Crónica 23. Hanami. La floración de los cerezos.

Mientras tanto, en Mithrandir, Zoe y Shun seguían viajando. Sin embargo aun no llegaban a algún lugar concreto y ella empezaba a ponerse realmente nerviosa, como si no fuese suficiente con tener a Shun tan cerca y sólo para ella. Aunado a eso estaba la duda de si realmente era una cita o no, las chicas decían que sí, pero él jamás mencionó esa palabra así que ¿Cómo saber?

-Sólo hay una manera-pensó Zoe, mientras sonreía con cierta picardía.

Sin pensárselo mucho más, la pelinegra recostó la espalda en el asiento, se cruzó de brazos y habló.

-¿Adónde vamos?

El sobresalto del peliverde fue tan imperceptible que Zoe dudó realmente de haberlo visto.

Sin embargo él lo sintió en cada centímetro de su respetable altura.

Había demasiada tensión en el ambiente, entre ellos dos, así que sólo esperaba la ineludible pregunta. Mientras tanto se entretuvo pensando qué era lo que debía responder y la cantidad de elaboradas maldiciones que se regalaba mentalmente cuando se preguntaba qué miserable droga habría aspirado para meterse en semejante problema.

El Shinigami no tenia citas. Fin de la historia.

Él estaba en contra de los rollos emocionales, le fastidiaban los compromisos, era feliz cuando no se veía huyendo, como hacían los otros Angeles, de aquellos famosos "días especiales del mes" de sus respectivas compañeras. No estaba dispuesto a aguantarse los días de Zoe tampoco, dispuso resuelto una noche, pensando en aquello y la gran ventaja del plan era su ya bien expuesto mal carácter; demoniaco, según Hyoga.

Entonces, ¿Por qué, por todos los jodidos dioses, él estaba metido en aquel callejón sin salida al que iba como ganado al matadero?

-A un sitio que me gusta-musitó, conteniendo las enormes ganas de girar bruscamente el volante y salir corriendo de ahí.

-¿Es esto una cita, Shinigami?

El Shinigami no tenia citas. –Le devolvió como respuesta su mente, burlándose cruelmente de eso.

Finalmente Shun la miró. Craso error. Sintió como la sangre se acumulaba toda en sus mejillas delatándolo con el tan odiado sonrojo, propio de la vergüenza y la timidez. La causa de todo fue la mirada picara, casi atrevida y rebosante de confianza de Zoe. Eso lo desarmó por completo, como si ella hubiese absorbido la escasa y endeble seguridad que él logró reunir durante toda esa hora antes de que la fatídica pregunta llegara. Eso o el lugar, lo que apareciera primero. El caso era que ahora el fuerte y feroz Shinigami se sentía como un chiquillo inexperto en su primera cita.

-Primera cita. ¡Maldita sea!-se retorció Shun, en su mente.

-Tal vez-fue lo único que respondió.

Zoe sonrió. Sin querer, Shun había agregado más misterio al asunto, picando aun más la curiosidad de la pelinegra y quitándole así el control de la situación.

Finalmente llegaron al lugar que Shun quería mostrarle y Zoe interrumpió sus pensamientos cuando el auto se detuvo frente a la enorme portón de madera que guardaba aquel intrigante lugar, sin darle una mísera pizca de lo que había del otro lado. Aun así, Zoe se entretuvo tanto contemplando el hermoso tallado de la puerta que olvidó bajar del auto. Despertó cuando Shun abrió la portezuela a su lado.

Ella sonrió con cierta timidez y se detuvo junto a él, admirando de nuevo el trabajo hecho al gran portón.

Había dragones y doncellas vestidas con kimonos elaborados, guerreros y samuráis. Le parecía imposible que alguien pudiese haber tallado tantos detalles, pero ahí estaban, exquisitamente presentes, decorando la madera.

De pronto el portón se abrió, ambas partes se deslizaron sin hacer el menor ruido, pero sorprendiéndola.

