La fuerza del Imperio
Capitulo 26
Hola chicos ya pronto terminare esta historia. Tengo pensado en otra ,pero a un la estoy desarrollando. Un saludo mis queridos lectores y que disfrutéis este nuevo capitulo.
Gracias de nuevo a los que me leéis y me seguís. Un beso enorme.
Estaba desnuda en el centro del lecho. El suave lienzo apenas cubría parte de su cuerpo y él tenía una visión completa de la espalda femenina. La miraba desde su posición, sentado en actitud pensativa. La pelea que habían iniciado había concluido con una entrega total por parte de ella.
Meg se removió inquieta y lo buscó entre los lienzos fríos. Se alzó y se giró hacia él parpadeando para despejar el sueño.
– ¿Qué sucede?– preguntó con voz ronca.
Hércules no hizo ademán de levantarse y ella extendió su mano con una invitación.
– Simplemente me he desvelado– admitió él con un suspiro.
Meg se arrastró hacia el borde del lecho y quedó sentada con las piernas colgando. A continuación, se alzó y caminó hacia Hércules casi desnuda.
– ¿Como podría eliminar de tu rostro las huellas de la preocupación?– pregunto Meg humilde– pero solo conozco un medio para hacer que las olvides. – dijo pensativa.
Hércules no pudo evitar una mueca sarcástica al escucharla.
– No me digas– dijo Hércules con tono de burla.
Meg había superado la distancia que la separaba de él.– Lamento mi comportamiento de ayer noche– reconoció con pesar.
– lo se… y yo– le dijo Hércules con voz baja. Le acarició el rostro con el dorso de los nudillos.– Si confiaras en mí, no tendrías que preocuparte por esos detalles.
– ¡Yo también deseo que creas en mí, Hércules!– le replicó a su vez completamente contrariada.
– Ya lo hago, cariño– respondió Hércules.– Desde nuestra unión, siempre he confiado en ti.
– ¿Y por qué no es esa mi sensación? Te siento que te alejas.
Hércules pensó que ahora debía darle la explicaciones mas difícil de todas.
– Para un hombre como yo, la confianza, la lealtad y la fidelidad son cualidades imprescindibles, mucho más que el deseo físico.
– Entiendo– dijo Meg– ¿Tu me amas, Hércules?
– Si Meg… mas de lo que te puedas imaginar.– respondió este.
– ¿No deseas saber qué me decía Mesalina cuando llegué al hogar y nos sorprendiste?– pregunto de pronto Hércules.
Meg afirmo con la cabeza.
– Desea regresar a Tebas con su hija.
– No hay ningún problema, lo entiendo…– respondió ella.
– Y otra cosa …¿ estoy convencido de que le habrás preguntado sus opiniones al respecto de cómo hacer enloquecer un hombre en el lecho, o no?
Las mejillas de Meg se pusieron rojas como la sangre.
– ¿ Y eso te incomoda?
– Soy un hombre, Meg. La lujuria que despierto en ti halaga mi ego y aumenta mi virilidad, pero nunca me aprovecharía de ello.
– Creía que esa forma de apartarte de mi, era por que te incomodaba. Al final tendría que buscar este anhelo a otro hombre que no fuese tú.– dijo Meg con una carcajada.
– ¿Deseas vivir para alumbrar a mis hijos?
El corazón de Meg saltó dentro de su pecho al ser consciente de la mirada caliente que le dirigió él junto a la pregunta inquisidora.
Hércules la tomó de los hombros y se inclinó hasta casi rozar su frente con la de ella. No le había gustado en absoluto esa broma que ella se preguntara si obtendría el mismo placer con otro hombre.
– Tengo que hacerte una advertencia– A Meg le sonaron esas palabras en particular–; espero nunca enterarme que buscas placer en otro hombre, si no sabrás quien soy.
Meg le mostro una sonrisa picara– Entonces tendrás que mantenerme saciada para que la tentación no acuda a mi lecho.
Hércules se tomó las palabras de ella completamente en serio.
Meg soltó una carcajada al ver la reacción de Hércules – mira que llegas a ser bobo.
