La Partida del Maestro de la Muerte
III
Lessa Dragonlady
"Septiembre 2022"
Despierto. Fue la pesadilla recurrente: mi hogar consumido por el fuego maldito. Casi un año sin ese recuerdo. Supongo que jamás lograré apartarlo de mi cabeza. Me giro para abrazar a Hermione. No está. Su lado de la cama se siente frío bajo mis dedos. Sonrío, demasiado enamorado para que me importen esas manías que la controlan la mayor parte del tiempo. Ella no duerme, es parte de su personalidad, de su magia.
Me siento en la cama, parpadeando para terminar de apartar el sueño. El cuarto está en penumbra. La ventana redonda que da al Támesis deja pasar el viento otoñal. Del otro lado del cuarto, donde Hermione colocó seis hechizos de expansión, la luz celeste del laboratorio delata qué está haciendo mi novia.
Arrastro mis pies por el suelo de madera, apreciando la calidad y el esmero con que fue colocado cada tablón. No me molesto en ponerme una bata. Entro al laboratorio: un pentágono de titanio, cuyas superficies reflejan al infinito mesas, calderos y experimentos, como una impoluta casa de los espejos. Hermione está en medio, su lugar preferido para ponderar(palabra exacta que siempre utiliza).
La veo perdida en sus cavilaciones, ajena a mi presencia. Trae puesta la túnica/bata verde esmeralda, hecha de escamas de dragón. Debajo, alcanzo a distinguir su camisón negro para dormir. Sus piernas desnudas me seducen. El cabello, como de costumbre, es un desastre bajando por su espalda. Los ojos mieles brillan sobre la figura (mitad engranajes, mitad magia sólida) que flota frente a ella. Su última invención.
Permanecemos ahí, en silencio. Finalmente, una hora después, se rinde. El aparato mágico cae muerto al piso. Hermione echa un bufido de exasperación y se gira directo hacia mí.
—¿Te desperté? —pregunta sorprendida— ¿Cuánto llevas ahí parado?
Me encojo de hombros —Un par de minutos.
Se cruza de brazos, resaltando su pecho expuesto bajo el escote de encaje —Mentiroso.
Me le acerco y de un movimiento ya la tengo cargada contra mi pecho. Nos besamos enseguida. Busco a tientas una de las mesas para colocarla ahí. Las paredes me engañan, juegan con mi mente con sus replicaciones infinitas. Ella ríe bajo mis labios.
—¡Allá! —gime hacia una esquina del pentágono.
La monto en la mesa y me subo sobre ella. Escucho un montón de cosas caer al piso. Hermione enreda sus piernas en mi cadera.
—Me encanta cómo te ves con ese camisón y la bata puesta —susurro contra su cuello.
—Lo sé.
Vuelvo a besarla mientras meto mis manos entre sus piernas. De pronto la siento tensarse.
—¿Qué pasa?
—Hay alguien en la puerta —responde, preocupada.
Miro hacia la puerta del laboratorio. Luego comprendo que se refiere a la de la casa.
—¿Será la señora Boyle?
Hermione gira los ojos —¡Ella tiene llaves de su propia casa! Además, los muggles no activan mis escudos. Debe ser un mago o una bruja.
Asiento —Voy por mi varita.
—Y vístete.
Cierto, estoy desnudo.
Bajamos sin hacer ruido hacia el recibidor. Aprovecho para mirar la casa, ya que Hermione no me había permitido merodear antes. Los muebles viejos y los cuadros de arte aburrido van muy acorde a los dueños de la casa, el matrimonio Boyle. Hay decenas de objetos curiosos repartidos por doquier. Me llama la atención un teléfono colgado en el pasillo, ¡de la prehistoria!
—La casa es bonita —digo en la oscuridad.
Hermione mira con adoración el lugar —¿Verdad? Fue una suerte que rentaran la habitación disponible. Sólo tuve que hacer pequeñas modificaciones para meter mi laboratorio también, pero valió la pena.
—Pequeñas —repito sarcástico—. Eso es hechicería de primer nivel, Berkley.
Levanta el pecho, orgullosa —Quizá…
Tengo que arrancar la mirada de su pecho antes de abrir la puerta.
Es un Auror.
—Oh, no —digo, poniéndome entre mi novia y el chiquillo de túnica roja. Parece recién reclutado—. No se la pueden llevar. No ha infringido ninguna ley… últimamente.
Hermione me echa una mirada ofendida.
El Auror tiene el tino de sonrojarse —Lo… lo lamento. Instrucciones del Capitán Parson.
—Pero estábamos a punto de hacer el amor —explico muy serio.
Hermione me da un pequeño golpe en las costillas —Déjalo en paz. Si lo mandó Parson, debe ser importante. ¿Qué sucede, Auror…?
—Auror Darren —se presenta, casi sudando de los nervios… ¿o ya venía sudando? Observo su túnica, tiene el cuello empapado—. Por órdenes del Wizengamot debo escoltarla inmediatamente con el Capitán Parson. Aquí está el traslador.
Mi sonrisa desaparece —¿El Wizengamot? ¡Llamaré a Scor…!
Hermione apunta con su varita al Auror —No me pueden arrestar de nuevosin evidencia.
—No es un arresto —se apresura a explicar el chico—. Es… una invitación —ni él está conforme con la palabra—. Es una emergencia, Hechicera Granger–Berkley. Solicitamos su presencia como asesora. De inmediato —repite, desesperado.