Un anciano, calvo, de ojos rasgados y sonrisa amable se inclinó ceremoniosamente hacia Shun, mostrando su profundo respeto al Shinigami, quien le respondió con una leve pero cálida reverencia. Luego la miró a ella y volvió a inclinarse. Shun no le dio tiempo de imitarlo, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y avanzó con tranquilidad por el camino empedrado que desembocaba en una casa, también de madera.

Zoe se giró hacia el anciano, casi esperando que los guiara, pero éste ya no estaba a la vista y el enorme portón yacía cerrado como si nunca les hubiese permitido la entrada.

-Vamos-dijo Shun.

Ella lo siguió, ambos bajando por la pendiente, mientras observaba todo a su alrededor. El sitio estaba tan alejado del ajetreo de los distritos que Zoe podía escuchar el característico zumbido del silencio. Apenas algunas aves pequeñas lo acompañaban con su canto. En los extremos del camino había enormes jardines, decorados con fuentes, puentes pequeños con estanques debajo de ellos y frondosos árboles. Aquel sitio se veía antiguo, completamente natural. Sin embargo ella tenía la fuerte impresión de que aquel lugar no formaba parte de lo que debía ser la antigua Rusia. De pronto supo por qué.

-¡Es una casa japonesa!-exclamó en su mente.

Todo el lugar exudaba una tranquilidad pasmosa y Zoe se guardó sus brincos de emoción por temor a romper con la perfecta quietud que los rodeaba y a la que Shun contribuía con su imponente presencia y profundo silencio. Sin embargo fue él mismo quien interrumpió las cavilaciones de la pelinegra hablando mientras caminaban.

-¿Sabes algo de Japón? ¿Qué es un país insular, por ejemplo?-preguntó sin mirarla.

-Sí, ubicado entre el océano Pacífico y el mar del Japón, al este de China, Rusia y la península de Corea y formado por cuatro islas principales: Honshū, Hokkaidō, Kyūshū y Shikoku, que forman el 97% de su superficie total-respondió Zoe, casi automáticamente-Llegué hasta la J en tu enciclopedia esta mañana, mientras estabas ocupado-musitó ella, con timidez, al ver la ligera sorpresa marcada en el rostro de Shun.

-Bien, entonces conoces uno de los símbolos tradicionales del país: El cerezo.

Zoe se detuvo y Shun tuvo que girarse hacia ella, frunciendo el seño ligeramente mientras la veía sonrojarse hasta más no poder, presa de una emoción casi contagiosa.

-Sí, lo vi en la enciclopedia. Es muy bonito-musitó.

Shun sonrió con algo de arrogancia y orgullo.

-No digas que es bonito hasta que lo veas personalmente-musitó.

Luego, se dio la vuelta y siguió caminando obligando a Zoe a hacer un esfuerzo para alcanzarlo.

-¿No vamos a entrar?-preguntó ella al ver que rodeaban la casa.

-No, todavía no.

Ella no preguntó nada más, pero la curiosidad por ver el interior de la casa rivalizaba con el cerezo que aparentemente la esperaba.

Sin embargo, su interés se esfumó por completo, dejándole el camino libre a la absoluta sorpresa cuando no se encontró con un árbol, sino con un conjunto de diez enormes cerezos en pleno florecimiento, alrededor de un gran lago. Estaban justo detrás de la casa, por lo que jamás esperó encontrarse con aquel recinto hermosamente decorado con las flores de color rosa purpura que caían de los árboles, y las pequeñas lámparas de papel japonesas puestas de manera que no se necesitara de ninguna otra iluminación.

-Justo a tiempo-susurró Shun.

El atardecer estaba llegando, por lo que los tonos naranjas del cielo acompañaban a los rosas, marrones y verdes del paisaje. Zoe seguía sin habla.

-Ya que eres de Japón, me pareció que te gustaría ver algo de tu país.