Hércules le mostro una media sonrisa, era una mujer insolente, temeraria, pero absolutamente encantadora. La atrajo hacia él de nuevo y la puso a horcajadas sobre sus rodillas.
Las manos femeninas asieron el borde de la túnica masculina y la levantaron hasta dejar la tela arrugada en torno a la cintura de Hércules. Meg se apoyó en los talones y se posicionó mejor.
Hércules contuvo el aliento.
Ella jadeó por el placer que sentía, si bien se mantuvo quieta para saborear el momento y alargar todo lo posible.
– Te amo, Meg– le dijo él en un murmullo apenas perceptible.
– Y yo a ti, mi héroe– le correspondió con voz irregular.
Los dos comenzaron una danza y Meg lo guiaba a la cima del placer, donde únicamente ella sabía llevarlo.
...
Cayo Julio César miraba a Hércules con ojos entrecerrados.
El prefecto Lavio se mantenía a una distancia prudente por expreso deseo del emperador, que le había concedido a su general la merced de una audiencia en privado. Hércules le estaba relatando la conspiración que había descubierto en la curia y el hombre que la lideraba. También, las órdenes que había impartido para vigilar al senador Gelio Tito.
– Me sorprende que no lo sospechara– le dijo de pronto al emperador.
Julio César comenzó a caminar con el rostro inclinado hacia el suelo y las manos entrelazadas en la espalda. Hércules miró al prefecto, que le sostuvo la mirada con insolencia; sin embargo, no logró amilanarlo.
Los pasos del emperador cesaron de pronto.
– Es una acusación grave, ¿quién lo apoyan?– le preguntó con voz determinante.
– El senador Yolao y el legionario Triciptin.
El emperador lo miró en parte asombrado, en parte escéptico.
– De modo que el senador Yolao finalmente sí contactó contigo en Tebas– le espetó el emperador.
Hércules negó varias veces con la cabeza.
– Lo mantuve preso en Gallia cuando vino a solicitar mi ayuda. Escapó por fortuna de la muerte. Supe lo que tenía que hacer mientras trataba de llegar al fondo de este asunto.– el emperador miraba a Hércules de forma fija, intimidamente.– Desde el comienzo sospeché que algo extraño ocurría en la curia.– Hércules tomó aire antes de continuar su explicación– Lamento profundamente la indisciplina que mostré y por ello aceptaré el castigo que merece mi oposición a sus órdenes.
– ¿Te pidió ayuda el senador Yolao para salvar su vida?– pregunto Julio César muy interesado en la respuesta.
– Pidió ayuda para sus hermanas– Hércules comenzó a relatar los horrores que había sufrido Calíope a manos de los Sempronio así como el salvaje asesinato de Creonte y Eurídice. Hércules no se dejó nada.
– Desobedeciste una orden directa del emperador– lo acusó Lavio interviniendo en la conversación por primera vez– Y eso se llama traición.
La mano alzada del emperador silenció la posible respuesta de Hércules.
– Si el senador Yolao hubiera muerto, se habría cometido una tremenda injusticia. Difícilmente podríamos llegar a la verdad de esta conspiración.
– No debemos descartar la posibilidad de que haya urdido esta mentira de la conspiración para salvar su vida y obtener la ayuda de un hombre con recursos– apostilló el prefecto.
Hércules sujetó la gálea en su mano con más fuerza para controlar el impulso que sentía de golpearlo. Varias personas inocentes habían muerto. Y Lavio le preocupaba la orden que él había ignorado. Por ese motivo no pudo callarse la réplica, y aunque no la dirigió al prefecto, siguió mirando al emperador.
– Sin el apoyo de los senadores Yolao, Tiberio Lepido, Emilanio Ticio, y Gelio Tito ¿cómo lograría sacar adelante sus reformas para las nuevas provincias?—El emperador, miró a Hércules de forma penetrante , analizando cada palabra que le decía– Qué se votaba en la curia antes de suceder los asesinatos?– Lavio avanzó un paso hacia donde se encontraba Hércules y el emperador.
