¡Falta poco, nenas! ¿Qué cómo lo sé, si suelo equivocarme al hacer cuentas con los capítulos? Pues porque este es el último de esta bella y dramática historia. PERO, no el último del fic. Habrá un extra después de este, un extra que TAL VEZ dé para una historia posterior. Sólo tal vez… Ya lo veremos.
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Una máquina mortal del sexo que es capaz de procrear.
"Anteriormente…
Parecía que él no era el más necesitado ahí. Jugó en el interior de la cavidad bucal contraria con energía, sacando múltiples y chocantes sonidos húmedos. Liberó un suspiro grave. Sin haberse dado cuenta, el azabache había colado la mano por debajo de su ropa y había comenzado a frotarle de todas las formas posibles.
Al fin, su paciencia iba a ser recompensada."
La risa insinuante del magi se escuchó entre los movimientos sensuales de sus labios.
-¿Sólo nos besamos y ya estás duro? –habló sin pudor en medio del mojado beso, atreviéndose a tomar con firmeza el miembro oculto de Sinbad, haciendo un único y rápido movimiento de arriba a abajo.
-¡Ghah! –se separó de la boca de Judal por inercia. Fue un movimiento excitante, sí, pero demasiado brusco. Le causó algo de dolor incluso. Uno de sus ojos se había cerrado por la sensación de punzada que torturó su intimidad. -¿Eso ha sido… un castigo o algo así? –hasta le costó hacer la pregunta sin tensar su voz.
-No, sólo quería probar y ver qué tan duro estabas. –como una condenada piedra, así estaba. Y no era de extrañarse, la sensibilidad ahí era mucho más fuerte que antes después de un mes sin prestarle atención. Subió su mano, esta vez con lentitud, para volver a bajarla de la misma forma, suave y lento. Nunca había probado a hacerle eso al rey, a masturbarlo, pero le estaba cogiendo el gusto. Escuchaba de él suspiros aterciopelados que no había oído antes. Sin gruñidos, sin sonidos graves. Y le encantaba ese tono delicado que salía de la garganta del monarca. Lo atrajo de nuevo del cuello para continuar con el beso, esta vez sin prisa, pero con el mismo nivel de perversión, juntando y separando sus labios para entrelazar sus lenguas, tanto en la boca de uno como la del otro.
-Eres un engatusador. –Sinbad se deslizó, sin separarse de la pálida piel de Judal, por el mentón, llevando sus manos al collarín dorado y quitándolo de uno de sus muchos objetivos. Lo dejó en la mesita sin mirar. Hizo lo mismo con los brazaletes, prestando atención al cuello descubierto del magi que suspiraba con cada succión y lamida. Dejó de hacerlo segundos después para tomar sus delgados brazos y darles la vuelta para mirarlos. Limpios y blancos, como debieron ser desde un principio. No había rastro de heridas ni de cicatrices en proceso de curación. Ambas extremidades habían sanado. Sólo una piel tersa y cálida. Besó uno de ellos, bajando con múltiples caricias con sus labios hasta llegar a la palma de su mano. Judal no pudo hacer más que sonreír con bobería al ver esas acciones preocupadas que se camuflaban en cariños. Después de ello, el adulto volvió a cazar la boca del magi oscuro por unos momentos, regresando a lamer posteriormente su mandíbula y cuello.
-Me cuesta creer que esta sea sólo cuarta vez que me follas. –ese vocabulario, aunque excitaba el morbo del monarca en el acto, debía de cuidarse estando en público. No sería agradable, ni apropiado, escuchar esa clase de palabras en una estancia común. Y tenía razón, iba a ser la cuarta vez que tenían sexo. Realmente, iban algo lentos en su relación de cierta forma. Pero era mejor que apresurarse.
Cuando Sinbad hubo dejado marcas en todo su cuello y hubo quedado satisfecho con ellas, subió de nuevo para morder sus labios rosados, sin poder dejar de suspirar a causa de lo que el azabache le estaba haciendo ahí abajo, pues aún no se había detenido.
-No importa, te lo haré tantas veces que pronto perderás la cuenta. –metió una mano bajo su propia ropa y retiró la del magi oscuro, cancelando su tarea. Le alzó y le sentó mejor sobre la cama. Pudo escuchar un "¿por qué me detienes?" con un tono confuso y algo molesto, pero no le prestó atención. Lo apoyó sobre los cojines de tal forma que su cuerpo quedara recostado. Volvió a descender, besando de nuevo su cuello y acariciando sus costados por encima de la túnica. Se apartó unos momentos y observó con una mirada felina a Judal. Este le devolvió el gesto con un brillo más rojo que el propio color de sus orbes carmesí. La lujuria inundaba ambas miradas, dorada y ensangrentada.
El rey se subió del todo al colchón y se posicionó de rodillas entre las piernas del magi, viendo con una lasciva sonrisa el bulto que sobresalía por debajo de la ropa.
-Vamos, ¿a qué esperas~? –el tono insinuante del azabache derrochaba sensualidad e incitación. Presionaba la libido del monarca a propósito. Que perdiera la cabeza e hiciera lo que su marcado cuerpo bronceado le dictara, que sucumbiera a sus deseos carnales, que se volviera esclavo de su propia pasión. Y Sinbad no tardó en caer, levantando la túnica hasta dejar descubierto el hermoso miembro erecto de Judal. El tamaño del vientre de este no era un problema todavía, así que tenía espacio para hacer lo que quisiera.
Acarició con sus dedos la punta rosada, siendo consciente de que los músculos de las bellas piernas abiertas del magi acababan de tensarse, y escuchando con gusto un jadeo casi inaudible. Tomó el miembro con la mano, sin ejercer fuerza, y la movió de arriba a abajo varias veces, del mismo modo que el azabache le hizo a él. Suspiros continuos corroboraban el suave placer que Judal sentía en su zona genital y bajo vientre, activando cada vez más estímulos en estos lugares sagrados. El rey dejó de trabajar manualmente, sustituyendo su mano con rapidez por su lengua, lamiendo su longitud sin llegar a tocar el extremo rosado.
-Hah… -fue imposible para él reprimir un gemido bajo al notar la humedad extra que el monarca añadía con su músculo bucal. Sus ojos se cerraron sin presión, mostrando una expresión relajada y con las cejas levemente levantadas. El sonrojo de sus mejillas aumentaba de tono cada vez que Sinbad volvía a repetir el movimiento húmedo en distintas zonas de su tronco. Estaba empezando a perder los estribos poco a poco, necesitaba que la parte más sensible de su miembro fuera atendida también.
Fue entonces que el rey pareció escuchar sus súplicas mentales y se decidió a besar el extremo, causando un pequeño temblor y un quejido de alivio en el magi oscuro. Masajeó la base al mismo tiempo que comenzaba a pasar su lengua en círculos, sacándole a traición gemidos más altos que los anteriores, pero aún suaves.
Continuó con ello un poco más, para que después de un rato de ligeros y diminutos espasmos pausados por parte del magi abriera su boca y se introdujera en ella poco más de la punta. Eso sí, sin dejar quieta su lengua traviesa y privando al azabache de cualquier tipo de descanso, obligando a la voz de este a hacerse escuchar en todo momento. Subió la cabeza, sacando con lentitud lo poco que se había metido en la cavidad bucal al mismo tiempo que hacía ligera fuerza de succión, generando un sonido similar al de un beso cuando se separó de su "dulce".
En ningún momento Judal pudo mantenerse en silencio, agitando su respiración en ocasiones clave. Creía que era la primera vez que el rey le daba sexo oral, pero no era así. Era la segunda vez que se lo hacía, mas no recordaba la primera debido a su estado de ebriedad, y a que el monarca tampoco le explicó con pelos y señales todo lo que ocurrió esa noche. Aquella noche en la que todo dio inicio. Sinbad volvió a meterse el miembro del magi en la boca, ahora más profundo, y comenzó a subir y bajar sin prisas, usando de nuevo su lengua en todo momento y añadiendo una de sus manos para masturbar la base al mismo ritmo en el que se movía.
-¡Aah! ¡Haaah! –el volumen de la voz del azabache subía, regalando hermosos sonidos que a los oídos del rey les encantaba escuchar. Echó los brazos hacia atrás y se sujetó al cabecero de la cama, abriendo más sus piernas inconscientemente. El monarca, al darse cuenta de ello, aumentó la velocidad y la profundidad. Los gemidos placenteros de Judal que llenaban la calurosa estancia le incitaron a volver a usar sólo su boca. Le sujetó ambos muslos con las manos para separarlos un poco más, y cuando se encontraba subiendo su cabeza, regresó a bajar de golpe e hizo desaparecer por completo el miembro del magi oscuro. Se había introducido todo de un solo movimiento, haciendo soltar un grito al muchacho, quien casi tenía los ojos en blanco por haber sido sacudido por una ola intensa de calor y placer.
No era tan grande como su propia intimidad, pero era suficiente para que le tocara la garganta y le hiciera esforzarse. No solía meterse cosas en la boca a tales profundidades muy a menudo, y eso podía notarse en la práctica. Además de que ese movimiento no se lo había realizado aún en ninguna situación anterior. Levantó la cabeza con lentitud hasta la mitad y repitió la misma acción, la cual fue intensificada por el empujón que el azabache le dio con las manos tras ponerlas detrás de su cabeza lila, llegando incluso a tocarse la úvula con la punta del miembro del magi, quién dejó salir otro pequeño grito más. Un grito que agradeció, pues se había alzado sobre su propio quejido, un quejido que casi llegó a arcada. La fuerza de Judal sobre su cabeza descendió para dejarle moverse.
Ese movimiento potente se repitió una y otra vez, cargando al muchacho de regocijo y descontrol, y causando esfuerzos exigidos en Sinbad, quien intentaba controlar el ángulo en cada garganta profunda para que no se repitiera la reacción anterior. Su velocidad era la máxima que su cuello podía generar, pero no la que su cabeza podía soportar. Mantenía sus ojos cerrados para no ver cómo su entorno se ondulaba y deformaba a causa del agudo mareo que la rapidez le estaba provocando, y para evitar que su equilibrio terminara yéndose al traste. Terminar inmóvil sobre el colchón por culpa de la oscilación que su cabeza creaba no era una opción.
-¡Haaah! ¡Sin…! ¡Nha! ¡Ya… quita…! ¡Aah! –intentó por todos los medios avisar al rey de que iba a culminar, aunque no fracasó en ello, pues con la mitad de la palabra "quítate" que dejó a medias fue suficiente para que lo supiera, pero no entendió el por qué el monarca no sólo no se apartaba, sino que continuaba moviéndose, empezando a crearle a él una nube de aturdimiento que cubrió cada pensamiento racional. Sus piernas comenzaron a retorcerse con violencia y espasmos, pero nunca llegando a juntarse. -¡AAAH! ¡HAAAAH! ¡No…! ¡Par… ah! –en ese primer grito fue cuando liberó la clara sustancia de su cuerpo, sin embargo, pareció no ser suficiente para el monarca, pues sólo se apartó para masturbar dos veces más con su mano hasta que pudo soltarlo todo.