Shun siguió caminando. Zoe no quería moverse, no se le fuera a escapar un minuto de aquel hermoso paisaje por tener que caminar, por lo que casi se obligó a alcanzar al peliverde.

Si Zoe pensó que en la distancia los cerezos se veían preciosos, caminar entre ellos era simplemente impresionante.

No dijo una sola palabra, anduvo tranquilamente al lado de Shun entre los árboles, observando, de ser posible cada pequeña flor.

-Muchos poetas japoneses escribían sobre las flores del cerezo, la naturaleza, -musitó Shun-y sobre otras flores también, como la camelia, una de las más bellas que existe-dijo él, ahora mirando a Zoe.

Ella sonrió, pero siguió contemplando al árbol frente a ella, absorbida por su belleza. La luz de la lámpara de papel se proyectaba sobre los pétalos de las pequeñas flores, mientras estas se mecían suavemente por la brisa fría del atardecer.

-Son bellísimas-susurró por fin.

Sin embargo, Shun no miraba al árbol, sino a ella. El brillo del atardecer arrancaba destellos de luz de su largo cabello negro, sus mejillas se mantenían coloradas y el dorado radiante de sus ojos parecía iluminar las flores más cercanas a su rostro.

-¿La camelia, dices?-preguntó de pronto.

Shun se dio cuenta de que no le estaba prestando mucha atención y sintió una punzada de celos formándose en su pecho.

-Estás patético, hombre-pensó, reprimiendo la molestia.

Zoe bajó la vista hacia Shun al sentir dolor en el cuello y él sonrió.

-Sí. Tsubaki, la camelia.

Entonces ella enrojeció completamente al percibir que Shun se refería a ella, como la camelia. Sintió calor de pronto y su corazón palpitó con fuerza dentro de su pecho. Esta vez fue el turno del peliverde de sonreír con picardía.

-Pero…no entiendo, ¿No son japoneses? –preguntó Zoe, en un intento de cambiar la conversación.

-¿Estos cerezos? Sí, lo son-dijo Shun, mirando al que tenia frente a él-Hace cinco años, cuando hubo la guerra de los pilares, se abusó tanto del poder que el clima se desestabilizó. Nevó en lugares tropicales y cálidos, icebergs se hundieron, aparecieron huracanes, tifones…

Muchos volcanes que se creían extintos despertaron, entre ellos el monte Fuji. Éste ya se creía activo, pero la última erupción registrada fue en 1707 así que se consideraba de bajo riesgo.

-Hasta hace cinco años-dijo Zoe.

-Tres en realidad. El caso es que Japón ya estaba deshabitado y cuando Alain y Adrian nos avisaron que habría una erupción, los geólogos nos dijeron que era probable que lo que quedaba de Japón se hundiera en el mar. La primera erupción no causó gran problema, pero según ellos dijeron que vendrían más, aunque no sabían decir cuando.

Era horrible ver cómo podría irse todo el país al fondo del océano y no poder hacer nada más que contemplarlo. Me rehusaba, en realidad.

Zoe lo dejó hablar, sin interrumpirlo, pero notó como su alma se estremecía. Para él era difícil hablarle de aquello y aun así lo hacía así que lo escuchó con la mayor atención posible.

- Así que ordené sacar los cerezos. Toda la población de Japón se unió al proyecto, nos ayudó mucho lo disciplinados que somos. Nos dividimos en grupos, cada uno sacaría algo importante, como pinturas, libros, poemas, katanas, todo lo que estaba en los museos y formaba parte de la historia del Japón. Eso no era difícil, se había hecho ya con otros países, pero el tema de los cerezos era un verdadero problema. A decir verdad, parecía una locura, algunos de estos árboles tenían años ahí, sus raíces eran enormes. Muchos murieron, todavía me duelen. Sin embargo, lo logramos, trajimos estos diez aquí y otros diez están al norte del distrito.

