis pies, para poder dar con ella, con sumo cuidado de no tirar ninguna taza en el transcurso de mi búsqueda.
Estaba tan absorta en mi misión que no me di cuenta que alguien se había acercado a mí.
—No juegues con fuego, cariño —susurró contra mi oído, mientras intentaba bajar el paquete de café de la alacena. No sé qué fue lo que hizo que mi ritmo cardíaco enloqueciera más, si su cuerpo pegado al mío, mostrándome las maravillas de su extensión, o que me hubiese llamado de esa forma; porque, en mi deplorable momento, no lo pasé por alto—. Porque te puedes quemar.
Sí, eso que se escuchó fue el sonido de mi corazón o, quizás, tiré todas las tazas de la alacena y no fui capaz de darme cuenta. Me había quedado sin aire, y él tampoco me estaba ayudando al mantener pegado su firme cuerpo junto al mío, arrinconándome entre la mesada de la cocina y su cuerpo. Tuve una especie de dejà vú, recordando aquel instante en dónde fui testigo de sus armas de seducción; aquel día en su departamento.
Tragué en seco.
Entonces lo entendí. Ahora también intentaba hacerme perder los estribos como en aquel entonces.
Intentando recomponerme, y sonriendo con maldad, me apreté a él, rozando con total intención su polla. Si él quería jugar con fuego, así lo haríamos.
«¡Oh, por Dios! Creo que tendré que llamar a un bombero aquí».
Sentí sus labios curvarse sobre mis cabellos y como suspiró con fuerza, dándome a entender que él estaba igual de afectado que yo. Bien, creo que estaba consiguiendo mi cometido. Sus manos serpentearon hacia mi cintura y me abrazó fuerte, llevándome hacia él, sin dejar ningún espacio libre entre nuestros cuerpos.
—¿Al fin estás cediendo? —susurró sobre mi oído, mordiendo el lóbulo de éste al final. Gemí, bastante fuerte, y tuve miedo que alguien nos hubiese escuchado. ¡Dios, no estábamos solos!
Intenté recordar cómo era hablar.
—T-Tú… mereces… castigo… —Sí, balbuceé como tonta, porque no podía conectar mi lengua con mi cabeza. No cuando él comenzaba a besar mi nuca y a pegarme más a su cuerpo.
Santo cielo, tenía que ser fuerte. Tengo que ser fuerte. ¡Carajo! ¿Por qué mierda es tan difícil?
—¿En serio? —preguntó, comenzando a levantar un poco mi remera. Oh, dioses de los dioses, ¿por qué soy tan débil?
«Porque se trata de Ojitos, Bellita… ¿Quién puede negarse?».
—¿Estás segura de querer mantener ese bendito castigo, mi dulce Voz de Pito? —Su voz era más áspera, ronca y yo sólo podía pensar en mandar todo a la mierda y arrancarle la ropa. ¡Jesús! ¿Desde cuándo era así de salvaje?
«Desde que conociste las profundidades de Orlandolandia; créeme, sé de qué hablo».
«Oh, Amanda… Dame fuerzas».
«Es imposible, Bellita. ¡A mí ya me toca con Armandito!».
—Edward… —suspiré, cerrando fuertemente mis ojos. Jesús, esto era insoportable. Tenía calor. Mucho calor—. No difícil hagas…
Oh, genial… ahora ni podía hacer una oración coherente.
—No soy yo quién se está negando. —Sé que sonrió con perversidad. Quise borrar esa estúpida sonrisa con un beso duro, pero él subió más su mano, tocando mi piel caliente con su cálido tacto, y yo estaba a punto de desfallecer—. Entonces… ¿Seguirás con eso absurdo de mantenerme castigado cuando todo tu cuerpo arde y pide por mí?
No respondí.
Él aprovechó mi silencio y siguió besando mi nuca, y parte de mi espalda. Ay, Dios. Esto del castigo era mucho más difícil de lo creí. ¡Maldita sea la hora en la que empezamos este maldito juego!
—Yo muero por ti, hermosa. —Besó detrás de mi oreja derecha, su cálido aliento me hizo estremecer—. Me tienes al límite, siempre me tienes al límite. Ya no puedo aguantar más, me vuelves loco, antes, ahora…
Ya estaba a punto de morir, no estaba muy lejos de desfallecer.
—¿En serio te seguirás negando cuando ambos sabemos que estamos al límite?
No respondí y él me dio la vuelta, poniendo su rostro muy cerca del mío.
—No juegas limpio… —logré decir.
Él curvó una sonrisa.
—Nunca dije que lo haría. —Besó mi mandíbula—. Además, tú tampoco lo estás haciendo.
Intenté concentrarme en alguna otra cosa.
—No estamos solos, Edward. —Quise poner un poco de cordura al momento aunque me estaba costando horrores concentrarme en armar alguna oración coherente—. Por favor…
—Justamente por eso, ¿no querrás que nos escuchen, cierto?
Lo miré pidiendo piedad, pero sabía que lo menos iba a tener sería piedad.
Acortó la distancia que nos separaba y me besó duro, fuerte, sin ningún tipo de cuidado. Yo le devolví el beso con las mismas ansias, sin acordarme que sólo a pocos pasos estaba toda la familia de su hermano esperando por un café que siquiera había comenzado a hacer. Elevó un poco mi cuerpo y me hizo sentar en la encimera de la cocina. Ambos estábamos perdiendo el control, eso era evidente.
«A la mierda con el control. ¿Quién lo necesita?».
Tiré de sus cabellos e hice todo lo posible para fusionar mi boca con la suya. Éramos un desastre de lenguas, gemidos ahogados y muy poca cordura quedando en nuestros organismos. Ya no me interesaba ese maldito castigo de mierda, ni nada más que no sea apagar este fuego que hacía mucho estaba alimentándose. Mordí el labio de Edward y comencé a succionarlo con prisa y como sabía que a él le gustaba. No me reconocía, pero tampoco me importaba. Sólo tenía una cosa en mente.
El pecho de Edward rugió y clavó sus ojos nublados por el deseo en mí.
—Me importa un carajo el castigo —siseó con la lujuria marcada en cada palabra—. Te quiero desnuda en mi cama. Ahora.
«Oh, mi…».
Con todo mi torrente sanguíneo fluyendo hacia la misma dirección, me quedé mirándolo, con las mismas ansias que las suyas, esperando a que nos sacara de aquí ya mismo.
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¡Hola a todos! :D, nuevo capítulo por aquí. No tengo mucho que comentar, salvo que las cosas se pusieron calientes y así seguirán *guiño, guiño*. Creo que Edward ya llegó al límite de la tolerancia y, aunque Bella se haga la fuerte, también. Amanda y Armando ya empezaron con el festejo LOL.
Infinitas graaaaacias por todo el apoyo chicas, en serio; no tengo palabras para agradecerle su infinita paciencia :3. Isa, mil gracias por tu ayuda, no sé qué haría sin ti (L). Les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su entera disposición, los links están en mi perfil de FF. Sólo pidan unirse que todos son bienvenidos.
Hasta el próximo fin de semana. Muchos, muchos Besos :*
Alie~
