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OPERACIÓN BELLA

"Soy el amo de la casa...lo hago todo por amor"

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A una hora absurdamente temprana de la mañana del lunes de su quinta semana en casa, Bella fue la primera en entrar en la cocina. Miró afuera, al ordenado jardincito de su madre, rememorando la conversación que había mantenido con Esme la noche anterior. Esme había sonado cansada, pero resignada. Sí, todos querían que regresara, pero no les quedaba más opción que darle solo dos semanas más antes de ponerse a buscar una nueva niñera fija. Bella había visto clara la oportunidad de decirle que deseaba con todas sus fuerzas volver, pero con la idea de ser su niñera a tiempo parcial; quería estudiar y cuidar de los niños al mismo tiempo, quería vivir en Seattle e ir a la universidad; echaba de menos a los niños, echaba de menos el caos, echaba de menos la tensión, pero necesitaba algo más. En cambio, durante su conversación, se quedó contemplando el ir y venir del intervalo silencioso en el que se suponía que tenía que decir todo aquello, sin ni tan siquiera abrir la boca.

Los pájaros cantaban tan fuerte que podía oírlos por encima del agua hirviendo. Solía disfrutar aquel momento efímero entre la noche y el día, como si hubiera pillado a Dios desprevenido, con la guardia bajada. Y solía disfrutar mucho más ese momento precisamente en aquella época del año, porque era espléndida y estaba llena de posibilidades, y solía disfrutar de esa experiencia en casa de sus padres, antes de que ellos se levantaran, porque eran su terreno conocido, aunque a veces pensar en ellos era menos agotador que su propia presencia. Técnicamente, aquel habría entrado a formar parte de sus momentos favoritos.

Pero aquella mañana no fue así. Algo había cambiado; ella había cambiado. Todo había cambiado.

Aquella mañana, los indicios del verano se le antojaron señales de la insatisfacción que reinaba en su vida. Y, desde la discusión que había tenido con su padre, la casa de sus padres había dejado de ser terreno conocido. Todavía estaba enfurruñado y ella creía que tal vez nunca llegara a superarlo. Y llevaba unos días sin poder dormir bien por culpa de ciertas imágenes fastidiosas de Edward Cullen que la despertaban una y otra vez.

Oyó los pasos de su padre bajando las escaleras. Se había levantado pronto. Se dio la vuelta y lo vio entrar en la cocina, ponerse una taza de té, en lugar de hacer una tetera, y subir luego a lavarse, todo ello sin mirarla.

Bella llenó su cafetera, cogió un café y colocó ambos en una bandeja, abrió la puerta trasera y salió con su taza al jardín. Se sentó en el banco de madera que había junto a los gnomos y, con la mente puesta en alguna parte entre Forks y Seattle, se dispuso a contemplar el despertar del jardín.

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Media hora más tarde, en Seattle, Edward estaba hecho pedazos. Cuando Esme contestó a la llamada de Bella y esta le dijo que no podría regresar esa semana, él tuvo que reconocer que tenía que volver a la oficina. Su trabajo era una bobada sin ningún sentido, pero pagaba las facturas. Y le vendría bien un descanso.

Ahora Edward veía a las madres bajo una óptica distinta. En lugar de mirar a través de ellas como si fueran invisibles, como venía haciendo hasta entonces, ahora tendía a hacerles una pequeña reverencia cuando se las cruzaba por la calle. Y, por supuesto, también a las niñeras las veía bajo una óptica distinta. Por lo que a él respectaba, las niñeras y las madres habían asumido el papel de matronas de dimensiones bíblicas: salvavidas discretas e invisibles, les proporcionaban a sus hombres el tiempo necesario para salir a matarse entre ellos e ir por ahí contando historias extraordinarias sobre sí mismos. Hasta ese momento, sus argumentos a favor de la superioridad de su sexo siempre se le habían antojado incontestables: «¿Cómo es que no existe un Shakespeare en femenino?, ¿o un Einstein?, ¿o un Shackleton?», solía argüir por los bares de todo Seattle ante las chicas que se le ponían de morros en un gesto de falso enojo. Pero ahora conocía la respuesta: habían estado ocupadas limpiándoles el culo a los bebés y pintando con los dedos. Qué pérdida tan trágica, pensaba.