Este clima es más frio que el de Japón, pero ellos han podido establecerse con éxito. Ahora, con los problemas de la desestabilización del clima, están floreciendo en otra época, por lo que los japoneses celebran el Hanami mas tarde lo usual, pero están felices de poder seguir contemplando a los cerezos en flor. Y con las semillas que sueltan se han podido sembrar más de manera que el árbol no se perderá para siempre, como ha pasado con otros.

Zoe, quien no le había quitado la vista de encima desde que empezara a hablar, sonrió con ternura.

-Ahora tú también eres parte de la historia del Japón, sólo con haber logrado eso-dijo ella suavemente.

Shun la miró, sonrió a medias y volvió la vista hacia el árbol. Ya había oscurecido completamente, pero, con el negro de la noche, el rosa de los cerezos destacaba mucho más. Luego, el frio se incrementó y Zoe se abrazó para darse calor, llamando la atención del peliverde.

-Ven-dijo él-Entremos.

Su primer impulso había sido abrazarla, pero su férreo autocontrol entró en acción, eliminando rápidamente ese deseo.

La siguiente emoción de la pelinegra fue al entrar al recinto que era completamente japonés, en extremo cálido y acogedor. Al anciano reapareció casi como un fantasma. Ella ni siquiera logró escuchar sus pasos sobre la madera, pero pronto entendió que él solo trataba de ser lo más delicado posible para no romper con el aura de tranquilidad que se respiraba en todo el lugar.

-¿Tendremos que irnos?-preguntó Zoe, casi haciendo un puchero.

-Hoy no-dijo Shun, sonriendo levemente-La cena estará lista pronto, Kasumi te llevará a tu habitación, por si quieres usar algo mas abrigado.

Detrás de él salió, con mayor delicadeza que la del anciano, una joven de marcados rasgos japoneses que le sonrió con dulzura. A Zoe le pareció tan bonita que se sintió intimidada.

La chica la llevó hasta su ha

bitación donde Zoe descubrió una pequeña maleta con ropa suficiente como pasar la noche y el cambio del día. Seguramente Sol' o Esmeralda la habían arreglado por ella.

-Vamos a dormir aquí entonces-confirmó, emocionada.

Fue poco el tiempo que pasó sola, pronto regresó a la sala de estar, pero al no encontrar a Shun recorrió toda la casa, en un intento por conocerla. Kasumi se unió a su tour privado y le mostró las distintas historias que mostraban las pintura o los poemas que se encontró en el camino. Luego, salió y se sentó a mirar de nuevo los cerezos. Shun apareció pocos minutos después con Kasumi. A Zoe no le gustó la presencia de la risueña joven que conversaba animadamente con ellos, aunque mas con Shun.

-Me dijo Kasumi que te mostró la casa ¿Te gusta?-preguntó él, una vez que estuvieron solos.

-Sí. ¿Hablaste con ella?

-Se supone, así fue como me dijo que te mostró la casa-respondió Shun, con una pizca de sarcasmo.

-Claro. ¿Esta casa… de quién es?

-Mía, de hecho. Al menos yo la mantengo aunque no puedo vivir aquí. Takeshi, el anciano, fue quien más me ayudó con el proyecto de los cerezos, así que le pedí que siguiera cuidándolos a cambio de que se mudara aquí con su familia.

-Claro-musitó ella, pensativa-¿Te parece bonita?

-¿La casa? Me encanta, ojalá pudiera vivir aquí y no en el distrito, me fastidia tanto ajetreo-dijo Shun.

-Me refiero a Kasumi.

-Sí, es bonita-respondió, encogiéndose de hombros-¿Por qué?

-¿Bonita… preciosa o sólo bonita?

-Está bien, es preciosa ¿Por qué, que pasa?

-Por nada, curiosidad-dijo Zoe, mirando de nuevo los cerezos.

Shun trató de llamar de nuevo su atención, pero la pelinegra estaba sumida en sus pensamientos.

-Por supuesto que le parece bonita, es más, preciosa-pensó con amargura.

