Cuerpo cautivo
Albert Wesker & Claire Redfield.
Capítulo 26: Humanidad.
Wrap me in a bolt of lightning
Send me on my way still smiling
Maybe that's the way I should go
straight into the mouth of the unknown
I've said it so many times
I would change my ways
No, never mind
God knows I've tried
Call me a sinner, call me a saint
Tell me it's over, I'll still love you the same
Call me your favorite, call me the worst
Tell me it's over, I don't want you to hurt
It's all that I can say, so I'll be on my way.
Call me — Shinedown.
Descargo de responsabilidad: A este punto de la historia, creo que muchos agradecen que la saga de Resident Evil no me pertenezca porque se han dado cuenta de mi verdadera naturaleza, oscura (¿?).
Dedicatoria especial: Para mi queridísima CMosser y Nelida Treschi, cuyos cumpleaños fueron este mes, y a quien aprecio muchísimo. Y para mis amigas Polatrixu y Addie Redfield, you know, el club de las betas galletas, originales y remasterizadas...
Recomendaciones musicales: ¿Ya mencioné Call me de Shinedown? ¿Sí? Bueno, les convendría escuchar. Es un tema que se sienta muy bien a Wesker en este capítulo, y tengo ganas de usarla desde que estoy en el capítulo cinco así que… Sí, es una excelente canción. Tenemos Let me Go de Avril Lavigne feat. Chad Kroeger y Break de Three Days Grace y claro Misery Loves My Company de la misma agrupación.
Nota de autor: De esas ocasiones que no quieres empezar porque sabes lo que viene a continuación… Quisiera no saberlo. Nah, mentira, tengo que saberlo porque de otra forma la actualización se retrasa un año. ¿Y en dónde nos quedamos? Ah, sí, ahora lo recuerdo…
Wesker no se permitió caer sobre sus rodillas hasta alcanzar el límite superior de la mansión, —donde el pasillo blanco unía al laboratorio subterráneo con su despacho— y aun cuando sabía que su cuerpo estaba reprochándole su mala condición con cada nuevo intento por levantarse, no se detuvo. Continuó andando, anclándose a cualquier mueble o reposera que se cruzara delante de su sendero.
Iba tirando papeles por montones; los bocetos de su investigación, libros, alguna que otra máquina, armando un verdadero desastre dentro de la biblioteca.
Su respiración era hosca, poco sostenida, al tiempo que sus pasos parecían retumbar con doble fuerza en el perpetuo silencio de un palacio que perdió toda luz. Pero el tirano no paró. Ni cuando creyó que había destruido todo rastro de debilitante emoción en su cuerpo; era mentira. Sentía con cada fibra que lo constituía, el ardor, el odio, apoderándose ciega y violentamente de cada hebra medular, cada latido de su corazón, cada gota de sangre que le seguía trepidando por las venas como relámpagos durante una tormenta eléctrica.
Wesker llegó a la sala, dando pasos poco sostenidos con sus piernas de pantera negra, sintiendo que aunque le faltaba aire en los pulmones, con su rabia sería capaz de arrasar el mundo entero si así se le antojara.
Tenía que eliminar a la chica Redfield, borrar todo vestigio de la presencia de esa muchacha dentro de su vida. Aunque una parte de él le dictara que la anulación de los meros testigos físicos difícilmente podrían desaparecer lo que sentía.
Y ese era el principal problema. Estaba… sintiendo.
El cruel bastardo desalmado, que vendió a su equipo táctico a los ejecutivos de Umbrella, para luego refundir a esa empresa en la miseria. Quien se encargó de conquistar África y rendir Europa Oriental bajo sus pies, estaba sintiendo, ni más ni menos que por una chiquilla a quien le doblaba la edad, hermana de su enemigo; la mujer que se hallaba perdida en las entrañas de su laboratorio, a la que forzó a mirarlo mientras toda esperanza se derrumbaba.
En la sala, donde tantas tardes compartieron una taza de café y el silencio, fue donde finalmente recuperó el aliento y se irguió cuan alto era; dio la apariencia de que la mismísima tierra tembló bajo su imagen de imponencia.
La odiaba. A la pelirroja. Desde el momento en que la vio tirada en el suelo abúlico de ese laboratorio sin recuerdos, llorando por un niño que no amaba como decía amarlo a él, por una mocosa que nunca fue su responsabilidad, y diciéndole que prefería que fuese él quien estuviese muerto, para que así se terminara tal infierno.
Bien. Albert Wesker se acercó a uno de los muros de su residencia, el más significativo, retirando el cuadro de claro de luna que Claire concluyera unos días atrás, tirándolo por los aires, jurándose que jamás volvería a tener el mínimo remanso de indulgencia, ante nadie; ni enemigos ni aliados.
Había nacido y vivido solo, y en su reinado esa situación no iba a cambiar.
La obra de arte se partió en dos al dar de lleno contra una de las paredes posteriores, pero el rubio estaba lejos de sentirse satisfecho con esa diminuta destrucción. Escuchó con surrealismo el crujir de las astillas, cerrando los ojos para no imaginar la silueta de Claire a la luz del astro rey, mientras él se hallaba sentado en una brecha de pasto, atento a todo movimiento que la joven pintora realizaba para darle vida a ese boceto monocromático.
O verla molesta y con las mejillas pintadas porque no podía lograr que los colores encajaran con perfecta armonía.
Clavó los puños en la pared ahora ausente de lienzo, y al fondo la pintura parecía resignada a su suerte, emplazada descuidadamente contra un rincón, partida en dos pedazos y con la tela desinflada perdiendo todo esplendor.
El capitán se dirigió a las escaleras al primer piso, subiendo con avidez; esa determinación asesina parecía haberse apoderado de sus rasgos caucásicos para el resto de su existencia.
Entró al cuarto de su invitada, dispuesto a quemarlo todo, a cubrir cualquier suma de dinero con tal de regresar a la fecha cuando ella no era más que una intrusa, una plaga que podría ser eliminada con el simple chasquear de sus dedos. Pero ni siquiera ese tirano vestido en plomo podía dar marcha atrás a algo tan inevitable como el transcurso del tiempo.
No le importó que el aroma de esa habitación le fuese tan familiar; era imposible que se enfocara en algo que no fuese los deseos de enterrarla, de exterminar toda huella de su femenina presencia.
La maleta que le proporcionó a Claire su segundo día de estancia, estaba destapada de par en par sobre su cama tendida a la perfección, como si le hubiera tomado toda una vida realizar tan banal quehacer.
Las primeras pertenencias que amagaron los ataques furiosos del capitán, fueron las herramientas de artista; una caja rectangular de buen tamaño, que tumbó con exabrupto contra los estratos de mármol en el piso, repartiendo su costoso contenido y dañándolo de manera irreparable, pues muchas de las pinturas se estrellaron, desperdigando sus colores de ensueño en una mezcla inútil y desagradable.
Entretanto, el caos empezaba a reinar; el rubio destruía todo lo que en supuesto mandó a hacer sólo por ella, tuvo que rememorar la expresión grabada en sus rasgos de muñeca al recibir tales artefactos; la tristeza del encierro siendo abolida por su pasión por el arte y la creación. Su ilusión al notar que los detalles humanos, provistos de verdadero sentimiento, afloraban en él sólo cuando ella se hallaba involucrada dentro de la ecuación. Wesker se reprochó entre dientes, de la forma en que lo hizo mientras se iba arrastrando a través de esa fosa volcánica ubicada en aquel país foráneo, por subestimar los trucos de un Redfield.
Y aunque no lo admitiera, esta vez, los daños habían sido mucho más severos.
Las puertas del ropero pagaron un costo demasiado alto por contener las vestiduras de Claire Redfield. Las estructuras de roble fueron arrancadas de sus perdigas con la fuerza única de sus brazos, y la de su voluntad férrea de borrar toda prueba de sus tratos primorosos, de su esencia de doncella flotando, en un inicio degustándolo con su belleza física, con su capacidad de revivir el tacto muerto que cargaba Albert como penitencia, y luego, clavándose justo donde nadie había explorado antes, un sitio inhóspito, que apestaba duramente a traición; Wesker jamás habría permitido que su figura esbelta y sus palabras dulces se le hicieran obsesión, sin embargo, se había imaginado tantos escenarios, trazando tantas posibilidades mientras contemplaba a Claire, que cuando ese espacio se quedó vacío, terminó por reconocer el significado de enamorarse tan jodidamente de alguien.
¿Enamorarse? ¡Pamplinas! No estaba pensando de la manera fría y calculadora de siempre; dejaba que las heridas hablaran por él.
Tanto mayor era odio que lo consumía, mayor eran los arrebatos de sus piernas y brazos, desprendiendo esas cortinas imperiales, y los vestidos de damisela terminaban por volver a ser trozos de tela.
La flor morada, lirio de día, que había regresado vencida por la carencia de agua durante su travesía por París, terminó de desaparecer, el viento de las maniobras del capitán repartiendo sus restos secos que habían estado esperando pacientemente por el retorno de su dueña.
Todo, en un parpadeo, desapareció. La memoria física de esos días inesperados, se fue evaporando, distanciándose con cada nuevo mueble volteado, cada golpe del tirano contra los perfumes, las libretas y colores, que la pelirroja había olvidado regresar a su sitio de pertenencia. Las colchas roídas y las sillas de ornamento quedaron desperdigadas, proyectando el caos de un hombre que no es capaz de entender lo que siente, ni interpretar sus pensamientos sobre una mujer con la que no sólo compartió la cama, sino además excluyó fantasmas, descubrió en su compañía que aún era capaz de admirar la simpleza y protegerla de las pesadillas, besarla con un fervor del que creyó carecer.
Cuando ya sólo restaban ruinas de los muebles en la habitación de su rehén, el hombre de traje se acercó al tocador instalado a las proximidades de la salida, se apoyó con ambas manos sobre la superficie, ya desprovista de todos los lujos de belleza, sin que ese olor a durazno y jazmín se dignara a abandonarlo a su suerte…
Se miró al espejo, los ojos bermellón tan encendidos que sus pupilas apenas y se notaban. Su pecho subía y bajaba de forma asimétrica, y la contracción de su rostro era enigmática; ni traición, ni dolor, ni pena, sólo rencor…
Estrelló el puño contra el espejo, quedando éste fragmentado como una telaraña. En su superficie se dibujaba una encorvada silueta negra, mientras el resto del vidrio se derrumbaba con peculiar estruendo.
Porque era allí donde la máscara del tirano perdía su encanto ilusorio, resguardándose desde una época inmemorial detrás de un par de gafas negras y su complejo de superioridad. Era en esa habitación vacía, donde el peso de la enfermedad, del retornar de una muerte casi segura, la soledad de medio siglo de vida, el afán de decirse que no sentía nada porque así lo prefería, se volvía insufrible, sofocándolo.
Y todo surgía por no aceptar que ser insensible no lo hacía más fuerte, sino que lo único que lograba era congelar los estados de ánimo en el interior de su cuerpo hasta que estos explotaban, sin importar quienes estuvieran a merced de tal cataclismo, abandonando tras de sí, un aroma a muerte y desolación.
Porque era un monstruo; o al menos esa era la creencia popular. Asesino sin contemplación. Genocida. Repudiado. Repleto de siniestras perversiones. Muerto por dentro.
Entonces Wesker alzó la mano del espejo partido, causando un nuevo escándalo, silenciado presurosamente por otros golpes continuos que el rubio acometió contra el tocador, y cuando éste se destruyó en definitivito, en contra de la pared, grabando sus nudillos sangrientos, cuya piel se regeneraba tan pronto como era lastimada.
Pero volvía a los días de siempre, de no pensar en nadie más, en no creer en falsos cuentos de niños y dejarse llevar por las situaciones. Se volvía a colocar la máscara de mármol, jurando que no habría ser humano lo suficientemente estúpido como para volverse a acercar.
Ya no existía el amor, los celos, la nostalgia. Nada de eso era verdad; nunca fue instruido para experimentar tales tonterías. Su misión en la vida no era desperdiciar su tiempo con una chiquilla crédula y mojigata. No obstante, ya no había marcha atrás, y luchar contra su ávida memoria era inútil; recordaría cada instante, cada roce, cada beso arrebatado y berrinche desenfrenado cuya protagonista no fuese otra sino la hermana de Chris. Porque lo que el tirano no terminaba de comprender, era que alguien como él —rejego a aceptar su naturaleza humana, capaz de sentir enojo con tal intensidad y tomar decisiones en extremo graves— si en verdad se había enamorado de una mujer, lo haría una única vez y hasta el fin de sus días, si es que éste llegaba.
Su único destino y motivación, era el concretar su gobierno sobre el resto de los mortales, o perecer en el intento. Juró que esta vez no fallaría, y los Redfield serían los primeros en encarar el tormento y los últimos en obtener paz.
Wesker paró la masacre, apoyándose pesadamente con una mano sobre el muro; sentía que su energía se había drenado por completo.
Aspiró una última vez ese aroma dulce y fastidioso, lleno de ella, sellando para siempre ese capítulo que jamás debió acontecer.
No quería permanecer ni un segundo más en ese santuario desmantelado, por lo que trompicó hasta dar con el pasillo; se sentía enfermo de sólo voltear la vista a los objetos rotos y recordar brevemente la calma que podía respirarse en su interior cuando ella dibujaba a lápiz recostada sobre el colchón —siempre ella, nunca más Claire, o dearheart—.
Los pasos del rubio carecían de su habitual elegancia, pero al menos todavía se movía. Llegó a su cuarto, apoyándose en la perilla para poder abrir la puerta. No dudó en dejarse vencer sobre la cama; cayendo primero sobre su hombro y forzando a sus piernas a trabajar y terminar de recostarse.
Perdió la noción de la realidad poco tiempo después.
Escuchó un grito desesperado. Como en todos los sueños, había aparecido súbitamente en su despacho; daba la apariencia de haber estado leyendo unos papeles sobre el escritorio. Las letras eran difusas e inentendibles, lo que convenció a Wesker de que aquello era una creación hipotética. Se levantó de su silla giratoria, caminando en dirección del penetrante sonido.
Los relojes se habían detenido, incluyendo el de su muñeca. Pensó en poner los pies en polvorosa, implementando una medida radical para despertarse. Dispararse en la cabeza, por ejemplo.
Sin embargo, las súplicas y bramidos se hacían cada vez más intensos; incluso parecían estarse acercando, reprimiendo sus deseos de terminar con esa visión falsa de su propia mansión. Conducido por sus indagaciones e impulsos de espía, se dirigió al librero, de donde los aullidos adoloridos parecían provenir.
Ese era el acceso principal a sus laboratorios personales. No recordaba muy bien en dónde había estado antes de caer en ese mundo efímero, causado por las percepciones del subconsciente, pero tenía sus nociones de lo que había hecho con la chica en la vida real.
No tenía la llave de acceso, pero no hubo necesidad de una; bizarro e improbable como sólo un sueño puede serlo, el pasaje se abrió en automático al sentir la proximidad de su amo.
El mayor entró con seguridad, recibido por alaridos el doble de escandalosos; alguien estaba empeñado en causar graves daños a su garganta.
En ese pasillo blanco, de olor y formas constantes, resplandeciendo con una luz clara pero intimidante, los lamentos agónicos y la desesperanza eran casi palpables.
¿Quién estaba llorando de esa manera? ¿Por qué clase de infortunio estaría siendo atacado o atacada, para liberar tal clamo de pánico y desespero?
Los gritos no decían nada; eran meros estruendos de un alma atormentada, tal como lo haría una persona de estar siendo quemada viva durante el desarrollo de algún sádico ritual.
El general de sus propias fuerzas armadas, continuó su travesía por el pasillo; el eco absorbente y la atmósfera de revelación, lograron exasperarlo cuando aún faltaban varios metros para llegar a la puerta del laboratorio químico general. Y por alguna razón, no conseguía caminar más rápido; el tiempo parecía pasar con retraso.
Fue en la coyuntura que se formaba entre su laboratorio principal y el almacén donde había encontrado a Claire Redfield, llorando a los pies de sus queridos amigos, donde identificó la voz que emitía tan penosos gemidos; sin duda era la pelirroja.
Al principio se halló estupefacto; nunca creyó que una voz tan suave y delicada como la de ella, pudiese adoptar semejante entonación repleta de salvajismo. Era en verdad atroz. Las cuerdas vocales debieron desgarrársele minutos atrás, y puesto que no estaba pidiendo ayuda a palabras, debía de encontrarse en una muy mala situación.
El pánico puede bloquear nuestros dotes de comunicación.
Quiso darse la vuelta y ver una manera de volver en sí menos violenta que un disparo, y aunque no había argumento válido para ir a averiguar que le ocurría a esa traidora, —ya que esa Claire ni siquiera era real— se sentía empujado por una fuerza invisible, invitándolo no de forma cordial a internarse a su sitio de investigación exclusivo. Aunque ésta no era lo suficientemente agresiva como para convencerlo de hacerse camino a la posición de la menor Redfield.
Estaba a punto de regresar por donde llegó, cuando hubo un agudo clamo por misericordia. Fue tan vívido, tan exacto al léxico usual de Claire, que el rubio experimentó un tremebundo escalofrío.
Con buena razón sintió un latido extraño en el pecho, —por el cual se reprimió inmediatamente, diciendo que era una estupidez alterarse en medio de la siesta— al oír las suplicas desentrañadas, alimentándose con la resonancia de la instalación subterránea, produciendo así, una cápsula de terribles sonidos revotando consecuentemente en cada una de las cuatro paredes.
El antiguo líder de Umbrella colocó su mano en el escáner de la pared, dispuesto a encarar el misterio detrás de esa enorme estructura metálica; el hombre sin temor, que no tiene más lecciones que aprender, se preparaba para finalizar con esos sensacionalismos que en nada le beneficiaban.
Se reveló entonces, después de minutos dispares en los que la puerta electrónica se estuvo corriendo, una imagen tan perturbadora, que hasta un insensibilizado general como él, tuvo que apretar los puños y amagar el cuerpo para no reaccionar precipitadamente.
Claire estaba atada a una cama de exploración de color blanco, sacudiéndose con violencia. Su piel había empezado a cambiar de tonalidad, pasando de ese lechoso terso, a un azul violáceo poco atractivo; se le saltaban venas negras, fecundando su rostro y deformando su apariencia natural. Exclamando incoherencias y rugidos animales, pidiendo clemencia por el dolor que parecía partirla desde adentro, podía verse cómo sus extremidades se distendían por la transformación; iba ganando masa y el antes menudo y esbelto cuerpo, estaba siendo dilatado en todas direcciones.
Con sus agudos sentidos. Wesker podía escuchar los huesos de la muchacha crujiendo y los músculos siendo expandidos por la acción del virus; le brotaban tumores tornadizos, batidos en carne y otras sustancias que parecían ácidas a la vista. Los órganos internos habrían dejado de estar en su sitio habitual, y ahora las funciones vitales se sostenían por las membranas que le crecían en tamaño abominable para su antigua complexión.
—Duele. —Era la palabra que formaban esos labios enmudecidos por la pérdida de su racionalidad humana; con la mutación, su cerebro pasaba a ser minúsculo a comparación del resto de sus sistemas, y se volvía básicamente un animal guiado por meros instintos.
—Redfield…—llamó Wesker, con el barítono ligeramente amedrentado. La criatura puso su atención en él, durante un instante; pudo ver esos ojos aguamarina, infectados por la angustia y el tormento. Se movían dentro de sus cavidades, buscando un consuelo que no volverían a obtener.
El rubio se acercó hasta la posición vencida de la antes mujer, cuyos tentáculos, brotando de ambos lados del cuerpo, eran reprimidos momentáneamente por el amarre de las correas; pronto fueron demasiado grandes para encajar en las estrechas aberturas y empezaron a sangrar por los cortes que éstas les infringían. La falta de circulación en esas partes de su masa pronto se hicieron notar, causando coágulos en el resto de su pecho y abdomen.
El tirano pareció olvidar que aquello se lo creó la mente fastidiada y expuesta a una diversidad de situaciones en un tiempo tan reducido, y caminó presuroso a una de las estanterías, aun si su mente racional le dictaba que la fase de mutación en la que se encontraba la chica, era incorregible.
Ya tratar de intervenir era lucha perdida, tomando en cuenta que ella había desarrollado las armas de un B.O.W en alto calibre.
Pero no dejó de hacerlo, alentado quizá por su ferviente menester de callar esos lamentos bestiales que opacaban todo recuerdo de la voz candorosa de Redfield.
Absolutamente todos los compuestos dentro de las repisas o refrigeradores, carecían de algún indicativo de su contenido. Y tampoco sabía que era lo que estaba buscando solucionar con una jeringa y suposiciones de lo que corría a través del torrente sanguíneo de Claire Redfield.
O de lo que quedaba de ella.
Se dio cuenta de que no había nada que pudiera hacer, excepto despertar; suponía que su cuerpo estaba exteriormente agotado, porque aunque tenía toda su voluntad enfocada en dejar a un lado esas visiones absurdas, no era capaz de abrir los ojos.