Recientemente, había empezado a percatarse de que había adquirido el preocupante hábito de despertarse, como si hubiera caído en un estado de trance, en el dormitorio de Bella, y de descubrir que había estado sentado en su cama, o mirando sus fotografías, o cogiendo entre sus manos su estúpido despertador de Mickey Mouse, o leyendo los lomos de sus libros. Definitivamente necesitaba volver al trabajo.

Cuando les dijo a Esme y a Carlisle que no le quedaba otra opción y que tenía que regresar a la oficina, Esme había mirado a Carlisle con una expresión con la que Edward nunca la había visto mirarlo. Contenía ternura y, no obstante, transmitía una sensación expectante ante la llegada de grandes cosas. Entonces Carlisle dijo que era su turno de quedarse en casa, y que eso era lo que iba a hacer. De hecho, adoptó una actitud verdaderamente evangélica.

—Ahora me toca a mí cuidar de los niños —dijo con firmeza—. Solo abriré la tienda unas pocas horas al día, cuando estén todos en la escuela. Todo irá estupendamente.

Se dio un respiro antes de seguir:

—Soy un padre moderno y esta es una familia moderna. —Otro respiro—. A ver, ¿cómo funciona la secadora?

Cuando Edward salió de la cocina camino del mundanal ruido, Carlisle estaba estudiando el horario que había en la puerta del frigorífico. Miró a su hijo con gesto angustiado y le preguntó:

—¿Dónde están los espaguetis a la boloñesa?

—La carne picada está en la nevera.

—Y ¿qué hago con ella?

—Espaguetis a la boloñesa para que los niños se los rebocen por la cara.

—¿Dónde está el recetario?

—Papá, es carne picada y salsa de tomate. Te irá bien.

—¿Dónde demonios está Tumble Tots?

—Las señas están en la agenda.

—¿Dónde está la agenda?

—En el comedor, al lado del teléfono.

—¿Beavers es lo que creo que es?

—No. Es un club para niños pequeños donde les enseñan a obedecer reglas absurdas para que crezcan como miembros sumisos de la sociedad. A Emmett le encanta; no olvides su aro de pañoleta.

—¿Qué coño es un aro de pañoleta?

—Él te lo explicará. Tengo que irme. Llámame si necesitas ayuda.

—¿Por qué? ¿Vas a venir a casa a ayudarme?

—Para nada, pero voy a necesitar reírme un rato.

Hacia las diez, Carlisle había ordenado la cocina, puesto el lavavajillas por segunda vez, cambiado todas las sábanas y la tercera lavadora estaba terminada. La casa rezumaba actividad por los cuatro costados y todo gracias a él. Era el amo de todo lo que veía, el rey de su castillo y el mundo entero estaba en orden. Estaba de pie junto a la tabla de planchar, escuchando una obra de teatro en Radio 4 y apilando la ropa de sus hijos. ¿Por qué nadie le había dicho que el acto de planchar prendas diminutas guardaba una correspondencia directa con el grueso de amor que se tenía por los que la iban a llevar puesta? El hecho de saber que sus hijos estaban comiendo lo que él había metido en sus carteras del almuerzo lo llenaba de satisfacción. El ser consciente de que su último contacto con la vida hogareña antes de salir al mundo exterior había sido su papá le hacía anhelar el momento en que volvieran a estar allí. ¿Cómo es que nadie le había explicado esas cosas? ¡Era una conspiración! Las mujeres llevaban siglos engañando a los hombres, diciéndoles que aquellas tareas eran insatisfactorias y, sin embargo, durante todo ese tiempo, el amor había sido el motor de sus almas.

A las once y media La hora de las mujeres había finalizado, la ropa estaba planchada, las sábanas se agitaban al viento (había decidido renunciar a la secadora) y Carlisle sabía que no quería volver a trabajar fuera de casa nunca más.

Después de pintar con los dedos con Alice y de convencerla para ordenar más rápido que nunca mediante el pretexto de una carrera; después de recoger a Emmett de la escuela y verlo estrecharle la mano al profesor, lo cual le puso un nudo en la garganta; después de recoger a Jane y ver cómo su carita se iluminaba ante aquella inusual presencia, y después de conducir hasta casa cantando Postman Pat más alto que todos sus hijos juntos, Carlisle estaba decidido.