-¿Zoe, que pasa?-preguntó el peliverde, por tercera vez.

-Solange me habló de ti. Dijo cosas bonitas de ti que yo no sabía-respondió Zoe, mirando los cerezos, tomándolos como excusa para no enfrentar los penetrantes ojos verdes de Shun- Me siento igual que cuando Solange habló conmigo. Estoy celosa de ella porque te conoce más que yo y se siente horrible.

-Kasumi no me conoce-dijo Shun, con suavidad.

-Pero llama tu atención, que ya es mucho decir-respondió ella -la ves preciosa.

-No más que a ti-soltó Shun, sin pensar.

Zoe volvió la vista hacia él, pero la mirada del peliverde era un poco dura para su gusto. Sin embargo, cuando lo analizó, notó que en las profundidades de sus orbes verdes lo que había era miedo. Shun estaba pisando un terreno que no conocía, que no dominaba y eso le hacía sentir incomodo y molesto. Sin embargo, a Zoe le sobraba seguridad.

Sonrió casi con malicia, mientras Shun se sonrojaba y desviaba la vista hacia otro lado. Luego, la risita suave de la joven lo obligó a voltear hacia ella, siendo arrastrado inevitablemente a la profundidad de sus ojos dorados.

-No eres tan feroz después de todo-musitó ella.

-¿Acaso te parezco un lindo cachorrito?-comentó, mientras arqueaba una ceja.

-A veces, sí-respondió ella, riendo inocentemente-Hyoga me dijo una vez que detrás de la trinchera sólo había un osito de peluche. Ahora sé que tiene razón.

Shun la miró fijamente durante lo que le parecía una eternidad. Abrió la boca para responderle, muy a su manera, pero pronto se dio cuenta de que se había quedado sin palabras. Verse superado de aquella manera, por las sencillas palabras de la chica que sonreía tranquilamente…si tan sólo fuera hombre… con la fuerza casi sobrehumana que Shun tenía, gracias a su naturaleza de Shinigami, no le hubiese costado nada poner en su lugar a aquella jodida chica impertinente.

Pero no, ese no era el caso. Al parecer Zoe jamás tomaba conciencia del peligro al que se exponía al responderle de esa manera tan descarada, sin un atisbo de miedo o respeto. Luego, recordó que ella sí le temía cuando lo veía realmente molesto. El resto del tiempo sólo lo trataba con la más increíble confianza del mundo, aunque todo Mithrandir le dijera que meterse con él era "como burlarse de un león en su territorio", "robarle la comida a un oso hambriento" y demás comparaciones interesantes y originales. En resumen: un acto suicida.

A pesar de todos eso preocupados consejos, Zoe seguía siendo tan desvergonzada con él, como el primer día.

Y lo peor de todo, tenía que admitirlo, muy… muy en lo profundo de su ser…a él le encantaba.

Ya llevaba mucho mejor sus-aun por descubrir- sentimientos hacia la chica. Aunque su alarma anti-invasión del espacio personal siguiera resonando con fuerza y el cansancio todavía se presentaba, ahora creía poder controlarlo todo mejor. Lo cual ya era mucho decir.

De pronto, Kasumi lo sacó de sus pensamientos al avisarles que la cena estaba lista. Una vez que la nipona se retiró, Shun fijó la mirada en ella y ambos se estremecieron levemente, como si una chispa hubiese saltado entre ellos. Él, en un arrebato de atrevimiento sonrió con sensualidad, ganándole, al menos por esta vez, la partida al hacerla sentir acorralada por la aplastante intensidad de su mirada y su varonil y atrayente seguridad.

Él, que solía rehuir de todo contacto físico con cualquier ser vivo, a excepción de Hyoga, se sintió con el suficiente buen humor como para levantarse y tenderle la mano para ayudarla a incorporarse.