Podía notar cómo toda su boca, garganta, e incluso parte de la faringe, fueron inundadas por la espesa esencia que Judal había liberado. Parte de su cara también había sido manchada por las últimas cantidades que él mismo provocó que salieran por continuar tocándolo pocos segundos más. Había tragado más de una vez, pero fue imposible quitarse toda esa viscosidad que se había creado en su boca y garganta al mezclarse su propia saliva con la esencia del chico. Hablar ahora no iba a ser nada fácil, y respirar por la boca tampoco. Podría ahogarse si tragaba eso sin querer por su tráquea, pues se depositaría en sus vías respiratorias y le impediría inspirar aire, fuera por donde fuera. La primera vez que le dio sexo oral no le ocurrió por la simple razón de que no realizó ningún movimiento profundo, pero esta vez no fue así. Escuchaba la respiración irregular del magi oscuro y sentía temblores provenir de su cuerpo. Entreabrió sus ojos dorados, posando sus manos sobre las rodillas pálidas para sujetarse. Obviamente, un mareo de tal porte no iba a irse a los dos segundos. Bendito fuera el momento en el que empezó a mover la cabeza tan rápido. No acostumbraba a hacer felaciones, mucho menos a esa velocidad.
-¿Sinbad…? –el de cabellos ondulados estaba empezando a preocuparse. Sinbad no hablaba y mantenía parte de su peso apoyándose en sus manos, que a su vez se posaban en sus propias rodillas. Hacía fuerza con sus piernas dobladas, clavando los pies en el colchón para no dejar que el rey perdiera el equilibrio que parecía faltarle. Sin mencionar que tenía la mirada forzada y respiraba algo fuerte por la nariz. Sabía que eso último era por la excitación y el esfuerzo típico de cualquier sesión sexual, pero no entendía por qué no respiraba por la boca. Era más fácil y entraba más cantidad de aire. Dejó de pensar cuando el rey empezó a gatear hasta que llegó a su derecha y se sentó a su lado. Judal se sentó más erguido. Le miraba con inquietud por si sentía molestias en la garganta, pues supo en todo momento lo que hacía, y reconocía que había sido brusco al empujarle contra su miembro. Tomó con sus manos el rostro del rey y limpió con cariñosos lametones su propia sustancia perlada que se había pegado a mejillas, labios y mentón del hombre de cabello lila. Cuando lo hizo, regresó a sus labios cerrados, presionando su lengua entre ellos para colarla en su boca. Sinbad no opuso resistencia alguna, dejando entrar a la húmeda intrusa y que se bañara en la espesura perla que se había formado en el interior de su cavidad bucal. El magi se dio cuenta de la razón por la que el rey no se ayudó de su boca para respirar antes cuando sintió esa viscosidad. Cielos, el sexo oral era un verdadero peligro si uno pensaba correrse tanto en boca de otro. Rompió el beso segundos después, siendo aún unidos sus labios por varias telarañas e hilos gruesos de saliva y fluido, que terminaron cortándose a medida que la distancia entre ellos aumentaba. Había pasado parte de esa sustancia a su boca para aliviar la cantidad que el monarca tenía y permitirle poder hablar al menos. Le sonrío con lujuria y dulzura al mismo tiempo, una combinación tan fascinante como extraña. Agarró las ropas de Sinbad por el hombro y las deslizó por uno de sus brazos musculados, dejando ver parte de su pectoral en una pose sugerente y sexy. Judal se mordió el labio inferior y pasó sus dedos sobre ese pectoral trabajado, deslizando su mano hasta hacerla colarse de nuevo bajo las telas superiores. La detuvo en la cintura del rey, pues el cinturón de tela que este llevaba le impedía seguir bajando. Vio cómo el monarca le sonreía con paciencia, y sin decir ni una sola palabra, volvió a retirar por segunda vez la mano del magi de su cuerpo. Ah, pero no terminó ahí. El azabache estaba confuso. ¿Que acaso no quería seguir? ¿Qué rayos le había picado a Sinbad? ¿Podría tener miedo por el tamaño de su vientre? Dejó que el adulto le hiciera lo que quisiera, más por curiosidad que por sumisión. Se sorprendió mucho más cuando le dio la vuelta y le hizo tumbarse de lado y de espaldas a él. ¿Quería que durmiera ya? Ni de coña. Judal se había empezado a molestar, por lo que su ceño no tardó en fruncirse.
-¿Qué mierda piensas que haces, idiota? -fue a girar su cabeza hacia atrás, pero justo empezó a sentir la cremallera de la túnica siendo abierta con sensual lentitud. Se equivocó, aquello no terminaba ahí.
Dejó de notar movimiento sobre él, por lo que ahora sí volteó su cabeza. El rey se estaba desprendiendo de todas sus prendas, y eso le sacó una sonrisa malévola a la vez que un rubor en su rostro. El monarca se dio cuenta de su mirada espía cuando se desnudó por completo, haciéndole sonreír.
-¿Qué tanto miras? -una pregunta retórica, ya sabía qué miraba. Y cómo no hacerlo, si hasta él mismo se convencía de que era un hombre muy apuesto. Que no le falte el narcisismo.
-Miro lo que me pertenece. -ni corto ni perezoso, volvió a girar su cabeza, fingiendo ignorarle por unos segundos. Pronto sintió el obvio peso de Sinbad sobre su hombro. Este le mordió un poco el lóbulo, sacándole una diminuta risa. Giró su cabeza por tercera vez y sujetó al rey se su cabello, posando un beso intenso en sus labios. Cuando lo rompió no se alejó, sino que hizo lo contrario, acercando su boca a la oreja del monarca. -Deja de jugar y empálame de una vez. -no fue petición, no fue súplica. Fue una grave y ronca orden.
-Como desees, joven Magi~. -escuchó otra diminuta risa. Bien, tenía pensado desnudarle primero, pero tampoco era algo muy importante. Se tumbó detrás de él, pegando el pecho a su espalda descubierta, y besó ese hombro pálido al mismo tiempo que le levantaba una pierna y la posaba sobre su brazo doblado para mantenerla en el aire. Ni siquiera necesitó sujetar su propio miembro para llevarlo a la entrada del azabache. Estaba lo suficientemente erguido y endurecido como para no ceder ante la gravedad. Movió su cadera hasta encontrar con la punta su destino.
-Mmm~... -Judal liberó un gemido suave con la boca cerrada. Su cuerpo había reaccionado al tacto con una leve descarga nerviosa. Sinbad pasó de morder su hombro a apartar parte del ondulado y desperdigado cabello que le bloqueaba el acceso a su cuello. Cuando lo retiró, lamió con descaro, como si el más joven estuviera destinado a ser su alimento. Consiguió hacerle temblar y soltar un jadeo. Fue entonces que arremetió sin piedad de una sola estocada dentro del magi, provocando que este transformara esa placentera y pecadora sensación de ser profanado en un gemido y seductor. -¡Ah...! Sin... bad... Hah... Róm... peme... -deseaba brusquedad, deseaba violencia, deseaba fiereza. Deseaba y deseaba, pero no pensaba. Su raciocinio se había desvanecido, habiendo sido sustituido por el instinto de la lujuria. En respuesta, el rey alzó más esa pierna doblada, delgada y tersa, por la parte del muslo, separándola aún más de la otra extremidad que reposaba en el colchón. Salió casi por completo y se incrustó de nuevo en él, justo con el requisito que Judal le había impuesto. -¡AAH! -un requisito que estaba haciéndole gritar más alto.
Ninguno de los dos usaba su cabeza ahora. La abstinencia que el monarca estuvo sufriendo había sido lo suficientemente dura como para hacerle perder el control nada más escuchar la orden del magi oscuro. Y el muchacho había perdido la cabeza por completo con tanta hormona.
Embistió, empujó, arremetió, penetró, se clavó y se incrustó múltiples veces como un puñal con la brillante hoja sedienta de sangre. Había superado en su totalidad el número de penetraciones que pudo realizar en sus encuentros pasados, y ni siquiera terminaba aún. Los gritos y gemidos del azabache volaban en un desequilibrado descontrol, siendo rozado tan brusca y deliciosamente cada milímetro de sus paredes internas. Se aferró a una de las almohadas y la abrazó con fuerza contra su pecho sin dejar de generar potentes sonidos, tan lastimeros como lascivos, y cubriendo con su volumen los gemidos roncos y profundos del rey. Este aumentaba milagrosamente la sobrehumana intensidad y velocidad de las embestidas, hundiéndose una y otra vez sin ningún tipo de ritmo. Sólo fiereza y brutalidad en sus movimientos salvajes.
-¡SIN... BAAAAD! -el dueño de ese nombre llenó con agresividad y bestialidad todo su interior, haciendo rebosar su entrada con la esencia perla que le pertenecía y provocando que el cuerpo más pequeño convulsionara y se obligara a poner sus ojos en blanco de nuevo a causa del clímax final. Su cavidad succionaba el potencial miembro tras el orgasmo ruidoso y animal de ambos.
Dos respiraciones irregulares, agitadas. Dos cuerpos sudorosos, tendidos de lado en la misma dirección, uno desnudo y otro a medio desnudar. Dos corazones compitiendo en una carrera de velocidad y dos rivales sexuales. Definitivamente, la mejor noche que Sinbad puso pasar hasta el momento. Salió del interior de su pareja y le bajó la pierna al fin, la cual había estado temblando. Se incorporó un poco, recuperando rápido su capacidad para pensar.
-Judal. -se asomó por encima de ese hombro marcado por sus propios dientes. Por mucho sexo salvaje que tuvieran durante el embarazo, había sido confirmado por ese libro que no existían apenas riesgos que dañaran al magi o al niño, pero aun así necesitaba ver que estaba bien, consultarlo directamente con el afectado. Se quedó en silencio, con una sonrisa dulce adornando su rostro. El chico se había agotado al nivel de quedarse rápida y profundamente dormido.
Se sentó, tomó su cuerpo medio vestido, y terminó de desnudarlo. Era más fácil eso que recolocarle la prenda. Cuando acabó y dejó al azabache en su lugar con delicadeza, alcanzó las sábanas y cubrió su cuerpo y el del joven. Como último movimiento en esa noche apasionada, pasó su mano por encima de la, ahora, ancha cintura suave, posándola finalmente en el vientre abultado y abrazando a los dos seres que más había terminado amando.