En eso consistía la vida: en no preocuparse del dinero, en no intentar venderle discos a gente que en realidad quería dvd, en no sudar la gota gorda echando números que nunca sumaban y vivir con el miedo de descubrir el día de mañana que eres un fracasado. La vida consistía en criar a la siguiente generación, en transmitirle el significado de los valores que le dan sentido a su mundo, en enseñarles a confiar en sí mismos y a amar a los demás. Tal vez se había visto obligado a fallarles a Edward y a Seth, pero no iba a fallarles a sus pequeños. Ellos eran su futuro y tenía tanto que aprender de ellos como ellos de él.

—¿Papá? —preguntó Emmett

—Sí, hijo —dijo Carlisle bajando la vista hacia su hijo pequeño con una sonrisa, al tiempo que experimentaba una pequeña hemorragia de cariño.

—¿Qué quiere decir «cojones»?

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El rodaje de Alicia en el país de las maravillas debía de estar ya en pleno apogeo. Y ¿por qué demonios no podía pasarse por allí?, se preguntó Esme una vez más metida en el taxi que ya la llevaba hacia el lugar. Ella era la administradora de cuentas, tenía que ver como evolucionaba la campaña más importante de la agencia. Y tenía que hablar con Marco.

Pagó el taxi, se alisó el traje de Nicole Farhi que llevaba puesto, enderezó la espalda y avanzó decidida hacia el estudio. Al aroma acre a recién pintado rivalizaba con el de los capuchinos cargados que sabía que llevarían tomando desde que amaneció.

Se quedó un rato en el fondo, mirando. Frente a ella tenía la cena del Sombrerero Loco. El reparto era perfecto y todo el mundo estaba estupendo de pies a cabeza, a pesar del grueso maquillaje y los disfraces. Era una de las tres escenas localizadas en el país de las maravillas. La actriz que interpretaba a Alicia era una presentadora de televisión, lo cual significaba que tenía el cuerpo de una niña y unos pechos de helio. En cuanto la luz de la cámara se puso en marcha, abrió los ojos de par en par, arqueó la espalda y mostró sus dientes y sus senos en la postura obligada que un vez estuvo reservada para un país de las maravillas de primera fila, pero que ahora había invadido la cotidianidad por completo provocando en los demás un sentimiento de insatisfacción respecto a la suya propia. Tan pronto como la luz de la cámara se apagó, la luz de sus ojos se apagó a su vez y la chica adquirió un aspecto aburrido y algo resacoso, como si el esfuerzo que tenía que hacer para respirar la llenara de hastío.

Hacía ya tiempo que Esme se había sobrepuesto a la emoción de ver a una estrella interpretar las mismas tres líneas durante un día entero con decreciente sutileza y paciencia, y esa fase del proceso sería mucho más agradable si todos los demás implicados, incluyendo a la protagonista, sintieran lo mismo.

Se aproximó de puntillas a la acción. Marco estaba de pie cerca de Harry, que estaba mirando a través de la cámara y moviendo la mano derecha para indicarle al lirón que se moviera mínimamente.

El director estaba observando la acción concentrado mientras se acariciaba la barbilla con un ademán de autoridad. A su lado, su ayudante personal, que llevaba más body-piercing que ropa, contemplaba a su jefe mientras le acariciaba el ego con autoridad. Marco se dio media vuelta, vio a Esme y se acercó a ella con una sonrisa. Instantáneamente, Esme tuvo un antojo de Bocaditos. Se encontraron en medio del estudio.

—¿Cómo va? —preguntó Esme secamente.

—Dios, estás impresionante.

—Aquí no, Marco. ¿Cómo va?

—¿A quién le importa? Hay un armario perfecto en el estudio 3.

Harry se volvió y farfulló un saludo. Esme lo saludó con exagerado entusiasmo y se reunió con él junto a la cámara.

—¿Cómo va? —le preguntó muy seria.

—La típica pesadilla —dijo Harry—. Se está ignorando mi punto de vista constantemente.