Escuchaba los rugidos de la antigua pelirroja, como algo lejano. Tiró el estante al saber que nada había que pudiera hacer, y asqueado de la impotencia, volvió su atención a ese adefesio biológico, notando que todo rastro de sus facciones delicadas o su tamaño original, habían desaparecido. El color adquirido le recordaba mucho al monstruo que surgió del interior de Excella Gionne, pero su apariencia de gigante lo complementaba.
El hombre de gafas negras respiraba reacio, contemplando las cada vez más leves sacudidas de esos tentáculos, y las orbitas locas de sus ojos bestializados por la transformación. Desenfundó el arma de su cinturón, —la misma con la que había planeado terminar la pesadilla—y se dirigió a la proximidad de la cama.
Para bien o para mal, el cambio al que se había visto sujeta Claire, fue infructuoso. No podía ni levantarse y Wesker sospechaba que en cualquier momento se convertiría en una pila de espuma negra de olor fétido, pues no contaba con el material genético requerido para ser una herramienta de destrucción.
Lo que para una guerrera necia como ella, era una ironía.
Estaba a pasos de la antes temperamental Claire Redfield, percibiendo los sonidos acuosos de sus inhalaciones, el aleteo involuntario de sus extremidades mutiladas por las ataduras de cuero y las deformaciones burbujeantes que distendieron su piel al punto de romperla, creando ríos pastosos, batidos en un líquido amarillento que germinaba en las miles de venas verdes que invadían todos los rincones de su desamoldada anatomía.
Ya a todas luces era obvio que estaba soñando, y que cualquier intento por solucionar el estado físico de ese engendro recién formado, sería inútil. Excepto una cosa.
El mayor apretó su pistola .45 mm entre sus dedos enfundados en cuero de cocodrilo, y por un momento dio la apariencia de que su pulgar se negó a situarse encima del gatillo.
Un sudor frío le cubrió la frente, apuntando el cañón del arma contra la figura tendida, en estado de agonía, que balbuceaba vocales y consonantes indefinidas, ya más parecidos al gruñido de un animal moribundo que a un intento plausible de comunicación.
Toda la irracionalidad de la que era capaz, pareció ahogar a Wesker como un maremoto disuelto entre un huracán de precipitada emoción, y no supo cómo diferenciar lo que imaginaba de lo que sucedía en realidad; no había sentido en mostrar piedad y terminar con el sufrimiento de aquella mutación, que en primera instancia adquirió la apariencia de la mujer que deseó llamar suya durante una estación del año.
Entonces, un balazo calcinó toda vida fuera de ese ser entre vivo y agonizante, y mandó una explosión desorientada al corazón del ex—capitán. Estaba hecho. La eutanasia. El asesinato. La condena a la oscuridad eterna.
Prácticas que le eran especialmente familiares a Wesker, y a pesar de eso, no podía evitar pensar en a quién acababa de arrebatarle la vida de un disparo directo a la frente.
El rubio le dio la espalda al cadáver, que todavía tenía la apariencia de un B.O.W de categoría, aunque éste habría sido incapaz de ponerse en pie al concluir el cambio de materia genética. Se disponía a abandonar el sitio inundado en sustancias indefinidas y sangre que comenzaba a colarse en las orillas, cuando escuchó un ruido provenir de aquella cama de experimentación.
Al darse la vuelta, se quedó absorto, observando a la criatura recobrar poco a poco la apariencia de la joven mujer que besó en esa plaza festiva. Los ruidos eran repulsivos; el tronar de los cartílagos, el reacomodo de huesos y músculos, la caída repentina de los tentáculos y púas que habían aflorado de su zona lumbar hasta la parte posterior del cuello. El rubio se arrimó cauteloso a una de las consolas tapizadas de mecheros y microscopios, presenciando un evento de tal imposibilidad. Aunque hubo una voz prudente que le recordó que eso había sucedido antes, con el joven preso, Steve Burnside.
Notó cómo los brazos de la menor adquirían un color natural, su vientre plano y bien formado, sus piernas torneadas por el ejercicio y pintadas por los rayos de sol, retornaban de su limbo. Lo único que no regresó como cascada carmesí sobre sus hombros, fue esa esplendorosa melena que había visto agitar con el viento de Grecia y Paris, y el clima glacial de una Suiza que evitó la decadencia, pero que había presenciado las medidas extremistas de Albert Wesker y el cambio en sus modos maníacos de actuar, por volver a sentir los estremecimientos de placer en la adolescente que sacudió su vida de hombre y depositó sobre sus hombros el peso de sus ilusiones infantiles.
Los casquillos de los zapatos de guerra del antiguo líder de los S.T.A.R.S resonaban con estrépito, entre los espasmos de aquellos tumores liberados de la chica que residía fría e inerte; aunque Wesker avanzaba a pasos cortos, podía notarse su determinación por visualizar la terrible escena.
Y pese a que sentía escarcha corriéndole por las venas, no paró hasta tener a unos centímetros de distancia, los restos mortales de la artista venida a menos.
Wesker dejó caer la pistola de sus manos, impactado por cuan intacta se hallaba la silueta de musa de la señorita Redfield; sus caderas volvieron a ser marcadas y sus senos redondeados. Al elevar sus ojos bermellón a ese rostro usualmente suave y descansado, tuvo que amagar el hecho de que el único daño que restaba, era el de la descarga de su arma como acto de clemencia.
En sus ojos verde azules no había más luz; no habría más guiños divertidos o miradas de reprimenda. Sus labios estaban secos y tiesos de tanto gritar que tuvieran piedad de su calvario. En sus mejillas, se habían desborrado los agujeros de su sonrisa, y en la piel le corría un río de sangre desde la mitad de la frente blanquecina, hasta su redondeada barbilla. En su gesto inerte había tristeza, una truculencia que amenazaba con entiesar sus calmos gestos modelados por la concupiscente muerte que siempre termina por adueñarse de la vida, en una rutina de amantes furtivos y encuentros casuales.
Vio el agujero en el cráneo macizo perteneciente a la menor Redfield, cruzándolo de lado a lado; esa herida que le dictó muerte, inducida por sus manos titánicas, sabiendo que si aquello no fuese un sueño, se habría sentenciado a vivir una eternidad repasando tal recuerdo. Una eternidad, pues Wesker no planeaba morir nunca.
¿Y quién planearía su muerte, después de todo?
Pero los ojos de Claire... carentes de vida, vacíos como dos botellas negras, sin fondo marcado, desenfocados y ajenos a las imágenes como pozos saqueados de todo valor, fueron lo único que logró hacer tambalear al imperturbable tirano. Ni siquiera pensar en su propio deceso, habría alterado más a Wesker que notar aquella mirada perdida. Alargó su mano rapaz, tanteando el terreno frío de su piel, sintiendo, aun en sueños, el poder de esa niña de conectar sus nervios otra vez, volviéndolo sensible, adicto a su piel aterciopelada y al sudor dulce que los recorría cuando presionaba juntos sus cuerpos y la sentía latir con corazón ajeno.
Sostuvo el rostro inerte de la pelirroja con una mano, acercando el propio, contemplando esa mirada aguamarina que no volvería a enfocarlo con sus reflejos absurdamente delicados y amorosos; ni en el sueño, ni aun de vuelta al mundo que estaba por conquistar. En las facciones del hombre arrogante se dibujó una seriedad lapidada, y dio la apariencia de ser un soldado tallado en hielo; su mente dejó de procesar la información con eficiencia, entorpeciendo sus movimientos, liquidando lo que quedaba de su lógica innegable y la separación entre lo objetivo y subjetivo.
Apoyó su cabeza contra la de ella por un instante que pareció durar horas, sin importar el rastro de sangre que dejó el contacto, para después depositarla plácidamente contra la almohada sintética, bajando los párpados finos de la niña con lentitud.
El mayor de ojos rojos iguales a los de un dragón, se aproximó a la puerta electrónica, que resguardaba cual titán la entrada al inframundo, a sus posesiones científicas, a sus experimentos letárgicos. Levantó nuevamente el arma de fuego, apuntando esta vez contra su sien; sintió el metal frío chocando contra la piel del costado de su frente, dispuesto a terminar con las patrañas.
Pero antes de que pudiera presionaron el gatillo, un sonido estruendoso lo hizo caer sobre sus rodillas, y despertar.
Albert Wesker se irguió de su lecho de rey; las cobijas dispersas eran testigo de la batalla contra situaciones improbables y enemigos invisibles que lo perturbaron durante su sueño. En este caso, había sido la visión de una Claire sometida a un severo mutágeno, pero en un pasado no muy lejano fueron enemigos como Sergei Vladimir y las llamas imparables de ese seno repleto de tintes infernales, dentro del volcán que creyó verlo fallecer.
Había quienes afirmaban que un dios no sufre de tormentos, de malos sueños o temores; pero él no podía combatir parte de su humanidad, esas cadenas invisibles que lo separaban de alcanzar la divinidad.
Claire Redfield era una de esas cadenas.
El sonido que había despertado al capitán, provenía de su celular inteligente. El rubio se sacudió el sudor repentino que surgía de los poros superiores de su frente, espantándolo con el dorso de sus elegantes manos de pianista. No había expresión; sus ojos vacíos, sin las gafas, daban la sensación de estar observando a un paciente con un severo problema psicológico. Y aun así, se les notaba fríos y calculadores; todo signo de calidez o enojo, se espantaron con el arrebato de horas atrás; había masacrado la estancia de Claire con la intención de desaparecer las huellas de sus comportamientos suaves y su evidente apego a la chica de cabellos color fuego.
Sacó el celular del bolsillo interior de sus ropas oscuras; ahora mismo resaltaban la palidez de su cara y cuello, acentuado el semblante exánime que lo acompañaba desde que volvió a la residencia y se encontró con el fantasma de William Birkin. Contestando el teléfono, le faltó voz para sonar fastidiado; de conocerlo un poco mejor habrían adivinado fácilmente que el cansancio se apoderaba de su cuerpo, aun con los elementos superhumanos que lo sostenían.
—Espero que sea urgente —mencionó Wesker con rudeza, mientras la voz al otro lado de la línea se aclaraba la garganta, en un mísero intento de despejar la incomodidad.
—Lo es, doctor Wesker —dijo el científico al auricular, atrayendo la completa atención del rubio adinerado.
— ¿De qué se trata?, habla rápido —inquirió Albert Wesker, incitando al vigilante de su proyecto en las instalaciones de Tricell, mientras él se levantaba con cautela; su ritmo cardíaco no parecía ser más estable que cuando cayó cual tronco sobre el colchón.
Además, los escalofríos se habían empezado a presentar; tal era la sensación, que creyó llevar un riachuelo de mercurio en lugar de sangre.
—Hemos tenido una grave contingencia dentro de la planta, doctor.
— ¿Qué clase de contingencia? —cuestionó el general, sin dejar entrever su creciente urgencia por saber que había sido tan trascendental, como para que se atrevieran a molestarlo en su canal de comunicación personal.
—Señor, no estamos seguros de qué ha ocurrido, es inexplicable. No estaba destinado a pasar, pero ocurrió. Sabemos que no ha sido su falla… de eso estamos seguros —empezó el empleado a tratar de excusarse, cosa que no mejoró el humor del ex—capitán.
— ¡Habla ahora mismo, y deja las patéticas excusas para cuando vaya a ponerles una bala a todos ustedes, ineptos! —recalcó el rubio con su tono sádico, causando que en el laboratorio central de pruebas, el hombre de bata blanca, se estremeciera sin poder contenerse.
—Pues… las causas no han sido sentadas todavía, pero… todos los sujetos inyectados con el virus Génesis, han muerto por fallas sistémicas masivas. Literalmente, les explotó el corazón dentro del cuerpo y cayeron fulminados.
El mayor abrió los ojos, un desconcierto total lo embriagó; se sostuvo de la cómoda, hasta que de su entonación implacable, salió un reclamo digno de recordar.
— ¿¡Qué!? Eso no es posible… ¡De qué se trata todo esto! ¡Exijo una explicación para algo que no puede ser más que una mentira! ¿Con quién demonios creen que están tratando? Génesis es implacable. ¿Quién ha sido el culpable? Si estás tratando de ocultarlo, juró que te haré pagar por la impertinencia de retar mi autoridad. —Exclamó Wesker, tratando de restaurar su enigmática e indiferente respuesta a las situaciones de presión.
No permitiría que nadie se enterara de la debilidad que empezaba a escalar, creando grietas en su armadura perfecta y abandonando en un rincón, su notable estirpe como tirano.
—Señor, no han sido los médicos los culpables. He estado supervisando el proyecto las veinticuatro horas, sin descanso. Fue algo súbito, los sujetos experimentales perdieron el control de sus extremidades, comenzaron a convulsionar, y a desangrarse a través de cada orificio de su cuerpo. Intentamos atenderlos, señor. Pero la falla fue global; pulmones, corazón, cerebro. Todo se vio atacado sin remedio.
Wesker empezó a respirar de forma rauda, casi forzando al oxígeno, con cada nueva bocanada, a ingresar para apaciguar sus ya alebrestadas reacciones a la información. De pronto todo pareció nublarse, y en su pecho tuvo que contener un grito de frustración e incredulidad, recordando que seguía colgado en la llamada.
Era imposible.
No podía creer una palabra de lo que el encargado decía, y que de haber tenido enfrente, estaría suplicándole de rodillas que le perdonase la vida.
—Pero qué… demonios… han hecho con mi trabajo. —siseó el arrogante doctor, golpeando la superficie donde estaba apoyado hasta lograr hundirla.
Simplemente no le cabía en la cabeza cómo todos sus planes podían irse a la basura en una fracción de segundo; el día que asistió a la revisión rutinaria los elementos tenían un excelente estado de salud, y justo ayer que se presentó a la junta ejecutiva, todo parecía marchar viento en popa.
¿Pero cómo puede arruinarse el trabajo de meses con unas cuantas horas de diferencia?
¿Cómo era posible que los cimientos de la misión por la que fue concebido y encomendado a verla fructificar, se carcomieran hasta dejar de sostenerlo?
¿Cómo perdió en un par de días, su deber, su destino como mandamás universal, por los errores ajenos, las distracciones carnales, las debilidades humanas más repudiables?
—No los tocaron, no fue… no estaba previsto. Fue… no podemos encontrar la razón todavía —intentó apaciguar los ánimos el encargado, sabiendo que la furia de Wesker estaba a punto de asolarlos y reducirlos a meras cenizas.
— ¡Encuéntrenla! ¡Si lo que dices es cierto, es mejor que me des una explicación o iré a masacrarlos a todos! —el reconocido genocida se sostuvo el cuello, resintiendo la migraña.
Intentaba procesar las declaraciones de su subordinado, pero la palabra 'fallo', centellando dentro de su cabeza, no hacía más que causarle un enorme conflicto; él no fallaba, y sus creaciones tampoco.
El hecho de que todos los sujetos experimentales fallecieran de manera tan abrumadora, no sería bueno para la imagen de su cepa; los planes de expansión se estaban hundiendo con rapidez, al igual que los de poder arreglar los problemas que marginaban su poderío, —esa maldita enfermedad resultante del prolongado uso de suero y su virus dominando— hasta convertirse más en una desventaja que en un modo de hacer ley sus mandatos.
¡Y todavía no lo aceptaba! El ver al Génesis aniquilar a sus portadores, lo limitaba a creer que con la derrota que sufrió a manos del siempre inoportuno Chris Redfield, había perdido el toque.
Y tendría que aceptar que en realidad esa molesto novato, increíblemente torpe en un inicio y ahora convertido en un capitán de su propio escuadrón, había logrado mermar su mente tanto como su cuerpo insensible; seguía perdiendo las batallas contra sus propios fantasmas, y ya no podría crear destrucción y levantar su reino de entre los cadáveres de seres inferiores y el desperdicio.
Volteó con una sola mano el taburete en el que estaba distribuyendo su peso inestable, sin importarle armar un absoluto desorden en su propia habitación.
Habría partido a Chris en dos partes individuales, de haberlo tenido cerca.
—En serio lo lamentamos, doctor, todo mi equipo y yo nos encontrábamos muy entusiasmados con el desarrollo de un virus tan prometedor.
Wesker dejó caer la mano derecha sobre su costado, negándose a escuchar más porquería.
Y así era como se derrotaba a un hombre imparable, arrebatándole todo por lo que había trabajado; hacerle saber que sus infalibles destrezas se veían mermadas con el pasar de los años, y del científico indestructible, el mercenario temido y la leyenda en el campo de lo inexplorado, quien se movía como un creador absoluto y rompía las leyes de la genética por mero antojo, ya no quedaba nada. Había envejecido y los errores no le habían ayudado a aprender el camino indicado.
—No… quiero… escuchar una sola palabra de justificación… no necesito de sus comentarios ligeros y no estoy buscando que se lamenten sobre esto; quiero una explicación lógica y un reporte completo, de cómo tres individuos perfectamente sanos, fallecieron repentinamente en menos de doce horas. Y si algo indica que ha sido un error de sus incompetentes secuaces… me encargaré de que paguen por arruinar seis meses de trabajo —intervino Wesker a manera de amenaza, sin elevar la voz, pero sin dejar espacio a dudas tampoco.
—Doctor Wesker… le aseguro que no ha sido así. El último ser en morir, se desplomó en medio de una prueba en la caminadora. Intentamos reanimarlo, pero ya era tarde…—los nervios emanaban de la lexía vibrante del encargado de Tricell, quien estaba seguro de que ese trabajo había cavado su tumba.
El hombre de cabellos rubios apretó los ojos, mientras paseaba su dedo índice y pulgar sobre su frente, dispuesto a lanzar el teléfono por la ventana tan pronto dijera lo siguiente: — ¡Con un demonio, sólo haz lo que te estoy ordenando sino deseas que te cuelgue con tus propias entrañas! ¡Y no vuelvas a marcarme! ¡Llegaré allá cuando así lo encuentre conveniente!
Con un amago que destrozó el aparato electrónico, la llamada se finalizó.
El rubio arrogante lanzó el resto del plástico y piezas metálicas debajo de sus pies, reprimiendo el impulso de machacarlos con la bota de tacón ancho.
Muertos. Todos los elementos experimentales.
Por culpa del Génesis, no había duda.
Guardaba sus sospechas, como siempre… Pero ya había considerado la posibilidad vaga de que su desarrollo biológico no fuese perfecto. Lo había hecho pero se negó a ver antes los síntomas del fracaso que se avecinaba.
De pronto, debido a que pasó la palma de su mano sobre su rostro, notó la ausencia de sus gafas de sol, e inmediatamente recordó a la culpable de dicho predicamento.
Sintió un golpe en la parte inferior de su nuca, al realizar que no recordaba con exactitud el desenlace de lo sucedido.
Había pequeños retazos de memoria, nada importante. Volvió a librar un puñetazo contra la pared gris, causando que los mismos postes que sostenían al cuarto, se tambalearan.
Porque en esta ocasión no había hecho falta que un montón de ineptos que se creían héroes, llegaran a fastidiarles los planes con su altruismo y jodido sentido de la responsabilidad. Responsables de asuntos que no los requerían, en lo absoluto.
Había bastado con una mujer, una enfermedad inesperada, para acabar de a poco con su elite, con sus ganas de encarar el nuevo día. De erguirse imponente una vez más, contra todo pronóstico...
Realizó un verdadero esfuerzo por recordar la discusión sostenida con Claire. Imágenes furtivas de las palabras mutuas golpearon su cerebro que seguía despertando de la pesadilla y de las noticias recientes. Vio a la menor Redfield sangrar de los labios por la bofetada que le propinó. Y decir que preferiría que él estuviese muerto.
Se sonrió de mala gana, para al instante reprimirse, paseando como un prisionero en los metros cuadrados de su celda.
Recordaba haberla amarrado a un diván, para después buscar una lavativa entre los cajones; tenía cientos de ellas.
Las cepas del virus Génesis. Las cuatro que restaban, guardadas en la seguridad de ese refrigerador de acero inoxidable. Despedían un humo blanco igual al del hielo seco. Las observó antes de cargar la ampolleta.
Después, todos los hechos se volvían difusos.
Lo último que fue claro, es que se había aproximado a la cama donde Claire Redfield forcejeaba, haciendo resonar los grilletes encima de sus respiraciones difíciles y los lamentos. Las súplicas por verlo recobrar el sentido y no ser inyectada con un agente potencialmente peligroso y desconocido.
Albert Wesker se dirigió en tiempo presenta al fondo de su habitación, donde las cortinas habían sido corridas; tenía una vista excepcional del aire nevado que rebosaba en el altozano, ya cubierto de un blanco perenne.
Sus ojos se abrieron como platos, cuando finalmente pudo llenar todos los huecos en su memoria, uniendo datos inconexos del destino y condiciones actuales de su rehén.
La había inyectado… con el Génesis muy seguramente.
¿Con qué otra cosa habría logrado callarla?
Porque había cargado la empolleta del Génesis en la jeringa, ¿no es así?
Era cierto.
Finalmente, la había condenado a muerte.
