XXVI. De perros y lobos

.

Un día, mi madre trató de enseñarme a tejer con magia y no entendí ninguna de las instrucciones que me dio. Tal vez hubiese podido comprender algo si hubiese tenido menos trabajo o Snape no hubiera estado tan presente en mis pensamientos. De verdad que me trababa el cerebro la última situación ocurrida.

—¿Y si algún día no pudieras seguir viviendo de tu trabajo de Auror? —inquirió mi madre con voz de tragedia — ¡Tienes que aprender a hacer otras cosas! Si supieras tejer, podrías colocar una tienda de ropa y sacarla adelante.

—Prefiero irme donde Madame Malkin y ser su junior —contesté pegando un portazo en mi habitación sintiéndome ofendida porque sabía que me había imaginado como una perfecta vagabunda en su mente.

Algunos días moría de sueño. Me despertaba durante la noche por los extraños sueños que tenía con mi ex profesor de Pociones: hijos, calderos explotando, besos apasionados, gritos, insultos, peleas, más hijos con su cara… Fue aterrador, ¡mis hijos no se parecían a mí! Lo único interesante que ocurrió, fue que el Ministerio había considerado instalar una especie de Zoológico en un parque abandonado por los muggles. Habría todo tipo de animales, incluso los ilegales, como dragones, así que tendríamos que ir a participar para proteger las jaulas, domar a las bestias y todo eso. La exposición duraría un mes, con promociones los días miércoles y jueves. Yo vería a los animales y me pagarían por ello. Trabajar en el Ministerio tenía sus ventajas.

Intuí que todo eso era sólo un factor distractor: fingir que todo estaba bien, que los turistas podían pasear sin problemas y hacer cosas entretenidas sin preocupaciones, que no había ningún Lord Innombrable suelto por ahí creando planes para tomarse el poder y lanzando Avada Kedavras a diestra y siniestra, que no habían ni desaparecidos, ni saqueos, ni nada. Debía reconocer, sin embargo, el zoo no era tan mala idea. Había animales realmente interesantes y otros tantos que no conocía, pero pude interactuar con algunos. Digo, les hablé, pero no me entendieron mucho.

Había reales cerdos alados, conejos multicolores, una acromántula realmente enorme comiendo animales muertos. La jaula estaba podrida y nos costó un mundo posicionarla en un lugar seguro sin vomitar. Los pobres Abraxan quedaron empapados de Whiskey de malta cuando estornudé, desviando el hechizo, y la jaula se ladeó un poco. Los cuidadores tendrían que darles una buena jabonada. Había una banshee que se parecía mucho a Walburga Black, atrapada en una caja de vidrio a prueba de ruidos. Lo que más me gustó, fue el cancerbero. Sus cabezas eran gigantes y babeaban constantemente, mostrando unos feroces colmillos. No quise ni saber qué se sentiría ser mordido por un animal así. Bastaba una mordida de una sola cabeza para desaparecer por completo.

Había una celda llena de Fwoopers que cegaban con ese intenso color amarillo. Un Graphorn trató de cornearme el trasero. No me había dado cuenta y quedé apegada a una jaula que pensé que estaba vacía. Kingsley alcanzó a jalarme antes que sus dos filosos cuernos quedaran enterrados en mis pobres nalguitas.

Había tanta clase de animales, que comencé a pensar en tener un negocio de ropa de cuero natural. Pero eso iba en contra mis principios, así que me tendría que conformar con la ropa muggle sintética y que no hacía daño a nadie, excepto a los ojos de mamá.

Terminamos muy tarde de acomodar todo, cerca de las diez de la noche. Jamás había trabajado tantas horas seguidas, pero por suerte ya no tenía que vigilar el Departamento de Misterios, por ahora.

Me fui con la idea de que quería tener una mascota. Algo indefenso, que pudiera hacer cariño, conversarle y que no me criticara. Un perro estaría bien, no quería algo muy sofisticado, incluso podía recoger uno de la calle. Los roedores no me llamaban la atención, además morían con facilidad. Los animales mágicos requerían de cuidados muy minuciosos y no tenía tiempo tampoco para estar comprando comida especial y cara para mantenerlos. Y los gatos… los gatos me dan alergia y son infieles. Se mandan a cambiar a media noche, a mearle las plantas a la otra gente. Drómeda se queja de eso con frecuencia, sobre todo cuando saltan los techos en época de apareamiento salvaje, gimiendo como un bebé condenadamente poseído. Por lo mismo tuvo que comprar un repelente de gato no venenoso.

—No te quieres convertir en una maltratadora de animales, ¿cierto Drómeda? —inquirí con seriedad cuando habló de veneno para gatos. Así que pagamos unos cuantos knuts más por algo que no era dañino. Digo… supongo que no era dañino. Tal vez nuestro techo está lleno de gatos muertos.

La señora de la casa estaba secando ropa en el tendedero con magia, a la luz de la luna. Mi padre aún no llegaba. Llegué contándole mi día y la idea sobre tener una mascota.

—Ve si puedes cuidar un ratón y luego hablamos.