Se apartó para dejarla mirar.

Esme estudió la composición un instante asimilando todos los detalles.

—¿La sombra de ojos de Alicia es violeta? —preguntó finalmente.

—¿Por qué? —espetó Harry—. No me digas que odian el violeta.

Esme mantuvo suave el tono de voz pero habló con firmeza.

—En la reunión de prepreproducción os dije que no querían violeta por el nuevo logotipo de Emiscar.

—Creí que habías dicho que el violeta era su color favorito.

—Eso fue en la reunión de preprepreproducción. ¿Es que no hay nadie por aquí que se concentre en nada?

—Bueno, pues ahora ya es demasiado tarde —dijo Harry—. Nos ha llevado toda la mañana mantenerle los ojos abiertos. Ahora es demasiado arriesgado pedirle que los cierre otra vez para que alguien le cambie el color de la sombra de ojos. Lo cambiaremos en posproducción.

Esme sintió una presencia a su lado. La ignoró hasta que esta habló.

—¿Le apetece un moccacino? —preguntó la asistente—. ¿Tostadas con canela? ¿Una botella de agua?

Se quedó mirando a la chica un segundo antes de darse cuenta de que le apetecían las tres cosas.

—Se subirá el brillo en posproducción, ¿no? —quiso saber Esme volviendo al asunto que la ocupaba.

Harry le dedicó una sonrisa.

—Gracias por tus comentarios —le cortó—. Se agradecen sinceramente todas las aportaciones constructivas.

—Bueno, solo digo —suspiró Esme— que tiene que ser más que brillante. Lo opuesto a la realidad.

Harry se quedó mirándola mientras llegaba su desayuno tardío o almuerzo anticipado

—¿Alguna vez he producido un anuncio que fuera demasiado realista? —preguntó en un tono lo suficientemente elevado como para que Alicia mirara y llegara prácticamente a enfocar la vista—. Ya sé que no soy Ken Loach, ¿sabes?

Harry inició la interpretación de un auténtico temperamento artístico en plena faena.

—Ya sé lo que hago: vendo promesas, permito que el mundo recupere sus días felices de chuparse el dedo, en el que los finales dichosos se cumplen. Esa es la razón de ser de todos esos premios que tengo en mi despacho...

—Solo quería decir... —le interrumpió Esme a través de un bocado de tostada de canela.

—¡Vale, sí! —dijo Harry prorrumpiendo en un grito—. ¡Puedes meterte tu «solo quería decir» por donde no te da el sol!

Se hizo el silencio en el estudio. Esme se terminó la tostada y dejó el café encima del pie de la cámara.

—Para tu información —le dijo en voz alta y con tono remilgado—, tengo unas articulaciones increíblemente flexibles y un solárium privado, de modo que ese tópico es absolutamente redundante. Pero ya veo por dónde vas, Harry. Gracias.

Dios, tenía que alejarse de aquellos cretinos. Tendría que solucionar lo de Marco en otra ocasión. Salió en busca de silencio. Al llegar a la puerta, Marco apareció a su lado como salido de la nada.

—Con respecto a la flexibilidad de tus articulaciones... —susurró.

—¡Ahora no, Marco!

Marco se la quedó mirando.

Lo último que pensó al salir del estudio fue que Marco parecía estar verdaderamente a punto de estallar.

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Dos horas más tarde, la pausa del almuerzo de Edward también había tocado a su fin. No obstante, se le hacía imposible despegarse de los libros de su padre. La mañana se le había pasado volando. Nunca se le habría ocurrido pensar que disfrutaría tanto con la contabilidad, pero el hecho de hacerlo por un motivo importante para él lo había convertido en un acto de amor.

A las tres de la tarde, cuando levantó la vista por primera vez desde el almuerzo, vio la oficina con otros ojos.

Se preguntó por qué se había hecho economista y supo la respuesta de inmediato. Ahora recordaba como si fuera ayer haberle preguntado a su padre qué debía ser cuando fuera mayor: «No hagas lo que hice yo, hijo», había proclamado Carlisle con una solemne sabiduría del arrepentimiento. «Búscate una profesión. Con una profesión no puedes equivocarte.»