Intento no demostrar mi nerviosismo. Esto nunca acaba bien. Miro a Hermione tomar la decisión en segundos. Ella me agarra la mano antes de despedirse.
—Intenta llegar a la reunión en casa de Ted —le digo triste.
—Lo prometo, Wyatt —me sonríe cariñosa.
Siento el corazón golpearme el pecho cuando desaparece junto al Auror.
La noche en Londres se siente fría sin ella.
. . .
El traslador fue tan desagradable como esperé. Al pisar suelo observo el panorama de tierra amarilla. La fauna es corta, ocasional, se extiende entre naranja y verdosa hacia el horizonte. No hay árboles. Un paisaje desértico. Mis pulmones se inflan de aire caliente. Duele.
—Estamos en el Congo —dice el joven Auror que me escoltó desde Londres. En su frente se escurren gotas de sudor.
Pienso en el frescor de las colinas de St. Otterpot. Fui privilegiada de crecer en un lugar así.
—¿Cuál es la emergencia? —pregunto ansiosa.
Una inesperada corriente de aire me quema el rostro. Mi cabello se revuelve hacia el sur y partículas de polvo entorpecen mi visión. Durante un par de segundos todo es vaporoso y asfixiante.
—Sólo el Capitán tiene autorizado informarle del caso, Hechicera Granger–Berkley.
Remiro enfurecida al pobre Auror —¡No tienen derecho de arrastrarme hasta África sin explicaciones!
—¡Capitán! —grita el chico, corriendo lejos. Un buen intento para evitar mi cólera.
Persigo al Auror, haciendo como que no me doy cuenta de que la mitad de la fuerza de seguridad mágica está reunida aquí. Es un campamento para cien personas, por lo menos. ¿Qué hace el ministerio inglés en el territorio de una república libre?
Recibo miradas curiosas. Alguien me reconoce. Enseguida todos tienen mi sobrenombre en sus bocas. Aprieto la bata contra mi pecho.
Distingo a Thomas Parson, el Capitán de Aurores, frente a una de las casas de campaña más grandes. Está recargado en una mesa, revisando una esfera brillante. Casi puedo ver sus orejas vibrar por los murmullos que desperté en el campamento. Alza los ojos ambarinos, mezcla de peligro y rectitud, hacia mí. Su sonrisa me recuerda a Ted. Eso me tranquiliza de golpe.
—Bienvenida, Hechicera.
—Capitán Parson —respondo sin ocultar mi indignación—. ¿No tiene calor así vestido?
Trae una gabardina gris y un sombrero de gángster. Cualquiera parecería ridículo en esta época con esa ropa, pero él luce competente y masculino. Sé, además, de su reputación. Un mago de temer si no cumples con la ley… Por eso nuestra enemistad, pese a la enorme cantidad de cosas que tenemos en común.
—No.
Su respuesta lacónica casi me hace sonreír.
—Explique por qué decidió mandarme secuestrar, si no es mucha molestia.
—Impaciente, tal como la recuerdo, Hechicera.
—Hermione—corrijo, harta—. O Granger–Berkley, en caso de que tema pronunciar mi nombre de pila.
—Le temo a poco en el universo. Y no la mandé a secuestrar. Fue traída por uno de mis mejores hombres… —le echo una mirada cortante al chico que sigue sudando, escondido detrás de Parson. Al notar mi atención, brinca— …como consultora externa. Haga favor de firmar esos pergaminos.
—No firmaré sin mi abogado…
—El señor Malfoy jamás pisará este lugar, Granger–Berkley.
—Scorpius sería capaz de comprareste lugar con tal de evitar que firme cualquier cosa que usted quiera, Parson. ¡No olvido las cuatro noches que me tuvo encarcelada!
Thomas infla el pecho, satisfecho de sus actos —Como sea. Es un simple compromiso de privacidad. Evitará que revele algo de lo que vea aquí con personas no autorizadas.
Agarro los pergaminos, verificando sus palabras.
—Si no supiera que usted es incapaz de faltar a la ley, Parson —digo mientras firmo cada uno de los pergaminos—, no me arriesgaría sin probarlo con magia. Pero ya picó mi curiosidad, así que… —termino de garabatear mi nombre, la tinta brilla—, ¿cuál es el misterio?
Parson le entrega los pergaminos a uno de sus hombres. Sin dejar ir un segundo, me señala que lo siga. Cruzamos el campamento, en dirección al único monte que se ve a lo lejos. La fuerza del amanecer me confunde por las olas que crea en la atmósfera, con cada paso me doy cuenta que no se trata de un monte: es un volcán.
—Debo aparecernos en la zona de exposición —dice apresurado—. Te conjuraré un casco burbuja porque el aire no es…
Hago el hechizo con un movimiento de mi muñeca. Parson se sorprende.
—¿Magia sin varita?
—Algo así —respondo dentro de la burbuja.
El Capitán no insiste, crea su propio casco y me toma del brazo. Al siguiente segundo estamos en otro lugar.
La imagen es desoladora. Tierra quemada y húmeda se extiende como un anillo alrededor del lago burbujeante. La poca vegetación está frita y torcida. El aire es muy pesado, no en sentido metafórico. Se siente… muerto.
—Una erupción límnica —digo impresionada.
—¿Cómo lo supiste?
Ignoro su pregunta. Es obvio. La emoción de estar frente a un fenómeno natural, cuyo registro no pasa de tres eventos en la historia de la humanidad, me supera. Quiero llorar porque sé el nivel de devastación que causa una erupción límnica, sé cuántos poblados y ciudades están cerca de aquí, sé… la muerte que estoy presenciando.
