Y aquí estamos, un nuevo comienzo, un nuevo final. Aviso de antemano que hay algunas inconcluencias con respecto a esta historia en pasados capítulos, básicamente el día de Geber en el capi del solsticio, que editare cuando pueda. Por lo demás, disfrutad de este nuevo final, que espero este al agrado de todo, este nuevo final del arco primero. Pasen un buen día.
Descargo de responsabilidad: Monster Musume no es de mi propiedad y este escrito solo está hecho para fines de entretenimiento y sin fines lucrativos.
Aquel día amaneció en la India, en una ciudad perdida entre la densa vegetación donde la vida se agitaba por una razón peculiar.
Era un congreso de los más importantes del año. Geólogos relevantes de todas partes del mundo se reunían durante varios días en la India con el objetivo de discutir, compartir y analizar información y descubrimientos que habían encontrado a lo largo del año. Durante una semana en el campus universitario de la ciudad se alternaban charlas y debates con presentaciones y exposiciones, era un auténtico deleite para cualquiera que fuera siquiera aficionado a esa ciencia.
El tema del día, nuevas herramientas informáticas y sus aplicaciones a las reconstrucciones paleoambientales. La reunión, que empezaría con una exposición, ya había dado comienzo en el gran salón de la universidad y todos los geólogos atendían a la explicación con calma y atención.
Pero no duro mucho. Apenas unos minutos tras la presentación un grupo de asaltantes sin identificar asaltaron la zona y cerraron entradas y salidas de la universidad. Nadie podía entrar o salir sin su visto bueno, reteniendo a cientos de personas, por razones que nadie tenía muy claras.
Mientras las autoridades empezaban a acordonar la zona, al otro extremo de la ciudad, Geber se había levantado hacía rato y se encontraba en la habitación de su hotel repasando un viejo libro que había obtenido de la universidad local unos días antes. A él no le interesaban tanto esas charlas sobre aplicaciones tecnológicas de forma que había decidido dedicar aquel día para un proyecto de índole más personal.
Durante casi una hora desde el asalto, no se enteró de que había sucedido, encerrado en la habitación con el libro entre las manos, parando de vez en cuando para rascarse con ganas un sarpullido rojizo que le había salido en la pierna derecha. El cuarto era bastante mejor que el que tuvo en África, mejor amueblado, con alfombra, una mesa central circular con cuatro sillas, una de ellas ocupada ahora por él, como la mesa estaba plagada de papeles, una cama y un par de estantes bajos. Así como un baño. Tenía una gran ventana a espaldas de donde el joven se estaba sentando que dejaba ver el edificio de enfrente, así como la calle cuando no tenía las cortinas corridas.
Tres golpes consecutivos a la puerta hicieron que el joven se levantase del asiento y fuera hasta la puerta. Mirando por la mirilla, algo que se le quedo grabado tras sus experiencias pasadas, descubrió un rostro familiar. Ni su forma ni su ropa habían cambiado nada desde hacía años atrás. Rowana.
Se sobresaltó al ver su rostro sonriente al otro lado, lo cual le provoco que se encontrase aferrando con fuerza el cerrojo de forma subconsciente. Por unos segundos se planteó el no abrirle, pero desecho esa idea en poco, sabía que ella era de las que entrarían si o si. Tras un suspiro final y una pequeña sesión de pensamientos de ánimo, empezó a quitar los cerrojos.
-Hola alevín-, dijo la joven entrando nada más la puerta empezó a abrirse, terminando el proceso con un empujón e irrumpiendo en la habitación de Geber, a quien apenas dedico una mirada mientras peinaba el cuarto con la vista. -Es mejor que la de África, te lo admito. ¡Oh, un minibar!-
-¡No lo saquees que cobran aparte!- Contesto molesto el joven, que no se sentía a gusto por ver de nuevo un recuerdo tan vivo de aquellos sucesos. -Venga, ¿a porque has venido? Aquí no hay diamantes-. Escupió molesto sin apartar la mirada de la joven mientras cerraba la puerta.
-No hemos venido por ese tipo de gemas mortal-. La voz de una tercera persona le hizo girarse mientras se le helaba la espina, había una visitante más que le estaba impidiendo cerrar la puerta. Al girar, vio a una emisaria del abismo. Con ropas góticas más cercanas a una armadura de cerámica negra, ojos ambarinos profundos, piel azulada y una corta melena blanca atada en moño, una Dulahan se presentaba en la puerta, entrando en el piso con la autoridad de la mismísima muerte. -Hemos venido por ti-.
El corazón del joven dio un vuelvo mientras retrocedía y la hellhound se reía con una botella de licor en la mano, retumbada sobre una de las sillas. -Ya vale Lyra, deja ese rollo y céntrate en porque hemos venido-.
-Cierto-. Suspiro la abismal, adentrándose en la habitación con confianza y cerrando la puerta tras de sí. -Tomemos asiento, tengo mucho que contarte, y por desgracia no son noticias alegres. Pero antes de nada, tengo que confirmarlo. ¿Tienes la piedra?... ¿La de color morado que encontraste y te guardaste de África? Necesito verla-.
Geber se quedó quieto unos segundos, mirándole a la segadora a los ojos, cambiando un segundo su punto de vista hasta Rowana, que asentía ligeramente. Finalmente dejó escapar el aliento que tenía contenido durante esos instantes y dar un par de pasos hasta la cama. De debajo de esta saco una pequeña maleta parda, que subió a la cama con cierta dificultad, seguramente por el peso. Tras abrirla y rebuscar entre un pequeño mar muestras y papeles que contenía, le mostro la codiciada gema a Lyra, que la recogió con prisa en sus manos temblorosas mientras Rowana, botella en mano, les miraba desde el otro extremo del cuarto.
-¡Te dije que era la auténtica! Si la hubiera reconocido la primera vez te la habría llevado de inmediato-.
-Se puede percibir solo con tocarla-. Asintió con la gema entre manos, antes de dejarla de mirar por un segundo y girarse hacia el geólogo, que esperaba sentado en la cama al lado de la maleta abierta con las piernas y los brazos cruzados, sin perder un detalle del movimiento de la abismal. -Tuviste muy mala suerte al encontrarla, Geber, es una piedra muy peligrosa para seres como tú-.
-Lo sé-. Sentencio intranquilo mientras se revolvía y sacaba un par de hojas de papel de la maleta, que examino con rapidez, a pesar de saber de sobra su contenido. -Despide radiación de forma intermitente, he llegado a registrar valores por encima del umbral de peligro, por eso esta maleta y la caja donde la guardo están forradas por plomo-.
-La radiación que mides es el menor de tus problemas alevín-. Rio Rowana, acercándose y sentándose a su lado, pasándole un brazo por el hombro sin respetar ninguna clase de espacio personal. -No tienes ni idea de lo que es esto-.
-En realidad, me hago una idea-. Ante la cara de incredulidad de las jóvenes, le paso a la hellhound los papeles que sostenía y comenzó a relatar, marcándole con incomodidad una pequeña tabla que relucía en el papel. -Haberme quedado quieto y sin investigar habría sido un sacrilegio a mi profesión. Es un ciclosilicato, del grupo del berilo, pero con trazas importantes de elementos anómalos que la hacen inusualmente resistente a ácidos, golpes o fracturas. También formaba parte de una mucho mayor a juzgar por las marcas que dejo. Claro esa es la visión que he sacado tras estar estos dos años interesándome por encontrarle un sentido a lo que es, todo eso de "Piedra de Alma" aún me suena a cosa de videojuego…Claro que estoy hablándolo con una segadora y una demonio-. Acabo soltando una penosa risa, testigo de lo que le gustaría acabar con aquella compañía. Empezó a frotarse el sarpullido con ganas, seguramente movido por los nervios, llamando la atención de la segadora que le miro las pantorrillas un segundo.