—¿Un ratón? No me gustan. En Hogwarts los había por montón, sobre todo en la boca de la señora Norris. No quiero más.

—Entonces, una planta.

—Sé que dicen que las plantas te entienden, pero quiero algo que me ladre, o por último que me aúlle.

—Dora, no estoy diciendo que no seas capaz de cuidar a un perro —me miró con las cejas arqueadas —, pero la que va a tener que estar dándole de comer y recogiendo el excremento seré yo y, al final del día, se va a ir a echar a mis pies y a ti te ignorará —me miró con bondad —. No tienes tiempo. Si quieres conversar con alguien, hazlo conmigo. Y si no, sale de vez en cuando con tus amigos. Sé que en la Orden has hecho buenos amigos.

—Sí, puedo ir a ver a Sirius… —comenté pensativa.

—¿Sirius? —masculló extrañada —¿Qué Sirius? —su mandíbula se tensó.

Me pasé una mano por la cabeza, nerviosa, y miré hacia el cielo, sintiéndome incómoda. Jamás le había mencionado a Sirius. Al principio, por seguridad, luego porque se me olvidó por completo.

—Bueno, se me había olvidado contarte un detalle…

—¡No puedo creerlo! —vociferó cuando le terminé de narrar la historia de Sirius desde su arriesgado escape de Azkaban y cómo no había traicionado a los Potter — ¡No me habías dicho nada! ¡Pobre Sirius! Me siento mal por haber desconfiado de él, pero todas las pruebas apuntaban a él… era imposible no creer.

—Al principio no te quise decir… luego se me fue. Ya sabes, ando con muchas cosas en la cabeza.

—Bueno, si pudiera venir a verme…

—No creo, Sirius no puede salir de la casa, aparte del Ministerio, los Mortífagos también deben estar tras su cabeza. Es el padrino de Harry.

—Mm… bueno, dudo que lo visite yo, entonces. No quiero volver a ver esa casa, no me trae buenos recuerdos, es como ver la mía. Además, ¿quién dice que ahora nos llevaremos bien? Tal vez no tengamos ni de qué hablar — farfulló con una mirada melancólica.

—Creo que tienes razón. Entonces, ¿puedo tener un perro?

—Por supuesto que no. Vuelve al zoológico si quieres estar con animales.

.

Sabía que Sirius era un animago: cuando me contó lo de su fuga de Azkaban se tuvo que transformar en perro. Pero no conocía la forma real que tomaba, así que cuando llegué el miércoles a visitarlo, después del trabajo, creí que el perro que se había abalanzado sobre mí mientras sacaba mi varita para abrir la puerta y movía frenéticamente la cola, era un perro callejero. Supuse, por un segundo, que era regalo para mí caído de los cielos. Se paró de nuevo en sus cuatro patas y me ladró con fuerza. Se parecía mucho a un grim, pero con su lengua afuera se veía muy tierno.

—¿Quieres comida? —pregunté buscando en mis bolsillos algún resto de algo.

El perro me esquivó, con la nariz tocó la puerta y ésta se abrió. Lo seguí. Y ahí comprendí.

—¿Sirius?

Entonces, se transformó y sonrió abiertamente.

—Y yo que me había ilusionado con que eras mi mascota perfecta.

—Sí, suelen decirme eso porque soy el perro con mejor educación de Gran Bretaña. Me alegra que hayas venido. Remus está en la cocina.

—¡Qué bien! Y tú, ¿qué hacías transformado como perro?

—Había salido a tomar un poco de aire. A veces me aburre estar en esta casa, ¿sabes? Es deprimente —su voz se tornó agria.

Mi vista se dirigió a las cabezas de elfo.

—No me imagino por qué.

Entramos y pasé a llevar el mango de una sartén de un mesón. Rebotó dos veces con un sonido horrible. Suspiré.

—Es inevitable —reconocí —. Creo que no pediré más disculpas, gasto mucho aire en eso. ¿Qué tal, Remus?

El mago estaba haciendo unas anotaciones en un pergamino. Me sonrió cordialmente.

—Nada realmente interesante. ¿Y tú?

—El trabajo de Auror es bastante movido, así que muchas cosas. ¿Con que estás cuidando a Sirius? —me burlé.

—Sí, vine a dejarle la comida.

—Qué graciosos —intervino Sirius con sarcasmo —. Por cierto, tengo hambre. Llamaré a ese elfo, a ver si nos cocina algo…

—No es necesario, Sirius, de verdad no quiero volver a probar la comida de Kreacher —contestó Remus haciendo una mueca —. Podemos cocinar algo nosotros. ¿Alguna novedad allá afuera?

—Sí, vi a una mujer que se estaba desnudando frente a una ventana.

Remus frunció el ceño y percibí el gesto de reproche que le hizo a Sirius.

—No me ofende, Remus, —dije con tono pacífico — las bromas son parte de la familia. Creo que saqué algo de ti eso sí, Sirius, porque mi madre es lo menos bromista que hay. Ah, mi padre también tiene gran culpa, sus chistes suelen ser groseros.

—De todos modos, eres una mujer, podría ofenderte —contestó él con reproche.