—¿Hermione? ¿Estás bien?
—Thomas —digo a punto de soltar el primer sollozo—, ¿por qué me trajiste? Esto es un desastre natural. ¿Qué haces investigándolo?
—Estoy abrumado por tu conocimiento —dice antes de tomarme de los hombros y obligarme a darle la espalda al lago, como si eso solucionara todo—. ¿Cuántas personas saben lo que es una erupción límnica? ¿Cuántas podrían reconocerla al primer vistazo?
—No me halagues. Responde lo que te dije.
Si continúo con esto sería la quinta vez que Thomas Parson y yo trabajamos juntos. Con cada caso nos hemos vuelto una extraña mezcla de amigos y enemigos. La primera vez que me buscó fue porque el DSM no podía descifrar un diario decomisado, perteneciente a un mago tenebroso en potencia. Me encargué de decodificarlo en cuatro meses. Al final del caso le pregunté por qué me había elegido como consultora, habiendo tantos intérpretes, lingüistas y demás especialistas. Porque estás luchando por mí. En esa época estaba librando un juicio contra la discriminación a licántropos. Lo hice por la reminiscencia de Remus Lupin, que veía diario en Ted. Scorpius me ayudó durante el proceso, recién graduado de Derecho en Cambridge. Sin saberlo, por fin le abrí la oportunidad a Thomas de exigir el puesto que le correspondía. La Ley Aequitas Anthropos validó su postulación para la capitanía. Eso y el "accidente" de Susan.
Thomas está obsesionado con la rectitud, la justicia absoluta, el "bien" y el "mal". Una ideología que yo hubiera compartido con él en mi primera vida. Esta vez, empero, no concuerdo con esa visión radical. En el mundo hay millones de tonalidades entre el blanco y el negro. Simplemente creer, para empezar, que sólo existe blancoy negroya resulta irritante para mí.
Así es Thomas.
Como Capitán de Aurores es un beneficio contar con esa inquebrantable claridad ética… como amigo es insufrible. En especial si él sospecha que estás quebrando las leyes universales. A lo cual, irónicamente, me dedico con pasión.
—Hermione, te comportas como una niña. Deja de llorar. Necesito que te pongas en modo científica loca. Esto es serio.
Asiento. Aunque no es fácil ignorar las emociones para trabajar de manera "objetiva", en este caso es la mejor alternativa.
Me giro hacia el lago. Con un movimiento de la muñeca creo un vuelapluma que registra cada una de mis palabras. Describo las plantas, la temperatura, la latitud y altitud del lago, el tipo de tierra, la coloración anormal entre las piedras. Con varios hechizos detecto la toxicidad en el aire: el nivel de dióxido de carbono es crítico e inestable. El lago debió liberar más de 80 millones de metros cúbicos de CO2al ambiente. La espuma del agua es mortalmente tóxica al tacto.
Thomas permanece alejado de lago, viéndome trabajar. Está esperando una reacción específica… ¿por qué?
Cuidadosa de no crear una reacción química que nos vuele aquí mismo, uso magia para levantar un puente sobre el lago. El agua está verde—plateada. Al caminar por encima del centro del lago me detengo. Hay algo turbio en el fondo, justo debajo de mí. Dejo de hablar y el vuelapluma se frena.
—¡Cuidado! —grita Thomas al ver que me asomo fuera del puente.
—¡Necesito ver qué hay ahí! —digo molesta por la interrupción.
Las ondas del agua confunden el reflejo dorado. Es rectangular, no parece tener mucha profundidad. Parece una placa de oro.
¿Será…?
Imposible.
Me echo para atrás, asustada. Un torbellino de recuerdos me asalta. Alquimia. Ouroboros. Sacrificios humanos. Eres el amor de mi vida.
—¡Hermione!
De alguna manera Thomas ya está a mi lado. Siento su respiración sobre mi frente húmeda. Sus brazos me sostienen.
—Estoy bien, estoy bien —repito para calmarlo.
—Casi te desmayas. Dejaste de responderme. Creí que… no sé, fue como si te desconectaras del mundo por un momento.
—Tenemos que drenar el lago. Necesitan traer expertos muggles, así como magos rompemaldiciones. No es mi área de especialidad lidiar con el agua corrupta de lago, pero estaré disponible en cuanto pueda acercarme a… a la puerta.
—¿Eso es? ¿Una puerta? ¿A dónde lleva? ¿Qué más sabes?
—Esa manía de encadenar preguntas, Parson —me quito sus brazos de encima. Parson por fin cae en cuenta de mi atuendo, sus ojos detenidos un segundo en pecho antes de sonrojarse y casi brincar un metro lejos de mí.
No me avergüenza. ¡Es su culpa por sacarme de mi casa a media noche!
—¡Hay muchas cosas en juego, Granger–Berkley! —reclama, cuando se recupera. Siempre olvida que soy una mujer. Comienza a seguirme.
Yo no paro de caminar. Debo alejarme de aquí —¿Ah, sí? ¿Me vas a explicar qué hace involucrado el gobierno inglés en esto? ¡Estamos en África!
—Está fuera de mi jurisdicción informarte sobre eso.
—Y aún así te atreves a pedirme ayuda. Sabes que odio no contar con toda la información.
—Sé que odias más no involucrarte en casos extraordinarios.
Nos detenemos. Frente a Thomas, tan grueso e imponente, recuerdo por qué es el Capitán de Aurores.