Sorprendentemente, Judal no pareció volver a tener dolores tan intensos como los de ese día al inicio de la tarde, y era algo que todo el mundo agradecía, pues significaba que ya no habría más mal humor sin sentido. Ahora quedaba la sensibilidad emocional, pero eso más fácil de soportar. Ah... Sin embargo, lo que nadie sabía era que los dolores habían sido sustituidos por otra cosa, posiblemente algo mucho peor.
Un tranquilo día por la tarde, generales, invitados especiales y rey en una agradable merienda colectiva al aire libre, en los jardines del palacio. La mesa del comedor fue fácilmente trasladada con magia, al igual que las sillas. Yamuraiha y Aladdin solían ser la clave para facilitar muchas cosas, pero no debían acostumbrarse o les terminaría ocurriendo lo mismo que a Judal, quien dependía al 99,9% de la magia si se encontraba solo. Había exóticas frutas, dulces, panes y aperitivos ligeros y variados jamás vistos. Incluso había chocolates de todo tipo. Exclusivo de Sindria.
La notable ausencia del magi oscuro se debía a que aún no había despertado. Por suerte, las preocupaciones del monarca eran menores, pues solía hacerlo muy a menudo incluso después de haberse librado de las molestias en espalda y caderas desde hacía bastantes días. No sabía la cantidad de días que llevaban desde eso, había perdido la cuenta. Sin embargo, esas largas siestas iban a desaparecer en cuanto el azabache terminara el embarazo y el tiempo posterior de recuperación. O eso creía. No sabía realmente qué demonios iba a pasar después. Su magoi ya no estaría siendo absorbido por su pequeño, ¿se recuperaría al par de horas? Ni idea tenía.
Alibaba y el pequeño magi abastecían sus estómagos sin control, creando alboroto con sólo sus movimientos ansiosos, y haciendo reír a varios. Y no lo hacían por hambre, sino por lo buena que era esa comida. Morgiana no se molestó en detenerlos, pues ella también tenía esas ganas, pero no hizo lo que ellos. Su autocontrol era mayor.
-¡Ya vale! -Ja'far tuvo que levantarse para cogerlos a ambos de la ropa como si fueran cachorros de perro y que así dejaran de masacrar la mesa. -¡Que no sois unos muertos de hambre, dejad algo para los demás! -los dos amigos compinches soltaban risitas nerviosas. Oh, sabían que eran culpables, pero no iban a pedir perdón. -No queréis volver a engordar, ¿verdad?
-No seas tan duro con ellos, déjalos que coman. -Sinbad pareció defenderlos con una sonrisa amistosa, apoyando los codos sobre la mesa al mismo tiempo que el mentón sobre las manos. Su mirada amigable se transformó de golpe en una aterradora y amenazante, y su sonrisa bonita en una malévola. -Siempre podemos hacerles correr. -un tono frío, profundo, sacado de las peores pesadillas.
Recuerdos poco gratos golpearon la memoria de ambos chicos, y la actitud terrorífica del rey ayudó a que se terminaran acongojando. A parte, no estaban muy dispuestos a pasar de nuevo por esos ejercicios físicos tan insoportables, menos las carreras que el monarca les hizo pegarse en el mínimo periodo de tiempo la última vez que subieron tanto de peso... y de grasa. Aunque ya había pasado mucho tiempo de eso. Por las expresiones tensas y sudorosas que tenían, el albino pudo deducir que iban a empezar a controlarse después de esto. Dio un largo suspiro y los soltó.
-Oh, vamos. Son jóvenes, la comida es muy importante para su crecimiento. -la voz animada de Hinahoho se alzó en defensa de los chicos.
-No son Imuchakk. La comida que puede comer uno de tus hijos les haría engordar a ellos. -Yamuraiha tampoco no veía correcto que se pasaran con la comida.
-¿Y qué importa si engordan? A mí me da igual, les seguiré gastando bromas de todas formas. -Sharrkan bebió un poco de su copa de vino, poniendo los pies sobre la mesa y recostándose sobre la silla.
-No se trata de imagen, es por salud. -aclaró la maga al mismo tiempo que se cruzaba de brazos. Giró su cabeza hacia un lado al escuchar un sonido casi inaudible. Algo parecía arrastrarse. Sonrió cuando lo vio. -Judal, cariño. ¿Ya estás despierto? -el resto se volteó también, con calma, por la nueva presencia. Observó que lo que el magi oscuro estaba arrastrando era su cabello desatado y libre, aunque sus pies tampoco se separaban demasiado del suelo a medida que se acercaba. Se estaba frotando los ojos con una expresión adormilada.
-No del todo, anda zombi. -el ex príncipe de Heliohapt terminó riendo un poco por su propio comentario
-¿Dormiste bien? -Sinbad no tardó nada en interesarse por cómo pasó la noche y parte del día. Por la mueca del azabache podía darse cuenta de que tuvo la mejor noche de descanso en días. Judal no respondió a nadie, haciendo dudar a unos cuantos de si tan siquiera les había prestado atención. Llegó con parsimonia al lado del rey y no perdió nada de tiempo en sentarse de lado sobre su regazo y recargar la cabeza entre su hombro y pecho. Se acomodó bajo unas miradas llenas de ternura y cerró los ojos sin importarle su entorno. Tal vez volviera a dormir, pero esta vez sobre el monarca. Era cómodo y cálido, y sus latidos sanos y fuertes eran relajantes y agradables de escuchar. Y como era de esperarse, Sinbad no rechazó nada. Sonrió y sujetó a Judal por la espalda para asegurar su estabilidad.
Las conversaciones y las bromas se habían vuelto a reanudar, justo como antes de que el magi apareciera. No parecía molestarle el ambiente animado en su "siesta".
-¡Já! Sigue pensando eso, insulso. La magia es mucho mejor que una espada. -ya venía la riña entre Yamuraiha y Sharrkan por su rivalidad entre pasiones. Llevaban un muy buen rato así, tanto que el resto ya les había empezado a ignorar por completo, continuando con sus propios temas.
-¿Insulso quién? Venga ya, el arte de la lucha con espadas es mucho más bonito e intenso que esa magia que sólo brilla.
-Cielos, ¿tengo que repetir lo mismo que con ellos? -Ja'far señaló a Aladdin y a Alibaba, metiéndose en medio de la pelea verbal. -Doy a gracias a Salomón que Judal está dormido. Si te escuchara... -le habló al moreno, advirtiéndole. Y este chistó un poco, dando por finalizada la conversación.
Lo que ninguno sabía era que el magi oscuro nunca llegó a dormirse, y por lo tanto, había escuchado todo. Oh, sí. La sangre le corría con furia por las venas. Él era incluso peor que Yamuraiha cuando se trataba de magia. Pero no tenía el cuerpo como para alzarse a pelearse con un idiota. Ahora tenía otros planes mejores que perder el tiempo con eso. Planes que había pensado después de levantarse de la cama. Por eso estaba acompañando de esa forma a Sinbad. No fue sólo por acercarse y acurrucarse sobre él, no. Sus intenciones no eran las más benévolas últimamente. Y eso pudieron notarlo la maga de agua y Aladdin en su momento. Incluso llegaron a temer que Judal estuviera cayendo de nuevo en esa depresión profunda que llevó cargando casi desde que nació. Pero no era esa la razón, no se acercaban en lo más mínimo a conseguir deducir con más facilidad lo que pasaba por la mente contaminada del azabache. Se estaban preocupando sin motivo, porque, realmente, no era nada malo en sí. Fingió en todo momento estar durmiendo, y nadie se dio cuenta de ello. Obviamente, Judal era un actor de primera categoría. Podía verse a la legua que la música no era su único talento artístico. Toda la actuación que hizo junto con Sinbad cuando fingió traición fue la mejor que realizó hasta ahora. Pudo sentir en ese momento como el odio de los generales volvía a revelarse en su contra y todo. Aunque eso no le hizo sentir demasiado bien. No importaba, pudo comprenderlo. Si se lo hicieran a él reaccionaría igual, o puede que peor.
Sabía que desde esa posición sus manos no eran vistas, pues las tenía sobre su regazo, más bajas que la altura de la mesa. Hora de empezar el juego.
Movió con lentitud una de ellas, asegurándose de que no alertaba al rey, ya que era el único que podía ver, oír y sentir sus movimientos. La detuvo a milímetros del elástico del faldón del monarca, y esperó. Unos pocos segundos más... Y la coló por debajo de toda tela con una velocidad asombrosa, haciendo saltar a Sinbad en su asiento y provocando que se le escapara un jadeo de susto, más porque no se esperaba algo como eso. Terminó alertando a los demás, que le miraban confusos.
-¿Qué haces? -Ja'far le entrecerró los ojos alzando una mano en gesto de extrañeza.
¿Cómo que qué hacía? ¿Que no veía que Judal estaba...? Fue cuando decidió mirarlo. Continuaba con sus ojos cerrados, apoyado en su pecho y con expresión tranquila. ¿Durmiendo? No, ¡estaba fingiendo que dormía! No se lo podía creer. Se sentía traicionado de cierta forma, una muy poco importante. Y la mano del magi no se estaba quieta bajo sus ropas, estaba tocando al rey. El azabache era cruel, MUY cruel. Delante de todo el mundo no... Era consciente de que no veían lo que le estaba haciendo, pero no quitaba que fuera incómodo y tenso, no era muy bueno reprimiendo esa clase de placeres.
-Nada. -sonó un poco forzado, a decir verdad, pero no lo suficiente como para continuar levantando sospechas. Las voces hablando se reanudaron de nuevo y él volvió a mirar al magi oscuro. Igual de "dormido" que antes. Ah, pero no lo estaba, ya lo había calado. -¿Qué estás haciendo? -susurró con un poco de desaprobación. Judal no le respondió con ninguna mueca, continuando con su siesta falsa. Pero sí contestó con más frote en el miembro semi-erecto de Sinbad. -Mgh... -trataba por todos los medios mantener su boca cerrada y su rostro relajado, y era difícil.
Demonios... ¿Por qué lo hacía? ¿Quería dejarle en vergüenza delante de sus generales? Cerró los ojos con fuerza, esa mano había pasado de frotarle a masturbarle. ¿Quién diría que cuando uno trata de estar callado y tranquilo las sensaciones y respuestas corporales se vuelven más intensas que de costumbre? Eso era jugar sucio.
-Sinbad, ¿estás bien? -Ja'far volvió a prestarle atención, pero esta vez preocupado, lo que hizo que sobresaltara a los demás. Y cómo no hacerlo, si estaban viendo a su rey casi temblar, con su cuerpo rígido, y su mueca parecía mostrar algún tipo de dolor extraño. El monarca forzó una sonrisa de muy mala manera.