-Es mucho más que uno de esos "ciclosilicatos"-. Acato Lyra guardándosela con cuidado en un bolsillo cercano al pecho en su armadura. -Aunque admito que me sorprendiste, nadie nunca antes la había estudiado así-.
-Y no es lo único que ha hecho-. Rowana había echado una profunda ojeada a la maleta del joven cuando este desvió la mirada tras apreciar el informe de la muestra. Había sacado un gran mapa de Europa, así como abundantes apuntes de campo y pequeñas rocas del tamaño de monedas, minuciosamente clasificadas. -Sellos de R´lyeh, fragmentos elementales, "miel" de Damasco…Podría vender la mitad de estos pedruscos por más de los que ganas en un año. ¿Y que son estos mapas?-.
-Es mi trabajo-, respondió secamente, mientras recogía el mapa y lo ponía en su regazo. -No me he pasado estos años escondido debajo de la cama, con miedo a lo desconocido y a las puertas que habías abierto. Tras la terapia por lo sucedido tenia demasiada curiosidad, tenía sueños y pesadillas con el tema casi cada noche, por lo que me puse a investigar. Me pase muchos meses rastreando rincones perdidos y bibliotecas en busca de cualquier dato relacionado con minerales raros.
Busque leyendas, en cuentos, en fuentes donde durante la carrera siempre nos decían que jamás mirásemos. Intente darles un enfoque critico que no se les suele dar y encontré al final lo que buscaba. Disimulados en fragmentos pequeños o en yacimientos tan diminutos que nadie se había percatado de ello, los meses de trabajo dieron frutos en lo que ves ahí, las muestras que recolecte y las zonas donde las encontré.
Y también hice trabajo de laboratorio, porque por muy brillantes o inusuales que fueran los descubrimientos, me niego a simplemente creerme que un pedrusco puede sanar o matar solo "por las energías mágicas de su interior". Estudie sus contenidos en que elementos, su estructura interna, formación, condiciones diagenéticas y propiedades. Incluso logre replicar algunas en entornos controlados o explicar sus "misteriosas" propiedades de forma razonablemente lógica. Si no lo he publicado ya es porque me tomarían por loco.
Todo lo empezó porque no podía dormir tranquilo dejando ese misterio en el dominio de la magia, al final encontré más que las respuestas que buscaba. Claro que también me habría gustado ver algo más de Liminales, como te clasificaste hace tiempo, pero no encontré nada-. Lo soltó todo de golpe, sin pararse apenas a respirar o hacer pausas. Al acabar cayó sobre sus rodillas, escondiendo la cabeza entre ellas y cubriéndose con los brazos, como si se hubiera deshinchado, quitándose de encima algo que no podía haber contado a nadie nunca.
-Esto puede ser muy útil-. El rostro de la hellhound estaba coronado con una maliciosa sonrisa que había crecido lentamente a medida que escuchaba de las investigaciones del chico. -Me quedo con el mapa para hacerle unas fotos, dime…¿Encontraste piedra de rosalmina por casualidad?-
-No sé qué es eso-. Dijo sin levantar la cabeza, mirándose la muñeca, donde acababa de salir un pequeño parche rojizo como en su pierna. -Quizás sí, tengo varias muestras, algunas aun no las he logrado identificar-.
Antes de que emitiera algún sonido más, la joven fue interrumpida por un pequeño golpe en la nuca propinada por su compañera. -No estamos aquí por tus negocios-, suspiro cansada, mirando la puerta de reojo. -Estamos por esta gema-. En ese punto se giró hacia Geber. -Me alegro por ti, porque no te afectase demasiado ese encuentro en África, y que continuases los estudios, pero ahora deberías centrarte en el peligro que corres. Esta gema era, como bien adivinaste, parte de una mucho mayor, una prisión destinada a mantener cautivo a una aberración-. Ante la mirada curiosa de Geber, mientras Rowana repasaba cuidadosamente los mapas del geólogo, continuo.
-Los abisales somos una raza muy antigua mortal, y nuestra historia está llena de momentos ya olvidados. Hace milenios, antes de que vuestras civilizaciones se alzaran, entre nosotros nació un monstruo. Una criatura banal y destructiva incluso para los estándares de los siete exiliados. Durante mucho tiempo lucharon mis antepasados contra ese ser, que vago entre mundos devorándolos para hacerse más y más fuerte y poder llevar su cruzada hasta nuestra extinción. Al final encerraron su alma en la mayor gema espíritu existente y la fracturaron en un vano intento por destruirlo, sin lograrlo. Sus fragmentos se esparcieron por los rincones de muchos mundos, ocultos con la esperanza de que nunca fueran encontrados. O al menos así dice la leyenda, fue hace demasiado tiempo para que quede nadie vivo, incluso entre nosotros, para recordarlo con facilidad-.
-Buena historia. Supongo entonces que esto es el trozo de esa gema que mantenía encerrado, en teoría, a la criatura, ¿no?- Cuestiono el joven, aún algo escéptico, como se podía apreciar en su tono de voz.
-De los últimos que no están ya en manos de su culto-. En ese momento Lyra hizo una pausa al darse cuenta de la confusión que debería de estar experimentando el joven, que debería ser aun un completo inepto en esos temas -Unos fanáticos con mentes lavadas con promesas de poder y libertad por viejos sacerdotes o directamente por exposición a los restos de las gemas, que buscan juntar todos los trozos y resucitar a su maestro. Mi línea de sangre se ha encargado de proteger estos fragmentos desde su fractura original, aunque mi hermana actualmente no es muy dada a esta tarea-. Añadió finalmente, ladeando la cabeza.
-No la puedes culpar, es una vida dura-. Comento Rowana sonriente y ligeramente ebria, aun aferrándose a los mapas lo bastante fuerte como para arrugarlos. -Si vieras pequeñín en las que me he metido por culpa de esta zorra de pelo blanco te sorprenderías-. Comento golpeando la espalda del geólogo lo bastante fuerte como para casi tirarle y hacer que se irguiese, solo un poco.
-Agradecería tu silencio, "amiga" cansada la segadora. -Tenemos que darnos prisa, el culto está en la ciudad-.
-Espera, me estás dando preguntas Lyra-. Interrumpió, rompiendo su posición cerrada y removiéndose para agarrarla del brazo cuando empezó a moverse, aunque solo por un segundo por la mirada de la abisal.-Por raro que me sea todo esto te voy a creer en la leyenda y la historia, pero… ¿Insinúas que esa gema que encontré podría haberme convertido en un fanático religioso? ¿Y qué hacen esos tipos aquí?-
-¡Buscarte!-Grito la animada hellhound.
-Por desgracia algunos compinches de Abiodun sobrevivieron lo suficiente para dejar que circulasen algunos rumores sobre ti y el fragmento que encontraste, apenas saben tu nombre y profesión, pero fue suficiente para que se organizaran a venir a este congreso a buscarte. No hay mucho tiempo y, por desgracia, sobran las cosas que hacer-. La abisal se paró un segundo y registro entre sus ropas, hasta finalmente sacar de un bolsillo interior un pequeño librito rojizo y desgastado, que sostuvo entre sus manos mirándolo con los ojos perdidos.-Necesitarías haber sido expuesto a un fragmento mucho mayor para sufrir alguna clase de perjuicio psíquico, geólogo. Un fragmento mayor o haber sufrido alguna interacción poco apropiada, lo cual por desgracia no significa que salieras indemne. Dime, ¿Estas marcas…-. Sin previo aviso le agarro el brazo, volteándolo y evidenciando su piel roja. –Cuanto hace que las tienes? ¿Desde poco después de África verdad?-
-A los pocos días de volver a casa-, admitió reculando ligeramente ante el frio agarre de la abisal. -¿Cómo lo sabes?-
-Porque es lo mismo que le paso a mi abuelo- .Miro una última vez aquel librito antes de entregárselo con calma, soltándole finalmente la mano. -Esto es una copia del diario de mi abuelo, era el que mejor conocía esa gema y los efectos que podía tener. El problema que tienes es que, según me conto Rowana, cuando te encontró intento comprobar si la gema tenía un alma en su interior. Al hacerlo dejo salir un poco de la energía que contenía directa a tu cuerpo. Para ponerla en forma que la pueda entender alguien como tú, te causo un envenenamiento por radiación único. Mi abuelo intento zafarse de eso hace años, quizás tú puedas continuar su investigación, al menos pareces que tienes recursos-.