La mató.
No al instante, no con un disparo mientras ella tenía los ojos cerrados, con una ignorancia casi bendita sobre quien sería su verdugo. Tampoco asfixiándola, presionando su tráquea hasta que ésta reventase. Tampoco a golpes. La había matado, mientras ella lo miraba a la cara.
Vio esos ojos verde azules decepcionados cerrarse, y sus ventilaciones cansadas de tanto rebatirle, de tanto gritarle con odio sincero y tratar de hacerse escuchar.
Y vaya que la había escuchado…
Lo consiguió. Si el Génesis ya invadía el cuerpo de la pelirroja, era cuestión de unas semanas para que acabara como el resto, con el corazón reventado dentro del pecho… Unos días sino era lo suficientemente apta. Pero estaba sellado; era la firma característica de sus pecados.
Una risa audible, desquiciada, emanó desde lo profundo de la garganta de Albert Wesker. No produjo ningún eco, pese a lo amarga que resultó ser al final.
Esteban Gionne caminaba en los pasillos limpios de uno de los edificios de mayor tamaño pertenecientes a su franquicia, la farmacéutica internacional, Tricell.
La luz del sol calaba sobre las proximidades de la meseta del Congo. La empresa de fármacos más grande que existía en Europa occidental, parte de América y toda África, había comprado el terreno a un alto precio y forjado uno de las construcciones más imponentes del siglo XXI.
El padre de Excella portaba una máscara yoruba sobre su rostro mestizo; se la habían creado con imágenes típicas de animales humanoides, con rayas grabadas y tinturas naturales. Sólo se mostraban un par de ojos aceituna, de corte depredador, y su cabello negro peinado con elegancia. Llevaba un traje gris lustrado y una camisa verde pistache de seda planchada a la perfección. Sus pasos eran los de un gigante, pero era su ego el que le brindaba tal apariencia, pues no se trataba de un hombre armado en medidas sobrenaturales.
El ejecutivo ingresó a su oficina repleta de lujos; el paquete incluía muebles de importación, plantas exóticas, cuadros de artistas cuyas deudas sólo se pagaron después de su fallecimiento.
El patriarca de los Gionne tomó su puesto detrás de un costoso escritorio barroco, aplaudiendo al aire en cuanto estuvo sentado en una posición confortable, exigiendo sin necesidad de hablar que le llevasen la comida del mediodía.
Había en sus ojos el destello de un chita y se movía con la gracia de un animal salvaje; muy a pesar de su linaje europeo, parecía que el haber habitado en el más viejo de los continentes, donde la vida humana surgió, acabó por modelar sus costumbres hasta el punto en que empezó a actuar más como un nativo adinerado que como un conquistador emigrado en su temporada de juventud.
La servidumbre le llevó un filete de salmón, cocido a las brasas del carbón, acompañado de una ensalada de frutas tropicales. Cuando estaba a punto de clavar el tenedor para degustar su suculento platillo, uno de sus hombres de confianza se adentró en la oficina principal con el paso militar más adecuado, presentándose con la cortesía apropiada al tratar con un alto mando.
—Señor —comenzó a decir el subordinado —nos confirmaron en la central europea que la respuesta del virus Génesis es efectiva. Al parecer es lo más prometedor que se ha visto en el terreno de la investigación hasta ahora.
Un guiño malévolo se apoderó del rostro achocolatado de Gionne; las arrugas de su frente escondidas por la máscara de ornamento.
—Ya saben lo que tienen que hacer. Si el funcionamiento del Génesis ha sido comprobado en su totalidad, y están seguros de que su éxito es irrefutable, estable y beneficioso como parece serlo, quiero que lo aíslen y no permitan que nadie entre en contacto ni con las instalaciones, ni con los sujetos de prueba, ni mucho menos con las dosis que nuestro 'socio' nos ha provisto con tal amabilidad…
—Discúlpeme, señor Gionne, pero… ¿cómo justificaremos tal robo a propiedad intelectual de un individuo? Si el doctor Wesker se percata de que le pusimos una trampa, entonces…—dijo el mensajero, intentado procesar las intenciones y mandatos de su jefe.
— ¿Entonces qué? A él no le debemos ninguna clase de explicación. Y si osa acercarse a los edificios de investigación, aniquílenlo —ordenó Esteban, haciendo un aspaviento con su mano derecha, sin despegar su mirada aceituna del agente personal —Llámenlo. Convénzanlo de que en la práctica la cepa es inútil y ha matado a todo ser que tuvo contacto con ella. No me importa cuánto tiempo les tome, quiero que le hagan creer que su proyecto ha sido un rotundo fracaso.
—De acuerdo, como usted lo ordene. Traeremos los elementos de trabajo del doctor Wesker a las bodegas subterráneas en el siguiente avión que retorne de Suiza —afirmó muy seguro de sí mismo el agente que interrumpió la merienda de Esteban Gionne Da Ángeles.
—Excelente. Asegúrense de que no se entere de que el virus es efectivo y que cumplió con las estipulaciones.
—Así será.
—De no haber nada más que agregar, puede retirarse —indicó el líder de Tricell división África, con evidente regocijo. Excella presenciaría desde la otra vida el ocaso del bastardo que la engañó con promesas y al final traicionó, sin el menor remordimiento.
No podía resistirse a saborear la victoria que palpaba con las yemas de los dedos. Con Krauser como encargado de la tortura psicológica y física, además de asesinarlo por la vía más lenta y dolorosa posible, sabía que el asesino de su única hija, iba a pagar muy pronto el alto precio de su crimen.
Al quedar en solitario, Esteban se levantó del escritorio, dejando a un lado su apetito, pensando que el pescado no podría llenarlo de la misma manera que la satisfacción experimentada gracias a semejantes noticias.
—Te tengo justo en donde te quiero tener, maldito bastardo. Veamos qué harás cuando te percates de que estar perdiendo absolutamente todo…y que esta guerra no se termina ahí —siseó Gionne finalmente, mientras metía las manos dentro de los bolsillos de su pantalón pulcramente abrillantado.
Albert Wesker abrió la puerta de su laboratorio personal, colocando la mano en el registro habitual, siendo ese día uno en los que más había visitado aquellas instalaciones. No existía el más leve titubeo en sus pasos, aunque la vista le daba vueltas; tenía años sin sentir lo que era un verdadero mareo, pero allí estaba éste, indicando que el oxígeno que entraba en su sistema no era suficiente; su presión arterial debía estar elevada por los aires y probablemente el virus galopaba su corazón más de la cuenta. Tal como si corriera un maratón.
Tenía que regresar a las instalaciones centrales de la farmacéutica desde donde se habían emitido las malas noticias; pero antes… antes tenía que librarse de ese sentimiento desconocido que estaba sojuzgándolo insoportablemente.
¿Y por qué lo hacía?
¿Por qué buscaba saber si había condenado a Claire Redfield a muerte después de todo lo que ella había gritado, todos sus insultos en el calor de la discusión, luego de abofetearla, ebrio de unos celos irracionales?
No lo entendía.
Con su reino vulnerable, su salud por los suelos, ya no quedaban contemplaciones ni miramientos. Hacía lo que creía necesario, se calmaba a momentos diciéndose que no había problema que él fuese incapaz de solucionar.
Porque iba a perder a la pelirroja que contempló en perfecta desnudez, y el trabajo de una vida entera —que ahora representaba su sacrificio del todo por el todo, de edificar una nueva sociedad, un nuevo amanecer— estaba por ser desaparecido, sin ceremonia. Ambas cosas arrancadas de la yema de sus dedos, condenándolo a perder la cabeza, prefiriendo caer por su causa que entregarse sin dar batalla.
Estaba por descubrir si había plantado la semilla asesina dentro del cuerpo esbelto de Redfield, de determinar qué haría ahora que la cuesta arriba se volvía tan empinada; todos sus enemigos aproximándose justo en el momento en que perdía lentamente sus habilidades más apreciadas, su capacidad de destrozarlos con una mano ataca al pecho. Y si esa no era señal de que estaba perdiendo la guerra, no sabía cuál lo sería.
El primer error de cualquier militar es no saber atacar con estrategia, en una posición favorable para aplicar la ofensiva; no poder emprender la retirada para replantear sus fines y cómo poder acceder a ellos.
Wesker no estaba dispuesto a cometer tan fatal equivocación.
La estancia desierta, calmosa, expedía un olor sepulcral, por encima de los desinfectantes y el aire congelado que podía respirarse, detestando tan insoportable aroma con tan sólo permanecer unos minutos adentro.
El rubio observó todos los rincones del laboratorio, como si esperara hallar a otro entrometido debajo de las mesas o entre los cajones. Pero no había nadie.
Nadie excepto esa pelirroja de ojos verdeazules brillantes, ignorante al destino que la aguardaba con brazos abiertos; Claire continuaba durmiendo ajena sobre ese diván de esponja blanca, sin que nada indicara que hubiese vuelto en sí durante su encierro.
Albert Wesker se fue aproximando, tal como lo haría un espectro, deslizando sus pasos como la sombra que se proyecta sobre el cielo claro y despejado, como síntoma de fatalidad. Sin embargo, en su cara tallada en mármol blanco, no había el usual rastro asesino, el hambre de venganza; había un ligero arrepentimiento, desconcierto y hasta resignación.
¿Pero qué le podría haber ocurrido al imperturbable tirano, como para permitirse externar al ser humano que despreciaba, pero continuaba habitando en su interior, similar a un invitado indeseable?
Absorbió la imagen de su cuerpo inerte; la muchacha tenía la melena alborotada esparcida sobre la almohada de cuero blanco, sus manos atadas a los costados en una posición sumamente incómoda, y las piernas unidas a la fuerza por esas correas que ya ni falta hacían. Su respiración era débil, casi nula; aquel leve indicio de vida hubiese pasado desapercibido para un hombre que no contara con los agudos sentidos del capitán.
El mayor aproximó su mano derecha a la muñeca de su rehén; el pulso continuaba allí, latente, sosteniendo un ritmo musical, si bien endeble, constante. La congeló en la eternidad de sus pensamientos, le puso un aparador, y se permitió retirar la manga que le cubría los brazos de guerrera, bien torneados a base de esfuerzo. Deslizó su palma —que guardaba registro en cicatrices de los malos y buenos días— a través de la piel delicada de su artista, diciéndole adiós a sus antes bien provistas caricias y a los choques eléctricos que le producía el volver a sentir.
Wesker miró las máquinas que vigilaban el aliento de la joven mujer y los latidos de su corazón dormido. Se apartó de su figura inerte, conduciendo sus pasos hasta los estantes, justo en la posición donde había depositado las muestras del Génesis, y el estruendo de un recuerdo vivo, aturdió sus cuatro sentidos restantes, tal cual lo haría una explosión. Sí, la inyecto. Sí, tomó las muestras restantes del Génesis y las formó una tras otra, acechándolas con la jeringa, eligiendo la que brillara mejor a la luz de las lámparas ya que ésta invadiría todas las arterias de Claire, y la convertiría en una esclava de sus ordenanzas.
Pero también recordaba haberse dirigido a otro de los muebles metálicos, extrayendo una segunda ampolleta blanca, mucho más larga que la primera y de aspecto inofensivo.
Todo era confuso.
Se giró a observar el cuerpo tendido de la menor Redfield; las mechas de cabello estaban sueltas, y juraría poder verlas crecer.
De los sueños y las pesadillas, sólo se escapa cuando el cuerpo así lo permite; el de Wesker no estaba obedeciendo, y todo lo que conseguía era retornar a las imágenes de Claire, deformándose hasta ser meramente materia negra con aspecto de humanoide.
Se preguntaba si algo así sucedería ahora que el Génesis había mostrado su verdadero rostro, y en su descuido él no había creado algo que fuese capaz de revertir sus excesos.
Pero si dentro de su cabeza era difícil determinar si había dejado a sus facetas oscuras apoderarse arbitrariamente de sus acciones, ¿cómo podría cerciorarse de que un veneno mortal corría dentro de las venas de Claire?
Porque no había olvidado todas las palabras lacerantes que brotaron de esos labios color cereza, infestas de un odio incontenible; la traición que se leía en los ojos abismales de Claire Redfield, vacíos de compasión, repletos de asco y dolor. Pero tampoco olvidaba sus brazos cálidos, sus cuidados de enfermera primeriza, sus sonrisas de bulería. Aquellos besos y seducciones que ella no se guardó para después.
Una sonrisa tatuada con amargura, comenzó a dibujarse desde las cornisas de sus labios delgados. Y el tirano se había enamorado, perdiendo el control de la situación; Claire sólo no sedujo sus deseos carnales, muertos a pulso por su necesidad de no ser humano. También se apoderó con lentitud de la única ternura y delicadeza que él era capaz de mostrar, se adueñó de sus débiles pensamientos cercanos al afecto o la comprensión. Se convirtió en un ser vulnerable, distinta en naturaleza, obligándolo a protegerla a cualquier costo. Se plantó dentro de su espíritu —elemento que siempre pensó como un cuento de niños—; el recuerdo de haberla perdido, eliminado los rastros de su confianza, de los instantes que nunca volverían, parecía ahora absorberle las fuerzas desde su centro de gravedad, desbalanceándolo.
¿Cómo pudo permitirlo? ¿Cómo fue posible que su necesidad de trascender, lo orillara a la manera más corriente y pasajera de eternidad, —el amor— permaneciendo en los pensamientos y corazón de una pelirroja a la que le doblaba la edad?
El ex—capitán se apoyó pesadamente contra el lavadero.
Bastaba de reflexiones inútiles. Lo inquietante y de verdadera relevancia, era pensar cómo saldría de ese pozo sin fondo.
Dejando a un lado que reponer el virus Génesis en su estado era una sentencia de muerte, ¿cuál sería el futuro de la joven Redfield? Y por supuesto, de ser el caso… ¿en cuánto tiempo dejaría de existir si la mutación de su última creación se presentaba?
No. Sacudió la cabeza, retornando un par de pasos en la dirección de Claire.
No podía perder el suelo; mirar las cosas de forma fría y analítica era la única manera de erguirse pese a la mala racha científica y la maldición que le jodía el cuerpo sin retraso. Recuperar su mente lista para agazaparse por la solución más eficiente, por el camino lógico a seguir si algún inconveniente se presentaba, era el curso de acción que debía de tomar.
Llenó sus enormes pulmones de una bocanada profunda de aire; fue exhalándolo a medida que se ponía manos a la obra. Tenía que saber la verdad; confirmar que estaba dictado el veredicto y que ella moriría debido a uno de sus arranques coléricos. Ella podía estar muriendo por su curiosidad, por tratar de indagar entre los occisos que no enterró en el pasado, y no por falta de tierra.
Con un par de pruebas, que tomarían unas pocas horas para arrojar resultados definitivos, sabría si Claire Redfield estaba condenada a los efectos tardíos de un virus que jamás conocería cura.
Wesker se encontró sentado en una de las sillas reclinables, algún tiempo después de tomar varias muestras de sangre de la inconsciente joven y también una de su espina dorsal, que de haber estado despierta hubiese sido un procedimiento doloroso.
Ambos líquidos estaban centrifugándose en un aparato, mientras se analizaba cada uno de los elementos existentes dentro de su sangre, y para ser más exacto, en su ADN.
El rubio tenía las piernas cruzadas una sobre la otra, con una probeta en la mano y una botella de whiskey escocés sobre la mesa; había llenado dicho traste de laboratorio con el alcohol, bebiendo con constancia en un gesto poco permitido a raíz de los duros estatutos con los que solía guiarse.
No acostumbraba beber porque tal vicio no conseguía tener efecto sobre él, pero quizá esa era la razón por la que estaba bebiendo; le recordaba cuan diferente era al resto de los hombres.
Una risa escabrosa salió de los labios del general, resonando macabramente en el silencio que legislaba como monarca absoluto. No podía ni emborracharse porque las bebidas alcohólicas le hacían meras cosquillas a su metabolismo; sus riñones podían pasarse horas procesando grandes cantidades de licor, y seguir sintiéndose como la fresca mañana.
Albert se sirvió nuevamente en la probeta, mientras golpeteaba con los dedos de su mano derecha, la superficie de tela que le cubría el muslo.
Disfrutaba de la soledad. O eso se decía. Porque en cuanto cruzara la puerta de salida de la mansión, nada volvería a ser lo mismo. Era consciente de que retrasaba lo que estaba a la vuelta de la esquina; perdía el tiempo, evitando enfrentar el fracaso del virus Génesis tanto como se lo permitieran las circunstancias. No era una de sus costumbres, esconderse de los errores, simplemente porque no creía que fuese capaz de cometerlos.
— ¿Sabes que eso no es un vaso, verdad Albert? —cuestionó la voz incómoda de William Birkin, causando que Wesker por poco se diera una palmada en el rostro, fastidiado.
¿Por qué carajos no podía tener dos minutos de silencio? ¿Y por qué de todas las personas que podían aparecérsele a manera de alucinación, su mente elegía siempre a su difunto compañero de laboratorio?
Si había alguien capaz de hacerle perder los estribos a niveles atómicos, además de Chris Redfield, ese alguien era William-jodido-esquizofrénico-Birkin.
—Maldición, William, ¿qué acaso no tienes a nadie más a quién molestar? —preguntó Wesker con un claro tono de exasperación.
—No, al parecer sólo puedo torturarte a ti.
—Bien pues estás haciendo, por primera vez en tu miserable no-existencia, un gran trabajo.
La imagen del científico fantasmal parecía haberse modificado, pues la cordura regresó a su rostro y la agresividad anterior se desvaneció junto con sus ojos azul eléctrico, de apariencia maníaca. De hecho, ahora que Wesker lo barría de pies a cabeza, se percataba de que esa versión de su amigo era mucho más parecida a la del científico nervioso, lleno de dudas y con cierta tendencia por el desquicio y la arrogancia, que había conocido en la academia de preparación de Umbrella.
—Nunca me aceptaste un trago, y ahora, estás bebiendo de una probeta, en un laboratorio que pronto empezará a oler a cantina. Eres el peor amigo que ha existido en la historia del universo, Albert.
El rubio suspiró.
—No somos amigos ya, William. Estás muerto. ¿Qué no lo entiendes? No puedo ser amigo de alguien a quien plomearon hace catorce años.
El científico de camisa color salmón hizo un gesto de aburrimiento, mientras imitaba las caras inertes de su compañero y padrino de su hija, al hablar.
— ¿Qué importa? Estoy acá, y estamos charlando.
—No, tú charlas. Yo te ignoro.
—Lo que sea… —el menor de los dos, padre de Sherry Birkin, tomó asiento en una de las sillas giratorias, liberando un sonoro gruñido cuando una de sus rodillas protestó como lo haría la de un viejo senil.
Ambos hombres estaban sentados lado a lado, a pesar de que uno de ellos fuese producto de la enfermedad del otro.
—Debo de parecer un loco hablando con una maldita alucinación —musitó Wesker en tono resignado.
—Nunca te caracterizaste por tu lucidez —comentó William, mientras sacaba un cigarro del bolsillo posterior de su bata. —Ahora, invítame una copa.
Albert alzó el instrumento de vidrio con el que había estado ingiriendo las raciones de alcohol.
—Como verás… no tengo una copa, así que no puedo invitarte una —comentó el hombre de ojos de dragón, copeando los restos de la bebida que se hallaban asentados en el fondo vidrioso.
— ¿Tan duro te pegó la crisis, Albert? Tal vez debí de heredarte un par de platos y detalles de la vajilla. Annette no se habría opuesto a mis decisiones, te lo aseguro.
—Le tenías más miedo a tu esposa que al mismísimo Spencer. Es fácil predecir que te convertirías en un esposo mandilón si desde que eran jóvenes le hacías la tarea de bioquímica.
El patriarca de los Birkin observó a su compatriota con la ceja enarcada y la mano derecha oculta detrás del respaldo de la silla.
—Amargo hasta el final, ¿no es así, Al?
—Toma un maldito vaso de precipitado y deja de fastidiarme.
El científico de renombre acató la orden del tirano, con una sonrisa ladina grabada en los labios. Tomó un vaso transparente de las rinconeras, y enseguida se hizo de la botella.
—Menudo desperdicio de whiskey…—fue todo lo que Albert pronunció, al tiempo que veía a su representación mental de Birkin llenar su improvisada copa.
Luego de haberse servido en el recipiente de precipitado, William se desplomó como rey sobre su trono, en el asiento de cuero negro y reclinable, echando su espalda desdeñable contra el borde metálico de la mesa de experimentación.
Y así estaban, hombro contra hombro, uno más vivo que muerto, y el otro más muerto que vivo dadas las peripecias actuales.
Birkin —quien había estado tratando de digerir el sabor cargado del whiskey sin hielo ni ginger ale— observaba a la chica pelirroja que descansaba en el sitio más apartado del laboratorio; una luminiscencia vaporosa se esparcía sobre esa presencia femenina, vestida de vaqueros y una camisa suelta, entre dorada y crema, dándole un aspecto de mártir, prácticamente venerable.