—¿Cómo sabías que el caso es extraordinario?
—No puedo decírtelo.
—Thomas…
—¿Contaré contigo para resolverlo?
Giro los ojos —¡Sabes que sí! No me molestes hasta que se deshagan del agua. ¡Y cuando me requieras evita enviar a uno de tus Aurores neófitos a secuestrarme!
Me sonríe. Así siempre sellamos nuestras colaboraciones profesionales.
. . .
Exijo que me regresen directo a St. Otterpot. Procuro no hacerme notar mientras me cuelo a mi vieja recámara. Necesito encontrar unos diarios que dejé aquí hace ocho años. Revuelvo baúles y ropa, todo está desordenado: libros, pergaminos y experimentos fallidos que cubren lo que es… ¿un piso alfombrado? Por Merlín, ni siquiera recuerdo cómo es mi piso. Olvido todo al descubrir un pequeño motor de combustión mágica que está en la esquina del cuarto, junto a dos calcetines y un caldero derretido.
—¡Oh, creí que te había perdido! —exclamo, acariciando al aparato.
Aprovecho para ponerme ropa decente. En una de las sillas hay una blusa que tiene una nutria dibujada en el pecho. Creo que Abbie me la regaló cuando cumplí veinte años. Pesco un pantalón, abandonado junto a la cama, tirando al piso docenas de sickles que estaban en su bolsillo.
De pronto localizo el montón de diarios que necesitaba. Con un movimiento de la muñeca los hago pequeños y los guardo en mi bata. Misión cumplida.
Apenas está saliendo el sol, pero eso en la granja quiere decir que todos llevan despiertos un par de horas. Decido saludar a mamá Berkley.
Bajo corriendo las escaleras. En la pared del costado hay fotografías muggles de mis hermanos y yo, una afición que mamá Berkley tomó cuando papá Granger le regaló una cámara. Me detengo frente a mi cuadro favorito: estamos Francis, Michael y yo sonriendo frente a las puertas de Hogwarts. Fue el día de mi graduación, hace ocho años. En la fotografía no se nota el sufrimiento que en realidad sentía, después del rechazo de… Por suerte mis hermanos, mis dos familias y mis mejores amigos estuvieron ahí.
Con delicadeza recorro la forma del rostro de Francis, extrañándolo con locura. Lleva tres años encerrado en el Departamento de Misterios, sin poder informarnos sobre su vida. De no ser por Sue, ni siquiera sabríamos que sigue vivo. Francis está preparándose para ser un Inefable del Milenio. Estoy orgullosísima de él, pero su ausencia en mi vida ha resultado brutal. ¿Cuánto falta para que se gradúe y pueda vernos?
—Yo también lo extraño todos los días.
La voz de mi madre me hace brincar. Está parada en el marco de la cocina, viéndome con cariño. Trae el mandil sucio de harina y los zapatos viejos que más le gustan.
—Hola, ¿ya desayunaste? —digo avanzando hacia el comedor. Aún están los platos sucios de Michael y Prim en la mesa.
Ella se encoge de hombros —Queso y café. Puedo hacer algo más para acompañarte.
Por costumbre miro hacia la ventana. Desde aquí se aprecian los sembradíos que Michael exitosamente logró ampliar. Hay gente trabajando en cada sección, con maquinaria que yo inventé para reducir tiempos y costos. Supongo que en alguna parte deben estar mi hermano y cuñada, supervisando la instalación de los tres nuevos molinos. Es increíble que ahora seamos una de las familias más acaudaladas de St. Otterpot.
—¿A qué viniste? —pregunta mamá, poniendo un plato frente a mí.
—Por unos diarios.
—¿Creí que te llevaste todas tus cosas al laboratorio en casa de los Boyle?
Siento el ligero reclamo en su voz. No está feliz de que haya decidido permanecer lejos de St. Otterpot.
—Yo también lo creí. Fue más complicado el proceso de lo que planeé. Adoro vivir en Londres, y la casa de los Boyle es perfecta, pero extraño un poco mi laboratorio clandestino.
—Por el que te mandaron a Azkaban.
—Fue una excelente oportunidad para estudiar a los dementores —disimulo un escalofrío. ¡Maldito Parson!—. Y poner a prueba mi patronus.
Cuatro noches con un thestral plateado a mi lado. Sin dormir. Sin perder la concentración.
—Los peores cinco días de la vida de todos tus padres —gruñe mamá, por fin sentándose frente a mí. Sirve el té.
Procuro no decir que los peores días de los Granger fueron cuando yo morí; sigue siendo tema delicado, pese a todo.
—Hoy es primero de septiembre —digo para cambiar el tema—. Supongo que los Wallace fueron a dejar a su hijo a King Cross...
Nos sumimos en el chisme casual del pueblo. Dejo que mamá Berkley hable sin cesar. Mientras coloco la mantequilla en el pan fresco, pienso en la puerta dorada sumergida en el lago corrupto. ¿Qué hace el gobierno inglés involucrado en el Congo? Si la situación ya es internacional…
—¿Qué sucede, hija? ¿Pasó algo malo? ¿Wyatt y tú pelearon?
Niego, intentando sonreír —Él y yo estamos bien. Sólo estoy preocupada por una cosa de mi trabajo. ¿Tienes el periódico de hoy?