Con quince años, a Edward le obsesionaba la idea de hacer que su padre estuviera tan orgulloso de él que consiguiera hacerle regresar a casa de una vez para siempre. Ahora se preguntaba si Carlisle recordaría aquella conversación.

Aquellos pensamientos se le dispararon en el cerebro al tiempo que contemplaba ciegamente la oficina que se abría ante él. Estar todo el día sentado en una mesa le estaba secando el alma. Necesitaba encontrar algo en lo que creer, algo en lo que volcar sus aptitudes y su pasión. Y acababa de encontrarlo.

Ahora lo único que tenía que hacer era decírselo a su padre.

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A media tarde, después de volver del rodaje, Esme encontró un hueco para telefonear a casa. Sintió una oleada de emoción al oír la voz de Carlisle.

—¿Cómo estás? —le preguntó sin mucho convencimiento.

—¡Bien! —Había más ternura en su voz de la que había oído en mucho tiempo.

—¿Y cómo están nuestros hijos? —preguntó.

—¡Bien! —repitió Carlisle con más ternura todavía. Tenía un ojo en el reloj y el otro en el emparedado que se estaba haciendo—. Alice ha cogido unas flores para ti de vuelta a casa en los jardines de todos los vecinos. Hemos venido corriendo los últimos cincuenta metros.

—Ah, qué encanto. Dale un beso de mi parte.

—Descuida. Estaba a punto de ir a recoger a Emmett

—No te olvides de su moto; andar es de niñas.

—Ah, bien. Gracias. Luego les voy a hacer lasaña. Y cuando llegue Jane haré tortitas.

—Caramba. Buena suerte.

—Gracias.

—Llegaré a tiempo para ir a recoger a Jane a casa de Rosalie—le dijo Esme.

—Vale. Aquí estaré con una botella de vino abierta. Vacía, pero abierta.

—Estupendo —rió Esme—. Hasta luego.

—Adiós, cariño.

Carlisle colgó el teléfono, envolvió los emparedados en papel de aluminio para comérselos de camino a la escuela, cogió a Alice, la moto y las llaves, y salió de casa.

Mientras tanto, Esme se quedó sentada mirando el teléfono. Algo había cambiado. ¿Qué sería? Ah, sí; se sobresaltó al caer en la cuenta: no habían discutido. Y Carlisle iba a hacer lasaña.

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La lasaña estaba asquerosa. Ni siquiera Carlisle pudo comérsela, y eso que se moría de hambre. De modo que, cuando Emmett propuso galletas integrales cubiertas de miel de caña y virutas de chocolate, y Alice empezó a ponerse tan nerviosa que le dio un abrazo a su papi, Carlisle decidió que había que divertirse con la comida y que por una vez no le iba a hacer daño a nadie.

Para cuando Edward llegó a casa, Carlisle, Emmett y Alice estaban tan colocados de aditivos tipo e que podrían haber invadido cualquier islita confiada. Edward los arregló, limpió la cocina, tranquilizó a todo el mundo y le preparó a la familia unas tostadas de queso con tabasco seguidas de ensalada de frutas à la Edward. Luego Carlisle y él hicieron la masa de las tortitas mientras los niños ordenaban.

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En Forks las cosas estaban estacadas. Bella había empezado a devolverle a su padre su propia indiferencia y cada vez que se presentaba la posibilidad de reconciliarse se convertía en una oportunidad para ser el primero en ignorar al otro. La nueva existencia de Bella se veía interrumpida cada cierto tiempo por la tarea de vaciar la silla orinal de su madre y tomar pastillas para el dolor de cabeza.

Estaba en la cocina tomándose la pastilla de la hora de la cena e ignorando a su padre mientras este le preparaba el té a renne, cuando su móvil rompió el silencio. Su padre hizo caso omiso del sonido. Cuando vio que era Félix, se quedó mirando el teléfono y solo el gruñido de su padre la indujo a contestar.

— ¡Hola! —lo saludó con cautela.

—Eh, hola —dijo Félix—. Solo quería ver cómo estás.

—Estoy perfectamente, gracias —contestó Bella sorprendida por el sentimiento de calidez y de amistad, más que de amenaza o claustrofobia, que experimentó al oír su voz—. Gracias por preguntar.