Geber, con cierta inseguridad, cogió el libro entre sus manos, temblorosas. -¿Qué recibí una dosis letal de radiación?-
-Si…Lo siento, supongo. Al menos hay una buena parte, a mí no me afecto, supongo que por mi naturaleza diferente-. Dijo Rowana dándole un par de palmaditas en la espalda. -Bueno, tenemos la roquita, le diste el diario, le informaste de que va a morir en poco y que debe largase de esta ciudad maldita y tengo un mapa precioso de lugares que visitar, ¿nos falta algo o salimos por patas ya?-
-Sí, un detalle más-. Apunto mientras se levantaba de la cama.- Geber, me gustaría saber todo lo que hayas descubierto de tus análisis de esta gema, cualquier cosa nueva podría ser útil-.
-Vale…-Geber parecía que se había quedado afectado por la noticia de la radiación, necesito casi un minuto para responder y alejar su mirada del librito que tenía entre las manos. -Todo está en el estudio que hice, en la maleta. Pero no fue mucho, ni pude rayarla ni obtener una muestra, ni ablandarla con el ácido-. Geber se giró lentamente para sacar un par de papeles de la maleta junto con una pequeña botella de cristal, llena de un líquido amarillento. -Un ácido clorhídrico siete veces más concentrado que lo que usamos normalmente. Intente usarlo por unos indicios de la presencia de grupos carbonatos, pero ni con eso. ¿Cuánto tiempo tuvo tu abuelo?- Pregunto finalmente agarrando con fuerza la botella entre los dedos.
-Mi abuelo lo sufrió quince años, voy a suponer que tienes el mismo tiempo-. Con cuidado recogió los papeles y se los guardo. –Lamento haber sido portadora de tan nefastas noticias, pero el tiempo nos urge. Sal de la ciudad ahora mismo, sin la piedra no deberías tener problemas con esos fanáticos en el futuro cercano-.
-Gracias…Supongo-. El geólogo no aguanto más sentado. Mientras Lyra se retiraba a la puerta y la hellhound terminaba de hacer unas cuantas fotografías más a su trabajo con el móvil, él se levantó y empezó a caminar por la habitación, con el pequeño libro de bolsillo entre las manos, el ácido se lo había guardado en el bolsillo ante la falta de ánimo de volver hacia la maleta, hasta la ventana, que abrió de par en par para recibir el cálido aire en todo su cuerpo. Necesitaba eso. -Aunque, si lo piensas eso significa que me envenenaste Rowana-, admitió finalmente con un deje de reproche, quizás incluso enfado.
-Ya, no era mi intención si te sirve de consuelo-. La joven mantenía su actitud y tono despreocupado, de verdad parecía que no le importaba nada aquella potencial muerte. -Pero si necesitas mis servicios para no morir tras las investigaciones lo mismo te puedo hacer un descuento. No será difícil comunicarnos, ahora que se esto te voy a estar visitando muy a menudo-.
Geber se mantuvo en silencio, mientras esperaba a que las mujeres se fueran de su cuarto, mirando por la ventana aquella pequeña marea de personas moviéndose como hormigas por las calles poco acondicionadas, acariciando lentamente el libro hasta que lo guardo en su bolsillo primero, y luego su piqueta de geólogo que descansaba en el radiador apagado bajo la ventana, mientras pensaba en que cuando se fueran lo recogería todo y cogería un taxi al aeropuerto más cercano. No quería hablar, no quería verlas. Cada vez que una liminal o algo supuestamente "sobrenatural" se cruzaba en su vida las cosas se ponían cada vez peor. La primera vez necesito terapia y aun veía y vivía con la culpa sus espaldas. Y esta segunda vez, la visita de la segadora fue poco menos que un aviso de su pronta muerte. Estaba tan absorto en sus pensamientos que solo unos potentes gritos provenientes de la calle lograron acallar las voces internas, igual que hace años en África, y hacerle reaccionar.
-Lyra…¿Los cultistas esos llevan la cabeza rapada y tatuados símbolos en azul celeste?- Pregunto con miedo, retirándose lentamente de la ventana, donde un nutrido grupo de esas personas empezaba a correr hacia el hotel, armados con armas blancas o de fuego, apartando, de una forma u otra, a todos los que se encontraban en su camino.
-Solo los seguidores que habitaban en las regiones escandinavas-. Respondió, evidentemente preocupada, adivinando sin problemas que ese muchacho no había dado por casualidad con la descripción de una de las ramas del culto por pura casualidad. -¿Cuantos?- Rowana se había movilizado rápidamente, levantándose, cerrando y guardando el maletín bajo la cama y desenfundando una pistola que llevaba al cinto, sin recordar a su versión más despreocupada de hace unos minutos. Por el contrario, el joven se encontraba mirando a la ventana, sin moverse, sin hacer nada, sobrecogido por los gritos y los disparos, reviviendo unas horas vividas hace mucho tiempo. -¡Cuantos!- Grito de nuevo la segadora, dando un paso al frente y haciéndole reaccionar finalmente.
-A-A-Al menos dos docenas-, tartamudeo, inseguro mientras se apartaba de la ventana, agarrando la piqueta con fuerza, sintiendo la leve seguridad que le daba aquel enorme pedazo de acero, semejante a un martillo de guerra de una mano, con una parte plana en un extremo y una acabada en punta al otro.
-Han debido de hacer hablar a alguien de la universidad-. Lyra miro al bolsillo donde tenía guardada la piedra y lo apretó con la mano, soltando un suspiro antes de levantar la mirada. Miro a Geber, un simple mortal que se había metido en todo eso por error, y ahora no podía salir. Miro a Rowana, sabía que podía contar con ella y que tenía experiencia en cosas mucho peores que esta. Era su momento, tantas décadas de peleas entre algunas líneas de sangre, como la suya, y los cultistas, y al final todo se reducía a ese momento. Tenía que sacar el fragmento de la ciudad.
-Geber. No te separes, llevar tu alma al abismo seria ahora algo que nos retrasaría-. Tras pronunciar con voz seria aquellas palabras, conjuro una guadaña negra como una noche sin estrellas en la mano y salió por la puerta, pensando para sí que de todas formas el sería un retraso, pero no se sentía cómoda simplemente dejándolo ahí. Había pensado en un inicio que el joven tendría más tiempo. Toda discreción que habían tenido a la hora de llegar al hotel se había vuelto innecesaria. Con enemigos como esos pisándoles los talones, no había tiempo que perder.
Así, la comitiva encabezada por Lyra, y seguida de Rowana y un, bastante nervioso, Geber, abandono el hotel. Sin mediar palabra con las personas que se encontraban, aterradas o confusas en su mayoría entre el ataque y las figuras de leyenda que pasaban por su lado, se dirigieron hacia una puerta trasera, previamente localizada por la hellhound antes del asalto al cuarto del joven.
Con cuidado y rapidez, el grupo avanzo por calles y callejuelas a toda velocidad, dejando los gritos atrás o acercándose, por desgracia, a ellos en alguna ocasión. El plan principal era sencillo, irse como habían venido. Tenían un todoterreno esperándoles en un garaje abandonado relativamente cercano, que debería de servirles para abandonar la ciudad y ponerse a salvo. En el peor caso, siempre podrían alejarse caminando, si bien más lento y expuesto, hasta un refugio en la región.