-Sí, ¿por qué la pregunt…? ¡Ah! –transformó lo que podría haber salido de su boca como gemido en un quejido doloroso. Consiguió hacerlo bien para evitar más sospechas. Y el haberse encogido hacia delante, aunque no lo tuvo planeado, hizo más creíble un falso dolor. Bien, fingiría eso, las respuestas corporales que se realizaban ante las descargas y oleadas de placer eran similares a las que se manifestaban ante el dolor. Pero estaba el problema…
-¡Sin! –ese problema. El albino se levantó alterado, al igual que Yamuraiha, Sharrkan, Hinahoho y Masrur. A diferencia de ellos, él sí corrió para acercarse rápido a su rey.
-¡Quieto! –la voz de Sinbad se alzó sin querer en una orden, dejando petrificado al instante al oficial, aunque no fue al único. Todos le miraban con sorpresa, confusión y ligero pánico. "Despertó" al magi oscuro con ese grito, pues este abrió los ojos y se enderezó sobre él, sacando de forma disimulada su mano de ese lugar, y dejando como prueba de su presencia un enorme bulto difícil de ocultar. El monarca iba a cantarle las cuarenta cuando estuvieran solos, eso no había estado bien, y no le agradó moralmente.
-Deja de ser ruidoso. –fingió pequeña molestia, pero en el fondo se estaba felicitando. ¿Qué por qué lo hacía? Eso era secreto suyo, por poco tiempo.
Ah… y encima se venía a quejar… Suerte tenía que eso ayudaba a camuflar mucho la situación. Decidió ignorar eso y dar una respuesta a los preocupados, puesto que ya no tenía nada atacándole esa zona y podría hablar en condiciones.
-Lo siento, fue un pequeño dolor de estómago. Nada importante, ya estoy bien.
-¿E… está seguro? –Yamuraiha no parecía convencida. Ninguno lo estaba.
-Sí, pondré fin a mi apetito por eso. –no había comido demasiado en realidad, y había bebido algo de vino, pero no iba a meter nada más a su estómago. No porque no quisiera, sino porque acababa de decir que no lo haría. Vio con calma cómo cada uno volvía a su posición anterior. Ah, pero Judal decidió posicionarse mejor también.
-Así no hay quien te use como almohada. –no fue una queja realmente. Ni siquiera él supo para qué lo dijo. Tal vez porque ya era tan buen actor que sus frases salían solas. Se levantó para ponerse de pie, pero al hacerlo le dio a una pequeña cesta en la mesa, la cual contenía diminutas galletas, tirándolas. Al menos terminaron sobre la falda de Sinbad, y no se echarían a perder al caer sobre el césped.
-Más cuidado, estas galletas son puras delicias. Desperdiciarlas sería horrible. –y es que estaban muy buenas, tan buenas que sería una pérdida grande y dolorosa. Se quedó quieto para que la tela de su faldón no oscilara y alguna terminara cayendo.
-Sólo son estúpidas galletas. –Judal soltó un suspiro de desaprobación y se inclinó hacia delante para recogerlas. Una vez con ellas en la mano, agarró la tela del rey con la otra, confundiendo a este. Se puso delante y de espaldas a él para dejar los aperitivos en su cesta correspondiente al mismo tiempo que cogía la tela trasera de su túnica también con la misma mano, pero sin soltar la del monarca. –Hoy serás mi asiento. –hizo el comentario aleatorio y común, imposible de malinterpretar por su tono típico. Y realmente, Sinbad no tenía ni idea de qué rayos tramaba con sujetar las telas de las prendas de ambos. Con el mayor y profesional disimulo, alzó ambas telas una milésima de segundo antes de sentarse de una sola vez sobre el miembro del rey, el que descubrió al levantar las prendas. Se había auto-penetrado, consiguiendo que el hombre soltara un gruñido de sorpresa y placer en su espalda. Y él… bueno, él cerró los ojos con el ceño muy fruncido y apretó la mandíbula. Al menos, esa mueca parecía de profunda reflexión seria y no de dolor, así que no levantaría sospecha alguna. No como el escandaloso del monarca. Este tenía la libertad ahora para de poner las muecas que quisiera y de gemir un poco. No se le vería la cara en ningún momento por tenerle a él sentado encima, y tampoco se le escucharía si pegaba un poco la boca a su espalda.
Tiró esas galletas a propósito.
Aquello fue lo que estuvo buscando; sexo. Y se atrevió a preparar esa estrategia sin importarle nada. Si eran descubiertos en plena hazaña… Ni siquiera él mismo se podía imaginar las reacciones.
Se recolocó para fingir buscar comodidad cuando en realidad se movía para sentir con mayor presión y fuerza en su interior el gran miembro que invadía su cuerpo. Liberó un suspiro placentero al tiempo que alzaba el mentón por inercia, igual que el que el rey soltó a la vez que él. Para suerte de ambos, pasaron desapercibidos, pues las voces del ambiente entretenido eran más altas. Y obviamente, Sinbad aprovecha su invisibilidad para poner todas las expresiones que podía y soltar pequeños rugidos y gemidos contra la tela de la espalda del magi, la cual hacía chocar esos sonidos seductores, tragándose el volumen de estos entre cada hilo que conformaba la prenda. El sonrojo no era un problema tampoco, había bebido algo y tenía la excusa, pero el azabache no, por lo que él tuvo que controlar la temperatura de su propio cuerpo con trucos respiratorios de la forma más disimulada, y así evitar que todo su rostro de ruborizara. Aunque era difícil teniendo suspiros y ligeros gemidos bajos que liberar.
Fue tenso, emocionante, excitante, morboso y peligroso, y lo pasaron tan incómodo como entretenido. Nadie había vuelto a sospechar nada en toda la merienda, ni siquiera cuando ya empezaba a hacerse tarde y se iban yendo mientras el azabache seguía inocentemente sentado sobre el monarca, balanceándose de vez en cuando. Y este para nada le dijo que se levantara en ningún momento. Aquel encuentro sexual había sido el más largo, y algo desesperante, en comparación con el resto, ya que el mantenerse quietos la mayor parte del tiempo le había hecho aumentar sus deseos de moverse, de restregarse el uno contra el otro. Pero realmente fue un éxito muy placentero para ambos. Por alguna razón, los deseos del magi oscuro de tener más encuentros como ese eran mucho mayores que normalmente.
Los dolores de espalda y cadera habían sido sustituidos por una libido bestial, incluso superando la, ya bastante alta, que Sinbad tenía por naturaleza. Judal se había convertido en un arma mortal del sexo, caprichoso e insaciable. El contra de ello era el tamaño de su vientre, no podía realizar todas las posturas que quería
Ah… Sin embargo, el apetito sexual del azabache no acabó esa tarde. El día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… Todos los malditos días el magi oscuro se arrimaba y se frotaba contra el rey sin importar dónde estuvieran y con quién. Tocaba su intimidad por encima y por debajo de la ropa con manos, pies y rodillas en cualquier situación pública. Cuando estaba sentado, se sentaba también sobre él y se contoneaba, incluso daba furtivos saltitos. Y cuando el monarca se encontraba de pie, se colocaba delante de él y pegaba el trasero a su entrepierna. Hasta lo golpeaba y restregaba contra esta. Todo ello continuamente, sin parar hasta que conseguía llevarse a Sinbad para terminar haciendo el amor una de múltiples veces durante el día. Y cuando acababan y regresaban a dejarse ver, los movimientos del azabache se iniciaban de nuevo en busca de otra sesión, en un círculo vicioso. Cuanto más lo hacían, más deseaba y exigía Judal. Parecía haber entrado en un intenso celo, como si de un animal se tratara. Por esa razón y por sus muchas provocaciones, el número de veces que tenían sexo había aumentado, haciéndolo más de cinco veces al día todos los días. Y es que, conociendo al monarca, era imposible negarlo. Era lujurioso, y el nuevo estado del azabache no se atrevía a desperdiciarlo.
Uno de esos días fue cuando ese anciano hombre que Judal conoció dentro de un carruaje de esclavos apareció por casualidad en la entrada del palacio. Viajó para agradecer al rey por solucionar el problema de las islas más pequeñas. Ambos se reconocieron al verse las caras. Judal le rehuía mientras el hombre hablaba emocionado, contando delante del rey y los generales cómo le salvó la vida. Pero le sorprendió tanto ese vientre que tuvo que preguntar, y Sinbad le dijo con los ánimos por las nubes, dejando al viejo incrédulo. Pero luego reaccionó con excesiva felicidad. ¿Quién podía saber si ese hombre había hecho correr después la noticia del nuevo Magi de Sindria y el futuro heredero al trono?
No había sol, la única luz era nacida de la luna llena que bañaba los oscuros aposentos del rey. Dos cuerpos se movían bajo las sábanas con lentitud. Dos cuerpos que habían acabado su última sesión de regocijo hacía unos minutos y que ahora se besaban con pasión y frenesí, sin dejar morir el ligero erotismo que quedaba impregnado en el aire.
Judal separó su boca abierta primero, y luego sacó su lengua de la de Sinbad, uniéndose aún al interior de esta por finos hilos translúcidos de saliva. Volvió a unir sus labios, succionando los del rey para no dejar ahora ningún rastro de fluido bucal al separarse otra vez. Estaba sintiendo cómo la sustancia del monarca empezaba a escurrir desde el interior de sus glúteos hasta el inicio de sus muslos. Necesitaba limpiarse. Era una verdadera lástima, él no quería que eso saliera, quería que se quedara dentro de él para siempre. Pero así era, siempre ocurría.
-Espérame, y no te duermas. –advirtió sin amenaza y con una sonrisa, tocando con el dedo la punta de la nariz de Sinbad.
-Por ti espero toda la eternidad. –vio cómo el magi se levantaba y exponía su bella desnudez, caminando hacia el baño de la habitación, y se metía a él después.
Cerró la puerta tras entrar. Eso que el rey le había dicho le provocó un potente sonrojo, uno mayor que el que ya tenía de antes. Cielos… amaba a ese idiota. Tanto que se daba miedo a sí mismo de lo cursi que podía llegar a ser. No conocía esa faceta y no se acostumbrara, y eso que era suya. Seguro que ahora estaba sonriendo como bobo enamorado y ni cuenta se estaba dando. El cosquilleo que bajaba de sus muslos le hizo volver a la realidad. Se metió con cuidado en la tina, pues el peso de su vientre le cambiaba el centro de gravedad, y sacó un pequeño corcho que taponaba un agujero en la pared. De este comenzó a salir agua, cayendo dentro de la bañera. La habitación del monarca era la única con agua y baño propio. Justo cuando fue a sentarse en el suelo de la tina, notó lo que antes no vio. Eso que escurría por sus muslos no era de color blanco… ¿Era translúcido? Y ya no escurría, sino que chorreaba.