Su padre volvió a gruñir.

—No seas boba —dijo Félix—. Te echamos de menos.

—¡Ah, gracias! —Mientras hablaba por teléfono se colocó mirando a su padre—. ¿Sabes una cosa? Está bien saber que alguien se interesa.

Charlie miró el reloj, volvió a cotejarlo con el de la cocina y le dio unos golpecitos delante de la cara de Bella.

—Será mejor que te deje, Félix—dijo Bella—. Me necesitan.

—Vale —dijo—. Ya te llamaré otro día.

—Vale —dijo Bella—. Gracias.

Colgó el teléfono y se dijo que aquel no era uno de esos hombres que no pudiera aceptar un «no» por respuesta. No había tenido motivos para asustarse.

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Las tortitas estaban asquerosas. Ni siquiera Carlisle pudo comérselas, y eso que se moría de hambre. Pero no importaba. El helado fue un gran éxito y después solo tardaron una hora en recoger la cocina. A nadie le sorprendió que los niños desaparecieran en ese momento. Mientras los mayores ordenaban, ellos tenían importantes asuntos que tratar.

—Vale —dijo Jane arriba—. Ahora declaro abierta la sesión.

Emmett y Alice la miraron expectantes.

La reunión no duró apenas nada. Jane la presidió con confianza y determinación. Emmett y Alice estuvieron encantados con sus papeles y la admiraron embelesados. No había tiempo que perder: había que acometer la «Operación Bella» de inmediato.

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Abajo, las cosas no estaban tan emocionantes. Mientras Esme se daba una ducha, Edward y Carlisle charlaban en voz baja en la cocina.

—¿Y bien? —dijo por fin Carlisle—. ¿Están tan mal como pensaba?

—¿Quieres la mala noticia o la mala noticia? —preguntó Edward con tiento.

Carlisle suspiró.

—La mala noticia —dijo Edward— es que, según mi estimación, llevas seis meses en quiebra.

—Dios. —Carlisle echó un trago de güisqui—. ¿Y la mala noticia?

—Y la mala noticia es que me gustaría comprártela.

Carlisle se quedó mirando a su hijo.

—Repítemelo.

Edward tomó una profunda inhalación.

—La idea de ser economista durante el resto de mi vida me deprime más de lo que te puedas imaginar. Hoy he hablado con los del banco y están dispuestos a darme un crédito. Quiero hacerme cargo de la tienda, papá.

Carlisle movió la cabeza de lado a lado.

—Hijo, hijo, hijo.

—¡Escúchame! Nadie te la va a comprar. Es tu única oportunidad. Y también la mía.

—Por favor, no cometas los mismos errores que yo cometí.

—No lo voy a hacer. Tengo una profesión, puedo llevar las cuentas con mucha más eficacia de lo que tú podrías haberlo hecho nunca.

—¡Ay! —se lamentó Carlisle

—Y todo gracias a ti. Gracias a los acertados consejos que me diste cuando era niño, tengo una estructura sobre la que apoyar mis sueños. Puedo aprender a dirigir mi propio negocio porque he visto cómo los negocios triunfan y fracasan. No lo haré a ciegas, como tú. Y si no funciona, al menos lo habré intentado, y simplemente volveré a ser economista. Siempre podré tener un trabajo, papá. Ya te aseguraste tú de eso.

—Entonces, hice algo bien —sonrió Carlisle

—Sí. Y ahora voy a hacer lo que me dijiste que no hiciera y voy a seguir tu ejemplo. Quiero vender música.

—¿Música? ¿No discos?

Edward se encogió de hombros.

—Algunos discos, pero también cd y dvd.

—¿Me vas a comprar la tienda y luego te vas a vender?

—No, voy a hacer que funcione. Y no me voy a vender, porque no será una tienda de música popular. Será ecléctica. Única. También he pensado en poner una cafetera al fondo, ya sabes, donde tienes la máquina de discos.

—Ya veo que lo has planeado todo muy bien.

—Papá —dijo Edward—, no me emociono tanto con algo desde... Nunca he estado tan emocionado.

Carlisle lo miró resignado.