Llevaban ya abriéndose camino sobre ladrillos húmedos y pedazos de tierra casi media hora, media hora sin encontrarse, por suerte, ninguno de aquellos sectarios que querían echarles el guante encima, solo con rostros asustados y ratas entre las grietas de los barrios bajos donde deambulaban. Claro que la suerte, es efímera.
En un mercado callejero los encontraron. Aparte de tomar la universidad y mandar los grupos de asalto a las posiciones clave, como el hotel del geólogo, tenían patrullas vestidas de civil por toda la ciudad. Encontrar la gema era para ellos algo que valía todas sus vidas y cuantos sacrificios hubiera que hacer. No había ni uno solo que no estuviera dispuesto a darlo todo por esa gema. De forma que, cuando dieron con ellos, no pudieron contener la emoción y aquella calle linear y llena de puestos se convirtió en un tiroteo tan rápidamente como Rowana reacciono a la vista de aquellos individuos y empujo a sus amigos detrás de un contenedor de basuras para detener las balas que volaban hacia ellos.
-Mucha suerte estábamos teniendo-. Grito entre las balas y los alaridos de los civiles que escapaban de la zona de guerra. -¿Soy la única con armas de fuego aquí verdad?- Para remarcar sus palabras, salió ligeramente de su cobertura para disparar una pistola que saco de su cinturón, intentando, en vano, matar a alguno de aquellos asaltantes.
-Nunca fui buena con armas a distancia-, acoto Lyra, aferrando con fuerza su guadaña. A pesar de tener una increíble resistencia y capacidades sobrehumanas por su sangre abisal, no podía simplemente correr por una calle linear y despejada. Lo peor sería si alguien ahí tenia munición especial contra su raza.
-En ese caso aquí no sois más que una molestia-. Comento entre salvas de disparos para mantener a los fanáticos a raya, sin molestarse en mirar o esperar respuesta del geólogo, que se mantenía a cubierta intentando mantener en silencio las voces y los gritos de años atrás. La terapia no estaba siendo tan efectiva como debía haber sido en esa circunstancia. En cierto punto, bajo la cobertura del metal señalo con la cabeza una callejuela segundaria a pocos metros de donde estaban. -Por ahí, será más fácil sin tener que estar preocupándome por vosotros. Nos veremos en el piso franco-. Con una sonrisa, hurgó en uno de sus bolsillos y saco una pequeña granada de mano. -Y esto os dará el espacio, cerrad los ojos-.
Cuando aquel explosivo demostró ser del tipo cegador, Lyra y Geber, a regañadientes la primera, dejaron a cargo de Rowana a aquellos zelotes y en busca de preservar la gema. Desaparecieron por las callejas segundarias, alejándose más y más del sonido de las balas, hasta llegar esta vez sí hasta el aparcamiento subterráneo.
Estaba situado en uno de los barrios más alejados de toda la población, abandonado hace tiempo por todos salvo por los pobres más desgraciados de la ciudad, que aun con todo el caos que atravesaba el lugar se mantenían indiferentes incluso a la presencia misma de la segadora paseándose por las calles.
El coche, un todoterreno rojizo relativamente nuevo, esperaba en medio de aquel desolado subterráneo. Con la única luz entrando por la rampa de acceso principal, atenuada por las nubes del cielo, la atmosfera era lúgubre y los omnipresentes charcos y hierbajos dejaban claro el abandono al que estaba sometido todo el lugar. Lyra se adelantó al ver el vehículo a su libertad, haciendo resonar sus pasos por el desolado lugar.
-Me tranquiliza verlo de una pieza-, exclamo débilmente mientras sacaba las llaves y un suave pitido hizo eco entre las deterioradas columnas de hormigón. -Sube atrás, desde el refugio deberías de estar a bien para salir del país-.
Bajo las órdenes de la abismal el joven se acercó corriendo el coche, dispuesto a sentarse en la parte trasera y salir de una vez de aquel pequeño infierno. A cada paso aceleraba un poco más mientras Lyra dedicaba una última mirada a la vieja cochera antes de entrar ella misma en el asiento del conductor.
Cuando Geber abrió la puerta, de dentro del coche una figura se le abalanzo desde la oscuridad de su interior, tirándole al suelo del impacto y quedándose sobre él. Sus manos rodearon el cuello del geólogo apretando con creciente fuerza. Sintió como el aire empezaba a faltarle rápidamente mientras un profundo dolor se adueñaba de su garganta. La adrenalina empezó a recorrer su sangre a medida que el tipo, un aparente humano de raza asiática y pelo negro que no tenía ni en su ropa ni en su rostro nada calificable como fuera de lo normal, apretaba más y más. Tras unos instantes incluso llego a acercar su rostro y a preguntarle, en un inglés no muy practicado, donde había guardado la gema.
Geber, cuando logro recuperarse de la sorpresa inicial, se empezó a remover, buscando liberarse mientras sus manos intentaban, con dificultad, apartar las garras del asaltante de su cuello. Le llevo más tiempo del que se sentiría orgulloso de confesar en darse cuenta de que estaba demasiado igualado en fuerza con aquella persona y no podía librarse tan fácilmente en la posición en la que estaba. De forma que al final ni lo intento. Con sus últimos alientos de aire fresco lanzo sus manos repentinamente hacia delante y, desesperado por respirar, se aferró a cualquier posibilidad de quitárselo de encima que pudiera, concretamente a sus ojos.
Primero fue su mano izquierda, cuyo índice y cuyo anular se deslizaron con fuerza dentro de la masa ocular correspondiente, entrando con pocas dificultades y bañándose en sangre y jugos oculares. Antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar a eso, con apenas unos instantes de diferencia, su otra mano araño el parpado derecho, con suficiente fuerza como para arrancar piel y sangre y dañar incluso el órgano que protegía.
Con semejante dolor, el iniciado debilito su agarre lo suficiente para que, entre sus gritos de dolor y profundas toses Geber fuera capaz no solo de quitárselo de encima, sino también de dar buena prueba de su entrenamiento previo, llevaba asistiendo a clases de karate, defensa personal y similares desde antes incluso del incidente en África, dejando inconsciente al asaltante y tirado en el suelo ensangrentado y seguramente dolorido, pero vivo al menos.
Entre tropiezos y dificultades se levantó, solo para ver la escena que su lucha le había obligado a dejarlo de lado. Lyra estaba allí, el coche estaba ensangrentado y al menos había otros dos fanáticos tirados por el suelo y el capo…Destrozados. La guadaña de la joven estaba bañada en sangre, igual que sus manos y su ropa salpicada por el líquido carmesí. Con cierto temor se acercó a ella, estaba allí, mirándole con los ojos ambarinos bañados en sombras que supuraban de ellos como el aliento gélido de un lobo. Por fortuna para él, fue ella la que, tras un suspiro, relajo la postura y tomo la palabra. -No lo has hecho tan mal, geólogo-.
-Supongo que no estoy del todo indefenso-. Sonrió, intentando quitarle algo de peso al asunto, si bien la urgencia no tardó en aparecer de nuevo en su rostro y voz. -Deberíamos irnos ya-.
-¿Ves esto?- Con la punta del mango de la guadaña golpeo la mano deformada de uno de los cadáveres, llamando la atención de Geber de un amasijo de cables que tenía en sus manos. -Debieron de vernos al llegar a la ciudad y se quedaron esperando por si volvíamos. Al menos eran solo sicarios de bajo rango, no tenían armas especializadas para mí. De todas formas esto significa que tenemos que irnos al punto de encuentro a pie, en cuando remates a ese desgraciado-. Sentencio señalando al único asaltante que continuaba respirando, antes de mirar al techo y tratar de recordar el camino que pronto tenían que seguir.