Después de un silencio de duración indeterminada, el difunto hombre de ciencia, habló: —Debo admitir, Al, que para ser dos milenios más joven que tú… no se veían tan mal juntos.
—Cállate, William.
— ¿Qué ya perdiste todo rastro de humor?
—No. Sólo no estoy de ánimos para hablar con un muerto.
— ¿Cuándo has tenido ánimos para algo, en realidad? —hizo una pausa. —Ahora entiendo porque pusiste tus ojos en ella. No había observado mujer tan bella desde que encontré por casualidad a mi hermosísima Anny. Claro, son muy diferentes, una era rubia y ella es pelirroja. Pero aun así; mujeres al final. Incansables e incomprensibles.
Wesker sonrió de lado, mientras retiraba la 'copa' de sus labios.
—Nunca entendí porque Annette se fijó en un escuálido nerd como tú. Ella era precavida, a diferencia de ti, que eras adicto a los reflectores —dijo Wesker en tono bajo, mientras cambiaba la posición de sus piernas enfundadas en tela negra.
—No lo comprendes ya que las relaciones nunca fueron de tu interés. Pero caíste. Todos caen; en eso no hay excepciones.
Albert entrecerró los ojos, sintiendo una punzada intensa sobre la frente. Cuando ésta hubo terminado, enfocó sus orbes sobre la silueta durmiente al final del aposento.
— ¿Y cuál es el plan ahora? ¿Estás esperando encontrar si la mataste o no? —preguntó William, clavando los ojos encima de su interlocutor.
—Hubiese preferido a cualquiera para presentarme a modo de fantasma, 'Willy', menos a ti. Eres un jodido dolor de trasero.
—Te hice una pregunta muy sencilla, Al. ¿O qué? ¿Ya olvidaste como se platica con los amigos? ¿Ya no confías en mí? —rebatió Birkin, con tono de fingida indignación.
El antiguo cabecilla de Umbrella se talló el muslo e hizo que su cuello tronara con un par de movimientos, antes de responder: —Sí, eso estoy esperando. Después… —el hombre que usualmente portaba gafas negras para ocultar su semblante, cambió la mano sobre la cual estaba recargando su peso —tendré que encerrarla —concluyó.
El muerto enarcó las cejas, como si se hallara incrédulo ante la respuesta de Wesker.
— ¿Eso es todo? ¿La tendrás como tu mascota? ¿¡Acaso no estás viendo el estado en que la pusiste!?
— ¡Por supuesto que lo hago, idiota! ¿Pero qué estás esperando que haga con ella?
El difunto se levantó de su cómoda silla, dando un par de vueltas enredadas delante de su antiguo amigo y colega.
—Debo admitir que me tomaste mal parado, con ese cuento triste de 'enamorarte' de la hermana de tu enemigo mortal. Pero bueno, ¿quién te culparía teniendo semejantes caderas y piernas que llegan a Alaska, a tu entera disposición?
—Cuida tu boca… te estás ganando la paliza que nunca te di porque me causabas lástima.
— ¿Qué?, ¿no podemos hablar como seres civilizados, sin que me amenaces cada dos segundos?
—Deja de decir tonterías entonces. Especialmente cuanto te refieres a ella —advirtió el mayor de ojos rojos, con su tono de mercenario.
— ¿Celos de que encuentre atractiva a tu chica? A la que tienes al filo de la horca, por cierto.
El miembro de Tricell no hizo ni el esfuerzo de arremeter en contra de su indeseable visitante; cansado era un buen calificativo para describir su condición física actual.
Ante la ausencia de respuesta, William continuó con su monólogo: —No sé qué vio ella en ti ni tú en ella, de lo que estoy seguro en un cien por ciento, es que no fue su físico lo que te prendió a la niña Redfield; parece ser la persona más tozuda, irreverente, mal portada del mundo entero. Y aun así… mírate, estás a punto de colapsarte sobre tu mero esqueleto, porque no te encuentras seguro de ser capaz de salvarla. Quizá se debe a que ella creyó más que nadie en tu persona, algo que por cierto no te merecías; eres un reverendo hijo de puta, pero como sea… Redfield se arriesgó, y mira las consecuencias. ¿Y cómo quieres pagarle? Encerrándola en un calabozo. No es exactamente una moneda equivalente por salvarte la vida.
—Ella no hizo eso.
— ¡Oh, claro, repítetelo hasta que te lo creas!
Albert le dedicó otra mirada endurecida, mientras buscaba las fuerzas de levantarse y amoldarle el rostro a puñetazos por sus atrevimientos, sin éxito.
—Como sea… no volverá a ser de esa manera; ella es igual al resto. Yo no tengo tiempo que desperdiciar ocupándome de una mujer tan problemática.
—En eso te equivocas, mi querido Al. Ella no es como el resto; por eso la dejaste vivir por tanto tiempo. Por eso permitiste que las cosas llegaran hasta este punto.
Wesker azotó la mano contra la barandilla de acero inoxidable, en señal de completo hastío. Aunque claro, su alucinación estaba lejos de ser capaz de intimidarse.
— ¡Demonios, William, y cuál sería tu respuesta lógica a una situación como ésta! ¡Ni siquiera eres real! —exclamó Wesker, con verdadero tedio.
—Y de nuevo tu cantaleta de 'estás muerto, tu opinión no cuenta'. El que sea o no una creación de tu mente no resta valor a mis argumentos.
Albert dejó escapar todo el aire contenido hasta entonces en su cavidad pulmonar; fue una exhalación cansina, mientras se tallaba el nacimiento de la frente, donde eran visibles pequeñas gotas de sudor.
— ¿Y cuál es tu punto? ¿Debo de perdonarle la vida por todo lo que hizo mientras estuvo aquí? Su irreverencia es lo que me ha causado tantos inconvenientes.
—Tarde o temprano el virus que te proveí en un pasado iba a querer dominarte. Como todo agente externo, intentaría apoderarse de su portador. Y pasó. Lo estás padeciendo ahora, —el hombre que portaba una bata blanca, dio énfasis a sus palabras, señalando con su índice al tirano — y lo único que te separó del desquicio, fue saber que tenías a alguien a quien proteger y por eso no podías rendirte. Has probado los jugos de la muerte ya una vez, y no pareces muy complacido con su sabor… Aun así, no se puede escapar del deceso natural para siempre. No a menos de que tengas una razón para quedarte —concluyó triunfante la visión inexistente en el plano material.
— ¿Así que insinúas que le debo mi estadía en este mundo a un Redfield? —cuestionó Wesker con las cejas inclinadas en un ángulo de escepticismo.
—Si así quieres ponerlo… —Birkin emprendió una circulación lenta en las cercanías de su colocutor — ¿Quién lo diría? Todas esas veces que mencionaste 'el amor es una desventaja química'… lo hacías para convencerte de que esa niña no había sembrado mella dentro de tus creencias, cuando todavía trabajabas para los S.T.A.R.S. Querías ocultar su intervención dentro de tus fines, demasiado elevados para poder ser realizados por un humano cualquiera.
—Por supuesto que lo son. Esa es la razón por la cual la señorita Redfield nunca tuvo ni tendrá cabida dentro de mis planes futuros.
—Pero eso no es cierto, ¿o sí? Tú la viste, acompañándote, antes de que se enterara de tus pútridos secretos.
Albert respondió a la acusación: —Eso no es de tu incumbencia.
William se sirvió una nueva dosis de alcohol, y mientras miraba el trasfondo castaño de la bebida, elevándola al fulgor de las lámparas, dijo: —Ese es tu problema, Al. Siempre tan hermético, tan ajeno a las emociones. No supiste como detectar a tiempo ese amor que los conduciría al desastre secuencialmente. El no sentir no te hizo menos susceptible a ella… la volvió tu adicción. Querías no ser humano porque así no estabas obligado a responder por pecado alguno. Sólo se es un monstruo si se actúa como tal.
Albert Wesker sacó su arma de los bolsillos de su gabán, apuntándola en contra de William, pese a que no intentó tocar el gatillo.
—No voy a justificar mis acciones. Y tampoco voy a justificar con sentimentalismos la interrupción de Redfield en mis asuntos personales; su traición a mi confianza es imperdonable.
—Estoy seguro de que no se trata de una traición mayor a la que tú cometiste dejándola entrar de lleno a tu corazón. Claro, si así puede ser llamado…—musitó el padre de Sherry, con una mofa escandalosa.
Fue entonces que el carácter de Albert salió a flote, con toda su explosividad, como una chispa que se encarga de desatar el infierno en las cercanías de una fuga de gas. El rubio olvidó su equilibrio, aprovechando que un acceso de fuerzas se coló dentro de las laderas de su complexión debilitada por los vaivenes del día, y tomó a William del collar de su camisa de vestir, alzando sus pies varios centímetros del suelo.
—Tú no eres la persona más indicada para opinar sobre todo esto; no sé qué te ha hecho pensar que tus percepciones pueden llegar a ser de mi interés —fue lo que mencionó el tirano de forma amenazante, sus ojos estrictamente clavados dentro de los de su víctima pronunciada, quien había cerrado su mano como pinza sobre la que Wesker utilizaba para despegarlo del suelo.
—La amas, Albert. Ahora, actúa como si no fueses un cobarde y acéptalo.
El capitán de los S.T.A.R.S apretó un poco más su agarre, haciendo un esfuerzo titánico por no lanzarlo contra un tubo de hierro que se hallaba en las cercanías, y empalarlo.
Lo soltó con tal molestia, que el exánime William Birkin cayó al suelo sonoramente, los huesos de sus talones emitiendo el sonido secó de su impacto contra la loseta.
— ¡Eso ya no importa! Tengo otras preocupaciones; lo que haya hecho o no con ella, me es indiferente. Todo lo que dijo e hizo, está en el pasado.
— ¿Y lo que tú hiciste y dijiste Albert? ¿Eso también está en el pasado? Le harás lo mismo que a todos nosotros, botarás su recuerdo dentro de una caja y dejarás que se empolve como un jodido desperdicio. Menudo hombre que eres…
— ¡Por qué no cierras la boca y dejas de hablar como si la conocieras! ¡Como si me conocieras a mí! ¿Qué no la escuchaste? ¿Qué no te das cuenta que ella me odia tanto como yo a ella? ¿¡Piensas que este es el final que estaba esperando darle?!
El científico miembro de Umbrella se levantó del suelo, sacudiendo el polvo de su bata, al tiempo que reacomodaba el cuello de su camisa color salmón y la corbata que aún vivo portaba floja.
—Todavía puedes cambiarlo.
Albert le dio la espalda, apretando los puños y esperando que las máquinas de análisis dieran su trabajo por concluido pronto, o terminaría haciendo lo impensable para desaparecer a su antiguo colega.
—Permíteme adivinar… ¿Debo de liberarla para expiar mis pecados, devolverla a su lugar de origen junto a su estúpido hermano y enfocar mis energías en otros asuntos? —indagó Wesker, sus ojos escarlata rellenos de hipocresía.
William sonrió con pesadumbre, mientras se acariciaba los nacimientos de barba cerrada que aparecían en las líneas de su mentón: —Por eso eras el cerebro detrás de nuestra conspiración; la perspicacia no te ha abandonado, y veo que saber predecir las intenciones de terceros sin prestar mucha atención a su discurso te sigue funcionando. ¿No te parece la solución evidente? ¿Olvidarte de ella, dejarla fuera de tus planes, dejar de consternarte porque sea Krauser el encargado de arrebatarla de tus manos?
—Eso dejó de ser un problema desde el momento en que ella me deseó la muerte —replicó Wesker con amargura.
—Mentira. Que te haya quebrado a ti no quiere decir que haya quebrado lo que sientes por ella también. Admito que nunca creí tener el placer de presenciar cómo alguien que te importa se convertía en el culpable de tu aniquilación. Ahora entiendo porque no tuviste ni una sola novia mientras asistíamos a la facultad; tu fuerte no es crear conexiones con quienes te rodean, y de hecho hasta hace algún tiempo era firme creyente de que te era imposible. Sin embargo, haces cualquier cosa para echarme en cara que me equivoco, ¿no te parece, Al?
— ¡Ya basta, Birkin! ¡Alto con tus sermones! ¡¿Quién te crees para aconsejarme, siendo que mataste a tu mujer, sólo porque estabas demasiado temeroso de dejar ir tu trabajo?!
— ¿Y estás haciendo algo diferente? no seas cínico, no ahora que estás solo con tu conciencia, ¿qué no entiendes que debes de aprender no sólo de tus equivocaciones, sino de las de los demás? Pero no, tú eres Albert-hijo-de-puta-Wesker, tú no cometes equivocación alguna, ¡eres perfecto! ¡Mira a dónde te ha dejado tu maldita perfección, solo, moribundo, y en un laberinto sin retorno! ¡Y todavía te rehúsas a escucharme! —profirió el menor de ambos, con una rabia incontenible.
— ¿Por qué habría de escuchar a alguien que murió como una abominación, mató a su mujer y convirtió por propia mano a su hija en una huérfana? ¡Te lo advertí, te dije que nunca podrías mantener una familia a salvo estando dentro de las filas de Umbrella; nada cambiaría teniendo a tu mujer dentro de tu equipo de trabajo! ¿Y qué fue lo primero que hiciste? ¡Te casaste con ella, tuviste una hija de la que al final ni siquiera pudiste ocuparte, y aquí están las consecuencias! ¡Te dije que la preocupación siempre es una desventaja!
— ¡Pero a diferencia de ti siempre tuve a alguien esperándome en casa! ¡Alguien que no pensaba que me dedicaba a asesinar personas por mero placer! ¡Alguien que creía en mi trabajo y que supo que siempre lo hice por un bien mayor a las ambiciones que más tarde me cegaron! —gritó Birkin, perdiendo el tono ligero con el que había iniciado la conversación.
Albert rio de forma bastante audible, causando que el otro apretara los puños, queriendo obtener revancha de sus burlas. Pero bastaba con observar detenidamente sus ademanes, para saber que Wesker estaba perdiendo parte de la discusión; el ex—capitán no creía ya que la preocupación fuese una desventaja. Él la había sentido, avanzando como una promesa de renacimiento dentro de todo su ser, invadiéndolo con tremor, con mucha fuerza; quiso que Claire estuviese más segura, y temió perderla más de lo que temía perder su propia vida. Pero pensarlo y decirlo eran procesos diferentes que Wesker no iba a empezar a mezclar; menos aun teniendo a William Birkin como confesor.
Estaban mirándose de manera penetrante, ambos adultos respirando con ansia y apretando los puños, en una pose de cólera exuberante, alimentada además por la crudeza de sus revelaciones.
—Ella me odia y en eso ya no hay vuelta atrás; no pienso pedir perdón y dar un paso en vano. Somos demasiado diferentes. Desde un inicio fue una tontería el creer que teníamos algún elemento en común, y que se desecharían viejas rencillas —dijo el antiguo capitán de los S.T.A.R.S con una entonación mucha más moderada.
—Aunque lo niegues, recibiste su ayuda. Y matarla no es exactamente la respuesta más justa a sus atenciones. No seas ciego, Albert. Si es el caso de que estás a tiempo de evitarlo, no la mates. No te condenes del mismo modo en que yo lo hice —agregó Birkin. A Wesker le pareció desconocida la seriedad de su rostro; ya no estaba dotado con ese sadismo enfermizo con el que lo abordó al llegar a la mansión, mientras visualizaba esas letras burlescas pintadas con sangre.
— ¿Qué diferencia hace? Si la dejo escapar, irá con sus amigos de la B.S.A.A a relatarles todo lo que sabe de mí y de mis síntomas. Si la llevo a una prisión, eso no ocurrirá —argumentó el hombre enfundado en piel de cocodrilo.
—Redfield no haría eso; es una tonta sentimental. Está molesta porque ocultaste gran parte de tus matices. Nada que no hayas hecho en un pasado —respondió el padre de Sherry.
—Ahora es diferente; está cabreada consigo misma, pero sabe lo que dice. Y no me interesa.
El mayor de los Birkin se pasó la mano por la nuca, exasperado. Era como hablar con un tronco que no iba a moverse de su sitio ni aunque le gritara un par de bajas leperadas.
Mientras tanto, Wesker repasaba todos los diálogos de su colega y los clasificaba por su grado de validez. Después de todo, si formaba parte de su no-consciente, cierta verdad deberían de poseer las palabras que atravesaban sus labios cuarteados.
—Estás condenado ya, Albert. No te resistas; no va a funcionar. Si vas a recordarla será mejor que guardes las buenas memorias de ella, y no la imagen destruida que hallarás cuando la saques de su celda, después de recibir tu 'tratamiento', cosa que también encuentro suicida por cierto. Si es que vuelves… ¿y si no regresas? ¿La dejarás a merced de tus soldados? Si mueres no creo que sean leales a tu tumba. Van a unirse al siguiente mejor postor en la fila y ambos sabemos de quien se trata —susurró William, no siendo de lo más prudente al escoger sus palabras.
El otro hombre respondió con una de sus clásicas sonrisas ladeadas.
—Eso no va a pasarme. Y volveré. Pero tengo que verificar el Génesis primero. Acabar con Krauser, y con los insoportables miembros de esa agencia bioterrorista; cualquiera que se atreva a acercarse recibirá su merecido.
—Suenan como demasiados planes para alguien que, según calculo, está a dos días de quedar postrado en una cama de hospital.
—Estoy bien.
Birkin lo miró de pies a cabeza, su mirada celeste inquisitiva y su postura dejando de ser frágil. Estaban hablando como iguales, por loco que sonara.
—Sabes que no.
En el fondo escuchaba a su alucinación con detenimiento, y reflexionaba. Ya no había nada que hacer con ella. Ni sus fantasías de niña la convencerían de permanecer a su lado. Porque él ya tenía demasiados enemigos en lista, esperando obtener su cabeza.
Y Wesker había creído que ella no era uno de esos enemigos.
No podía detestarla lo suficiente para permitir que Jack Krauser proyectara su sed de venganza sobre ella, y no había manera de que con su salud actual pudiese protegerla de los estragos del ataque.
Y dado el caso de que ella estuviese efectivamente infectada con el Génesis… ¿qué podría hacer?
No había diseñado una cura aun, y no había tiempo que perder; de haberla inyectado, terminaría siendo testigo de su perecimiento; y no sería una transición agradable.
—La pregunta es qué tanto estas dispuesto a sacrificar por ella. ¿Puedes responder ese sencillo cuestionamiento sin dar evasivas, Albert? —preguntó William, jugueteando con un par de probetas, pasando sus manos sobre ellas, causando el típico chasqueo de los vidrios chocando entre sí.
El rubio arrogante, dando pasos cual jaguar, se aproximó a la posición de la dama que continuaba sedada y ajena a esa intensa conversación. Y no respondió. Dominaba el silencio aun por encima de sus respiraciones.
Después de varios minutos de invariable mutismo, el muerto intervino: —Eso creí. Bueno, Al, disfruté nuestra pequeña charla. Se me hace tarde y creo que al fin hay resultados que tienes que verificar.
Wesker se dio cuenta que la máquina avisaba haber concluido sus análisis y los resultados rebotaban de una impresora de alto volumen, cuyas hojas dictaban un veredicto, eliminando los hilos sueltos.
William había llegado hasta el lavadero, donde una pieza metálica de brillo fulguroso lo atrajera; se trataba de una cadena de plata. La sopesó entre sus dedos antes de llamar la atención de Wesker con sus pasos aproximándose.
—Creo que esto es tuyo. Tiene tu nombre grabado —mencionó Birkin lanzándole el pedazo de metal precioso. Wesker lo atrapó con una mano, reconociéndolo enseguida; era el regalo de cumpleaños que Claire le obsequiara casi doce años atrás, y que en un arranque había retirado de su muñeca, lugar en donde había residido desde que esa caja de madera reveló su brillo entre el terciopelo azul, aquel invierno en Raccoon City.
Albert resistió la tentación de abrocharla alrededor de su mano derecha, sabiendo que su antiguo compañero de laboratorio continuaba presente, con su cara fastidiosa y su barba descuidada.
—Haz lo que quieras. Al final todos estaremos muertos —esas fueron las últimas palabras de su alucinación antes de desaparecer entre una bruma que brotaba alrededor de su silueta.
El rubio se cercioró de que su alucinación lo había dejado en paz, aunque para ese punto la realidad ya le parecía demasiado bizarra como para poder confiar en la totalidad de sus elementos. Y por alguna razón, desconocida para sus turbadas emociones, —que aunque en un tiempo pasado pudieron suponerse como nulas, ahora desquitaban todos los años de encierro en esa caja fuerte de la que solamente Wesker poseía la llave— se volvió a colocar la pulsera alrededor de la muñeca, ajustando el cuadrado donde su nombre se leía en letras cursivas, para que éste quedase justo en el centro.
La escondió por debajo de la manga de su traje de combate. Y justo cuando parecía haber olvidado que las pruebas de sangre habían arrojado ya sus resoluciones definitivas, se acercó a la impresora inalámbrica y tomó descuidadamente la hoja, sus ojos buscando con apremio la oración que determinaría sus movimientos más próximos.