—Bueno —dijo por fin—, yo no soy nadie para impedírtelo.

—Pero ¿tengo tu... bendición?

—¿La necesitas?

—Sabes que sí.

—Tienes mi bendición hagas lo que hagas, Edward

Edward sonrió.

Justo en ese momento, Alice entró en la cocina en pijama.

—Hola, cielo —dijo Carlisle—. ¿Cómo está mi rayito de sol?

—Cansada —dijo Alice

—¿Quieres que suba contigo y te arrope?

Alice negó con la cabeza y señaló a Edward

—Quiero que venga Edward

Carlisle y Edward se sonrieron mutuamente y Edward trató de no sentirse vanidoso.

Mientras Edward subía las escaleras de dos en dos sintiéndose de lo más vanidoso, Carlisle le sirvió un Baileys a Esme y subió los escalones de uno en uno. Los dos hombres se saludaron brevemente con un gesto antes de meterse en sus respectivas habitaciones.

El gesto de Carlisle fue ligeramente más enérgico que el de Edward. Al cerrar la puerta del dormitorio oyó que Esme seguía en la ducha. Se desvistió y dejó las prendas en el cesto vacío de la ropa sucia. Encima de la cama vio la blusa de Esme. La ducha se apagó. Carlisle cogió el Baileys y entró.

—Pensé que te apetecería esto —le dijo a Esme mientras ella se envolvía en una toalla.

—¡Ah, vaya! —sonrió—. Perfecto.

—¿Quieres que te lave esa blusa?

—Hay que lavarla en seco, la llevaré el fin de semana.

—Ya lo hago yo mañana.

Esme se quedó mirándolo.

—¿Seguro?

—Sí. De todas formas voy a ir al centro a hacer algo de compra.

—Genial.

—¿Vienes a la cama?

—Sí. Ahora, cuando me desenrede el pelo.

Esme le dedicó una sonrisa a su marido y lo observó mientras él salía del baño; luego, lentamente, se dio la vuelta y se miró fijamente en el espejo.

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Edward empujó la puerta del cuarto de Alice y se sorprendió al ver que la luz estaba apagada y que Alice estaba acurrucada en la cama con Jane a su lado.

—Eh —susurró—. ¿Qué es esto? ¿Una asamblea?

—Ali ha estado teniendo sueños malos —susurró Jane—. ¿Verdad que sí, Ali?

Alice asintió.

—Bueno, vamos a ver, correos un poco —dijo Edward sentándose en la cama—. No puedo dejar que mis dos chicas favoritas tengan problemas para dormir. ¿Qué ocurre?

Alice se chupó el dedo y Jane suspiró.

—Vamos —las animó Edward—. A mí me lo podéis contar.

Alice negó con la cabeza.

—¡Cielo! —dijo Edward afligido—. ¿Qué es lo que no puedes contarme?

Alice suspiró.

—¿Se lo puedes contar a mamá o a papá? —probó Edward

—¡No! —se apresuró a decir Jane

—¿Por qué? —preguntó empezando a preocuparse—. ¿Qué está pasando, Jane?

Jane se volvió hacia Alice

—¿Puedo decírselo, Ali?

Alice apenas asintió.

—Tiene pesadillas —susurró Jane

—¿Qué clase de pesadillas? —susurró Edward

Jane abrió bien los ojos en medio de la oscuridad.

—Unas muy feas —dijo como para sí.

—¿Cómo de feas?

—Son sobre... sobre...

—Sigue...

—Son todas sobre...

—Jane, tienes que contármelo.

—Son sobre Bella

Edward se puso derecho. Eso no se lo esperaba. Y entonces se quedó aterrado cuando Alice se acurrucó todavía más y se echó a llorar. La rodeó con el brazo e intentó calmarla.

—Bella siempre se muere en sus sueños —explicó Jane

—¿Bromeas? —dijo Edward—. Eso es terrible.

—Y Alice siempre intenta agarrarla...

—¿Agarrarla? ¿Porque se está cayendo?

—Sí. Siempre se está cayendo. De un precipicio.

Edward ahogó un grito.

—Nos da miedo que le esté pasando algo horrible.

Alice le dio un codazo a su hermana

—Y la echamos de menos —añadió Jane con la cabeza gacha.