Mientras tanto, en la ciudad imperial, en una habitación especial, acondicionada con un enorme sofá y una plataforma iluminada desde abajo estaban los cuatro Ángeles y Misha. Ella contemplaba en silencio; era quien estaba más cerca, le seguían los gemelos, Gabriel estaba apoyado en la pared, de brazos cruzados y Hyoga permanecía sentado en el mueble, repentinamente exhausto.

-Ordené construir este lugar para resguardar la armadura de la Diosa, si algún día llegábamos a encontrarla-dijo la princesa-La Kamei divina del Fénix. Es mucho más hermosa de lo que imaginé.

-Demasiado poder en ella-musitó Alain-su portador era hombre muy fuerte.

-El hermano de Shun-dijo Gabriel-Hubiera querido conocerlo.

Hyoga apoyaba los codos y entrelazaba sus dedos frente a su rostro. Miraba la armadura cuando escuchó los comentarios de cada uno. Sonrió levemente al notar la admiración en la voz del español.

-Era el más fuerte de todos nosotros-dijo en voz baja-Igual al Shun que ustedes conocen, sólo que él era solitario por naturaleza. No le gustaban los grupos, siempre anduvo por su cuenta. Aun así, creo que te habría gustado.

El rubio guardó silencio de nuevo, bajando la cabeza. El nudo se formaba de nuevo en su garganta y Misha lo miraba con angustia.

-No conozco a Shun ni la mitad de lo que tú lo conoces-dijo ella, sentándose a su lado-Pero estoy segura de que si te ve así como estas, se dará cuenta inmediatamente de que algo grave ha pasado. Debes reponerte, Hyoga.

-Está viviendo su duelo de nuevo-dijo Selene, sorprendiéndolos a todos.

La peliplata estaba en la entrada.

-Ordené que nadie entrara a este pasillo-dijo Misha, preocupada de pronto, de que sus oficiales no pudiesen detener a ningún Ángel; por lo tanto tampoco al teniente.

-Lo sé, pero me preocupé al sentir la tristeza de Alain. Ahora entiendo que está conectado con Hyoga.

-Sí-respondió Alain-Hoy todos vivimos algo impactante. Es difícil desligarse de su tristeza. El sentimiento de pérdida…es muy grande-susurró.

El silencio reinó de nuevo hasta que Hyoga habló.

-Estaba justo ahí, frente a nosotros. Más real que ningún recuerdo-musitó.

-¿Por qué decías que no había nada ahí, Alain?-preguntó Gabriel-Todos los vimos.

-Me atrevería decir que era una ilusión-respondió el gemelo.

-¿De quién?

-No lo sé, intenté identificarlo, pero un poder enorme me expulsó. El mismo que siento emanar de cada piedra del Santuario.

-¿Athena?

-Quizá. No sabría decirlo. Lo único que sí sé, es que los muertos no producen ilusiones.

Esta vez la tensión fue evidente.

-¿Hay alguna posibilidad, Hyoga?-preguntó Misha.

-Ikki es el Fénix, el único entre nosotros capaz de renacer de sus propias cenizas. Yo lo he visto hacerlo. Pero no lo sé… hubiera regresado con la armadura-respondió, encogiéndose de hombros-No tiene sentido.

-Quizá no pueda-dijo Gabriel-Dices que en aquella ocasión, su cuerpo desapareció, su mismo fuego lo incineró. Quizá sea diferente esta vez, necesite más tiempo. Quién sabe.

-O quizá sepa que no puede volver por ahora-intervino Selene-Alain, Shun, tú y yo revisamos esa isla en varias ocasiones. Nunca sentimos nada. Shun está más cerca de recuperarse completamente, la presencia de Zoe y los recuerdos que Hyoga le obliga a enfrentar lo están ayudando poco a poco.

-Yo…tengo tiempo sintiendo…-dijo Misha, pensativa-Tengo el presentimiento de que algo está por cambiar nuestras vidas y quizá el Fénix sea parte de eso.

