Disclaimer: Sweeney Todd no es mío... pero algún día, lo será.

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Una maleta y un adiós


—¡No puede irse! —gritó Sweeney Todd, persiguiéndola hasta la salida.

No le había dejado entrar en su habitación para decirle que no podía irse. Que no podía dejarle solo con aquél "criajo" celoso. ¿Y para qué iba a dejarle entrar? Eso sólo les llevaría a conversaciones dolorosas, a palabras que ninguno quiere decir. Pero no, él no podía quedarse callado y aceptar con la cabeza. Desearle suerte, darle dos besos y despedirla. Eso era lo que podía hacer. Sin embargo, ambos sabían que Sweeney Todd no era de los que se calla y, obviamente, no iba a dejarla ir sin más.

—¡Sra. Lovett! —gritó, ella no parecía escucharle. La cogió del brazo y tiró con tanta fuerza que se tuvo que girar y cayó sobre él.

—¿Qué? —preguntó. Sabía que si le miraba a los ojos estaba perdida, así que prefería mirar al suelo.

—No puede irse —repitió.

—Tengo que hacerlo. Si no, será peor para ambos. Créame, Sr. Todd, sé lo que digo. Usted no es el primero que intenta hacer lo que usted está intentando hacer ahora.

—¿Qué pasó? —preguntó, sin apartarla ni un centímetro de él.

Le miró a los ojos sintiéndose culpable. Una de tantas cosas que no le había dicho acerca de Lucy y su supuesta muerte. Le dio un beso en la mejilla y se apartó de él, sin atreverse a decirlo. Se acercó a Tobías, que estaba detrás del barbero, y también le besó, sólo que a este en la frente, como se les hace a los niños pequeños.

—Debo irme ya —suspiró—. Piénselo así: Sólo será un tiempo. No me mudo a Hill's End y, ¿quién sabe? No tengo porqué casarme. Puedo rechazarle. Todo se verá, ¿vale? —sonrió con falsedad, sabiendo que de aquello nada bueno podía salir.

Le acarició la mejilla al Sr. Todd con la mano, sintiéndose peor de lo que ya se sentía respecto a él, y salió corriendo hacia el carruaje. Le dio la maleta al cochero y se sentó dentro sin mirar al Alguacil, sentado enfrente de ella. Se asomó por la ventanilla para decir el último adiós antes de girarse.

—Lo siento, Eleanor —suspiró el Bedel—. Tú sabes que si por mí fuera…

—Sí, sí, sí —contestó exasperada haciendo un gesto con la mano—. Todo eso ya me lo sé.

—Escucha —la cogió de la mano con mirada culpable. Ella incluso se alegró, al parecer no era la única culpable—. Creo que sospecha algo.

—¿Acerca de qué? —preguntó asustada.

—Del barbero. Os vio en el teatro, en el palco… —ella abrió los ojos con terror—. Creo que empieza a preguntarse la extraña familiaridad de tu chico con Lucy Barker.

—Oh, dios… ¿Ya sabe que él es…?

—No, por eso necesitaba que vinieras. Cuando me negué, me preguntó si sabía algo. Eleanor, sabes que no puedo mentir a tu padre, tuve que hacerlo.

—Está bien —le sonrió—. Gracias.

Suspiró y miró el paisaje. No, nada bueno saldría de aquello. Cuando de su padre se trataba no podía, simplemente. Pensándolo bien, debía de enviarla para alejarla de Barker. Sí, debía aterrorizarle que otra de "sus mujeres" cayera en brazos del mismo hombre. No pudo evitar reír con la ironía de haber dado en su talón de Aquiles. Cuando se enterara de que su hija estaba viviendo con el enemigo, con su peor enemigo, iba a ser un espectáculo digno de ver. Pero al Sr. Todd no le haría tanta gracia saber que ella era la hija del hombre que arruinó su vida. Ella también lo odiaba, ¿pero qué podía hacer? De alguna forma, si no hubiese sido así, la Sra. Lovett no hubiese nacido seguramente. ¿Debía odiar que su padre hubiese destrozado la vida de su amado, si eso significaba odiar su propia existencia? Era uno de los dilemas más complicados a los que se había enfrentado nunca, y dudaba de que nadie pudiese resolverlo.

Pero apenas horas antes, medía día a lo sumo, había disfrutado del beso más tierno de su vida. Había sido la primera vez en su vida en la cual, al menos, sus sentimientos eran sinceros. No había sido uno grande, ni un beso de libro romántico pero a ella le había gustado sólo por significar lo que significaba: que él podría sentir algo por ella. Sí, seguía sintiéndose culpable por Lucy. Ella seguía viva en algún lugar, seguía casada con el Sr. Todd aunque este lo negase constantemente. Y ese era otro aspecto que no entendía de él. ¿Por qué demonios se empeñaba en negar lo evidente? Seguía enamorado de Lucy, y ambos lo sabían. Pero el barbero se empeñaba en guardar su foto y mirarla negándose amarla, y diciendo que ella no era nada para él. Que sólo era para vengarla. Pero él mismo aceptaba estar muy enamorado de su mujer. Suspiró, el hombre era todo maldito dilema lleno de contradicciones.

A lo lejos, el lago donde pasó las mejores noches de su niñez hacia aparición, precediéndole la "casa de campo" de dos pisos con más de catorce habitaciones sin contar cocina y comedor.