—Sí —dijo Edward—, lo sé. Todos la echamos de menos.

—Mamá y papá no se peleaban tanto cuando Bella estaba aquí —murmuró Alice a través de su pulgar—. Ahora siempre están discutiendo.

Se tapó la cara y volvió el llanto.

Edward pensó que tenían motivos. Estaba aquella espantosa discusión de la otra noche; hablaban tan fuerte que lo despertaron y había oído llorar a Carlisle. Y solo Dios sabía las consecuencias que tenía para la autoestima de Carlisle el tener que cerrar la tienda durante la mayor parte del día y quedarse en casa al cuidado de los niños. Le estaba poniendo al mal tiempo buena cara, pero no podía ser bueno para él. No obstante, ¿qué se podía hacer?

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Jane

—No lo sé, cariño —dijo Edward—. Tener esperanza y rezarle a Dios para que vuelva pronto.

—Mamá dice que Dios es un invento del hombre para evitar que la gente se vuelva ambiciosa —dijo Jane

—Ah.

—¿Debería llamar a Bella? —preguntó.

—No creo que sea muy buena idea.

—Ah —dijo Jane, y se puso a susurrar de nuevo—. Pensábamos que podríamos ir allí y traerla.

Edward miró de soslayo a su hermanastra en la oscuridad.

—¿Ah, sí? —preguntó.

—Sí, pero entonces Emmett dijo que tendría que usar el váter de niñas con nosotras, así que no podemos.

Se quedaron un rato los tres sentados en la cama.

—Buenas noches, Edward —dijo la voz de Alice en la penumbra.

—Oh, buenas noches, preciosa —dijo Edward, y le dio un beso en la mejilla suave y seca.

Jane y él salieron del dormitorio de Alice cerrando la puerta. En el rellano, Jane miró a Edward y le dijo.

—Gracias por tu ayuda.

—No he hecho nada.

—No, bueno —dijo Jane dejando traslucir el desencanto en su voz—, gracias por intentarlo, de todas formas.

Y con un hondo suspiro se fue a su cuarto.

Estando Edward en el rellano, oyó un ruido procedente de la planta de arriba que sonó como si alguien estuviera resoplando a través de un aspirador. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que era Emmett, que estaba sollozando. Se apresuró a subir las escaleras y llamó a su puerta. Los sollozos cesaron.

—¿Emmett? —susurró Edward—. ¿Puedo entrar?

Pasado un instante, oyó musitar un «sí». Edward abrió la puerta lentamente cazando al vuelo al ciberperro antes de que colisionara contra él y saltando por encima del cable trampa. Se sentó en la cama de Emmett

—¿Qué ocurre, hombrecito?

Emmett se secó la cara.

—He tenido un sueño muy malo.

—¿Bella se caía por un precipicio?

Hubo un silencio en la oscuridad.

—No —murmuró Emmett

—Continúa.

Emmett se incorporó en la cama.

—Mamá nos abandonaba —dijo sorbiéndose la nariz—, porque... porque tenía que irse para ser niñera... para Bella..., en algún sitio del norte. Y luego papá nos abandonaba porque no podía vivir sin mamá.

Edward le dio un abrazo.

—Colega —susurró—, nadie te abandonará nunca.

Emmett se inclinó hacia Edward y se sorbió la nariz.

—Bella se fue —murmuró.

—Pero volverá. Estoy seguro.

Se quedaron allí sentados hasta que Edward se despertó con el sonido de un cortacésped en el oído. Eran los ronquidos de Emmett.

Después de arroparlo, bajó las escaleras y atravesó despacio la habitación vacía de Bella de camino a la suya. Sentado en su cama, tomó la decisión. Por el bien de los niños, por el bien de la familia, solo había una cosa que pudiera hacer: traería de vuelta a Bella.

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jejjeje rescatando a Bella ! yeeee...estos niños nos on un tesoro

otro cap más...rews?

chicas el lunes recien podré publicar asi k no deseperen...

les adelanto k habrá una confesión k pondrá a Bella muy triste, pero muy libre

y Edward irá por ella, aunk las cosas no salgan como pensaba jejejje

nos vemos el lunes...

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