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Gellert desataba las correas de las caderas de Harry.

─Te dolerá durante días ─le dijo.

─No puedo ponerme en pie ─respondió el joven.

─Las primeras veces es así. ─El hombre lo ayudó a incorporarse─. Lo siento.

Eljoven logró ponerse en pie, los dolores eran insoportables, el aparato ideado por Gellert para que aprendiera a permanecer erguido y firme y así no se encorvara parecía más de tortura. Jamás había oído hablar de aquello.

─Todas tus hermanos y hermanas lo hacen si es necesario y tú lograrás hacerlo tan bien como ellos ─lo animó─. Solo necesitas tiempo.

Harry lo miró con incredulidad. En aquel momento le pareció imposible poder hacer jamás todo lo que le pedía Gellert.

─Vamos ─lo llamó el hombre desde una columna del jardín─. Hay que continuar.

Harry dio un par de pasos y se agarró a otra de las columnas. Gellert se situó a su lado para ayudarlo en el camino a la próxima lección.

─¿Has acabado las cartas que te mandé hacer? ─preguntó el hombre.

─Sí, las terminé anoche.

─Muy bien, avanzas rápido en la escritura. ─Sonrió.

Unos ancianos pasaron por su lado y saludaron a Gellert.

─Ellos fueron mis primeros compañeros ─le contó y Harry se vio obligado a girar su cabeza para contemplarlos con atención. Eran ancianos, ¿qué edad podría tener entonces Gellert?

─Son algo mayores que yo. ─El hombre parecía poder leer sus pensamientos─. Comencé demasiado joven.

Harry lo observó con atención mientras continuaban el camino. Sentía curiosidad por el pasado de aquel hombre tan intrigante, pero no quería ser indiscreto haciendo preguntas.

Gellert en ocasiones le había transmitido que le recordaba mucho a él mismo y por lo tanto podía adivinar una parte de su vida. Pero quería saber más. Más aún de lo que le enseñaba, aprender a través de sus experiencias, a través de su inteligencia, de su intuición. Gellert era el hombre más sorprendente que había conocido nunca.

─¿Qué edad tenías? ─le preguntó al fin. Gellert sonrió.

─Once años ─respondió y Harry arqueó las cejas─. Quedé huérfano de niño y alguien se hizo cargo de mí. No era el único huérfano de aquella casa, éramos doce, niños y niñas, hijos de mendigos o putas, huérfanos sin familia, sin nadie que pudiera hacer nada por nosotros, salvo un matrimonio que nos acogió en su casa y nos daba de comer.

Harry se detuvo a descansar junto a un banco, Gellert le dio permiso para sentarse.

Doce, la cabeza de Harry enlazó la cifra enseguida.

─Siempre éramos doce, si alguno moría era reemplazado por otro y así ─continuó el hombre─. Al principio no parecía ser un lugar desagradable, la calle era mucho peor, o los orfanatos. Pero al cumplir los diez u once años la vida nos cambiaba.

El hombre estaba en pie y Harry lo atendía sin distracción.

─No fue fácil ─continuó─. La primera noche que me sacaron de casa yo casi no entendía qué sucedía. Entonces llegó el primer hombre y habló con la familia, me llevaron a un lugar oscuro y… el resto lo imaginas.

Harry no sabía qué responder.

─Los primeros meses fueron los peores de mi vida, veía cómo mis hermanos enfermaban o morían a causa de aquel trabajo desagradable que nos obligaban a hacer, mientras que el matrimonio que nos acogió una vez ganaba dinero del que no veíamos nada. Al poco tiempo me escapé de aquel lugar, prometiéndoles a mis hermanos que regresaría a por ellos.

Harry abrió la boca, sus ojos brillaban, no esperaba que la historia de Gellert fuera tan sumamente triste.

─Mendigué por las calles, me alimentaba de comida podrida y todo eso que hacen los sin casa, hasta que comprendí que lo único que podía hacer si continuaba de aquel modo era morir. Y entonces hice lo único que me habían enseñado a hacer: con once años me prostituía en la misma calle en la que lo hacías tú.

El hombre le sonrió.

─Por eso Albus cuando te encontró te trajo a mí, sabía que no iba a negarme. Tú eras algo mayor que yo, pero la similitud de nuestra desgracia era evidente. Todos los que frecuentábamos el lugar teníamos una vida similar, parecida a la tuya: los padres muertos, los cuñados borrachos, los hermanos enfermos me son más que conocidos. Así que escogí a once compañeros, los más jóvenes y sanos, y los organicé. Enseguida acabamos con el resto de muchachos y mujeres que frecuentaban aquello y temí porque nos ocurriera una desgracia, así que les propuse un trato.

Aceptaron sin dudar: los doce hacíamos el trabajo con las mujeres y el resto se dedicaba a buscar comida, aprender el arte de coser ropa, maquillar o peinar mientras nosotros descansábamos. Pronto tuvimos dinero para comprar la primera casa en ruinas.

Gellert rio.

─Se nos inundaba con cada lluvia, la fuimos reparando hasta que quedó bien, pero pronto se nos hizo pequeña. Al ser los únicos putos de los suburbios tuvimos la oportunidad de adaptar los precios a nuestras necesidades y pronto descubrimos el Carnaval. Meses de experiencia fueron suficientes para comprobar cómo doce jovencitos bien vestidos podían sacar una gran fortuna a forasteros y reunir dinero suficiente para instalarnos en el centro de la ciudad, cerca de los canales.