Geber se quedó quieto unos segundos, antes de acercarse al hombre tendido en el suelo, que le miraba con los ojos cerrados y los mofletes y parpados manchados de sangre. Cogió su martillo y con la parte acabada en punta intento golpearle en la frente. Un golpe seco y, según pensaba, una muerte rápida, solo un movimiento leve y ya estaba. Nadie le culparía, no iría a la cárcel, nadie sabría nunca. El único problema es que no pudo hacerlo.
-¿Por qué tardas tanto?- Se interesó al final la segadora, acercándose a él.
-Porque no puedo-. Sentencio al final levantándose, agarrando el martillo tímidamente con ambas manos y tanteando el bolsillo para asegurarse que el ácido que llevaba de antes seguía entero y no tenía que cambiarse de pantalones, mientras retrocedía hasta detenerse chocando contra el coche.
-Repite eso-, Lyra parecía molesta con aquello, gesticulando evidentemente y dejando su guadaña apoyada en el coche al acercarse. -¿Sabes que es este tipo verdad?-
-Sé que tiene la mente controlada y que ha intentado matarme-, dijo en un suspiro, empezando a retroceder un poco ante la mirada y los pasos de la abismal. -Pero sigue siendo una vida. Estudiar y entrenar estos años ha sido una tarea más difícil cuando tenía que ir a terapia, hay sensaciones que nunca más quiero sentir, no quiero ser un monstruo-.
-Y Rowana te había vendido como alguien que no tenía problema en hacer lo correcto-. Se adelantó, apartándola a un lado de forma no muy cordial, solo para agarrar del cuello a ese hombre y levantarlo con relativa facilidad. -Míralo, ¿Te parece que merece vivir? Puede tener una madre, un padre, hermanos, novia, amigos, hijos, quizás un trabajo decente, lo mismo es un pilar de su comunidad…Pero la verdad es que nada de eso importa ya.
¿Controlada? Su mente esta consumida, atada por una voluntad abisal cientos de veces más fuerte y terrorífica de lo que puedas imaginar. No queda nada de quien fuera, de lo que podría haber sido, cuando el culto te capta, solo la muerte puede curar en lo que te convierten-. Y tras esas palabras, miro por última vez el rostro de la persona inconsciente, y apretó con los dedos hasta que un crujido resonó por todo el lugar, acompañado poco después del sonido del cuerpo desplomándose en el suelo como una marioneta a la que habían cortado las cuerdas.
-Mira, sé que es difícil, que matar no es algo para todo el mundo, ni siquiera una segadora. Incluso he oído hablar de abisales que prefirieron traicionar a su familia antes de cumplir su deber y acabaron teniendo que emigrar, pero por mucho que digan, no todas las vidas valen lo mismo.
¿Qué pasaría si te matase ahora? ¿Cuantos llorarían tu muerte? ¿Qué vidas se verían afectadas?... ¿Y a estos fanáticos? Su muerte solo salva más vidas de otros que reclutarían o ejecutarían en el camino, y es mejor ser un cadáver que una herramienta de lo que sea que more en la piedra. Te encontraras con momentos en que será tu vida o la suya, no dudaste en África, no dudes ahora, menos cuando hay mucho más que ganar o perder. Claro en un mundo justo estas cosas no tendrían que pasar, pero las leyes solo son herramientas inútiles, porque si fueran justas, todo este se habría acabado antes de que esos zelotes ganasen tanto poder. Único aviso, te lo dejo claro. No quiero matarte, me caes bien y eres listo, pero no perdones una vida que ya está perdida-. Lyra se paró un segundo a contemplar al geólogo, estaba pálido, pero asentía levemente, parecía que había entendido el mensaje y que tenía ganas de vomitar, seguramente porque estaba algo aterrado. -Muy bien, perdona mi rudeza pero estas son horas criticas…Vamos a ponernos en marcha-. Le indico con un par de palmaditas en el hombro.
Y en marcha se pusieron. Abandonando con rapidez el aparcamiento, sin preocuparse siquiera de ocultar los cuerpos, salieron de la ciudad a toda prisa, hacia los bosques que rodeaban el lugar. Con fortuna sin más encontronazos inesperados, aunque si con alguna explosión en la lejanía seguramente achacable a Rowana, llegaron a las afueras, donde un discreto sendero de tierra discurría entre árboles y arbustos, perdiéndose en la espesura y ocasionalmente abriéndose en claros, cruces de caminos y pequeñas chabolas abandonadas. Cuando estuvieron lo bastante separados de la civilización, estaban lo bastante tranquilos como para empezar a charlar.
-Bueno…Lyra, ¿hace cuánto que luchas contra ese culto?-
-Toda mi vida. Desde que los mortales os visteis afectados por esa locura varios abisales se dieron a la tarea de pararos. Conforme el tiempo pasaba menos quedábamos y más se sumía todo en el olvido, tanto para mi gente como para nuestras presas. Desde que nací mi madre me ha instruido para seguir su legado-.
-¿Tu padre también estaba en el ajo?-
-Partenogénesis-, dijo sonriendo, parándose un segundo en el camino a mirarle. -Mi hermana y yo, solo que ella prefiere llevar una vida tranquila. Se oculta de los mortales en Asia, quizás algún día la conozcas. Es buena, pero con un temperamento horrible-. Mientras andaba, se llevó la mano a uno de los múltiples bolsillos y saco una pequeña cartera de cuero marrón, de la que extrajo la foto de una abismal muy parecida a ella. -Laela se llama, somos como dos gotas de agua, aunque es normal con la forma de nuestro nacimiento-.
-Entiendo que quiera tranquilidad, yo ahora estoy deseando que esto termine y pueda volver a mis investigaciones tranquilamente-, suspiro, cogiendo la foto y admirándola por unos segundos antes de dársela de vuelta. -Es bastante guapa-.
-Ni lo pienses-, sentencio firme. -No le gustan mucho los humanos, nunca le han dado buenas experiencias y algunos días me hace creer que solo sabe golpearlos…Además es mi hermana, eres mono, pero no digno de ella-.
-No me gustaría acabar con una persona que me golpease porque si y odiase mi raza, no te preocupes, era solo un comentario.- Un escalofrió recorrió su espalda por un segundo tras lo que había dicho, haciendo que parase la charla un segundo. -Y de hermano a hermana te entiendo, yo también tengo una pequeñeta y nadie será jamás lo bastante bueno…-
Los pájaros volaron, la distante lluvia que descargaban las nubes por el horizonte se silenció por un segundo y los animales de la tierra se ocultaron en sus agujeros, al tiempo que aquel disparo resonaba entre las plantas y las rocas.
Geber se sobresaltó al tiempo que vio el cuerpo de Lyra desplomarse en el suelo a un segundo apenas de aquel disparo. Se calló de culo al suelo, asustado, aferrando con fuerza el martillo si bien sabía, que no servía de nada contra las balas.
-Buenos días señor Geber-, se presentó de pronto, saliendo de entre la maleza que daba a el enorme afloramiento de granito blanco sobre el que se encontraba el geólogo. Vestido de forma militar, aquel sujeto de ascendencia europea le miraba con una leve y burlona sonrisa. -Permítame presentarme, soy Berlini, Gran Cultor al servicio del maestro, que me dijo que los encontraría aquí-. En ese punto se interrumpió un segundo, pues el italiano se había dado cuenta de cómo su rival miraba el rifle que portaba entre manos y el hacha de su cinto. -Oh, no se preocupe por esto amigo, el arma creada por Joao, el afamado armero arcano portugués, y una sola bala especial para que ningún abisal pudiera sobrevivir a ella, no es un peligro para su vida, solo quería quitar a esa amenaza del camino. Ahora, con las presentaciones concluidas, la gema por favor, sé que la lleva encima, o al menos, sabe su paradero exacto-.