-…Bueno, en ese caso. Solo queda esperar y prepararnos.

Al día siguiente…

De regreso en Mithrandir, la ansiedad volvió a consumir a Shun. Nunca le dijo a Hyoga que desparecía hasta el día siguiente y él tampoco dio señales de querer saber donde andaba, así que lo primero en la lista de tareas del día era buscar al ruso. Lo encontró en su oficina, en el primer distrito, frente a su computador, como si nada hubiese pasado.

-Buenos días-dijo Hyoga, sin mirarlo.

-…Hola-respondió Shun, desde la puerta.

Los saludos del peliverde nunca eran demasiados entusiastas pero eso rayaba en lo ridículo. Hyoga dejó los interesantes archivos a un lado y ladeó la cabeza, de manera que la pantalla del computador no ocultara a Shun.

-¿Pasa algo?

El peliverde se encogió de hombros, repentinamente interesado en la tapicería.

-No regresé anoche-musitó.

Hyoga guardó silencio por unos instantes, colmando los nervios del peliverdes. No había manera de escapar de aquello, ¿Por qué tenía que sentirse así? ¿Qué no era Hyoga la única persona en la que confiaba ciegamente?

Cuando levantó la vista vio las mismas preguntas marcadas en el rostro perfecto y sereno del rubio.

-¿Y?

-Me pareció extraño que no me llamaras, eso es todo- volvió a encogerse de hombros.

-Eres un adulto, no soy tu padre ¿o sí?

La respuesta molestó al peliverde, que endureció el semblante, escondiendo completamente sus emociones detrás de la máscara huraña, a excepción de la rabia.

-No, no lo eres-respondió secamente.

Se dio la vuelta, dispuesto a largarse y no hablarle por el resto del día, pero cuál fue su sorpresa que no pudo tocar la puerta. De hacerlo su mano se hubiera quedado pegada al hielo que poco a poco cubría la manilla y parte del marco.

-Sabes que quería saber dónde estabas, pero es cierto que no soy tu padre así que no tienes que contarme nada-respondió Hyoga, suavemente-Ahora, si te conozco mejor que nadie, y estoy seguro de que es así, sé que quieres hablar pero no sabes cómo hacerlo porque nunca has estado en la situación en la que estas ahora. ¿Me equivoco?

De nuevo daba en el clavo.

Si algo era seguro, es que Hyoga jamás se equivocaba con respecto a Shun. Éste se mordió el labio inferior, incapaz de romper el hielo, de querer siquiera irse. Su corazón latía con fuerza, casi le dolía. Hyoga lo observaba, mientras caminaba hasta apoyarse en el escritorio. Aunque le daba la espalda, podía percibir la tensión y la ansiedad.

-Con Sol' no tuve que preguntar nada-dijo Hyoga-…Ella te gusta ¿No es así?

El rubio hablaba con una tranquilidad pasmosa, envidiable, pensó Shun. Pronto descubrió que era mucho más fácil responderle a Zoe que el día anterior sí había sido una cita.

Esa era la pregunta definitiva, de la persona definitiva. Era como confesárselo a tu mamá, o eso imaginó él. Algo así como que decírselo a él era no volver a atrás, era escuchar en voz alta lo que su mente y su corazón le habían estado gritando hasta desgañitarse.

Apoyó la frente en la madera fría y ahí se quedó durante unos instantes.

-Creo que te quedas corto-respondió en voz baja.

Hyoga sonrió suavemente.

-Ну, пошли!-respondió el rubio en su lengua natal, el ruso-Oh, vaya-suspiró, traduciéndole luego, sólo por si había olvidado las clases de ruso.