Harry no daba crédito a las palabras de Gellert. Siempre había pensado que había sido un cortesano de un burdel que supo invertir su dinero, jamás que él levantó un imperio desde abajo. Ahora entendía el amor de Gellert por el prostíbulo.

─Ya tenía catorce años cuando nos fuimos de Caravaggio, pero aún no era el momento de recoger a mis hermanos. Tenía que preparar mi nueva casa, tenía algo en la mente, pero era muy difícil llevarlo a cabo, así que tenía que cambiar de plan. En Carnaval era fácil hacer dinero, el problema venía cuando los extranjeros se marchaban y solo quedaba la sociedad veneciana y demasiados burdeles.

»Comprendí que la única forma de hacer dinero era apuntando alto, pero no sabíamos ni siquiera leer, iba a ser difícil llegar hasta los ricos mercaderes. Un día me armé de valor, me puse mi mejor traje y me dirigí hacia el puerto.

»Allí conocí a Albus , que por aquel entonces comenzaba a hacer fortuna. Fue fácil conquistarlo, sin embargo Albus es demasiado inteligente para saber lo que alguien quiere de él, así que le conté lo que quería directamente. Le sorprendió que yo no buscara su dinero. Yo necesitaba a alguien que me educara y educara a mis hermanos, necesitaba terciopelo y cristal para decorar las paredes de mi casa y necesitaba atraer a clientes con dinero.

»Aquel día Albus me llevó hasta casa en góndola y prometió ayudarme. Fue cuando nació una de las amistades más profundas que he tenido en mi intensa vida. Albus fue mi primer cliente rico y gracias a él atraje a muchos otros.

»Poco a poco los doce de Gellert adquirieron fama. Yo trabajaba a diario y mientras el resto descansaba visitaba los muelles, descubría nuevos clientes, atraía a mercaderes, a nobles y a todo el que podía aportar algo a mi ambicioso sueño.

»Un mercader que venía de la India me transmitió ciertos conocimientos sexuales que se practicaban en países lejanos, un gran regalo que podía hacer que mi burdel marcara la diferencia si lograba mantenerlo en secreto. Un mercader que logré acaparar los escasos días que estuvo en Venecia, a sabiendas que jamás volvería por aquí y eso me garantizaba custodiar un valioso secreto. En cuanto puse sus conocimientos en práctica mi burdel se llenó como nunca y tuve que buscar una casa aún mayor.

─¿Este palacio? ─preguntó Harry. Gellert negó.

─Mi segundo prostíbulo no era más grande que el jardín de La Serenissima. En aquella pequeña Serenissima me gané muchos enemigos de prostíbulos cercanos e incluso de burdeles de aquí de San Marco. En cuanto los doce estuvimos preparados con aquellos secretos, nuestra fama se acrecentó y toda Venecia quiso visitarnos. Mi oportunidad para duplicar los precios de mis hermanos y triplicar el mío. Entonces, al fin, pude volver a por mis primeros hermanos. Algunos habían muerto y otras desconocidas ocupaban su lugar. Me los llevé a los doce, el matrimonio me insultó e incluso trataron de golpearme. Entonces les dije que mis clientes eran personas muy poderosas en Venecia y que podía hacer arder su casa y sus vidas si lo volvían a hacer. No era cierto del todo, yo no tenía poder alguno para llevarlo a cabo, pero aquella acción me recordó que el dinero no era suficiente para montar mi imperio. Así que comencé a frecuentar el Consejo de los Diez.

Rio.

─Un día en el puerto conocí a un trabajador de acento extranjero y gran atractivo, con vestimenta humilde pero de gran inteligencia y conocimiento, y me llamó la atención. Lo invité al burdel y apareció una noche. En un principio no buscaba placer, sino compañía. Mis hermanos comenzaron a recriminarme que cómo podía desatender a distinguidos clientes y dedicar toda mi atención a un portuario sin dinero que ni siquiera podía pagarse una puta. Pero aquel portuario me atraía más que ningún otro cliente y mi intuición me decía que había algo más en él que no mostraba.

»Un tiempo después, y ya siendo cliente habitual mío, me confesó la verdad. Volvía a su país, Rusia. Llevaba meses recorriendo varios países, aprendiendo el arte naval trabajando como portuario. Quería aprender a construir barcos fuertes para su imperio. Y me confesó su verdadero nombre, Pedro, zar de Rusia, apodado Pedro el Grande con posterioridad.

»Pedro me enviaba tanto dinero, telas, joyas y todo lo que te puedas imaginar, que enseguida pude comprar este palacio, para envidia de mis enemigos, y al fin no escatimar para construir lo que había soñado durante años.

»Esta es la historia de La Serenissima.

Harry arqueó las cejas sorprendido.

─¿Y Albus? ─Gellert rio a carcajadas con la pregunta.

─Albus me pretendió durante años, y no solo como cliente, desde el primer momento supe que lo haría en otro ámbito. Dumbledore es una de las personas que yo más quiero en este mundo, pero le dejé claro cuál era mi vida y qué es lo que esperaba de ella. En mis planes nunca entró una familia.

Gellert miró hacia un lado, un joven acababa de llegar al jardín. Harry lo contempló, era la primera vez que lo veía por allí.

─Sube ─le ordenó Gellert─. Ahora vamos nosotros.

El joven entró nervioso en la casa.

─Hay que seguir ─dijo el hombre y ayudó a Harry a levantarse─. Lo siento mucho, pero debes de pasar por todo esto.


N.T.: A partir de ahora espero retomar algunos trabajos olvidados. Esperen oír de mí pronto.