Sus ojos bermellón se entrecerraron al leer la conclusión de las máquinas, y sus antes voraces labios se curvearon con una sonrisa acidular, que parecía mostrarse por inercia y no debido a un deseo consciente del tirano.
Siempre se dijo que el amor era una debilidad que no podía permitirse. Desde que vestía los ropajes del escuadrón de policía, se obligó a mantener a raya los pequeños detalles que imaginó poder tener con la necia adolescente, la impuntual y terca Claire Redfield, que vino a sacudirlo con sus perfumes de mujer y sus huellas de inocencia. Sus modos de guerrera, su falta de miedo; de todas las personas con las que mantuvo contacto en esos años que no piensan volver, ella siempre tuvo el valor suficiente para encararlo, apelando a sus buenas intenciones y su amplio sentido del deber para con la ciudad de Raccoon.
Y ella se enamoró de él, no porque tuviesen el camino fácil y abierto, o fuesen parecidos en gustos y aficiones. Sino porque se sanaban de formas que nadie más conseguiría, acompañaban sus noches con pensamientos y estaban condenados a ser capaces de cometer lo impensable por el otro.
Sin embargo, a Wesker le parecía que eso fue antes de que Claire se enterara de aquel secreto, pesado como el plomo; mantenía a su sobrina en un líquido parecido al amniótico, y aunque la pelirroja no estaba pronta a descubrir los verdaderos motivos de ese encierro, él tampoco tenía la intensión de gritarlos a los cuatro vientos.
Sí, había una razón para que Sherry Birkin estuviese encerrado en ese tubo preservativo, razón que Claire no pudo limitarse a escuchar. Quizá si ella no lo hubiese atacado a gritos y manotazos, podría haber conseguido que Albert Wesker dejara a esas heridas del pasado relatar la dura historia de cómo liberó a la hija de su antiguo colega la de las catacumbas de un orfanato manejado por la decadente farmacéutica. La niña enfermó inexplicablemente apenas días después de hallarse bajo el resguardo del ex—capitán.
Pero… pero esa era otra historia. Una que no estaba dispuesto a revelarle a Claire; sus verdaderos sentimientos de odio y rencor habían salido a flote, y ahora cualquier relación que pudieron llegar a sostener, se transformaba en un falso espejismo, desvaneciéndose con una fuerte ventisca…
Wesker arrugó los resultados médicos de Claire Redfield, lanzando la bola de papel a un rincón sin mayor pompa.
Estaba sana.
Solamente la sedó, con una droga bastante potente al parecer.
Había tentado a la suerte esta vez, pero la chica pelirroja continuaba siendo protegida debajo de ese aura invisible que la apartaba de las lúgubres garras de la muerte.
La única irregularidad en las sustancias que circulaban libremente en sus venas, era la enorme cantidad de sedante que debió administrarle en lugar de la dosis de Génesis.
Supuso que el impulso de apoderarse de su mente con dicho virus y las palabras groseras que Claire proclamó sin pausa, no fueron motivo suficiente para convertirla en un experimento insano, como en su época lo fue la desdichada Lisa Trevor.
No supo si fue alivio lo que abordó su pecho al interesarse de que no la inyectó con ese virus que actualmente mostraba su mala cara; un virus que desarrollaba todo velozmente, agilidad, resistencia, poder muscular, pero de la misma forma, parecía acabar con todo: órganos, tejidos y sistemas.
Una parte de él pensaba que habría sido mejor que ella sucumbiera antes de que las amenazas de sus enemigos resultaran inevitablemente en un derramamiento de sangre, debilitando a ambos bandos, y reduciéndolo sus conflictos a una batalla encarnada donde sería 'matar o morir'.
O antes de tener que verlo caminar directo a su propio velorio, demasiado débil para tener la facultad de abandonar su lecho de enfermo; por primera vez Wesker no estaba cien por ciento seguro de contar con las armas adecuadas para continuar luchando. La disminución de su fuerza física y salud eran claras, y aunque nunca había trabajado bajo un sistema de alianzas, sentía que la conspiración que estaban procreando en su contra iba a ser imposible de contrarrestar con su virus interno carcomiéndole las células.
De cualquier forma, Albert Wesker reprimió la sensación de sosiego que escalaba por cada fibra de su cuerpo, diciéndose que no le importaba que Claire estuviese segura y bastante sana. Que no le importaba que esa burbuja protectora que se había creado alrededor de la joven artista, procurase su bienestar por décimo cuarta ocasión.
Estaba viva, y eso era contra todo pronóstico, el único pensamiento determinante dentro de la mente cansada del antiguo líder de los S.T.A.R.S. Pese a que su fuero interno le dijera que aquello era una desventaja; muerta le provocaría inconvenientes menores a ese.
Se preguntaba qué clase de conflictos de personalidad estaba padeciendo —anexando las apariciones repentinas de Birkin a la lista de sus síntomas mentales— como para conseguir detener sus arranques de intensa furia, salvando así a Claire de la implacable aguja.
Salvándola así del Génesis.
Tal vez esa era señal de que no lo había perdido todo. Quizá era hora de dejar ir.
El rubio se aproximó a la estampa dormida de Claire Redfield, tentado a besarla en los labios para recordar el sabor de sus labios y así poder desprenderse de ella definitivamente.
Era tiempo de despertar.
Era tiempo de cambiar el rumbo de ese tren descarrilado.
No eran las punzadas en su cerebro lo que la inquietaba. Tampoco la inmovilidad de la que eran presa sus brazos y piernas. Fue el ardor de las farolas blancas quemando sus retinas, seguido de un mareo que puso a su mundo al revés.
Claire no había probado narcótico alguno durante su época moza, pero figuraba que después del efecto placebo, así era como debía de percibir su entorno un drogadicto.
Sintió que su alma se separó de ella cuando recordó su candente disputa contra el dueño de la mansión, y trató de levantarse de inmediato, impulsada por un resorte invisible.
¿Seguía en la misma residencia del averno? ¿Con qué clase de sustancia la habría sedado? ¿Se trataría de un compuesto cuyo fin era noquearla, o una de sus armas biológicas? ¿En qué tipo de engendro la convertiría de ser esa segunda opción la correcta?
Claire intentó moverse una vez más, aferrándose a la idea de que podía tener una mínima posibilidad de escapar, siendo recomendable el moverse tanto como le fuese posible; que Wesker captara el mensaje de que no se pensaba rendir.
Cuando al fin el mundo se acomodó para ella, y las náuseas se disiparon, —junto con el sabor ácido de su garganta— consiguió semi-sentarse, a pesar de que las correas le dificultaban tal movimiento.
Y fue cuando lo vio.
Al tirano, erguido cuan alto era, con una mirada solemne pintada en el rostro y ese estupor de inframundo que lo acompañaba aun cuando ni una sola palabra había cruzado sus labios.
—Wesker… —mencionó Claire en un siseo, con un rencor fingido, apaciguando patéticamente el temblor de las sílabas que pronunciaba.
El rubio se arrimó con los pasos lentos y elegantes acostumbrados a la posición de su desvalida rehén. Sin decir palabra, desató los cinturones que asfixiaban ambas muñecas y tobillos.
Después de eso le dio la espalda, y hubo algo en su postura que Claire no pudo reconocer. Una mezcla heterogénea entre cansancio, pesadez y lo que parecía ser un envejecimiento contra natura para su usual vitalidad.
La menor Redfield se levantó titubeante, forzando a sus piernas a recordar cuales eran sus funciones habituales. Al abandonar la cama tanteando los bordes, estuvo a punto de resbalar. Albert no se dignó a mirarla batallar por mantenerse en pie; se apoyó en una de las mesas metálicas que se hallaban enfrente, y esperó a que la menor se compusiera sola, sin intervenir.
¿Pero qué estaba esperando? ¿Ser iluminado y hallar qué hacer con esa mujer que se transformó en sus cadenas, en el único ser vivo afecto de sus devociones?
El mayor comenzó a sondear los artefactos químicos más próximos, sin saber cómo romper aquel silencio que dominaba la estancia en todas sus aristas.
— ¿Qué fue lo que me inyectaste? —cuestionó la joven pelirroja con temor. No sabía si de él, de lo que podría haber hecho, o de saber que no había nada que pudiese decir cualquiera de ellos para mejorar la tensión que no se rebanaría ni con la más filosa de las dagas.
Como era de esperarse, el tirano no respondió. Permaneció inmutable a la presencia de la pintora.
Se mantenía de espaldas, con los hombros caídos, acariciando resignadamente los bordes de todos aquellos instrumentos de cristal.
No siendo suficientes sus confundidos pensamientos acerca de lo descubierto en lo que podría denominarse como el sótano de la mansión, Claire tenía que seguir tomando en cuenta los movimientos del tirano, alerta a cualquier indicio de un arranque violento por parte del científico.
La chica lo examinó entero, ahorrándose un extraño presentimiento; de la apariencia del rubio no había mucho que destacar, salvo la ausencia de sus gafas negras y los cabellos más desordenados rompiendo la etiqueta. Había una falta de color notable en su tez, y ya no contaba con esa agresividad emotiva con la que osó arrastrarla por el piso de la bodega hasta llegar al gélido cuarto donde ahora se enfrentaban en silencio.
Claire no podía identificar las verdaderas emociones que la abordaban, dejando sus malestares físicos en el olvido; el ardor en su mejilla, el síncope del narcótico o virus que Wesker había inyectado y las laceraciones en brazos y piernas por la fricción de sus ataduras de manicomio, fueron excluidas de toda importancia.
Su preocupación primordial fue aclarar cómo se sentía volviéndolo a ver, el saber que se había retenido lo suficiente como para no matarla de inmediato, —quizá para proveerle una tortura mucho más prolongada— y notar ese temblor que parecía recorrer al tirano desde la médula.
La pelirroja estaba aferrada a clasificar todos los sentimientos que ya no podía ocultar; el odio, la ira repentina, parecían haber disminuido con aquel reposo al que Wesker la obligó.
Todo lo que Claire deseaba saber en ese momento, era por qué.
¿Por qué encerrar a Sherry y Steve en esas cabinas de criogenización durante tantos años? ¿Por qué fingir que ya no existían? ¿Por qué matar a una niña y un joven cuyas culpas no podían ser mayores a las de un criminal común y corriente?
Por un singular motivo, Claire se sintió vacía. Impotente.
Se cercioró de que Wesker jamás pagaría por dichos pecados —no en ese plano de la existencia al menos—; no había juicio ni comparecencias, la sentencia dictada ya para el tirano de ojos rojos, era la muerte.
Fue entonces cuando Albert hizo un movimiento, revelando un destello plateado entre la manga derecha de sus ropas de batalla, y aunque pareció ser sólo un truco de su imaginación, Claire pudo reconocer la plata fantasiosa de una pulsera en extremo familiar.
No por nada había perdido una tarde de su vida en búsqueda de dicho obsequio.
Y aunque no era el momento apropiado para iniciar con sentimentalismos y vistazos al pasado "sonriente" que vivió durante aquella visita a su hermano, no pudo evitar pensar que la desolación no le pertenecía exclusivamente a ella.
Y pese a que por dentro se sentía hervir de rabia al revivir el trágico destino de Sherry Birkin y Steve Burnside, ya no le restaba el brío suficiente para golpear a ese ególatra hasta desfallecer. Porque había algo en esa versión de Albert Wesker, la que estaba presenciando en ese instante, que le pareció… humano.
¿Podría ser posible que actuara como la misma crédula, la misma idiota que se tragó sus mentiras por años, y reservó un rincón especial para él dentro de su corazón? Un sitio provisto de las más maravillosas comodidades, un sitio que permitió que el recuerdo del capitán de los S.T.A.R.S prevaleciera intacto.
Fue esa humanidad que percibió en él, la que la armó del valor suficiente para acercarse a la figura oscura que se curveaba con cierta abdicación.
Albert notó sus ademanes, y enseguida intervino: —Ni un paso más, Redfield.
Claire obedeció enseguida, al tiempo que un recuerdo golpeó la memoria los cuerpos desnudos flotando en aquel líquido espeso de tonos verdes, y se retractó de sentir consternación por el evidente decaimiento de la imagen del tirano.
Él era un peligro. Un asesino a sangre fría. Un maldito despiadado que no sentía piedad ni siquiera tratándose de un niño.
Y por supuesto que estaba cabreada. Y le dolía; la decepción tiene la peculiar característica de matarnos lento, de saborear cada alegría suprimida, destruyendo los ideales que solemos crear en nuestra cabeza acerca de los seres amados.
Pese a eso, ninguna emoción negativa sería suficiente para hacerla olvidar.
Olvidar las tardes sentados lado a lado, en silencio. Las bromas repentinas del tirano, sus ojos acandilados absorbiendo cada trazo de sus formas de mujer, sus claras intenciones de mantenerla a salvo, aun contra sus instintos más viles que se alimentaban de egoísmo.
No podría sacar nunca de su memoria, el aroma de sus ropas elegantes, el trotar de sus manos cuando repartía las cartas de azar, los paseos furtivos desafiando a la naturaleza y contemplando el ocaso caer sobre la galería de Rondín. Aquello no iba a desaparecer ni con las pesadillas de las complexiones inertes de Sherry y Steve.
Porque había jugado, y perdió. Cambiar los sucesos de ese otoño inesperado era imposible. Ni vendiendo su alma recuperaría su derecho de odiar a Wesker sin represiones de conciencia.
Ese barco había zarpado mucho tiempo atrás.
Claire Redfield estaba estática en medio del laboratorio, esperando que ese fuego interno la consumiera, despojándola de sus recuerdos turbulentos, repletos de amor y rencor.
Porque todo ese tiempo Wesker en realidad jamás la quiso. O al menos eso había perjurado durante su altercado; le dijo a conciencia que nunca se podría enamorar de una mujer como ella.
Todo fue una puesta en escena bien planteada, para cobrar venganza de su hermano, quizá. O tal vez para torturarla psicológicamente y ver como a poco, ella se asfixiaba sola en la trampa.
Y aun así, una parte de Claire, —la menos astuta y más masoquista— rezaba con toda su alma porque aquello fuese mentira, y que Albert Wesker realmente hubiese aprendido a sentir; que le guardase, sino amor, lo más parecido que un hombre frívolo e inhumano pudiese fuese apto a sentir.
Aunque cada una de las oraciones que mencionó en su discusión con aquel tiránico e insensible hombre, estaban impregnadas de razón, de verdades que no se sujetaban al desconcierto que experimentó al pensar que mientras ellos se besaban y danzaban en compañía de una música angelical, había personas sufriendo sin poder gritar, sometidos a la angustia de haber sido rezagados por los que una vez fueron sus compañeros y les prometieron seguridad y consuelo.
Y si, la bofetada que Wesker le propinó sólo le sumaba puntos a favor de detestarlo por su egoísmo, por su falta de respeto hacia la vida de quienes lo rodeaban, por su facilidad al mentir mirándola a la cara, diciendo que todo estaría bien y que por primera vez en su vida tendría un invierno decente en compañía de quien amaba.
Albert Wesker se movió de súbito, rompiendo sus reflexiones, sin darle tiempo a la joven para reaccionar. El mayor la tomó con una fuerza desmedida del brazo, presionando las llagas ardientes donde el cuero de las ataduras presionó su piel hasta hacerla sangrar, anulando su circulación en el proceso.
— ¿¡A dónde me llevas?! —interrogó Claire, aun sabiendo de antemano que no obtendría una respuesta, sólo evasivas o amenazas.
En todo lo que Wesker podía pensar eran el discurso barato de William Birkin, combinado a los momentos superfluos que pasó junto a Claire.
—Discúlpeme pero… ¿Podría decirme quién es usted?
—Soy Albert Wesker, capitán del Special Tactics And Rescue Service. Es cumpleaños de uno de los miembros y sólo digamos que le debía un favor a tu hermano…
Aquella noche lluviosa donde Chris quedó tan borracho en una celebración, que no pudo componerse lo suficiente para ir a recoger a su hermana al aeropuerto, causando que los hilos de sus destinos se cruzaran. Ese fue el día tardío y húmedo en que la maldición de su humanidad arraigada se adueñó de un espacio profundo y oscuro dentro de él, y no fue capaz de desprendérsela, contra todo pronóstico.
—Será mejor que quite esa cara, señorita Redfield, ya que tendremos que vernos seguido desde ahora y hasta que yo lo disponga así.
El momento en que tomó la decisión de llevarla lejos de la mansión Spencer y supervisarla personalmente; así se había condenado a la cercanía de otro ser humano, a su calor… Descubrió que lo único que era capaz de sentir, eran sus pieles rozando, en un abrazo, en un toque repentino y no planeado. Convirtiéndose en una especie de adicción inofensiva.
—No eres más que un monstruo, no tienes corazón, no tienes alma, ¡no tienes absolutamente nada!
Era la voz colérica de ella, gritando dentro de su cabeza. Ese día trató de asfixiarla, sin conseguir ponerle un punto final a esa absurda historia, reteniendo su mano de partirle la tráquea en dos tan solo por poder percibir su suave tez debajo de su insensibilizada palma.
—Feliz cumpleaños, capitán.
Claire Redfield armada con su estúpido valor, lista para atacar. Desearle un feliz cumpleaños fue el primero de muchos otros atrevimientos. Los cuales estuvieron cegándolo de sus verdaderas intenciones respecto a su secuestro; vengarse de Chris habría sido tan sencillo de no haberse enamorado de su ilusa hermanita menor.
—Deartheart…
Ese mote que se volvió exclusivo de la pelirroja, que utilizaba a placer de acuerdo a su humor, impregnándolo del barítono más apacible y comprensivo que poseía.
— ¿Redfield?... pero… qué demonios haces aquí. Vete… ¡Largo en este mismo instante!
—Estas herido.
— ¡Sal de la habitación…! ¡Ahora!
—No todos somos como tú, Wesker.
Sí, todos eran unos tontos que vivían sometidos bajo las cursilerías. Pero él no. Él era diferente.
Aunque al final el rubio descubrió que la angustia que encontró dentro de sus ojos aguamarina, ese temor de no poder tratar de manera eficiente su fiebre, sus heridas, perdiéndolo en el vacío de la noche, se convirtió en una necesidad para él, diferente a las que serían básicas para un humano cualquiera, y resultando ser una debilidad que esperaba no estar pronto a pagar.
—Me dijo que habías muerto… y yo te vi morir. Jamás… jamás había presenciado escena tal… era, angustiante.
Era irónico que ese diálogo abordara su mente. Krauser le había mentido a Claire diciendo que lo habían asesinado, y ella padeció una pesadilla al respecto más tarde.
En tiempo real, mientras arrastraba a la pelirroja de la mano, por el pasillo blanco y deslumbrante que ella se atrevió a visitar sin permiso, arruinándolo todo, Albert Wesker se permitió una mueca de desagrado ante la decisión que estaba a punto de tomar.
—Ponga su brazo alrededor de mi cuello, la llevaré a su habitación…
¿Y qué importaba ya todos los cuidados que pudiesen haberse procurado mutuamente en el pasado?
Todo se pudre, y muere, llegado su debido tiempo.
Y a veces sólo se puede observar como las buenas memorias se van disipando en el abismo; no resta nada, no hay curso de acción para recuperar lo que no está dispuesto a regresar.
— ¿Cómo recordó que llevaba pintura? Lo mencioné solamente una vez en su presencia…
Sí, él sabía muchas cosas de Claire, porque era firme creyente de que los detalles son lo más importante; un conjunto de detalles pueden crear la imagen perfecta, mientras que una sola toma nunca tendrá el poder de acaparar los más diminutos recovecos.
Por eso se encargó de hacer que Claire Redfield recordara quien era en realidad, y no quienes sus amigos le dictaban que fuese. Porque si algo podía arriesgarse a jurar acerca de la personalidad de la pelirroja, es que 'impredecible', era el término que la englobaba mejor.
—Demuestra que eres capaz de seguir creyendo que todos tus sentimientos son producto de lo que soy ahora, porque sigo siendo la misma persona que hace doce años.
Albert escuchó su propia voz, resonando sobre los juegos de pirotecnia en la visita nocturna a la plaza donde la besó por primera vez, y se maldijo. ¡Porque vaya que le había demostrado que no era un sentimiento sujeto a fechas u horarios! Éste pereció ante la presencia de tantos engaños, reproches, y tantas diferencias.
— ¿Me vas a dejar experimentar con tu estómago? ¿Te gustaría probar un faisán relleno de mora azul y algo que parezca arándano? Los encontré el otro día creciendo en tu jardín.
Escuchó esa voz femenina, dotada de una chispa de alegría casi boba y un guiño en los ojos que no dejaba de ser atrevido pese a lo infantil de su mofa.
Claire había sido pionera en sus modos bromistas; hacerlo reír no era cosa sencilla dado su nivel intelectual, pero ella, inesperadamente, había logrado tantas cosas para las que no la creía competente.
Quizá ese fue su más grave error… subestimarla.