Geber sin embargo, apenas podía emitir palabra alguna, mirando el cadáver sin vida de la segadora, desangrándose en el suelo. -Geber, no debe preocuparse, si colabora no solo estará ayudando al glorioso renacimiento de este mundo marchito, su reforja en un lugar donde nadie más tenga que sufrir, sino que además será perdonado y no sufrirá daño a mis manos, se lo juro, deje de lado a esa patética guardiana, se lo ruego-.
-La has matado…-Suspiro, levantándose y tragando saliva ruidosamente, dudando en su propia mente. Solo había dos opciones, o luchaba, o se rendía y le daba la gema. No era un héroe, lo sabía, a pesar de todo cada vez que la magia o las liminales aparecían en su vida el solo podía considerarse un monstruo por su pasado. Pero, al mismo tiempo, se sentía culpable, o sabía que podía sentirse culpable, si lo de la gema era cierto, habría ayudado a provocar dolor a todos aquellos que le importaban. Al final, quizás fuera el miedo a lo que podía pasar si de la daba, a que podría ser pieza clave de su salvación por aquel asunto de la radiación, o quizás que como todo geólogo no podía entregar algo así sin más a un maniaco, pero se decidió. No sentía que fuera un héroe, solo un monstruo codicioso y destructivo, y así se iba a comportar.
-No te voy a dar la gema, ni muerto-. Dijo temblando, aferrando su martillo y respirando hondo, tratándose de concentrar para lo que vendría después.
-Profesor…Una última oportunidad para que reconsidere sus palabras, aun está a tiempo. Es mucho más fácil y rápido que colabore antes que tener que buscar en su mente muerta-, pronuncio con débil voz Berlini, acercando una de sus manos a su hacha de una mano y filo.
-Me voy a arrepentir de esto, pero no-, sonrió levemente, de puros nervios, mientras como respuesta GC asentía levemente con la cabeza y sacaba su arma, empezando ambos a dar vueltas alrededor de la enorme placa de piedra, esperando nerviosos el comienzo del combate.
Pasaron un minuto, dos, hasta que finalmente Geber estuvo tan cerca como para cargar un golpe en la vertical hacia GC, que evito con una finta que devolvió con un placaje lateral que impacto de lleno en el joven haciéndole trastabillar hacia la derecha, evitando más por suerte que por habilidad o planificación el filo del hacha que siguió al placaje.
Para cuando logro reincorporarse, Berlini se hacía acercado y aunque pudo detener el golpe del acero la patada que recibió en el estómago llego a tumbarle en el suelo, momento en que tuvo que alejarse rodando para evitar sufrir daños mayores. Pero GC no daba un solo segundo. Mientras su mente rebosaban los canticos que le habían recitado hasta la saciedad en la sede, su cuerpo arremetía una y otra vez contra el joven, haciéndolo retroceder entre asaltos hacia los límites de la improvisada arena rocosa, donde los árboles y arbustos empezaban de nuevo a dominar el ambiente. En la última embestida, Geber se quedó apoyado en contra de un árbol, de tal forma que cuando GC fue a golpearle, logro evitarlo lo bastante como para que el hacha se clavase en la madera. Solo unos instantes, pero suficiente para que el geólogo viera una oportunidad de tomar la delantera.
Fue lento. Si, el llevaba el ritmo ahora, pero era un ritmo reducido, tedioso y doloroso gracias a las heridas y el cansancio que se acumulaban, pues evitar la muerte antes mientras retrocedía no hacia sido fácil y GC no lo podía sencillo.
Chocaban los aceros, se repartían en cada hueco puñetazos y patadas sin el menor rastro de honor hasta dejarse ambos plagados de cortes, moratones y heridas abiertas que plagaban el húmedo suelo de roca volcánica con manchas de sangre.
Al final, sin embargo, el resultado no fue decidido cuerpo a cuerpo. Cuando Geber parecía que podría resistir los embates de su contrincante, alejándose unos pasos para recuperar el aliento sin perder de vista al fanático, este alzo el brazo que sostenía su hacha, dando un paso adelante y engañando al geólogo que se intentó preparar para una carga frontal, pero su inexperiencia le jugó una mala pasada.
El hacha voló rauda por el aire de un fuerte lanzamiento, dejando claro el lento tiempo de reacción del joven. Sin que pudiera evitarlo, el filo del arma se clavó de forma certera en su hombro izquierdo, cercenando ropa, carne y venas, hasta quedarse incrustada varios centímetros por debajo de la piel, rozando el hueso. Por la mera inercia del impacto, cayó al suelo de espaldas, soltando su martillo justo a su lado y llevando su mano a intentar sacar el hacha clavada en su carne, entre gritos de dolor.
No fue el quien acabo sacándosela, sino que fue la mano de Berlini que la extrajo de un fuerte tirón con un sonido húmedo, haciendo que la carne empezase a manar ríos rojos, apenas el joven tuvo unos segundos para cubrirse la herida como pudo con la ropa mientras soltaba improperios y se retorcía por el dolor. GC le cogió del cuello y lo levanto ligeramente, mientras él se agachaba sobre su cuerpo, deslizando el hacha por la mejilla izquierda del joven, dejando un pequeño corte a su lado, Geber intento con su mano libre, la otra de puro dolor apenas podía ni moverla, apartarle, golpearle en la cara, pero sin arma alguna ni garras parecía inmune a todo lo que el joven pudiera hacer, solo seguía esgrimiendo esa maniática sonrisa. Le miro a los ojos mientras levantaba el arma para un último golpe.
Y la mente de Geber se aceleró, recordando toda su vida, perdiéndose en esos míseros instantes en el pasado. Desde sus días de escuela, hasta el nacimiento de su hermanita, el mejor día que había vivido en su vida hasta muchos años más tarde cuando una wyvern hizo su aparición en ella, la universidad, África…Incluso en aquellos momentos, tras la terapia, una parte de su mente le decía que se lo merecía, que la muerte era un castigo apropiado por sus actos, desde los más lejanos, causa de su capacidad para enfadarse rápidamente, como los acontecimientos de la mansión. Su vista vislumbro incluso hasta ese día, repasando rápidamente todo hasta el momento presente.
Y se dio cuenta de que aun tenía un arma. Dolería, no sabía si funcionaria, pero en ese segundo de desesperación ni se paró a pensarlo. Alejo su mano del rostro de su agresor y se la llevo a su pantalón, donde por pura casualidad aun guardaba aquel vial de ácido concentrado. De un solo movimiento, un instante apenas antes de que le golpease para darle muerte le rompió la botella en la cara, justo en los ojos.
El grito que profirió, fue desgarrador, y se escuchó por toda la zona. El potente compuesto empezó a corroerle los ojos y la carne, haciendo burbujear sus corneas y humear su iris, mientras los cristales se hundían mas y más profundo en la carne a cada grito. Llevado por el instinto animal, se separó del joven, dejando caer su arma y luchando por arrancarse los cristales y refrescar sus globos oculares que ardían como un infierno. Del golpe apenas veía sombras difusas y manchas deformes cada vez más inexistentes, no se percató de los movimientos de Geber.
Por la pura inercia de la adrenalina, sin pensar, sin sentir sin importarle nada más, se levantó, con su mano buena agarro su piqueta y, a pesar de las quemaduras de ácido y los cristales que desfiguraban la carne de su mano, en un último extintor agarro el mango de polímeros y, con la parte acabada en punta, dirigió un único golpe hacia el cuello del fanático.
