Respiro lenta y profundamente, aspirando su olor y dejando que me invada. Cierro los ojos y me concentro en lo que siento. Por encima, el sol de media mañana rozando mi espalda, y debajo está ella, con su cuerpo perfecto; la piel más suave que he tocado en mi vida. Zelda también está relajada y mi cabeza sube y baja con su pecho cuando respira. Una de sus manos trepa por mi espalda y comienza a acariciarme el pelo, gesto que eriza todo el vello de mi cuerpo. Abro los ojos y levanto la cabeza de tal manera que puedo observar todo su rostro. Una sonrisa se dibuja en su boca, y a mí me recorre un escalofrío. Esos labios… No sabe lo mucho que deseo sentirlos sobre ciertas partes casi a todas horas. Es mágico, igual que cuando mi boca recorre todos los sitios de su cuerpo, cada hoyuelo, cada lunar… Sigo mirando sus labios y mis pensamientos vuelven a ir más allá, así que cuando empiezo a notar que mi pene se está endureciendo de nuevo intento concentrarme en otra cosa.

-¿Te ha gustado?- pregunto en un susurro mientras ella me observa con sus grandes y preciosos ojos rasgados- No te he hecho daño esta vez, ¿no?- Su sonrisa se amplía, y la mano que jugaba con mi pelo resbala por mi sien y acaricia una de mis mejillas. –Claro que no, ha estado genial…- sus dedos viajan ahora por mi labio inferior, dejándome un placentero hormigueo eléctrico allá donde me toca. Con un rápido movimiento atrapo uno entre mis dientes, aunque sin apretar apenas. -¡Ey!- se queja entre risas, y yo lo suelto para después depositarle rápidos besos a lo largo de la mano. No me cansaré jamás de este gesto. Me mira divertida, y yo no puedo evitar mirarla a ella con admiración. Aunque espera un momento… -Estás más guapa cada vez que terminamos de hacerlo, ¿sabes? -Pelota imbécil…- Me espeta, mientras pone los ojos en blanco.

-Es enserio- digo con tono de falsa protesta al mismo tiempo que me inclino sobre su cuello y lo beso.

Ella suspira y noto su piel de gallina bajo mis labios. -Vaya falso estás hecho… Lo dices solo para que me acueste contigo otra vez.- Me río contra su cuello. Puede. -Qué va- La beso en la comisura derecha muy cerca de los labios- Estás guapísima…- Y es que Zelda siempre está preciosa sea el momento del día que sea, hasta cuando llora.

-Sobre todo estás increíble- me acerco a su oído lentamente-…cuando gritas y gimes para mí.- Dichas estas palabras le muerdo el lóbulo de la oreja. En un segundo se sonroja muchísimo, como en las primeras veces que empezamos a besarnos y a intimar más de la cuenta. –No puedo evitarlo y lo sabes, capullo- Suena un poco molesta, aunque yo no creo que lo esté realmente. Me encanta picarla y aquí voy de nuevo: -Ya lo sé princesa, y eso me encanta.- Hago el intento de besarla, pero como era de esperar me gira la cara. –¿No me vas a dar un beso? Venga ya…- digo y busco su boca de nuevo. –Te odio.- murmura por lo bajo, y yo atrapo su rostro con una de mis manos para obligarla a que me mire fijamente. – Pues yo a ti… Te quiero.

Su mirada se ablanda inmediatamente. –Y yo a ti pelota mío, pero a veces te mataba.- Al momento se me ocurren un par de maneras de cómo me encantaría que me matase, pero me las ahorro por lo que pueda pasar. Nuestros labios vuelven a encontrarse y yo estoy ansioso por ellos, por tener más de ellos, porque aunque pasase toda una vida besándola creo que jamás tendría suficiente. Con un brazo me levanto sobre ella lo justo para tener espacio para poder tocarla y acariciarla con la otra mano. Mis dedos le arrancan profundos suspiros y jadeos, y ella me empuja de tal manera que queda encima de mí, yo tendido sobre la cama. Se inclina sobre mí y me besa mientras sus manos me tocan y provocan todo tipo de sensaciones en mi piel. Noto cómo ella se va mojando cada vez más, ya que no hay ropa que separe nuestra piel, y me vuelve loco a más no poder, y sé que ella también disfruta con mi erección, le encanta saber lo rápido que puede hacer que me excite. Mis manos suben por su estómago y alcanzan sus senos, y una vez ahí los dos nos perdemos en un mar de sensaciones increíbles. Zelda comienza a mover sus caderas encima de mí rozando su intimidad contra la mía. Cierro los ojos mientras escucho sus gemidos a los que poco a poco se unen jadeos que escapan sin control de mi garganta. Se aprieta más contra mi cuerpo y yo suspiro, el esfuerzo que estoy haciendo para no correrme es enorme. Abro los ojos y la miro, en su rostro se dibuja el placer, tiene los ojos cerrados y se muerde fuertemente el labio inferior. -Zelda...- mis jadeos apenas me dejan articular palabra-...No voy a poder aguantar así mucho más...- Ella para, abre los ojos y sonríe pícaramente. Me besa en los labios rápidamente y aún sentada encima de mí coge mi pene y lo coloca en la entrada de su intimidad.

-¿Estás segura? A lo mejor deberíam...- Antes de que acabe la frase me tapa la boca con la mano y me mira fijamente. -Shh, cállate.- Me ordena con una voz tan cargada de excitación que se me pone la piel de gallina al instante. -Como tu me digas preciosa...- le guiño un ojo y ella sonríe. Entonces comienza a bajar lentamente sobre mi miembro y de esta forma deja que entre dentro de ella. Cuando llega al final comienza a mover la cadera de arriba a abajo permitiéndome que la penetre con cada movimiento de su cintura. Poco a poco va aumentando el ritmo y la velocidad con la que se mueve sobre mí, y sus gritos de placer resuenan por toda la estancia. Con una mano le acaricio la parte rosada e hinchada de su centro, y por el gesto que hace con la cara sé que le encanta, así que la mis caricias se vuelven más rápidas, aunque delicadas y gentiles. Entonces todo el cuerpo de Zelda se tensa, y sus movimientos son ahora frenéticos, sus gemidos más fuertes que antes y todo su cuerpo está como el mío, bañado en sudor. Su interior empieza a contraerse y apretarse alrededor de mi pene, pero ella sigue moviéndose, y yo acariciándola para hacer más intenso su orgasmo. -Link...- susurra mi nombre entre gemido y gemido, y yo muevo también ahora mi cadera al compás de la suya y mi sensación de placer se triplica. Todo a mi alrededor desaparece, y solo está ella y lo que me hace sentir con su cuerpo. Su cadera deja de moverse rápido y ahora se mueve muy lento arriba y abajo, y el repentino cambio de ritmo aumenta aún más el placer que me inunda cada vez que salgo y entro dentro de ella. Coloco mis manos en sus nalgas y la acompaño en su movimiento, obligándola a bajar al máximo para yo quedar totalmente enterrado dentro de ella. Y llega el momento en el que no aguanto más, y exploto dentro de Zelda entre gemidos y suspiros de placer, llenándola por segunda vez esta mañana de mi esencia. Espero que el dichoso líquido anticonceptivo sea eficaz, porque si no... Cuando ya ha salido la última gota de mí, mis brazos caen a ambos lados de mi cuerpo y mi respiración comienza a normalizarse poco a poco.