—Pienso… que nunca dejé de quererte. Que no quiero perderte ni en una batalla, ni por lo que desees obtener o lo que con tanta ansia esperas probarte a ti mismo. Y que por alguna bizarra razón, te quiero y no he podido hacer nada para curarme. El problema es que a veces tu corazón no quiere admitir lo que tu mente ya sabe.
Esa confesión se la había comprado a Claire por entero, sin detenerse a pensar que se trataba del prolongado encierro hablando con desquicio o de su incapacidad de dejar ir a las personas y aferrarse a ellas como si fuesen a salvarla de caer en un interminable hoyo negro; la idea de que ella lo quería, información que su cabeza no admitía por completo debido el sinfín de contrariedades que habían ocurrido en esos tres meses de estancia compartida. Eventos que eran imposibles de resumir o de justificar.
Visitas a plazas, a un museo, una cena improvisada, un viaje en automóvil a altas velocidades, repostería, un paseo que terminó en un brazo roto y un enojo ligero entre ambos. Un trato cruel de parte del tirano que se transformó en una batalla sobre la cama, sellando así el encuentro de sus cuerpos y las caricias que iniciaron en su cuello y terminaron en su intimidad, sintiéndola doblegarse, no ante su tiranía sino ante su orgasmo. La plática de la madrugada siguiente, donde ella se liberó de las cadenas y le habló con una naturalidad casi cómica, llena de sus tintes de adolescente que parecían perderse entre sus intentos mal hechos de demostrar madurez. El día que se hallaron en el balcón abrazándose entre los copos de nieve que iban resbalando sin prisa, agitados por las corrientes y sus alientos que se mezclaban en el aire. Cuando le entregó una flor transmitiendo un mensaje encriptado que sólo él y una vieja de origen francés podrían interpretar, y que ya no valía lo que el acto había involucrado en aquel encuentro sobre un puente que se iba llenando de luces anaranjadas provenientes del ocaso, dándole la apariencia de estar siendo quemado.
Esas eran las escenas mentales con las que Wesker se iba motivando, mientras empujaba a la chica fuera de la biblioteca, hasta llegar a la recepción y con una actitud despectiva y desinteresada, abrir la puerta principal de la residencia.
Porque aunque el hombre de traje negro no quisiera darle la razón a Birkin, —que no dejaba de formar parte de sí mismo —ella lo había forzado a mantenerse vigilante, con una salud quizá ficticia pero que le auxilió a notar la campaña de exterminio que Krauser había emprendido, lo ayudó a enfrentar al fantasma de James Marcus y resultar prácticamente ileso, pensando en su retorno, en contemplarla de frente y saber cómo se sentía tocar a alguien sin herirlo.
Ya no quería llevar sobre sus hombros el peso de poder matarla en un abrir y cerrar de ojos. Y la posibilidad de torturarla para deleitarse con la desdicha de su hermano, quedó arrumbada en el fondo de la habitación en Grecia donde la desnudó, donde le prometió estar una eternidad a su lado aunque se le hiciera rutina, o convertir en algo diferente cada despertar.
Lo mejor era librarse de tal presión; supo que botarla en el bosque, indefensa después de haberla secuestrado en su encuentro en la mansión Spencer con esos utópicos salvadores del mundo, habría sido la más sabia decisión.
Pero no lo hizo, así que no valía la pena arrepentirse.
Enderezar su sendero sonaba como una opción razonable.
Renunciar a las últimas ataduras de Raccoon City, de las falsas visiones de un futuro absuelto de su perpetua soledad. Abandonar de tajo sus inclinaciones por una mujer de cabellos fogosos, que quiso convencerlo de que cambiar todavía era válido; destruir lo que con tantos años de trabajo trató de imponer como sacramento único.
Era hora de desprenderse de la parte sensible que habitaba en un cuerpo de bailarina; una mujer odiosa en todos sentidos, pero exacta en muchos otros.
Algo que esperó no tener la necesidad de perder.
Claire miró con los ojos abiertos como platos, la salida de esa mansión, sintiendo como Wesker la estrujaba tentativamente; parecía batallar consigo mismo, y eso nunca podía resultar en un beneficio para ella.
Aquel duelo internó continuó durante una fracción de segundo, antes de que el sádico tirano continuara andando hasta llegar a la reja negra de detalles color oro, y la destapara sin mayor dilación.
El adusto ex—capitán arrojó a la muchacha contra el cemento cubierto de nieve; algunas de las hierbas colocadas en el perímetro de la mansión se sacudieron con un viento alborozado.
Dejarla ir.
Sonaba como una locura, algo que estuvo evitando que ella hiciera durante más de tres meses.
Liberarse.
Liberarla.
Iba a dejarla ir, sin decir por entero que le perdonaba la vida por atreverse a quebrar su ecuanimidad, por hacerlo abandonar su personalidad implacablemente sanguinaria, por adueñarse de parte de un órgano debilitado por la falta de uso, —que seguía clamando como corazón — aunque su mente de hombre de ciencia refutaba diciendo que no se siente con el corazón sino con la cabeza, elevando así el nivel de peligro que conlleva el enamorarse.
El sentir más allá de percibir con la carne puede matarnos.
Prefería que Claire muriera de frío, su silueta de atenea abandonada en un paraje deshabitado, o en alguna de esas misiones altruistas a las que solía dedicarse. Semejante idiotez.
No podía importarle menos si ella volvía con su hermano a pregonarle las debilidades que lo aquejan. Si querían atacarlo, Wesker estaría esperándolos con los brazos abiertos, preparado para demostrarles que si marchaba directo al infierno, se encargaría de arrastrarlos junto a él. Incluyendo a la portadora de dicho mensaje.
Pero dudaba que los muy cobardes se atrevieran a aproximarse con Krauser y su 'reina roja', dispersos con un ejército de hombres bajo un control mental irrevocable.
No.
En esa ocasión ni Ada Wong en su papel de espía, o el inoportuno y mal afortunado agente Kennedy irían a cazar a Jack y sus secuaces.
Estaba solo como siempre había deseado.
— ¡Desaparezca de mi vista, Redfield! ¡Salga de aquí inmediatamente! Si vuelvo a encontrarme con usted… me aseguraré de que jamás perciba la luz del sol en lo que le resta de existencia —bramó el autoritario capitán, su entonación incriminatoria resaltando entre el sonido asolado de los campos abiertos, y los árboles que se quejaban del maltrato impuesto sobre su tronco.
Claire lo miró desde su posición desvalida, sus mejillas de muñeca sonrojadas con violencia debido a la brisca helada que le golpeaba el rostro expuesto a la intemperie, sin saber qué decir o qué hacer.
Estaba obteniendo lo que durante semanas enteras anheló y que creyó era el término abstracto que Wesker jamás le concedería: su libertad.
No podía creerlo.
Sentía la nieve chocar contra su camisa crema de manga larga, los fuertes aires bajados de la montaña empezar a arropar sus extremidades, endureciéndolas, no sin antes quemarlas con su frialdad. Llegaba el olor de los robles y hierbabuenas que cubrían las campiñas, y también el del agua corriendo presurosa en el interior del bosque. Los manglares y el fango que se quedaba estancado debajo de los montonales de hielo y rocas, podían percibirse entre los diminutos fragmentos de suelo que no estaban cubiertos de nieve.
— ¿Qué está esperando? Hágalo, váyase de aquí antes de que colme mi paciencia y envíe a mi equipo a capturarla y entretenerse a placer con usted… —volvió a rugir Wesker, golpeando el portón de líneas negras y figuras barrocas, con el puño cerrado.
Le dedicó un último vistazo a la musa griega a la que libró del inmundo enganche de Frederic Downing; las hebras de su cabello como ríos de sangre sobre la nieve blanca y espesa. Sus ojos apagados, su piel ceniza. Su delgadez acentuada debido a sus hábitos vulgares y poco constantes cuando se trataba de alimentarse. Y la guardó en su memoria para la eternidad.
La dejas libre y te hundes en el infierno. Volverá a ser la luchadora que pretende salvar al universo, armada con una pistola barata y un montón de compinches incapaces de cuidarle la espalda.
Luego de eso, se tornó de espaldas, sellando a la chica a su bendita suerte, sin molestarse en colocar el enrejado en su posición original.
Volvió a velocidad sobrehumana al tétrico interior de su mansión.
Albert Wesker azotó la puerta de entrada, confinándose al exilio, despreocupado ante el hecho de que los aparatos de vigilancia no habían sido restablecidos y parecieron estropearse gracias al topetazo. Se apoyó al filo de uno de los taburetes colocados en la recepción, su usual parsimonia cayéndose a pedazos.
Escuchó la voz de William Birkin preguntándole: ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por ella?
Y, dejándola ir, supo que la respuesta era: todo.
No podía quedarse tirada allí, aun si los miembros de su cuerpo no respondían adecuadamente a sus mandatos. Todas esas noches que rezó y lloró, esperando que por un milagro Wesker decidiera desligarse de ella, no podían ser en vano.
Nunca le pareció más impredecible que quien le diese la 'salvación' fuese su presunto y luego declarado enemigo.
Tan inesperado, tan simple que pareció resultarle deshacerse de su rehén, no cuadraba dentro del razonamiento de la pelirroja; bien podría ser una treta para deleitarse con su súbita esperanza de poder huir y olvidarse de la presencia oscura del hombre que amó desde su temprana juventud.
Claire se levantó del duro cemento, las espinas de la hierba mala clavándose en las partes delgadas de sus vestiduras. Pero entre la espesura blanca y asesina, no podían adivinarse las partes hechas de suelo firme.
Sumado al shock de su liberación, estaba su imposibilidad de ver entre la nebulosa que se galopaba con rudeza a su alrededor; nada era claro para su atrofiada cabeza. Una gran parte de ella estaba segura de que continuaba amarrada a esa cama de pruebas y que aquel escenario había sido inducido por las drogas.
Sin embargo, el frío que estaba invadiéndola era escalofriantemente real; los labios habían empezado a tornársele índigo y la mandíbula le tiritaba con repeticiones irregulares.
Como le fue posible, se intentó controlar. Notó que sus exhalaciones e inhalaciones eran aceleradas debido a los patrones de nubes creadas por su cálido aliento, cuya temperatura contrastaba al clima desolado de aquel país sin nombre.
Jamás pensó que su intrusión en aquel laboratorio, acarrearía consecuencias tan radicales. Se hizo una idea antes de abordar el sitio de investigación personal de Wesker, pero ni en sus suposiciones más extremistas, figuró la presencia de Sherry y Steve dentro de una sustancia desconocida.
Aun no tenía idea de cuál era su estado de salud, o si continuaban con vida…
Pero no podía regresar y averiguarlo; toda la adrenalina que se precipitaba a través de sus venas exigía ser liberada con prontitud.
Fue así que a pesar de no poder ver más allá de un metro de distancia, se animó a trotar tan rápido como sus piernas se lo permitieran entre ese denso manto blanco, de profundidad desconocida.
Ese ser siniestro dejaría de asomarse detrás de su espalda, había conseguido un albedrio fingido; podía odiar a Wesker tanto como le placiera y admitir que se portaba como el reverendo bastardo que todos creían que era.
Podía abandonar sus intenciones de salvarlo de sí mismo.
Se maldijo entre dientes, ligeramente preocupada de cómo podría visualizar la vereda entre el caos de la tormenta.
¿Qué podía ser más conveniente que solicitar ayuda en la ciudad próxima?
¿Por qué él le habría permitido irse de manera tan liviana, después de emitir tantas amenazas?
¿Qué había empujado al tirano a dejar a un lado las posibilidades de torturarla hasta la locura?
Quizá solamente le había hecho creer que la liberaría, y después de unos minutos de aparente calma, mandaría a sus perros a cazarla, como algún tipo de juego sádico y enfermizo.
Los trotes de la hermana menor de Chris Redfield eran inseguros, y en varias ocasiones cayó al suelo, su avance obstaculizado por las irregularidades del terreno y los baches congelados que no lograba predecir. Sentía su vista arder por el agua que caía desde su cabello hasta su mentón, formando riachuelos descoloridos que humedecían todo a su paso. Los rasguños no tardaron en aparecer causados por las trombas de nieve.
Le resultó mejor opción ingresar al bosque de robles para refugiarse de la ferocidad de las ventosas, sintiendo algo cálido recorrer sus mejillas al tiempo que pisaba tierra desnuda.
Eran lágrimas de desconcierto.
Sus prendas ya estaban empapadas; lamentó enormemente no tener una chamarra con la que proteger su temperatura corporal.
Caminó un par de pasos más, tropezando con una raíz enorme que brotaba a varios centímetros de la arcilla fangosa. Pronunció un quejido insignificante en comparación al impacto recibido; la confusión de las drogas parecía no haberse curado por completo.
De pronto se apoderó de ella una urgencia tremenda; quería alejarse lo más pronto posible de las cercanías de esa prisión de oro, que no dejaba ni por un segundo de ser el sitio que le devolvió su personalidad alegre y sarcástica, contando con la compañía serena de un matiz de Albert Wesker que nadie más conocía.
Porque la nostálgica que en un tiempo sintió hacia su imagen de capitán caído en acción, traicionero hasta su muerte, se transformó en una tristeza implacable al encontrarlo en la Isla Rockford y enterarse de que la tumba de Albert Wesker siempre estuvo vacía; un nuevo fraude para la lista.
Y en aquel secuestro, se convirtió en un amor no absuelto de ser consecuencia del Síndrome de Estocolmo, aunque la idea de que aquel fuese sentimiento fuese consecuencia de un padecimiento mental desapareció al recordar el latir de su corazón mientras el rubio la embestía con posesividad, grabando sobre sus muslos un olor masculino y los besos que no sabían más a traición.
Claire se condujo fuera de las ramas quebradas y la suciedad del bosque, sintiendo que la lluvia le llenaba de recuerdos que hubiese preferido no tener que repasar.
—Tal vez así pueda dejar de temblar.
Había dicho el afamado capitán de los S.T.A.R.S, mientras le extendía su gabardina, aquella fecha anubarrada en la que lo conoció; iba acompañado de su chaleco negro y su camisa azul marino, sus gafas de sol aun en invierno, y el olor a laurel que no se pudo desborrar de sus fosas nasales.
Y desde ese día su vida cambió a niveles estratosféricos; ¿qué podía haber de peligroso en un policía dedicado, bravo como toro, altanero como pocos, y con un sentido del deber que bien se atrevería a decir, contagió a Chris Redfield, tal como lo haría una enfermedad?
La menor se decidió a emprender una vez más su marcha interminable, apartándose de aquellas imágenes, esperando poder alejar todos sus pensamientos negativos y no morir de frío mientras trataba de escapar.
Pudo ser esa la intención de Wesker; dejar que la naturaleza implacable concluyera su trabajo sucio.
Cuando Claire recuperó su estabilidad, las cadenas que parecían haber mantenido sus piernas prisioneras, se soltaron. Así comenzó a correr, rompiendo los lazos con las memorias, o al menos esperando lograr eso.
Cada zancada era más larga y veloz que la anterior; los aromas del bosque la recibían de frente, y mientras buscaba por las curvas de la carretera, los diálogos más significativos que sostuvo con Albert Wesker no dejaron de presentarse.
—El sol saldrá una vez más y estaré aquí. El sol se pondrá, como acostumbra y seguiré aquí, dearheart. Y podría volverse rutina, podría ser distinto cada día. ¿Una eternidad sería suficiente para ti?
¿Por qué habría de decir todo eso sino lo sentía? ¿Por qué prometerle que permanecería a su lado si jamás sintió algo por ella?
¿Realmente habría sido para experimentar placer con la decepción que le provocaría más tarde?
La chica espantó las lágrimas que resbalaban como una cascada de sus ojos cansados de tanto retener esos cristales de tristeza pura.
—Le prohíbo comportarse de nuevo como una niñata insegura; la irracionalidad no es tu mejor faceta, dearheart.
¿Por qué intentar reducir sus arranques de celos? ¿Por qué dominarla con un beso sobre su escote y decir que su atención jamás se apartaría de ella enfrente de otra mujer?
Siguió corriendo, cada segundo un poco más rápido. Escuchaba los crujidos de hoja y piñas secas debajo de sus pies; respirar se volvía difícil.
Cubrió su boca con la mano derecha, tratando de reprimir sus sollozos descontrolados.
Y entre más veloz era su avance entre las anomalías del terreno, mayor era su lucha por detener el llanto que no dejaba de brotar. Lágrimas incesantes, que terminaban por mezclarse con las gotas de lluvias provenientes de las copas de los árboles —antes verdes y ahora blanquecinas—.
—Me… me siento morir, dearheart.
Así se sentía ella también, sentía que moría con cada paso que la alejaba de ese palacio de ensueño, y de su carcelero, del cual se enamoró irremediablemente.
La noche se aproximaba en una danza sencilla, la música de su oscuridad apoderándose de las cuevas formadas por troncos añejos y piedras granulosas. De las montañas descendían los aullidos solitarios de lobos de monte. Iban extendiéndose las sombras, hundiendo a Claire en aquel panorama frondoso, sin una lámpara con la cual poder guiarse entre la penumbra. Se le clavaban las ramas de arbustos saltarines y las espinas que muchas otras plantas utilizaban como mecanismo de defensa; la chica los apartaba a manotazos, profiriendo uno que otro gemido cuando la fauna le lastimaba la piel.
— ¿Qué escondes debajo de esos guantes?
— Nada, Claire, tan sólo me protejo.
— ¿Ah, sí? ¿Del frío?
—De tus manos curiosas.
Y ella pudo permanecer como su tacto, convertirse en todo aquello que Wesker había perdido con los años, si tan sólo él se hubiese permitido ser un poco más humano, perdonar los rencores que reservaba para sus antiguos subordinados; Claire creyó que el tirano podría arrepentirse, corrigiendo en el proceso los errores que se le salieron de control y que costaron la vida de millones de personas inocentes.
Claire Redfield llegó a pensar que alejándola era la manera en que inconscientemente Wesker protegía su rutina, su manera de vivir, pues la otra opción era que lo hacía para protegerla a ella de las barbaridades que bien podía cometer sin impedimento.
Ahora, corriendo a la intemperie, sintiendo los pantalones de mezclilla batidos de lodo, y mojada hasta los huesos, no estaba tan segura de porque Albert Wesker hubiese mostrado una máscara tan distinta aquel día en el museo, y en el resto de su estancia compartida.
Qué fabuloso actor había resultado ser, después de todo…
— ¡¿Por qué no me has avisado que lo harías?! ¿Por qué tomaste la fotografía? Creí que bromeabas.
—Tengo palabra, dearheart; no lo diría sino fuera a hacerlo.
—Por favor, dime que no he salido con cara de mono.
—Es producto de la evolución…
—Wesker…
—No, corazón. No has salido con cara de antropoide ni de ninguno de sus primos.
Sonreír ante el recuerdo de aquella fotografía no fue fácil, porque había tantas cosas que le dolían; el corazón que ya no latía con la misma soltura de antaño, los muslos por su galope desesperado entre los musgos resbalosos y los raigones de árboles milenarios que germinaban por encima del suelo blando, los brazos que empezaban a congelársele, literalmente. Los labios partidos, hinchados por la falta de circulación en todo su rostro.
Los primeros síntomas de la hipotermia comenzaban a presentarse; sus manos y pies no respondían del todo bien, y los escalofríos le erizaban la piel. Sus movimientos estaban entorpeciéndose, por mucho que intentara mantener el ritmo de escape. Las puntas de sus dedos, orejas y nariz empezaban a tornarse de un azul violáceo, sutil en primera instancia. Y aunque se sentía alerta y pensante, su lucidez se dirigía sin pausas al declive.
Se preguntó internamente por qué seguía luchando, por qué no se dejaba vencer y esperaba a la muerte, tirada sobre el pasto, en algún sitio donde pudiese la luna contemplar. La imagen de Chis Redfield y Jill Valentine parados enfrente de una tumba vacía la convenció de abrirse espacio para encontrar la libertad.
Si conseguía llegar a una casa donde pudieran auxiliarla, todo estaría bien. Una llamada telefónica era todo lo que la separaba de su hogar. De poder abrazar a su hermano y llorar entre sus brazos hasta desahogarse.
Se ancló con valentía a la idea de retornar a su cama, a sus cuadernos de dibujo, a sus tardes de entrenamiento con Chris y las películas baratas que solía ver en compañía de Leon durante sus ratos libres.
Justo cuando creyó que caería al suelo y no podría levantarse ni con grúa, dio con el inicio de la carretera, esa que recorrió con Wesker a altas velocidades cuando al caprichoso millonario se le antojó conducir su jaguar negro sin precaución; el incidente no pasó a mayores, exceptuando el pequeño infarto que estuvo a nada de causarle.
El concreto estaba resbaloso, por lo que Claire tomó la decisión de andar próxima a él. Se sentía agotada; cada paso era mucho más laborioso que el anterior. Su lengua se anegaba de fractales de hielo, al igual que sus ojos, reduciendo su visión prácticamente a cero.