—Sí, soy una mujer, pero no una dama.

—¿No ves? —dijo Sirius con simplicidad — Además, ¿cambia el hecho que la mujer era una vieja de ochenta años? No vi gran cosa.

Soltamos una carcajada.

—Bien, bien, iré a alimentar a Buckbeack antes que le dé mucha hambre y me coma a mí. Luego cocinaré para ustedes, mis invitados de honor.

Nos dejó solos a Remus y a mí.

—¿Qué hacías?

—Estaba escribiendo los datos de los hombres lobos con los que he tratado, y estaba haciendo un plano del lugar donde tengo que ir a vigilar.

Hice una mueca.

—Debe ser difícil estar arriesgándote de esa manera, ¿no?

—No demasiado —me miró y titubeó un momento—. Soy un hombre lobo también, mucho daño más no me pueden hacer, más del que me hago yo mismo.

Hice un fruncimiento de cejas rápidamente. Creo que sabía que era hombre lobo. Las señales estaban más que claras —sus cicatrices, su aspecto y su misión —, así que no me sorprendí tanto.

—Eso es genial —comenté sin pensármelo mucho.

—¿De verdad crees eso? —abrió los ojos, alarmado.

—¡Claro! Es una ventaja en la situación que estamos ahora. Eres tremendamente útil.

—Puede ser, pero ser licántropo supone un rechazo social descomunal, aparte del sufrimiento físico.

Miré una cicatriz que tenía en su mano. Me fijé que estaba más pálido que la vez anterior y parecía decaído. Hice una mueca. Tal vez debí haber tenido más tacto con mi respuesta.

—¿Es doloroso?

—Ni te imaginas. Por eso pongo empeño en lo que estoy haciendo, para tratar de mantenerlos a raya. No quiero que arruinen la vida de otras personas.

—Eso es muy noble. Eres muy valiente —le di una palmada en el brazo. Él quedó mirando mi mano entonces.

—¿No te disgusta lo que te acabo de contar? —inquirió tapando el frasco de tinta y guardándoselo en el bolsillo.

—¿Por qué debería ser así? —sonreí — Soy una metamorfomaga. También he sido discriminada por ello.

—Pero no tiene punto de comparación… Es algo muy distinto.

—No demasiado. Los dos somos personas, ¿no?

Bufó.

—Supongo que tienes razón.

—Claro que la tengo —hice una pausa —. Estás exhausto. Mañana es luna llena, ¿no?

—Exacto. Adivinas bien.

—Ánimo —mascullé —. Que no te deprima.

—Lo intentaré —contestó, bastante desalentado.

Sólo me quedé a cenar, pero lo pasé muy bien. Tuve un agradable rato con mi primo y su amigo. Me ganaban por más de diez años cada uno, pero eran simpáticos, aunque Sirius era mucho más inmaduro, así que nos llevábamos excelente. Remus estaba ya rendido ante nuestras bromas y sólo se dedicó a reír. Se lo merecía, desde luego. Al otro día sufriría su transformación y probablemente tendría que trasladarse donde estaban los demás hombres lobos para vigilar y mutar sin dañar a nadie.

Así que, en la reunión del jueves Remus no estuvo y tampoco Snape, lo que supuso un gran alivio para mí. Debo admitir que los extrañé a ambos. Remus era muy agradable. Snape… Snape me gustaba, claro que lo eché de menos, aunque fuera el idiota número uno del universo.

Tres días después fui donde Sirius de nuevo y Remus estaba como nuevo. Se veía algo delgado, pero, por lo demás, su sonrisa brillaba otra vez.

Cenamos con Sirius, pero luego decidimos ir al centro mágico de Jacobs Well. Era una calle, similar al callejón Diagon, oculta de la vista de los Muggles, pero mucho más segura y elegante. Kingsley estaba alegre y nos invitó a beber algo por allá. Sirius, con una sonrisa extremadamente forzada, dijo que no nos preocupáramos, que no importaba, y que lo pasáramos bien.

—Trataré de disfrutar de la compañía de Kreacher —dijo con ironía a modo de despedida.

Lo comprendí: debía estar encerrado, allí, con una desagradable compañía, pensando en la libertad que no tenía, en los asesinatos que no había cometido y por los que era culpado y, por supuesto, en sus amigos que lo irían a pasar de pelos, para beber hasta el cansancio.

No, claro que no bebimos hasta el cansancio, pero sí nos dimos el lujo de compartir un cóctel entre los tres —camarones, múltiples sabores de quesos, carnes y jamones —, auspiciado por el morenazo, todo en platos muy elegantes, recién preparado, y acompañado por algo de cerveza y unas bebidas preparadas con Whiskey de fuego, crema y naranja.

La borrachera no me llegó, pero me anduve mareando y tuve que disimular un montón mi desequilibrada manera de caminar cuando me levanté un momento para ir al baño. Sentía la cara ardiendo y la visión la tenía un poco ladeada: no boté ni una silla, ni una copa, no pasé a llevar los manteles. Tal vez debí haber tenido menos cuidado, desde luego siempre era torpe. Iban a sospechar de mí si no botaba nada.