—Sí, pero no creo que sea buena idea…
Con un hechizo silencioso invoco El Profeta. En cuanto mis manos lo reciben, me arrepiento: El Salvador se mantiene invicto en Torneo Mundial de Duelo. La foto es perfecta. Él se ve perfecto. Sin poderme contener, leo la crónica de los duelos finales. La descripción de los hechizos es bastante buena. No me sorprende el ingenio su para enlazar semejante mezcla de encantamientos. Cada año mejora; es casi aterrador. Imagino la posibilidad de combatir contra él. ¿Aún lo conozco lo suficiente para derrotarlo? Con esa varita, seguro no. Pero con mis nuevas habilidades, quizá tendría una oportunidad. Sin embargo, exhibir de esa forma tan ridícula mi magia, me llevaría directo a Azkaban ¡de nuevo!
Maldito Parson.
Aviento el periódico lejos de mí. Mamá Berkley no hace comentarios; ella sigue sin creer que entre el Salvador y yo hubo algo. Ni en esta ni en mi antigua vida. Seguimos hablando de cosas sin trascendencia. Al terminar el desayuno, nos despedimos. Me marcho a Londres.
. . .
Los señores Owen gritan cuando me materializo en el pequeño jardín de su hogar. Saludo apenada por la sorpresa y pregunto por Abbie.
—Está en su cuarto —responde la señora Owen, regresando a su tarea de plantar más flores en el perímetro de la cerca.
—¿Te quedarás a comer, Hermione? —me alcanza a decir el señor Owen antes de que corriera dentro de la casa.
—¡Sí, gracias!
Abbie me abre la puerta de su cuarto como si me hubiera sentido llegar. Nos abrazamos enseguida, hablando al mismo tiempo: cómo estás, te fuiste casi dos semanas, tus papás deben estar hartos de mí, te adoran, tengo tanto qué contarte, yo también, cómo están los Berkley, igual que siempre, te extrañé, te extrañé.
Nos sentamos en su cama. Observo las cajas arrinconadas en la esquina y los rectángulos decolorados en el tapiz donde antes colgaban portarretratos. Huele a plástico y polvo. Su colchón ya no tiene sábanas. El clóset está vacío.
—No me lo digas de nuevo —murmura con los ojos negros puestos en su regazo.
—Justo estaba por hacerlo —sonreí resignada—. Pero de acuerdo… no lo diré de nuevo. Te apoyo. Esta es una gran decisión. Estoy contigo.
—No suenas para nada sincera —gruñe golpeando su hombro con el mío.
Alzo las manos en señal de paz —Te amo y siempre estaré contigo, pase lo que pase.
—Eso suena mejor. Gracias. ¿Me ayudas a terminar de empacar? Tengo ropa que no he usado en siglos, pero que no estoy segura si desecharla.
Nos dedicamos a eso la siguiente hora. Hicimos una caja de "innecesario sin valor sentimental" y otra de "demasiados recuerdos para tirarlo". Al separar la ropa, compartimos una mirada antes de echarla en una de las cajas.
—¿Sabes a qué hora nos espera Ted? —pregunto mientras reviso el cierre de un vestido— Reparo.
—A las ocho. El otro día salí con Victoire. Fuimos por un café. Dice que Ted está en otra fase. Creo que ahora es… ¿barro?
Giro los ojos. Ted se dedica al arte plástico. No tendría ninguna objeción al respecto sino fuera por su falta de constancia y disciplina. Honestamente, el talento le sobra, podría llegar muy lejos…
—Victoire quiere que hables con él.
La miro incrédula —¿Yo?
—Sabes que sólo te escucha a ti cuando se pone así.
—A mí y a… —su nombre muere en mi boca, como siempre. Agito la cabeza, alejando ese pensamiento— No soy su mamá.
—No. Eres su mejor amiga/madrina, ¡lo sabes, no me mires así!
Tiro un jersey de Cambridge a la caja especial. Abbie decidió estudiar en la misma universidad que yo con tal de seguir juntas. Se especializó en literatura inglesa, yo en ingeniería mecatrónica. Agarro la siguiente prenda para analizar y respondo.
—Lo haré.
—Buena chica.
Le saco la lengua.
Pienso en el desorden que es mi vida, pese a sus "éxitos" académicos y laborales. ¿Realmente soy la indicada para dar un discurso sobre acción productiva? Últimamente me siento tan perdida. La mudanza de Abbie no está haciendo algo para aligerar esa sensación. Vivimos juntas en Cambridge durante la carrera, aprovechando nuestra magia para visitar a nuestras familias cuando quisiéramos. Esos cinco años fueron maravillosos. Compartir con ella ese pequeño departamento en el campus me ayudó a superar la depresión que Har… Sin Abbie no sé qué hubiera hecho. Tras la graduación ella regresó a casa de sus padres. La relación entre ellos mejoró sustancialmente cuando les informó que haría una carrera muggle, y parecía que ese era la última oportunidad que tendrían de volver a disfrutarse como familia, antes de que Abbie decidiera hacer su vida. Yo pensé que lo lógico sería que ella volviera conmigo. Porque pertenecemos juntas. Por eso decidí no rentar un departamento. Ahora, en cambio… Por suerte conocí a los Boyle.
—Por Merlín, haces una cara de dolor increíble —dice Abbie revisando una blusa—. Sabes que podrás quedarte todas las noches que quieras en mi casa. Algunas hasta dormiremos juntas. Estoy segura que Ilhan no se quejará.
—De alguna manera siento que no será lo mismo —respondo sin dejar de jugar con el listón de un vestido—. Prácticamente serás una mujer casada. No quiero interrumpir alguna noche en la que ustedes quieran ponerse románticos.