La autopista estaba desierta. La chica pelirroja deseó escuchar pronto el rugir del motor de un automóvil, y las luces que pudiesen aparecer entre la neblina absoluta que domaba la carretera cual capataz, pero sus plegarias no fueron escuchadas.
Anduvo durante otros veinte minutos, sin hallar señal de vida inteligente o civilización que indicase que iba por buen camino; parecía una colina olvidada por Dios. Supo que debería soportar la mudez aterrorizante y la soledad durante un recorrido bastante amplio; no había forma de calcular el viaje que hicieron en el vehículo que le pertenecía a Wesker hasta que dieron con la ciudad de luces bamboleantes.
¿Y si estaba dirigiéndose en sentido contrario? ¿Estaría alguien dispuesto a ayudarla o todos la tratarían como una vagabunda maniática?
¿Sería mejor que se quedara a morir sobre el hielo, ya que probablemente Wesker se había encargado de infectar su sangre con el más terrible de sus mutágenos?
¿Tomaría la salida del cobarde, rindiéndose en un instante decisivo como ese?
De pronto, rompiendo con sus cuestionamientos filosóficos, y como caída del cielo, Claire visualizó una camioneta a la lejanía. Setenta pasos, como máximo, eran la distancia que restaba para ser socorrida.
El transporte de cuatro ruedas parecía elegante, pero Redfield no se sorprendió dada la zona; la elite era importante cuando se trataba de vivir en anonimato. Y Wesker se había encargado de ocultarse entre quienes pasaría relativamente desapercibido.
Claire apretó su mano derecha al cuello de su camisa, evitando que ésta se desabrochara a causa de una ráfaga de viento que la envistió. Temblaba completa, y no quería arriesgarse a perder la mínima fuente de calor.
La tormenta de nieve iba agravándose y la pintora supuso que los dueños de la misteriosa camioneta estaban tan atascados entre el desastre climatológico como ella, pero con un poco de suerte se compadecerían de su enfermizo aspecto y la dejarían entrar a la comodidad de sus asientos.
Además, sentía que desfallecería pronto; se trataba de su última oportunidad de decidir si estaba dispuesta a clamar por auxilio o prefería quedar botada sobre el asfalto, muriendo de hipotermia.
Patético después de haber compartido techo con un genocida durante más de doce semanas y 'vivir' para contarlo.
Con ganas renovadas, y pretendiendo recuperar su normalidad, se dijo que la salida fácil no iba a complacerla; tenía que ayudar a combatir los males que se bifurcaban alrededor del globo terráqueo. Y luchar por satisfacer su deseo de venganza por lo que Sherry y Steve padecieron ante la ambición de unos cuantos hombres; James Marcus, Ozwell E. Spencer, William Birkin y por supuesto, Albert Wesker, y muchos otros que entraban en la categoría de criminales de guerra.
— ¡Ayuda! —gritó la pelirroja, anonada con su débil pronunciación.
Los habitantes de la camioneta —negra al parecer— no dieron señales de estar enterados de su arribo.
— ¡Necesito ayuda, por favor! —repitió ella, tratando de atraer la atención de los extraños con el agitar ansioso de su mano derecha. Los bramidos de la trifulca blanca y fría que flotaba a su alrededor, se intensificaban. Tenía que darse prisa…
Claire se aproximó con firmeza, enrollando sus brazos alrededor de su torso en busca de protección térmica. Intento que, por supuesto, resultaría inútil.
Los pregones de la joven mujer aumentaron de volumen, y por un momento la chica temió que el carro estuviera abandonado en medio de la nada.
Las exhalaciones frías de sus pulmones, mezcladas con los cristales transparentes que se sacudían en el ambiente, se habían encargado de enfriarle hasta las entrañas; ya no sentía los dedos, ni las manos, y estaba erguida por mera inercia; es evidente que los Redfield se caracterizan por su personalidad férrea y voluntad invencible.
Después de unos agónicos minutos en los que creyó que nadie respondería a sus urgencias, dos hombres bajaron de la parte posterior de la enorme camioneta. Eran mucho más altos que ella, y caminaban con apremio intimidante hasta su ubicación.
A la chica le dio mala espina desde que se percató de los ropajes militares que los cubrían, incluyendo los pasamontañas. Se dirigían hacia ella con violencia y no le dedicaron ni una sola palabra de aliento o preocupación.
Claire intentó huir de los encapuchados pero por su débil estado no consiguió llegar muy lejos.
Todo su cuerpo se sentía adormilado; ni patalear, ni gritar, ni siquiera intentar morderlos le parecía remotamente posible.
Protestó agitando las manos mientras los desconocidos uniformados la alzaban cual costal, sin tomarse la molestia de amordazarla para que dejara de quejarse, evitando alarmar a algún transeúnte; un paraje inhóspito, una nevisca burda que anunciaba la llegada del infierno, las tinieblas que regían Suiza cuando la noche temprana se presentaba, otorgaban la garantía de que aquel rapto pasaría desapercibido.
Aquellos criminales la hicieron subir a la parte posterior del vehículo pesado, cuyos vidrios eran tan negros como su carrocería.
La cabeza de Claire golpeó violentamente el tapiz de uno de los asientos, y entre su confusión lo único que pudo hacer fue aferrarse al antebrazo de uno de sus captores, tratando de ponerse en pie y escabullirse mientras la puerta continuaba abierta.
Uno de los agentes anónimos la agredió con la culata de su arma, volviéndolo todo oscuro para su vista durante una fracción de segundo. La pelirroja sacudió la cabeza y notó la sangre escurrir de sus labios, ligeramente coagulada por las bajas temperaturas.
Se preguntó si en algún momento la tragedia terminaría para ella, y la respuesta fue no. Nunca volvería a sentirse segura, nunca escaparía de la aterradora sombra del siniestro tirano de gafas negras.
Trató de quedar sentada; nadie se lo impidió.
Y cuando estaba empezando a jurar que se trataba de los hombres de Wesker encargándose de llevarla de vuelta por mero capricho de su jefe, escuchó una voz conocida, que le jactó los sentidos.
—Bienvenida a bordo, señorita Redfield. Espero que se haya divertido el día de hoy intentando escapar…
Jack Krauser le dedicaba una mirada siniestra desde el asiento de copiloto. Sus ojos color topacio brillaban con sadismo y la mueca torcida por las cicatrices le dedicaba una amplia sonrisa…
Continuará...
Alguien pégueme.
Duro.
En la cara.
/slap.
Gracias.
Bien, ¿qué les pareció el capítulo?
Sí, ya sé que me he tardado poco más de un mes. Pero intentaré exponer mis razones lo mejor posible; no he estado perdiendo por allí el tiempo, aunque eso pudiese parecer.
En primer lugar, los días veintiocho de Febrero y el dos de Marzo tuve exámenes de ingreso a la universidad; quiero entrar a ciencias de la comunicación y no me puedo dar el lujo de no quedarme.
En segundo lugar, el capítulo fue muy difícil. Son veintidós mil palabras de angustia, dolor, pena, arrepentimiento, violencia, etc.
Como verán el setenta por ciento de este capítulo está siendo relatado desde la perspectiva de Albert Wesker… Ahora, el reto consistió en que un hombre frío, emocionalmente distante, violento, mostrara emociones mucho más cercanas a lo humano; la culpa, el dolor, la soledad. No sé, fue agotador concluir en una sola entrega tantas cosas, creo que varias neuronas mías deben de estar tiradas agonizando porque en serio… no estoy quejándome ni mucho menos, pero si fue algo bastante complicado. Sobre todo porque estaba probando algunos detalles de narración, creo que si lo revisan, discierne un tanto de lo que he hecho, aunque claro, uno siempre trata de imprimirle su sello personal.
Pero bueno, espero me disculpes, y no. Esta historia no la voy a abandonar. Si la abandonara en este punto, creo que sería síntoma de bipolaridad o algo.
Muy bien, a lo que venía, la respuesta a sus mensajes:
Kelly Kennedy: ¡Hola! Si viste la actualización a las dos de la mañana, no me imagino a qué hora terminaste de leer.
Lo sé, el drama es lo que le da sabor a esta relación; digo, es Wesker y Claire, más difícil el amor entre ellos no podría ser.
Sobre la inyección… creo que desde varios capítulos atrás venía insinuando que los planes de Wesker eran inyectarla… pero bueno, las cosas pueden dar 'giros inesperados'. Como esta historia, que siempre planee como algo un poco más corto.
En este capítulo a quien le tocó el sueño malo fue a Wesker, ¿notas que Chris y Wesker comparten en gran parte el mismo temor?
Muchas gracias por pasarte a dejar tu opinión, y por supuesto, siempre eres bienvenida a dejar un mensajito dejándome tus observaciones. Y no te preocupes, claro que entendí el mensaje :D
Nos leemos pronto, querida.
Kmich: ¡Kitty Kath! Muchas gracias por pasarte a leer mi historia loca. Sé que no es el tipo de pareja que acostumbras, pero siempre podemos darle una oportunidad a otras historias (¿?). Espero que los demás capítulos también te parezcan atractivos.
Nos leemos pronto, Kath. Besos.
Yuna-Tidus-Love: ¡Hola, querida! ¿Cómo estás? Jajaja, si creo que el anterior es un capítulo intenso pero en lo personal creo que éste es todavía un poco más… No sé, creo son distintas caras de la misma moneda. Y Birkin es la mofa en persona, de hecho aquí vuelve a aparecer y mira todo lo que causa su imagen. La torre de naipes está lejos de reconstruirse, pero descuida, es una etapa, después de todo… es una historia de amor, ¿no es así?
Veremos cómo se desarrollan las cosas, y si sirve de algo, estoy segura que la relación de estos dos es difícil y tendrán que luchar por conseguir la estabilidad. Pero nada es imposible.
Por supuesto que estaré encantada de betear tu historia Weskerfield, deberías de animarte, me parece una pareja diferente.
Seguro me paso a tu historia Weskertine, en estos días suena sumamente interesante.
Saludos, querida, nos leemos pronto.
Lala: ¡Hola! Qué alegría que mis capítulos te encanten, lo cierto es que si me tardo bastante tiempo en redactarlos, y no siempre es algo sencillo. Pero... ¿sabes? Disfruto mucho haciendo esto y no lo cambiaría ni en un millón de años.
Pues en el capítulo 25 queda pendiente si la inyectó o no. Duda que resuelvo en el capítulo 26. Disculpa si resultó un poco confuso, pero esa era un poco la intención. Que se quedaran así de O.O ¿La inyectó o no?
William en realidad está muerto, sólo se le presenta a Wesker como una alucinación. William Birkin murió en el Resident Evil 2. De hecho es Claire quien se encarga de despacharlo al otro lado. Entonces, Albert lo ve porque el suero que debe inyectarse para mantener sus poderes sobrehumanos le provoca alucinaciones.
Y lo de que Sherry Birkin es ahijada de Wesker, eso sí lo saqué de mi cosecha, pero tuve una buena razón. En el Wesker's Report se aclara que Wesker se hizo de la custodia de Sherry, y se la llevo. Entonces, eso quiere decir que Annete, William, y Wesker eran personas cercanas fuera de los asuntos de trabajo. Al menos esa es mi percepción del asunto, por eso decidí hacer a Wesker el padrino de Sherry.
Espero sirvan estas aclaraciones y cualquier otra que se presente, hazla saber y yo muy felizmente responderé a tus preguntas.
Un gran abrazo y te agradezco como no tienes una idea por emitir tan sinceramente tu opinión.
Nos leemos pronto.
|Lawiet1: ¡Mujer! ¿Cómo estamos? ¿Ya te calmaste? Porque si no, estoy segura que me asesinarás por dejar el capítulo hasta allí…
Jajajaja, lo sabías… estuve presentándole la opción a Wesker durante varios capítulos, presentando sus intenciones, digamos que en el 25 todo explotó y él también lo mandó todo muy alto y muy lejos. Jajaja, me alegro que ese hecho no te decepcionara (¿?). Aunque a muchos los dejó de OMFG.
Jajaja, el 25 son 12k y el 26 son 22k, me gustan los capítulos con el dos involucrado (¿?).
Pero bueno, creo que… uno debe tomarse su tiempo para conectar con las emociones de los lectores a cualquier precio y allí es donde reside toda la magia.
Pues sí, Wesker está clavado con la Claire, pero no lo admite porque es un orgulloso. Y quizá cuando lo quiera decir podría ser demasiado tarde (¿?).
Jajajaja, ya cásate con Wesker pues, y olvídate de mí. *Llora desconsoladamente*.
La cajita aparece más tarde, tú tranquila, ya sabes que yo voy regando regalos durante todo Cuerpo cautivo que al final tienen un significado más grande. Tienes que admitir que eso de la cajita musical es tan mono…
Aunque lo que tú planteas no suena tan mal. Aunque Wesker no me parece del tipo que cometería suicidio por una mujer, al menos no de la manera explícita.
Jajajaja, la intuición de Wesker es más una licencia literaria. Jaja, o sea, estamos de acuerdo que nadie en su sano juicio podría deducir que Claire está llorando a moco suelto en el suelo de laboratorio. Pero ya dije, Wesker está paranoico.
Tienes buenas ideas, eso de estar oliendo las sábanas de la cama de Albert Wesker suena un poco obsesivo al inicio pero romántico al final. Aunque no estoy segura de que Claire lo haría, es infantil, pero no creo que llegue a tanto. O quien sabe (¿?).
Birkin aparece más acá, creo que lo de ser troll a su personaje, le sienta bastante bien. Y siempre es útil tener a alguien que pueda enfrentar a Wesker sin miedo a morir. Y sin que éste amenace con ponerle una bala entre ceja y oreja.
Tocacojones, jajaja. Haré que Wesker lo llame así alguna vez.
¿Y qué tal si mentí con el lemmon? Eh! ¿Qué tal? Jajaja, no te creas. No se vale, recuérdame ya no darte spoilers. Puedes infectar a otros lectores con los avances (¿?).
Eres pervertida, todavía. Y eso no se quita, jajaja. Mujer, ya ponte a estudiar, a lo mejor y eso indica que debes de ser doctora (¿?) Sabes dónde están los cojones (¿?)
Espero que en general este capítulo si te perturbe, jajaja, lol. Así al menos tendrás buenas razones para traumarte. Creo que me va a dar gripa. No. No quiero. Necesito estar sana. Jajaja, eso de que te aprendas frases está súper genial. En este capítulo puse las que a mí me gustan o me parecen de lo más significativas, aunque dejé muchas fuera, pero bueno… Es que acá tenía que poner diálogos, no pedazos de narración.
Soy tu Wesker :') Me siento infinitamente feliz. Tú eres mi Claire (¿?) Nope. That's not okay.
Jajaja, yo me siento muy dichosa de saber que dejaste ese review y que yo me animé a agregarte. Ya sabes, no son cosas que hiciera muy a menudo antes de entrar al grupo de Facebook, pero ahora mi anonimato se evaporó.
Sale, mujer, muchas gracias por seguir Cuerpo cautivo. Sabes que te amo y te adoro y te doy respuestas largas a reviews largos, porque fuck it, somos geniales (¿?).
Te quiero mucho. Nos leemos pronto, querida
name: Perdón. Perdón. Perdón. ¿Ya te perdí perdón? Sé que parecería que iba a pasar a ser 'Cuerpo abandonado', pero ya ves que no fue así. Es sólo que me tomó un poco más de tiempo porque la narración fue un tanto más compleja, variada, y la trama está en un delgado hilo que no quiero perder. Jajaja, soy mala, mala, lo sé, perdóname. No ha sido mi intensión poner todo tan en pausa. Y luego el suspenso, que una vez más, utilizo como recurso en esta entrega.
Y tenías la razón, esa parejita son puros problemas y así continuarán, probablemente.
Espero que esta entrega me redima, y también compense la ausencia de estas semanas.
Nos leemos pronto, ¿de acuerdo?
Un gran abrazo.
DarknecroX: Jajajaja, me encantan las expresiones faciales, jajaja, me matas, mira que si se puede hacer un face reaction a los capítulos de Cuerpo cautivo.
No, la verdad es que no me resistí a inyectarle algo, pero como verás, siempre intento traer un as bajo la manga que me haga las cosas mucho más sencillas.
Pues, sobre la reconciliación… Jajajaja, es un secreto de estado. Pero Dios, muero por escribirlo en serio… Será fabuloso, y en circunstancias que no serán en definitivo, las esperadas. Pero habrá que esperar para ver. Lo de las escaleras del cielo fue una metáfora que quedó al centavo, jajaja, pero la puerta les dio directamente en la nariz, sin contemplaciones.
Muchas gracias por leer todas mis otras historias, te quiero :3
No te preocupes por los reviews, aunque tu opinión acá siempre es y será bienvenida y necesaria. Me encanta leerte :D!
Sí, soy la malvada Adrianita. Ni modo, así me hicieron, jajaja.
Nos leemos pronto. Un gran abrazo y muchos besos.
Nelida Treschi: ¡Hola, querida, querida! O my gosh, I know… Jajajajaja, lo del odio puto fue épico, jajaja, la escena iba tan seria, tan formal, y se me va un dedazo todo cómico, jajaja, pero ya ni me enojé, mejor me reí de mis manos torpes. Jajaja, sabía que desearían matarme por ese pleitote que se armó entre Wesker y Claire, pero bueno, dicen que lo bueno no dura para siempre. Lamentablemente.
Tienes razón. El choque era de esperarse. Y pues… las consecuencias fueron graves, de eso no hay duda. Pero como toda historia de 'amor', debe de existir un punto de cohesión entre el pasado y el presente de los personajes, y sus demonios saldrían a la luz. En este capítulo 26 quería hacer notar lo humano de Wesker, lo que intenté plantear pero más a fondo. Espero que haya tenido resultados favorables.
Pues William Birkin es un troll. Jajaja, pero tiene verdades en la boca, muy a pesar de que le gusta picar los botones de Wesker. Es una alucinación, después de todo; conoce las debilidades del tirano a la perfección. Y Sherry… todavía no ha tenido un papel principal, por así decirlo, pero hay unos detalles con ella que me gustaría tratar más adelante.
Como mencionas, hay muchas posibilidades. Finalmente Wesker no le inyectó nada a Claire, y ambos están, al final de este capítulo, en un peligro mortal. ¿Cómo se solucionará? Bien, jajaja, yo también tengo la película mental de cómo sigue, pero hace falta plasmarla. Jajaja, a veces me gustaría que pudiera tener comunicación mental con la computadora y ésta escribiera todo lo que pienso, pero se perdería toda la magia de escribir, ¿o no?
Cuídate mucho tú también querida, y espero tú también me puedas recomendar algunos libros fantasiosos; son muy útiles a la hora de estudiar tipos y estilos de descripción. Y claro disfrutar de los paisajes y personajes con características de leyenda. Es fantástico. Cumbres Borrascosas… creo que será el siguiente título al que le echaré un ojo.
Lol, ya me hice un pergamino otra bes, jajaja… Bueno, sale muchacha, te quiero mucho. Gracias por tu comentario y estaré esperando tu opinión de este capítulo con ansia.
Un gran abrazo.
Nos leemos pronto.
Ariakas DV: OMG! ¡Hola! *Lo sacude* ¿Estás bien? ¿Funcionó el desfibrilador? Espero que sí, jejeje.
Pepe grillo… ¿Birkin? Jajajaja, sí, de hecho lo es. Y no lo hace tan mal. Presenta argumentos válidos y logra que Wesker cambie de opinión. Como ves, la situación de Claire ahora… está más jodida que antes.
Y Wesker… jajaja, sí, se portó como un idiota… un poquito, pero siempre trata de 'remediar' las cosas, cuando se trata de ella, aunque no siempre tenga los mejores resultados.
¿Red bull? ¿No esas cosas hacen daño? Mira que después vas a querer dominar el mundo y ser el gobernante supremo, como Wesker, tal cual.
Bueno, espero que puedas aterrizar esa historia pronto. Me muero por leer otro Weskerfield. Sigo algunos, pero son muy pocos, y quiero que esta comunidad crezca, crezca y crezca…
A mí me gusta jugar en línea en la Xbox, por ahora sólo juego esa consola, pero quiero probar el PlayStation 4 muy pronto.
Sale, tu opinión me es muy grata, muchas gracias por pasarte. Saludos. Y un gran abrazo.
Sara: ¡Hola! Sí, relájate, jejeje, porque una cosa puedo asegurar y es que… ¡se pondrá mucho más intensa. Esa es mi promesa principal, Sara. Jeje. Muchas gracias por pasarte a leerte mi historia, y pues ya sabes, los reviews acá siempre son bienvenidos. En serio, un gran abrazo. Nos leemos pronto.
Stacy Adler: ¡Hola, querida! *Llora* Todo el mundo anda desaparecido en el grupo, caray. Pufff, me alegra que hayas sentido las emociones de Claire. Creo que en ese momento estaba aterrorizada no sólo por lo que Wesker había hecho, sino también por lo que podría hacerle sino se controlaba. Y bueno, estos son los resultados finales. Yo sigo esperando capítulo de Ocaso, de hecho el último… Ya me muero por saber qué ocurre, lo admito.