GC vio, o más bien sintió, su garganta atravesada por la pica de acero, justo por detrás de la tráquea. Cuando la sangre empezó a manar de la herida, Geber levanto la pierna derecha y empujo en el pecho de Berlini, de forma que el acero desgarro sus venas y doblo su tráquea, al no tener filo salió deslizándose por donde había entrado, pero el daño ya estaba hecho. Al sentir como las energías le abandonaban, solo pudo emitir un débil sonido de su garganta destrozada, antes de caer al suelo inerte. -Gracias por todo, maestro-.
Por su lado, Geber no estaba mejor. Tenía una enorme herida abierta, profunda y que no paraba de sangrar, así como innumerables cortes y moratones que estaban poniendo a su cuerpo al límite, por no hablar de que tenía una mano plagada de pequeños cristales y quemada de puro acido. Sonriendo por la poca alegría que le daba la victoria, no tardo en sentir de nuevo el dolor cuando la adrenalina empezó a desparecer de su sangre, suficiente para hacer que su cuerpo sucumbiera al final y su mente se cerrara para evitar esos últimos y agónicos momentos, dejando caer el cuerpo hacia atrás con los últimos recodos de conciencia, antes de cerrar los ojos.
Se levantó de golpe, incorporándose, solo para retorcerse de dolor y volver a tumbarse, mientras la conciencia volvía a él. Se miró tan pronto como pudo recordar que había pasado. Estaba casi desnudo, cubierto de vendajes en todas sus heridas y con algo que parecían cataplasmas y ungüentos por todo su cuerpo y solo con sus calzoncillos. Estaba tumbado sobre una toalla roja y cuando miro a su alrededor, vio un cuarto pequeño, polvoriento y desgastado, con algunos muebles rotos y plagado de botes y cajitas. Había una puerta cerca de sus pies y un balcón, con barandas blancas desconchadas que daba a un enorme valle entre dos montañas que no supo identificar. Y ahí, sentada, en el balcón, mirando el paisaje y el sol atardeciendo y tiñéndolo todo de naranja, estaba Rowana, con un pequeño tarro que bien parecía una urna ornamental egipcia para guardar órganos, a su lado.
-Estuviste durmiendo casi una semana-, espeto, levantándose con dificultad y dirigiéndose a una bolsa que tenía sobre un mueble. -Os encontré cuando ese tipo pego el berrido, has tenido suerte, casi no sobreviviste-. Sonaba indiferente, cansada, puede que incluso algo triste. Tras aquellas palabras le lanzo a las piernas una especie de bollo cubierto en azúcar que había sacado del bolso y volvió a sentarse al lado de la urna.
Geber no dijo nada. El rugido de su estómago al oler aquella azucarada delicia horneada hizo desaparecer el resto del mundo mientras la engullía a ritmo forzado. Cuando acabo y se sacudió las migas de sus vendas y su pecho, fue cuando se permitió hablar. -Gr-Gracias Rowana, me has salvado la vida-. Intentó levantarse, pero apenas si pudo acomodarse, antes de que una espina de preocupación asolase su mente. -¿Y Lyra? ¿Y la gema?-
Rowana se tomó un segundo para responder, sin girar la cabeza. -La gema esta en tu maleta. Tras estabilizarte pase por tu cuarto y recogí todo lo importante…Y Lyra-. Con la garra de su dedo índice dio un par de toques a la urna que tenía al lado, haciéndoselo comprender al joven al instante.
-Lo siento-. Su mirada bajo y su voz se tornó pesada. -¿Era tu amiga no?-
-Supongo que si-, elevo la mirada al lento atardecer y al cielo naranja. -Pero se ganaba la vida luchando contra esos tipos, estaba concienciada de que esto acabaría pasando. Y al final, puedes seguir guardando la gema, no fue una muerte inútil-.
-¿Qué quieres que guarde que?- Exclamo, todo lo alto que dejaban sus debilitados músculos le dejaban.
-Escucha, esa roca nunca estará a salvo conmigo-. Empezó a decir, serena, conciliadora. -Pero tú, la conoces de una forma que nadie antes lo hizo, puedes estudiarla, quizás descubrir algo. Yo usare mis contactos para esparcir rumores y desinformación, nadie sabrá nunca lo que ha pasado entre nosotros tres en esta ciudad, ni que tu guardas esa gema, solo tú y yo. Además, ¿decías de ir a trabajar a Japón? Se de algunos allí que te ayudaran con todo este problema mágico y liminal que no terminas de comprender. Esto no es una sugerencia por cierto, es la única opción para que la muerte de Lyra no caiga en vano, junto con esa pieza del puzle. Considéralo una forma de pagarme por salvarte la vida-.
Geber se desplomo sobre la toalla, en silencio, pensando. No le hacía ascos a poder estudiar una muestra así de interesante de por sí, pero a la vez esa roca en concreto…De todas formas qué sentido tendría replicar, no tenía fuerzas para oponerse y además, por desgracia en cierto sentido, sentía que se lo debía. Resignado, simplemente cerró los ojos y dejo el tiempo pasar, durante unos minutos en silencio.
-¿Qué pasara ahora?- Pregunto al final, cada cual mirando distantemente a un punto del mundo.
-Esperaremos unos días más hasta que te recuperes del todo. La ciudad aun es un caos y se siguen sucediendo conflictos y rescates, y ya no solo de esos zelotes, sino de otros buitres que han intentado aprovechar el caos. No será difícil inventarte una historia. Tengo otro coche para llevarte al aeropuerto, en cuando lleguemos a Europa nos separaremos y cuando llegues a Japón te estaré esperando para presentarte a las personas adecuadas. Para bien o para mal, nos estaremos encontrando a lo largo de nuestra vida seguramente, al menos puedo sacarte algún provecho-. Rio amargamente por un segundo, antes de retumbarse y quedarse mirando a Geber. -Quizás y todo acabemos siendo amigos-, empezaba a animarse, se le notaba en el tono de voz, un poco más distante de la tristeza según hablaba y miraba al joven.
-Y eso fue todo-. Respiro pesadamente el joven, mientras se relejaba un poco, sentando en la mesa y cruzando las manos, sin mirar directamente a la wyvern que esperaba aun en el sofá abrazada a Charnela. -Después de eso volví a casa y al poco saque todos los papeles para trabajar en Japón, aunque la idea inicial no era quedarme aquí toda la vida acabo por gustarme. Como prometió al volver me ayudo a montar todo este laboratorio y me presento a ciertos contactos, como Daiging que me ayuda con suministros o Aurora, que es una empresaria de un reino de elementales y me da una beca por mis estudios de las piedras de agua. Ahora mismo Berlini ha vuelto y sabe que tengo la piedra, y por si fuera poco solo el, engaño a la hermana de Lyra, Laela, haciéndole creer que yo mate a su hermana. Ella está furiosa, y a el no puedo dársela por lo que sabes, de modo que llevo meses contratando mercenarios, principalmente de Brutal Corp, para luchar contra él. Y bueno, eso es el último pedazo de mi vida que no sabías, que nunca te conté. Si queda algo más, será una minucia sin importancia que no recuerdo en este instante. Pero nada más tan grande-.
La wyvern con calma dejo a Charnela en el suelo, mientras se acariciaba el rostro con las alas. De sus labios solo salió una pregunta. -Y esa gema… ¿Esta aquí?-
En lugar de simplemente responder, el joven se levantó y fue hacia el cajón inferior de la mesa, donde guardaba numerosas muestras, sacando de allí una roca del tamaño del cráneo de charnela, plagada de poros y de color gris, como una especie de piedra pómez. Con ella en la mano se dirigió al flexo que tenía en su mesa de estudio y recogió un imán, que parecía un velociraptor pequeño con la cola deformada. Mientras se acercaba a Erin, examino la roca, e inserto la cola del raptor en uno de los poros, girando hasta escuchar un ligero click. -Busque suficiente mena de plomo para rodearla de dos centímetros de capa protectora-, explicaba al acercarse, abriendo la roca como una cajita y desvelando la gema en su interior. -Y luego Rowana le hizo unos encantamientos o algo para protegerla más…Hasta donde yo sé es imposible saber que está dentro por método alguno, solo yo, Rowana y ahora tú sabéis que existe y donde se guarda-.