Su pulso se aceleró en menos de un segundo y una oleada de calor cubrió su cuerpo al mismo tiempo que sentía su garganta y estómago apretarse. Sus ojos bien abiertos mostraban perfectamente qué tan asustado estaba.
-¡SINBAAAAAAAAAAAAD! –grito escuchado, rey aterrorizado. No pasaron ni dos segundos hasta que del llamado se metió corriendo al baño, igual de desnudo. Confuso y con temor, este observó qué podía haber pasado, hasta que vio los muslos del magi. -¡Ya viene!
Los nervios se notaban en el ambiente, uno que podía romperse fácilmente para convertirse en un caos. La pareja había montado un alboroto cuando se dirigieron a la enfermería, Sinbad cargando a Judal, y obviamente vestidos, aunque desaliñados y sin peinar por las prisas. Habían despertado al resto, incluso a los tres amigos que estaban en otro edificio del palacio, con sus gritos en los pasillos.
Todos se encontraban desperdigados por la amplia y enorme enfermería, unos de pie y otros sentados en sillas o en las camas. El magi oscuro no quiso tumbarse en ningún momento, no podía quedarse quieto, por lo que ya llevaba un buen rato caminando de acá para allá y comiéndose las uñas. Ja'far había ido a volver a llamar al mismo médico que le escultó la última vez, era el más confiable.
-No entiendo por qué tan pronto. –la voz del rey estaba completamente temblorosa por los nervios y por el rápido movimiento de pierna que tenía. Se había sentado en una de las camas, no podía estar de pie, a diferencia de su pareja.
-No se preocupe, Mi Rey. La fecha nunca es exacta, y puede variar mucho en primerizos. –hasta habían llamado a una de las sirvientas. Bueno, no en plural. Fue Judal quien la hizo llamar, exigió su presencia. Era aquella mujer que le ayudó con sus dolores. Según él, ella era la experta.
-Tampoco quedaba mucho tiempo, ya hemos pasado un par de semanas desde que empezó el cuarto mes. –la maga no era experta en el tema, pero sabía suficiente. Ella daba pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. No podía ocultarlo, estaba tensa. Todos lo estaban, incluido el inquebrantable Masrur.
-¿Y ya decidisteis un nombre? –Pisti, quien estaba sentada en una silla, hizo que el magi oscuro y el rey detuvieran sus movimientos nerviosos para mirarla con sorpresa, o algo similar a eso.
-Mierda… -no, Judal no había pensado en ello. Y juzgar por la cara del monarca, él tampoco.
-Eso es un nombre feo… -¿en serio la rubia pensó que esa grosería sería el nombre? Sí, lo pensó.
-¡Eso no es el nombre! –el azabache estaba muy de los nervios, tanto que casi se tira de los pelos.
-Tampoco sabemos si es niño o niña, hay que escoger dos nombres para cada opción. –la primera buena idea de Sharrkan en mucho tiempo. Cruzó una pierna sobre otra, estando sentado en una se las camas, al igual que el monarca. –Pongámosle Sharrkan si es niño. –esa sonrisa vanidosa estaba en su rostro moreno como un repelente.
-Ni de coña. –rápido y directo fue el muchacho de cabellos ondulados. Casi hizo que el espadachín sintiera una punzada. No se imaginaba llamando a su hijo Sharrkan cuando necesitara su presencia o cuando le regañara.
-¿Jamil? –Alibaba soltó ese nombre de la nada. Morgiana le dedicó una mirada de desacuerdo. ¿Cómo podía usar el nombre de ese sujeto? Ah, pero el rubio no lo hacía por nada en especial, sólo que ese nombre no era desagradable.
-¿Harrokh? –típico de Hinahoho. Sonaba tan brusco…
-¿Sayan? –el callado Spartos se animó a participar. Al menos ese nombre sonaba mucho mejor que los dos anteriores.
-¡Ravi! –un nombre adorable, tanto como la rubia que lo dio a opción.
-Yo pienso que Surya es muy artístico e interesante. –podía ser cierto lo que Yamuraiha decía, pero no convenció del todo.
-Shohan puede sonar bien, a mí me gusta. –el pequeño Aladdin también propuso el suyo.
Pero fue otro nombre, dicho desde un tono bajo que pudo escucharse el que llamó la atención, sobre todo la de Judal. Un nombre que hizo que los que estaban ahí se giraran hacia el dueño de esa voz, hacia el rey.
-Repítelo. –pidió el magi oscuro, queriendo escuchar con mejor atención por si se había equivocado.
-Shazhad.
Silencio. Un vacío auditivo que pronto se convirtió en elogios hacia ese nombre. A todos les gustaba. Pero había tres que no reaccionaban aún; los dos magis y la maga de agua. Y no por algo malo, realmente, sino porque acababan de deducir de dónde había salido ese nombre, y no fue de la cabeza de Sinbad. Habían visto parte del rukh blanco dirigirse desde el abdomen de Judal hacia el monarca. El propio bebé pareció decirle su nombre al rey, y con ello confirmando también su sexo. ¿Cómo fue posible eso? Ahora sí, el magi oscuro empezaba a tener las mismas inseguridades que los otros dos. ¿Qué clase de ser tenía dentro? El rukh de un bebé que no salió del vientre materno aún no podía hacer eso.
No tuvo tiempo para continuar pensando. Un repentino dolor agudo le golpeó todo su bajo vientre. Soltó un alto quejido al mismo tiempo que caía de rodillas y se encogía lo máximo que podía hacia delante, sintiendo como si le estuvieran clavando una lanza.
-¡JUDAL! –Sinbad se movió rápido y sin dudar a ayudar a su magi, aunque ni idea tenía de cómo. Le veía retorcerse y se ponía cada vez más nervioso.
Todos ahí, menos las cuatro mujeres que había, estaban empezando a perder el control, siendo Masrur el que menos, pero se le notaba la tensión y la indecisión de qué debería hacer.
-¡Calma! –generalizó Yamuraiha con una potente orden, acercándose veloz al rey, quien estaba recogiendo al magi oscuro con cuidado y depositándolo después sobre la cama más cercana. Los dejó asustados y quietos, pero no los tranquilizó en realidad.
-¡¿Calma?! ¡Si me está doliendo a mí de sólo verlo y escucharlo! –el moreno de cabello blanco estaba perdiendo los papeles. -¡Ni siquiera sé si eso es bueno o malo, y hablo por todos! –por todos los hombres ahí, y por desgracia, era cierto.
-No es malo, pero ahora no es el mejor momento. –Morgiana habló por primera vez en la noche. Ante el silencio de ellos, continuó para finalizar. –Ese dolor significa que acaba de empezar el parto, es una contracción.
Ahora sí, el pánico se apoderó de las cabezas masculinas, menos la del azabache, que ya había sentido eso. La suerte de ello era que nada nuevo volvería a pillarle desprevenido.
-¡Ay! ¡¿Y ahora qué?! ¡Ja'far no ha llegado aún con el médico! –Alibaba se unió a los desesperados. Justo en ese momento, la gran puerta se abrió, dejando ver al albino y a mismo hombre que observó al magi la última vez. El rubio no tardó en acercarse corriendo como alma que llevaba el diablo, consiguiendo confundir a los recién llegados. -¡Ha…! ¡Él ha…! ¡Ya! ¡Ay! –tartamudeaba sin control, pero fue suficiente para que los confusos hombres que acababan de llegar despejaran las dudas. Y el oficial fue lo suficientemente avispado como para decirle todo al médico, hasta se llevó el libro y le mostró antes de aparecer todo lo que necesitaba saber sobre esa condición en los magis.
-Que acaba de empezar el… -Sinbad continuaba sin reaccionar después de haber escuchado eso por parte de la fanalis. Sin poder evitarlo, comenzó a hiperventilar, irónicamente cuando el dolor del magi ya se había disipado.
-¡Sinbad, relájate! –Yamuraiha trató de abanicar al rey con sus propias manos, pero no le afectaba. Estaba empeorando. Por alguna razón irónica, esa hiperventilación estaba ahogando al monarca. -¡SINBAD, RESPIRA! –nada. Estaba por desplomarse en el suelo. Intentó sujetarle, pero su peso hizo que resbalara de sus finas manos y él terminara desfalleciendo, soltando ella un gritito al verlo caer de espaldas contra el piso, igual que Ja'far, quien se había acercado. Este dejó salir otro pequeño grito también al mismo tiempo que la maga.
-¡Estúpida, mi novio, idiota! –Judal no estaba de un humor más relajado que el resto de ellos. Gritó eso con molestia después de ver caer al rey y escuchar el sonido seco de su cuerpo golpear contra el suelo. Ya que era suyo no le gustaría nada que se lo rompieran.
Ahora el motivo del pánico era el monarca, y no el magi. Y ese temor se añadió a las mujeres también, pues eso no debió pasar.
-¡No se nos muera ahora! –Pisti estaba a punto de ponerse a llorar.
-¡Fuera de aquí todos, ya! –Ja'far no hizo más que mirar desde hacía los treinta segundos desde que llegó y ya había terminado explotando. Echó a todos los generales, a excepción de Yamuraiha, y a los tres amigos, aunque la única que no presentaba molestia era Morgiana, pero sólo podían quedarse tres acompañantes con Judal, y uno de ellos, el más importante, acababa de desmayarse.
El médico no tardó en acercarse primero al rey tirado en el suelo. El parto había empezado, sí, pero no se podía hacer nada con el magi todavía. Nada más había tenido la primera contracción, y le faltaban muchas antes de que el doctor pudiera actuar con él. Ni siquiera perdió el tiempo en levantar a Sinbad, se arrodilló y ahí mismo pensaba tratarlo. Lo vio hiperventilar cuando llegó, y ahora apenas observaba su pecho subir y bajar, así que sabía lo que tenía que hacer. Posó una mano sobre el abdomen del monarca. Respiración corta y muy lenta, no era un ritmo normal. ¿El riesgo de esperar a que volviera en sí? Que dejara de respirar antes de siquiera despertarse. Judal, el más afectado, se había sentado para poder ver al rey, y sus ojos rojos preocupados formaban una expresión muy asustada y angustiada.