¿En serio hubo un temblor mientras leías? D: O my, era una señal o algo de que las cosas se iban a poner feas. A lo mejor x D.
D: Claire, morir, en serio lo pensaste en ese momento. Yo guardo mis dudas… no sé tengo un final que quiero hacer, pero siempre hay otros más trágicos que me tientan con su hermosura (¿?)
Jajaja, me encantan tus divagaciones, siempre están tan llenas de inspiración que me alientan a continuar con el fic.
Espero podamos continuar con DW, ya me hace falta tratar otros enfoques de RE y en tu compañía es garantía que saldrá algo dramáticamente genial.
Te agradezco mucho el dejar tu opinión, la amo. Y también por el apoyo.
Un saludo, querida. Y nos leemos pronto.
SKANDROSITA: ¡Hola, querida! Ah, jajaja, las películas del Van Dame. Por cierto, hace poco vi una. Me gustó. Muchas explosiones y sangre. Creo que en el 16 ya se ponen las cosas un poco más romanticonas y con menos acción. Muchas gracias por el review. Se te quiere mucho. Espero que los capítulos posteriores te agraden también. Nos leemos pronto.
Andrea N: ¡Buenas tardes, linda! ¿Cómo estás? Aw, una disculpa por quebrar tu corazoncito, no quería que eso pasara. Pero bueno, en toda novela debe de existir un clímax, un punto cumbre, y no siempre es agradable. Pue si, en ese capítulo, Wesker tenía muchos deseos de pasar un buen rato con ella, y lo dejó notar comprándole la caja musical… pero bueno, nada resulta ser como lo planeamos. Perdón por hacerte llorar, lo cierto es que yo también me sentí un poco culpable, como dices, por romper las cosas cuando justamente él estaba contemplando a la chica dentro de su vida. Pero puedo adelantar que habrá una circunstancia que los hará reafirmar su amor, por así decirlo, aun cuando Krauser ya se ha presentado dentro de la ecuación. Y bueno, aunque Wesker la ama, sabe que tiene muchas cosas que solucionar, y hasta ahora el compartir una vida le parece imposible. ¿Pero qué sucederá a continuación? Jejeje, lo del lemmon… es una sorpresa. De hecho, todo tiene la intensión de ser impredecible. Espero conseguir dicho objetivo. Muchas gracias por tus halagos, hermosa, eres toda dulzura, jeje, me sonrojo leer eso de la admiración. Hago siempre lo mejor que puedo, porque nunca les quiero fallar o decepcionar con un capítulo mediocre. Muchas gracias por leerme y estaré esperando ansiosa tu opinión de Cuerpo cautivo.
Nos leemos pronto. Besos.
Mika: ¡Hola! Me ausenté mucho tiempo. Lo sé. No tengo perdón. Pero hubo circunstancias diversas… como sea, ya estoy de vuelta. Yo también me pongo muy alegre cuando actualizo, jejeje, siempre estoy como niña en navidad esperando sus reviews que son mi mejor regalo.
Espero que en serio no te haya decepcionado, que créeme que es lo último que quiero conseguir. Aunque creo que te refieres a que toda la situación en sí, fue decepcionante. Parecía ser que algo feliz llegaría a su resolución, pero no fue así. La intención era que el final causara un poco de impacto… igual que éste, pero créeme… la historia la tengo bien dibujada en la cabeza, y cuenta con los vaivenes que pienso que la relación tendría de ser real. Dijiste algo maravilloso: Hay que recordar que el sentimiento de la alegría y armonía no son nada sin la tristeza y el caos. Y tienes toda la razón. Concuerdo contigo ampliamente, y de eso trata esta historia, de variar las emociones tanto como sea posible.
¿Sabes? Eso de ser un fantasma observando la escena, se me hace algo genial. Eso quiere decir que te adentras bastante en la trama. Y creo que no hay nada mejor que apasionarse para disfrutar la historia.
Muchas gracias por el apoyo y espero que este capítulo no te haga sufrir más, muchas gracias por seguirme. Un gran abrazo y espero nos leamos pronto.
Guest: ¡Hola, qué tal! Sí, aquel 25 y este 26 son las entregas con sentimientos negativos, por así llamarlos. Bueno, pues a Claire como dices, se le fue el tren para ayudar a Wesker, pero todavía contamos con la ayuda de la alucinación de Birkin, el tirano logre entrar en razón. Que de hecho lo hizo y por eso 'dejo ir a Claire.'
Jajaja, pues sí, un poco. Pero mi cabello es castaño no muy largo, y el de Claire es pelirrojo a mares. Me gustaría tener un pelo como ella, pero no tengo tintes. Jajaja, así son las hermanas, jajaja, siempre con sus buenos consejos. Las canciones de Pink me encantan: Try, Just like a pill, Fuckin' Perfect, le sientan a la perfección a la situación de Claire, de eso no hay duda.
Muchas gracias por el mensaje motivacional del review; espero puedas pasarte a leer esta entrega de Cuerpo cautivo. Una larguita para compensar la ausencia, :P.
Nos leemos pronto.
Ary Valentine: ¡Hola queridísima, guapa y talentosa pequeña Ary! ¿Cómo estás, cómo te ha ido? Sé que tu vida ha tenido muchos vuelcos extraños y no te preocupes, sé que eres fiel lectora de Cuerpo cautivo, desde hace algún tiempo, y eso es una satisfacción muy linda para mí. Me siento comprendida. Y he aprendido a ver en ti más que una lectora, a una gran amiga, que claro, tiene sus problemas y preocupaciones en el mundo de allá afuera.
Sí, a veces suele suceder eso de que sientes que se te va la magia, los deseos de seguir haciendo lo que haces por rutina, cuando te decepcionas por diferentes motivos. Pero no te preocupes, linda. En serio, te comprendo, y estoy segura de que encontrarás un camino para salir adelante.
Tus reviews nunca son mediocres. De hecho son como mi batería, jeje, cuando los leo, no importa donde estén, me dan ganas de sacar la computadora y ponerme a escribir. En serio del último al primero, todos me fascinan.
Muchas gracias por tener esa impresión de Cuerpo cautivo, sabes que aquí se queda gran parte de mí, y bueno también forma parte de lo hago y quiero hacer en el futuro. Eso de escribir me llena de pies a cabeza, y me halaga como no tienes idea que alguien pueda apreciarlo como tú lo hacer con cada uno de tus comentarios, linda.
Haces que sonroje, querida, mi fin con esta historia es compartir algo que todos compartamos. Al inicio no me atrevía a considerarlo como una obra de arte, pero el arte es alma, y sin duda pedazos de mi alma quedan plasmados cada vez que intento escribir un nuevo capítulo para todos.
En serio, jeje, haces que se me llenen los ojos de lágrimas al leer tu mensaje, es realmente maravilloso. Te lo agradezco de corazón, Ary.
Amo tu escopeta, por cierto.
En el capítulo 23 intenté cuidarme de no poner a Chris como un mártir del todo. Como dices, cae un poco en el cliché de Capcom, y casi nadie recuerda como era Chris Redfield antes del Resident Evil 6. Lo que es triste porque se trata de un personaje muy complejo.
En el 26 puse otra pesadilla, pero esta vez quien la padece Wesker. Quería hacer un comparativo, y dar a entender que comparten un mismo temor. Y tienes razón, lo importante del mayor Redfield es colocarlo en una balanza y sacar a la luz lo bueno y lo malo de él; puede ser impulsivo, pero con sentido del deber. Puede ser distante, pero también puede ser dulce. Es encontrar ese momento en que no caes en el mismo cuento de siempre y lo ves como lo que es: un soldado que perdió a su hermana, y que ahora está cautiva en las garras de su enemigo. Jajaja, si, desde el RE6 Chris se volvió un personaje casi sinónimo de angustia y tristeza, y bueno, yo creo que ese no es el chiste. En fin, es una percepción personal. Me encanta tu pasión por el personaje, jeje, es asombroso, con razón lo escribes tan bien al muchacho.
Lo del Valenfield, jejeje, debo admitir que me causaba nervios escribirlos, pero al final me animé. Y claro que habrá más, a medida que vaya presentando los capítulos en que se encuentren ambos grupos, Umbrella, BSAA, habrá toda una colisión y claro, quien ayudará a Chris no será otra sino Jill Valentine.
Sobre Frederic, jajaja, la verdad es que el hombre quedó bastante jodido y no está en la mejor de las situaciones, creo que tenerle lástima sería un poco excesivo, pero empatía es un buen término para lo que quería causar. Sí, le gustan muchachitas a Frederic, jajaja, no fue sólo tu impresión, si puse algo de Frederic&Rebecca para sazonar las escenas de interrogatorio.
Eh, no, no eres la única que gusta de Wesker&Rebecca, jajaja, de hecho yo ya había escrito un oneshot que mi papá se encargó de borrar de mi vieja laptop y casi me da un ataque cuando me enteré. Pero bueno, estoy en proceso de escribir otro en agradecimiento a todo el apoyo que me has brindado en estos meses.
El cap 24, jajaja… nena, qué puedo decir. Jajaja, yo igual me la estaba pasando de lujo hasta que pasó… bueno, lo que pasó… Y todo se cayó lento así, en cámara lenta.
Cuando concluí el capítulo 24… a mí también me fui inevitable decir… ¡OMFG qué hice!
De hecho creo que en el siguiente todo se puso peor, y tuviste razón al suponer que Wesker arremetería con toda furia en contra de Claire, por mucho que la amara. O por mucho que se hubiesen divertido cocinando el pavo. Por cierto, quería divertirme con esa escena, y que todos se divirtieran para que después… Puff, se esfumó. Eh, lo sé, ¿malvado, no es así?
Pero bueno, me encantó lo de la pradera, jajaja, creo que me lo imaginé en mi cabeza con la versión chibi de Ary, y fue maravilloso.
Lo de la inyección se resuelve en el capítulo 26, como espero quedará claro porque luego hasta yo me revuelvo.
Ary, no sabes lo feliz que me hiciste con tu review. Eres una persona maravillosa, y una amiga inigualable; y claro, como lectora, tus comentarios son siempre críticos y te encargas de observar hasta el más mínimo de los detalles.
Muchas gracias por leerme y completar mi dosis semanal de Shake. Con Let me Go, por supuesto. La canción del mismo nombre me encanta también. :'3 Yo soy la afortunada de tener la oportunidad de leer comentarios como los tuyos y recuerda que tu opinión tiene un espacio Premium en mi corazón.
Te adoro, muchas gracias Ary, y sabes que yo también te guardo un gran afecto.
Nos leemos pronto.
VioletStreat: ¡Querida! Perdón por el trauma. Digo, debería pedir perdón por el trauma en el capítulo veintiséis pero eso lo haré con el siguiente review, demasiadas disculpas para un solo capítulo (¿?)
Claire… murió o no murió, ahí está el dilema. Espero que no se confuso lo que ocurrió, un poco bizarro, quizá, pero no confuso.
Muchas gracias por seguir comentando Cuerpo cautivo. Eres bienvenida a dejar tu opinión que sabes aceptaré tremendamente emocionada.
Saludos. Nos leemos pronto.
Addie Redfield: ¡Linda Addie! Te has olvidado de tu beta *Llora amargamente*. Me alegra que te haya gustado el capítulo veinticuatro. Está medio largo, pero entretenido, jajaja.
Lo del frío pretendía ser un detalle tierno y romántico. ¿A quién no le gusta estar acurrucada en los brazos del hombre que ama?
Y lo de la cocina, tenía que ser algo diferente. Aunque claro, uno no sé puede poner exigente con Wesker y esperar verlo trapear o lavar los trastes, jajaja. Paso a pasito.
Sí, creo que en el capítulo 26 sentirás mucha más pena por el pobre hombre, que trae muchos conflictos físicos y emocionales. Pero no los acepta, que es lo peor de la situación. Oye, esa novela del harlequín suena interesante. Creo que podría darle una lectura alguna vez, imaginado que la situación de Claire es muy parecida a la que trata esa novela. Y de hecho creo que esa idea por supuesto que me sirve, los hombres fríos siempre tienen problemas de aceptar lo que sienten y cometen muchas locuras.
Sí, jajaja, soy una aguafiestas con mis finales. Creo que me van a etiquetar como la aguafiestas de los fics, siempre poniendo finales que joden las emociones, jajaja.
Cuando Claire llegó al laboratorio, fue demasiada información para su mente, y las cosas se ponen medias feas a partir de ese momento. Pero tendrás que leer para descubrir.
Y lo del review… no es nada, mujer. Te mereces muchos reviews como ese.
Muchas gracias, yo también te considero mi amiga, una gran amiga en la que confío plenamente, y hazme saber si tienes cualquier duda. O si deseas aprender algo más para aplicar a tus fanfics. Cuentas conmigo para todo, lo sabes, querida.
Jajaja, versión Kindle! ;) Se ve tan profesional, hasta me dan escalofríos de orgullo al verlo en formato digital.
Sale, queridísima Lupis, beta galleta se despide, te quiero mucho y nos leemos muy pronto :D.
Vidian: ¡Hola Vidian, cómo estás! Tienes razón, cuando un capítulo se ve interrumpido, ya no se siente lo mismo al volver a leer. ¡Me alegra mucho que te haya gustado el capítulo! Yo siempre me guardo mis dudas, porque sino no actualizo las historias, pero las opiniones siempre ayudan a bajar la inseguridad.
En este 26, la mente trastornada de Wesker hace aparición una vez más, pero es que para ese hombre si te das cuenta no se le terminan los problemas. Es algo así como un imán para las batallas. Y los conflictos internos continúan, ya que Birkin no se guarda las opiniones para después, jajaja, sí como dice Wesker, ya debe de verse como un loco hablando con su alucinación y queriendo golpearlo.
La torre de naipes se vino abajo. Jejeje, es grandioso que haya provocado ese efecto en ti la discusión, me parece que ese era el núcleo principal del capítulo 25.
Ahora sí que podemos decir que Claire explotó como una bomba del tiempo, con los reclamos al cien; y bueno, Wesker ya lo sabe, jajaja, está enamorado hasta la laringe de la pelirroja.
Me alegro de sobremanera que te haya gustado. Sí, creo que soy mala por volver a aplicar la del suspenso este capítulo. Creo que cuando uno está sometido a las emociones, se vuelve impulsivo, y ese es el reto con Wesker, mantener todo en balance y evitar que caiga fuera de su personalidad. Perdón por ser malvada, pero es que ser mala, se me da bien (¿?). Muchas gracias por el apoyo, se te agradece enormemente.
¡Un gran abrazo y nos leemos pronto!
CMosser: ¡Hola, querida! ¿Cómo estamos? Jaja, FF troll que borra los comentarios. Es lo peor que esta página puede hacerme, caray.
¡Gracias por leer Cuerpo cautivo! Tus comentarios son siempre tan reflexivos, tan llenos de tu vibra personal, que me hacen sentir llena de vitalidad y emoción por continuar con esta historia y darle el final que merece.
En el capítulo 25 sí, efectivamente se puede sentir pena de los pensamientos del tirano; y creo que en el 26 esto se retrata aún más, pero es con plena intensión. Creo que él esperaba poder mantener a Claire a su lado, aunque fuesen en ese limbo de ignorar los papeles que ambos cumplen en esa 'guerra'.
Tu alucinación favorita, jejeje, aquí vuelve a aparecer con papel estelar, tan inoportuno y certero como siempre. Y creo que es claro que la parte 'emocional' de Wesker, termina de explotarse en el capítulo 26, pero ya dirás si concuerdas conmigo.
Creo que toda herida se puede curar, pero siempre dejará secuelas; eso es lo que les ocurrirá a estos dos. La magia, supongo, estará en ver si se reconcilian, y en qué condiciones, si es que lo hacen.
No sabes cómo quisiera poder escribir más rápido, pero bueno.
Sobre tus apuestas… eres ganadora. Wesker no la inyectó con el Génesis. Y la clave estaba cuando se dirigió en otro estante, como lo mencionas. Diste justo en el clavo y me dejaste boquiabierta, porque aunque estaba hecho con la finalidad de que ese detalle se notara, jejeje, no creí que fuese tan fácil de vislumbrar la verdad, quería dejar un poco de suspenso-
¿Cómo ves? Creo que volvió a suceder lo mismo, y me porté mala persona, dejando el capítulo hasta aquí. Pero te prometo que no lo hago a propósito… Okay, si lo hago a propósito, pero perdón de antemano, jajaja.
Dile al palo con clavos que no reclame mi sangre, por favor. Esta vez tardaré menos en actualizar, lo prometo.
Sale mujer, te quiero mucho. Un gran abrazo y un enorme beso.
AndyPain: ¡Hola, señorita Pain! Gracias . De hecho el toque fue con toda alevosía y ventaja; quería jugar con sus emociones con respecto a lo que sentía Wesker. Digo, Claire no sabe lo que Wesker estaba planeando, el tener una tarde agradable con ella, pero ustedes sí así que… podían sentirse mal por él.
La aparición de Birkin… regresa en el capítulo 26 a atormentarlo y hacerle ver sus verdaderas emociones con respecto a la joven Redfield.
De hecho la escena de tristeza de Claire en el suelo del laboratorio… me tomó años. Bueno no años, pero el diseño argumental si fue complicado para englobar todo y no dejar nada atrás. Es lo que más tiempo toma, jerarquizar las emociones, diálogos, y darle continuidad a la escena.
Jajajaja, pues acá queda claro que fue lo que Wesker le hizo, porque aun con toda su locura, no la quiere muerta. Y pues sí, se puede decir que el nudo principal de la historia apenas comienza, pero puedo decir que vamos a ¾ partes del avance total. Lo que es bueno, supongo. Jajaja, tal vez tus hijos alcancen a ver el último capítulo publicado (¿?) No te creas, jajaja.
Qué bueno que aprendas con Cuerpo cautivo, creo que en parte lo he usado de instrumento para mostrar todo lo que sé, aunque tengo guardadas algunas cartas bajo la manga.
Como Wesker.
Y como la historia.
Han sido tres años de mucha visualización, pero vale la pena, en serio que sí.
Mucha suerte, querida Andy. Espero que estés muy bien y puedas dejarme tu opinión de la entrega número veintiséis de esta historia.
Te quiero mucho. Besos y nos leemos pronto.
Amell-bert Wesker Drangeel: ¡Hola! ¿Cómo has estado? Revisando mis MP, leí tu mensaje. Y no te preocupes. Yo sé lo que es eso. Y sé también el tiempo que se necesita para mejorar la situación. Así que no te preocupes. Todo bien.
Krauser está muy loco. O al menos quedó bien loco luego de lo de España. Él y Ada tienen una participación crucial en el verdadero tronco de la problemática en el fic, y aparecerán más adelante. Y Rebecca maneja las cosas de la mejor manera que puede, que no creo sea decir mucho, pero bueno.
Gracias por lo del capítulo 21. Espero que esa entrega especial te gustara; debo admitir que no sentía que la primera persona fuese mi fuerte. Especialmente hablando desde la postura de Wesker. Sí, fue un poco difícil con él, pero… valió la pena después darle una leída y fingir que Wesker lo decía. Claire fue un tanto más sencillo siendo que soy mujer, pero aun así, somos muy distintas en como percibimos el amor, y claro… los arrepentimientos y la culpa no se hacen esperar.
Muchas gracias por pasarte aun cuando tienes una situación difícil. Muchas gracias por el review y ya sabes cualquier cosa que necesites, cuentas conmigo.
Buen día, nos leemos pronto.
Polatrix: ¡Mujer! Tú sabes lo duro y tardado que fue este capítulo. Que quedó bastante largo, igual… y argh! Bueno me tardé mucho y eso me molesta, pero ya pasó. Ahora a disfrutar los resultados. Tienes razón Wesker está como de: Oh shit, man, this is pretty fucked up! Y Birkin de: Told ya! Y luego Wesker de: You're dead man, so shut up! Muchas gracias por el apoyo que me has brindado todo este tiempo, ha sido genial, aun cuando se me va el internet o me quedo dormida, o simplemente diciéndome: La gente es idiota. Sí, algunas veces, y más cuando se trata de herirnos. Pero bueno, beta galleta, al fin esto está arriba y asagshagsha… qué bien me siento al respecto.
Lucius Motherfuckin' Mafoy foreva, man.
Sale, nos leemos al ratón en Facebook. Te amodio mucho.
Y eso es todo. Muy bien, los dejo que disfruten de esto.
Ya saben, si les gusta Cuerpo cautivo, agregenla a favorites, así yo sabré que les gusta. Denle follow si quieren saber cuándo actualizaré, y que les avise en sus correos cuando lo haga. Me tomó un mes hacer veintidós mil palabras, y no es la extensión lo que cuenta, me gustaría que descubrieran los pequeños trucos narrativos utilizados. Y realmente espero que lo disfruten tanto como yo lo hice escribiéndolo; pero es un trabajo de semanas y siempre me pueden hacer feliz y motivarme a continuar con un review.
Nos leemos luego.
Título de la siguiente entrega: Sin ella.