-Con Sol' era muy diferente. No necesitaba verla todos los días, no me faltaba el aire cuando estaba demasiado cerca, ni sentía esta maldita presión en mi pecho cuando me miraba-musitó Shun-Con ella era como si pudiera recostarme en su regazo y dormir para siempre, sin preocuparme por nada, ella siempre estaba ahí, como tú. Pero Zoe…es un reto cada día, a cada minuto estoy haciéndome mil preguntas ¿Me acerco o no? ¿Le respondo lo que quiere saber? ¿La dejo entrar o no? ¿Debería hacer esto o aquello?-dijo Shun, mientras cerraba los puños sobre la puerta-Es tan jodidamente difícil.

Hyoga escuchaba con atención mientras se sentaba en el largo sofá que estaba del lado derecho de la oficina.

-Nunca dudo de cada cosa que hago y no me importa lo que piense nadie, excepto tú. No le debo nada a nadie, pero con ella nunca sé que es lo que tengo hacer. ¿Por qué es tan difícil?

-No sé nada del resto del mundo y la verdad, no me importa, pero para nosotros nunca será fácil-respondió Hyoga, mientras Shun se sentaba a su lado.

-No entiendo-se interesó Shun.

-Somos guerreros, Shun, prácticamente nacimos con ese único propósito. Para personas normales esto es parte de su vida, algo con lo que lidian todos los días, pero nosotros estamos hechos para matar y proteger, no para amar, o al menos no sabemos hacerlo. Peor aún, tú y yo hemos pasado por mucho, así que estamos tranquilos con nuestro muro alrededor y dejar entrar a alguien cuando nos acostumbramos tanto a estar solos…es realmente difícil. Misha todavía lucha conmigo a veces para que le cuente mas sobre nuestro pasado, sobre toda la gente que maté, mis maestros. Ella no sabe nada de eso así que no creas que seas el único que está en esa situación.

Shun suspiró de cansancio, se acostó en el sofá, del lado contrario a Hyoga y cerró los ojos.

-¿Y entonces?-preguntó.

-¿Entonces? –Repitió Hyoga-¿Ahora qué? Admite lo que sientes por ella, no a mí, a ti mismo.

Shun no respondió.

Mientras tanto en Canadá…

El círculo, compuesto por los doce hombres vestidos de negro, sólo estaba iluminado estaba iluminado por las velas que bailaban en los altos y delgados candelabros. Las paredes de piedra que formaban la habitación circular estaban completamente ocultas por la oscuridad. Aun así, Fallen, quien estaba frente al grupo, podía ver en los alrededores al resto de los poderes, todos expectantes, mientras esperaban que el cuerpo acostado en una mesa, en el centro del circulo, reaccionara.

El moreno estaba cruzado de brazos, viendo como los doce hombres de negro hacían símbolos con las manos. Estaba totalmente concentrado en el proceso, ni siquiera su compañera se atrevió a acercarse. De pronto el cuerpo convulsionó por unos instantes alarmándolos a todos. Volvió a retorcerse, se puso en posición fetal y gimió de dolor hasta que la característica aura negra del loto lo envolvió. Pocos minutos después todo había terminado.

El hombre de la mesa se levantó, movió la cabeza y se sonó los huesos del cuello. Era alto y moreno como Fallen, pero su cabello era de color gris plata y sus ojos de un extraño castaño rojizo.

-Nadie me dijo que este maldito ritual era tan jodidamente doloroso.

-¡Lo siento, lo siento!-rió Fallen.

El sujeto bufó con fastidio. Estaba completamente desnudo, pero eso no parecía molestarle en absoluto.

-Bueno-suspiró fallen, satisfecho-ya tenemos a nuestro nigromante otra vez. Skalle.

-Supongo que realmente necesitas este poder, para haberme sacado de la maldita prisión. ¿Ese es mi nuevo nombre, Skaye?

-Sí, Olvida tu número. Ahora eres Skalle, se pronuncia Skal-le, por cierto. Y sí, necesitamos este poder-respondió Fallen, sonriendo con malicia-de hecho tenemos unas…71 razones.

-tsk… ¿71 muertos vivientes, eh? –sonrió, Skalle, mientras se pasaba la lengua por los labios-Me encanta.