-Usted es maga, ¿cierto? ¿Puede manipular el aire? –preguntó con un tono de voz serio, y para nada lento. A Yamuraiha. La situación no requería lentitud, precisamente. Ella asintió. –Entonces deberá ayudarme. Escuche con atención, hará que Su Majestad trague una cantidad de aire a presión. Debe ser una corriente rápida, corta y fuerte. –la angustia no estaba desapareciendo en ninguno de ellos, incluso el médico se veía tenso. El magi sentía enormes ganas de empezar a llorar porque, según había entendido, Sinbad apenas respiraba a duras penas. Si dejaba de hacerlo… La mujer de cabello azul se arrodilló, le abrió un poco la boca a su rey y posó sus manos sobre esta, dejando una pequeña distancia, sin llegar a tocarlo. Vieron asustados cómo el doctor colocaba las suyas sobre el pecho del monarca. –Ahora, dos veces. –la maga envió con fuerza una corriente de aire a través de la boca y la garganta de Sinbad, y volvió a hacerlo una segunda vez pocas milésimas de segundo después. Fue entonces cuando el médico empezó a hacer compresiones, una, dos, tres, hasta quince veces, en el tórax del rey. Se detuvo un mísero segundo para observar algún movimiento de respiración que fuera más normal, más intenso, pero… -Una vez más.
-¡Sinbad, deja de dormir, maldito idiota! –Judal estuvo a punto de saltar de la cama, pero fue agarrado de los brazos por Ja'far y la sirvienta. No hubo rabia o molestia en esas palabras insultantes y exigentes, sólo desesperación y terror. Estaba al borde de las lágrimas.
-¡Judal, no consigues nada poniéndote así, sólo que te hagas daño! –el albino intentó hacerle razonar, pero fue ignorado por completo, continuando entre los tres el intenso forcejeo.
-¡Despierta, imbécil, tienes…! ¡Tienes que…! –no pudo más cuando vio el segundo intento de las quince compresiones fallar de nuevo. Las lágrimas terminaron por ganarle la batalla, y las fuerzas para forcejear las perdió, quedando inmóvil. -… estar conmigo…
Justo tras esas palabras, después de la quinta presión del tercer intento, Yamuraiha y el doctor notaron una respiración más forzada que se regularizó a un ritmo más elevado y acelerado que el de antes. Sinbad acababa de estabilizarse. Ah, pero no de despertarse. Aunque eso ya no era un problema después de conseguir normalizar la lenta y escasa respiración que tuvo.
-Joven Magi, cálmese. ¿Ve que está bien? –la sirvienta no podía evitar sacar ese instinto con él. Le giro el rostro hacia ella para limpiarle las lágrimas con una sonrisa comprensiva, y como ella esperó, el azabache aceptó el consuelo mientras el oficial suspiraba tranquilo, terminando de soltar el brazo del magi oscuro.
Ja'far caminó hacia donde la maga y el doctor habían postrado al rey, en la cama de al lado. Miró al monarca, con el cabello libre y desperdigado, y sus ropas desordenadas por unos segundos. Aún se sentía preocupado.
-Está bien, no hay riesgo. Ya no hay problema si tarda en despertar. –aclaró el hombre al ver manifestada la inquietud en el rostro del pecoso.
-Gracias. –hizo efecto lo que le dijo, pues ya estaba más tranquilo. No podía quedarse ahí. Sabía que Sinbad no estaba en condiciones, pero ya había tres acompañantes, así que andó hacia la puerta y salió, cerrando tras de sí.
Una horda de generales se le echó encima al instante, casi aplastándolo por un momento, no de forma literal.
-¡No se murió, dime que no se murió! –Pisti tan dramática. Hasta lloraba en serio.
-¡¿Está fuera de peligro?! –Drakon dijo lo que todos querían preguntar.
-Sinbad no se ha muerto, Pisti. Está bien vivo, y lo seguirá estando por mucho tiempo. –suficiente para hacer suspirar de alivio a esta gente.
-Volvemos a la situación de antes, pero sin estar presentes… -Hinahoho se apoyó en la pared y se cruzó de brazos con unas ligeras ansias. –Queremos de verdad estar ahí.
-¿Para que volváis a montar barullo y Sinbad vuelva a tener otro ataque de ansiedad? Lo siento, pero no. –ahora quien mandaba era el albino, por algo era la mano derecha del rey. –Además, podríais provocar lo mismo en Judal, y eso sería un problema mucho más grave. –ninguno dijo nada. –De todas formas, sólo pueden estar tres personas como apoyo moral. –soltó un suspiro pesado, mirando algún punto fijo. –Judal lo va a necesitar…
-¿Por qué mierda se tarda tanto? Si ya rompí aguas, que no joda.
-Judal, esto no va as…
-¡Escúchame bien, enano! ¡Me has manipulado, me has pegado, me has hecho engordar, me has estado quitando mi magoi, me has hecho llorar como nenaza, me has dado el peor dolor, y ya no voy a ser más flexible contigo! ¡Así que, o sales de ahí pronto o te arrastro fuera yo mismo! –apenas llevaba una hora en la enfermería y ya se estaba cansando.
-Pero… amenazar al bebé no sirve… -susurró Yamuraiha, para sí misma con una gota de sudor frío, estando de pie al lado del recostado azabache.
-Joven Magi. –el doctor ahora se encontraba sentado en una silla al pie de la cama. -¿Ha dilatado ya? –consiguió distraerle de sus amenazas para que le mirara, aunque con confusión.
-¿Qué? –ni idea de qué hablaba.
-Tuvo la primera contracción poco antes de que llegara. –fue la sirvienta quien respondió por él. Ella estaba igual que él, en una silla, pero al lado contrario de la cama de que la maga de agua estaba. A causa de la expresión confusa que Judal continuaba teniendo, se dirigió a él ahora. –Los dolores como el de antes se llaman contracciones.
-Ocurren cuando toda esa zona –el médico siguió explicando, señalando desde su lugar el bajo vientre del azabache, refiriéndose a las partes internas de su cuerpo. –se ensancha para que el niño pueda salir. –esa explicación no agradó nada al magi. Le hizo saber que iba a tener más de esas… Estaba acojonado, ya no le gustaba tanto la idea de que el momento se acercara.
-¿Cuánto dura esto? –se atrevió a preguntar.
-Mínimo cinco horas hasta que sientas que es el momento. Lo normal está entre siete y trece horas. –el doctor acababa de romper a Judal.
¿Cómo demonios esperaban que soportara tanto tiempo así? Encima con dolores constantes e intensos. Y hablando de eso…
-Ya no quiero que salg… ¡Aaaaah! –ahí estaba la segunda contracción. Por desgracia, nadie podía hacer nada por él con aquello, debía soportarlo como pudiera.
Yamuraiha odiaba eso, no poder hacer nada para calmarle el dolor. Le masajeó el cabello en un intento inútil por tranquilizar la respiración agitada del chico a causa del dolor.
-¿No hay un método para que no le duela tanto? –no podía ver a su segundo alumno de magia sufrir de esa forma.
-Una bañera con agua tibia. Suele ayudar a disimular un poco el dolor, pero ese "poco" no es válido para este chico. –no tuvo que ser un genio para darse cuenta de cómo era Judal, con él era todo o nada, dolor o no dolor, no había a medias. Y estaba seguro de que rechazaría eso por cosas como estar arrugándose durante horas en una bañera teniendo dolor de todas formas. El magi volvió a calmarse tras terminar la segunda contracción.
-Joven Magi, intente aguantar su voz. Cuando el niño anuncie su venida será cuando más la necesite. –el momento en el que deberá gritar como nunca antes. Hacerlo daba el efecto placebo de relajar la tensión en el cuerpo. Esa sirvienta sabía. Sin embargo, cabía mencionar que cada cosa que le decían sólo conseguía aterrorizar más al azabache y a la maga de agua. –Lo hará bien, su actitud luchadora viene perfecta en situaciones como esta. –dijo "luchadora" por no decir "jodidamente pesada e insistente", pero es que era cierto, hasta ella reconocía que era un poco insufrible.
Ni siquiera lo que ocurrió con Al-Thamen lo acojonó tanto como eso. Ya no quería seguir, no quería que ese niño saliera. Cielos… iba a morir de dolor. ¿En dónde demonios se había metido para terminar así? Ah, sí, en la cama con el rey… Y hablando de Sinbad, estaba empezando a dar señales al fin. Este se movió un poco, haciendo sonar las finas sábanas sobre las que estaba, llamando así la atención del resto. No tardó en soltar una mezcla entre quejido y suspiro, aún sin abrir los ojos, pero reincorporándose con esfuerzo y llevándose una mano a la frente. Por alguna razón, sentía la garganta un poco fría.
-¡Sinbad, al fin!- Yamuraiha no escondió su alegría al ver a su rey consciente. Este se sentó en el borde de la cama, terminando por abrir los ojos al tiempo que se sobaba la cara. Él sabía que se había terminado desmayando, así que no necesitaba más explicaciones, con eso era suficiente.
-No vuelvo a dejar que esos desquiciados me acompañen en otra situación así. –se refería a sus generales. Reconocía que había sido culpa del exceso de ansiedad que se habían encargado de dispersar antes en el ambiente. Pero ahora todo parecía más tranquilo, y atinó a ver que era porque ya no estaban. Ah, pero los conocía. De seguro estaban al otro lado de la puerta. Se levantó despacio, no sería bueno un nuevo mareo, y volvió a sentarse, esta vez en el borde del colchón en donde Judal estaba. Él le miraba entre molesto y feliz.
-Te mato como lo vuelvas a repetir. –alzó los brazos y atrapó el cuello de Sinbad en un abrazo, uno que fue inmediatamente correspondido.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó antes de romper el contacto.
-Acojonado hasta las pelotas. –cielos… ¿y él iba a ser uno de los que criaran a ese pobre niño?
-Judal, por Salomón… -Yamuraiha se quejó un poco de su vocabulario. No delante del doctor, por favor.
-He llevado partos de madres con peor boca, déjelo que se desahogue. –vaya, sí que era tolerante este médico, e incluso estaba sonriendo. Tal parecía que no hacía falta ser tan serio si no era estrictamente necesario.
Dos horas, tres horas, cuatro horas… Toda la noche en la enfermería. Nadie entró y nadie salió. Judal aprovechaba para dormir entre contracción y contracción. Se despertaba a causa del terrible dolor, y cuando terminaba volvía a intentar dormirse hasta el siguiente que le diera. Era desesperante para él, no pasó peor noche en toda su maldita vida. Las contracciones dejaban cada vez menos tiempo de espera entre ellas, y le hacían querer llorar de tanto que las sufría. Sin embargo, fue el único ahí dentro que pudo dormir algo. Ni las dos mujeres ni los dos hombres que estaban con él se permitieron dejar de vigilarle, no siendo un caso tan extraordinario. Ni siquiera Sinbad aprovechó para salir un momento y recogerse el cabello o arreglarse la ropa, era lo que menos le importaba en ese momento. Entre ellos ya habían preparado un balde de agua tibia y varias toallas, por si acaso. Los generales y los tres jóvenes tampoco se movieron de su sitio en el pasillo, todos en el suelo, unos sentados contra la pared y otros tumbados, completamente dormidos. Nadie se dispuso a irse.