-¿Eso no me pondrá en peligro?- Sentencio, mirándola sin atreverse a tocarla.
-No, ellos no saben nada, y es lo que mantiene esta guerra en ello. Me necesitan vivo para que se lo diga, y a ti también, saben que eres lo único que me ata ahora mismo a este país. Sin ti me iría a perderme en el mundo para que no la encontrasen-. Mientras lo decía, cerro la caja y se apresuró a guardarla en su sitio, entre las otras muestras.
-Si tan importante es todo, quizás perderte por el mundo es lo que deberías hacer. Sabes que puedo cuidarme a mi misma-.
-Sí, pero si me voy para empezar perderías el valor a sus ojos como elemento que me retiene localizable, y para con tu familia y trabajo, sería difícil explicar porque simplemente he desaparecido. Además eventualmente me encontrarían. Al final irme supondría más molestias que quedarme-. Erin ya se había levantado, acompañada de Charnela. Se hallaba frente a frente con el geólogo mientras hablaba. -Y tampoco estaría bien dejándote sola, aunque te puedas valer por tu cuenta. Claro, que si quieres irte con otro anfitrión o a tu casa tras todo esto, lo entenderé-.
-Andemos-, fue lo primero que dijo, tras mirar como el joven agachaba la cabeza. Cruzo sus alas a la espalda y lentamente empezó a caminar hacia afuera de la habitación, seguido por la mascota y Geber. -No me voy a ir a ningún lado. Con o sin fanáticos. Pero tú…Tu confesión ha sido decepcionante-.
-Lo sé-, interrumpió el joven, desviando la mirada al lado contrario de la wyvern. -Lo he hecho todo mal-.
-No todo. No te culpo por las muertes. Por lo que me contaste en más de un caso se lo merecían o fue un accidente, además en mi cultura, y especialmente para mi, una vida humana no es lo más valioso del mundo. No matamos porque si, tampoco somos monstruos, pero he derramado sangre y seria hipócrita por mi parte el enfadarme contigo por hacerlo de la forma en que lo hiciste. Otra cosa seria sí, no sé, hubieras sacrificado ritualmente a una docena de niños a ese monstruo abisal, eso me enfadaría…No, el problema aquí, es que no me lo has dicho.
Entendería que no me lo hubieras contado en los primeros meses, cuando era simplemente una idiota. Pero cuando me hablabas de África o de la India, de los congresos y visitas, de Rowana y de este estudio, me escondías la verdad, me mentías. Puedo entender que lo hicieras porque tenías miedo, es lo mismo que sentía yo cuando decidí confesarte todo mi pasado, o porque no quieres recordar. Pero para bien o para mal es algo que ha condicionado quien eres, tu vida entera y más en estos días y yo no sabía nada más que una mentira.
Si, se que es algo extraño que me moleste tanto por ocultarte la verdad cuando yo misma no te dije nada de mis motivos y razones hasta hace unas horas, pero no puedo evitar sentirme engañada, y esa es la peor parte de todo esto. No voy a decir que lo demás no tiene importancia, necesito tiempo para asimilarlo y ver cómo me posiciono con todo, pero puedo soportar que matases por accidente o necesidad, que te engañasen, que una criminal te chantajease, que un "amigo" tuyo sepa algo de magia, incluso todo el lio de la leyenda y los fanáticos, quizás porque es el tipo de cosas que llevo leyendo e imaginándome desde pequeña…Pero no puedo soportar tan fácilmente que me mintieras a la cara.
La confianza que te tenia, te la ganaste día a día, lentamente en condiciones que nadie más habría soportado más de unos segundos. Me diste una gran vida y todo el apoyo y el cariño y la comprensión que podría desear tan lejos de casa, hasta que al final conseguiste lo que jamás habría esperado y me enamoraste. Pero descubrir tan tarde esto…
Tu pasado me ha dejado en shock. Y más sabiendo que alguien te quiere hacer tanto mal. Ahora mismo siento a la vez ganas de llorar y de matar a ese malnacido, no sé cómo será el día a día ahora que se eso y que está pasando lo que está pasando, estoy empezando a temer por tu vida y odio tener miedo. Desde que tengo conciencia he tenido que acostumbrarme a la idea de que mi familia y mis amigas pudieran no volver de una cacería, y creía que no tendría que pasar lo mismo contigo.
Pretendía darte tu regalo del solsticio hoy. Pero no me siento capaz. Estoy enfadada, tengo miedo, pena, no sé si abrazarte o golpearte, ahora tenemos un criminal que nos quiere muertos, y temas entre las alas que parecen sacado de uno de los libros de la Dragona Blanca. No sé qué pensar o que sentimientos tener. Salvo uno, uno que no necesito consultar con la almohada-.
Para cuando llego a ese punto, ya habían llegado al cuarto de Erin, que esperaba con la ventana cerrada y la cama tamaño matrimonio hecha. Geber se sentó a un lado, mientras la wyvern hacía lo propio en el otro, sin mirarse.
-Me has engañado, y la confianza es extremadamente importante para mí. Tampoco quiero perder a alguien como tú, pero siento ahora mismo que no te conozco, que casi eres un extraño. Yo necesito tiempo para asimilar todo esto y tu tiempo para demostrarme por qué debería darte otra oportunidad
Termina el conflicto con Berlini, dile a los mercenarios que golpeen más duro y mientras tanto, en el tiempo que tengamos que temer de que alguien nos apunte con una pistola por la calle, demuéstrame una vez más porque confié en ti en su momento, porque llegaste a enamorarme y espero que entonces no sienta precisamente esto-.
Erin se tumbó en la cama de golpe, mirando a las estrellas por la ventana cuyas cortinas dejaban algo que ver en la calle. -Dormiré, duerme tú también ahora. Mañana, cuando este descansada y tranquila tendrás que ayudarme a hacer frente a todas las emociones y preguntas que me has dado. Buenas noches Geber-.
Y el joven se quedó allí, sentado, sintiendo levemente los movimientos y la respiración de la wyvern, pensando. ¿De verdad se la merecía? ¿De verdad podía aspirar a su perdón? El haberla engañado y decepcionado le dolía más incluso que las vidas que había arrebatado, después de todo Rowana no estaba en lo cierto. Aún se acordaba de cada una, incluso tras India cuando tenía que hacerlo, no era más fácil, solo había conocido una forma de obtener la paz verdadera tras sus pecados, y pasaba por las alas de su wyvern. No podía evitar dudar, preguntarse, temer. Había tanto en juego, la gema, su vida, la paz que necesitaba. Y a pesar de todo se sentía como una marioneta, no había elegido encontrar la gema, ni conocer a Rowana y Lyra ni meterse en todo eso. ¿Acaso siquiera tenía elección? Si hubiera declinado la oferta de ir a trabajar con Abiodun, la gema seguiría perdida y hubiera conocido a Erin igual, solo que sin todo ese pasado que le condenaba y lastraba al final.
Durante largo rato pensó en todo aquello, le dio vueltas y mas vueltas hasta que no pudo mas y el cansancio de hizo mella. Lentamente se dejo caer al otro extremo de la cama, de espaldas a ella. -Buenas noches Erin-. Susurro apenas mientras cerraba los ojos.
Para acabar el momento, Charnela, que había estado esperando pacientemente a un lado, se subió a la cama con sus dueños, que ni se habían molestado en taparse y simplemente descansaban sobre el colchón. Tumbándose a sus pies y deseando a sus amos, en un leve aullido, buenas noches.