– Yo se lo diré: construir un mapa del imperio y un censo para toda la población incluyendo las nuevas provincias– Julio César soltó el aliento comprendiendo al fin.
– Los senadores más conservadores se oponían a sus planes porque veían las nuevas provincias como una forma de obtener oro para enriquecer el Imperio.
– Siempre me pregunté por qué motivo el senador Ulpio se negaba en cada votación arrastrando con él a un gran número de senadores– reconoció el emperador. –Varios senadores piensan que Roma invierte demasiados ases de oro en construir caminos, canales de riego y acueductos en territorios conquistados. Están convencidos de que terminarán por hundir la riqueza de Roma. Sin embargo, difiero de esa opinión– expresó el emperador.
Hércules lo miró son un parpadeo.
– Y el senador Ulpio es uno de ellos, ¿verdad?– preguntó Hércules con voz inquisidora– El senador ideó la forma para controlar sus decisiones– continuó impasible– y para ello tenía que eliminar el apoyo que recibía. Dejarlo solo frente a los conservadores.
– ¿Has podido hablar con el legionario Triciptin?– le preguntó el emperador con voz inflexible. Hércules afirmó con rotundidad.
– También con Yolao y con el senador Gelio Tito. Los dos corroborarán mis sospechas– Julio César inspiró profundamente– El legionario Triciptin le demostrará la cospiración hecha realidad– El emperador comenzó de nuevo a pasear frente al general, como si necesitara la actividad para tomar decisiones.– El centurión Lucius Quintus le pagó cincuenta monedas de plata. El dinero manchado de sangre procedía de las arcas del senador Ulpio.
Julio César entrecerró los ojos. ¡Había tenido las conspiraciones ante sus narices!
– Convocaré a la curia– afirmo el emperador con pesar– Asegúrate de que los senadores Yolao y Gelio se mantienen en sus declaraciones– Julio César tomó aire antes de continuar– Vigila que no le ocurra nada al legionario Triciptin hasta que comience el juicio. Te entrego la seguridad sobre su vida.
– Yo puedo ocuparme de proteger al legionario– aseveró el prefecto Lavio.
El emperador lo miró con los ojos entrecerrados.
– Si confiara en el juicio que has mostrado sobre este asunto, hace tiempo que Yolao habría sido injustamente ejecutado y un conspirador seguiría maquinando a mis espaldas.
– Es mi deseo arrestar al centurión Lucius Quintus– se ofreció Hércules, pero el emperador negó con la cabeza.
– El prefecto se encargará de apresar y retener bajo custodia al centurión hasta que se celebre el juicio sobre su padre Ulpio– afirmo el emperador.
Julio César había dado la reunión por finalizar; no obstante, Hércules no había terminado todavía. Tenía que plantear una ultima cuestión.
– Necesito viajar a Barcino – El emperador lo miró atónito. Hércules no podía regresar a Tebas, sin antes encontrar al niño– Me han informado que el sobrino de mi esposa fue comprado por el cónsul Elio Vocelino, que reside allí con su esposa.– Resultaba un gran inconveniente que hubiese sido comprado por un cónsul, pero él estaba decidido a recuperarlo sin importar que tuviese que marchar él mismo hasta allí para traerlo de vuelta. – Cuando se demuestre la inocencia del senador Yolao, confió que recupere la ciudadanía romana igual que su hermana. Es lo justo.
El emperador podría ordenar que lo azotaran por esas palabras insolentes; sin embargo, Hércules había realizado un trabajo excepcional.
Julio César afirmó apenas con un gesto.
– Serán de nuevo ciudadanos romanos– respondió el emperador con voz marcial– Soy consciente de que se cometió con la familia de Creonte un error imperdonable, por lo que estoy dispuesto a corregirlo.
Julio César miró al prefecto sin apenas parpadear antes de darle una orden irrevocable.
– Ocúpate de traer al niño sano y salvo y de entregárselo a su madre, Calíope.
A continuación, el emperador salió por la puerta con la cabeza en alto y los hombros firmes.