Hasta pasadas ocho horas, con el sol acabando de salir e iluminando todo a su paso y despertando furtivamente los relojes biológicos del sueño de quienes dormían para que volvieran a estar alerta en su espera.
-¡Jodeeeeer! –Judal se retorcía hacia un lado, y luego hacia el otro, buscando inútilmente que dejara de dolerle. Hacia unos cuantos minutos que no pudo soportarlo más y tuvo que dejar salir unas pequeñas lagrimitas. No eran fluidas y no salían todo el rato, sólo cuando venía una nueva contracción. Sin embargo, sí dejaban sus ojos brillantes.
-No tiene que faltar mucho, se acabará pronto. –Sinbad le tomaba de la mano sin importarle si tiraba de él en algunos movimientos.
-¡Dueleeee!
-Oh, pequeño… -la sirvienta sufría con él, todos lo hacían. Incluido el doctor. Ver a un hombre joven así, con casi su misma anatomía le hacía sentirse inquieto. ¿Y qué hombre no lo estaría si viera eso? Se suponía que no solían ser ellos los que alumbraban.
-¡Ayyyyyyy! –volvió a dejar correr unas finas lagrimitas escasas. Estaba empezando a sentirse incómodo.
Y el médico vio esa incomodidad con algo de atención. El magi estaba empezando a tener reflejos de separar sus piernas. Se levantó y observó con mucha más atención al azabache. ¿Podría ser que el niño estaba presionando? Si era así…
-¿Tienes ganas de pujar? –nada más dicho eso alertó a los tres acompañantes. Recibió una respuesta quejumbrosa, una afirmación con la cabeza. -¡PUES PUJA, NIÑO, PUJA! –empezó a moverse junto con las dos mujeres a las que guiaba para preparar las toallas y colocar el balde de agua que volvía a ser calentada con magia de calor de Yamuraiha.
-¿Cuánto más hay que esperar? –Alibaba no podía más.
-Lo que haga falta, un parto no es cort…
Un gran grito desgarrador proveniente del interior de la enfermería interrumpió al albino, asustando a cada uno de los que se encontraban en el pasillo. Sabían de quién era, y acababan de ser conscientes del porqué de ese sonido aterrador.
-¡Ya viene! –el rubio dijo en voz alta los pensamientos de cada uno con sólo dos palabras.
Para desgracia de cierta persona, había alguien que iba a terminar muriendo durante ese parto, y ese alguien era la mano de Sinbad, la cual estaba siendo brutalmente estrangulada por la del magi oscuro que gritaba y lloraba lo más alto que podía sin control. ¿De dónde rayos había sacado esa fuerza, si era un muchacho con poca? El rey acompañaba esos gritos intensos con quejidos y lloriqueos por el dolor en su mano, pero sabía que no se comparaba con lo que el azabache estaba pasando. Sin embargo… ¡Joder, que se la estaba dejando morada! Completamente abierto de piernas, habiendo sido levantada la falda de la túnica, con grandes toallas cubriéndole arriba y abajo desde la cadera hasta sus rodillas. La sirvienta agarrándole la otra mano desde el otro lado, y Yamuraiha atenta con el doctor, quien esperaba en su posición sentada para evitar problemas con la venida del bebé. Ella daba saltitos en el sitio de nervios y ansia, pero no sonreía, se veía desesperada. Todos lo estaban realmente, tanto los de dentro como los de fuera.
-¡Respira entre cada empuje, si pierdes la conciencia por falta de oxígeno no habrá forma de sacarlo! –dulce ironía si se desmayaba él ahora. Pero Judal se lo estaba tomando muy en serio por el hecho de que quería que acabara la tortura, así que intentó hacer lo que le dijo antes de volver a empujar.
-¡AAAAAAAAAAAAHHH! –se desgarraba la garganta con cada grito de dolor que soltaba por cada empuje. Sudaba como nunca antes y la piel de su rostro, cuello y parte del pecho estaba enrojecida por el esfuerzo sobrehumano que hacía, y sus ojos fuertemente cerrados también lo mostraban.
-¡Vamos, niño! ¡Un poco más!
-¡No dejes que el bebé te supere, hazle saber quién manda aquí! –la maga incitó al ánimo del magi, dándole donde más afectaba.
-¡Más fuerte, Judal! ¡Cuando todo esto acabe te daré todos los duraznos que puedas imaginar! –pero lo dicho por el rey le afectó mucho más a pujar.
Volvió a gritar, dañando sus cuerdas vocales en el proceso, pero otro sonido acompañó el suyo. No supo en qué momento ocurrió, pues no llegó a notar nada más que sólo dolor. Ese sonido acompañante era el llanto de un recién nacido. Un llanto que se escuchó fuera de esa enfermería, haciendo saltar los corazones de alegría de los que estaban fuera. Las dos mujeres y el rey no habían podido soportar la imagen de ese pequeño ser siendo sujetado, mojado con el agua tibia y limpiado por el médico con toallas, las lágrimas no tardaron en aparecer. Pero el magi continuaba en su sufrimiento por alguna razón…
-¡NO, ESPERA! ¡INDRA! –Judal habló en grito, continuando muy adolorido, tanto como antes. Él no vio aún a ese bebé por mantener sus ojos cerrados, sin embargo, lloraba igual, ya que nada pareció cambiar para su cuerpo. ¿Indra? ¿Qué significaba eso? O acaso… ¿Era un nombre? Algo extraño estaba pasando ahí.
Fue en ese momento en el que Yamuraiha se fijó mejor. Imposible…
-¿Una niña…?
Un nuevo grito, tan aterrador como los anteriores, se alzó con la voz del azabache. Ahí el doctor entendió el "problema".
-¡Queda otro! –sorpresa para todo el mundo. Esa exclamación pudo escucharse fuera también. No debía perder más tiempo. Le ofreció la niña a la maga, quien la tomó con los nervios a flor de piel y con muchas emociones manifestándose.
-¡¿Dos?! –las voces de Sinbad, de la sirvienta y de los que estaban fuera se levantaron al mismo tiempo con la misma palabra.
No podía creerlo. Eran dos… Su corazón no podía latir de una forma más apasionada. Padre de dos pequeñas criaturitas… Y no era capaz de parar sus lágrimas. Pensó que ya se había acabado, pero no. Ahora entendía lo que ocurría. Él sabía que el nombre de Shazhad no se le había ocurrido a él, simplemente pasó por su cabeza como si se hubiera metido. Y si eran dos… Al azabache acababa de ocurrirle lo mismo con la primera en llegar al mundo. Miró a Judal en sus últimos esfuerzos, tenían que ser los últimos. El magi oscuro estaba al límite, sus energías estaban descendiendo con sus empujes y gritos. Apretó con ambas manos la del azabache.
-¡Aguanta, no queda nada! ¡No me moveré de tu lado, amor, puja!
-¡Sólo un par de veces más! –la sirvienta quiso animar con todas sus fuerzas, oprimiendo desde su lado la mano del muchacho. Este se aferraba, literalmente, a dos manos. La de ella y la del monarca, y ambos le devolvían los apretones en el más puro apoyo.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAHHH! –otro llanto se escuchó a la mitad de ese grito.
-¡Ya está, ya está! –la maga lloraba con todas sus fuerzas, sosteniendo a la niña y viendo al niño rebelde que se había colado anteriormente en la cabeza de su padre para decirle su nombre.
Fue en ese momento en el que Judal pudo volver a respirar, a dejar de empujar, a relajar cada músculo de su cuerpo, agotado, sudoroso. Pero sobre todo, victorioso. Lo había hecho, había sacado a ese… a esos pequeños insoportables de su cuerpo. Abrió los ojos, encontrándose con las dos mujeres llorando, y su rey también, todos con una sonrisa hermosa.
-Judal… -Yamuraiha ya estaba a su lado ofreciéndole una toalla enrollada con uno de sus hijos dentro. Sus hijos…
Nada más aceptarlo en sus brazos empezó a llorar, sin dejar de mirar a ese bebé. Su bebé. Era ella, la pequeña Indra, la primera en ver la luz y la mayor de los dos por un par de minutos. Sus ojos estuvieron abiertos en todo momento, un par de hermosos ojos dorados, con la aureola negra tan característica de él mismo en ellos. Y su cabello corto y suave de ese color violeta oscuro, una mezcla entre lila y negro. Cielos, y había sacado de Sinbad un pequeño mechón erguido. Ah, ahora que podía sentirla por completo, estaba seguro de que ella fue la culpable de esas patadas injustas en su vientre y de esas manipulaciones.
Y Sinbad se encontraba en el mismo estado con el niño que tenía en sus brazos, con Shazhad, habiendo sido ofrecido a él antes por el doctor. Él había tardado más en abrir sus ojos, pero cuando lo hizo… Qué bellos ojos. Del mismo color carmesí que su madre, y con media aureola negra en la parte inferior de su iris. Ambos niños con ese cabello corto, siendo el del pequeño más colorido, más con ese tono lila de su padre, y con la piel ligeramente más oscura que la de su hermana. Y sus diminutas cejas eran más notorias que las de ella, gruesas.
Ambos eran la mezcla perfecta de la pareja. Judal tenía un sentimiento nuevo, un sentimiento que se le prohibió apenas nacer. Amor familiar. Tenía familia, acababa de crear una con Sinbad. No podía ser más feliz ahora. Tal vez fuera cierto eso de que los sueños pueden cumplirse.
Cuando hubieron estado un rato admirando y mimando a sus pequeños, el médico se los llevó un par de camas más allá para su primera revisión, y necesitaba espacio al ser recién nacidos. Ah, pero la sirvienta y Yamuraiha no pudieron evitar ir tras él para hacerles cositas a los pequeños que las habían encandilado. Ambos, príncipe y princesa de Sindria…
El magi continuaba recostado en esa cama, cubierto y, ahora limpio, por una fina sábana hasta la cintura. Y el rey sentado al borde de esta, acariciando y masajeando la cabeza del azabache. Había sido una noche y una mañana muy largas, tensas y agotadoras. Ocho horas de parto que habían dejado a todos cansados, incluyendo a los que todavía esperaban fuera con las ansias a gran nivel. Pronto serían tranquilizados.
-Judal, gracias. –Sinbad continuaba sujetando las manos de su amado. Le daba las gracias por haberle dado lo que no creyó que pudiera tener. Dos hermosos hijos que, según Yamuraiha había dicho un poco antes, eran dos magos con las características de magi, pudiendo ser capaces de vivir más de dos siglos incluso. Sin embargo, dudó de que ellos pudieran invocar djinns y levantar calabozos. Por esa razón su rukh no se asemejaba con el de un mago normal ni con el de un magi. Dos seres nacidos de un magi y un milagro. Dos seres que podñian llegar a ser muy poderosos. El azabache negó con la cabeza.