Abbie hace una mueca de asco —¿Mujer casada?
—Vivirás con tu novio.
—Eso no me vuelve su esposa.
—Lo dices como si un papel hiciera diferencia. Ya ves Ted y Victoire. Se mudaron juntos cuando ella salió de Hogwarts, y siguen sin casarse, pero ya son como un matrimonio de viejitos. ¡Tienen pantuflas que combinan! Y séque también batas de baño, aunque Teddy lo niegue.
Abbie suelta una carcajada —Claro que las tienen.
—Por cierto, ¿sabes algo de Scor?
—Lo último que supe de él es que Mary–Lynn sigue sin despegársele. Ella está segura de que lo convencerá de casarse.
—Lo dudo. Draco nunca la aprobaría. Y Scor no está interesado en ese plan de vida.
—Además, Mary–Lynn te odia.
—Igual que todas las novias de Scor. Nada nuevo. Oye… —extiendo frente a nosotras un suéter de franela color azul, remendado de los codos— ¿no es de mi hermano?
Abbie toma la tela suave entre sus manos. Parece confundida —Sí… lo traía puesto esa noche… —me mira apenada— Cuando vino a despedirse de mí.
Asiento —Antes de entrar al programa de Inefables del Milenio.
Me costó mucho trabajo aceptar que Francis gastó sus últimas horas libres en venir a hablar con Abbie, en vez de pasarlas con su familia. Todos sabíamos que en cualquier momento le llamarían del Ministerio para que iniciara el programa, así que planeamos una fiesta de despedida. Sin embargo, adelantaron su llamado un par de días, arruinando el plan. Francis apenas se dio oportunidad de ir por algunas cosas a St. Otterpot antes de partir. Un día después Abbie me contó que en realidad esa última noche estuvo con ella.
Es extraño saber que mi mejor amiga y uno de mis hermanos tuvieron sexo. Es más extraño saber que Francis la amó profundamente por eso, y que para Abbie sólo significó una bonita despedida al coqueteo de largos años que tenían.
—¿Te la quieres quedar? —pregunto, pensando en Ilhan.
Ella responde poniendo el suéter en la caja de valor sentimental.
—¡Niñas, es hora de comer! —escuchamos el grito de la señora Owen.
Abbie gira los ojos —¡Tenemos veinticinco años! ¡Ya no somos unas niñas! ¡Estoy a punto de mudarme con mi novio!
Suelto una carcajada cuando la señora Owen responde que entonces hagamos nuestra propia comida. Voy detrás de Abbie hacia el comedor, escuchando su respuesta llena de humor ácido. Mi mejor amiga y su madre me pueden entretener durante horas con ese tipo de discusiones. Al sentarme en la mesa intercambio una mirada resignada con el señor Owen, quien desarrolló una inmunidad envidiable para esos casos. La comida consta de chuletas de cordero, el platillo favorito de Abbie, y así por fin tengo que aceptarlo: incluso sus padres saben que esa noche ella ya no dormirá en esta casa.
Mi mejor amiga se va. Con su novio. A iniciar otra etapa de su vida.
. . .
Al atardecer, Abbie y yo aparecemos frente al departamento de Ted y Victoire. Tengo que mirar dos veces la puerta para asegurarme que es la correcta: hay una flor de nácar y perlas ahí colgada.
—¿Qué rayos? —masculla Abbie.
—Ni idea.
El escudo mágico nos reconoce y entramos. En el piso hay docenas de lienzos a medio pintar o bocetar, tubos de pintura escurridos y pinceles olvidados. En la sala el asunto no mejora. Infinidad de pequeñas, y no tan pequeñas, obras de arte crean un caos por todo el lugar. La mayoría no están terminadas. Los ventanales del lugar hacen que el mármol de las esculturas tenga brillo propio. El sol me deja ver las partículas de polvo suspendidas sobre la nueva obsesión de Ted: la tornamesa coronada por un jarrón mal hecho de arcilla.
Mi mejor amigo está ahí sentado, activando la tornamesa con un encantamiento, y sus manos cubiertas de arcilla húmeda. No levanta los ojos azules para verme, pero sonríe de esa forma tan curiosa que me sigue recordando a Remus. Su largo cabello rosa está amarrado en un nudo sobre su cabeza.
—Acabo de abrir una botella, ¿sirven las copas? — dice sin dejar de modelar su jarrón.
—Afirmativo —responde Abbie yendo directo a la cocineta—. Oye, este vino es muy costoso y fino, no como la porquería que tomamos siempre.
Me acerco para ver la botella —¿La trajo Scor? ¿Ya llegó?
Ted niega, sin parpadear —Me lo regaló mi suegra.
Imagino sin problemas a Fleur bebiendo esto como si fuera cualquier cosa. Servimos las tres copas y nos sentamos frente a Ted.
—Se ve bien el jarrón —dice Abbie.
El jarrón se convierte en pudín de arcilla. Ted suelta una grosería y se bebe de golpe la copa de vino.
—¡Era una réplica del David de Miguel Ángel!
Nos reímos fuera de control.
—No, ¡eso era un jarrón!
—Como sea —nos calla, ofendido. Las puntas de su cabello rosa se pintan un poco violetas—. Necesito contarles algo. ¡Es grande!
—¿No esperarás a Scor?
—Y a Wyatt —agrego.
—Es que me gana la ansiedad de contarlo.
Alzo una ceja —¿Embarazaste a Vi?
