No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Gregory Maguire. Yo solo me divierto un poco.

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Una mañana, temprano, cuando el mundo estaba gris de escarcha, se presentó Emmett con una nota para Tanya.

Ama Coppe estaba agonizando. Tanya y sus compañeras de habitación corrieron a la enfermería. La directora las recibió y las condujo a una alcoba sin ventanas, donde Ama Coppe se agitaba en la cama, hablando con la funda de la almohada.

—No tienes por qué aguantarme —estaba diciendo con expresión salvaje—. Después de todo, ¿qué podría hacer yo por ti? Lo único que hago es aprovecharme de tu buen carácter, apoyando mis rizos grasientos sobre tu tejido fino o mordisqueando tus bordes de encaje. ¡Eres una tonta incurable por permitirlo, de verdad te lo digo! ¡Y no me hables de tu vocación de servicio! ¡Tonterías y nada más que tonterías!

—¡Ama Coppe, ¡Ama Coppe, soy yo! —dijo Tanya—. ¡Escúchame! ¡Soy yo, tu pequeña Tanynya!

Ama Coppe sacudió la cabeza de lado a lado.

—¡Tus protestas son una ofensa a tus antepasados! —prosiguió, hablándole a la funda de la almohada con expresión indignada—. Aquellas plantas de algodón a orillas del lago Restwater no se dejaron cosechar sólo para que tú te tumbes como un felpudo y dejes que cualquier asqueroso te babee encima durante toda la noche. ¡No tiene sentido!

—¡Ama! —lloró Tanya—. ¡Por favor! ¡Estás delirando!

—¡Aja, veo que no tienes nada que responder a eso! —dijo Ama Coppe en tono satisfecho.

—¡Vuelve, ¡Ama, vuelve una sola vez antes de dejarnos!

—¡Válgame Lurlina! ¡Esto es horroroso! —exclamó Nana—. ¡Queridas mías, si alguna vez me veis así, prometedme que me daréis veneno!

—Se está yendo, lo veo —dijo Isabella—. Lo he visto suficientes veces en el País de los Quadlings como para reconocer los síntomas. Tanya, dile lo que tengas que decirle, ¡a prisa!

—Señora Esme, ¿podría dejarnos solas? —pidió Tanya.

—Me quedaré a su lado, señorita, y le brindaré mi apoyo, como es mi deber para con todas mis chicas —dijo la directora, apoyando con determinación sus manos como jamoncitos sobre la cintura.

Pero Isabella y Nana se incorporaron y fueron empujándola fuera de la alcoba y por todo el pasillo, hasta hacerla salir por la puerta, que aseguraron con cerrojo. Nana fue todo el camino cloqueando y repitiendo:

—Es muy amable de su parte, señora directora, pero no hay necesidad. No hay ninguna necesidad.

Tanya aferró la mano de Ama Coppe. Blancas perlas de sudor se estaban formando como agua de patata sobre la frente de la criada, que se debatía para zafarse, aunque su fuerza empezaba a flaquear.

—Ama Coppe, te estás muriendo —dijo Tanya—, y la culpa es mía.

—¡Oh, basta ya! —dijo Isabella.

—Pero es culpa mía —replicó Tanya con fiereza—. Lo es.

—No te lo discuto —dijo Isabella—, pero no quieras ser el centro de atención. ¡Es su muerte y no tu entrevista con el Dios Innominado! ¡Adelante! ¡Haz algo!

Tanya agarró las manos de Ama Coppe, las dos manos, con más fuerza aún.

—¡Voy a traerte de vuelta con magia! —dijo apretando los dientes—. ¡Ama Coppe, vas a hacer lo que yo te diga! ¡Sigo siendo tu patrona y tu superior, y tienes que obedecerme! ¡Ahora escucha este conjuro e intenta comportarte!

El ama rechinó los dientes, puso los ojos en blanco y echó la cabeza hacia atrás, con la barbilla apuntando hacia arriba, como si pretendiera empalar con ella a un invisible demonio que flotara en el aire sobre su cama.

Los ojos de Tanya se cerraron, su mandíbula empezó a moverse y una hebra de sonido, de sílabas incoherentes incluso para sí misma, comenzó a manar de sus labios empalidecidos.

—Espero que no la hagas estallar como al sandwich —murmuró Isabella.

Tanya no le prestó atención. Siguió zumbando y trabajando, balanceándose y jadeando. Los párpados de Ama Coppe se movían tan frenéticamente sobre los ojos cerrados que parecía como si sus órbitas estuvieran engullendo sus propios ojos.

—«Magicordium senssus ovinda clenx» —dijo Tanya en voz alta para terminar—, y si esto no es suficiente, me rindo. No lo conseguiría ni con toda la parafernalia del ritual.

Ama Coppe se desplomó sobre el colchón de paja. De la esquina de cada ojo le manaba un hilillo de sangre, pero el furioso movimiento giratorio de los globos oculares se había detenido.

—Ah, bonita —murmuró—. ¿Entonces estás bien? ¿O ahora estoy muerta?

—Aún no —dijo Tanya—. Sí, querida ama, sí, yo estoy bien. Pero creo que tú nos estás dejando.

—Desde luego que sí. El Viento está aquí, ¿no lo oyes? —dijo Ama Coppe—. No importa. ¡Ah, pero si también Bellis está aquí! Adiós, mis bonitas. Poneos a resguardo del Viento hasta que llegue vuestra hora, o seréis arrastradas en la dirección equivocada.

—Ama Coppe —dijo Tanya—, tengo algo que decirte. Tengo que pedirte perdón…

Pero Isabella se inclinó hacia adelante, interponiéndose en la línea visual del ama, y dijo:

—Antes de que te vayas, Ama Coppe, dinos quién mató al doctor Carlisle.

—Seguro que ya lo sabes —respondió el ama.

—Confírmamelo tú —pidió Isabella.

—Yo lo vi, bueno, casi. Acababa de suceder y el cuchillo todavía estaba allí —dijo, respirando con esfuerzo—; estaba manchado de sangre que aún no había tenido tiempo de secarse.

—¿Qué viste? Es importante.

—Vi el cuchillo en el aire y el Viento que venía a llevarse al doctor Carlisle, vi al autómata que se giraba y el tiempo de la Cabra que se detenía.

—Fue Emmett, ¿verdad? —murmuró Isabella, intentando que la anciana lo dijera con todas las palabras.

—Es lo que estoy diciendo, ¿verdad, bonita? —respondió Ama Coppe.

—¿Y él te vio? ¿Se volvió contra ti? —exclamó Tanya—. ¿Te hizo caer enferma, Ama Coppe?

—Era mi hora de enfermar —contestó ella suavemente—, de modo que no puedo quejarme. Y ésta es mi hora de morir. Deja que así sea. Sólo te pido que me des la mano, cariño.

—Pero la culpa ha sido mía… —empezó Tanya.

—Me hará mejor que guardes silencio, mi dulce Tanynya, mi bonita —dijo Ama Coppe con suavidad, dándole unas palmaditas en la mano a Tanya.

Después cerró los ojos e inspiró y exhaló el aire un par de veces. Por algún motivo, el silencio que todas guardaron les pareció propio de la servidumbre gillikinesa, aunque más tarde no pudieron explicar por qué.

Fuera, la señora Esme iba y venía haciendo crujir las tablas del suelo. Después, creyeron oír un Viento o el eco de un Viento, y Ama Coppe se fue, y la funda de la almohada, rematadamente servil, recibió un pequeño hilo de fluidos humanos de la comisura de su boca abierta.

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