-Ven aquí, mi rey idiota. –abrazó su cuello y lo acercó a su rostro, besando sus labios con el amor que jamás pensó que podría llegar a sentir. Se sorprendió y confundió cuando el rey se separó antes de tiempo.
-Tengo… tengo algo que decirte. –le acarició la mejilla, pero parecía serio, y eso asustó un poco a Judal. Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un bello anillo digno de un rico, hecho especialmente en la mejor herrería de Sindria con los materiales más costosos y preciosos. Tomó la mano del magi oscuro bajo su sorpresa y se lo colocó a la perfección en su dedo anular. –Judal, cásate conmigo.
El corazón del muchacho volvió a acelerarse una vez más en todo el tiempo que llevaban ahí, y después de unos segundos impacto regresó a llorar de felicidad de nuevo, observando ese anillo en su dedo. No podía pensar, pero sí podía actuar. Poco le importó que estuviera adolorido por el reciente parto, pues se lanzó a los brazos del rey, posando un beso mucho más intenso que el anterior. Un beso que ya no era entre una pareja de novios, sino de una pareja de prometidos. Judal iba a convertirse muy pronto, posiblemente en menos de un mes, en esposo del rey, quien lo nombraría virrey de Sindria a parte de Magi. El azabache no era mujer, no sería reina, y el título de virrey y reina eran similares, así que, ¿por qué no? Además, el muchacho no reaccionaría a gusto si se le nombraba reina, es más, se quejaría y mostraría la evidencia de hombre sin pudor alguno por simple orgullo masculino. Algo que sería muy incómodo de ver para el resto, la verdad sea dicha.
Caminaba por los jardines en busca de algo o alguien. Soltó un pequeño gruñido mientras se apretaba un poco el cinturón de tela que conformaba la túnica de general, llevándola puesta exactamente como Sharrkan y Yamuraiha y dejando ver sus hombros y pecho. Había ido a revisar al estudio si la tarea diaria que la maga puso había sido terminada. Pero lo que se encontró no fue muy alentador. Shazhad se había quedado completamente frito sobre el escritorio, e Indra no estaba allí, mas sí estaban sus tareas a medio hacer. Ah… de tal palo, tales astillas. Él no rehuía de sus obligaciones, así que conocía al culpable de esa característica genética.
Llevaba sentado en sus brazos al pequeño niño, vestido con una bata diminuta de color morado claro con el cuello más oscuro, y un cinturón de tela blanco. Había cogido la manía de andar descalzo, por lo que difícilmente llevaba zapatos por mucho que trataran de ponérselos. Poseía una pequeña coleta baja, pues tampoco quiso que su cabello fuera cortado. Este había cambiado ligeramente su tono de cuando nació, siendo ahora violeta, como el de su hermana, pero más claro que el de ella. Sin embargo, continuaba siendo más oscuro que el de Sinbad.
-¿En serio que no sabes dónde está? –llevaba un buen rato preguntándole sobre la niña, pero Shazhad siempre negaba saber. Esta vez, negó con la cabeza. -¿Y no puedes tener una idea de dónde se ha metido la revoltosa? –ah, por desgracia, ella había sacado su costumbre de ir a donde le diera la gana, aunque eso sí, sin alejarse. Había heredado su rebeldía.
-No la escuché cuando se fue. –su voz infantil y tierna hizo reír con obviedad al magi.
-Claro que no, estabas durmiendo, enano vago. –culpó con una sonrisa.
-Nhe… -se abrazó a su cuello y se escondió de él por la vergüenza de haber sido pillado en plena siesta cuando debía estar estudiando. Pero volvió a levantar la cabecita cuando ambos escucharon voces.
El azabache continuó caminando, siguiendo los sonidos y torciendo en una de las esquinas de los jardines, encontrando a Aladdin y a Alibaba con la fugitiva de cabellos largos y ondulados, llevando el mismo traje que su hermano, pero con tonos azules, los tres sentados en el césped.
-Alibaba es impresionante, ¿verdad? –el magi de cabello azul sonreía con alegría.
-¡Yo quiero un djinn también! –ante eso, el rubio rio con ánimos. Tal parecía que acababa de enseñarle su equipo djinn y le había encantado.
-No puedes. –los tres se giraron ante Judal, quien se acercaba caminando con el pequeño en brazos.
-Uhh… -Indra tragó duro al verlo ahí. Pillada. Pero para su sorpresa, el magi oscuro continuó ese tema.
-La magia de los magos y los djinns no es compatible. –terminó de llegar a ellos.
-Eso es cierto. –Aladdin aclaró que era verdad, quitándole sin querer hacerlo las esperanzas a la niña. Ah, pero a ella no le importaba demasiado realmente, su magia no se limitaba a sólo un elemento como hacían los djinns.
La pequeña se encogió de hombros, demostrando que no le daba importancia.
-Pronto nos iremos para retomar nuestras cosas. –el rubio habló, dirigiéndose a Judal.
-¡¿Qué?! –Indra se giró de golpe hacia el esgrimista con una cara de horror. Se levantó y le agarró de las ropas con carita suplicante, quedando a la misma altura que él. – ¡Pero yo no quiero! –suficiente ver esto y que fue ella quien le pego las patadas a Judal cuando insultó a Alibaba estando aún en su vientre para saber que su amor platónico era el rubio. Este le acarició la cabecita.
-Volveremos a visitaros.
-Promételo. –insistió. El esgrimista sonrió.
-Lo prometo.
-Lamento romper el romance, pero esa pequeña bastardilla se ha dejado sus obligaciones a medias. –oh, y Judal sabía que a su hija le gustaba Alibaba, y no dudaba nunca en hacer bromas de ello. Obviamente, él no aprobaba eso, así que mejor tomárselo con humor en lugar de cargarse al esgrimista. Se acercó rápido y enganchó a la niña, subiéndola a su hombro como si fuera un saco. –Vais a terminarlas, los dos.
-¡No quiero, es aburrido! –Indra pataleó al mismo tiempo que Shazhad soltó un quejido lastimero. Ninguno quería volver al estudio de magia.
-Tú eres aburrida. –rebatió sin mucho sentido el magi oscuro, comenzando a alejarse con sus hijos.
-¡No, tú eres aburrida!... –se detuvo un poco a pensar que se había equivocado de género por el enfado y porque fue lo que escuchó. -¡Aburrido! –se corrigió.
-Repite eso cuando me veas hacer otra cosa que no sea fastidiarte. –realmente, hacía casi las mismas cosas que ella, sólo que añadía de vez en cuando algunas más… adultas.
-¡Hey, llevo un buen rato buscándoos! –sonó una voz a un lado de ellos, y Judal se giró, viendo acercarse al rey.
-¡Papi! –ambos pequeños lo llamaron al mismo tiempo. Ni cuidado ni nada. La niña se liberó por sorpresa del agarre de su madre y saltó desde esa altura para correr hacia su padre, quien la recibió con los brazos abiertos y la levantó en el aire.
-¿Cómo está mi princesa? ¿Ya terminaste tus cosas? -¿él también? Debía de ser una broma. Ella infló los mofletes en un adorable puchero.
-No…
Oh, bueno. –dejó de alzarla para que se sentara en sus brazos. –No pasa nada, de seguro estabas tomando un pequeño descanso. –Sinbad sí que sabía cómo no hacerles sentir culpables, él ya tenía años de práctica en eso de rehuir obligaciones. Vio cómo Judal se acercaba con un gruñido de desacuerdo.
-A este pasó terminarán siendo igual de irresponsables que tú, idiota.
-A este pasó terminarán llenando su vocabulario de palabras sucias. –rebatió con una sonrisa ladina. Esa clase de discusiones poco importantes se habían hecho típicas para los dos pequeños.
-Está muy alto. –no pudo evitar fijarse en el césped desde arriba. Para ella era mucha distancia desde donde estaba. –Cuando sea grande seré igual de alta que papá.
-Papá es un hombre, será difícil que alcances su altura. –en respuesta a Judal, Indra le sacó la lengua. Y este le devolvió el gesto para chincharla.
-Mami también lo es y no es así de alto. –Shazhad hirió sin querer un poco de su orgullo.
-Calla, niño. –el magi le pellizcó sin fuerza la nariz al chiquillo.
-Su altura es perfecta, no es ni muy bajo ni muy alto. Además, a mí me gusta así. –levantó con la mano libre el mentón del azabache y le dio un tierno beso, provocando caras arrugadas en los dos niños.
-¡Eegh! ¡Besos de adultos, que asco! –la pequeña saltó de los brazos de su padre y tiró de los pies de su hermano, haciendo que cayera también. Lo agarró del brazo y empezó a arrastrarlo. -¡Vamos, enano! ¡Prefiero la tarea antes que ver esto! –se le había pegado la manía de Judal de llamar enano a quien fuera menor que ella.
-¡No soy enano! –se quejó.
-¡Sí lo eres!
-¡Tenemos la misma edad! –el chico se dejaba arrastrar por su hermana hacia el interior del palacio.
-¡Pero yo soy mayor por dos minutos, papá siempre lo dice!
El magi oscuro puso los brazos en jarra, observando junto con Sinbad cómo ambos niños pequeños volvían por propia voluntad a sus cosas.
-¡Já! Siempre funciona. –sí, lo del beso era una estrategia a la que recurrían cuando pasaban esa clase de situaciones. -¿Y tú qué? ¿Terminaste los papeles? –vio con sus ojos carmesí cómo el monarca empezaba a tensarse sin mirarle. Otro igual… Se golpeó la frente con la mano.
-Sólo es una pequeña pausa. –se excusó, encogiendo los hombros con una sonrisa nerviosa.
-Da igual.-el azabache soltó un suspiro, pero volvió a sonreír de nuevo. Se pegó con lentitud al rey y apoyó las manos en su pecho. –Pero debes aprovechar el tiempo, no está bien que lo pierdas sin hacer nada~.
-Y según eso, ¿en qué debería aprovecharlo? –Sinbad utilizó en mismo tonó insinuante, rodeando la cintura del magi. Este se acercó a sus labios y se detuvo a un solo milímetro.
-No lo sé, dímelo tú. –tomó las manos del rey y las apartó, liberándose de ese abrazo y dándose la vuelta, empezando a alejarse con un contoneo atrayente. Y obviamente, el monarca fue tras él y lo tiró tras unos setos.
Sólo ellos dos sabían lo que ocurrió después. Aunque se puede mencionar que "los setos" rieron y gimieron con placer.
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Fin~
Ah, fin para la trama principal, pero no para el fic. Aún queda uno más, pequeñas. Un capítulo extra más, y entonces será cuando dé un agradable aviso. Largo, pero entretenido(?)