—¡No! —se sirve otra copa y masculla antes de darle un gran sorbo. Al pararse, me deja ver su camisa sucia de arcilla y sus calzoncillos negros. Nuestro nivel de intimidad me sigue dando gracia, ni siquiera a Victoire parece importarle que lo veamos así— No sé si lo notaron, pero hay un arreglo floral colgado en la puerta del departamento…
—¿Cómo nonotarlo? —digo divertida— Va contra todo el gusto de Vi y tú. Parece algo sacado del baúl de Fleur.
—Es que así es. Fleur se lo dio a Victoire hace tres días. Es la forma que los Delacour usan para anunciar sus compromisos.
Mi garganta se seca —Pero… ¿creí que Vi y tú no planeaban casarse? ¿No dijeron mil veces que eso complicaría lo puro y honesto que ahora tienen? ¿No dijiste que esas eran convenciones caducas? ¿No me dijiste que…
—Mione —interrumpe triste. Sus manos hallan las mías y me doy cuenta que estoy temblando—. Al principio fue así. Vi y yo queríamos probar. Estábamos conscientes de que nos fuimos a vivir juntos muy jóvenes. Pero han pasado siete años. Siete perfectos, maravillosos y encantadores años. Yo no puedo imaginar mi vida sin ella como mi pareja. Y Victoire, por muy rebelde y orgullosa que sea, sigue siendo una Weasley—Delacour. Claro que quiere casarse. Si soy honesto… he aplazado esto durante meses.
—¿Por qué? —mi voz suena hueca.
—Vi te considera una hermana mayor. Yo te amo con locura. Sabes que jamás te obligaría a acercarte a… pero, igual sabes que no hay manera de que me case sin él presente. Así como tampoco lo haría sin ti ahí.
—¿Aplazaste tu compromiso por eso? Oh, Ted. No debiste.
—¿Podrás resistir la boda con Harry ahí?
Son pocas las ocasiones que mis amigos pronuncian su nombre. Esta vez es necesario.
—Por ti, lo que sea —respondo sin un ápice de duda.
Nos abrazamos. Hace años que Ted es más grande que yo. Su complexión no se parece a la de Remus, quien era más frágil y enfermizo, por obvias razones. En cambio, siento que Ted heredó la constitución firme y poderosa de Tonks.
—Felicidades —susurro abrumada por el cariño y el orgullo que siento por él.
—¡Yo también quiero abrazo! —grita Abbie antes de lanzarse contra nosotros.
Reímos entre felicitaciones y bromas sobre matrimonios.
La chimenea, con una llamarada verde, bota a Scorpius. Nos mira con una falsa mueca de exasperación.
—¿No pueden dejar de ser tan cursis? Ya no estamos en Hogwarts —dice caminando hacia nosotros. Sin perder un segundo lo jalamos al abrazo—. ¿Qué festejamos?
—Ted le pidió matrimonio a Vi.
—¡Por fin! —exclama el Slytherin— Fuimos a comprar ese anillo hace meses.
—¿Por qué no nos llevaron? —chista Abbie— Nosotras conocemos mejor los gustos de Victoire.
Ted me mira apenado —Porque mi padrino nos acompañó.
Scorpius suelta un largo bufido —Así es. Una tarde completa con el Salvador del mundo…
—Ya veo. Está bien —le respondo a Ted, ignorando a Scor—. Así dicta la tradición.
—¡Abramos otra botella de vino! Y pidamos pizza —concluye Abbie, yendo por el teléfono.
—¡Pide los panecillos de ajo! —dice Ted caminando detrás de ella.
Scorpius aprovecha que quedamos "solos". Me carga en un abrazo, besando mi cuello. Yo respondo el gesto, feliz. ¿Algún día dejaremos de comportarnos así? Como hemos hecho infinidad de veces, él roza su nariz con la mía. Sonríe.
—¿Por qué traes la bata puesta? ¿Estuviste trabajando hasta entes de venir, verdad?
—No. En realidad no he tenido oportunidad de quitármela desde la madrugada. Parson mandó a buscarme…
—¡Ese jodido Capitán de Aurores!
—Quiere que lo ayude en un caso. No intenta encarcelarme.
—Esta vez. Más le vale. Me hubieras llamado desde que mandó a uno de sus tontos Aurores por ti.
—Estaba con Wyatt. Además, puedo defenderme sola.
La mención de mi novio no le alegró, por supuesto. Me separo lo suficiente para verlo a los ojos: un par de zafiros plateados.
—¿Y Mary–Lynn? ¿No la invitaste? —cambio el tema.
Su última conquista es una bruja graciosísima. La chica se dedica al diseño de modas y tiene un humor irónico que atrapa. Como bien dice Abbie: el único defecto de esa mujer es su nombre. Ah, y que está obsesionada con desposar a Scor.
—Sí. Llegará en un par de horas. Tenía un compromiso. ¿Y Wyatt? ¿No lo invitaste?
—Debe estar a punto de llegar.
Nos separamos.
—Qué bueno —dice sin honestidad.
—¡Ya pedimos las pizzas! —anuncia Abbie.
En ese momento entra al departamento Victoire. El pequeño enojo entre Scor y yo se deshace. Todos corremos a ver el anillo de compromiso en la rubia. Ella ni siquiera nos saluda, acostumbrada a que aparezcamos en su casa de improviso, y comienza a narrar con lujo de detalle cómo fue que Ted finalmentele propuso matrimonio. Su voz está tan cargada de amor y esperanza que me conmueve al punto de las lágrimas. Veo que Abbie también está igual.
Un rato después llegaron Wyatt y Mary–Lynn. Por último, Ilhan llegó junto con el repartidor de las pizzas.
Festejamos hasta media noche. Victoire decidió entonces la fecha de su boda: cinco de noviembre.
No quise contar los días que faltan para esa fecha. Los días que me separan de encontrarme con él, después de ocho años.
. . .
Al siguiente día, desayuno con los Boyle.
Le sirvo a Crookshanks una ración especial de salmón fresco y miro preocupada que su pelaje es cada día más blanco que naranja. Beso con adoración sus patitas y la zona entre sus orejas. Su ronroneo se mantiene fuerte, lo cual me tranquiliza.
—Qué gusto, ¡una boda! —dice la señora Boyle, cuando termino de contarle de mi reunión la noche pasada— Oh, Hermione, no sabes el gusto que me da que tengas amigos que se amen y decidan tomar ese paso importante en la vida. Sé que tú también estás saliendo con ese muchacho pelirrojo, tan guapo. Espero que algún día sea sobre tu boda la noticia que nos des.
Jamás. Pero le sonrío amable —No sabía que le gustaban tanto las bodas.
—¿A quién no?
—A James —dice el señor Boyle, desde atrás de su periódico.
La señora Boyle pone esa cara de tristeza infinita, igual que cada mención sobre su antiguo huésped —Oh, James. Cierto. Él no podía superar la muerte de su amada. Le seguía siendo fiel, a pesar del tiempo.
—Un excelente hombre. Que descanse en paz —dice el señor Boyle, bajando el periódico para mirar al techo.
—¿Murió? —digo impresionada. Los señores Boyle para todo mencionan a James "el mejor inquilino del mundo", pero no habían aclarado por qué ya no vive con ellos.
—Sí. Hace diez años —explica la señora—. Tuvo un accidente. Nos informó un amigo suyo. Además, James nos incluyó en su testamento, ¿puedes creerlo? Con ese dinero remodelamos toda la casa y nos sobró para vivir cómodamente sin necesidad de rentar el cuarto. La verdad, yo jamás habría querido rentar la habitación de nuevo. ¡Es de James! Pero cuando te conocí, Hermione… no sé, me pareció lo correcto.
Le sonrío agradecida —No sabe lo feliz que soy aquí. Gracias por su confianza.
El señor Boyle asiente —Eres una buena chica. A James le habría encantado conocerte.
Al terminar el desayuno, me retraigo en mi laboratorio. Crookshanks me observa desde su cojín, en una esquina del pentágono. Paso el día intentando conseguir un avance en mi última investigación. No logro concentrarme lo suficiente, sé que seré interrumpida pronto.
. . .
Los escudos de la casa vibran. Llegaron por mí.
Me despido de Crookshanks, prometiendo volver pronto. Agarro mi varita y salgo.
Thomas Parson, con sombrero de gángster y gabardina, está parado en la puerta.
—La Confederación Internacional de Magos demanda tu presencia —dice a modo de saludo—. Alguien está replicando a Đæknû. Creemos que también consiguió la manera de eliminar la magia de las personas. Sólo hay una explicación para eso.
—Es un Alquimista —respondo mientras cierro la puerta a mi espada.
La alquimia se prohibió a nivel mundial después de lo sucedido con Đæknû. Una de las artes más hermosas y poderosas, vetada por un idiota megalómano. Además del obvio peligro que significa este nuevo enemigo, sé que Parson desea atraparlo por ir en contra de un acuerdo de la C.I.M.
—Se convocaron a los expertos de cada área. Quieren cubrir todas las posibilidades, y que la colaboración entre países sea absoluta. No pueden permitir otro Ouroboros gigante que cruce el mundo.
—Estoy de acuerdo. ¿Cuál es mi colaboración en ese plan?
—Investigación, por supuesto. El imitador de Đæknû está usando una mezcla de tecnología muggle con magia para sus propósitos. Resulta ser que la única especialista en hechicería e ingeniería mecatrónica, en el mundo, eres tú.
—Deja de mirarme como si fuera sospechosa.
—¡Lo eres hasta demostrar lo contrario!
—¡Soy inocente hasta demostrar lo contrario, Parson!
Thomas me ignora, comienza a caminar hacia el callejón más cercano. Lo sigo, irritada.
—Quiero trabajar en mi laboratorio. No pienso meterme al Departamento de Misterios, ¿entendido?
—Petición negada —responde antes de prender su cigarrillo—. El caso es de máxima prioridad. El ministerio no puede consentir que la información se filtre.
—Sólo retrasarán mi trabajo…
—Se te asignará un Inefable del Milenio como asistente. Así no perderás tiempo en acostumbrarte al Departamento de Misterios.
—¡Genial! —digo sarcástica.
—Hermione.
Lo miro expectante. Se detuvo en la entrada del callejón desde donde podemos desaparecer.
—¿Qué?
—Es tu hermano. Francis ya es un Inefable del Milenio. Lleva meses involucrado en el caso.
—¡Francis! —abrazo al Capitán, demasiado feliz— ¡Veré a Francis! ¡Oh, Thomas, esto es obra tuya!
—Por supuesto.
—Gracias —le digo mirándolo a los ojos.
—No me lo agradezcas. Lo hice para que no me mates cuando te informe quién es tu compañero de campo.
—¿Volveré a trabajar con Dawson? —reclamo, recordando al estúpido Auror que sigue lleno de prejuicios contra la sangre.
—No. Con Harry Potter.
